Jot Down Cultural Magazine – ¿Final de ciclo?

¿Final de ciclo?

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Pau Gasol, Juan Carlos Navarro y Felipe Reyes se abrazan tras el partido España – Italia / Eurobasket 2003. Fotografía: Cordon.

He escrito este ensayo sobre la selección española de baloncesto en el contexto más difícil en el que nunca me haya encontrado: la convulsa situación entre España y Cataluña, la convulsa situación entre ECA (empresa que organiza la Euroleague y la Eurocup) y FIBA. Y del último dúo supura el conflicto de las ventanas FIBA, unas fases clasificatorias forzadas por el nombrado organismo en medio de la temporada. Así que las selecciones que compiten no pueden contar, por temas de agenda, ni con sus jugadores NBA ni con los de Euroliga por la coincidencia de sus competiciones. Como hemos vistos estos días, una selección B española (Albert Oliver se ha convertido en el jugador más veterano de la selección en debutar con casi cuarenta años) ha ganado de forma excelsa a las también descafeinadas Montenegro y a la actual campeona europea Eslovenia para sumar más opciones en su participación en el próximo Mundial del 2019.

No obstante, adelante. Como muchos sabréis, la selección española ganó el bronce en el último Eurobasket. Por muchos entendido como el mínimo aceptado por tanto talento acumulado en los centímetros y kilos de sus integrantes. Pero, como viene siendo habitual desde hace varios años, cada vez que acaba un Eurobasket, un Mundial o unas Olimpiadas, independientemente del resultado, nos resta una misma cuestión.

La incursión de los Júniors de Oro en el baloncesto internacional ha marcado un punto de inflexión tan superlativo que es como si nos estuviéramos preparando para una caída libre. Aquella chavalería nacida en 1980, entre la que incluimos a José Manuel Calderón (un año menor), es una de las mejores de la historia del baloncesto mundial por tres razones: competitividad, talento y físico. En ese orden de importancia. Siempre creyeron que podían ganar. Sus rivales siempre creyeron que podían perder.

Ya han pasado diecisiete años desde que dos casi imberbes Juan Carlos Navarro y Raül López fueran reclamados para debutar con la selección absoluta en aquel combinado que dirigía Lolo Sainz. La cita, para soñar despierto, las Olimpiadas de Sydney del 2000. Raül me confesó en el libro Historia del baloncesto en España (Ed. Círculo Rojo, segunda edición mayo de 2016): «Aunque Pau aún no había explotado del todo en ACB, resulta curioso que no fuera seleccionado. Nuestro papel en las Olimpiadas fue malo y es difícil saber si con Pau las cosas hubieran ido de otra forma. Lo que es seguro es que él habría aportado cosas al equipo. Los puestos interiores los cubrieron Alfonso, Dueñas, Johnny Rogers y De Miguel». España quedaba novena. Después de ocho años, todo un histórico como Sainz dejaba el cargo tras un exiguo recorrido delimitado entre un «chinazo» (derrota ante China por 74-78 en el Mundial de Toronto del 94. El resultado se calificó, históricamente, como un desastre para el baloncesto español. Aquella victoria era imprescindible para que España no quedara apeada en la primera fase) y un único metal. Sainz nunca volvería a entrenar. Las veces que he hablado con él, he captado algo de desapego por la disciplina que le llevó a lo más alto. Seguramente, la injusticia de firmar un amargo final como punto y final a una excelente trayectoria. Todo, impresiones dueñas de quien escribe estas líneas.

Pau Gasol es un deportista que ha ligado el grado de su progresión a la magnitud de sus desafíos. Después de las mencionadas Olimpiadas en las antípodas, Pau, lejos de desanimarse, completaría una temporada de escándalo haciendo doblete en Copa y Liga. Siendo MVP en ambas competiciones. Después del chasco olímpico y una década noventera fundamentalmente funesta, la FEB se frotaba las manos. Tenían un as en la manga. Un 2,15 que se movía con la rapidez y agilidad de un jugador exterior. Un regalo llegado de la nada y sin precedente en España. Y ahora es cuando los más despistados alucinan. En la selección júnior, como jugador de segundo año, Pau no era titular. Y lo más sorprendente: antes el de Sant Boi nunca había sido seleccionado para jugar con España en dicha categoría ni inferiores. Lógicamente, ese verano del 2001 su talento acabaría encajando con la absoluta donde Javier Imbroda también debutaría como seleccionador. Para Pau, la fiesta se duplicaría en ese momento, los Atlanta Hawks le escogían en la tercera posición. Luego, como todos sabemos, sus derechos pasarían a los Memphis Grizzlies.

Imbroda lo incitaba para que lo diera todo en su debut. Pau, desde su determinación habitual, aceptaba el pulso. Su impacto en el Europeo de Estambul fue bestial, siendo elegido en el quinteto ideal del campeonato junto a Predrag Stojakovic, Damir Mulaomerovic, Dirk Nowitzki y el ídolo local Hidayet Türkoğlu. Y es que con veintiún años acabaría siendo el séptimo máximo anotador del Europeo con más de diecisiete tantos, a lo que añadió cerca de diez rebotes. Otro chaval de oro que se estrenó fue Felipe Reyes. Aquel pívot bajito de apellido familiar en el profesionalismo que no tenía tiro ya rentabilizaba sus minutos a base de tesón. Por su parte, Raül y Navarro repetían la experiencia con un concurso coral de veintidós puntos y más de cinco asistencias de media. De paso, España consiguió un bronce con sabor a venganza contra la Alemania de Nowitzki, para muchos de nosotros, a la altura de los legendarios Sabonis o Petrovic. Se declaraba la revolución. Además del astro germano, Tony Parker, Papaloukas, Ginóbili y un prolongado etcétera de estrellas sufrirían el descaro y determinación (sí, repito calificativo) de estos chicos durante muchos campeonatos internacionales. Estos tíos, conjugados con anteriores genios como Jorge Garbajosa (1977) o Carlos Jiménez (1976), y posteriores como Ricky Rubio (1991) o Sergio Rodríguez (1986), «la liaban» casi cada verano. Apunte, mi tocayo Carlitos, menos brillante y plástico, era el alero alto que ejercía de pieza angular para equilibrar el juego del equipo. Sin sacrificio e intangibles, siempre rendirás por debajo de tus posibilidades.

Recuerdo al gran Aleksandar Djordjevic, hace unos veranos, alabar el compromiso del grupo de la selección de Scariolo. El seleccionador de España había sido técnico del serbio en su época como jugador en Bolonia y Madrid. Sasha hacía referencia a ese grupo en el que las estrellas siempre estaban deseando volver a competir junto a sus amigos, su familia. Volviendo a los inicios de la incursión de los Júniors de Oro en la absoluta, su palmarés muestra que, después de diecisiete campeonatos, se hicieron con la friolera de doce metales. Cuatro oros y otras tantas platas y bronces. En el 2006 fueron los mejores del mundo, solo al alcance de seis países con el justo asterisco que aclare que los Estados Unidos congregaron a sus jugadores profesionales a partir de las Olimpiadas de Barcelona de 1992.

Pero, entonces… ¿se cierra un ciclo? Me entristece deducir que sí. Pau es el único integrante de aquella irrepetible generación que aún no ha confirmado su retirada de la selección. El último ha sido un voluntarioso pero maltrecho Navarro. La FIBA ya ha certificado que en el verano de 2018 no habrá competición internacional y ha trasladado el Mundial de Beijing a 2019. ¿Para que no coincida con el de fútbol? Les dejo a ustedes la respuesta. En 2020 se celebrarán los Juegos Olímpicos y en 2021 será la próxima vez que España podría volver a jugar un Europeo. Todo, si siguen clasificándose para tales citas sin olvidar que pudiera no ser así, tras la creación de las ya citadas peliagudas ventanas FIBA, las cuales comprometen a los jugadores que compiten en la Euroliga a lidiar con el conflicto FIBA-Euroleague. El caso es que Pau ya estampó su firma con los San Antonio Spurs de la NBA por tres años. Los tejanos son un potente equipo de los que, como poco, va a disputar las finales de conferencia. Este nuevo periplo coincidirá con los últimos años del catalán en la NBA y, quién sabe, si en el profesionalismo. Como viene siendo habitual, su bagaje natural tras cada temporada será de unos cien partidos a sus espaldas antes del periodo estival. Para el próximo Mundial tendrá treinta y nueve años. El legado podría recaer en su hermano Marcpero no olvidemos que andará en treinta y cuatro y que, en la selección, nunca fue tan decisivo como Pau. El Chacho tendrá treinta y tres y Llull, treinta y dos.

Entonces, ¿hay vida después de los Júniors de Oro?

Sergio Llull y Willy Hernangómez celebrando la victoria en el EuroBasket 2015. Fotografía: Benoit Tessier / Cordon.

Vaya por delante que será prácticamente imposible que vuelva a salir una generación de tal calidad y rendimiento como la de los Júniors de Oro. Aunque España sea una potencia mundial en la disciplina del baloncesto dicho sea de paso, es una lástima la fijación que se ejerce por centrar todos los esfuerzos en promocionar un único deporte tan deteriorado por malos hábitos como es el fútbol, es obvio que no siempre se puede estar en la élite de la élite.

Para responder a una pregunta tan compleja es necesario echar la vista atrás. La segunda mejor generación de la historia del baloncesto español fue la del 59 con los Epi, Romay, Iturriaga, Llorente y sus próximos Solozábal y Sibilio, del 58. Como pasó en el caso que nos compete, tal quinta fue el eje principal para poder contribuir a grandes éxitos grupales como fue la plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles del 84. Junto a esos talentos, destellos de otras generaciones más noveles. Léase el caso de Fernando Martín y Andrés Jiménez (ambos del 62) u otras más veteranas como la de Juan Corbalán (54) y Pep Margall (55). Tras ellos, un desierto noventero, aunque es de recibo apuntar la temprana muerte de Martín (veintisiete años), primer jugador español en jugar en la NBA, en 1986, y uno de los dominadores del baloncesto europeo desde la pintura.

No obstante, en este caso reafirmo mi esperanza en que en los próximos años se formará un grupo que también nos brindará, aunque con menos frecuencia, valiosos éxitos. No por el alentador refuerzo de una generación, pero sí de otros hermanos, los Hernangómez. Estos chicos serán dos estiletes dentro y fuera de la pintura durante muchos compromisos internacionales. El mayor, Willy, ya es un pívot tan exquisito como contundente a sus veintitrés años aunque el protagonismo de su vuelta a la NBA ahora ande algo frenado por parte del coach Hornacek. Paciencia, Willy es un tipo listo que aprende de los mejores. Tiene una capacidad de pase y un juego de pies cercanos a los de los mejores pívots del mundo. Ahora necesita mejorar su tiro, defensa y… lo hará. El pequeño, Juancho, es bárbaro. No tiene miedo al trabajo. A pesar de sus veintidós años, sabe lo que es sufrir. Tras su último año como cadete y una repetida lesión en su rodilla, fue descartado por el Real Madrid y acabó fichando por el modesto Majadahonda. Allí se recuperó para luego incorporarse al júnior del Estudiantes. Es una esponja. A pesar de que en su aún corta trayectoria ha jugado en posiciones interiores, su mejora en el tiro y rapidez le han permitido colocar sus 206 centímetros en el puesto de alero. Tremendo físico para esa posición. ¿Cuántos jugadores de perímetro en Europa son capaces de jugar por encima del aro?

Los Gasol son incomparables, como lo es la generación de oro, pero ellos serán clave para montar un buen puzle con otro modelo en el que reinará una mezcla de diversas quintas. Un modelo que debe sacarnos de la inopia del talento de aquellos tiempos en los que la generación dorada coleccionaba títulos de forma relativamente fácil. Tiempos que aún alcanzan el presente y en los que existen, en muchas ocasiones, productivas jerarquías en detrimento de la figura de un seleccionador con un mayor despliegue táctico y de papel más relevante. Ya no seremos tan buenos y, si se quiere continuar con una trayectoria fructífera, se requerirá un cambio de rumbo. Un patrón más próximo al de Serbia, Eslovenia e, incluso, la rebotona Hungría. Soldado, a tu trinchera. Intensidad y más rotaciones. Más asignación de roles. Claro ejemplo es el actual de la selección B española, que ha ejecutado un juego de equipo espectacular y efectivo en los choques de las ventanas FIBA (¡Excelente Quino Colom! (88) ¿Para cuándo una oportunidad en la «A» para este pedazo de base?). Se deberá buscar ese combinado que logre exprimir hasta al último componente de la plantilla en busca del robo de sensaciones de los contrarios. El talento también recaerá en los Mirotic (91), Abrines (93) y Ricky Rubio (90), mientras los Vives (93), Xavi Sastre (91) y Oriola (92) deberán seguir mejorando para poner en la pista esa entrega e intangibles que igualen fuerzas con otros conjuntos, esta vez, con mayor calidad y/o físico.

Veamos el paso al frente de los otros del 94. Como el MVP y campeón de la pasada Eurocup Alberto Díaz, un base ultradefensivo pero que en los momentos de la verdad también enchufa, o Oriol Paulí, con esa hambre y esos alley oops a lo Rudy. ¿En Andorra facilitarán que Jaime Fernández (93) sea ese oportunista «combo» que desequilibra y rompe dinámicas que todo equipo quiere tener? Cómo me hubiera gustado haber visto a este chico dando lo mejor de sí mismo en su «Estu» junto a otro pequeño de raza y francotirador como Darío Brizuela (94). Cómo me gustaría que el Baskonia hiciera un centro dominador de Ilimane Diop (95), como cuando antaño esculpieron a un tal Scola o Splitter. Tampoco debemos perder de vista al potente base mallorquín Sergio García que, a pesar de ser del 97, ya compite con plenas garantías en la Liga Endesa a favor del Tecnyconta Zaragoza.

Hasta ahí el manifiesto camino que me atrevo a vislumbrar con la meta de una selección con posibilidades para mantenerse en el podio en un alto porcentaje durante los próximos seis u ocho años. Después, o se cambian muchas cosas, o podría llegar un desierto.

¿Seguirán llegando éxitos dentro de ocho o diez años?

La solución pasa por extenderse también hacia mayores ambiciones estructurales y sociales. Ahora mismo, el escenario es angosto. Tiremos para la raíz, los clubes de barrio. La base de la base de nuestro baloncesto. El inicio, el vivero que da jugadores y jugadoras de todos los niveles, imprescindibles para el desarrollo de todo tipo de trayectorias y, de paso, para generar aficionados que acaben llenando pabellones y consumiendo baloncesto. Pero, antes, cuestión clave, sí… otra más: en general, ¿nuestros niños y chavales pueden practicar el deporte de la canasta? He preguntado a clubes de toda España y la cuota anual está entre cuatrocientos cincuenta y ochocientos euros. Ahí se podrían incluir (o no) gastos diversos y obligados: viajes, loterías, ropa, cuota de socio… La media de esos guarismos es prohibitiva para un elevadísimo porcentaje de la población; aquellos que malviven sin o con pocos recursos. «Un 15% recibe ayudas de servicios sociales», me cuenta el exjugador ACB Mario Fernández, que desde hace unas temporadas lleva las riendas del Club Bàsquet Mollet. «En Cataluña la media ronda los seiscientos cincuenta-setecientos euros», continúa. ¿Qué hay de la integración social y el desarrollo físico (deseados complementos para el intelectual) de los más jóvenes? Amantes y responsables de otras modalidades seguro que también se alzarían en protesta. Conclusión, no solo los pobres no pueden jugar a esto del baloncesto, tampoco tantas familias que se tienen que «ajustar el cinturón» a final de mes y que mayoritariamente representan a este país. Desde mi visión como docente, entiendo que el deporte debería conjugarse con la educación como otra herramienta fundamental en la lucha por la exclusión social, pero no solo el escolar, también el federativo.

Sigamos el largo y tortuoso camino. Una vez superada la fase de selección económica-social, aquellos jugadores que, por talento y disponibilidad, pueden seguir adelante se enfrentarán a otra criba en las canteras elitistas: la multitud de jugadores extranjeros becados, de los que se aprecia como una de sus principales virtudes su físico. Ahora, ¿quién apostaría por un chaval de dos metros que juega de pívot y que no tiene tiro ni de media distancia aunque sea una bestia atrapando rebotes? ¿Alguien le daría continuidad a un escolta que roza el metro noventa y pesa poco más de setenta kilos? Felipe Reyes y Juan Carlos Navarro eran así y, en su momento, Estudiantes y F. C. Barcelona sí tuvieron paciencia. Por incoherente que parezca, la altura y el físico no lo son todo en el deporte que más gigantes suma dentro de su marco; sí lo es la progresión, pero esta requiere de tiempo y trabajo. Sin respetar esas variantes, se antoja difícil no prever un desierto de éxitos en la selección española de aquí a diez años.

Cada año la FIBA realiza un estudio bajo unos baremos que dan como resultado un ranking en éxito de las mejores selecciones del mundo en varias categorías. Actualmente, España ocupa la segunda posición en el mundo, tanto en la selección absoluta masculina como en la femenina. En cantera, los chicos bajan a la séptima posición mientras que las chicas se mantienen en la segunda. Lituania, Turquía o Serbia ya pisan los talones de nuestros chavales. Hay que replantearse el funcionamiento de las canteras tuteladas por quien quiere el éxito inmediato. Insisto, a fuego lento, no solo para que entre la pelota, también para que evitemos llenar la sociedad de un buen número de juguetes rotos. Construyamos personas con formación y saludables hábitos físicos e intelectuales, lo demás llegará.

Para más dificultades, una vez se nos hacen mayores de edad, normalmente, aterrizan en un deficiente semiprofesionalismo. Hay un mundo entre la categoría júnior y la sénior. Las competiciones LEB (Oro, Plata, LF1 y LF2) requieren de una dedicación colosal, por lo que nuestros jugadores y jugadoras no pueden compaginar el baloncesto con sus estudios. A cambio, un futuro incierto mientras no se están formando para labrarse un oficio para un futuro no tan lejano. Contraprestación: insuficientes sueldos y compartir piso con tres o cuatro compañeros a kilómetros y kilómetros de sus casas. Por consiguiente, quien no se marcha becado a una universidad de los Estados Unidos para jugar y estudiar es muy posible que lo acabe dejando, o entrenando mucho menos en otras categorías que sean más de estar por casa, como la Liga EBA o las máximas autonómicas. En esos casos… ¡Bienvenidos! Acabáis de llegar, de forma fugaz, al final de vuestro trayecto profesional en las canchas.

EuroBasket 2017. Fotografía: Murad Sezer / Cordon.

One Comment

  1. Muy a favor de que el BALONCESTO vuelva a ser publico y salga de las garras de entes privados como ECA.

    Por tanto muy a favor de la Fiba y ligas y competiciones que premien competiciones abiertas y acceso solo por méritos deportivos.

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