Jot Down Cultural Magazine – Lusofobia desde una toalla portuguesa

Lusofobia desde una toalla portuguesa

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Valença do Minho. Fotografía: Alice (CC).

«Vende toallas, Cristiano vende toallas, vende toallas, Cristiano vende toallas…», cantaban los aficionados del Celta en uno de los últimos partidos en Balaídos a los que pude acudir. Ronaldo, tan atento él a todo lo que puede estar relacionado con su autoinstitucionalizado yo, parecía desconcertado por aquel cántico.

No hay familia de Vigo que no tenga, como mínimo, una toalla comprada en Portugal. Son toallas de playa, enormes, de tejido perenne, que sobreviven a varias generaciones. Normalmente nos las traemos de Valença do Minho, pero a lo largo de los últimos años los censos toallísticos de la ciudad olívica han registrado un incremento de las adquiridas en Oporto, El Algarve, Lisboa y alrededores. Además de la más obvia de sus funciones, la toalla portuguesa nos reafirma como personas de mundo: es nuestro certificado de que hemos ido al extranjero. ¿Y qué pasa cuando una persona viaja más allá de nuestras fronteras, aunque sea yendo y volviendo en el mismo día? Que, inevitablemente, se convierte en una voz lo suficientemente autorizada para esgrimir juicios políticos, geográficos, fisonómicos y sociológicos sobre el país que ha visitado.

Viajé a Valença por primera vez con nueve años, con mis padres. Como buenos españoles, honramos nuestra carpetovetónica idiosincrasia pasando de estraperlo por la aduana un reloj de salón que aún hoy funciona y se muestra ufano en el recibidor de la casa de mis padres. Considero a mi familia bastante más decente que la media española, pero volver de Portugal declarando honestamente todo lo que habíamos comprado suponía manchar, además en un escenario tan representativo como es el puente sobre el río Miño que separa Tui de Valença, la imagen que nuestros coterráneos habían forjado durante tantos años. A ver si iban a pensar que éramos japoneses.

Ese era mi debut en el país vecino, y yo, entonces, ya tenía enquistados los tres «todos» de los portugueses: todos están en verano a las 9 de la mañana en la playa de Samil para quitarnos el sitio (y, además, todos están también, a la vez que en Samil, petando El Corte Inglés); todos conducen como locos; y todas las mujeres son feas y tienen bigote. No había giro copernicano que desplazase estos asertos.

En lo de superpoblar la playa de Samil sería injusto no reconocer que permitimos que los lusos compartan culpa con los orensanos: el arenal es grande, y, además, existe un espacio con césped equivalente, ahora que todo se mide en campos de fútbol, a los estadios del Benfica y del Oporto juntos. Ahí los orensanos («paragüeros de los cojones») tienen que dar un paso al frente y reconocer su parte de responsabilidad. Lo paradójico del tema es que la mayoría de los vigueses (y si me apuras, de los seres humanos) tirando un poco del hilo genealógico encontrarían un padre, una abuela, o una mascota de Ourense que en un momento dado emigró a Vigo para ganarse las habichuelas y que a partir de ese momento empezó a colaborar en el proceso de procrear potenciales personitas que se creen dueñas de Samil y de El Corte Inglés. Por mucho que en julio y agosto Orense sea una de las ciudades que figura varias veces como la que más alta temperatura ha alcanzado en todo el territorio nacional (sí, España, en la fría y lluviosa Galicia existen lugares en los que hace calor en verano), el hecho de que sus habitantes huyan hacia la costa se ha considerado siempre como un acto de pillaje. Y no caigamos en el buenismo, que hay que reconocer que los orensanos tienen sus defectos: a mí, por ejemplo, me mata su uso de los tiempos compuestos; aprovecho que este artículo nos ha traído hasta aquí para hacer un llamamiento no solo a la provincia de Ourense (aunque creo, sin ninguna pretensión de verdad científica, que aquí está el foco de infección), sino a toda la comunidad autónoma: gallegos, somos de verbos simples, sobre todo en el lenguaje hablado, quizás porque siempre hemos sido también gente simple, en el mejor sentido de la palabra; entre nosotros meter un «he ido», por muy bien traído que esté, es una pedantería, pero es que además solemos confundirnos y atentamos con armas lingüísticas como «ayer he ido al cine». No se puede consentir que delincamos de ese modo por no ser nosotros mismos. Cuando en la conversación esté presente alguien de más allá del Padornelo se puede intentar, pero con cuidado. Solo las madres gallegas, cuando quieren aumentar el grado de seriedad de la represalia, tienen plena libertad para tirar de verbos compuestos: un «¿Yo qué te dije?» no impone lo mismo que un «¿Yo qué te he dicho?», aunque no debemos olvidar que tenemos la variante autóctona del «¿Yo qué te tengo dicho?».

Pero volvamos al portugués colonizador de playas y de centros comerciales. Mientras que en cualquier ciudad del mundo cuando el tráfico está menos fluido de lo habitual la gente se pregunta «¿Habrá habido algún accidente?», en Vigo decimos «¿Será festivo en Portugal?». Y, como con los orensanos, tampoco quiero hacer yo de abogado del diablo con nuestros compañeros de península: porque, por ejemplo, los bañadores masculinos que me llevan no hay por dónde cogerlos, metafórica y literalmente. Si queremos que Vigo cuente con la playa con las mejores vistas del planeta hay que hacer dos cosas: la primera, tirar el edificio de la isla de Toralla, y la segunda, que Samil sea nudista. Por mucho que votemos al PP, no puede haber miembro viril que escandalice más a la sociedad gallega que esos trozos de tela en los que se embuchan de manera sórdida accidentes anatómicos. El problema es que en España los hombres tampoco estamos muy afortunados últimamente escogiendo la ropa de playa, o quizá es que no estamos finos juzgando nuestro físico (estoy muy a favor de la autoestima, pero también de la gestión del entusiasmo), así que si queremos tener un argumento de peso para justificar nuestra lusofobia, apliquémonos más en este aspecto y tendamos a la contención holgada de la mayoría de los cuerpos.

Que los portugueses tengan a Cristiano Ronaldo y a Mourinho como estandartes futbolísticos tampoco nos vale para verter sobre ellos nuestro odio: en primer lugar, cuando mi familia sacaba el reloj de estraperlo de Valença, yo ya sabía que los portugueses nos molestaban, y Cristiano Ronaldo igual entonces ni había nacido, o autogestado, porque a lo mejor lo de que este chico se haya hecho a sí mismo es literal, e igual que no necesita de otros para ganar partidos no necesitó tampoco de seres que lo gestasen. Y, en segundo lugar, porque si en algún país tiene prestigio social la grosería y la soberbia es en el nuestro, y no creo que allí los hayan encumbrado más de lo que lo ha hecho media España. Así que, descartados Cristiano Ronaldo, Mourinho y los bañadores como justificantes de la lusofobia, sigamos buscando pruebas para ver por qué amigos de otras partes de Galicia no quieren venir a Samil, porque «en Samil solo hay portugueses». Y no, no lo dicen por el sentido pretendidamente peyorativo (¿?) que aplican al gentilicio para referirse a los vigueses, que sabemos contraatacar llamando «turcos» (putos turcos) a nuestros vecinos del norte o «paragüeros» a los orensanos o «madrileños» a todos los de fuera de Galicia que son de interior. Como cuando les pregunto «¿Y cuál es el problema con los portugueses?» no saben darme una razón, y simplemente se quedan en bucle recitando «No me gusta que haya portugueses —y en Samil hay portugueses—. No me gusta que haya portugueses —y en Samil…—», me dedico últimamente a analizar qué actitud provocó que ese rechazo se instaurase en el subconsciente de mis amigos.

Playa de Samil, Vigo. Fotografía: arfoo (CC).

Así que desde mi toalla, comprada en Faro en la Semana Santa del año 1990 y que tengo previsto que dure como mínimo hasta que toda Galicia tenga AVE —esto es, que pase por dos generaciones más—, me harté a observar portugueses en la playa este verano, intentando como buenamente pude desviar la mirada de sus bañadores. En principio ningún problema, oye. Falan baixiño (y el susurro en la playa es un patrimonio en peligro de extinción que deberíamos empezar a cuidar de verdad); recogen la basura; cuando caminan entre las toallas portuguesas de gente que no tiene por qué ser portuguesa lo hacen sin levantar arena; les encanta jugar al fútbol y lo hacen como mandan los cánones de la buena educación en la playa: en la orilla, mientras la marea está baja; da gusto comprobar además cómo los niños, desde muy pequeños, tienen un exquisito toque de balón. Acabando mis vacaciones, desalentado por no hallar indicios de criminalidad en su modo de actuar, y a punto de rendirme y declarar abiertamente que el estropicio de los bañadores no era motivo suficiente para justificar la lusofobia, apareció en escena un elemento harto perturbador: el paravientos.

Porque un paravientos portugués fue el que casi nos lleva a rememorar las guerras fernandinas: por este artilugio demoniaco, un grupo de cinco o seis señoras mayores llevaron su lusofobia a las puertas de la violencia una bonita mañana de agosto, de un día entre semana, a una hora en que todavía Samil estaba semipoblada, de tal manera que una familia con un paravientos no molestaba a nadie que no tuviera predisposición natural a la indignación. Las pocas toallas extendidas en ese momento en el arenal estaban a suficiente distancia como para que nadie pudiera —ni tuviera que— oír conversaciones ajenas. Claro que este grupo de señoras mayores no falaba baixiño como los portugueses, y sus comentarios xenófobos no podían pasar desapercibidos para los que estuviéramos a menos de trescientos metros de distancia: que si joder con los portugueses, que si no se pueden quedar allá, que deberían estar ayudando a apagar incendios (Portugal sufría esos días una trágica ola de incendios), que si ahora aquí y por la tarde al Corte, que no hay quien aparque en el centro de Vigo con tanto portugués, que, eso sí, hay que reconocer que la canción con la que ganaron Eurovisión era preciosa, que si estás segura de que son portugueses, que como falan tan baixiño yo no estoy segura porque no sé qué idioma están hablando, y además ellas no parece que tengan mucho bigote, que incluso una es guapa, que cómo no voy a estar segura con esos bañadores que me llevan (bien jugado ahí, reconozcámoslo)… Y entonces fue cuando repararon en el paravientos, que impactó especialmente a una señora con una pamela todavía más grande que el mismo paravientos. Esta mujer se transformó de repente en una mezcla de Fresita la de Gran Hermano gritando «Salou es mío» y de una Le Pen enxebre, garante de la defensa de Vigo ante la amenaza foránea. Desatada, la señora se levantó con una agilidad impropia de su edad, porque no era ella la que se desplazaba, era la furia contra el luso lo que la movía. Atraídas por su liderazgo, otras dos del grupo se irguieron para flanquearla; la acompañaban hipnotizadas por su carisma, iban hacia el paravientos, pero podían haberse dirigido a Tui a levantar un muro para impedir la llegada de indeseables, exigiendo encima que los portugueses lo costeasen, si la de la pamela las hubiera dirigido inmediatamente allí. Lanzando vítores como «es que además de no dejarnos sitio para aparcar ponen ese chisme y no nos dejan ver la playa», puño en alto, se plantaron ante la familia portuguesa y sin apenas darles tiempo para reaccionar la señora de la pamela arrancó el paravientos.

Eché de menos un «¡Santiago y cierra España!», pero pensé que como gesto simbólico para cualquier batalla de reconquista aquello no estaba nada mal. Con lo que no contaba «pamela Anderson» es con que hasta sus adláteres se percataron de que aquella era una guerra desproporcionada, que un paravientos igual no era el arma de destrucción masiva que habían pensado, y que a lo mejor habían metido la pata consintiendo en posar para aquella especie de foto de las Azores de andar por casa. Avergonzadas, empezaron a recular. Quizás influyó que muchos vigueses no somos lusófobos (y, de los supuestos lusófobos, la mayoría lo son solo de boquilla, por hablar por hablar, lo que no deja de ser feísimo) aunque apenas se note porque falamos máis baixiño que aquellos que sí lo son, y que varios tomamos partido para poner a la señora en su sitio (no literalmente, porque su sitio es un manicomio) y consolar a aquella familia, que aunque abochornada y todavía en estado de shock, no perdió en ningún momento ni la compostura ni la educación. En un momento, desde todas direcciones empezó a llegar gente de todas las edades con el objetivo de manifestar su posicionamiento, de manera rápida y contundente, y de contrarrestar una situación descabellada. Aunque pueda parecer insignificante, lo vi como una maravillosa y reconfortante reacción de solidaridad, que refleja que a veces somos mejores personas actuando de manera espontánea, reaccionando casi de manera refleja, que cuando nos dejamos llevar por la inercia del hablar por hablar, por la charla insustancial, por la corriente del prejuicio que nos sirve de calzador para encajar nuestro parecer en el bulto de la conversación.

Por mi parte, mi papel en este guirigay playero consistió, también en un arrebato, en salir escopeteado hacia el epicentro de la batalla. Interrumpiendo a la señora, me dirigí —en un portugués construido a base de hablar gallego y meter un –ao en las palabras que acaban en –ón— a aquella familia que estaba siendo avasallada y les espeté un «Nao marchedes de aí, que non molestades a ninguén; a que molesta é ela e a súa pamela» lleno de sentimiento. Los cuatro o cinco portugueses que formaban aquella familia, alucinando aún con todo lo que estaba pasando, se limitaron a aplaudirme, y uno me hizo el gesto del pulgar hacia arriba.

Volví hacia mi toalla portuguesa, preguntándome si quizá había perdido una buena oportunidad para, en pos de la alianza de civilizaciones, comentarle al del pulgar hacia arriba que hiciese el favor de cambiar de bañador.

Playa de Samil, Vigo. Fotografía: Jota Barros (CC).

39 comentarios

  1. Desopilantemente cierto todo.
    P.D. Conservo una inmensa toalla de playa (con franjas de colores discretos y unos patos dibujados) que me regalo mi ya difunta avoa hace la friolera de 30 años y que todavía seca bastante bien. Algún día, mi hija la heredará.

  2. Enorme, enorme, enorme.

  3. Hace más de 30 años intentaban denigrarme, sin éxito, en un instituto de un barrio humilde de Vigo llamándome «portugués». Mi respuesta siempre era la misma: «Iso que me chamas para min é un fermoso piropo».

    • Dudo mucho de la veracidad de esa anécdota, en Vigo es extravagante y nada generalizado utilizar “portugués” como insulto

  4. A los de Coruña los llaman “turcos”… y los coruñeses responden llenando Riazor de banderas turcas.

    A los de Vigo los llaman “portugueses”… y los vigueses responden vaciando Balaídos de cualquier bandera portuguesa.

    Unos insultos se convierten en motivo de orgullo, y otros… pues no.

  5. David, no te equivocas en nada. Para los que somos de Vigo, sin padres o abuelas de origen orensano, (no voy más allá porque seguro que algún ascendente habría), leer este articulo hace que nos sintamos orgullosos de nuestro origen. Por un lado porque somos capaces de reconocer nuestra ignorancia, algo que no es patrimonio solo de Vigo y los vigueses, pero por otro porque somos capaces de resaccionar y salir en defensa de lo que consideramos es una injusticia, tampoco patrimonio exclusivo de Vigo y sus ciudadanos. Dicho esto, para un vigués siempre es una alegría leer un articulo a nivel nacional con el sentido del humor que los que en vez de pedir patatas fritas, pedimos patatillas sabemos disfrutar.
    Gracias.

  6. ***aplausos y ovación en pie durante 15 minutos***

  7. Me ha encantado el artículo. Ni soy gallega, ni madrileña, soy de más abajo (un chico gallego que conocí hace muchos años nos llamaba africanos …), y orgullosa de ello. Ya podríamos aprender ‘muitas coisas dos portugueses, para começar: educaçao.’ Eso sí, a C.R. no quiero verle ni en pintura.

  8. Me he encantado el artículos. Me ha trasladado a mi vida en Vigo hace ya un montón de años. Soy viguesa y con prejuicios que se acabaron cuando conocí en un avión a mi ahora marido portugués. he aprendido que las diferencias no las marcan las fronteras sino la ignorancia de la gente. Eso sí que separa y sobre todo aísla pero veo con alegría que hoy, fuera de las fronteras galletas, nuevas y no tan nuevas generaciones adoran y aprecian a nuestros primos hermanos portugueses.

  9. Cuando algo está bien escrito, aunque sea un chascarrillo de un día de playa, da gusto leerlo.

  10. Os valores (etico-morais) froito de preconceitos ,nascidos a sua vez da ignorancia.Anulam o inteleto mínimo que nos diferência do resto do mundo animal.logo só necessita-se a fácil eclosão da emotividade para realizarnos as condutas mais viles,obscenas,vergonhentas,aberrantes.
    Problema ¿. A devandita individua (e já é cortesía ¡ ).A bem seguro gabar-se-ia da sua façanha.
    Quantos cidadãos daquesta limes, na beira norte do Minho, fraturando artificialmente tanto física como psiquicamente o mesmo povo, têm a mesma mentalidade ¿.

  11. Hola. Soy madrileño (de los de Madrid) y quiero agradecerte el rato tan delicioso que me has hecho pasar. He tenido la suerte de poder viajar por Galicia y Portugal y ambas me parecen unas tierras maravillosas, en las cuales mi familia y yo siempre hemos sido tratados con cariño. Por ello, por la buena gente, cuando estoy allí también me siento de allí. Soy profesor de Geografía y estoy completamente de acuerdo con Rita, no son los limites físicos sino la ignorancia los que ponen las fronteras. Gracias.

  12. Brillante artículo!!! Menos mal que nos queda Portugal!

  13. treinta años de vacaciones en las playas portuguesas y de siempre, el único paravientos, el mío

    del roce, ya soy tan portugués como ellos mismos… los quiero

  14. Increíble. Chapeau. No soy gallego pero desde hoy…quiero serlo.

  15. Buen artículo! Saludos de un castellano de los de ir a comprar toallas, DVDs, café y comer bacalao en Miranda do Douro.

  16. Entré a leer el artículo porque me llamó la atención la palabra ‘lusofobia’. ¿Lusofobia, cómo puede ser? Soy mexicano, vivo en México y por lo tanto ignoraba todas las cosas descritas, pero lo que sí puedo decir es que mi esposa y yo fuimos a Lisboa y a Oporto hace algunos años y regresamos a nuestra casa encantados de haber estado en Portugal. Nunca, ni una sola vez, sentimos el acoso normal que se da a los turistas, por el contrario, todas las personas con las que tuvimos contacto y digo todas, 100%, fueron muy amables y cariñosas, sería suerte, pero quedamos sumamente sorprendidos y encantados. Digo ésto porque en otros paises no es igual, si no te cobran demás, te dan gato por liebre, o no te orientan cuando pides direcciones. Mis respetos a Portugal y su gente.

  17. Tambien hay Espanhofobia en Portugal. La insensibilidad, no tiene fronteras.

  18. Cualquiera de Badajoz se sentirá completamente identificado con los vivieses al leer esto!! Muy bien escrito, me he echado unas risas. Enhorabuena!

  19. Qué buen rato me has hecho pasar, da gusto leerte.
    De una Jiennense que no tiene la suerte de haber visitado tierras gallegas aún , ni de conocer estas anécdotas!
    Gran artículo. Un saludo

  20. En cuanto al bañador usado por los hombres portugueses, también hacen aquí sus comentarios, pero…que me dicen de las calzonas antiestéticas y, hasta casi las rodillas del macho hispano. Horrible!

  21. Como português que ama a España, me encanto leer el artículo. Tengo 66 años y conozco bastante bien el ” pais irmão” .
    Me siento en Madrid o en Sevilla o en Alicante como en mi país!
    La “Lusofobia” tal como la ” Espanhofobia” solo existían en la mente de gente muy poco culta y hoy, gracias a la gente joven, desapareció casi por completo.
    Enhorabuena por el artículo. Y ” de Espanha, bom vento e bom casamento”!
    Gracias y saludos.

  22. El artículo es amable, pero no menciona el factor principal de la lusofobia actual.

    El sur de la provincia de Pontevedra se está vaciando de empresas, que se largan a Portugal en busca de suelo más barato, sueldos más bajos y conflictividad laboral más escasa. De hecho, la factoría de Citroën en Vigo está perdiendo todas sus empresas auxiliares de los alrededores, que cada día que pasa se trasladan más y más al otro lado del Miño.

    Cuando la propia Citroën sea la que cruce la Raia, entonces quizá sean los vigueses los que disfruten de los paravientos en las playas de Portugal.

  23. Noraboa por el articulo: Es curioso y, como anecdota, comentare que soy de Verin y los de la capital nos dicen “portugueses” (“douche unha patada que ponoche noutro lado da raia”). Los “turcos” llaman portugueses a los de Vigo, y los “olivicos”, nos lo dicen a los ourensanos en general. Y los verinenses, “portugueses”, a los propios portugueses. Al final portugueses todos, y, probablemente, venga porque en la genetica de cada uno de nosotros llevamos genoma portugues…eu gosto de Portugal. Aunque , al margen de no ser exclusiva para referirse a nuestros vecinos lusitanos, pues abarca a los habitantes de pueblos limitrofes, cada vez mas, tiende a desaparecer este modo de reaccion en la medida que el contacto es mas cotidiano y no esporadico como sucedia antano. Y, no dejaria de ser curioso que lo narrado por el autor del articulo, acerca del suceso acaecido en la playa de Samil, por la senora de la pamela, esta no estuviera afincada en Ourense, porque, si asi fuera, es costumbre de la susodicha despotricar de todo lo divino y humano, sea o no de origen portugues.

  24. En resumen, este tipo de sentimiento hacia el ” foraneo”, no es generalizado sino mas propio de naturalezas individualizadas, como el firmante del articulo constata de la reaccion habida por parte de las otras personas, incluyendo el mismo, que disfrutaban de un dia de playa.

  25. Con lo de jugar al fútbol no estoy de acuerdo. Juegan adultos con balones de cuero, chutando fuerte y ya me lleve algún balonazo, mientras paseaba por la orilla.
    Hablarán bajo, pero montan más ruido que nosotros comiendo, y a veces en la playa, con sus radios.
    Decir que los ourensanos ya no vamos a Samil masivamente, como hacíamos antes, entre otras cosas porque llegas a Playa América por autovía

  26. Estoy de acuerdo en todo pero siendo prácticos:
    ¿ese turismo deja algo de riqueza en la ciudad?

  27. Me ha encantado el artículo pero lo de “putos turcos” me ha sobrado, con turcos a secas se había entendido perfectamente.

  28. Excelente articulo, realista desde el principio al final (solo falto mentar los ungüentos de cremas que se aplica en la cara Ronaldo).

  29. Estupendo artículo, te lo dice un vigués.

  30. El articulo es la leche, como la leche que íbamos a buscar pore era más gorda y buena que la de aquí…. eso nunca lo entendí…..!!!!

  31. Lo de los bañadores no sé pero gracias por entender que no todos los portugueses somos Cristiano. Aunque si lo fuéramos quizás el bañador nos quedara de otra manera. El mejor abono para hacer crecer los prejuicios es no salir de nuestra zona de confort.

  32. soy viguesa y a lo largo de los años he oido una infinidad de veces ” de una puta y un portugues nacio el primer vigues” la verdad es que siempre me ha parecido una memada y jamas me he ofendido, cuando la gente quiere ofenderse cualquier disculpa es buenat

  33. Adorei o artigo. Fartei-me de rir! Sou portuguesa do Porto e fui algumas vezes a Vigo, ao El Corte Inglés, com os meus pais, no tempo em que a peseta valia metade do escudo! Lembro-me bem da sensação de atravessar a ponte Tui/Valença com o carro cheio de roupa e sapatos escondidos das polícias da fronteira, cheios de medo de sermos descobertos. (Puro contrabando!!!) Nunca fui à praia de Samil, mas gosto muito de passear pela Galiza, onde francamente me sinto em casa e onde sempre fui muito bem tratada.

  34. Muy acertado. Trabajé 10 años en La Coruña y Vigo, 1987-1997. Cierto que en Vigo no percibí esa animadversión por los portugueses, quizá por el ambiente que em movía, administración. Más bien notaba querencia al encanto de la costa norte de Portugal y su estilo de vida. De hecho a veces salíamos el sábado por discotecas de esa zona.
    Lo que noté tal cual es la animadversión a los orensanos, el enemigo por excelencia. Para los vigueses, lo de Orense tienen todos los males: tacaños, horteras, aprovechados. Nadie compraba un coche de segunda mano con matrícula de Orense, ¡qué iban a pensar de ti!. La leyenda decía que los orensanos colcaban a la abuela a las 7 de la mañana en la mesa del verde de la playa de Samil para reservar el sitio.
    Nunca fui con ningún vigués a Samil, era mezclarse con el invasor despreciado. Siempre Canido, Playa América, etc.
    Por azar conocí en Vigo a una orensana de visita unos días y acabamos siendo pareja. Ella era de la burguesía alta de Orense, con lo que pensaba igual que los de Vigo: despreciaba los calcetines blancos de sus compatriotas, decía que se despalzaban a Vigo a comprar ropa a ¡Alcampo! e igualmente cuando venía a mi casa en verano, antes muerta que acercarse a Samil.

  35. Muy bueno, impecable. Sólo una observación como tudense y lusófilo que soy. El puente sobre el Miño no separa Valença de Tuy, todo lo contrario, las une. Hay muchos lazos afectivos entre nosotros. Somos prácticamente una sola ciudad y vivimos en perfecta armonía.

  36. samil no mola. fdo: un da coruña.

  37. Adorei o artigo. Som vigués mais a minha avó era de origem portugués. Estudei portugués por causa dum namorado de Vila da Feira que tivem fai muitos anos. Adoro Portugal e os portugueses. Têem uma clase especial.
    Echo de menos el respeto por las personas mayores y los desconocidos que todavía perdura en la sociedad portuguesa y concuerdo con lo que dice mi querida Rita, más arriba.

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