Jot Down Cultural Magazine – De miseria a gentrificación: Boundary Street Estate, el primer barrio de protección oficial

De miseria a gentrificación: Boundary Street Estate, el primer barrio de protección oficial

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Fotografía: Gema Rodrigo.

A mediados del siglo XIX, en aquel Londres recién convertido en victoriano, estética decadente en smog y grisura, empieza a escucharse una palabra nueva. Una que, dicen, es puro slang, la mezcla entre mala pronunciación y jerga de los barrios bajos que tantas páginas terminará por rellenar muchas décadas más tarde.

Esa palabra es slum.

El concepto, lejos de ser novedoso, existe desde la antigüedad. Barriadas pobres, situadas en los extrarradios de las ciudades, habitadas por hombres y mujeres que apenas logran subsistir burlando a la suerte otro día más. Guetos, favelas, shanty town, skid rows, marginales, brareks. No importa el nombre, es fácil imaginar la escena. Barro, miseria, niños desnutridos, violencia y, en general, pocas posibilidades de cambiar el propio porvenir.

Lo que pasa es que en el Londres decimonónico esto del slum se había multiplicado un montón. Hay que pensar que la ciudad tenía medio millón de habitantes en 1700, unos ochocientos sesenta mil a principios del siguiente siglo, y nada menos que seis millones y medio al alborear el XX. Las causas son conocidas, y tampoco es cuestión de volver a tratarlas aquí. El avance imparable de las enclosures (las ‘parcelaciones’ realizadas por todo el campo inglés, que privatizan y miniaturizan los, antaño inmensos, terrenos del común de los pueblos) fue quizá el origen del proceso, al arrojar a miles de campesinos, incapaces de mantener sus antiguas condiciones de vida, hasta la gran urbe. Mano de obra barata y sin pretensiones para la naciente Revolución Industrial, que a su vez iba a actuar de efecto llamada en las comarcas rurales. Crecimiento desmesurado. Descontrolado, también.

Y, claro, no todos esos «nuevos londinenses» iban a parar a los barrios tradicionales. Así que fueron surgiendo otros, más atrasados, menos elegantes, sin apenas las mínimas condiciones para mantener una vida digna. Sí, los slums. Quizá al lector el primer lugar que le acuda a la mente cuando pintamos este cuadro sea Whitechapel. Ya saben, los bares y las prostitutas. Jack y Alan Moore, y los callejones, y las enaguas, y el hedor, la peste, los vómitos, la muerte. Pero hay otros, muchos otros. Y un poco al norte surgió uno de los más particulares. También, claro, de los más abyectos en su tiempo. The Old Nichol.

Nuestro slum protagonista.

Tan cerca, tan lejos

Bien, seguro que ustedes conocen a la perfección Shoreditch, ¿verdad? Al fin y al cabo esto es Jot Down y ustedes son ustedes. Shoreditch es, ahora, el barrio de moda en Londres, ese donde se reúnen los modernos, artistillos y diseñadores. Lo que hace años fue Camden Town, para entendernos, antes de convertirse en un horrible espacio de uniformidad, souvenirs y españoles berreando. O Carnaby Street antes de Camden. Claro que si alguien como yo sabe que lo más sofisticado y cool lo puede encontrar en Shoreditch es porque, seguramente, ese Shoreditch en realidad se ha convertido en el más novedoso nido de turistas ávidos de sensaciones «auténticas/falsas», mientras que los londinenses realmente alternativos ya pululan por otros lugares (se comenta por ahí que Dalston y Hackney, pero no me hagan caso).

Pero estábamos en Shoreditch. Lo pueden imaginar: barberías ambientadas a la antigua, muchos bares con encanto y personalidad, un par de obras de Banksy adornando el conjunto (protegidas, por cierto, con láminas de metacrilato, lo que no sé si irá en contra de su propia esencia, vaya) y mercadillos de todo pelaje donde comprar productos manufacturados, rarezas, libros, ropa y comida extremadamente picante. Esas cosas.

Shoreditch está cerquita de la futurista City londinense, apenas unos minutos caminando desde Liverpool Station, siguiendo, claro, unas vías que actúan a modo de muralla steampunk en todo el barrio. Pero nosotros vamos un poco más allá. Solo unos cientos de metros, un paseo, pero con el decorado cambiando por completo.

Fotografía: Gema Rodrigo.

En el centro de Arnold Circus hay un templete. Es modesto, con el suelo desflecado en hojas que crujen como los trajes viejos en las bodas. Allí siempre duermen una o dos latas de cerveza abandonadas, a veces una botella de vino, un periódico de hace días, diez o doce pintadas que recuerdan otros instantes, amores que se fueron, noches que son mañanas. Sentado en la barandilla de ese lugar (escamas de color verde que se van descascarillando invierno tras invierno, herrumbre que deja las manos rojizas, terrosas) se puede observar una panorámica de 360 grados sobre Boundary Street Estate. El paisaje es pintoresco. Casas de ladrillo que no pueden, ni quieren, esconder su origen victoriano. Tejados picudos de los que sobresalen chimeneas bicolores (marrón, encarnado). Humeantes algunas, mudas otras. Sensación de simetría absoluta, de racionalismo, quizá también de uniformidad. Dos o tres coches trotando lentamente por ángulos cerrados, por calles estrechas, por el pequeño círculo que rodea los quince o veinte árboles del Circus. Aquí no hay bullicio, no hay ruidos, apenas rumorea a lo lejos el tren, pero es casi un arrullo que amartela el tiempo. Y da la sensación de que se ha saltado a otro siglo, uno más silencioso, más tranquilo. Casi en pleno centro de Londres, tan alejado de la idea del pleno centro de Londres. Un sitio diferente. Particular.

Por entre las columnas se cuela una ráfaga gélida. Arnold Circus no está especialmente cerca del río, pero sus calles, pensadas para favorecer una higiénica aireación, se convierten en auténticos cañones de corrientes. Allí siempre hay viento, y uno nunca sabe por dónde le llega, porque las direcciones se convierten, solo, en una excusa para formar remolinos. Así que quienes pasean lo hacen presurosos, con el abrigo calado hasta el cuello. Una chica con llamativo pelo afro y lo que parece ser una carpeta de diseño cogida con cariño. Una mujer morena con sari hasta el suelo, mil colores que ondean a cada paso. Una pareja de ancianos que arrastran los pies mientras llevan una bolsa llena de alimentos, latas, dos o tres hortalizas. Cada uno coge un asa, y ambos andan así, unidos por ese trocito de plástico, por ese mucho de vida.

El escenario es extraño, casi un decorado donde rodar una película de época. Pero las historias son, esas sí, las mismas, las que se pueden ver en cualquier barrio obrero de cualquier ciudad de Europa. Solo que este es único. El primero que hubo nunca de protección oficial.

Creando una nueva realidad

A mediados del siglo XIX la zona de Old Nichol la hubiera podido inventar un Dickens puesto hasta arriba de droga. De droga adulterada, vaya. ¿Han leído Oliver Twist? Un cuento de Disney, comparado con esto. Créanme. Mucho peor.

Estaba situada en el extremo norte de la ciudad, lindando con huertos, con canteras. A lo lejos se podían ver, perdiéndose en la distancia, caminos que escapaban de la ciclópea capital y se iban adentrando cada vez más en los campos. Hacia otro estilo de vida, otro ritmo. Más pausado. Menos, quizá, cruel.

Pero no era así en el Nichol. Porque el Nichol era el peor suburbio, el más desgraciado slum, de todo Londres. Que luego la fama se la llevó Whitechapel por el tema del Destripador y eso, pero Old Nichol era aún más pobre. Familias de ocho o nueve miembros que vivían y trabajaban en habitaciones de apenas unos metros cuadrados, compartidas, en ocasiones, con animales a modo de establo. Gallinas o pollos, muchas veces. Otras, caballos, cerdos, vacas. Había mil cuatrocientas casas en un cuadrado de unos trescientos cincuenta metros de lado, un hacinamiento dramático. El agua manaba de pequeños caños en las calles, y no era potable, lo que provocaba muchas enfermedades (para encontrar un líquido realmente inocuo había que caminar muchas yardas). Las letrinas eran pozos sépticos que nunca se limpiaban, las ventanas aparecían rotas y por esos resquicios se colaba un viento que hacía de las chabolas lugares gélidos y poco acogedores. El tiempo era demasiado frío en invierno, demasiado húmedo el resto del año. En verano directamente una caldera donde menudeaban las infecciones. «Uno de los más dolorosos antros de dolor y vicio, inmundicia y pobreza, sótanos acurrucados, habitaciones desnudas y ennegrecidas llenas de enfermedades y de muerte», como decía el Illustrated London News el 24 de octubre de 1863. En aquel tiempo, uno de cada cuatro niños venidos al mundo en el Old Nichol fallecía antes de cumplir un año de vida.

La mayoría de los hombres trabajaban como artesanos u obreros en alguna de las cercanas fábricas. Labor diaria, mal pagada, sin ninguna seguridad de poder mantenerla la semana siguiente. Apenas un puñado de monedas para poder ir engañando al mundo unas horas más. Aunque los chicos de hasta ocho años eran teóricamente atendidos por la Junta Escolar, que les proporcionaba una primera educación, lo cierto es que la mayoría de ellos no hacía sino ayudar en casa haciendo pequeñas labores, trabajos deprimentes, pillajes a la carrera allí donde no había nada por lo que correr. Las calles eran oscuras, enfangadas la mayor parte del tiempo (las propias viviendas tenían el suelo de tierra), y peligrosas por las noches, cuando las sombras se multiplicaban y los ánimos caldeados en bares de alcohol barato y pestilencia se iban derramando aquí y allá. La iglesia de St. Phillip, en Mount Street, proporcionaba cada atardecer más de mil cenas de beneficencia, pero era insuficiente. En un lugar donde, literalmente, no había recursos bastantes para su muy crecida población, la única forma de sobrevivir era combinar el trabajo exigente y algunos asuntillos fuera de la ley, muchas veces dejándose caer por otros barrios. En pocas palabras, Old Nichol era, en ese último tercio del siglo XIX, algo muy parecido al infierno.

Dicen que la propia familia real se asustó al conocer cómo vivían los más desfavorecidos de entre sus súbditos. Al leerlo en periódicos y novelas. Dicen que miraron el oropel a su alrededor y no entendieron lo que las palabras les contaban. Que se les hizo un nudo en sus regios estómagos. También a algunos políticos les ocurrió lo mismo. Una mezcla de repugnancia, fascinación, pena. También, claro, miedo. Cuántas manos y piernas, cuánta gente perdida en la miseria, durmiente en su propia fortuna. Qué pasaría con ellos al despertar. Qué pasaría.

Fotografía: Gema Rodrigo.

De esta forma, en 1891 el Parlamento aprobó el Public Health (London) Act y el Boundary Street Scheme Act. Resumiendo, dos actuaciones gubernamentales para intentar transformar aquel pozo de insalubridad, delincuencia y pecado (y esto último no es baladí, que estamos en la Inglaterra victoriana, amigos) en un lugar acogedor y moderno gracias al gigante estatal. Era, por así decir, el final del antiguo Old Nichol y el comienzo de lo que hoy rodea a Arnold Circus.

Cuentan que hubo una figura fundamental para abrir los ojos de las grandes clases londinenses sobre lo que pasaba en su patio trasero. Que se llamaba Osborne Jay, era vicario de la iglesia de la Sagrada Trinidad desde 1886, y tenía larga experiencia a sus espaldas sobre eso que podemos llamar «hacer barrio». Solo con su insistencia logró reunir dinero suficiente para construir una nueva parroquia, un club social, un albergue, incluso un gimnasio en aquel lugar de pesadilla. Fue él quien elevó las protestas ante los parlamentarios de Westminster, y también quien presionó al recién constituido London County Council para que este terminase de construir la obra que había comenzado el Metropolitan Board of Works.

La actuación fue muy rápida (el primer bloque, Streetly Buldings en Mount Street, vio cómo sus primeros ocupantes llegaban en 1897), pero en modo alguno exenta de problemas. El primero de ellos fue la dificultad que los vecinos del lugar tuvieron para probar su propiedad sobre las casas que ocupaban. No había papeles, no había escrituras en un espacio que casi siempre resultaba poco menos que cuatro paredes levantadas con las propias manos sobre el descampado. Hubo quienes, asentados en el lugar desde hacía generaciones, acabaron perdiéndolo todo. Otros fueron más afortunados. Después de dos años de lentos avances se empezaron a pagar las primeras indemnizaciones. Unas cinco mil setecientas personas fueron desalojadas y todo el barrio se derrumbó hasta dejarlo en cascotes. Paradójicamente, aquellos desplazados acabaron creando otros slums similares en los lugares a los que arribaron, como Dalston y Bethnal Green.

A mediados de 1894 la mayor parte del Old Nichol parecía el escenario de una novela posapocalíptica. Las ratas se multiplicaron hasta convertirse en una alfombra con patas que iba serpenteando por entre las ruinas. Pequeños pilluelos aparecían aquí y allá colándose bajo los escombros, intentando salvar cualquier cosa que pudiera tener un aprovechamiento económico. Y, por último, bandas criminales de los cercanos Shoreditch y Bethnal Green usaban aquel lugar a mitad de camino entre el olvido y el futuro como enorme base de operaciones. Tan importante fue la actividad criminal que policías a caballo se vieron obligados a patrullar lo que no era sino una enorme escombrera día y noche durante muchos meses…

Pero las obras avanzaban. La inauguración oficial de Boundary Street Estate (el nombre que tomó la nueva barriada surgida donde estuvo el Old Nichol), se produjo el sábado 3 de marzo de 1900. La Banda de Voluntarios del Regimiento de East Surrey se ocupó de poner música en tan magno evento, que contó nada menos que con la asistencia del ya talludito (casi sesenta años tenía la criatura) Eduardo, príncipe de Gales (quien sería menos de un año después Eduardo VII) y su esposa Alexandra. El Sajonia-Coburgo-Gotha dio un pequeño discurso, y todos los asistentes (peces gordos, no piensen en vagabundos y deshollinadores) le rieron las gracias, que es lo que tocaba. A sus espaldas se alzaba el nuevo barrio imaginado por el arquitecto Owen Fleming, con su estructura radial y sus funcionales edificios (la mayoría de los cuales eran diseños de Rowland Plumbe).

El resultado era espectacular, con un dibujo pensado para la eliminación de la suciedad, de las enfermedades y la carestía. También, claro, intentando acabar con el pecado. Ningún pub aparece en el esquema original, y ninguna de las tiendas que allí surgen en un primer momento podía vender licores. El alcoholismo, lacra absoluta de aquel Londres finisecular con obreros, artesanos y prostitutas ahogando sus penas en la botella, iba a ser también extirpado del barrio.

Con todo, la propia concurrencia del lugar había cambiado mucho. De los cinco mil setecientos habitantes desalojados del Old Nichol, tan solo once volvieron a Boundary Street Estate. Las nuevas casas se poblaron fundamentalmente con policías, funcionarios, enfermeras o maestros. Muchos de los antiguos ocupantes de lo que ya no era Old Nichol no pudieron hacer frente a la renta de tres libras esterlinas por habitación. El cuento de hadas tuvo, claro, su reverso amargo, ese que nunca se explica porque parece arruinar el relato…

Fotografía: Gema Rodrigo.

Un futuro incierto

Desde entonces Boundary Street Estate se ha caracterizado por una activa comunidad, multitud de eventos organizados por los propios vecinos y, en general, una sensación de pertenencia al barrio que, evidentemente, ya no se puede apreciar en los lugares más céntricos de Londres. Ha sido, además, refugio tradicional para las minorías perseguidas a lo largo de los siglos, desde la floreciente colonia judía medieval hasta hugonotes o católicos irlandeses que huían de hambrunas y matanzas. Paradójicamente (o no) fue también uno de los lugares donde con más fuerza arraigó el British Union durante los años treinta, aquel partido liderado por Oswald Mosley que pretendía reproducir en el Reino Unido la ideología que tan bien estaba funcionando en Italia o Alemania. Uno no puede sino regodearse por imaginar a Mosley paseando por su antiguo fortín de Shoreditch y Boundary Street Estate, y viendo aquí y allá a miembros de la muy numerosa comunidad de Bangladesh…

La reconstrucción de lo que fue Old Nichol poco tuvo que ver con la idea habitualmente preconcebida sobre las viviendas de protección oficial. Quizá por ser el primer barrio de este tipo, el diseño se cuidó especialmente, con una estructura radial cuyo centro era Arnold Circus. A partir de ahí, y enfrentadas directamente al pequeño parque, una serie de bonitas casas victorianas (cuyo conjunto se conoce como Boundary Gardens) actuaban de frontispicio a las calles perfectamente alineadas, con edificios de cuatro y cinco alturas. Cada uno de ellos, por aquello del pintoresquismo, recibió el nombre de un lugar de la ribera del Támesis, y así tenemos una Taplow House, una Cookham House o una Molesey House. Había veintitrés bloques de entre diez y ochenta y cinco domicilios cada uno, para un total de mil sesenta y nueve viviendas, la mayoría de dos o tres habitaciones.

Aún más, en Boundary Street Estate se plantaron árboles, se habilitaron locales comerciales, se abrió una lavandería, talleres, se mantuvieron las iglesias que ya existían desde antes, la antigua escuela. Todo el conjunto tiene hoy un aspecto coqueto, casi un trocito de siglo XIX (del siglo XIX tal y como nos gusta pensar que era el siglo XIX, y no como realmente fue en la mayoría de los sitios) trasplantado a nuestro tiempo. Y ahí radica, precisamente, la que puede ser su perdición.

Porque Boundary Street Estate ha cambiado. O se le quiere hacer cambiar. O han cambiado sus alrededores. El viejo barrio de tradición asociativa ya no es el mismo. Es muy fácil comprobarlo plantado en mitad de Arnold Circus, orientando la mirada hacia el sur, la entrada principal de las que llevan hasta ese lugar. Allí, a lo lejos, se pueden contemplar rascacielos, monstruos de cristal que se yerguen, arrogantes, casi al alcance de la mano. Cada vez se aproximan más y más, comiendo terreno a ladrillos y árboles. El antiguo Old Nichol es, hoy, casi el centro de Londres. Para un determinado tipo de personas, algo mejor que el centro.

Y es que ya vimos que Boundary Street Estate está a tiro de piedra de Shoreditch. A unos pasos, por ejemplo, de Brick Lane y todos sus mercadillos, y sus hipsterismos y sus cosas. O, dicho de otra forma, desde el primer barrio de protección oficial de la historia: a) se pueden ver, día a día acercándose, los edificios de las grandes multinacionales; y b) se llega caminando en cinco minutos hasta un barrio de moda del Londres más cool. El término acude raudo, ¿no?

Gentrificación. Es palabreja que se viene usando últimamente mucho (demasiado, y en demasiadas ocasiones de forma inexacta), pero que, a base de repetirse, todos tenemos más o menos claro lo que significa. Cuando los ricos esnobs y culturetas se van mudando a lugares «más auténticos» y un poco «en declive», buscando una identidad que quisieran fuera la suya pero ya no es la suya y, en realidad, posiblemente, nunca lo haya sido. Resumiendo mucho, ¿eh?, que la gentrificación empezó siendo una cosa un poco distinta…

Lo que pasa es que Boundary Street Estate no estaba en declive. Era, repetimos, un lugar lleno de vida, con un espíritu asociativo muy acusado y multitud de actividades. Algo que, poco a poco, parece que está cambiando. Porque, si los pijos-artistas multidisciplinares-influencers empiezan a fijarse en las viviendas de la zona, estas suben su precio. Y si la subida es generalizada, muchos de los antiguos inquilinos no podrán alcanzar las nuevas condiciones, debiendo dejar sus casas, que pasarán a estar ocupadas por un vecindario diferente. Y el barrio, la joya decimonónica que tiene el Grado II de conservación entre los monumentos londinenses, podrá mantener su imagen, pero no su esencia.

Esa es la realidad de un lugar distinto, un trozo de historia que está al alcance de cualquiera que quiera visitarlo. Un pequeño parque circular, un puñado de calles radiales. Casas de mediana altura, ladrillo, domicilios que están por debajo del nivel del suelo, chimeneas humeando. Casi uno esperaría ver aparecer a Dickens por alguna de sus esquinas.

Es Boundary Street Estate. O, al menos, lo es por ahora.

Fotografía: Gema Rodrigo.

10 comentarios

  1. Un artículo interesante y unas fotografías estupendas

  2. Genial artículo pero hay una pequeña errata. En algún momento os referís a Oxford Circus, pero es Arnold. Hay un mundo entre esas dos plazas!

  3. Estoy con Jorge. Hay varias referencias a “Oxford Circus” que descolocan mucho. Con la primera pensé que sencillamente era errata, pero es que hay 3.
    Fíjense que vivo por la zona (Hackney), conozco la plaza (alguna de esas latas de cerveza fue mía) y he llegado a dudar si se estaba hablando de la otra zona…

    • Bien, lo de las referencias a Oxford Circus está corregido…quede aquí este testimonio como prueba de la torpeza del autor, que puede releer mil veces una pieza y si tiene en la cabeza una “errata” sostenida no se le va a ir de ahí… Mil gracias por señalarla
      Por cierto, muy interesante lo que cuentan los comentarios sobre las zonas, las gentrificaciones, lo que es cool y lo que no. Aclaro: no vivo en Londres así que, en buena lógica, si llega a mis oidos que algo es “auténtico” es porque, seguramente, ya ha perdido parte de su autenticidas hasta el punto de hacerse suficientemente popular como para que alguien como yo sepa de ello…en fin
      Pues eso, que gracias

  4. Gracias por el artículo. Es una zona curiosa. Y muy cerquita está Columbia Road market, que es fantástico. Un pequeño pero a tu articulo: tras 3 años viviendo en Dalston, te aseguro que ya es tan stablishment como Shoreditch. New Cross será el siguiente?

  5. Shoreditch es parte de Hackney y Tower Hamlets, mientras que Dalston esta en Hackney. en su integridad.

  6. Gracias por el artículo, para quienes antaño vivimos en Londres y especialmente en esa zona nos impresiona conocer la historia de la zona. Hace algo más de 15 años vivi por la zona de Camberwell green y New Cross Gate,(aquellos maravillosos años) hoy apenas queda nada ni nadie de antaño …No sé si eso es bueno o malo !! De mi generación de aquellos que vivimos allí ya nada es lo mismo quizás son hoy otros ojos, quizás otras personas. Da que pensar !! Cómo pasa el tiempo,..

  7. Pasaba por Arnold Circus a diario para ir a trabajar y no conocía su historia, qué interesante. Hackney se está gentrificando a pasos agigantados, pero todavía algunas partes de Homerton, Clapton y Stoke Newington tienen su propia personalidad. Aún hay muchos oriundos viviendo allí.

    Camberwell Green, que lo mencionan más arriba, cambia cada año también, aunque creo que no tiene la gentrificación de la zona de Shoreditch todavía. Y sí, probablemente los siguientes en ir volviéndose “cool” serán New Cross y creo yo también que Peckham. Peckham es todavía verdaderamente peculiar (también bastante pobre y vendido a las franquicias).

  8. Excelente artículo. Viví en Londres muchos años, muy cerca de Arnold Circus. Me ha encantado conocer una historia que ni siquiera sospechaba.

  9. Gracias por el artículo, es interesante, bonito y necesario conocer la historia de los barrios y ciudades donde vivimos, y ver como evolucionan a lo largo de los siglos. Estuve viviendo en Londres, en Greenwich, hace 10 años, y me solía gustar ir a Brick Lane. Me gustaba por su ambiente multicultural, sus mercadillos estrafalarios, por sus tiendas y locales diferentes, fuera del agobio del centro y la homogeneización. A día de hoy, cuando vuelvo a Londres, siempre suelo ir la zona de Shoreditch, y el año pasado al pasear por sus calles, tuve la sensación que ese ambiente único, multicultural se estava perdiendo y su carácter se estaba homogeneizando. Una lástima, pero suele pasar. Aún así, sigue teniendo cierto encanto. A ver, hasta cuando dura. Gracias Marcos Pereda por el artículo y Gema Rodrigo por las fotos. Es estupendo.

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