Jot Down Cultural Magazine – Zarko Paspalj: «Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo»

Zarko Paspalj: «Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo»

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Fotografía: Ivana Todorovic

Este 2017 se cumplen treinta años del bronce de Yugoslavia en el Eurobasket de Grecia. Considerado entonces un fracaso, sirvió como primer torneo en la absoluta para jugadores como Djordjevic, Kukoc o Radja, quienes junto a Divac tan solo unas semanas después serían campeones del mundo júnior. Fue uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Ese torneo también sería el debut de Zarko Paspalj (Pljevlja, 1966). Natural del norte de Montenegro, proviene de la región donde más arraigado estaba el sentimiento nacional yugoslavo. Fue una pieza clave en aquel equipo y un jugador con un estilo, hasta entonces, fuera de lo común.

Tu amigo Obradovic acaba de ganarle otra Final Four al Olympiacos.

Lo esperaba. Nunca lo ha hecho más fácil. La única sorpresa fue que llegase Olympiacos a la final, pero no fue tanta sorpresa como el mal juego del CSKA. Todo lo demás ya lo habíamos visto antes. No me ha parecido nada extraordinario lo que ha pasado.

Eres de Pljevlja, en Montenegro.

Ahí estuve mis primeros años de vida. Si no habéis ido nunca, no hace falta que vayáis [risas]. Estoy de coña. Tuve una infancia, como todos los yugoslavos, feliz. Me pasé todo el día corriendo por ahí; un tipo de vida con una libertad que ya no existe.

Se dice que en el norte de Montenegro es donde más yugoslava se sentía la gente de toda la federación.

Lo siguen sintiendo hoy en día. Ahora resulta difícil explicárselo a quien no lo ha vivido, pero entonces no era fácil ponerle fronteras a la gente. Éramos un pueblo muy mezclado. Los musulmanes tenían tendencia a irse a estudiar a Sarajevo, los ortodoxos a Belgrado y luego estaba mi padre, que decidió que fuésemos a Titogrado, que ahora se llama Podgorica. Cuando tenía diez años nos mudamos ahí. Mi padre trabajaba en la exportación de madera procesada. Viajaba mucho. Con mi madre tenía el típico matrimonio en el que ella está siempre esperando que el marido vuelva de algún viaje. Si eran felices o infelices solo ellos lo saben. A mi hermano y a mí nos parecía que todo iba bien.

Mi abuelo se murió primero y mi abuela vivió unos años más. Era indestructible y un personaje muy interesante. De pequeña, cuando tenía seis o siete meses, se le cayeron encima las brasas de una hoguera y tuvieron que amputarle la pierna. Así, sin pierna, tuvo siete u ocho hijos. Y dios sabe cuántos perdería por el camino, lo mismo quince. Vivió hasta los cien años. Bueno, más o menos, creemos que fueron cien. Ella, a partir de un momento dado, solo decía que tenía noventa, pero creemos que superó el siglo. La quería mucho. Me acuerdo de una cosa que nos pasó un día. A mí de pequeño me gustaban mucho los animales, recogía todos los que veía. Una vez tuve diez cachorros de perro en el sótano de casa. Mis padres no estaban encantados precisamente, dormir cada noche con ese ruido saliendo de abajo… Como se quejaron, los metí en bolsas y se los llevé a mi abuela. Cuando me vio llegar pensó que mi madre le enviaba tomates y verduras. Al coger las bolsas empezaron a salir perritos. Al final me aconsejaron, por decirlo de algún modo, que me buscara otra afición.

¿Eras un niño rebelde?

Me escapaba de casa de vez en cuando. Lo veía como una proeza, pero vamos, la realidad era que Pljevlja tenía tres calles y llegar hasta la cuarta para mí era escaparse de casa, lo vivía como ir a la Unión Europea sin visado. Todos se descojonaban de mí cuando hacía estas cosas. Pero estuve en cierto modo avanzado a mi edad. Por ejemplo, con seis años le dije a mi padre: «Prepárate, porque he decidido casarme». Él me respondió: «Vale, vete a dormir, descansa un poco y por la mañana, si sigues pensando lo mismo, organizamos la boda». Se conoce que por la mañana el sueño me lavó un poco el cerebro. De todas formas, no esperé mucho para casarme, lo hice con veinte años. Siempre tuve ganas de ver cómo se veía la vida en pareja.

Hiciste el voluntariado de los jóvenes comunistas.

Esto hoy sería impensable. Los jóvenes nos íbamos en verano a trabajar voluntariamente por Tito y tenían que hacer grupos porque queríamos ir todos. Cada mes de verano iba uno. No había sitio disponible de toda la gente que lo demandaba. Lo fascinante para mí fue que ese verano fue el que más crecí en mi vida y volví del campamento con cinco o seis centímetros más. No daban crédito cuando me vieron al llegar, no tenía el tamaño de un niño normal. Aunque eso no evitó que me hicieran la bicicleta, una novatada muy típica. Éramos cien en cada barracón, se esperaban a que te durmieses, te ponían papeles entre los dedos de los pies y les prendían fuego. Cuando te despertabas, te ponías a correr como si montaras en bici. Muy gracioso, pero estuve diez días sin poder andar. La idea de ir de voluntarios de Tito había sido de mi hermano y creo que desde ese día dejé de hacerle caso.

De todas formas, cuando se murió Tito fue un shock. La gente entró en pánico. Recuerdo que aquel día, un día que no se te olvida nunca, nos encontramos a la madre de un amigo por la calle y estaba enloquecida. Pensaba que un segundo después de la muerte de Tito nos iban a invadir y secuestrar a todos. El miedo era fuera de lo normal. Supongo que porque en nuestras vidas no existía la opción B, solo había A, es decir, Tito. La B no se contemplaba. Nos habían adoctrinado con que Tito nos quería y nos cuidaba, éramos sus niños, y por una parte creo que sí que era así, al menos la gente mayor lo vivía así. Cuando murió todos tuvieron una sensación de inseguridad absoluta. No sabían qué iba a pasar después. La imagen de la madre de mi amigo se me quedó grabada. En esa época la conexión de todos los yugoslavos con ese hombre era muy estrecha, porque además todo funcionaba muy bien, o al menos lo parecía.

¿Cuándo te dio por el deporte?

Entonces era lo único que hacíamos. El otro día lo recordé con un amigo, si hubiéramos tenido videojuegos en nuestra época no habríamos sido deportistas. Antes no había nada de eso, teníamos mucho tiempo libre. Estábamos todo el día fuera con los amigos y todo giraba en torno a la pelota. No como un concepto deportivo, sino como una vida basada en el balón. En jugar. Todo cuerpo esférico que pudiera girar juntaba a un grupo de chicos alrededor. Era nuestra manera de vivir. Y así fue como me ocurrió, de repente, el basket. Me pasaba los días enteros en la cancha, perdía la noción del tiempo. Un día, los chicos que eran siete y ocho años mayores, que llegaban por la tarde, cuando bajaba un poco la temperatura y se podía respirar, me invitaron a jugar con ellos. Fue un honor gigantesco.

¿Cómo funcionaba el sistema de ojeadores que os pescaba de esas canchas?

Lo de las canchas callejeras era un fenómeno muy habitual en provincias, donde nos aburríamos mucho y no teníamos nada que hacer, solo jugar y jugar. Los jugadores de mi generación que salieron de ciudades grandes los cuentas con los dedos de una mano. Pero estaba todo muy bien montado. La educación física que recibíamos en el colegio era muy buena. Así, era lógico que un país de veinticuatro millones de personas produjera grandes deportistas. El sistema estaba organizado de tal manera que era imposible que no te prestaran atención, que fueras invisible. No podían no detectarte si eras bueno.

Lo gracioso es que no eran conscientes de que eso era un sistema. Ni siquiera lo llamaban así. Los profesores de educación física estaban muy preparados para reconocer el talento de cada uno. Desde que eras pequeño ellos ya iban viendo si servías para el baloncesto, para el fútbol, voleibol, balonmano… lo que fuera, pero poco a poco te iban redirigiendo para aquello en lo que mostrabas potencial. Y luego estaban siempre por ahí los responsables de los clubes viendo constantemente a los chavales e iban fichando. En un momento dado, te llegaba uno y te decía: «Ven a entrenar con nosotros». Así funcionaba. Mucha gente de mi generación, solo con dieciséis años, ya estaban compitiendo en el primer equipo del Buducnost con compañeros y rivales mucho mayores que ellos. Llegó un momento en que el sistema era así de eficaz.

Vlade Divac, por ejemplo, empezó con diecisiete. Eso era normal en ese momento. En el sistema educativo yugoslavo era muy difícil que si alguien tenía ganas de hacer deporte y tenía talento para ello se quedara fuera. Por otro lado, salieron tantos deportistas porque el único contacto social era el deporte. Muy pocos jóvenes pasaban el tiempo fumando porros y escuchando rock and roll. En Podgorica había que ser avant-garde muy seriamente para hacer eso. La mayoría de la gente socializaba jugando un partido de algo. Hoy en día todo esto es completamente imposible, han cambiado los tiempos, qué le vamos a hacer. Ahora cuando sale un jugador bueno lo besamos, mimamos y abrazamos. Yo creo que cada vez habrá menos.

¿Tus padres cómo llevaron que dejaras los estudios por el deporte?

Tuve que dejarlos porque cuando me dediqué por completo al baloncesto igual eran dos o tres entrenamientos diarios los que tenía. Yo no me lo cuestioné y los directores del colegio lo entendían. Aunque siempre fui un buen alumno, no recuerdo estudiar mucho, pero me iba muy bien. A mis padres, sin embargo… Para que os hagáis una idea de lo que era, mi padre se enteró de que me estaba dedicando seriamente al baloncesto cuando ya estaba en la selección de júniors. Fue un día a la kafana [restaurante y bar tradicional] y le dijeron: «Oye, ese pequeño tuyo tiene mucho talento». Y él: «¿Para qué?». «¿No ves que le han llamado para la selección?», le preguntaron asombrados. Los padres, si no te salías de la línea, haciendo alguna putada en el colegio o peleándote, no te hacían ni caso.

Hoy en día los padres se vuelcan en las hipotéticas carreras deportivas de sus hijos. Antiguamente, el deporte era inofensivo para los chavales. La educación física era muy importante, pero no para que fueras deportista después, sino porque era bueno para ti físicamente y para tu personalidad. Eso lo hemos perdido. Primero, porque para hacer deporte en un club tienes que pagar. Y después, porque antes había confianza en el sistema. Ahora lo que hay es sufrimiento económico y privaciones, por eso la gente pone las expectativas en los niños, para que hagan algo en el deporte y que esa sea la salida a sus problemas de dinero. El niño será la estrella que les saque de la mierda. Por eso meten presión a la persona que está introduciendo a su hijo en el deporte. No confían en que lo vaya a hacer bien. Eso crea una atmósfera que no es agradable, es incluso conflictiva. Si yo me hubiese metido a entrenador, nunca permitiría estas injerencias de los padres. Antes no pasaban estas cosas porque el deporte no estaba en todos los medios constantemente. Ahora, en cuanto el niño coge una pelota por primera vez, el padre ya está proyectando esa visión y se lo imagina por la tele, lo ve ahí levantando una copa.

¿Cómo fue entonces tu experiencia en tu primer club, el Buducnost?

Entré con muchos de golpe, porque reformaron la sección de júniors. Para mí era un honor, porque mi relación con los mayores en general y con los compañeros era de respeto. Si me decían que llevara las bolsas, las llevaba. Lo veía como algo normal. Eres joven y haces lo que te dicen. Todo era lógico. Pero no consistía solo en la autoridad; de esta manera, con estos detalles, lo que veían era cómo eras. Ponían a prueba tu carácter, comprobaban si sabías comportarte, que es un factor muy importante. Desde el punto de vista del entrenador, servía para averiguar si eras capaz de formar parte de un equipo.

Estabas con los hermanos Ivanovic; Dusko es recordado en España por su dureza.

Eran montenegrinos también y, en aquel entorno, un entrenador de Montenegro con quien era más duro era con los suyos. Si venía alguno de fuera para jugar no le daban tanta caña, le enseñaban otras cosas, hacían otros ejercicios, pero ¿con los tuyos? Se exigía lo máximo.

En esa situación, Dragan y Dusko se adaptaban muy bien, trabajaban mucho. Nadie hacía preguntas, no se dudaba de lo que mandaba el entrenador. Si te decía que había que correr diez kilómetros bajo la lluvia, te ponías el chubasquero y a correr. En el acto. Con esa disciplina los hermanos Ivanovic eran los mejores. Luego han sido grandes líderes porque les venía ya dado con la disciplina que tenían. Supongo que por eso han aplicado después formas de trabajar parecidas. Porque no son malas, si funcionas así como jugador tu cerebro se libera de la reflexión sobre si está bien o mal lo que estás haciendo. Además, es que era justo. Había una recompensa. Las cosas bien hechas se reconocían. Si lo habías hecho todo bien, te llegaban oportunidades. Ahora que lo pienso, no me extraña que fuésemos los mejores durante tantos años.

Todavía se les sigue dando vueltas a las claves que formaron el equipo nacional yugoslavo que llegó tan lejos.

Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo. De hecho, por eso fuimos más conocidos por los deportes colectivos que por los individuales.

¿Cómo llegaste a la posición de 3?

Me pusieron ahí muy rápidamente. Siempre he jugado más fuera que dentro. Luego, cuando te acercas al final de tu carrera, te meten más dentro porque pesas más y eres menos ágil. Entonces no, fui un 3 clásico.

Grandes jugadores yugoslavos como Petrovic o Bodiroga han basado su juego en entrenamientos de repetición. Sin embargo, tú tenías tu propio estilo.

A veces me veo a mí mismo jugando, aunque no lo hago muy a menudo, y me parece todo muy gracioso. Lo que pasaba es que yo era muy alto y muy rápido. Para esa época eso fue una innovación muy grande. No había muchos más aparte de mí hasta que llegó Kukoc que pudieran hacer ese tipo de movimientos. Por eso llamé tanto la atención. Tuve más posibilidades de juego, podía hacer más cosas, pero nunca pensé en los términos de que yo tuviera mi propio estilo

Con la selección, en cadetes, ganaste el oro en el 83. En aquel equipo, el MVP fue Mavresnki, que luego no triunfó como vosotros. ¿Por qué? ¿Qué hacía falta para llegar arriba, aparte del talento?

Es difícil de explicar. Él estaba en mi generación, la del 65-66, y no pudo encontrar espacio con todo lo que vino después. Llegaron demasiados jugadores buenos. Seguía jugando con mucha calidad, pero no pudo mantener la que mostraba desde el principio en competencia con aquellos críos porque llegó lo mejor que salió de Yugoslavia jamás. No quiero ofender a la generación de Kicanovic y Dalipagic, que eran también cojonudos, pero lo que vino después, solo con Divac y Drazen Petrovic

Por desgracia, ahora nadie conoce a Mavresnki, solo los del mundillo. Pero si durante siete años no paran de salir chavales con talento, por muy bueno que seas, si no avanzas a la velocidad que imponen los acontecimientos, simplemente, te quedas fuera. Con diecisiete o dieciocho llegas a tu techo, no pasas a la siguiente fase y los que vienen por detrás, sencillamente, te aplastan.

Se dice que el Partizan no te fichó, te secuestró.

Si no lo hubieran hecho así, me habría quedado en Podgorica como tirador local, con treinta puntos por partido, pero retirado a los veinticinco años. O también quizá como un borracho local más y ya está, sin más historia. Lo que ocurrió fue que hice una buena temporada con el Buducnost, me lo había pasado bien, tenía a mi familia y el cerebro me decía que era la hora de cambiar, pero el corazón no quería. Probé con el Bosna de Sarajevo varios meses, pero no me gustó

El Partizan tampoco era una prioridad para mí, de hecho, el Buducnost con quien tenía buenas relaciones era con los clubes croatas, no con los de Belgrado. Pero en el Partizan me convertí en lo que fui. Exploté. Ellos tampoco eran lo que fueron. Se dice que Kicanovic, que fue el que formó aquel equipo, tuvo una visión con Djordjevic, Divac, Obradovic y yo, pero otros dicen que fue pura casualidad.

Sobre las buenas relaciones con los equipos croatas, se habla de que incluso le regalasteis un partido clave a la Cibona.

Ahora podrías decir que se vendió ese partido, pero desde la óptica de la época no fue exactamente así. En aquella liga, para seguir, tenías que ganar todos los partidos de casa. Por eso en Podgorica jugábamos como tigres, era muy difícil ganarnos, pero cuando salíamos fuera era como si te ibas a Trieste a comprar ropa. En Belgrado nos metían treinta de diferencia. El año de aquel partido famoso, nosotros ya teníamos la permanencia, pero para la Cibona era muy importante, no recuerdo por qué. Como teníamos buena relación, se acordó que jugásemos los jóvenes. El problema fue que éramos un poco rebeldes y jugamos mejor de lo que se esperaba, pero no se regalaba nada en aquella liga.

Con el Partizan, el primer año, le ganasteis la liga al eterno rival, el Estrella Roja.

Si tienes calidad y confianza, ganar es algo natural. Tuvimos la suerte además de que el Estrella se cargó a la Cibona, que era un equipo fantástico, y luego fue muy fácil para nosotros derrotarlos a ellos. Fue como imponerse en un derbi, pero nada que ver con la rivalidad que hay ahora. Cuando hay igualdad, los equipos se vuelven mejores al enfrentarse y de aquella competencia lo que salió después fue la Jugoplastika de Maljkovic. A ese equipo, en cuestión de calidad, no podíamos ni acercarnos y por eso dominaron el campeonato los siguientes tres años.

¿Qué tal la convivencia entre compañeros en aquel Partizan? Un rumor que hay es que Grbovic dormía en el vestuario.

En esos vestuarios era muy difícil dormir. Quien anduviera por el Hala Sportova en aquella época sabe que eso era como un túnel en el que nunca se había encendido la luz. Pese a toda la tradición de baloncesto que tenía ese pabellón, las condiciones eran horribles. Era un sufrimiento. Una falta de higiene… Entonces Grba no le daba mucha importancia a la higiene [risas], pero no tan poca como para dormir en ese sitio.

En general, éramos muy buenos chicos. Los únicos problemas que tuvo ese Partizan fueron administrativos, de la elección de entrenador, pero entre nosotros todo era genial. Una vez, por ejemplo, Djordjevic, Divac y yo, que estábamos muy enamorados de nuestras novias, estábamos concentrados en Zagreb para volar con la selección a Madrid. Teníamos que pasar la noche ahí, pero nos escapamos para ir a verlas a Belgrado. No teníamos carné de conducir. No sabíamos ni que existían los carnés de conducir. Cogimos un coche y tiramos por la carretera, que entonces no era como ahora. Todavía estaba la autopista que había construido el ejército después de la II Guerra Mundial. Estaba hecha con cubos de hormigón. Pillabas un bache en cada uno de ellos, el coche iba como al trote. Llegamos, estuvimos con ellas y nos volvimos. Y, oye, tres nos fuimos, tres volvimos. Llegamos a tiempo. Kresimir Cosic, el seleccionador entonces, que era un buen hombre, nos regañó un poco, pero vio que aquello no era grave. Por eso te fiabas de aquella gente, porque eran duros, pero también muy majos. Sabían distinguir entre una tontería de adolescentes y algo serio. Cuántas veces habrían hecho ellos algo semejante en su vida… Lo sé porque se lo escuchaba contar.

Ese Partizan pudo reinar en Europa, pero se encontró con el Maccabi.

En el baloncesto todo tiene que ser perfecto para llegar a lo más alto. Llegas a un nivel top, pero luego hay que dar un paso más para ser campeones. En ese momento no teníamos todo lo necesario para el último escalón. La persona que se encontró ese equipo, Dule Vujosevic, no era la adecuada en ese momento. Uno de los grandes motivos por los que perdimos esa Final Four fue ese. Si hay cuatro equipos muy buenos, lo que marca la diferencia puede estar fuera de la cancha. También es cierto que quizá aquella oportunidad nos llegó muy rápido, demasiado pronto.

En el bronce de Atenas de 1987 empezó a surgir esa selección de Yugoslavia mágica.

Ahí se empezó a producir el cambio de generación. Cosic tuvo el gran mérito de empezar a meter a los jóvenes que llegábamos en aquel equipo nacional. No obstante, no llegó a hacer un relevo completo. Porque era comprensible, tenía que ir poco a poco. Pero ahora lo recuerdo con impotencia, porque los jóvenes ya estábamos para tomar las riendas del equipo. No puedo decir que los mayores estuvieran mal, todavía jugaban mucho, pero en esas circunstancias era muy difícil decidir quién hacía qué.

Pero la Grecia que os ganó fue luego campeona, con Nikos Galis. ¿No era un equipazo?

Me parece bien que ganasen, pero nosotros perdimos porque no teníamos el equipo bien compensado entre jóvenes y veteranos. No teníamos por qué haber perdido. Fue el último año de convivencia entre dos generaciones, en el 88 empezó la época nueva. Lo cierto es que del 81 al 87 tuvimos malos resultados. Hubo alguna medalla, como esta, pero nada que ver con lo que nos habían legado Kicanovic, Moka Slavnic y compañía.

En Seúl fue plata, os derrotó la URSS de Sabonis, Volkov, Tijonenko y Marchulenis.

Como Juegos Olímpicos, estuvo todo bien. Sin problemas. Y no perdimos con nadie que fuese peor que nosotros. De hecho, eran mejores. Pero aquí tuvimos un problema distinto: la sensación de que volveríamos al año siguiente y ganaríamos. Para empezar, los Juegos Olímpicos son cada cuatro años. Como jugador, si vas dos veces en un deporte colectivo, has tenido mucha suerte. Ganamos la plata y sentimos que, bueno, ya lo corregiríamos la próxima vez, pero no pudimos volver porque el país se desintegró y a nosotros no nos dejaron participar.

En el Eurobasket de Zagreb del 89 fue un oro aplastante, ahí estaba la madurez.

No, esa no era la madurez. Esa época estaba por llegar y nos la cortaron por la guerra. Fue la mayor injusticia que puede vivir una generación. Los años 89, 90 y 91, en los que fuimos los mejores, en realidad eran la introducción a la época dorada que no llegó. En 1996 yo tenía treinta años y Divac, veintiocho. Nuestro mejor baloncesto hubiera sido el de la primera mitad de los noventa. Ahí hubiéramos seguido ganándolo todo y solo hubiéramos perdido ante el Dream Team. Nos habríamos llevado todos los europeos y mundialmente la cuestión habría sido si nosotros o los americanos, nadie más habría llegado a ese nivel.

Es la misma historia que pasó con la selección de fútbol de Yugoslavia. Les echaron de la Eurocopa del 92, entraron en su lugar los daneses y ganaron el campeonato por primera vez en su vida. Nosotros en el verano del 91 nos fuimos a jugar a Roma el Eurobasket, que lo ganamos, pero llegamos como un país y salimos de allí un mes después como tres distintos. Eso se lo cuentas a alguien hoy y no sabría ni de lo que le estás hablando.

¿No notabais también vosotros que ocurriría algo así?

Era evidente, pero de alguna manera no creíamos que fuera a suceder. Fue todo una tortura y lógicamente el deporte no se mantuvo al margen. La ruptura alcanzó a todo, a todas las profesiones y todas las personas. Ningún ser humano debe pasar por algo como lo que pasó aquí. Se fue un país y ya no sé ni cuántos tenemos. ¿Cinco, seis, siete? No sé si en cada uno de ellos estarán más felices, no estoy muy seguro, pero que no tenemos el mismo deporte sí que lo puedo afirmar. En términos generales, personalmente, creo que no ganamos nada con la desintegración.

Antes de todo esto, Gregg Popovich te fichó para la NBA.

Sus padres eran yugoslavos, pero él no nació aquí. Cuando yo fui, solo era entrenador asistente. Había pasado mucho tiempo como militar de la OTAN en Turquía y, a diferencia de los estadounidenses, que eran muy conservadores y pensaban que solo allí había verdadero baloncesto porque era su deporte, él fue de los que empezó a decir que también había calidad en otros lugares. Antes de la llegada de los soviéticos, de Divac, Petrovic y mía a la NBA, hubo otros extranjeros. pero ninguno hizo nada. Nuestra llegada sentó un precedente. Además, no era como ahora, que se ve todo por televisión. Entonces nadie se enteraba de lo que pasaba allí. Sabíamos que el juego era el mismo, baloncesto, pero nada de su nivel, que estaba en otra dimensión.

Popovich me vio en un torneo en Alemania y a través de un amigo común hablamos. Estaba de vacaciones en Montenegro con mis colegas y de un día para otro me fui. Cogí en Belgrado un avión de Pan Am, la que entonces era la aerolínea más importante de Estados Unidos, tenía una tradición de cien años y ya no existe. Llegué a Nueva York y de ahí fui a San Antonio. Un año después, volví por el mismo camino [risas].

Estuve tres días en San Antonio y firmé el contrato. Acto seguido, me fui con ellos a un torneo de verano a Los Ángeles. En ese momento fue cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Todos los compañeros se portaron muy correctamente conmigo, de hecho, si no llega a ser por los negros no hubiera podido ni pedir la comida, pero fue muy duro. Nosotros en el colegio estudiábamos ruso.  

En Los Ángeles jugamos en una universidad y, mientras calentábamos, me dio por mirar al público y vi a un tío con una cabeza… una cabeza de esas que a un kilómetro ves que es balcánica, nuestra, así… grande, joder, que no puedes no verla. Él me miró a mí, yo le miré a él, y resulta que era un tío de un barrio de Podgorica. Nos presentamos y estuve con él diez días sin separarnos. Cuando luego volví a San Antonio pensé que me iba a morir. Era muy pronto para pasar por ese aislamiento cultural. Yo era un niño.

Pese a todo, en San Antonio lo único importante para mí era el resultado. De verdad que no tuve problemas para encajar en el equipo, ni de relacionarme, aunque no supiera el idioma. Esa parte la llevé bien. El problema fue que el entrenador tenía muy claro que yo no debía jugar y no hubo manera de convencerle. Entrenaba bien, me llevaba bien con todos, todo iba bien, pero el que jugaba era otra persona. No me dieron oportunidades. Es algo muy típico de allí. Gregg intentó convencer al entrenador de que yo valía para algo más que para estar sujetando las toallas, pero nada. Por eso mi aventura solo duró un año. Si hubiera sido distinto y me hubiese quedado, mi carrera podría haber sido toda en la NBA. No ocurrió y me duele, pero tuve una trayectoria satisfactoria por otros caminos distintos y completamente inesperados. Aunque no fuese en la NBA, mi nivel no pasó inadvertido.

Ese otro era Sean Elliott.

Era un tío majo y correcto. Le aprecio mucho y me llevo bien con él hoy. Aunque para mí fue difícil asimilar que alguien con un nivel cercano al mío, que no era superior, jugase todo el tiempo y yo nada. Ser parte del equipo requiere sentirlo y es difícil que lo hagas si entras en el vestuario con la certeza de que no vas a jugar. Cuando tienes veinticuatro años y te han dicho que eres el mejor alero de Europa, que vas a encajar en la NBA mejor que Divac o Petrovic, y luego no ocurre nada de esto, es complicado. Al menos volví con una estupenda amistad con Gregg, que dura a día de hoy. Pude ver cómo funciona el sistema y la organización en Estados Unidos, que es muy distinta a nuestra forma de hacer las cosas.

¿Cuáles eran las grandes diferencias?

Nuestro estilo era el ruso, todo estaba basado en la fuerza y el esfuerzo. Ellos lo hacen distinto, trabajan con más precisión, están muy centrados en el jugador y no se pierden ningún detalle. Le dedican mucha atención al individuo, no me sorprende cuando los jugadores van allí y en un año se ponen superfuertes.

En todas tus biografías se destaca que en Estados Unidos te volviste adicto al Marlboro y a Pizza Hut.

Exageraciones. El problema de adaptación que tuve allí es que los americanos no son gente cercana. No se relacionan entre ellos. Yo no fui a hacer amigos, fui a jugar, pero como no me salió bien, el resto de adversidades me molestaban el doble. Si hubiese ido a Los Ángeles, donde había colonias de yugoslavos, me habría facilitado la vida y lo habría soportado mejor, pero en San Antonio no había ni uno solo. No obstante, si quieres jugar en el mejor baloncesto del mundo te tienes que olvidar de tu casita y centrarte en ello.

No son una mala nación, es gente correcta. Tienen un trato personal distante, pero funcionan muy bien en general. En el deporte de élite, si quieres ser el mejor del mundo, pongamos como Djokovic, te tienes que olvidar de estos detalles personales. Hasta que termines tu carrera, eso es lo que va a haber. Si Dios te dio un talento para que resuelvas tu vida, algo con lo que puedes ser reconocido y tener las finanzas en orden, es un pecado no aprovecharlo. Y lo digo por ese orden, porque creo que el dinero que recibes no puede compararse con el amor que sientes por lo que estás haciendo. Todas nuestras carreras empezaron siempre por amor al baloncesto.

Lo que me pasó allí fue que no tenía ni idea del idioma y, cuando me preguntaban los periodistas, yo solo podía decir «I like» y «I like ». Así, le podían poner «I like» a lo que quisieran. Pizza Hut me encanta, pero evidentemente no comía pizzas cada día. Y como no jugaba, tenían que buscar pretextos. Uno fue lo de las pizzas y otro, que fumaba como un turco [expresión local, un equivalente en español: «como un carretero»]. Pues vale.

Mira, diez días antes de irme a Estados Unidos estaba en Montenegro jugando al basket en una playa de Budva, Slovenska, con mi amigo Luka Pavicevic, uno de mis mejores colegas, por cierto, que nos machacaron dos tíos que había allí, y él había estado en Utah unos años antes. Ya entonces me dijo que no estaba seguro de que irme a la NBA fuese la mejor opción para mí. Me habló de su forma de funcionar, de que estaba Sean Elliott y tenían que subirlo. Me advirtió de que iba a ser un mal rollo para mí, y llevaba razón. Con todo mi respeto para la calidad de Elliott, creo que la medida básica de este deporte tiene que estar en lo que se ve, no en los acuerdos o negocios que se hayan hecho antes.

¿No intentaste cambiar de equipo?

No pude. Se lo pedí a Gregg a mitad de temporada. Quería ir a Golden State, pero no pudo ser. De haber salido, quizá habría sido todo completamente distinto. En esos años me di cuenta de que el deporte no es solo jugar bien, hay decisiones fuera de la cancha que afectan al desarrollo de tu carrera. Por eso es tan importante que te guíen, no puedes acabar nunca sentado en el banquillo con una toalla en el hombro pensando «¿Qué coño hago aquí?».

En Estados Unidos te dieron un tratamiento de hipnosis para que dejases de fumar.

Sí, lo hicieron. Gregg cuenta mucho esta historia cuando está de buen humor. Me llevaron a un hipnotizador ruso que era un estafador de tres al cuarto. El clásico. Entré y me dijo: «Este es tu último cigarro», nos reunimos alrededor del cenicero como si fuera un tótem sagrado —supongo que los americanos creen más en estas tonterías que nosotros— y me felicitó, me dijo: «Ya has dejado de fumar». Tengo que reconocer que si te dejas sugestionar igual sí que te funciona el paripé. En mi caso, no. Al salir de ahí me encendí un cigarro a ver si era verdad que había funcionado lo del hipnotizador y justo me vieron hacerlo los del equipo. Se llevaron un disgusto. He intentado dejarlo un par de veces y, más que cualquier ayuda, lo que creo que necesitas es tu propia voluntad. Ni la tuve ni la he tenido hasta ahora.

Mi problema con el tabaco allí fue que al principio viví en casa de Gregg y vio que fumaba mucho. Se dio cuenta él, sobre todo, de que eso era muy negativo para mí por la mala imagen que daba. Podría haber dejado el tabaco oficialmente y fumar luego tranquilamente en casa, porque todo era una cuestión especialmente de imagen pública, pero no lo hice, e ir fumando por la calle como hacía yo allí no era aceptable.

De vuelta, esperaba el Mundial de Argentina del 90. El oro y el triunfo más deslumbrante de aquella selección yugoslava.

Fue muy fácil y muy alegre. La continuación de lo que hablábamos. Un equipo que va subiendo de nivel año tras año. Pero nos tuvimos que preparar para eso… ¡buf! fueron dieciséis años de concentración. Yo ya no sabía ni dónde estábamos ni lo que hacíamos. Estuvimos en la montaña de Rogla, en Eslovenia. Fuimos a un torneo a Seattle, los Goodwill Games, donde estaban prácticamente todos los equipos que luego fuimos a Argentina. Después, echamos unos partidos en Canadá. No hacíamos más que mudarnos de un sitio a otro. Luego el campeonato transcurrió acorde a la calidad que teníamos. Fuimos y lo hicimos, ya está. Como jugador, cuando estás en la cancha eres muy consciente de quiénes son tus rivales, y ahí nadie se nos acercaba.

¿Qué opinión tienes del juego de tus compañeros, uno por uno, de sus talentos?

Mi opinión sobra. La opinión general que hay sobre ellos es la que es y es real. Además, al margen de las individualidades, era un equipo que funcionaba muy bien. Nadie se salía del guion. Si alguien lo intentaba, el entrenador lo resolvía muy rápido. Después pasó lo que pasó entre Drazen y Divac, pero en su momento todo estaba en orden. Cada jugador tenía sus ambiciones, y se expresaban sinceramente, pero por encima de todo lo que importaba era el resultado que lograse la selección y no si Drazen u otro iba a meter treinta o no. Ahora bien, para Drazen sí que era importante si había metido treinta o no, o supongo que así era, pero en ningún momento eso se fue de madre. El entrenador, Dusan Ivkovic, lo llevaba muy bien.

El incidente de la bandera croata que Divac le quitó a un aficionado en la celebración del título también ha persistido en el recuerdo. ¿Había diferencias políticas entre vosotros?

En el 90 todavía no había. Lo que pasó fue una gilipollez que nadie se enteró siquiera ni de lo que había ocurrido. Pero ahí no pintaba nada ni una bandera croata ni una serbia. Solo había un país, Yugoslavia, y una bandera. Si alguien tenía sentimientos nacionalistas, no los compartía. Se los guardaba. Pero no creo que nadie de aquellos jugadores pensase en esos términos. Lo que hizo Divac fue correcto. ¿Por qué le dolió tanto a Drazen? Eso demuestra que tenía otro tipo de pensamientos. Pero a este incidente se le ha dado muchísima más importancia después de la que tuvo en su momento, que es algo que, por otro lado, parece que va con nuestro carácter.

Yo ahora te digo, sinceramente, que no había problemas entre los jugadores. Aunque creo que esa sinceridad está más presente en nosotros que en ellos, y cuando digo ellos me refiero a los croatas, que también tenían sus razones. Ellos estaban obligados a muchas cosas en las que no quiero entrar y que no tienen nada que ver con el deporte. Cosas que simplemente te imponen y no tienes mucho espacio para tu propia opinión, y si haces algo distinto te pondrías a ti mismo en una situación incómoda. Pero mientras estuvimos juntos nunca pasó nada en este sentido. Lo grave fue en Roma, en el europeo del año siguiente, cuando al volver a casa vimos en la televisión que estábamos en guerra. Habíamos estado con los compañeros croatas hasta hacía dos días, y te preguntabas al llegar: «Pero ¿qué coño está pasando?». Luego llegó el año siguiente y ya no había nada, ni país. Fue todo tan estúpido.

Volviste al Partizan.

Por desgracia, sí.

Pero saliste pronto. ¿No te dio pena no estar con el Partizan, que jugó sus partidos en Fuenlabrada por la guerra y se proclamó campeón de Europa?

Si queréis que sea sincero, no me dio pena no estar ahí. En aquel momento ya tenía mi carrera orientada en otra dirección. Ni siquiera seguí especialmente lo que estaba pasando. Eso no quita que al Partizan le llegara su merecido momento. Ganaron y hay que ver en qué condiciones. En una situación que ya era de por sí difícil, aquellas circunstancias lo hicieron todavía más difícil. El camino hasta esa final fue un tormento. Fue justo que ganaran. Ese triple tenía que entrar y todo tenía que suceder de esa manera.

No os dejaron ir a Barcelona 92.

Nos estábamos preparando correctamente y, cuando estábamos en Tesalónica a punto de ir, nos informaron de que los deportistas yugoslavos de disciplinas individuales podían ir a los Juegos pero los de equipo, no. Fue una regla nueva muy interesante. En aquel momento ya tenía una edad suficiente como para darme cuenta de que ahí algo no encajaba

¿Habríais ganado al Dream Team?

No, no, no. En el 92 no, pero quizá un par de años después hubiéramos podido. En ese periodo fue cuando nuestro nivel estuvo más igualado. Contra aquellos todavía se podía jugar, ahora ni en sueños. Antes algo sí que les podías disputar, ahora solo das vergüenza. Nuestros jugadores entonces ya llevaban un tiempo en la NBA y se habían ajustado a ese juego, lo conocían, pero nos quitaron los años buenos.

Ahora solo podemos hacer estimaciones, nos habríamos llevado el europeo del 93, una plata olímpica, habríamos estado ahí el 94, ¿eso es poco? Creo que no. Habríamos cerrado un círculo de diez años de muchísimo éxito. Pero de repente nos dijeron: «¡Pa-pá!» [forma de decir adiós de los niños serbios cuando son muy pequeños]. Y nos tuvimos que ir de vacaciones. Encima, con lo duro que era entrenar cuatro meses seguidos con la selección, de repente nos lo quitaron todo al final de la concentración. ¡Ahora, al mar!

Fichaste por Olympiacos, fuiste la primera gran estrella que llegó a la liga griega.

Así lo dijeron y me hicieron un gran recibimiento. No fue mi elección ir a Grecia, ellos fueron los únicos que pudieron pagar mi traspaso al Partizan. Te podría decir que estuve muy contento de ir para allá, pero la realidad es que preferiría haber ido al FC Barcelona o al Real Madrid, que es donde creía que iba a ir. Sin embargo, ocurrió esto y el camino fue otro. Como compensación, lo que me dieron allí todavía me dura. También creo que jugué muy bien e hice buenas relaciones. Cuando pasas en algún sitio quince años de tu vida es obvio que te ha ido bien y que te gusta, porque de lo contrario yo no me habría quedado tanto. Especialmente los primeros años estuve muy a gusto, solo jugaba al baloncesto y eso me vino muy bien, porque después me fueron viniendo otro tipo de problemas estúpidos, pero eso es parte de la vida.

También encontré una buena Grecia para vivir. Quien conoce a los griegos sabe que el dinero es muy importante para ellos, como para todos, pero quizá para ellos un poco más que en otros sitios. Y aquella época fue cuando alcanzaron su mejor nivel económico y todo funcionaba muy bien. Invirtieron mucho en deporte y fue bonito formar parte de ese ambiente.

Olympiacos llevaba sin ganar desde el 78 hasta que llegaste.

Mandaban el Aris y el PAOK. Los clubes de Atenas ni siquiera eran conocidos, tuvieron su época en los sesenta, pero cuando llegué yo era todo bastante triste.

Hiciste una media de treinta y tres o treinta y cuatro puntos por partido, y trajeron a Roy Tarpley.

Que Dios le tenga en su gloria.

¿Cómo era?

Estaba muy loco, pero era un buen jugador y buena gente. Tenía mucho talento para la NBA y firmó un buen contrato, pero tuvo unas historias de drogas y alcohol y le suspendieron. Se tuvo que venir a Grecia y nos hicimos amigos. Era alcohólico. Se estaba quitando de las drogas. Se podía beber veinte cervezas como nosotros bebemos agua, pero era muy majo. Las malas influencias, ya se sabe… Y no pudo vencer sus adicciones.

Entonces solo podía haber dos extranjeros en cada equipo y generalmente traían solo americanos y yugoslavos, luego ya llegó de todo. Los de fuera teníamos que marcar la diferencia, ser los motores del equipo. Era una presión en cada partido. Porque la calidad eras tú, si fallabas, no estabas rodeado por gente de un nivel que supliera tus fallos. Todo estaba en ti.

En el 93 murió Petrovic.

Supuestamente venía a Grecia a firmar con el Panathinaikos. Por lo menos eso se hablaba. Y pasó lo que pasó. Fue fatal.

En la Final Four de Tel Aviv perdisteis contra el Joventut por un par de fallos tuyos.

De diez partidos que hubiésemos jugado contra aquel Joventut, habríamos ganado nueve, y el que hubiésemos perdido hubiera sido de casualidad. Pues nos pasó esa casualidad.

A partir de esos tiros libres que fallaste cayeron todos tus registros de tiro, ¿perdiste la fe?

No, esos fallos no fueron la causa de que bajase, fueron la consecuencia de que estaba bajando. Éramos tan superiores que dieron el MVP en el descanso del partido, íbamos diez arriba, parecía que íbamos a ganar de treinta, pero al final perdimos. El colmo para mí fue fallar esos tiros libres. En la Final Four no cuenta lo que has hecho durante todo el año, sino lo que pase ahí. Es un sistema injusto. No lo digo como justificación de lo que nos pasó, pero si la norma fuese buena, los americanos la tendrían desde hace tiempo.

¿En Olympiacos se enfadaron contigo?

Los griegos no destacan por hacer balances equilibrados. Fue la misma historia que en Estados Unidos, como fumaba era malo. Aquí, me habían pagado una pasta y, como no gané, fue un problema. Para mí no está mal funcionar así. No puedes competir a un alto nivel y esperar que no haya presión. Pero mi fallo en los tiros libres fue el resultado de que tenía demasiada presión, sabía que si no jugaba bien era imposible que el club ganase ese partido. Después fui a Italia y Francia y me descojoné de la presión que había ahí, no era ni parecida. En Italia un poco, pero en Francia todo era en plan: «¿Dónde comemos hoy? ¿A qué hora quedamos esta noche?». Luego veinte puntos arriba, veinte puntos abajo, ¡daba igual!

¿Por eso cambiaste?

Podían haberme nacionalizado y traer dos extranjeros más. Hubieran hecho un equipo invencible, pero no tenían esa visión. Solo pensaban en que habían pagado y querían resultados inmediatamente. Lo de mañana ya se vería mañana. Me enfadó mucho que me dejaran marchar por mi primer error. Les di el campeonato y la copa, pero por esos dos tiros libres dejaron de creer en mí.

¿Por eso te fuiste al Panathinaikos, su máximo rival?

Fue inesperado para todos.

¿Pensabas que ellos tendrían más visión?

Créeme, hermano, que no pensaba nada. Estaba de vacaciones, me llegó la oferta y la acepté porque ya se había pasado el plazo de fichajes. Pensaba que me renovarían en Olympiacos, dejé pasar el tiempo, no lo hicieron y me quedé en agosto prácticamente sin equipo. Cuando me llamó Panathinaikos no tenía muchas más opciones. Los grandes de Europa ya habían cerrado sus plantillas. No fue un deseo mío, sino todo lo contario. A lo mejor un poco sí por el inat [el mayor enfado posible, fruto del orgullo y la desesperación], pero fue mucho más por la falta de opciones.

En el primer partido de liga contra Olympiacos les metiste tres triples en un minuto.

Me estaban enseñando billetes desde la tribuna, diciéndome que me había vendido. Toda la grada estaba meneando dracmas. No sé si serían de verdad o de mentira. Encima era un pabellón ridículo al norte de Atenas, la capacidad era para quinientos y habían entrado dos mil personas. Todos gritándome que era un vendido.

En un Olympiacos-Panathinaikos te pitaron las dos hinchadas porque Yugoslavia eliminó a Grecia.

Eran como un matrimonio esquizofrénico. En un momento nos queremos, al siguiente nos odiamos. Cuando me fui al Panionios ya me querían todos, estaba en terreno neutral. Creo que fui uno de los primeros en cambiar de un club al otro, no sé si lo habían hecho antes un par de futbolistas nada más. Fue muy duro. Me cantaron todas las canciones posibles.

En el 95 volvió la selección yugoslava, se hizo una ronda de clasificación adicional. ¿Cómo fue aquello?

No conozco los detalles. Se crearon dos plazas nuevas con la condición de que se decidieran mediante un torneo. Fue todo muy caótico. No lo esperábamos y no teníamos preparación física. Todo pasó superrápido. Fuimos a Bulgaria a jugarlo y fue durísimo quedar primeros. Luego tuvimos solo dos semanas antes del Eurobasket.

La final contra la Lituania de Sabonis fue tremenda, ellos se querían retirar a mitad del partido en protesta por el arbitraje.

Fue muy especial ganar porque nos habían quitado cuatro años, cuando mejor estábamos, y luego volvimos con la mayor gloria. Djordjevic estuvo espectacular en aquella final, pero no fue importante quién jugó bien o no. Simplemente, nos miró Dios y ganamos. Los lituanos fueron con sus expectativas nacionales, como un nuevo viejo país, que venían para hacerse famosos y decirles a los rusos que ellos eran los que sabían jugar al baloncesto en la URSS. Pero en realidad tuvieron tres jugadores buenos y tres ayudantes, y esos tres eran los que lo llevaban todo. Estaban preparados para ganar, pero no supieron llevarlo. Daban por hecho que el oro iba a ser suyo, tenían a todo el estadio de su parte, estaban como en casa, porque nosotros habíamos eliminado a Grecia, se pensaban que éramos los del 87 y no contaron con que para nosotros también era muy importante conseguir ese triunfo después de todas las injusticias que nos habían pasado.

Los deportistas no tenían la culpa, pero las sanciones contra Yugoslavia eran porque en la guerra se estaban cometiendo crímenes contra la humanidad.

Ojalá lo pudiera haber cambiado. Hubiera preferido diez años de sanciones deportivas a cambio de que no hubiese habido una guerra. Pero en una situación así, el deporte debe estar en el último lugar. Nosotros lo vivimos como una gran injusticia. Aparte, los países que apoyaban las sanciones estaban metidos en nuestro conflicto por sus intereses. No tenían ni idea de lo que debía hacerse aquí y ocurrió lo peor posible. Cuando entraron ya no había manera de pararlo, así que hubiera sido mejor que no se metieran porque cada vez que lo han hecho lo han empeorado todo. Para meter tu nariz donde sea es importante que sepas la esencia del problema, que puede remontarse a cien años atrás. Ellos reaccionaron de un día para otro y el resultado fue el más humillante que pudimos recibir. Si Yugoslavia podría haber funcionado de cinco maneras distintas, eligieron la sexta opción: dividirla. Ahora las independencias no le han funcionado a ninguno de los seis países. E incluso hoy, si alguien encendiera un fuego, podríamos volver a lo mismo que veinticinco años atrás.

No creo que nosotros seamos maravillosos, ni mucho menos, el problema siempre empieza desde dentro. Si pudieron cargarse Yugoslavia tan fácilmente significa que algo no iba muy bien. Creo que controlando los problemas con un poco de buena voluntad se podría haber obtenido otro resultado, pero ¿seis naciones distintas? Nadie vive bien en ellas ahora y seguimos sin llevarnos bien. Y con la tendencia que tenemos a poner a mediocres a dirigir nuestros países, creo que la tendencia irá a peor. Este es el resultado que tenemos de la democracia y la influencia de la comunidad internacional.

Los croatas se bajaron del podio cuando ibais a recibir la medalla.

Con eso no nos decepcionaron a nosotros, sino a todos los aficionados al deporte. No sé si en la historia ha pasado muchas veces algo así. Para alguien normal es impensable que eso se les ocurra espontáneamente a los jugadores. Lo tuvieron que preparar desde arriba los listillos de su Gobierno. Otra muestra de cómo ellos han estado sujetos a las influencias políticas. Para ellos todo se basaba en rechazar lo serbio y tengo la impresión de que eso no ha cambiado a día de hoy. Y ahí tienes la otra cara de la hipocresía, no les sancionaron por hacer eso. Nadie lo menciona. Se bajaron y ya está. El nadador Milorad Cavic se sacó una camiseta en Holanda en la que decía «Kosovo es Serbia» y le metieron tres meses de sanción. Hay tanta hipocresía que me parece repugnante.

No creo que nosotros seamos florecitas ni mucho menos, tenemos un montón de defectos, pero si en el deporte pasan estas tonterías, imagínate a otros niveles lo que se mueve. Al final a los croatas el que les castigó fue Dios, porque desde ese día… no sé si se han llevado algo en ajedrez. Hay fuerzas cósmicas que lo ponen todo en orden. Es el karma.

Aquellas celebraciones fueron espectaculares.

Fue todo espontáneo, sin planificar. Nos fuimos a un club en Atenas a las cuatro de la mañana y estaba cerrando. Acabamos en un bar de estos como de estación que están abiertos toda la noche y nos metimos quinientas personas. Fue una fiesta muy bonita, muy sincera. Y la famosa vuelta a Belgrado fue muy especial.

La gente besaba las ruedas del autobús.

Fue normal, con todo lo que nos pasaba, esa fue la única alegría que tuvimos en esos años negros. Pero no sabíamos ni a dónde íbamos. De repente a alguien se le ocurrió que podíamos ir al palacio de enfrente del Parlamento y así lo hicimos, y así se ha hecho desde entonces cada vez que Serbia o Djokovic han ganado algo. Se convirtió en una pequeña tradición. Fue como todo en nosotros, todo espontáneo, nada planificado. Pero salió genial. Desde entonces nuestro baloncesto, pese a los altibajos, siempre se ha mantenido a buen nivel, como el deporte de más éxito. Aunque siempre hay que mencionar nuestro waterpolo.

Fichaste por el Panionios.

Otra vez llegué tarde, pero estuvo genial. Fue una buena temporada, para mí relajante en cuanto a trabajo y funcionamiento. E históricamente estuvo bien porque ganamos un torneo, la Supercopa Helena. Desde entonces no han ganado nada. Yo estuve en muy buena forma porque tenía motivación para ir a los Juegos de Atlanta.

En la final olímpica te saliste ante el Dream Team.

No sabían a quién cubrir, si a Djordjevic o a Danilovic, y a mí me pilló un buen día. Fue la consecuencia del buen año que había tenido. Si el partido hubiera durado un poco menos, no habríamos ganado, pero igual hubiéramos salido un poco más contentos. Al menos jugamos en su terreno y les estuvimos torturando un poquito delante de treinta mil personas.

Jugaste tan bien esa final que Atlanta Hawks te quiso fichar.

Estaba hecho, firmé. Pero tuve un problema personal. Hice una tontería y lo estropeé con mi mujer. Como suele suceder normalmente. Después de eso, no me pude centrar en nada. Ni entrenar. Me sabía mal haber aceptado un reto y no ser capaz de dar el cien por cien, así que decidí abandonar. Lo dejé todo. Divac también andaba de bajón, porque le habían traspasado de los Lakers a Charlotte, así que nos juntamos «como dos pavos» [expresión que significa estar perdidos]. Me mudé a su casa, hasta que un día llegó su mánager y me preguntó si no pensaba volver. Le dije: «No sé ni dónde estoy, menos lo que voy a hacer». Me dijo que en París estaban montando un equipo potente y que podría ir. Como la verdad es que me aburría en Charlotte, acepté, hice la maleta y me fui. Fueron cinco o seis meses, pero no me abandonaron los problemas personales. Echaba de menos mi Grecia, también. En esta etapa, aparte de una vida muy decente en París, no hay nada más que merezca la pena recordarlo.

Fichaste por un Aris de Salónica en crisis económica.

El Aris siempre está en crisis. Creo que desde que aparecieron nunca han funcionado normal. Pero yo quería ir a Grecia y el entrenador, al que yo quería mucho, garantizó que eso iba a funcionar económicamente. A mitad de temporada perdimos a la mitad del equipo. Se fueron todos. No teníamos ni presidente. Nos quedamos cuatro griegos, un cachondo italiano, Mario Boni, y yo medio lesionado, pero de esa guisa ganamos la copa y creo que desde ese día no han vuelto a conseguir nada más.

Luego te quiso llevar Danilovic a Bolonia.

Supongo que dio luz verde, porque allí era el alfa y omega. No sabía que me llevaron por su iniciativa, de lo que se entera un hombre después de veinte años…

El caso es que allí empezaron tus problemas de salud.

Después de Bolonia se murieron mi padre y mi madre en seis meses. Luego vino el bombardeo de la OTAN a mi país y se me juntó todo. Me retiré un poco a Atenas a esperar una oferta, pero fue un poco engañarme a mí mismo porque sabía que no la iba a recibir. No quise aceptar lo que me llegó y me quedé descolgado. Perdí regularidad entrenando y me dediqué más a jugar al fútbol sala para divertirme. Me gusta ese deporte más que cualquier cosa, pero un día me dio un infarto después de un partido. Sobreviví de milagro. Estuve luego un año y medio en que cada vez que hacía deporte se me repetía el infarto, fueron varios. Yo, que nunca en la vida había tenido ningún problema de salud, tuve que aceptar que eso me había pasado a mí y tuve que dejar de hacer deporte.

Pero no de fumar.

Me lo llevan aconsejando desde que tengo trece años. No lo conseguí y probablemente no lo conseguiré. Dejar el deporte no es que no me lo hayan aconsejado, es que piensan que a una persona normal ni se le pasaría por la cabeza seguir haciéndolo después de varios infartos. No se podían creer una y otra vez que fuese incapaz de concienciarme de que tenía que parar, pero no era capaz de concebir que ya no podía hacerlo y, cada vez que jugaba a algo, infarto. Lo cuento muy gracioso, la gente se ríe mucho, a veces casi les entran ganas de que también les dé un infarto a ellos, pero no es muy gracioso. Tenía dos opciones, o aceptarlo y llorar por mi destino, o aceptarlo y vivir como pudiera. He optado por la segunda opción. Así estoy mucho más a gusto.

Con el tabaco, a las personas inteligentes no tiene que darles un infarto para que dejen de fumar, pero para mí es una debilidad imposible de superar. No hace falta que me den consejos sobre algo tan obvio. Como consecuencia de estos problemas del corazón me tengo que tomar unas pastillas al día. Hace un tiempo estaba harto de todo y dejé de tomarlas durante un año y medio. Un amigo me dijo: «Mírale, en vez de dejar el tabaco, ha dejado los medicamentos»… No sé qué decir sobre esto. Nada que no sea una tontería irresponsable. Nunca he podido dejar de fumar. Las consecuencias que tendrá ya las veremos.

Fuiste team manager de Serbia y Montenegro cuando fue seleccionador Obradovic.

La atmósfera fue muy mala, pero me pasó una cosa buena, por fin decidí que no quería tener nada que ver con el baloncesto. Obradovic y yo hemos hablado mucho de lo que ocurrió. Él pensaba que podía corregir todo lo que había ahí, pero no fue posible. Hubo un cambio general y se empezaron a valorar otras cosas en lugar de las que se tenían en cuenta antiguamente. Fue una tortura estar ahí consciente de que no podía cambiar nada. Ahora los chavales viven el baloncesto de acuerdo con la época en la que están. Nadie está preparado para renunciar a tanto por la selección. Y no digo que no lleven razón, hay que buscar un equilibrio. Creo que ahora Djordjevic esto lo maneja muy bien.

¿Qué opinas del documental Once brothers sobre la amistad entre Divac y Petrovic?

¡Salgo yo! Creo que solo pudo hacerlo un americano, porque si llega a ser alguien de aquí le criticarían los croatas por alguna cosa y los serbios por otra. La historia que cuenta está bien. Si fue así lo que pasó, como lo pusieron en el documental, que se quede como en la película.

¿Qué te parece la evolución del baloncesto español?

Como muchos en Europa, se han apoyado en nuestro método de trabajar. España es un país serio en cuanto al deporte, han invertido mucho dinero y han logrado alcanzar un gran nivel. Si hay dinero, trabajo y talento, es muy natural que se llegue a ser un líder. Además, España lo ha hecho en muchos deportes. Han acertado. Supongo que en Yugoslavia habría sucedido algo parecido si nos hubiésemos quedado juntos. Los clubes españoles se pueden llevar a todo el que quieran. No les importa pagar lo que sea. Si cogen niños les pagan los estudios y los padres están contentos. Así es como deben funcionar las cosas. Luego hay muchos españoles muy buenos con nivel similar o mejor al de esos fichajes. De todas formas, creo que el baloncesto europeo no tiene tendencia a mejorar, más bien al revés. Todo lo bueno que sale se va a Estados Unidos, donde están al máximo de todo, de rapidez, de tiro, van treinta años por delante.

¿Sigues siendo amigo de Divac y Djordjevic?

Cuando estaba en Grecia les gustaba mucho venir a verme. Preferían venir conmigo antes que irse a cualquier otro lado. Pero luego nos hemos hecho viejos, cada uno está en su mundo y ya no es como antes, ya no nos vemos tanto.

[En español] La última…

[Contesta en español también] ¡Última! ¡Última! ¿Sabéis de qué me sé esta palabra? De los bingos españoles. Siempre hacíamos un tour de año nuevo con Yugoslavia, íbamos tres días a España. Del 25 al 1 de enero íbamos a París y luego a Madrid. Nos gustaba mucho jugar al bingo, estábamos en el centro de la ciudad y había uno al lado. Así que en cualquier momento libre que teníamos íbamos a darle. Estábamos empeñados en ganar, supermotivados y nos daban las tantas de la mañana. Una vez anunciaron la última partida, serían las tres y media, y solo estábamos allí mi amigo y yo, y una señora mayor. Pero teníamos que ganar, llevábamos cinco horas ahí metidos, así que dije: «Coño, si no ganamos ahora, no ganamos nunca». De repente, la abuela gritó «¡Bingo!», y yo dije al mismo tiempo «¡Joder!» [risas].

Esto sería el año 88 u 89. Luego en el 97, en Barcelona, en el Eurobasket, ya me había retirado de la selección, pero estuve para dar apoyo al equipo. Fuimos a ver a Los Tres Tenores en el Camp Nou, fue un gran concierto. Pavarotti, Carreras y Plácido Domingo. Muy bien. Pero seguíamos con la obsesión del bingo. Estábamos con nuestras mujeres, que se ponían furiosas si íbamos al bingo y tenían que estar ahí sentadas cuatro horas mirando, no entendían cómo podía gustarnos eso tanto. Una noche estábamos en un buen hotel, ellas se fueron a dormir y dijimos: «Vamos a echar unas bolas ya». Buscamos, encontramos un buen bingo y estábamos tan emocionados que aparcamos justo enfrente, en la acera. Estuvimos dentro cuatro horas y al salir no había coche. Se lo había llevado la grúa. Lo gracioso es que ahí al salir nos dimos cuenta de que justo al lado del bingo había un cartel gigantesco donde ponía parking [risas].

Ahora que no puedes hacer deporte, ¿cuál es tu hobby?

La música. Aunque escucho de todo desde hace treinta años, lo que me encanta es el jazz. Tengo un garaje lleno de discos. Hace poco me encontré con que una emisora pública que acaban de privatizar en Belgrado, Studio B, había tirado a la basura todos sus vinilos. Lo descubrí de casualidad, podría haber sido cualquier otro. Pero ¿cómo puede alguien tirar un montón de discos a la basura? ¿Se puede ser más cretino? Me encargué de que fuesen devueltos adonde pertenecen, que es o al Estado o a la Biblioteca Nacional.

12 comentarios

  1. Grandísima entrevista a un tipazo de verdad. Qué recuerdos de cuando los yugoslavos dominaban la galaxia…y ese partido en verano, en un pueblo cualquiera de los balcanes, en el que dos jugadores de NBA son machacados por dos tíos que pasaban por allí.

    Живите Жарко, кристално срце!

  2. Que grande Paspalj! Puro talento zurdo y pura anarquía jugando al basket, pero siempre con personalidad. Es uno de los símbolos del basket de esa época, y uno de los que más odiábamos cuando jugaba en Olympiacos.

  3. Muy buena entrevista, por ambas partes. Y es que las respuestas de Zarko comparadas con las de otros ilustres contemporáneos suyos en entrevistas similares, son mucho más honestas y sensatas…

  4. Muy buena entrevista de un genio del baloncesto. Me a gustado mucho. La Yugoslavia de su generación era buenísima irremenpazable,como la nuestra ahora. 2 época distintas pero con el mismo deporte.

  5. Se han juntado dos cracks. Un tipo con talento para entrevistar, y un valiente y sincero respondiendo. Mira que suele haber entrevistas buenas por aquí, pero esta puede ser la mejor que he leído nunca.

    ¿ Si Yugoslavia siguiese unida hubiéramos visto el dominio apabullante de los junior de oro ? Yo creo que no.

  6. Y recuperate pronto Paspalj del derrame !! Valiente !!

  7. Está bien que pongáis entrevistas de jugadores y entrenadores de baloncesto de los noventa de aquella zona.Pero podrías entrevistar a algún croata,esloveno o bosnio para variar.Imagino que es porque tendréis a alguien por aquella zona para hacer entrevistas y es lógico que las hagáis allí,pero es que está quedando una visión un poco sesgada de algunos aspectos de aquella época(políticos y deportivos) en estas entrevistas(ya que solo entrevistáis a serbios).Está guay que entrevisteis a esta gente pero molaría que abrierais un poco mas el abanico de entrevistados,especialmente si son tan lenguaraces como el fumador de Paspalj.Saludos.

  8. A veces piensa uno que la cantidad de mierda que se ve publicada en los medios día sí y día también es porque ya está todo inventado, porque ya está todo escrito, porque no hay historias que contar.
    Y entonces ves una entrevista hecha como Dios manda y te das cuenta que no …

    ¿Cuál es el problema entonces? ¿nos dan basura todos los días porque nos gusta la basura? ¿porque es más barato? ¿por que a la mayoría de los periodistas se les ha olvidado escribir?

    En cualquier caso, lamentos a parte, felicidades por la entrevista y las fotos.

  9. Gran entrevista y gran personaje. Gracias.

  10. Madre del amor hermoso… qué gran entrevista!. Me ha encantado. Genial reportaje. Enhorabuena al entrevistador y qué grande volver a saber de Paspalj…. uno de mis varios ídolos de mi juventud en lo referente al baloncesto. Bravo!.

  11. Cualquier jugador de la Yugoslavia o URSS de aquellos años lleva una novela encima, en lo deportivo y lo humano. Un placer leer esta entrevista.

  12. Una entrevista de 10, y una manera de hacer periodismo del baloncesto que está a mil años del resto de medios de comunicación. Un oásis. Mi más sincera enhorabuena.

    Me gustaría simplemente matizar un poco este mito que se ha construido en torno a la generación de la ex Yugoslavia. Paspalj sitúa bastante bien el contexto, pero sí es importante destacar que la Yugoslavia que supuestamente iba a dominar los próximos 15 años, perdió contra la URSS de 13 en la final de los JJOO de 1988, cuando esta última solo pudo ganar de 6 a un grupo de estudiantes universitarios de EEUU (con perspectiva se entiende el sin sentido de Aleksandr Gomelski con la frase “La próxima vez no traigais vuestra defensa mágica. Traed a Magic Johnson”). Es evidente que todavía era un equipo joven y por hacer, pero también es interesante resaltar el contexto de los marcadores de la época.

    Después en 1992 Croacia se enfrentó por dos veces a Estados Unidos en los JJOO de 1992, perdiendo en ambos partidos de más de 30. En términos de futbol, es como perder por dos veces por 5-0. Esa selección llevaba el grueso de estrellas de la antigua selección, y en su casi plena madurez, como Dražen Petrovic, Toni Kukoc, Dino Rada, Stojan Vrankovic, Velimir Perasovic, Arijan Komazec, Žan Tabak o Danko Cvjeticanin. Aunque quedaron fuera jugadores importantes como Divac o Paspalj, miembros del equipo original del 88, no justifica ni puede explicar el mito que se ha creado en torno a este equipo como potencial dominador y nuevo rey del baloncesto en la escena internacional. Perdieron de manera contundente.

    Después Paspalj recuerda el enfrentamiento que tuvieron con la nueva selección de Yugoslavia contra Estados Unidos en Atlanta 1996 como “tortura delante de 30.000 personas”. Es evidente que ya no eran ni Croacia ni la ex-Yugoslavia, y cierto que el partido estuvo muy ajustado durante una buena parte del tiempo, pero llamar tortura a un partido que pierdes de 26, es como menos, distorsionar lo ocurrido. Repito que Paspalj sitúa el contexto bastante bien, pero es evidente que tiene una visión subjetiva de las supuestas potencialidades de esa generación.

    La ex-Yugoslavia fue un equipazo, y evidentemente en los 90 podrían haber hecho historia como lo ha hecho España en los 2000, pero es difícil entender el mito casi celestial que se ha creado en torno a ese ex-país de los balcanes. De un total de 57 medallas olímpicas desde 1936 a 2016, “solo” han conseguido 1 oro, 4 platas, y 1 bronce (que no es poco), cuando ni de lejos la prensa nacional habla en estos términos casi místicos o celestiales de otro equipo que ha ganado 15 oros, 1 plata y 1 bronce en la competición más importante del mundo, equiparable al mundial de selecciones en futbol, como es Estados Unidos en los JJOO (en mundiales y europeos la ex-Yugoslavia sí tienen un palmarés envidiable). Y es evidente que esta manera de narrar la realidad transciende el deporte.

    Un gran abrazo y enhorabuena de nuevo a los periodistas por tan excelentes artículos!.

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