Jot Down Cultural Magazine – My drinking team has a rugby problem

My drinking team has a rugby problem

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Sebastien Chabal en el partido entre Sale y Montauban de la Copa Heineken, 2008. Fotografía: Getty Images.

En el otoño de 2012, la policía francesa recibió la llamada de una mujer muy alarmada que conducía por la autopista a medianoche. Se acababa de cruzar con un carrito de golf que circulaba por la propia autopista, en dirección contraria. Sobre su conductor solo pudo decir que tenía un volumen de proporciones gigantescas. Cuando la policía llegó al lugar para esclarecer los hechos, lo único que hizo en realidad fue confirmar lo que ya sospechaba: que a los jugadores del equipo de rugby profesional del pueblo vecino se les había vuelto a ir el tercer tiempo de las manos. Un pilier samoano se había colado en el campo de golf local y había decidido salir a dar un paseo en el carrito. Por supuesto, iba borracho como una cuba.

Y es que a los jugadores de rugby les gusta beber. Mucho. La fama de borrachos o, al menos, de grandes bebedores es legendaria. Pero ¿por qué beben tanto? Empecé a hacerme esta pregunta desde el primer día que pisé mi club de rugby.

Tardé cinco minutos en darme cuenta de que jugar al rugby no era lo mío. Oh, me encantaba el juego, me fascinaba, más bien, pero mi constitución endeble y mi espíritu cobarde ya ofrecían una buena pista de que quizá debía mantenerme alejado del terreno de juego. Llegué a mi primer entrenamiento vestido como un payaso, calzando unas botas prestadas de delantero (botas altas, con refuerzo en los tobillos) y una vieja camiseta tres tallas más grande. Alguien dijo: «Vamos a echar un tocata», y a mí me pareció una idea bastante inofensiva, porque un tocata es un partidillo sin apenas contacto en el que el placaje se sustituye por un inofensivo «toque» con las manos. Sin embargo, cuando cogí el balón por primera vez y no supe qué hacer ni hacia dónde ir, un animal con la dentadura incompleta decidió que merecía alguna suerte de castigo y, en lugar de limitarse a «tocarme», prefirió embestirme con todas sus fuerzas, lanzándome al suelo y cayendo sobre mí con todo su peso, aplastando mis hombros y fracturando mi clavícula.

A partir de aquel momento decidí continuar con mi afición por el rugby desde una distancia más prudencial y juré no volver a ponerme unos tacos en mi vida. Pasé así a formar parte de un característico grupo que en España resultaba asombrosamente reducido: el aficionado al rugby no practicante. En aquellos tiempos era algo muy raro de ver. Parecía que el rugby solo le gustaba a la gente que lo jugaba o lo había jugado.

Seguí, por supuesto, involucrado con el club. Acudía a todos sus partidos y, sobre todo, participaba como el que más de sus terceros tiempos. Ay, el tercer tiempo. La cerveza corría a un ritmo demencial. Los barriles iban cayendo y tras ellos los pacharanes, los whiskys y todo lo que nos pusieran por delante. Enseguida me di cuenta de que aquello era la principal razón de ser de muchos jugadores. Había tipos que solo jugaban al rugby para tener una buena excusa para después emborracharse sin piedad. A mí me fascinaba observar cómo sucedía todo aquello. Creo que es algo único en este deporte. En ningún otro el partido del fin de semana es un gatillo tan directo para el desenfreno alcohólico. ¿Por qué sucedía eso? La cerveza está unida al rugby con tal solidez que apenas se pueden entender el uno sin la otra. Rugby y cerveza forman un todo indisoluble. La cerveza corre por las venas de este deporte, riega las gradas y lubrica todas y cada una de las veladas posteriores a los partidos. Un tercer tiempo sin cerveza es inconcebible. Es como pensar en un partido sin balón. Conozco jugadores que no acudirían a una convocatoria si supieran que no iba a haber cerveza en el tercer tiempo.

Y, por supuesto, la combinación de cien kilos de peso y el raciocinio intoxicado es peligrosa. Cuando el alcohol nubla el entendimiento empiezan a surgir ideas malas. Muy malas. Vaciemos una jarra en la cabeza de aquella muchacha. Desnudémonos todos en la cafetería del AVE. Ideas que provocan que un equipo entero acabe en un cuartelillo de la Guardia Civil de un pueblo perdido de La Mancha para explicar por qué le ha parecido buena idea subir al autobús la máquina tragaperras del último restaurante en el que ha parado.

En mi club, los desmanes ebrios se sucedían en cada tercer tiempo. Y la pregunta permanecía. ¿Por qué? ¿Qué diferenciaba a los jugadores de rugby del resto de deportistas, que parecían tan inclinados a beber como marineros en tierra? ¿Era una imposición, una costumbre, una tradición? No lo sabía, pero seguía viviendo aquellas escenas con una mezcla de curiosidad, espanto y diversión. Porque sí, a menudo eran divertidas. A no ser que uno se convirtiera en el blanco de las demencias. Un flanker, en cierta ocasión, me sacó los calzoncillos por fuera de los pantalones de un brutal tirón que me dejó unas dolorosísimas marcas en la entrepierna que me impidieron caminar correctamente durante semanas. Otro simpático delantero disfrutaba persiguiéndome con un hielo en la mano y, en cuanto me tenía a tiro, me colocaba el cubito en la frente y me daba un cabezazo que destrozaba el hielo (ese parecía ser el objetivo principal del juego) y a mí me dejaba aturdido durante un buen rato, amén de una frente ensangrentada.

Ni siquiera el rugby internacional estaba libre de tal desenfreno. En 1988, John Jeffrey, tercera línea de Escocia, y Dean Richards, tercera línea de Inglaterra, acabaron la velada posterior al partido que enfrentó a sus selecciones por la mítica Calcutta Cup recorriendo las húmedas calles de Edimburgo jugando al fútbol. Los policías que acudieron alarmados por el escándalo comprobaron con horror que el balón que utilizaban era la propia copa, una antiquísima obra de orfebrería, fabricada en 1878 con las rupias fundidas del desaparecido Calcutta Football Club, que tintineaba sobre los húmedos adoquines, abollada y deformada tras horas de maltrato. Dean Richards rememoraba años después cómo se iniciaban los terceros tiempos de entonces: «En aquellos tiempos te sentabas a cenar y había una botella de whisky en medio de la mesa. Aquello era la fórmula para el desastre desde el principio». Los años del rugby internacional amateur han quedado atrás, pero la historia del principio de este artículo demuestra que la tradición sigue viva en el rugby profesional de hoy en día.

El capitán del primer equipo de mi club era un medio melé internacional que tenía fama de ser el «noveno delantero» por su arrojo en el juego y lo que yo interpretaba como un absoluto desprecio por su integridad física. En los terceros tiempos bebía hasta caer redondo, no sin antes dejar su huella allí por donde pasaba. No era capaz de acabar la velada sin haber provocado una pelea, haber intentado derribar de un placaje el poste de una señal de tráfico o haberme dejado a mí al borde del coma etílico. La primera vez que salí con ellos me dejaron en la puerta de la casa de mis padres, prácticamente arrojándome de un coche en marcha, en un estado tan lamentable que mi padre envió un severo e-mail al presidente del club para pedirle explicaciones sobre la clase de club deportivo que era aquel, que dejaba a un joven enclenque en un estado semejante. El presidente contestó preguntando a mi padre si estaba interesado en comprar lotería del club.

Por fin, una noche de celebración tras un partido, como si llevara leyéndome la mente toda la temporada, ya que yo no le había mencionado nada al respecto, aquel medio melé se acercó a mí en la barra de un bar y me dijo: «¿Sabes por qué los jugadores de rugby bebemos tanto?». Allí estaba por fin la respuesta que buscaba. Hice un gesto con la cabeza y esperé que continuara. Entonces dijo: «Para que deje de doler».

Y, sí, puede que así sea. Porque un partido de rugby es una auténtica paliza. Estos tipos se muelen a palos. Crujidos de huesos, contusiones, brechas, torceduras. Se retuercen los dedos sacando el balón de un maul y se pulverizan los hombros colisionando con otra mole que viene en sentido contrario. La cerveza es la vuelta inconsciente a la paz física, aunque solo sea durante unas horas, aunque solo sea para dormir bien esa noche.

Escuché alguna vez que los escritores tienden a beber más de la cuenta porque intentan acallar algo que les atormenta en el interior. Tiene sentido pensar que los jugadores de rugby beban para acallar algo que les atormenta en el exterior. El alcohol como gran apaciguador. Y, créanme, tras un partido de rugby, hay mucho que apaciguar.

17 comentarios

  1. Como jugador de rugby durante muchos años no me identifico nada con el estereotipo chabacano que expone.

    He sido primera línea y el dolor no aparece hasta el día siguiente. Tras el partido lo que hay es mucha sed que debería tratarse con agua… Pero es aburrida. En el tercer tiempo se bebe comentando las a currencies del partido, pero tampoco hasta caer inconsciente.

    Y los jugadores de rugby se comportan así por su afán de superación, no porque estén borrachos. Suelen ser unos gigantones de 120 kilos capaces de desplazar media tonelada por si mismos. Si alguien le dice que suba una máquina tragaperras a un autobús, lo hacen para ver si se puede, importa menos que el dueño del bar llame a la policía ya que posiblemente si se lo pidiesen luego la dejarían en su sitio.

    Que pueden hacer cosas que no son correctas, por supuesto, pero pregunta lo que hacen los fútboleros. Cuando la gente se junta en grupos tiende a hacer cosas irracionales.

    En todo caso me sorprende esa opinión, igual es el club en el no-jugaste

    • Yo no confundiría ser un competitivo jugador de rugby con un imbécil. Nada justifica comportamientos censurables, que nadie pretenda afirmar que hacer ciertas cosas no es de majaderos… digo yo que ser un deportista grande no exime de sacar a pasear de vez en cuando el gilipollas que llevas dentro.

  2. Muy romántico, muy literario. Tipos duros escapando del dolor, físico o mental. Pero es que no es así. A mi me encanta beber, soy un auténtico rockero pero también alguien con ciertas inquietudes vitales que volviendo a casa tras un festival de stoner, death y doom metal muy “underground” dio con sus huesos en el suelo al caer de la moto con cincuenta euros de cerveza en el cuerpo. Os escribo con una mano mientras se sueldan las tres costillas y clavícula que me rompí. Soy tan duro que antes de que deje de doler ya he hecho reparar la moto, tan fuerte que la recuperación asombra a los médicos, tengo tan poco miedo que no me planteo dejar de beber… y bueno, puede que esa noche no me apeteciera lidiar con algún demonio (lo incómodo de verme con tres exnovias en la misma sala y cuatro horas de bandas que ni fu ni fa por delante quizás) pero puedo afirmar, con décadas de experiencia que muy muy muy muy pocos se emborrachan porque les duela el alma. Se tienen malas costumbres, se mete la pata, no se sabe parar ni decir que no y se termina enfermo. Como no soy Duff McKagan ni Mustaine y creo que quien me conoce no pensará nunca que soy un patético “buenista” me voy a atrever a afirmar: este artículo es patético y no sirve para nada bueno. Que beba el que quiera, yo no pienso dejarlo (porque tampoco es para tanto, no tengo una adicción física)… pero el que os cuente como mola no es más que otro mamarracho (lo siento) que no sabe de que va la cosa. Si me encuentro con el autor en la barra del Lemmy lo miraré con superioridad y desprecio.

  3. La anécdota del principio no es de un samoano, es de un galés, Andy Powell
    http://www.dailymail.co.uk/news/article-1250965/Welsh-rugby-star-arrested-driving-golf-buggy-M4-celebrating-Six-Nations-win.html
    Aunque sería posible que otro hubiera tenido la misma idea.

  4. Vaya suerte la de Francisco Diaz León. Lo muelen a palos en la cancha, en el bar, y el las páginas de Jot Down. A mí me a gustado tu artículo. Pero el mensaje está ahí, ineludible: alejate del rugby en todas sus formas. Yo he jugado al ajedrez y no es un mal sitio para estar. Un abrazo

  5. Beber en el tercer tiempo no es el fin es la excusa.
    Os imagináis cofraternizando con el enemigo tomando unas limonadas?
    Os creéis que los argentinos y uruguayos toman mate en sus terceros tiempos? Lo dudo.
    En los terceros tiempos se celebra lo bien que te lo has pasado en un partido de rugby, en mi caso antes como jugador y ahora como espectador.
    Y lo celebras con todos los que han tomado parte incluso con el árbitro.
    Porque todos formamos parte de esta fiesta que es el rugby.
    Por qué nos gusta tanto? Precisamente por eso. Porque es una fiesta, en la vas a disfrutar con todos los participantes, con todos.
    Incluso con el que te ha partido los morros diez minutos antes.
    Y para romper el hielo se bebe algo y un poco más después porque le cuesta disolverse.
    El límite lo pone cada uno en función de la cantidad de hielo que tenga que disolver.
    Pero no me negaréis que alcanzar ese puntito en el que todos estamos risueños cantando, abrazando a tu flanker de enfrente, al árbitro, al viejete de la grada que no para de contarte historias o a la máquina tragaperras tiene su aquel. Y de aquí a querer subírtela al bus no hay nada. No es alcohol es pasión.
    Desde luego, tengo más historias que contar de los terceros tiempos que de los anteriores, aunque todos fueran parte de mi felicidad.

  6. No estoy en absoluto de acuerdo he estado en dos clubs y 28 años en la selección y nunca he vivido lo que dice esta persona , cervez si mucha , alguna que otra trastada también pero niego las borracheras tajantemente no se que Club era este ni que medio melé pero en los clubs que estuve siempre imperaba la educación y el respeto cuidando Mucho la imagen hacia nuestra cantera .
    Este artículo hablará de la realidad de un reducto muy concreto que equívoco el norte de este deporte .

  7. Pues yo si estoy totalmente de acuerdo, y esas anecdotas son minimas comparadas con otras que cualquiera que haya jugado hace 30 años puede contar, porque lo cierto es que pertenecen a otra epoca, la de los campos de tierra y palos montados en porterias de futbol, en la que no habia ascensor, sin restricciones en el placaje, sin gente de gymnasio, la de los maules de 10 m y los rucks interminables, cuando era raro encontrar jugadores de mas de 30 años, antes de la aparicion del movil con camara, aunque a todos nos divierte recordar esas “aventurillas” por suerte esos comportamientos ya no son tolerados, de la misma forma que hace 30 años salias a pegar y pisar desde el minuto 1 hasta el final, o te ibas a la grada, o te bajaba la grada al campo, ahora ademas salvo momentos puntuales la gente aunque sigue compartiendo una cerveza se cuida mucho

  8. Creo que es un artículo brillante! Hemos cantado singin’ in the “train” en desplazamientos de Paris a Londres, nos han parado los gendarmes en el metro de París por el duelo con los escoceses que intentaban impresionarnos levantándose la falda, puesto la p… encima de la barra como última estrofa del mencionado singin’… pero siempre y sobre todo con gran respeto hacia el contrario/amigo/espectador/autoridad… que haya estado enfrente!!!
    Puños fuera y que siga siendo así!!!!

    • El respeto de poner una p… encima de la barra no termino de verlo… Cosas de la educación de cada uno. Lo mismo al contrario lo respetas, pero al camarero o al parroquiano del bar que está por allí como que no.

      • Leyendo estos dos últimos comentarios, me viene a la mente una anécdota personal que sucedía cuando jugaba en un deporte en categoría de juveniles (no era el rugby).
        Teníamos un compañero de equipo (lo llamaremos F) que tenía una polla estratosféricamente grande y entonces uno de los líderes del equipo (no digo el nombre, aunque lo llamaremos “S” -ni el deporte- porque luego llegó a internacional con España y no quiero dar pistas por si alguien puede atar cabos) tenía la costumbre, en el vestuario, antes de empezar los partidos, de agarrar del brazo al jugador F, que se prestaba a ello, y se lo llevaba al vestuario del equipo contrario, y delante de todo el equipo contrario se mandaba una arenga del estilo “pórtense bien, no den por culo, déjense ganar fácil, porque si no lo hacen entonces …….F enseña lo que tienes ahí…”, y F se bajaba el pantalón de deportes dejando al aire su colgajo digno del mejor actor porno. La cara de los jugadores del equipo contrario siempre era un poema. Pero todo de buen rollo.

  9. También entiendo los comentarios negativos por que alguna vez nos hemos encontrado con algún idiota fuera de lugar, pero sinceramente creo que lo hemos conseguido parar…sin entrar en polémicas me parece un deporte fantástico del que esoy orgulloso de haber participado al igual que mi hermano, heranana, sobrinos, hijo y amigos… sin haber caido numca por beber y (repito) respetando siempre a quienes teníamos enfrente!

  10. El artículo no pretende decir que el rugby y sus gentes somos así y solo así, si bien lo que narra es tan real que prácticamente todos los que hemos jugado lo hemos visto. Si no así, parecido. Ahora, el título es de una frase de Wilde, la anécdota inicial es de Andy Powell, grande sí, pero no Samoano: Galés. Y el por qué, si no recuerdo mal, tenía lógica: se emborrachó más de la cuenta y quería irse a casa, pero no le dejaban coger el coche. Un grande.

  11. Ah, y nadie que haya ido a entrenar un único día es aceptado como uno más en un equipo como parece sugerir, y menos en un tercer tiempo. Las cosas importantes se comparten con tus iguales, no con el que recibe un palo y no se siente parte del grupo.

  12. El alcohol en los terceros tiempos y en relación con el rugby es por la mera idea del exceso que es y se fomenta en el rugby. Se bebe por exaltación.

    El rugby es un deporte de contacto basado en hacer cosas anti intuitivas: por ejemplo, viene un tipo gigante corriendo con el balón hacia ti y le tienes que placar, y placar significa agacharte a la altura de las piernas de una locomotora, y por muy bien que le plaques te vas a llevar una hostia igual, normalmente un hostión. Alguien que no ha jugado al rugby nunca no puede entender el tipo de esfuerzo mental que tienes que hacer para hacer cosas así ¿Cómo fomentas el tipo de actitud que te lleva a hacer algo que te va a doler? Pues estilo vikingo, buscas un sentimiento de grupo que en cualquier deporte de equipo es positivo, pero que aquí es además imprescindible. El tercer tiempo y el alcohol suma en ese sentido.

    Luego está la parte de los excesos, el propio deporte es un exceso, el desmadre alcohólico encaja con esa manera de pensar. Bien que el alcohol sea analgésico, pero acabado el partido (excepto lesiones específicas),el dolor te la suda, es hasta bueno, te recuerda que durante 80 minutos has sido un guerrero.

  13. No entiendo los comentarios de los que se rasgan las vestiduras, salvo que realmente sean ellos los que no han practicado nunca este deporte. No veo que el artículo ataque la nobleza del rugby, sino que describe perfectamente situaciones que cualquiera que haya jugado en algún club ha vivido en alguna ocasión. Todos hemos visto esos piliers que son capaces de beberse varios minis de un trago. El talona que a mitad del tercer tiempo ya está desnudo. Los flankers que empujan los cubos de basura, a ser posible con el medio melé metido dentro… ¿Hay alcohol? Mucho. Si es para que deje de doler, no lo sé. De hecho, es reseñable que en los partidos de rugby el consumo del alcohol esté permitido, mientras que en el fútbol, en cambio, no.
    Gran artículo

    • En fútbol, el alcohol está permitido. Lo que pasa que no es recomendable porque no vas a dar ni una. No te digo en tenis, ni en baloncesto, porque como veas la pelota o el aro sin nitidez lo llevas claro.
      Porque, que yo sepa, el alcohol no tiene nada positivo: no sirve para mejorar tus prestaciones sexuales, produce dolor de cabeza, te hace decir y hacer cosas que te arrepientes unas horas después, descubres los complejos y debilidades de los demás (“in vino veritas” dice el latinismo)……pero es fantástico porque tiene un momento que desinhibe y puede generar momentos divertidos cuando se alcanza un punto de relajo entre todos. Punto de relajo que es limitado, temporalmente hablando, y a partir de ahí viene el desastre.
      Mi experiencia (limitadísima) sobre el rugby y el tercer tiempo: niñitos que quieren destacar haciendo el gilipollas, y cada uno superar en gilipollez al anterior. Lo que pasa es que la estética, el “esprit des corps”, la atmósfera, (lo de los valores educativos que trasmite no me los creo tanto) es atrayente, pero en el tercer tiempo, muchas veces lo que predomina es un grupo de niñatos con ganas de impresionar.

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