Jot Down Cultural Magazine – Canciones con historia: «What’s the Frequency, Kenneth?»

Canciones con historia: «What’s the Frequency, Kenneth?»

Publicado por

Dan Rather, presentador de las noticias nocturnas de la CBS durante los ochenta. En un universo paralelo, también era conocido como Kenneth Burrows. Imagen: CBS.

Nueva York, 4 de octubre de 1986. Las once de la noche, más o menos. El famoso presentador de televisión Dan Rather, el rostro de las noticias nocturnas en la cadena nacional CBS, caminaba por la famosa calle Park Avenue, de camino a su casa. Cuando pasaba junto al Rockefeller Center, oyó que alguien levantaba la voz. Dos individuos de aspecto convencional, a quien describió como «bien vestidos», se le acercaron. Uno de ellos, visiblemente alterado, se estaba dirigiendo directamente a él, aunque empleando otro nombre y haciéndole una extraña pregunta: Kenneth, what is the frequency? («Kenneth, ¿cuál es la frecuencia?»). El periodista, sorprendido, respondió que debía de estar confundiéndolo con otra persona. Sin previo aviso, el desconocido tumbó a Rather de un puñetazo en la mandíbula; una vez tendido en el suelo, el presentador recibió más golpes y patadas. El atacante continuaba repitiendo la incomprensible pregunta: What’s the frequency, Kenneth? What’s the frequency, Kenneth? El segundo desconocido, al parecer, no participó en el ataque, aunque tampoco hizo nada por detenerlo.

El portero del edificio contiguo vio la escena desde el portal y usó su intercomunicador para avisar a Bob Sestak, su jefe de conserjería. Sestak apareció corriendo y salió a la calle para socorrer a Rather; el agresor huyó al verlo aparecer. No se lo pudo atrapar y nadie consiguió identificarlo. Tampoco se supo más de la persona que lo estaba acompañando. Dan Rather fue tratado en un hospital, aunque se le dio el alta con rapidez; por fortuna, las heridas físicas no eran lo graves que podían haber sido. Un ojo morado, rozaduras y una hinchazón en la mandíbula, pero ningún hueso roto ni hemorragias internas. El presentador, aunque comprensiblemente aturdido por el inexplicable asalto, quiso volver de inmediato al trabajo. La CBS, tras concederle unos días de reposo, lo reincorporó a su puesto; fue enviado a Islandia para cubrir la cumbre soviético-estadounidense de Reikiavik, el entonces vital encuentro entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov. Entre tanto, la nación recibía con interesado pasmo los detalles del suceso.

Todo el mundo quería saber quién, y por qué, le había dado una paliza a unos de los periodistas más famosos del país, y qué había querido decir con aquella misteriosa pregunta sobre una frecuencia. Un portavoz de la policía dijo a la prensa que no era posible sacar conclusiones con la información de la que se disponía: «Podría tratarse de un ataque aleatorio, o podría ser que el señor Rather fuese el objetivo premeditado; no lo sabemos todavía». Desde la CBS supusieron que se trataba de un malentendido, y portavoces de la cadena recordaron que el asaltante no se había dirigido al presentador por su nombre, sino por el nombre de «Kenneth», que no tenía ninguna relación aparente con él. Siendo un presentador tan, tan famoso, era poco probable que un estadounidense de a pie lo hubiese confundido con otra persona, aunque esa parecía ser la única opción que explicaba la extraña frase que había acompañado la paliza. El propio Rather afirmaba no tener ni la más remota idea de lo que había provocado la agresión: «¿Quién sabe por qué suceden estas cosas, verdad?», dijo.

Antes de la era de internet y de los memes, el misterioso ataque captó la atención del público y se convirtió en insólita discusión de primera plana. Los detalles proporcionados por Rather eran tan raros que mucha gente pensó que se los había inventado, aunque Bob Sestak, el hombre que lo había auxiliado, ratificó su versión. En especial, era la misteriosa pregunta What’s the frequency, Kenneth? la que excitó la imaginación del público. La frase era tan sonora y sorprendente que se convirtió en objeto de chascarrillos televisivos y chistes varios. Nadie sabía en qué sentido había sido usada (como veremos más adelante, el significado era mucho más alucinógeno de lo que nadie podía haber supuesto), así que había interpretaciones para todos los gustos, y hasta terminó introduciéndose en el acervo popular. No solo era llamativa, sino que las iniciales de what’s the frequency eran W. T. F., la mismas usadas para la frase what the fuck («pero qué coño»). Así pues, la frase terminó siendo el equivalente de what the fuck, Kenneth?, y el propio nombre «Kenneth» fue usado, de forma jocosa, como sinónimo de tonto o despistado, de alguien que no se está percatando de nada.

Del lenguaje común, la frase pasó a la música gracias a Michael Stipe, cantante de la banda R.E.M. Se sentía muy intrigado por el proceso que había transformado un incidente inexplicable en una parte de la cultura popular. Dando por hecho que el agresor había confundido a Dan Rather con algún otro individuo, Stipe dijo: «Es el principal acto surrealista sin resolver del siglo XX. Un malentendido terroríficamente aleatorio, amplificado por los medios, y simple y llanamente chocante». Aquel interés se tradujo en una letra, y sus compañeros de grupo se encargaron de ponerle música. Titulada así, «What’s the Frequency, Kenneth?», se convertiría en el primer sencillo de su nuevo álbum, Monster. Era 1994, y habían pasado unos ocho años desde el suceso, pero por entonces los R.E.M. eran uno de los grupos de rock más exitosos del mundo, así que el que usaran aquella frase refrescó la memoria del incidente para una nueva. En realidad, Stipe no escribió la letra para describir el asunto Rather, sino que, a su manera, utilizó la conocida frase para ilustrar la desconexión entre la mentalidad de una persona de edad madura y la de los más jóvenes. En España, claro, el título nos sonaba aún más extraño. Recuerdo bien escucharla por primera vez; no tenía ni idea del incidente de Dan Rather, y el título del tema me pareció raro de narices, pero las letras incomprensibles eran algo habitual en R.E.M., así que pensé que «What’s the Frequency, Kenneth?» era otra más de sus ocurrencias sin sentido. En cualquier caso, la canción me gustó, y me sigue gustando, mucho.

Como curiosidad, la propia grabación del tema fue también accidentada. Aunque es difícil percibirlo si no se presta atención, quizá logren notar que el ritmo es un poco más lento en la parte final que al principio. Esto resulta bastante sorprendente, porque lo habitual es lo contrario, que se busque acelerar un tema hacia el final, ya que eso ayuda a reforzar la sensación de clímax, y también suele ocurrir de forma natural cuando se graba en directo. La leve, pero perceptible, ralentización de la canción era una anomalía. Y resultó que los R.E.M. no la habían buscado a propósito. Fue el bajista Mike Mills quien comenzó a tocar más despacio mientras grababan la toma. Los demás, incluido el batería, se acomodaron a su ritmo. Además notaron que el rostro de Mills estaba adoptando una mueca extraña. Cuando terminaron de tocar, resultaba evidente que el bajista estaba sufriendo un intenso dolor. Se lo llevaron al hospital, donde le diagnosticaron una apendicitis y le operaron de urgencia. Cuando se recuperó, el grupo ya tenía una gira programada y nunca volvieron al estudio para regrabar el tema, que se quedó así, y así fue publicado en disco. Cuando escuchen la parte final, pues, admiren el hecho de que el pobre Mills fuese capaz de tocar su parte hasta el final, mientras se retorcía presa de un repentino dolor. Otra curiosidad, esta vez referente al videoclip, es que la guitarra que Peter Buck llevaba colgada había pertenecido a Kurt Cobain, que se había quitado la vida unos meses antes. Era notoria su amistad con los miembros de R.E.M., y Courtney Love le regaló la antigua a Buck. Este la lució en el videoclip como homenaje, aunque tenía que tocarla boca abajo y con las cuerdas cambiadas, porque la guitarra de Cobain era para zurdos.

El LP Monster fue número uno en Estados Unidos y algunos otros países, repitiendo el enorme éxito de los dos anteriores álbumes de la banda: Out of Time, el que los había convertido en una atracción de primer orden gracias al bombazo internacional de «Losing my Religion» (lo más viejos recordarán que sonaba, ¡en todas partes!), y Automatic for the People, que había consolidado ese impacto gracias a temas como «Man on the Moon» o la balada «Everybody Hurts». Así pues, el que R.E.M. titulasen un tema con la frase pronunciada por el hombre que lo había atacado tenía que llegar a oídos de Dan Rather. Quizá algunos esperaban que el presentador se lo tomase a mal, porque era sabido que tenía bastante mal genio entre bastidores, lo cual llegó a causarle problemas con sus superiores en más de una ocasión. Pero eso no sucedió: Rather dijo que la canción le gustaba mucho y también elogió el resto del álbum, calificándolo como «monstruoso», en referencia al propio título del disco.

No solamente se lo tomó bien, sino que, tiempo después, accedió a aparecer junto a la propia banda en televisión, cantando él mismo algunos versos del tema. El pobre Rather hizo lo que pudo; es obvio que la música no era lo suyo, y resulta gracioso ver a Michael Stipe marcándole las entradas con un «one, two, three, for», y gesticulando para que Rather consiga meter la letra a tiempo. En cualquier caso, a Rather casi no se lo oye. Primero porque, visiblemente nervioso, canta a un lado del micrófono y no delante del mismo (hablamos de un presentador de televisión, así que lo hizo más por miedo que por desconocimiento). Y en segundo lugar, porque los técnicos le habían puesto el volumen muy bajo, quizá previendo que empezase ya de primeras con algún gallo. Bien, Rather no tenía sentido de la melodía o el ritmo, y desde luego parecía apabullado por la idea de aparecer en pantalla junto a uno de los grupos más famosos del planeta, pero haciéndolo demostró bastante sentido del humor. La aparición se produjo en el programa de David Letterman (años atrás, había sido el primero en dar a los R.E.M. la oportunidad de salir en la televisión nacional), quien no anunció qué era lo que iban a ver los espectadores, y se limitó a presentar la miniactuación diciendo: «Vean esto y díganme si no se trata de algo extraño». Fue sin duda un momento entrañable.

Cuando Dan Rather y R.E.M. aparecieron juntos interpretando la canción el misterio sobre el ataque continuaba sin resolver, pero se avecinaban novedades. Rather no había vuelto a sufrir asaltos, así que la cosa había quedado como una anécdota desagradable rodeada por una fascinante aureola de leyenda urbana, pero sin mayores consecuencias… al menos que supiera la opinión pública.

Un par de años después, un periodista llamado Frank Bruni reveló la supuesta identidad del atacante en un artículo publicado por el New York Times: «Durante una década», escribió Bruni, «la frase What’s the frequency, Kenneth? evolucionó desde ser una incomprensible declaración pronunciada durante un crimen inexplicable (…) hasta formar parte del núcleo del folclore kitsch, inmortalizado como título de un popular éxito por la banda de rock R.E.M. (…) Algunos detractores injustamente la desecharon como apócrifa, y se convirtió en una rareza sin sentido y un misterio sin resolver». Después de una década de conjeturas, Bruni señalaba a un tal William Tager como autor de la agresión. Había dado con su identidad porque Tager había sido detenido bajo otra acusación —en este caso mucho más grave: un asesinato—, y durante los interrogatorios y exámenes psiquiátricos, confesó que había sido él quien le había propinado la paliza a Dan Rather. Cuando, a raíz del artículo, se le mostraron fotografías de Tager a Dan Rather, el presentador lo reconoció al instante y declaró: «No tengo duda alguna de que es él».

La historia de William Tager dejó a todo el mundo atónito, porque parecía sacada de una novela de Stephen King. Si el asunto había parecido un misterio extraño, se tornaría aún más extraño al ser desvelado.

En 1994, el año de publicación del disco Monster, Tager había intentado colarse en los estudios de la NBC en Nueva York. Un empleado de la cadena lo vio, se interpuso en su camino y trató de echarlo. De repente, Tager sacó una pistola y disparó: la víctima falleció a causa de los balazos. Cuando Tager fue detenido, la policía notó que parecía sufrir de delirios paranoides, así que lo pusieron en manos de un médico para que realizase un informe pericial. Un psiquiatra forense lo entrevistó para descubrir sus motivaciones. Y Tager dio unas aberrantes explicaciones para sus agresiones: aseguraba que las cadenas de televisión estaban metiéndose en su cabeza mediante la emisión de ondas, y todo por orden de su archienemigo, el vicepresidente del gobierno mundial que imperaba en el año 2265, de donde él mismo aseguraba proceder. Había intentado colarse en la NBC para intentar averiguar la frecuencia concreta de las ondas con las que lo obligaban a escuchar mensajes amenazantes llegados del siglo XXIII.

Sus delirios resultaron ser dignos de un fascinante argumento de ciencia ficción. Según su relato, en el futuro estaba en la cárcel, mientras el mundo entero era dominado por un régimen autoritario global. Ese gobierno había pasado ciento cincuenta años desarrollando un ambicioso proyecto para crear un portal interdimensional que permitiese viajar en el tiempo. Cuando por fin terminaron la construcción del portal, Tager se ofreció voluntario para realizar el peligroso viaje inaugural hacia el pasado, a cambio de que su condena carcelaria fuese conmutada en el momento en que lograse regresar de su viaje. Para ello, el gobierno lo sometió a un exhaustivo entrenamiento. Poco antes de emprender el viaje, Tager recibió la visita del vicepresidente del gobierno mundial, a quien describió como «un tejano de cabello oscuro y sonrisa alienígena», auténtico eje del gobierno y el hombre más poderoso del mundo. El vicepresidente advirtió a Tager de que estaba obligado a regresar del pasado para ofrecer un informe completo del viaje; no debía ceder a la tentación de quedarse viviendo en el siglo XX, pues se le había implantado un chip que podía ser utilizado para enviar mensajes a su cabeza y así obligarlo a volver. Solo si regresaba se le quitaría el chip y se le ofrecería el perdón total.

Así, el intrépido viajero dio un salto de casi trescientos años, apareciendo en Nueva York el 1 de enero de 1986. Empezó a explorar un mundo que para él era desconocido. Y todo iba bien, hasta que un día cometió el error de intentar meter monedas en un parquímetro que ya no estaba en servicio, lo cual, según su versión, fue motivo bastante para que la policía lo detuviese y un tribunal lo sentenciase a treinta días de prisión. Tager, el viajero del tiempo, protestó airadamente ante el tribunal: si lo mantenían en una celda durante todo un mes, no podría regresar al futuro en la fecha prevista, y el futuro gobierno mundial usaría el chip insertado en su cerebro para martirizarlo. Sorprendido ante tan sentida y aberrante protesta, el juez ordenó un examen psiquiátrico de Tager. Como era patente su desorden mental, la sentencia (suponemos que en realidad impuesta por resistencia a la autoridad o por intentar retirar monedas en vez de meterlas, como contaba él) fue reducida a la mitad. Eso no impidió que Tager perdiese la primera oportunidad de volver al futuro, puesto que el viaje debía emprenderse en unas ventanas temporales determinadas. Salió de su celda pero, dada su tardanza, un enfurecido vicepresidente comenzó a enviarle aterradores mensajes telepáticos, insultándolo y amenazándolo. Sumido en un terrible estado de ansiedad, mortificado por la voz en su cabeza, Tager apenas podía dormir por las noches. Todavía le quedaba un tiempo hasta que se abriese una nueva «ventana» para regresar al futuro, y entretanto tendría que padecer aquella insoportable tortura. Dedujo que necesitaba averiguar la frecuencia concreta en la que le eran enviados esos mensajes, para poder neutralizarlos y obtener algo de paz.

Diez meses después de su aparición en el siglo XX, el crononauta William Tager caminaba por Manhattan cuando, incrédulo, vio a su archienemigo caminando por la calle. Era él, que había venido del futuro para intentar llevárselo de vuelta, o tal vez para matarlo. Allí lo tenía, en carne y hueso: el vicepresidente del gobierno mundial del año 2265, Kenneth Burrows.

Desesperado, Tager empezó a gritarle: «¡Kenneth! ¿Cuál es la frecuencia, Kenneth?». Y Kenneth, con su pelo oscuro y su acento tejano, fingió no conocerlo: «Creo que me está confundiendo con otra persona». Tager lo golpeó, y siguió golpeándolo, preguntando por la frecuencia en que eran enviados los mensajes, pero Burrows no soltaba prenda. Al final, cuando apareció gente para ayudar al vicepresidente, Tager huyó. Poco después se dio cuenta de que, seguramente, aquel no era el verdadero Kenneth Burrows. El vicepresidente nunca se hubiese sometido a los riesgos de un viaje en el tiempo. Tenía que ser un doble, un clon que Burrows utilizaba para vigilarlo. Tager había cometido un error, y además se sentía algo confuiso por el hecho de que el vicepresidente se pareciese tanto al presentador Dan Rather. Aterrorizado, Tager comenzó a deambular por la ciudad. Pasaron los días. Se dio cuenta de que, en su confusión, había dejado escapar la última «ventana», la última oportunidad para regresar a su época. Los mensajes telepáticos, pues, empeoraron. Tager vivía como un vagabundo, robando comida allá donde podía; de vez en cuando era detenido por esos robos, y encerrado durante una temporada en algún hospital psiquiátrico. Así pasó varios años, entrando y saliendo de celdas, sin encontrar un modo de volver a su siglo, perdido en un mundo hostil y extraño, con la amenazante voz de Burrows siempre metida en el cráneo.

Decidido a poner fin a su calvario, visitó varias bibliotecas, buscando información sobre ondas electromagnéticas. Entendió que los mensajes del futuro tenían que estar siendo enviados a su cabeza mediante las emisiones de televisión, aunque ningún espectador, salvo él, podía oírlos, ya que hubiesen necesitado un chip del futuro para captarlos. En su alucinada mente, la conclusión caía por su propio peso: en alguna de aquellas emisoras tenía que esconderse un cómplice de Burrows, como aquel Dan Rather clónico al que había atacado años antes, pero que manejaba las ondas entre bastidores. Empezó a merodear por los alrededores de los estudios. Un día, mientras acechaba las instalaciones de la NBC, las caóticas diatribas telepáticas del vicepresidente cambiaron de naturaleza, y se convirtieron de repente en mensajes pregrabados que se repetían cada veinte minutos. Así, Tager supo que estaba cerca de su objetivo. Todo lo que necesitaba era entrar, y podría descubrir al autor material de las retransmisiones. Un empleado de la NBC salió a su encuentro, impidiéndole acceder al recinto. Tager sacó la pistola que llevaba consigo y le disparó. Cuando llegó la policía, se declaró culpable. En su imaginación enferma, había matado al cómplice de una futura dictadura planetaria.

Imagen: Warner Bros. Records.

El caso de William Tager conmocionó al país, y más aún cuando se comprobó el parecido y la coincidencia en el tiempo con otro crimen sucedido en Canadá, donde un individuo llamado Jeffrey Arenburg también se presentó en la entrada de una emisora de televisión, armado con un rifle, y disparó a uno de los presentadores más queridos de la cadena, el periodista deportivo Brian Smith, que murió como consecuencia de las heridas. Tras su detención, Arenburg aseguró que la televisión estaba enviando señales a su cabeza. Se había presentado varias veces en los edificios de emisoras locales y hasta en el parlamento canadiense, exigiendo entrevistarse con determinadas autoridades o periodistas, aunque siempre lo habían expulsado. La noche del crimen llevaba con él una lista de presentadores, y al parecer disparó a Smith porque este fue el primero al que reconoció; el pobre Brian Smith tuvo la mala suerte de salir del edificio en el momento equivocado. Arenburg fue exonerado del crimen debido a que padecía esquizofrenia y no estaba en posesión de sus facultades mentales. Lo internaron en un psiquiátrico, y ya de paso en Canadá se discutió mucho sobre la necesidad de aumentar el control sobre la tenencia de armas, porque había quedado patente que cualquier desequilibrado podía tenerlas en casa.

En cuanto a William Tager, su apoteósico relato y el hecho de que mostraba claros síntomas de esquizofrenia sirvieron como atenuante durante el juicio por asesinato; fue sentenciado a un mínimo de quince años de prisión. En su celda, Tager pasaba el tiempo escribiendo textos y dibujando cómics en los que desarrollaba una y otra vez los mismos delirios. En 2007, con un informe psiquiátrico favorable, solicitó la libertad condicional, que le fue denegada. En el 2010 se presentó a otra revisión y esa vez sí le permitieron salir a la calle. Tenía por entonces sesenta y tres años. A día de hoy, que se sepa, sigue viviendo en Nueva York. Siempre ha declinado hablar con la prensa y no se sabe mucho sobre él, excepto que fue liberado bajo una cláusula especial de buen comportamiento, y con la obligación de cumplir a rajatabla varias condiciones: no puede conducir, no puede beber alcohol (ni siquiera puede poner un pie en un bar donde se sirva bebida), ha de realizarse pruebas periódicas para detectar un posible consumo de alcohol u otras sustancias, tiene una hora límite para volver a casa, y ha de presentarse a las sesiones de terapia estipuladas. Hoy, si es que sigue vivo, es un hombre septuagenario que, hasta donde se sabe, no ha vuelto a causar problemas. Eso sí, nunca se lo ha acusado formalmente de agredir a Dan Rather, quien supongo tenía más bien pocas ganas de remover el asunto presentando una demanda, no fuese que Tager volviese a verlo convertido en el malvado Kenneth Burrows. En fin, como ven, la realidad supera la más rara de las letras de canciones. Siempre me he preguntado qué piensa William Tager sobre la canción. Quién sabe si alguna vez se haya colado entre el público de un concierto para escuchar en directo la más famosa frase que pronunció en su vida.

35 comentarios

  1. William Tager estuvo el 30 de Agosto de 2008 en el Twickenham Stadium, viendo el concierto con que la banda estadounidense R.E.M deleitaba a sus seguidores londinenses. Tager, cuando sonaron los primeros acordes de “What’s the frequency, Kenneth?” se sintió mareado; la música y el griterío disminuyeron en intensidad a su alrededor; su vista se nubló. Cuando Stipe cantó la primera estrofa, concretamente la archifamosa frase “What’s the frequency, Kenneth?”, Tager se vio a sí mismo, sentado en el salón de la casa de sus padres, leyendo un artículo en la página web de una revista cultural, donde se narraba la historia de un asesino esquizofrénico.

  2. WTF!!!! Qué Bueno!!!

  3. MUY BUENO!!!!!

  4. ¿Quién era el segundo desconocido?

  5. Sr, de Gorgot: felicidades. GRAN artículo. Se ha superado Ud. a si mismo.

  6. Brillante nota.
    Saludos

  7. “Assault” no significa “asalto”, sino “agresión”.

  8. ¡Qué maravilla de artículo! Incluso parece una ficción.

  9. La primera vez que vi esta esta frase fue en un disco de Game Theory “Lolita Nation” (1987).

    Mr.Stipe es fan de esta banda.

  10. R.E.M. la última gran banda de rock de la historia. Monster uno de sus mejores álbumes. Y What’s the frequency Kenneth un tema simplemente increible. Uno no se cansa de escucharlos, pertenecen ya al Olimpo de Rock junto a un pequeño grupo selecto de elegidos.

  11. Pone la piel de gallina pensar que existen tipos así. A proposito, pregunto lo mismo que Rod: ?quién era el acompañante de W. Tager? Muy buen artículo.

  12. Yo creo que ante la situación esa de estar recibiendo la paliza, y la insistencia de decir cuál es la frecuencia, me inventaría una, no sé, 221. ¿Quién sabe? igual escapaba…o me remataba el tipo.

  13. ¿Qué se sabe del acompañante?

  14. Muy parecido a Doce monos (1995)

  15. Impresionante artículo!, esto si que es periodismo.

    Vaya historia! La realidad supera a la ficción.

  16. Qué bueno! Una de mis canciones favoritas de los 90, y no sabía nada del título :D

  17. La vida a veces tiene esos momentos surrealistas que le dan chispa…

    Yo en su día en NY, estaba en un after (ya, ya, la cosa cambia vs. “realidad”), y un tipo me saludó convencido de que yo lo conocía de años atrás. Yo lo negué. Él tipo no sólo no me creía sino que mi acento español empeoraba la cosa, ya que se creía que era americano y le estaba tomando el pelo y me quería pegar. Él tipo quería ir a por mi y su novia le frenó, que si no, se arma. Lo pasé mal, ya que mis amigos se habían ido a casa, y yo sólo ahí a las tantas de la noche/mañana con un tipo bastante “peculiar” queriendo darme.

    Lo curioso del caso es que 10 años antes, en una fiesta en Illinois donde era universitario, un americano se me acercó a saludarme de “cuando estábamos en el el colegio juntos”, pocos años atrás. Yo le dije que era español, y que era imposible, ya que yo no había estudiado en EEUU. Esa discusión fue más agresiva ya que si el anterior estaba casi totalmente convencido y ahí acabó, este se dedicó a convencer a su colegas de que le estaba tomando el pelo, y lo mismo, decía que ponía ese acento español para burlarme de él. En esa fiesta la suerte es que yo estaba también con amigos y eso frenó una posible trifulca, pero estuvo muy, muy cerca.

    Tiene que haber alguien por ahí en EEUU que es clavado a mi y que se junta con gente de dudosa seriedad :)

    • Pues la próxima dí que si y que la última vez le invitaste …que pague la próxima él y no escatimes..

  18. Lo mejor y más cautivante que he leído en un periódico en el último lustro, gracias.

  19. ¡Felicidades por el artículo! Todavía queda gente que sabe escribir algo bien hecho. Sobre la canción, nunca supe exactamente el significado de esa estrofa hasta hoy, aunque la he tarareado un millón de veces.S2

  20. Gracias por hacer de Paul Auster y trasladarme a su Nueva York de personajes únicos. Impagable tu artículo.

  21. Bravo! No puedo añadir nada que no se haya dicho ya… Vaya historia más ac*jonante y más bien contada. Enhorabuena!

  22. Excelente artículo.

  23. A alguien le podrá parecer que leer Jot Down es de snobs y puro postureo. Pero da igual. Este artículo es grandioso. Y por cierto, ¿nadie ha hecho una película de esta historia?

  24. ¿Por casualidad sabes POR QUÉ EL SOLO DE GUITARRA ESTÁ GRABADO HACIA ATRÁS? (perdona las mayúsculas, aquí no hay negritas)

    Tal vez tiene algo que ver con hacerlo “raro”, con la guitarra de zurdo, o qué se yo…

  25. Así se hacen artículos interesantes!!!
    Gracias

  26. Simone a las alabanzas incrédulo y aturdido de saber q la mejor canción del ultimo disco bueno de REM tiene esa historia tan flipante.
    Ole.
    A mi tb me recuerda a La jetee

  27. Por cierto, esta historia gana a la de Septiembre de Los Enemigos y a la recientemente conocida de Joselito de KiKo Veneno

  28. Gran artículo.

  29. En 1989, Daniel Clowes publicaba “Bola 8”, clásico del comic underground americano, que incluía una referencia a WTFK

  30. Como simple curiosidad del vídeo de R.E.M. el traje azul con bordados que lleva Mike Mills perteneció a Gram Parsons y fue uno de las pocas pertenencias que se salvaron del incendio de su casa en Topanga Canyon pocos días antes de su muerte por sobredosis y depresión.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies