Jot Down Cultural Magazine – Cuarenta palabras

Cuarenta palabras

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Los Cantos de la Borrica. Fotografía: ARNT (DP).

Una braña es un prado situado alto, normalmente ejerciendo como cumbre de una montaña o como una de sus laderas. En Cantabria se diría que una braña está normalmente en un cotero (una montaña pequeña pero pronunciada), a veces en una lomba (una colina) y que habitualmente es pindia (de terreno empinado). Suele decirse que los esquimales tienen cuarenta palabras para referirse a la nieve. En Cantabria ocurre algo parecido con la evolución vertical del terreno.

Es un hecho conocido, sin embargo, que por más palabras que se acuñen nunca alcanzan para nombrar tantas cosas como hay. Por ejemplo: en las brañas altas del valle de Cabuérniga, posadas con suavidad sobre la hierba a casi dos mil metros de altura, hay unas grandes piedras que nadie sabe de dónde han venido. Son grandes como asteroides, y dos en particular tienen varios pisos de altura. Y están hechas de una roca de la que no está hecho nada más en este valle. Alguien ha tenido que ponerlas ahí, pero no ha sido la mano humana. Tampoco han podido desgajarse y caer de algún macizo cercano. Ninguno está tan cerca ni a mayor altura. Y la braña es pindia. Para ubicarse en lo alto, habrían tenido que rodar pendiente arriba.

Los han llamado cantos, los Cantos de la Borrica, como suele llamarse a las piedras sueltas, las que ruedan de alguna u otra forma. Pero no lo son, y la gente del valle lo sabe. Simplemente no había una palabra mejor.

Hay más cosas en las brañas de Cabuérniga para las que no existen palabras, y casi siempre son de piedra. Hay enormes lastras colocadas en forma de círculo, algunas grabadas con símbolos inexplicables, y brañas donde se yergue en solitario una gran losa vertical. Hay extraños caminos empedrados como por la mano humana, pero que van y vienen por las cumbres y los bosques sin acercarse a los pueblos, carentes de destino y de propósito. Hay grandes peñas de las que mana un río, pero a veces el río deja de salir repentinamente y pocas horas después vuelve a hacerlo con normalidad. Nadie sabe por qué. Y hay cuevas. Manantiales donde el agua brota caliente y torcas (un agujero en el suelo, frecuentemente la apertura de una cavidad) de las que sale viento. Y en las peñas altas, cuevas sembradas de huesos, como si fueran el cubil de alguna bestia. Pero en ellas no vive ninguna.

Hay muchas cosas en este valle para las que no existen palabras, pero quizá no son más que las de cualquier otro valle en cualquier latitud del mundo. Simplemente ocurre que en Cabuérniga, donde todos son hidalgos, no se resignaron a que las cosas no tuvieran nombre, y a todas pusieron uno. Y es otro hecho conocido que todo lo que ya tiene un nombre, tarde o temprano comienza a existir.

***

Son siete y vienen al mundo solo durante una noche al año, la de San Juan. Algunos dicen que son hombres de la antigüedad que cumplen condena en el infierno. Uno es un hijo que pegó a sus padres; otro, un rico que seducía con mentiras a las muchachas honradas; y el jefe de todos, el más grande de los siete, un señor que prestaba dinero a los labradores y después los embargaba con trampas. En nuestro mundo tienen forma de caballos, uno de cada color. Los llaman los siete caballos del Diablo.

Los más juiciosos evitan el monte durante la noche de San Juan para no dar con ellos. Pero otros se arriesgan y suben a las brañas, porque allí crecen los tréboles. Y quien encuentre un trébol de cuatro hojas en la noche de San Juan vivirá cien años, no tendrá dolor, no sufrirá desazón y nunca pasará hambre. Los caballos vienen también buscando esos tréboles de cuatro hojas, y los pastan hasta que llega el alba. Si ven a alguien, se lanzan al trote y lo aplastan con sus herraduras al rojo vivo, que dejan huella en las piedras como si fueran de mantequilla. La única manera de salvarse es hacer siete cruces en el aire antes de que se te echen encima.

Lo cuenta tío Eugenio, de quien no sabemos su apellido, y mientras lo hace esgrime la azuela y arranca dentelladas de madera a un leño de alisa. Dentro de poco será una jarra para la leche.

—Cuando descansaban fatigaos y mojaos de sudor echaban una baba que se convertía en barras de oru —continúa—. El que encontraba las tales barras se hacía ricu, pero cuando se moría iba derechu al infiernu. No había remediu pa la su salvación.

A su vera, un hombre joven escucha y garabatea notas en su libreta. Es 1930 y ha venido a Cabuérniga en lo peor del invierno, aunque recorrer la región a pie sea una tarea penosa en esta época del año. Solo ahora se interrumpen los trabajos del campo y los vecinos se permiten perder el tiempo hablando, y eso solo si es cerca de la lumbre para desgranar panojas (mazorcas de maíz), tallar madera y ocupar las manos. Por eso el hombre joven tiene que llamar a las puertas y hacerse invitar. Y por eso no se anuncia como Manuel Llano, escritor, o nadie le abriría. Aquí es Manolo el de Manueluco el ciego, el hijo del albarquero (el artesano que crea albarcas, un calzado montañés tallado en una sola pieza de madera) de Carmona, que de crío fue sarruján (recadero de los pastores) y de mozo se fue a estudiar a Santander. Ha vuelto porque quiere escribir un libro. Como credencial para los indecisos, ha heredado de su padre una nube en el ojo izquierdo. Como él, será ciego algún día.

Más adelante, en otra casa, un chaval de nombre Mesio habla a Manuel sobre las brujas del hábito blanco:

—Sí señor, hay brujas negras vestías de blancu. Se apaecen en tos los caminos. Me lo dijo tíu Basiliu, el saludador (curandero) de Brañaflor. Tienen los ojos coloraos y las pestañas del color de la ceniza. Vuelan como los milanos, y a la media noche bailan en los colaos (collados).

El chaval le ha rezado a las brujas una jaculatoria desde el balcón y después ha quemado una rama de laurel bajo un nogal, como debe hacerse para conquistar a la mujer que se quiere. Pero algo ha hecho mal, que la muchacha no le hace caso. Mesio dice que fue el chiflar (silbar) de los sapos, eso estropeó el rezo. Y no se puede repetir, o uno se queda mudo.

Carmona. Fotografía: kyezitri (CC).

Poco a poco, pueblo a pueblo, la libreta de Llano se va llenando de otras palabras que solo existen a orillas del río Saja. Guajona, anota. Una vieja que de noche baja a los pueblos envuelta en un manto negro y entra en las casas para chupar la sangre de los críos y los mozos hasta dejarlos medio muertos. Se dice que no soporta el sol y que de día excava un agujero y duerme bajo tierra, como los topos.

—Los sus ojos relumbran como las estrellas —le dicen a Llano— y na más que tien un diente negru, mu afilau y mu largo.

El pájaro de los ojos amarillos, anota un poco después. Un pequeño animal monstruoso, fruto de la unión de una lechuza y un murciélago en el último día del invierno una vez cada cinco años. Quien lo ve no debe volver a su casa, ya que morirá al cruzar el umbral si antes no le pasa por encima una golondrina. En verano el pájaro se sumerge en el río porque su sangre se calienta con facilidad:

—Es como el aceite que chupan las lechuzas en las lámparas de la iglesia —le explican.

Las mozas del agua son rubias y pequeñas, con «una estrella en la frente del color de las nubes cuando el sol se va». Viven en palacios bajo la tierra y salen por los manantiales y las fuentes del monte con madejas de hilo de oro que dejan secar en la orilla.

—Si algún mozu podía coger un hilu de las madejas, las mozas jalaban (tiraban) de él y le llevaban a su palaciu, onde se casaba con la más guapa.

Una vez al año, aquella moza del agua y su marido vuelven a la superficie y esconden en el bosque un anillo, una gargantilla y un coral que solo pueden ver las pastoras más honradas. La que los encuentra gozará del poder de curar con el agua.

Y más criaturas. Zorros blancos con la cola negra y pintas verdes en las orejas, que espantaban a los lobos solo con mirarlos y que desaparecieron hace miles de años. El trenti, un enano del bosque con los ojos verdes y la cara negra, muy bribón pero inofensivo. El trasgu, otro canalla que entra a las casas por la chimenea y las troneras y hace ruidos para asustar. Los familiares, unos seres que se aparecen a los buenos y hacendosos y les advierten de los peligros inminentes. Quienes los han visto dicen que tienen el cuerpo blanco y la cabeza roja con cicatrices, como si hubiesen tenido viruela. Y el gallo de la muerte, que nace de un huevo rojo que ponen los milanos una vez cada cincuenta años. Al amanecer da un alarido, uno solo, desde la cima de una cajiga (un roble), y quien lo escuche morirá al día siguiente al ponerse el sol.

—Hay unas hierbas que quitan el mal que echa a las personas el gallu de la muerte —le cuenta a Llano tío Santos, el muñidor (quien arregla tratos entre dos partes, ejerce como testigo y media para resolver conflictos, a modo de un juez de paz). Pero nadie ha dau con ellas. Diz que nacen cerca de los manzanares monteses cuando empieza la primavera.

***

J. R. R. Tolkien, que por esas mismas fechas está rematando el primer borrador de The Hobbit, dejó dicho años después que los mitos no son mentiras, sino «invenciones acerca de la verdad». Que no es igual.

Y en el pequeño mundo de Cabuérniga, como ya se ha dicho, muchas cosas misteriosas existen, y lo hacen tanto y en tal grado que están hechas de piedra. Rocas inmensas en las brañas, lastras grabadas con símbolos inexplicables y caminos empedrados que discurren por los bosques hasta terminar de golpe, sin llevar a ningún lugar. Todas tan ciertas que pueden verse y tocarse, «verdades como luceros», como anotará Llano varias veces en su libreta. Alguien tuvo que ponerlos ahí, aunque no los veamos. Quizá porque viven bajo la tierra. Quizá los mismos que caldean el agua que brota caliente junto al desfiladero de la Hermida y junto al Besaya, no lejos de aquí. Y quienes hacen que la Fuentona de Ruente se seque durante algunas horas una vez cada varios años.

Quizá salen silenciosamente de las cuevas y las torcas del monte, caminan de noche por las calzadas de piedra y por ellas van a las brañas de Sejos, donde hay piedras formando un círculo. Quizá son suyos esos aullidos que se oyen de noche en Monte Aá y en la hoz de San Lucía, y quizá son ellos quienes se llevaron aquellas tudancas (una raza de vacas autóctona)  que desaparecieron en Ucieda. Y quienes entran en las casas de Carmona cuando la gente está en misa y roba las boronas (un pan montañés de harina de maíz), y quienes taponaron con piedras aquel regato (arroyo) que hay subiendo a los Molinucos del Diablo. Quizá son los responsables de todas las cosas inexplicables que pasan en Cabuérniga.

O quizá no. Quizá no existen, solo existieron. En el pasado, hace mucho, y eso explica que no puedan vesre. Cuando Cabuérniga todavía se llamaba Kaornega y era el paso natural entre el mar y la meseta. Cuando los señores de aquí eran los siervos de sus siervos, porque en este valle había behetría: los campesinos elegían a su señor, y por eso hasta los mendigos eran hidalgos. Quizá se fueron las criaturas como se fueron también los moros, y después los foramontanos, y después los templarios. Cuando se hicieron otros caminos entre el mar y la montaña y por Cabuérniga ya no se pasaba, ahora solo se iba. Y nadie iba, solo se marchaba. Hoy hasta los cabuérnigos se marchan, como hizo el propio Manuel Llano. Trescientos cuarenta kilómetros cuadrados y dieciocho municipios, pero en 1930 apenas quedan cuatro mil almas en todo el valle. En 2005 el censo había caído hasta las dos mil quinientas.

Un ejemplar de vaca tudanca, una raza autóctona del valle de Cabuérniga. Fotografía: Antonio Díaz.

Son pocos, pero no se resignan a olvidar y custodian sus recuerdos con celo, aunque en realidad sean los recuerdos de otros. Cuando Llano volvió por allí en el invierno de aquel año, los más ancianos decían que «los viejos que ya eran viejos cuando nuestros abuelos tenían hijos» habían visto ojáncanos en la región. Eran gigantes grandes como casas y con un solo ojo en la frente que «de noche relumbraba como los de un lobo». Iban desnudos, con el único abrigo de sus melenas y barbas enmarañadas, y entre su largo cabello del color de la sangre les crecía un solo pelo blanco; arrancarles aquel pelo era la única forma de matarlos. La tradición confiere a los ojáncanos cierta inclinación a arrojar enormes rocas. A veces «piedras grandísimas» que proyectaban con una honda de piel de oso o de lobo, según recoge Llano; otras, cuando estaban más furiosos, peñas que arrancaban enteras de las cumbres y lanzaban directamente contra las casas y las personas. Peñas tan grandes como aquellos Cantos de la Borrica.

Nada podía salvarte de los ojáncanos si no era las anjanas. A Llano se lo contaron Petra y Lucinda, dos muchachas que bordaban en la calle durante una mañana de sol. Con tanta devoción lo hicieron que nuestro hombre se permitió una risa de incredulidad, y aquello casi le cuesta el cuento:

—Pos si no crei, no lo crea —espetó Lucinda—. Pero hubo anjanas, sí señor. Eran mu güenas las probes anjanas.

Y poderosas, las que más en los montes del valle. Vivían en alcázares bajo la tierra y caminaban por el bosque cuando lo hacen los venados, en la madrugada y en al ponerse el sol. Vestían de blanco, con la trenza ensortijada y hermosas alhajas, y una capa de azul crepuscular con estrellas de plata. Eran rubias y pequeñas, más pequeñas que una persona, y se apoyaban en un báculo, y con ese báculo podían hacerlo todo.

—Trocar (transformar) en moles de hierro las peñas y los ribazos, y los árboles en barras de oro, y las piedras en diamantes, y los ríos en corrientes de esencias para llenar sus frascos las niñas y las mozas.

Y eran buenas, que falta hacía en esta tierra complicada. Señalaban las camberas (caminos rústicos, frecuentemente sendas forestales) a los que se habían perdido en la niebla y devolvían los rebaños extraviados a los pastores honrados. También ahuyentaban a los trasgos y se enfrentaban a los ojáncanos, pero incluso con ellos mostraban compasión. Una vez una manada de lobos quiso dar caza a un ojáncano, y en la refriega la bestia quedó ciega de su único ojo. Una anjana que lo vio llevó al ojáncano a su palacio subterráneo, le curó las heridas y lo sacaba todas las mañanas a la superficie a que tomase el sol, como un ciego y su lazarillo.

—¡Qué lástima que ya no haiga anjanas! —se lamenta Lucinda—. Pero ya que no las hay, toas las personas debían de ser anjanas pa toas las personas. ¿No le paez?

Manuel Llano asiente. Más tarde, cuando pase a limpio todo lo que ha oído en Cabuérniga, se admirará genuinamente de esta «sublime y rústica filosofía» aldeana casi más que de sus leyendas. Quizá porque él conoce la verdad.

Las anjanas emparentan estrechamente con las xanas, hechiceras del folclore asturiano y leonés con atributos muy parecidos a los de ellas. Suele decirse que tras la batalla de Covadonga, con el inicio de la Reconquista cristiana y la expulsión de los musulmanes hacia el sur, en los picos de Europa quedaron aislados algunos grupos compuestos principalmente de mujeres moras, y que allí arriba sobrevivieron durante un tiempo. El recuerdo de estas moras, se dice, acabó por convertirse en las xanas y anjanas, habitantes de los montes altos tan bellamente enjoyadas. Nunca sabremos cuánto hay de verdad en ello, seguramente poco. Seguramente sea una leyenda acerca del nacimiento de otra leyenda, con tanta facilidad brotan los mitos en esta tierra. En Cantabria persiste la costumbre de considerar obra de moros a las cosas bellas, desconocidas y antiguas. Y las anjanas, como las xanas, no son fundamentalmente distintas de las ninfas, los elfos y otras hadas que abundan en los cuentos de toda Europa.

Ni los ojáncanos, que hasta pertenecen específicamente a una categoría de gigantes descrita por Homero: los cíclopes. Ninguno arrojó allí arriba los Cantos de la Borrica. Hoy sabemos que estas exóticas moles son bloques erráticos, fragmentos de roca desgajados por un antiguo glaciar, transportados por el torrente de hielo y finalmente depositados lejos de su ubicación original. Manuel Llano también sabe que, con frecuencia, los romanos construían sus calzadas por las cumbres de las sierras, donde resultaban más seguras y practicables para el curso de sus legiones, y que las de aquí conectaban la meseta y los puertos del Cantábrico evitando precisamente bajar a los valles. En la región, emergiendo aquí y allá entre los hayedos y los robledales altos, quedan los restos de alguna.

Y también de crómlechs, antiquísimos recintos litúrgicos del Neolítico marcados con un círculo de piedras, como Stonehenge. No vuelan hasta allí las brujas del hábito blanco, ni fueron ellas quienes grabaron las formas como de humano que se aprecian en los menhires. Ni las mozas del agua calientan los manantiales, ni los caballos del Diablo salen del infierno por las torcas que resoplan ni son responsables de que haya tan pocos tréboles de cuatro hojas. Pero Llano sabe que no son mentiras, como lo supo Tolkien. Son mitos. Invenciones acerca de la verdad, cosas inexplicables a las que los cabuérnigos pusieron un nombre. Y por eso les dedica un libro.

***

Brañaflor se publicó el año siguiente, en 1931. Llano se dio prisa porque el mundo estaba a punto de cambiar y lo iba a hacer empezando por España. No podía saberlo, pero quizá lo intuía. Y no por razón de su genio, sino porque era un folclorista. En eso los de su gremio aventajan a los prosistas, los poetas y los demás hombres y mujeres de letras: saben que entre los muchos mundos que integran el mundo siempre hay alguno acabándose. Y no quiso que el suyo lo hiciera completamente, aunque le había tocado el turno. Quizá por eso, porque los nombres vuelan pero las cosas quedan, le puso al valle este nombre de fantasía, Brañaflor.

Y porque Brañaflor es Cabuérniga y especialmente Sopeña, el pueblo natal del escritor, pero un poco también los otros grandes valles de Cantabria: el del Pas, el del Besaya y el del Nansa, y también Liébana, Polaciones y Campoo, y las comarcas litorales. Brañaflor son todos los lugares que antes hollaron ojáncanos, trasgos y familiares, y en donde bailaron las brujas y pastaron los caballos del Diablo. Todos los lugares a los que volverán algún día, aunque sea lejano, cuando el mundo se acabe una vez más y vuelvan a necesitarse cuarenta palabras para referirse a los matices de la inclinación del suelo. Cuando las otras cosas con nombre dejen de tenerlo, porque ya no servirán para nada, y así se conviertan de nuevo en misterios. Las ruinas de autopistas que atraviesan los bosques, por las que nadie caminará, las antenas y repetidores que se oxidan en las cumbres, donde nadie pudo haberlas subido, y las murallas de hormigón altísimas que no dejan pasar al río. De nuevo serán caminos de las anjanas, puntos de reunión de las brujas del hábito blanco y lagos de las mozas del agua. Y de nuevo Cabuérniga no lo será más, y volverá a ser Brañaflor.

Un hayedo en Ucieda, parte del Parque natural Saja-Besaya. Fotografía: Rubén Díaz (CC).

16 comentarios

  1. Deliciosa lectura, conozco muy de pasada la zona y es una maravilla.
    Saludos.

  2. Te dejaste al trastolillo, a mi me visita con frecuencia.

  3. Qué texto tan bonito. Gracias por haberlo escrito.

  4. Hermoso y entrañable texto. Saludos

  5. Una región marcada por un paisaje, con sus mitos, leyendas y personajes. Es una curiosa sensación sentirse parte de un texto, como si ya lo hubiera leído y el inconsciente lo mantuviera a buen recaudo, será por eso de la identidad y el apego a la tierra, o “tierruca” en este caso. Es un texto delicioso.

  6. Preciosas historias. Seguro que ahora algún mundo se está perdiendo, ojala llegue a tiempo su recopilador y cronista.

  7. Los Cantos de la Borrica se quedaron allí cuando algún gigante derritio con su aliento el glaciar que los llevo hasta su sitio.

  8. 😍😍me ha transportado a lo más profundo de la tierruca ¡un abrazo desde Tenerife!

  9. Tan Asturias son las de Oviedo como las de Santillana. Toda una lengua y una tradición que se están perdiendo. Bonita historia.

  10. Hermoso texto. Si lo lees acompañado de Viento del Norte de los hermanos Agüeros, aún sabe mejor.Saludos desde Asturias, donde las leyendas son parecidas.

  11. Si cambiamos la disposición de las palabras, en ciertos pasajes esta prosa, por milagro, por hechicería, por embrujo, se transforma en poesia,
    …en donde bailaron las brujas…
    y pastaron los caballos del Diablo.
    Todos los lugares a los que volverán
    algún día,
    aunque sea lejano,
    cuando el mundo se acabe una vez más
    y vuelvan a necesitarse cuarenta palabras
    para referirse a los matices
    de la inclinación del suelo.
    Cuando las otras cosas…
    con nombre dejen de tenerlo,
    porque ya no servirán pa’ nada,
    y así se conviertan de nuevo en misterios.
    Las ruinas
    de autopistas que atraviesan los bosques,
    por las que nadie caminará,
    las antenas y repetidores que se oxidan en las cumbres,
    donde nadie pudo haberlas subido,
    y las murallas
    de hormigón altísimas
    que no dejan pasar al río.

    Excelente relato.

  12. Monte Aa ensin tilde, por favor. Que dimpués lo alcuentra así la gente y s’esparce…

  13. “Suele decirse que los esquimales tienen cuarenta palabras para referirse a la nieve. En Cantabria ocurre algo parecido con la evolución vertical del terreno”… ¿Para que especificar “en Cantabria” cuando es en toda Asturias? Esas palabras y expresiones que usáis (braña, pindiu, fatigaos, panohas -de panoya en asturiano central o normativo-, guahona -de guaxa, con el aumentativo “ona”-, namás, cahiga -de caxiga-, regatu…, pérdida de letras intervocálicas -apaecen, toos, colaos…-, terminaciones en “u” -oru, ricu, derechu, infiernu, blancu, negru, tíu, Basiliu, afiláu, mozu, palaciu…-, terminaciones como ucu/a/o -Manueluco, molinucos-, conjugaciones -como ese “haiga” por haya- o expresiones como “pa la su”, etc.) son asturianas. Pero no es solo el idioma, lo es todo, como la mitología que mencionáis (el trasgu, la guaxa o guaha allí en Cabuérniga, la xana o anhana -sí, no es que emparenten, es que es el mismo ser mitológico-, etc.). Cabuérniga, que mencionáis aquí, es un ejemplo claro de asturianidad, donde se encuentra uno de los mejores hacedores de gaitas y tambores asturianos, y donde hace gracia esa mención a que “todos son hidalgos” allí, pues en Asturias también fue así; claro, en la Edad Media nadie discutía que aquello era Asturias, y a sus ciudadanos les correspondían los mismos honores, privilegios y consideraciones. También hace gracia que habléis de la borona (o boroña) como “pan montañés de harina de maíz”, cuando lo hay en toda Asturias, como el pan de escanda. En definitiva… ¿por qué llamarlo Cantabria y poner una frontera inexistente, cuando fue y sigue siendo Asturias, las Asturias orientales, las Asturias de Santiyana (junto con las de Tresmiera), que por eso nuestro nombre es en plural? Esta división es del todo artificial, y solo es consecuencia de su pertenencia a Castilla durante largo, demasiado largo tiempo. Porque esta tierra siempre estuvo unida cultural y socialmente al resto de Asturias, como bien atestiguan esas lajas de piedra dispuestas circularmente de las que habláis, repartidas de occidente a oriente en toda nuestra franja cantábrica. En resumen: siempre que hablemos de algo concreto de un sitio, aprendamos a contextualizarlo. Y en este caso, la única contextualización posible es la de la historia, cultura y sociedad asturianas en su conjunto. Por lo demás, maravilloso artículo.

  14. Escarlata, supongo que tus palabras se referirán a los comentarios de “Asturianucu” y no a las del autor del artículo, lo digo por aclararlo. Si es así pienso como tú.

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