Jot Down Cultural Magazine – Electric Dreams: No, esto no es Black Mirror

Electric Dreams: No, esto no es Black Mirror

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Imagen: Channel 4.

Aunque usted no haya leído un libro de Philip K. Dick en toda su vida, puede estar seguro de que conoce algunas líneas básicas de su obra, porque ha visto más de una adaptación cinematográfica y unas cuantas copias no reconocidas de los fundamentos de sus historias clásicas. La fijación del cine con su obra empezó en 1982, el mismo año de la muerte del escritor, con el estreno de Blade Runner. La versión en celuloide no se parecía demasiado al material original; al director Ridley Scott le importaba más bien poco la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Según su propia confesión, ni siquiera la terminó, y abandonó la lectura después de unas treinta páginas. Scott quería crear un universo, darle forma a un ambiente, y estaba más preocupado por plasmar sus propias ideas visuales que por adaptar fielmente el argumento de Dick. Por ejemplo, el entorno ambiental del film, una superpoblada Los Ángeles, respondía más a la visión de Scott y no recordaba al del libro, cuya acción transcurría en una San Francisco medio abandonada. Las ideas subyacentes también eran distintas, y Blade Runner parecía más la adaptación de algún relato de Asimov en torno a la «humanidad» de los androides, a los que el guion llamaba «replicantes», mientras que la novela de Philip K. Dick mostraba escasa simpatía por ellos, ya que la premisa fundamental era la naturaleza intrínseca del ser humano en contraste con la inhumanidad de las copias artificiales. Tanto era así, que propio Dick decía esto sobre los androides del libro: «Son deplorables porque no tienen corazón. Son completamente egoístas, no les importa lo que pueda sucederle a otras criaturas, y para mí, por ese motivo, son entidades inferiores a las humanas». En la película de Scott, por ejemplo, Harrison Ford se enamoraba de una encantadora y dócil androide robot (una hipnótica Sean Young) cuyo equivalente en el libro era, en realidad, un ser vengativo que rayaba la psicopatía.

La modificación de una historia en la pantalla es admisible y, si me apuran, tiene poca importancia. El libro es el libro, y quien quiera conocerlo bien tiene que leerlo. Blade Runner era una gran película, aunque no se pareciese a la novela que la había inspirado, y se sostiene como obra de arte por sí sola. Lo relevante es que Blade Runner anticipó lo que iba a suceder con la mayor parte de adaptaciones cinematográficas (o televisivas) de relatos de Dick. Hollywood empezó a desarrollar una historia de amor con los relatos del escritor estadounidense, y tras la película de Scott fueron llegando una adaptación detrás de otra, pero rara vez eran fieles al original. Desafío Total fue una reconversión palomitera, a la mayor gloria de Arnold Schwarzenegger, del relato breve «Usted lo recordará perfectamente»; la película era superficial y tonta de cojones, pero por lo menos era muy entretenida, no como el plúmbeo remake protagonizado años después por Colin Farrell. Asesinos cibernéticos era una versión también simplificada y centrada en la acción del relato «La segunda variedad». Minority Report llevaba a la pantalla la historia del mismo título, y también Spielberg prefirió convertirla en acción para lucimiento del entonces taquillero Tom Cruise. Paycheck seguía la misma onda, solo que era bastante peor, incluyendo en la etiqueta «peor» la presencia de Ben Affleck. Next, inspirada en el cuento corto «El Hombre Dorado», también fallida; baste decir que la protagonizaba un Nicolas Cage metido de lleno en su etapa anarcopsicótica. Curiosamente, el film seudoanimado A Scanner Darkly, protagonizado por la versión Windows 95 de Keanu Reeves, fue uno de los más fieles al texto en que se basaba.

Las adaptaciones reconocidas, sin embargo, son la punta del iceberg. El cine y la televisión han producido unas cuantas copias no declaradas de argumentos e ideas desarrollados por Philip K. Dick en sus libros. Se le ha copiado con más o menos disimulo según el caso, pero se ha hecho muchas veces. Es fácil localizar a los culpables: por ejemplo, casi cualquier guion de ciencia ficción que incluya temas como los mundos paralelos o la confusión entre identidades reales y artificiales ha tomado elementos prestados de los relatos de Dick. Si hablamos de Hollywood, el plagio consciente o inconsciente incluye títulos muy famosos que una buena parte del público tomó por «revolucionarios» en su día, aunque no lo eran. The Matrix fue era un pastiche de conceptos de la ciencia ficción de Dick, simplificados a niveles casi escolares, y el público adoptó términos como «matrix» para hablar de realidades artificiales sencillamente porque no conocía las novelas que las Wachowski habían fusilado sin piedad. Inception, la de Nolan, era también una revisión infantilizada de las ideas que aparecían en novelas como Ojo en el cielo. En Inception, por copiar, incluso había una descaradísima  (pero des-ca-ra-dí-si-ma) imitación del final de una famosa novela de Dick; no voy a decir cuál para no destriparla a quien no la haya leído, y solo diré que en la novela no había peonza girando, sino una moneda que estaba en el bolsillo de un personaje, pero en esencia hablamos de un desenlace prácticamente idéntico. Hay muchos más ejemplos (El show de Truman me acaba de venir a la mente), pero lo relevante es esto: el cine y la televisión aman la obra de Dick porque esa obra es una mina de ideas. Se adaptan o copian, y muchos espectadores creerán que son novedosas, aunque fueron publicadas hace décadas.

Imagen: Channel 4.

Philip K. Dick, todo hay que decirlo, no era un gran escritor. Cabe admitir que hay mucho debate al respecto, pero creo que es indiscutible que la mayor parte de su trabajo lo produjo en condiciones poco idóneas. Bajo los efectos de las drogas, para empezar; le pagaban tan mal que vivía siempre al borde de la miseria, y estaba tan desesperado por cobrar el cheque de cada relato que se pasó dos décadas consumiendo anfetaminas para no dormir y poder terminar sus entregas en plazo. Escribía con prisas, y pocas veces corregía como debería. Aquel enloquecido sistema de trabajo a base de sustancias químicas, además de producirle una esquizofrenia paranoide que se manifestó en sus últimos años, hizo que sus novelas y relatos fuesen cada vez más desordenados, retorcidos, espesos, y no pocas veces difíciles de entender (a veces, difíciles de leer). Pero más allá de lo improvisado de su escritura y de lo que cada cual pueda opinar sobre su prosa, hay una cosa clara: su universo mental era fascinante. El tipo quizá no era el mejor escritor del mundo, pero era un genio, de eso no cabe duda. Como en el caso de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, lo importante no es tanto la prosa como la cantidad de temas y perspectivas que aportó a la ciencia ficción y, por extensión, a la cultura en su conjunto. Así, en lo tocante a universos artificiales, personalidades confusas o múltiples, y realidades con diferentes capas, es difícil —casi imposible— concebir algo que Philip K. Dick no hiciese ya en su día, porque básicamente exploró todo ese territorio hasta agotarlo.

¿Por qué tanta copia? Además de porque sale más barato no tener que comprar los derechos de un relato, existe un serio problema a la hora de llevar sus historias a la pantalla: para cualquier guionista es más fácil plagiarlas y simplificarlas que adaptarlas tal y como son. Incluso quienes compran los derechos y no le echan la caradura de las Wachowski y Nolan encuentran serios inconvenientes para ser fieles a lo que Dick escribió. Sus relatos, sobre todo las novelas, requieren casi siempre poda y procesado. Dick añadía personajes y subtramas continuamente, según le iban surgiendo temas que estaba interesado en tratar, y no siempre tenían una función clara respecto al argumento principal. Su obsesión por los mundos paralelos lo llevaba a introducir quiebros inesperados; sus relatos empezaban pareciendo una cosa y terminaban siendo otra. Me encantaría ver una adaptación fiel a la pantalla de Ubik u Ojo en el cielo, y ha habido productores, directores o guionistas que han expresado sus deseos de hacerlo, pero los proyectos casi nunca salen del cajón. Los universos de esas novelas son muy retorcidos y dejan demasiado a la imaginación del lector, que visualiza las cosas a su manera. Un espectador de cine que no haya leído antes una novela como Ubik, por ejemplo, no entendería nada al verla fielmente convertida en imágenes. Le parecería una película experimental cuyo objetivo fuese precisamente el de despistar y confundir a quien la está viendo. El público del cine y de las series es mucho más amplio que el de los lectores de ciencia ficción, y está menos acostumbrado a ese tipo de desvaríos temáticos. Una adaptación fiel de Ubik entusiasmaría a los lectores de la novela, pero es dudoso que tuviese buenas perspectivas comerciales, salvo que un estudio usara el título y algunas ideas básicas para producir algo muy distinto, más asequible. Incluso Blade Runner, que hoy es un film de culto, tardó tiempo en calar entre el gran público, y eso que hablamos de un argumento extraordinariamente simplificado.

Imaginemos esa hipotética película sobre Ubik, que empieza como una especie de recreación de los X-Men, con una empresa que se dedica a reclutar telépatas y gente con poderes especiales, incluyendo una chica capaz de hacer que el tiempo vaya hacia atrás. Hay otra empresa que mantiene a los difuntos en un estado de «semivida», una especie de mundo paralelo desde el que pueden comunicarse con sus seres queridos. Pues bien, tras iniciarse la novela, los susodichos X-Men están embarcados en una misión, se produce una explosión… y de repente, sin previo aviso, la novela se convierte en una incomprensible historia de terror en donde las cosas envejecen y nadie sabe por qué. El tiempo empieza a ir hacia atrás, y por ejemplo las calles empiezan a llenarse de automóviles y edificios más propios de décadas pasadas, mientras los protagonistas, uno tras otro, van muriendo cuando son víctimas de una veloz y horrenda decrepitud. Para colmo, cada capítulo del libro empieza con un desconcertante anuncio publicitario de productos que siempre son de la misma marca, «Ubik». Si todo esto le suena raro, es porque lo es. Pero el formato escrito permite que el lector vaya pensando sobre lo que lee, sacando sus propias conclusiones en mitad de un argumento que parece mezclar visiones oníricas con una extraña filosofía que es, al mismo tiempo, atea y teológica.

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Pues bien, ¿cómo se podría llevar algo así a la pantalla? Es muy, muy difícil. Una adaptación literal de Ubik dejaría a la gente más atónita que 2001: una odisea del espacio. Solo hay una manera de hacerlo: tomando la idea básica y construyendo un argumento de aventuras alrededor de ella. El resultado, en efecto, se parecería más a Matrix que a la propia novela Ubik. Tomemos Ojo en el cielo: una explosión hiere de gravedad a varias personas, que quedan sin sentido en el suelo. De repente aparecen en un mundo gobernado por las leyes de la Biblia, pero no hablamos de una teocracia: es un mundo en el que, si blasfemas, Dios te tira un rayo. Uno de los personajes asciende a las alturas y ve un gran ojo en el cielo. Al principio no entendemos nada, pero pronto sabremos (aquí va un muy ligero spoiler) que, como resultado de la explosión, están todos malheridos y sus mentes viajan del subconsciente de un personaje al del siguiente, encontrándose universos extrañísimos que son un reflejo de los deseos y miedos íntimos de cada uno de ellos. La novela describe lo aterrador que resultaría empezar a vivir desde la perspectiva de otra persona, pero sin compartir su núcleo emocional; es lo de aquel dicho de «el cielo de una persona es el infierno de otra». Todo aderezado con visiones oníricas y elementos extraños más propios de los sueños. ¿Cómo llevar eso a la pantalla? Casi imposible. Es mucho más fácil hacer la trampa, como en Inception, de pretender que los sueños ajenos son lugares habitables y bastante lógicos. Aquello de la película, cuando una ciudad se curva sobre sí misma, es una tontería en comparación con las imágenes alucinantes de Ojo en el cielo.

Las adaptaciones reconocidas más recientes siguen recurriendo la simplificación o la modificación, pero ya de manera deliberada. Piensen en la serie The Man in The High Castle, adaptación largamente esperada de la novela del mismo título, y producida por Ridley Scott. Describe un mundo en el que los nazis y los japoneses han ganado la Segunda Guerra Mundial; ambas potencias han dividido los Estados Unidos en dos partes, una gobernada por el III Reich, y la otra por el Imperio japonés. En ese mundo circulan unos rollos de celuloide (en la novela, es un libro) en los que pueden verse imágenes de una realidad para ellos alternativa, en la que fueron los aliados quienes vencieron, y en la que la guerra contra Japón terminó con el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Lo cual, claro, suscita el interés del Imperio y el Reich. Más allá de que la serie no haya sido lo que pudo ser, sus creadores dieron por sentado que la novela era inadaptable tal cual fue escrita; el libro original, repleto de desvaríos espirituales y poblado por una multitud de personajes que consultan una y otra vez el oráculo chino del I Ching para tomar sus decisiones, es básicamente imposible de convertir en narración visual. Los creadores de la adaptación decidieron tomar las ideas básicas y la sugerente ambientación en un mundo paralelo donde las SS se pasean por Washington, y donde San Francisco está repleto de japoneses que tratan a los americanos como seres inferiores. Pero renunciaron a muchas otras cosas, y decidieron construir su propio argumento, cuyo parecido con el original era superficial. La serie, por desgracia, terminó siendo aburrida, y hasta los más optimistas terminamos reconociendo que, pese a que está bien hecha en varios niveles (la ambientación es magnífica) le falta esa chispa que se necesita para mantener el interés. Pero sí hicieron bien en descartar la fidelidad a un texto esotérico y metaliterario que no tendría sentido en imágenes.

La conclusión de todo esto es que, pese a las dificultades intrínsecas que presenta la conversión de sus textos en imágenes, en el mundo del cine y la televisión sigue habiendo muchas ganas de adaptar material de Philip K. Dick, y supongo que siempre las habrá, porque sus ideas son geniales y sus mundos son absorbentes. Bajo el poco original título Philip K. Dick’s Electric Dreams, la cadena Channel 4 ha estrenado una coproducción británico-estadounidense que ha optado por el camino más «fácil» de adaptar no las laberínticas novelas, sino relatos cortos. Veremos caras conocidas tanto en el reparto como entre sus impulsores (Bryan Cranston, el actor protagonista de Breaking Bad, es uno de los más involucrados en el proyecto). Mientras escribo esto, ya se ha emitido media temporada. Cada episodio adapta un relato y, como de costumbre, el texto es procesado antes de ser convertido en imágenes. El resultado, por ahora, es imperfecto pero digno. Eso sí, no se parece a películas entretenidas como Desafío Total o Minority Report. De hecho, es justo lo contrario: la acción queda en segundo plano y los episodios tienen un enfoque fundamentalmente filosófico; incluso cuando los argumentos son modificados en el guion, tienen un tono meditabundo muy en consonancia con la obra de Dick. Esto aburrirá a muchos espectadores, desde luego. El enfoque es el de la ciencia ficción clásica de este autor, con mucho intimismo y poca acción. Primero cabe aclarar una cosa: he leído ya unos cuantos artículos comparando esta serie con Black Mirror, lo cual es legítimo, pero en algunos se atreven a decir que Electric Dreams es una especie de copia de Black Mirror. Pues bien, esto no es cierto. Sí, Black Mirror se empezó a emitir antes, pero no es más que una recopilación de conceptos ya muy viejos en la ciencia ficción tradicional, incluyendo —y no es casualidad— algunos conceptos creados por el propio Philip K. Dick. Apenas hay nada original en Black Mirror, aunque sus creadores fueron muy astutos a la hora de presentar su pastiche bajo un envoltorio atractivo para las nuevas generaciones de televidentes que no tenían noticias de cosas como The Twilight Zone, y no digamos ya de novelas y relatos de ciencia ficción de los años cincuenta y sesenta. Black Mirror es The Twilight Zone con temáticas modernas… que vienen de libros ya no tan modernos. Que una serie sea mejor que la otra ya es cuestión de opiniones, pero Electric Dreams está más en contacto con el material verdaderamente original y por lo menos, aunque cambien ese material, tienen la honestidad de reconocer en su propio encabezado a uno de aquellos escritores de ciencia ficción con los que nació todo.

Imagen: Channel 4.

Hecha esta salvedad, Electric Dreams y Black Mirror se parecen en una sola cosa: cada episodio cuenta una historia fantástica que encierra una reflexión existencial. Black Mirror lo hace usando referencias de la generación presente (mucha tecnología, mucha cibernética, etc.), mientras que Electric Dreams utiliza un contexto más propio de la ciencia ficción de los años cincuenta, sesenta y setenta. Es una adaptación de material antiguo, recordemos, y no pretende elaborar una profecía tecnológica. Las temáticas son las típicas de Dick: confusión de personalidades, mundos paralelos, telépatas, etc. Todo aquello que se refiere a la mente y a las mil maneras en que nuestra mente nos puede engañar, o lo que se refiere a la pregunta sobre qué es lo que conforma nuestra identidad individual. En los episodios emitidos ya hemos podido comprobar que el ritmo es lento, más propio de una fábula (o, hablando de Dick, casi cabría decir parábola seudobíblica), pero los argumentos están presentados con sencillez y son fáciles de seguir. Salvando muy mucho las distancias, se parece a Blade Runner en una cosa: el mundo de Dick aparece muy simplificado, los detalles cambian, pero se conserva esa vibración extraña que, en sus libros, hace que no sepamos si estamos leyendo ciencia ficción escapista o filosofía psicodélica. No hay nada más «dickiano» que la sensación de que una historia fantástica parece ser un desvarío personal de su autor, y en ese sentido Electric Dreams es una serie muy dickiana. El problema, creo yo, surgirá con aquellos espectadores que esperen ver algo similar a Black Mirror. Que por momentos ambas series se parecen, y a veces no. Electric Dreams no hace guiños al espectador actual. Sus creadores, por ahora, se han preocupado de mantener un enfoque clásico, y eso significa que The Twilight Zone es una comparación más adecuada, porque aquella serie sí fue un producto puro de la era dorada de la ciencia ficción. Aun así, uno de los puntos fuertes de The Twilight Zone era el suspense, y Electric Dreams tampoco está jugando a ese juego. Cada espectador tendrá que juzgar bajo sus propios parámetros, pero desde ya aviso que quien espere una nueva The Twilight Zone y, sobre todo, una nueva Black Mirror, va a quedar muy decepcionado. Ambas series se parecen sobre el papel por el concepto general, pero son muy distintas en la pantalla.

En mi opinión, la serie hace cosas bien y otras no tan bien. El ambiente, en el tono íntimo, sombrío y existencialista tan propio de Dick, está ahí. Le falta algo más de humor, elemento que, aunque parezca mentira, el propio Dick introducía a veces en sus escritos (¿cómo olvidar la escena de Ubik en la que el protagonista discute con una puerta parlante que funciona mediante monedas?). Los elementos extravagantes, cómicos o surrealistas, eran muy frecuentes en sus obras, que con frecuencia basculaban entre la pesadilla y el circo. En Electric Dreams, por ahora, no hay suficiente pesadilla y casi nada, o nada, de circo. Que los pasajes escritos de Dick fuesen espesos a veces, y aburridos otras. Dick no era George Orwell, y que sus mundos fuesen distópicos no significa que podamos calificar esos mundos como mortecinos. No describía grises monolitos estalinistas como el del 1984 de Orwell, sino universos decadentes que, en buena parte, eran el producto imaginado de la decadencia del capitalismo y de la sociedad de consumo y la publicidad. Es decir, mundos jodidos, pero repletos de detalles pintorescos, sorprendentes y hasta hilarantes (por mucho que se desviase del relato original, la película Desafío Total de Schwarzenegger sí conservaba esa tendencia a los detalles horteras que le daban vida al conjunto). El mundo de Electric Dreams es un poco demasiado mortecino. Hay algunas cosas que rompen con el tono monocorde aquí y allá, pero con cuentagotas. Quizá se echa de menos un poco más de atrevimiento a la hora de introducir esos elementos que, sí, le restan seriedad al conjunto, pero le confieren mucha más vida. Esto también es un elemento muy dickiano, pero los creadores de la serie han decidido prescindir de ello, por motivos que quizá tengan que ver con el ansia por darle un aire «más adulto». Es el mismo problema que plaga la serie The Man in The High Castle. Todo pretende ser tan serio y solemne, que el mundo representado termina pareciendo demasiado artificial. Esto funciona con Orwell, pero Philip K. Dick viene de otra dirección.

En el reparto veremos rostros conocidos, británicos, estadounidenses y de otras partes: el propio Bryan Cranston, Steve Buscemi, Anna Paquin, Timothy Spall, la danesa Sidse Babett Knudsen, Liam Cunningham, etc. Algunos de ellos se lucen en sus episodios; por el momento, la que más me ha impresionado ha sido Geraldine Chaplin, que hace un papel por el que debería optar a más de un premio, aunque solo aparezca en un capítulo. La interpretación es el plato fuerte de la serie, y hay episodios que quizá hubiesen funcionado peor de no ser por los actores (el de Geraldine Chaplin es un buen ejemplo). El punto débil es que algunos de los relatos elegidos quizá no daban para tantos minutos. Los guiones no parecen haber sido concebidos para llenar más espacio; ya que iban a modificar los relatos originales, podrían haber añadido elementos extra, como alguna subtrama, algún personaje divertido que rompiera con la monotonía, etc. De todos modos, quedan capítulos por salir, y si hay segunda temporada quizá esto podría ser corregido. En cualquier caso, y aun sabiendo que algunos se aburrirán con ella, puede servir como metadona para los adictos a la ciencia ficción clásica (y no, «ciencia ficción clásica» no significa Star Wars), quienes encontrarán alicientes que les hagan perdonar las carencias e imperfecciones. Estos, los que hayan leído historias clásicas de mediados del siglo pasado, serán quienes más la disfruten. ¿Podría haberse hecho mejor? Sí. También podría haberse hecho peor, y menos da una piedra. No esperen entretenimiento salvaje, pero para momentos reflexivos o una tarde de lluvia puede servirles bien.

Imagen: Channel 4.

One Comment

  1. Pues a la espera de poder ver algo de esta Black Mirror, también te digo que, en concreto, Ubik me parece una novela con elementos más que suficientes para hacer una película “entretenidilla”, incluso trepidante.
    Aunque es cierto que no sería fácil llevarla al cine captando esa esencia psicodélica tan dickiana sin espantar demasiado al personal. Para hacer otro “Desafío Total” (pelicula que por otro lado me parece muy disfrutable, la primera, que el “remaque” no lo he visto) mejor no hacerlo con esta excusa.
    Otro problema añadido es que, como bien dices, muchas de las grandes ideas de esta y otras novelas de Dick han sido fusiladas y refusiladas en multitud de producciones de variado pelo, con lo que ya sería difícil sorprender.
    Por cierto ¿no habras visto la adaptación que se hizo de Radio Libre Albemut? Creo que no llegó a España en ningún formato, pero no sé si estará disponible en alguna plataforma. Es una de mis novelas favoritas de Dick y por un trailer que he visto creo que aquí sí se intentó abordar algo del fascinante pendemonium mental de este hombre.

    Un saludo

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