Después del fin del mundo

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Imagen: © Fito Conesa.

Jot Down para CCCB

El optimismo y la versatilidad del ser humano lo han llevado a predecir el Apocalipsis definitivo en casi dos centenares de fechas diferentes a lo largo de la historia: Anticristos, desastres biológicos, embestidas alienígenas, cometas desbocados, arrebatamientos celestiales, mundos que se agotan y ataques nucleares han asomado en las agendas de profetas como Beato de Liébana, Nostradamus, Rasputín o Cristobal Colón, pero también en el calendario de tarados como Charles Manson, Harold Camping, David Meade o Jeane Dixon, la adivina que murió diciendo «Ya sabía que esto me iba a pasar». Todos ellos se sumaron a la notable tradición de profetizar fechas de caducidad, una práctica que tiene raíces lejanas: la mitología clásica lleva siglos aliñando el fin de los tiempos y leyendas como las nórdicas ya tenían claro que los epílogos requieren de mucho sentido del espectáculo. El propio Ragnarök escandinavo propuso un final de fiesta con reparto estelar donde deidades como Odín, Thor, Frey, Loki o Heimdal se curtirían los lomos entre serpientes gigantescas de nombre atragantado (Jörmundgander), lobos monstruosos, montañas demolidas y una inundación que arrasaría con todo en lo que vendría a ser un gigantesco reset divino.

Pero el verdadero problema de todas estas premoniciones, conjeturas y leyendas reside en que interpretan la receta del fin del mundo como un proceso inmediato, una sacudida que acabará con la existencia de manera repentina. En 2017, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) inauguró la exposición Después del fin del mundo con el objetivo de instruir a la sociedad sobre el planeta Antropoceno y demostrar que todas aquellas profecías estaban equivocadas: el Armagedón definitivo era en realidad un procedimiento que se ha ido cociendo poco a poco, un cataclismo que estamos viviendo hoy.

La hora del apocalipsis

En 1945, tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, nació en la Universidad de Chicago el Bulletin of the Atomic Scientists de la mano de algunos de aquellos científicos culpables de diseñar la bomba atómica desde el Proyecto Manhattan. Una publicación que informaba de manera bimensual sobre peligros como armamentos nucleares y de destrucción masiva, amenazas biológicas o el cambio climático. Un par de años después de concebirse, en la portada de aquella revista apareció un reloj cuyas agujas anunciaban que tan solo siete minutos alejaban al espectador de la medianoche. Una cuenta atrás que realmente no informaba de la proximidad de brujas, sino de lo cerca que estaba el ser humano de contemplar el epílogo del mundo tal y como lo conocía: se trataba del Reloj del apocalipsis. Una analogía ideada por los creadores del boletín para advertir al mundo de la proximidad del desastre definitivo, unas manecillas que desde entonces acompañarían todas las portadas del Bulletin reflejando en su posición la situación del planeta. Durante las pruebas nucleares de la Unión Soviética, aquel reloj se adelantó tres minutos. En 1991, cuando la URSS y los Estados Unidos firmaron un tratado para limitar el número de armas nucleares, el reloj se atrasó hasta las doce menos diecisiete. En 2007, con Corea del Norte probando petardos nucleares y el cambio climático asomando la cabeza por la puerta, aquellas agujas se plantaron a cinco minutos de la medianoche. A principios de 2017 el reloj del apocalipsis marcaba las doce menos tres minutos, y un mes más tarde la distancia que nos separaba de la catástrofe se había reducido en medio minuto. Según los expertos, la raza humana camina a dos minutos y medio de contemplar el fin del mundo desde el palco VIP y lo único seguro del futuro es que probablemente llegue abrazando la hecatombe absoluta.

Imagen: © CCCB, Vicente Zambrano.

En octubre, el Ministerio del Futuro asentó su sede en el interior de la exhibición Después del fin del mundo con el propósito de convencer a los Gobiernos de la necesidad de políticas a largo plazo para sobrevivir en un mundo de futuro incierto. Aquella organización se acomodó en los intermedios de descompresión que unían las diferentes escenas y llegó regentada por el primer ministro del futuro, un funcionario sospechosamente parecido a Timothy Morton, el filósofo responsable de idear conceptos como los hiperobjetos o la ecología oscura.

Antropoceno

El nobel de Química neerlandés Paul Crutzen dejó con la boca abierta al público de una de sus conferencias durante el apocalíptico año 2000 al improvisar el término «Antropoceno» para referirse a la época geológica que habitaba. La sorpresa para los oyentes fue descubrir durante la charla que estaban viviendo en una etapa de la que hasta entonces nunca habían oído hablar, aunque la palabra ya tenía varios años a sus espaldas y al biólogo Eugene Stoermer como padre oficial. El Antropoceno que acuñaron Crutzen y Stoemer pretendía acotar una nueva fase del periodo cuaternario, tras el Pleistoceno y el Holoceno, que tomaría como arranque el momento en el el hombre comenzó a retorcer la geología y los ecosistemas del mundo que habitaba. Debido a lo impreciso de dicha definición, los científicos propusieron que lo más tardío del siglo XVIII se estableciera como posible punto de partida de la nueva época al considerar que los últimos doscientos años contienen los esfuerzos más notables de la humanidad por cocear al planeta Tierra. En el fondo, aquel era el periodo que avivó el efecto invernadero gracias a la comparecencia de grandes cantidades de gases como el dióxido de carbono o el metano, una situación que casualmente ocurrió al mismo tiempo que James Watt le apretó los tornillos a la recién inventada máquina de vapor.

Destejido. Imagen: Unknown Fields Division (Liam Young+Kate Davies)

Después del fin del mundo contiene algunas de las piezas más importantes de quienes decidieron asomarse a la superficie y los cielos del nuevo planeta: Kate Davies y Liam Young recopilaron diez años de expediciones entre diversas ciudades del Antropoceno en el estudio nómada Unknown Field Divisions del que la escena Destejido forma parte, un trabajo que demuestra las conexiones de la vida diaria con la ecología industrial global. El colectivo teatral Rimini Protokoll descubrió en Todos salen ganando que el escenario más hostil para algunas especies puede ser el más favorable para otras. Y en un mundo contaminado por el dióxido de carbono, el arquitecto y artista Tomás Saraceno propone con su Aeroceno firmar mediante aeroglifos una declaración de independencia de los combustibles fósiles y lanzarse a conquistar los cielos a través de sus creaciones: transportes aerosolares funcionales que no requieren de propano para desplazarse o esculturas voladoras destinadas a lucirse en el firmamento a lo largo de cientos de kilómetros.

Aeroceno. Imagen: Tomás Saraceno Studio

Una canica azul

En los discos duros de la NASA se acomoda una imagen etiquetada formalmente con el poco atractivo nombre de «AS17-148-22727». Una secuencia numérica tras la que se esconde una de las estampas más reproducidas de la historia: la fotografía de la Tierra realizada en 1972 por la tripulación del Apolo 17 cuando se encontraban a 29.000 kilómetros del planeta y con el Sol a sus espaldas. O la foto grupal más importante realizada jamás por una persona, la imagen que fue capaz de retratar a todo aquel que se hallase entre el Mediterráneo y la Antártida en ese momento. Una instantánea que capturó el mundo desde las alturas de manera fantástica y se convirtió en símbolo de movimientos medioambientales al evidenciar la vulnerabilidad del planeta: desde el punto de vista de los fotógrafos, el globo terráqueo parecía un pequeño juguete flotando en un espacio inmenso, una idea que hizo que la fotografía fuese rebautizada popularmente como La canica azul. Sería la última vez que un ser humano capturaría personalmente una imagen de la Tierra desde aquellas alturas, porque las posteriores incursiones espaciales no estarían tripuladas y las futuras fotografías del planeta serían disparadas por máquinas. En algunos casos, desde puntos tan lejanos como para convertir la canica en Un punto azul pálido.

Port of Antwerp. Imagen: Benjamin Grant / Satellite imagery © DigitalGlobe, Inc

El historiador Benjamin Grant, fiel creyente del overview effect y todo lo que conlleva contemplar el mundo desde alturas, fundó en 2013 Daily Overview, un proyecto donde se publica diariamente la fotografía tomada por satélite de un punto diferente del planeta. Un mosaico de capturas espaciales en alta resolución que eleva al espectador hasta las alturas para convertir su percepción de las ciudades, los senderos y las montañas en obras de arte fascinantes que se pretenden mapas. Grant recopiló doscientas de aquellas imágenes en Overview: a New Perspective of Earth, un libro que The Smithsonian o Los Angeles Times consideraron que se acomodaba entre lo más selecto de 2016. En Después del fin del mundo las imágenes capturadas por Grant permiten examinar la superficie del planeta tierra y descubrir en ella una piel que ha sido tatuada irremediablemente por la presencia del hombre.

Singapur es uno de los culpables más destacados de aquella transformación de la superficie terrestre. El país insular, un puerto importante para el mercado financiero internacional, es el lugar donde el recurso más escaso es algo que solemos pisotear diariamente: el suelo. El treinta por ciento de la isla está compuesta por tierra artificial, y la lucha constante para evitar hundirse y poder expandirse ha convertido a Singapur en el principal importador de arena del mundo. Después del fin del mundo se encarga de pescar la pieza Estado del mar 9: proclamación de Charles Lim Yi Yong como testigo de la constante batalla entre ese Singapur y y el mar que amenaza con devorarlo. Una obra que forma parte de una serie de nueve proyectos donde se estudia el contorno físico y cerebral de aquel país a través de las barreras que suponen las olas que lo rodean. Lim en el fondo mantiene una relación vital con el propio mar: no solo lo ha sometido a estudio e investigación con sus inquietudes artísticas, sino que también lo ha surcado al ejercer como regatista profesional.

No hay quién soporte este olor a fin del mundo

Gracias a Mad Max, el escenario posapocalíptico estándar en los mundos de ficción es una Australia donde todo el mundo está muy apurado por encontrar una gasolinera. En el universo musical, R.E.M. cantaba que no se encontraba tan mal durante la hecatombe en «It’s the end of the world» mientras Chico y Chica tenían dificultades para soportar el olor a «Findelmundo». En el mundo científico la propuesta de Crutzen para agitar la bandera de salida a una nueva época geológica está pendiente de ser aceptada formalmente porque, aunque es posible observar que el término Antropoceno se utiliza de manera informal en entornos científicos, el reconocimiento oficial aún no ha sido concedido por la Comisión Internacional de Estratigrafía o la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. Los cuarenta miembros del Antropocene Working Group suelen encontrar dificultades a la hora de convencer al resto del mundo de la solidez de sus cimientos: los geólogos más obcecados les echan en cara que sus ideas estén más plantadas en el futuro que en el pasado y más centradas en la historia de la humanidad que en la del planeta Tierra, como si todo eso fuese algo malo o no supusiese la base misma de lo que plantea Crutzen.

Natalie Jeremijenko trabajando en la Estación Beta. Imagen:© Claudia PM Santibáñez, CCCB

Natalie Jeremijenko cree que es necesario establecer un nuevo acuerdo entre el hombre y el resto de la biosfera, su Clínica de salud ambiental propone un centro de investigación y educación donde crear una relación de mutualismo con los habitantes no humanos de un mundo que existe después del fin del mundo. Y lo hace tomando como ejemplo las relaciones de colaboración que ocurren entre organismos en el mundo natural. Superflux, un estudio de diseño especulativo, abre una ventana temporal en la exhibición del CCCB para trasladar, en su instalación Mitigación del shock, a los visitantes hasta un apartamento del 2050. Una época donde un clima extremo salpicado de huracanes, inundaciones, sequías y terrenos de cultivo estériles ha modificado por completo los espacios domésticos y culinarios de los acomodados habitantes del primer mundo.

Porque quizás lo que viene Después del fin del mundo es otro nuevo capítulo para el mundo.

Mitigación del shock. Imagen: Superflux

Hasta el 29 de abril de 2018 el CCCB aloja la exhibición Después del fin del mundo, un ensayo espacial sobre el presente y futuro de la crisis climática a modo de trayecto entre los paisajes del planeta Antropoceno y sus habitantes humanos y no-humanos. Una experiencia compuesta de un prólogo escénico del escritor de ciencia ficción Kim Stanley Robinson, ocho instalaciones inmersivas, una base de experimentación y acción participativa en el espacio público de la ciudad de Barcelona y el despliegue de un Ministerio del Futuro comandado por el filósofo Timothy Morton. Los participantes de la exposición componen una coalición de humanos y no-humanos formada por artistas, montañas de arena, novelistas, animales marinos, dramaturgos, plantas, arquitectos, objetos, diseñadores especulativos, ríos contaminados, satélites y científicos. Entre ellos se encuentran artistas como Tomás Saraceno, Kate Davies y Liam Young (Unknown Field Divisions), la ingeniera Natalie Jeremijenko, la compañía de teatro documental alemana Rimini Protokoll, el estudio de diseño especulativo Superflux, historiadores fotográficos como Benjamin Grant o investigadores como Charles Lim Yi Yong.

Después del fin del mundo también propone dos espacios laboratorio: la Estación Beta, un laboratorio dentro de la exposición que durante los seis meses del proyecto acogerá talleres, presentaciones, visitas comentadas y coloquios organizados con los centros científicos, tecnológicos y las universidades de Cataluña. Y la Estación Ciudad, ubicada en el espacio público de Barcelona y con base en el Distrito de Sant Martí, un centro de experimentación y acción participativa en la que la ciudadanía contribuye activamente en la mejora de la salud ambiental.

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