Jot Down Cultural Magazine – Día dos: lo nuevo y lo viejo

Día dos: lo nuevo y lo viejo

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Antiguo Parlamento de Sujimi, Abjasia. Fotografía de Ricard García Vilanova.

Nos dicen que hay un «niño de la guerra» en Sujum, uno de esos a los que ladran los perros mientras vocea a los que juegan al ajedrez en la calle. Muchos pensaban que sería mingrelio pero resulta que no, que es español. O al menos lo fue. No lo hemos conocido todavía, por eso no perdemos de vista, ni oído, a ninguno de los borrachos solitarios del paseo marítimo.

También cuentan que hay dos coreanos del norte entre los trabajadores de la construcción, y que las gitanas que venden flores y banderas abjasas son de Crimea. «¿Queréis conocer a los gitanos? Os llevo a su barrio cuando queráis», nos ha dicho Viacheslav. Mañana tenemos una entrevista a las once con el viceministro de Exteriores, un chaval de veintiocho años. Por lo demás estamos libres, tanto que no paramos de deambular.

Enseguida nos dimos cuenta de que caminamos en círculos: ya hemos visto antes ese árbol que brota desde dentro de una casa sin tejado, o ese local de manicura en el que las mujeres se calientan las uñas con unos gadgets de infrarrojos. Sepan que, en Sujum, convive lo nuevo con lo viejo en plena armonía: café italiano, crepes y wifi en la planta baja de un edificio que perdió las tres superiores hace casi veinticinco años; unas señoras haciendo nordic walking esquivan un cráter de mortero.

También están esas escaleras que trepan hacia ninguna parte, muchas, o un balcón colgando en el ángulo equivocado que casi hace sombra sobre el mejor restaurante de sushi de la ciudad.

¿Y qué me dicen de esa parejita de quinceañeros? Los del columpio, justo al lado de un pequeño trampolín sobre el que descansa un busto de Lenin. ¿Sabrán quién es ese señor? Los hemos visto ayer y hoy. Mañana se lo preguntaremos.

Parece que llevemos ya diez años aquí. Todo nos resulta abrumadoramente familiar. Nos suenan todos los perros vagabundos que acompasan su paso con el de los bípedos. Hay uno negro, muy gracioso, que siempre husmea entre las mesas de la terraza de la cafetería Barista. Todavía es demasiado joven para que se le marquen las costillas como al resto, pero se ha divertido con los krishnas rusos y su rollo raro. Los humanos los hemos evitado deliberadamente.

El antiguo edificio del Parlamento es, sin duda, la ruina más grande de la ciudad, y la más icónica. Su fachada color carne quemada está hoy hiperventilada por ciento ochenta ventanas —sin cristales ni marcos—, mientras sus tripas intentan digerir toneladas de basura y excrementos. Una auténtica megalópolis para las ratas.

No importa porque ese, y no otro, es el monumento a la victoria de los abjasos sobre los georgianos. El ejército de la pequeña república forma filas en la enorme explanada frente al edificio cada 30 de septiembre, el Día de la Liberación. Y van ya veinticuatro.

En Sujum todos los caminos conducen al Parlamento, pero también al trampolín de Lenin, a la manicura infrarroja, a escaleras por las que nadie sube… Ahí van de nuevo las señoras del nordic walking, y los krishnas de los que habíamos huido. Y miren a esos desaprensivos del ajedrez: ¿por qué insisten en provocar a los borrachos con sus reyes y sus reinas?

Paramos ya. Escrutamos el paseo en busca del niño de la guerra.

Fotografía de Ricard García Vilanova.

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