Los retratos perdidos de Géricault

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La balsa de la Medusa, 1819, Museo del Louvre, París.

Aquel que haya tenido la fortuna de estar frente a La balsa de la Medusa en el Museo del Louvre y no haya sentido una emoción desbordante puede, desde ya, dejar de leer este artículo.

Para pintar esa obra, una de las más icónicas del Romanticismo francés, se cuenta que Théodore Géricault recorría las morgues parisinas en busca de cuerpos humanos que le permitieran reproducir con exactitud la textura y el color de la carne en descomposición. Uno de los asilos donde el pintor iba a recoger extremidades seccionadas para sus estudios de la Medusa era el hospital de Beaujon, donde Géricault conoció a Étienne-Jean Georget. Dicen que la obsesión de Géricault por dotar de mayor dramatismo a su obra maestra le llevó a construir una réplica exacta de la barca en su estudio, e incluso a entrevistarse con los enloquecidos supervivientes del famoso naufragio.

Georget, discípulo de la escuela de Philippe Pinel y psiquiatra jefe del hospital de Salpêtrière, pensaba, como su mentor Jean Etienne Dominique Esquirol, que un trato humano a los enfermos alienados podía ayudarles a sobrellevar sus locuras y, tal vez, incluso hasta a curarles. Hasta ese momento los sanatorios funcionaban como verdaderas cárceles, encerrando a los dementes con presos comunes, tratándolos como animales, esposándolos con grilletes a la pared e inmovilizándolos con camisas de fuerza, y restringiéndoles en la mayoría de las ocasiones incluso la comida y la bebida, en lo que solían llamar «curas de hambre». Sirva como ejemplo el legendario asilo de Bethlem Royal, en Londres, donde los visitantes podían, tras el pago de un penique, insultar e incluso apalear a los lunáticos. Pinel, y luego sus discípulos, empezaron a tratar a los enfermos psiquiátricos, seguramente por vez primera, como personas, hablando con ellos, tomando notas en sus cuadernos y estudiando el progreso de la enfermedad.

Georget y sus colegas creían en el poder de la fisiognomía. Estaban firmemente convencidos de que se podían diagnosticar las enfermedades psiquiátricas tan solo observando la expresión de los rostros de los enfermos. Es por ello que Georget decide preservar las expresiones congeladas de sus maníacos para la posteridad, tal vez con fines pedagógicos, para ilustrar a sus alumnos en los entresijos de la locura y de su tratamiento.

A finales de 1821 Géricault vuelve de un año sabático en Inglaterra. Su Medusa se ha dado un verdadero baño de masas en el Egyptian Hall londinense y ya es un pintor famoso al que se admira en toda Europa. Pero Géricault está en una situación crítica. A sus veintinueve años ya ha dilapidado la herencia de su madre y los problemas económicos empiezan a ser asfixiantes. El declive de su maltrecha salud acabará con su vida tan solo dos años más tarde.

Georget pide a Géricault que retrate a sus locos. El encargo consiste en realizar diez retratos de enfermos mentales, lo que conformará una serie que a la postre se conocerá como «las monomanías». De esta forma, Georget encarga un conjunto de obras que deberían ser consideradas como la primera aproximación artística al estudio de las enfermedades mentales, una suerte de realismo científico, que dos siglos después ya ha perdido el rigor médico necesario.

Géricault realiza para el proyecto más de doscientos dibujos de dementes. Pero acaba pintando tan solo diez. De esos diez locos de Géricault, solo nos han llegado cinco de ellos. Cinco maníacos encerrados en psiquiátricos parisinos, cinco cuadros supervivientes de los diez elegidos, de los cientos de dibujos de enfermos bosquejados por el artista en su estudio previo.

El pintor, depresivo y psicótico por el curso de su propia enfermedad, ilustra con maestría la cara de la locura. Él, mejor que nadie, puede entender a los locos, pintarlos, retratarlos en el colmo de su enfermedad, representar claramente sus desvaríos. Su depresión y sus alucinaciones paranoicas lo acercan de forma cómplice al enfermo retratado.

La envidia o La Hiena, ca. 1819, Musée des Beaux Arts de Lyon.

Géricault pinta la envidia, representando los celos neuróticos en una mujer de mudo testimonio, a la que en el psiquiátrico llaman «la Hiena». Tal vez su enfermedad sea la esquizofrenia. La mujer muestra el rostro torcido, la boca apretada, las cejas contraídas en actitud de reprobación, ensimismada en su propio tormento. Retrata también la cleptomanía, en el rostro de un hombre de sardónica expresión, probablemente un psicópata encerrado en la jaula de su alterado cerebro, con la mirada extraviada, el pelo desaliñado, la barba hirsuta. El pintor representa además la ludopatía en la cara de una mujer, maníaca del juego, pero con rasgos que nos recuerdan a los enfermos de párkinson; su rictus congelado e inexpresivo que asemeja una máscara, los hombros hundidos. Tal vez la muleta que asoma en el retrato sugiera problemas en el anda, como en los enfermos parkinsonianos, una enfermedad descrita tan solo cinco años antes. Géricault pinta también la megalomanía, representando a un hombre vestido de militar, seguramente con fijación enfermiza, un lunático obsesivo compulsivo disfrazado de una suerte de conquistador venido a menos, con aires de grandeza y con la mirada altiva y desafiante. El cuadro más inquietante resulta ser el del ladrón de niños. Un rostro sumido en el paroxismo, los ojos vesánicos, en una expresión transmitida a lo largo de los siglos y que todavía nos causa angustia y pavor.

Tres hombres y dos mujeres. Todos sin nombre. Todos ellos pacientes de Georget. Rostros anónimos de desvariados con impulsos irrefrenables, con deseos intensos que controlan su conciencia y que anulan su raciocinio, que les empujan a la acción irreflexiva y compulsiva. Pederastia, envidia, megalomanía, ludopatía y cleptomanía. Los cinco pecados capitales de Géricault. Cuadros que son retratos de proporciones próximas a la realidad, donde los rápidos trazos del pintor acentúan los ojos del enfermo y muestran la tensión de la inquietud. Retratos en los que nunca aparecen las manos. Cuadros sombríos envueltos en una atmósfera aplomada, que evocan a partes iguales tristeza, desequilibrio e introspección. Síntomas de un interno sufrimiento. Retratos que reflejan al unísono un fulgor que alumbra el rostro del enfermo, como un candil en medio de la noche, las ropas oscuras envolviendo la cara del maníaco, resaltada sobre el fondo siempre negro, carente de cualquier adorno, ornamento o licencia. Las miradas desviadas, que no conectan con el observador, que escrutan más allá, rostros ensimismados en su locura, angustiados por su deficiencia. El espectador, hipnotizado, no puede dejar de mirar el rostro incandescente y amarillo del alienado.

Georget custodiará las diez pinturas hasta su muerte. Luego la serie será dividida en dos lotes que serán repartidos entre sus discípulos Maréchal y Lachèze. El primero se llevará los cuadros a Inglaterra, donde su rastro desaparece. El segundo entregará los lienzos a un amigo para su custodia.

Hoy en día los cuadros de Lachèze están repartidos en cinco museos diferentes a lo largo y ancho de todo el mundo. Cinco obras que han pasado inadvertidas casi doscientos años, cuadros que han dormido el sueño de los justos aguardando silenciosos en salas perdidas de antiguas pinacotecas. Pero faltan los otros cinco. Cinco cuadros misteriosos que despiertan las elucubraciones del entendido. Cinco cuadros extraviados que hacen volar la imaginación del científico y del erudito. Tal vez las cinco pinturas malogradas sean de los mismos sujetos tras sus correspondientes tratamientos, tal vez sean de otros maníacos diferentes que completan los pecados capitales del pintor francés. Qué bello sería recuperar las pinturas ausentes, desvelar el misterio, conocer si los retratos perdidos de Géricault amplían la gama de locuras o, por el contrario, constituyen el más excelso experimento médico que ha aportado jamás el arte a la ciencia.

Hoy en día las monomanías de Georget y Géricault residen más en la imaginación popular que en los tratados médicos serios. La clasificación de las locuras de Esquirol, Pinel y Georget ya no está en vigor, ya no se pueden asociar a formas parciales de la locura que se reflejan en el rostro, y que se suponían relacionadas con enfermedades cerebrales crónicas no tratadas y caracterizadas por lesiones parciales de la inteligencia, el afecto o la voluntad. Aquella ciencia de la fisiognomía del siglo XIX, al igual que la coetánea frenología, se ha perdido para siempre, carente de toda disciplina, por lo que ya no podemos asociar la apariencia física al sufrimiento de las enfermedades mentales. Aquella ciencia marchita no ha soportado las pruebas de verificación científica del método, pero los retratos de los maníacos todavía nos encogen el alma y nos producen la desazón que suscita la visión de una enajenación congelada en el tiempo, lo que nos recuerda inexorablemente que el padecimiento es intrínseco al ser humano.

Pero en algún sitio olvidado probablemente se encuentren los cinco cuadros misteriosos. Tal vez estén en algún sótano de algún palacete inglés, o en algún interminable salón de una mansión de la campiña británica. Esas obras perdidas podrían ensalzar la grandeza de la pintura romántica francesa del siglo XIX, pero también descubrir los entresijos de un experimento científico que se gestó en un decadente hospicio para enfermos mentales en el París posnapoleónico. Aunque tal vez las cinco pinturas se hayan perdido para siempre. Seguramente nunca lo sabremos.

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4 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Me ha gustado mucho este artículo.

    Felicidades.

  2. MUY BUENO!

  3. daniel

    Muy buena nota Javier, felicitaciones

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