Diario de Moscú (1917-2017)

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Fotografía: Syuqor Aizzat (CC).

2 de noviembre de 2017

Ayer, cuando aterricé en Moscú casi entrada la noche, el viento helado me llevó del avión al tren, y del tren a mi hostal. Cuando llegué a la dirección señalada, en una calle oscura que finalizaba en una gran iglesia, no vi mi alojamiento por ningún lado. Pregunté a un oficinista que pasaba por allí. Me respondió malhumorado en ruso y se marchó a paso rápido. En una cafetería próxima, volví a preguntar y me dijeron que ellos eran la recepción del hostal. A través de una puerta trasera se llegaba a unas escaleras grises y muy frías. En el tercer piso estaban las habitaciones, bloqueadas por otra pesada puerta de metal. Dejé mi mochila y me senté en una de las literas.

¿Qué hago en Moscú? Vengo a buscar los símbolos (¿todavía estarán?) de la Revolución bolchevique de 1917, y de su prolongamiento durante casi setenta y cinco años. Ayer, después de darme una ducha muy caliente y ponerme calcetines más gruesos, salí a buscar algo rápido de cena, alejándome un par de calles. En esa distancia tan corta, tan breve que mis orejas no tuvieron ni tiempo a enfriarse, me crucé con una placa con la cara de Lenin en un edificio público que estaba a oscuras. Qué fácil, pensé, es una buena señal.

Y hoy voy en busca de más. Como no he quedado con nadie ni hay ningún acto de celebración del centenario, me voy a dar un tour comunista por el centro de Moscú. Para llegar hasta allí, me doy un baño de masas en el metro de la ciudad, que siempre está a rebosar. Las escaleras mecánicas para bajar a la estación son larguísimas; la profundidad crea un ligero mareo si miras hacia abajo. Aunque descubrir los ojos de una rusa que sube por la escalera opuesta tiene el mismo efecto tambaleante, así que mejor mirarse los pies.

Las estaciones de metro de Moscú están llenas de hoces y martillos, de suelos de mármol dignos de un palacio, de figuras de proletarios y campesinos blancas y relucientes, de lámparas exuberantes de salón de baile. Es un aristocratismo obrero que causa impresión. La gente entra a montones en los vagones, que son pequeños y muy rápidos. Bastantes pasajeros leen libros viejos, aprovechando los huecos entre ruso y ruso, conservando el equilibrio a pesar de la velocidad, absolutamente concentrados.

Salgo del metro cerca de la Plaza Roja, por donde tengo muchas ganas de caminar, pero —al alzar la mirada— veo una indicación que me llama la atención. Si camino hacia la izquierda, encontraré un «Monumento a las víctimas del totalitarismo», que no tenía ni idea de que existía. Me desvío hacia allí por una gran avenida —traducido a medidas no-rusas: una avenida gigantesca— hasta llegar a un edificio color crema que me resulta siniestramente familiar. Lo conozco gracias a Alekséi Feodósievich Vangengheim, que estuvo encerrado allí en 1934, acusado de crímenes contra el Estado soviético. Fue deportado al campo de concentración de Solovetsky —un archipiélago cerca de la frontera con Finlandia— y posteriormente fusilado, como miles de rusos durante el Gran Terror de Stalin. Su historia la recogió el escritor Olivier Rolin en un libro llamado El meteorólogo: leyéndolo aprendí este nuevo nombre, Lubianka. Lubianka puede ser la plaza donde me encuentro, la parada de metro que está detrás de mí, o este gran edificio amarillento, al que todavía se agarran como insectos negros —tienes que acercarte para verlos— centenares de hoces y martillos a lo largo de toda su fachada. Era el cuartel de los servicios secretos soviéticos durante esos sangrientos años treinta. Me da incluso respeto hacerle una fotografía, como si estuviera delatando algo que quiere pasar inadvertido, algo frente a lo que pasan miles de rusos cada día sin ni siquiera notar su presencia.

Miro a mi alrededor para encontrar el monumento a las víctimas del totalitarismo, pero no lo veo por ningún lado. Busco fotos por internet y aparece un pequeño parque con una gran roca —traída de Solovetsky, donde El meteorólogo que hace de memorial. También leo que, en su lugar, antes había una estatua de Félix Dzerzhinski, el fundador de la Checa (los servicios secretos). La derribaron y trasladaron cuando cayó la URSS. Entonces me doy cuenta: en ese pequeño parque ahora están haciendo obras, así que no puedo pasar y ver la gran piedra ante la que cada año activistas rusos se ponen a leer nombres y nombres y nombres de los ejecutados por el régimen soviético. Dicen un apellido tras otro durante muchas horas, hasta que se acaba el día pero no su lista de asesinados, que nunca podrán recitar entera. Se marchan, y solo se queda la gran piedra y la Lubianka.

En la Plaza Roja. La catedral de San Basilio, al lado del Kremlin, me tiene fascinado. Sus cebollas enroscadas y multicolores tienen algo psicotrópico y atractivo. Parece una de esas tartas coloridas de pastelería cara, de techo azucarado labrado con formas imposibles, que hace que el pastelero merezca un gran aplauso. El problema es que estas tartas están más hechas para el escaparate que para el estómago. ¿Cuánta gente se habrá convertido al cristianismo ortodoxo al contemplar San Basilio? En cambio, ¿cuántos infieles se habrán visto golpeados por la inmensidad de San Pedro en Roma, por esa legión de santos hercúleos que observan desde las alturas a todo aquel que entra en el gran templo del catolicismo?

Como la cosa va de religiones, me pongo a hacer cola en el mausoleo de Lenin. Mientras espero, comprendo por qué los abrigos de los moscovitas son tan largos: para evitar que se te congelen las piernas. La mayoría de gente que tengo a mi alrededor habla ruso o, en menor cantidad, mandarín. Pasamos por un detector de metales y, tras casi media hora, nos dejan entrar. El interior está oscuro, los ojos tienen que acostumbrarse. En cada esquina hay unos vigilantes que, al aproximarte, te indican con un movimiento mecánico y mudo la dirección que debes tomar. La caja de cristal que contiene a Lenin está en una habitación todavía más oscura: la única luz sale de la cabeza del muerto. Parece un muñeco de cera al que le hayan instalado una bombilla en el cerebro. Uno de sus puños está cerrado. Mientras salgo del mausoleo, me doy cuenta de que un par de guardias están charlando en voz baja. Este detalle me da la diferencia respecto a otras momias famosas, como la de Mao Zedong o la de Ho Chi Minh —que, por cierto, copiaron descaradamente el diseño de interiores del dictador soviético—. Que estos dos guardias rusos estén murmurando muestra que hay respeto por Lenin, pero no tanto. En el caso chino y el vietnamita no creo que un soldado se atreviese a hacer eso en un lugar tan sagrado, en la tumba del padre fundador del Partido Comunista gobernante. Pero en Rusia Lenin es un símbolo de la nostalgia, no del poder; hay quien le deja flores, pero no hay ningún mandamás que cite sus teorías. Es la momia más famosa pero la menos influyente.    

Al salir del mausoleo, decenas de tumbas de héroes o líderes soviéticos acompañan al primer bolchevique. Algunos incluso tienen bustos, pero solo reconozco a Stalin. Es el más popular: mucha gente le ha dejado flores (rojas) y una señora se arrodilla ante él. Un chico le pregunta a una guardia de seguridad si puede tomar una foto de Stalin y ella le dice que sí, que no pasa nada. En la mayoría de tiendas de souvenirs venden chapas de Stalin, imanes de nevera de Stalin, pegatinas de Stalin para el coche y matrioskas con el bigote de Stalin. A la gente no le importa, y algunos incluso las deben comprar.

Salgo del cementerio oficial y me meto en el GUM, el lujoso centro comercial de la Plaza Roja. Mi nariz está congelada, pero nada más entrar veo a varios rusos comiéndose con alegría un cucurucho de helado. No hay demasiada gente. En el aire suena música clásica cantada en ruso. En los escaparates hay voluptuosos abrigos de pieles y chaquetas dignas de un príncipe. Los rusos saben vestirse de invierno y nosotros no. Me da vergüenza entrar en ninguna tienda tal y como voy vestido. Así que me contento con vagar por el centro comercial, hasta que me topo con una exposición sobre los vestidos de la aristocracia en la época de los Romanov. Y me digo a mí mismo: en la Plaza Roja caben todos.

3 de noviembre de 2017

Ministerio de Exteriores. Fotografía: oarranzli (CC).

Ante el Ministerio de Exteriores de Rusia. Quiero hacerle una foto con el móvil, pero no me cabe entero en la pantalla. Tiene forma catedralícea y parámetros mastodónticos; como la inmensa mayoría de edificios (todos los que veo no paran de recordarme la lección) todavía conserva los símbolos del régimen soviético. Es una celebración del poder monstruoso del Estado a través de la arquitectura. No creo que la permanencia del actual Gobierno ruso en estas oficinas sea casual.

Vuelvo a las profundidades del metro y viajo hasta la exposición soviética del noreste de Moscú, donde he quedado con Vladimir, ruso, disidente, jubilado, de familia cosaca. Sabe a lo que vengo: a que me cuente la historia de su país, lo que inevitablemente llevará a su propia historia. Aparece frente a mí y me saluda; es bajo, con gafas y gorra deportiva. Subimos las escaleras mecánicas sin saber muy bien qué preguntarnos. Pero cuando el asunto se desvía a la política, Vladimir sabe muy bien qué contestar:

—¿Y como está la situación en Rusia…?

—Ahora tenemos a Putin, el dictador. Nosotros participamos en la revolución democrática de los años noventa, cuando cayó la URSS… Yo soy socialdemócrata, no comunista, ¿sabes? No me gustan las manifestaciones del 7 de noviembre donde sacan retratos de Stalin. Nosotros, los demócratas de izquierdas, participamos en la revolución democrática, pero luego vinieron años económicos muy duros… A mucha gente no le gusta que le hables de democracia, les recuerda esos malos tiempos. Y después de nuestra revolución vino la reacción. Putin y los del KGB, que ahora gobiernan.

Caminamos hasta una estatua gigantesca, El obrero y la koljosiana, en la que un proletario y una campesina, metálicos y poderosos como semidioses, alzan su hoz y su martillo mientras caminan hacia delante. El viento les ciñe la ropa a sus vigorosos torsos. Están colocados en la cima de un edificio, para que puedan verse desde varios puntos de la ciudad. A su lado se abre, extensísima, la antigua VDNKh («Exposición de logros de la economía nacional»), un conjunto de edificios impresionantes, de estilo barroco estalinista, pretenciosos, en el que predominan los blancos y dorados, dotado de una especie de neoclasicismo que sustituye a Hércules por un cooperativista cargando un fajo de trigo, y el carro de Apolo por un cohete espacial.

—Como te decía, los demócratas de izquierdas hemos estado en todas las protestas contra Putin. Incluso editamos nuestra propia revista. El otro día fui a la Biblioteca Lenina y vi que la tenían, todavía no nos la han retirado… Todos los que vamos a las marchas contra Putin nos conocemos, somos los de siempre, los que también estuvimos durante la revolución democrática. Pero en 2011 apareció mucha más gente joven en las protestas. Buena parte se han quedado y siguen manifestándose con nosotros. A veces la policía viene a pegarnos y suelen detener a gente. Algunos acaban encerrados en prisión.

Visitamos un museo de historia rusa que hay en uno de los pabellones de la exposición. Vladimir me va contando detalles o anécdotas de cada zar frente al que pasamos. Cuando habla de historia rusa es cuando más le veo sonreír. En la zona dedicada a la etapa soviética, me explica los enfrentamientos y purgas entre bolcheviques. Me habla de la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Guerra Mundial), donde los soviéticos derrotaron a los nazis, con una chispa de orgullo en sus ojos.

Al salir del museo, buscamos un lugar para comer, dentro del recinto. Cruzamos ante una gran aeronave de exposición y Vladimir me pregunta:

—Aquí hay el museo de la técnica, por si quieres ir luego… ¿te interesa el tema?

—Hmm, la verdad es que no conozco mucho sobre esto…

—A mí de pequeño me interesaba mucho. Cuando era joven, estudié y trabajé durante años reparando aviones en un taller de las afueras de Moscú. Tuve que hacer varios viajes de servicio a lugares como Kazán y Tashkent [en la actual Uzbekistán]. Desde allí envié algunas cartas a amigos míos donde criticaba la dictadura… Eran sobres llenos de folios. Seguro que los leyó la KGB.

Entramos en una especie de comedor soviético, donde cada uno coge su bandeja y va pidiendo la comida que quiere a los cocineros. En la gastronomía se puede notar el eco del imperio multicultural que fue la URSS: podemos escoger, por ejemplo, raviolis siberianos, sopa del Cáucaso o arroz uzbeko. Pese a que actualmente sea comida de otros países, si a un ruso le pides platos típicos de su nación, es posible que te invite a uno de estos. Aunque lo que prolifera hoy en día son las hamburguesas y el sushi, que se encuentra por todos lados. Pero, a pesar de estas novedades gastronómicas, los comedores con funcionamiento «a lo sóviet» no han perdido su atractivo. No es extraño encontrar restaurantes de estilo hipster en los que tienes que ir con tu bandeja a coger la ensalada de diseño o el wok vegetariano de turno.

Al acabar de comer nos despedimos, porque Vladimir tiene un poco de prisa. Como su jubilación de la época soviética es escasísima, gana algo de dinero dando clases particulares de castellano y griego, dos de los varios idiomas que estudió, por afición, en su tiempo libre. Nos separamos, cogiendo el metro en distintas direcciones, y pienso en el libro A Moscú sin Kaláshnikov. En él, el excorresponsal Daniel Utrilla explica que hay pocos lugares en el mundo con vidas tan extrañas, apasionadas e interesantes como Rusia. Tengo que darle la razón.

4 de noviembre de 2017

Hoy es festivo en Rusia. Es el Día de la Unidad Nacional, un invento de Putin para aglutinar a la nación bajo una nueva  gran festividad patriótica. Se celebra el 4 de noviembre por tres motivos: porque es el día de la Virgen de Kazán, muy querida por los creyentes rusos (la religión); porque ese mismo día, en 1612, milicias rusas iniciaron un levantamiento contra los polacos que habían ocupado Moscú (la patria); y porque el 4 de noviembre queda muy cerca del 7 de noviembre, la antigua fiesta nacional soviética, y así, poco a poco, va sustituyéndola en el imaginario de la mayoría de rusos (el poscomunismo). Es un día festivo en el que suelen hacerse conciertos o montarse mercadillos de artesanía o comida. En la Plaza Roja, por ejemplo, hay un grupo folk que toca canciones discotequeras usando instrumentos tradicionales rusos.

En los barrios periféricos de Moscú, por otro lado, también es tradición que los partidos nacionalistas y/o de ultraderecha hagan manifestaciones que suelen acabar con varios detenidos. Los que agitan el fantasma del «peligroso nacionalismo» de Putin tendrían que explicarme cómo definirían un Gobierno donde estos grupos xenófobos llegasen al poder. Y qué les pasaría, llegado el caso, a los miles de inmigrantes centroasiáticos —de rasgos sinizados y piel acaramelada— que ahora tienen un trabajo más o menos digno en los restaurantes, taxis o calles de Moscú. No creo que fueran suficientemente eslavos para estos grupos que hoy desfilan por las afueras de la capital.

Aprovecho la mañana para visitar el Museo del Gulag. Aunque es festivo, no hay casi gente. Está un poco alejado del centro, en un barrio de aspecto residencial. El objeto en exposición que se graba en mi mente son unas máscaras que los presos se hacían para cubrirse la cara mientras picaban hielo, para que no se les congelasen las mejillas, la frente o la nariz, mientras el viento glacial les golpeaba y cortaba la cara.

Por la tarde, quiero ir a un concierto que el partido de Putin, Rusia Unida, ha organizado en el estadio Luzhnikí, uno de los grandes escenarios preparados para el Mundial de Fútbol de 2018. Cuando llego a la parada de metro más cercana, justo al salir del vagón, me encuentro de frente con varias familias agitando banderitas rusas, que deben volver del concierto. En el exterior, miles de personas hacen cola para intentar entrar en el metro, siguiendo un camino marcado por centenares de policías vestidos de camuflaje azul, con el cuerpo hinchado por sus músculos y chalecos antibalas. Varios de ellos van montados a caballo. Avanzo entre la masa de gente, en contradirección, a ver si puedo llegar al estadio. Me cruzo con familias, jóvenes con banderas de Rusia Unida (donde aparece el famoso oso ruso), abuelas repartiendo periódicos, chicos de rasgos caucásicos y asiáticos con banderines rusos, borrachos con latas de cerveza en la mano… La masa de gente es cada vez mayor y no hay fisuras por donde avanzar. Al final, me doy por vencido. No sé si a estas miles de personas las ha atraído Putin, o el concierto, o Rusia Unida, o las ganas de juerga, o el pasar el rato un día de fiesta. Rodeado de policías con porras y fusiles, vuelvo hacia el metro con toda esa multitud, absolutamente variada, imposible de sintetizar. En un país donde Rusia Unida gana por mayorías abrumadoras, ¿cómo podría atreverme a definir al «votante medio» de Putin? El único punto en común —las edades y los rasgos son tan variados— es la ligera sonrisa, de orgullo y alegría sincera, que todos tienen mientras agitan sus banderitas blancas, azules y rojas. Quizá, hace veinticinco años, esos tres colores significaban un abismo económico y social. Ahora les hacen brillar los ojos.

5 de noviembre de 2017

Estatua del mariscal Zhúkov. Fotografía: Erik Charlton

Hoy hay preparada una ofrenda floral en honor a Lenin. Llego a la Plaza Roja y empiezo a ver banderas por todos lados: italianas, chilenas, turcas, francesas, vietnamitas, brasileñas… También hay esteladas, ikurriñas y republicanas españolas. Varios de estos internacionalistas se han comprado gorros del Ejército Rojo. Cuando encuentran a un comunista de otro país, sonríen, gritan ¡tovarisch! y se hacen una foto con el móvil, alzando el puño. Hay nacionalidades que triunfan más, como los vietnamitas —¡Ho Chi Minh!, los chilenos —¡Allende! y los chinos —¡Mao, Mao!. Todos están contentos y un poco nerviosos.

Después de pasar el control de seguridad, los comunistas van avanzando poco a poco y se encuentran emocionados con la primera sorpresa: una gran estatua del mariscal Zhúkov, el gran azote de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Todos se lanzan hacia ella para hacerse más fotografías; un comunista saca una larga pancarta y varios camaradas de otros países le ayudan a sujetarla. Con un mano cogen el cartel, con la otra alzan el puño y por la boca cantan «La Internacional», en tres o cuatro idiomas a la vez. Otros comunistas pasan de largo, como uno rubio —origen no identificado— con un lacito rojo sangre y un café del McDonald’s en la mano.

La siguiente parada es la Tumba del Soldado Desconocido. Es el típico monumento presente en la mayoría de ciudades y pueblos rusos, juntamente con las estatuas de Lenin. Una gran valla separa a los comunistas del parque donde se encuentra la tumba. Hay una especie de delegación principal que está dejando ofrendas en primer lugar, aunque la mayoría de camaradas no les hace demasiado caso: todavía hay muchas fotos que hacerse con los compañeros que les rodean. Si uno mira con atención, es fácil descubrir las delegaciones más jóvenes: la vietnamita y la china, ambas con una amplia presencia femenina. A la vez, son las más organizadas. Las dos tienen un cabecilla que da órdenes —e intenta poner cara seria— a la decena de camaradas de aspecto adolescente que le acompañan. Se trata de una representación oficial del Partido en el poder, por lo que ciertas formas burocráticas son necesarias. Cuando algún viejo comunista europeo les dice algo en chino o vietnamita, o les pide una foto, las jóvenes camaradas ejecutan una sonrisa de cortesía, pero tampoco expresan demasiado interés.

El caso, por ejemplo, de los comunistas italianos, es casi opuesto. Sus gritos y anarquía feliz hacen que los organizadores rusos se pongan un poco nerviosos, ya que no consiguen mantenerlos junto al grupo principal. Las voces brasileñas, pongamos otro caso, también destacan entre el bullicio general, exultantes y cantarinas. La presencia de jubilados emocionados —de todas las naciones— es alta. La mayoría van equipados con ramos de flores rojas. Cuando por fin abren las puertas a la Tumba del Soldado Desconocido, un abuelo ruso lleno de medallas de Lenin y Stalin se pone a gritar muy enfadado. Varias señoras de su alrededor lo miran y asienten con seriedad. Los camaradas internacionales hacen esfuerzos por aguantarse la risa.

Y la última parada del Disneyland comunista es, por supuesto, el Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. A las banderas soviéticas se han añadido los cuadros de Lenin y Stalin, casi más grandes que los ancianos que los sujetan. Es otro de los grandes atractivos del tour: tu cara sonriente al lado del mostacho totalitario. El corro se hace más grande y se oyen varios hurras a Stalin. A la vez, un largo grupo ya está haciendo cola para ver la momia del Mesías soviético. El resto de la Plaza Roja está completamente desierto, frío y extensísimo.

Al marcharme, veo que la policía ha detenido a varias personas en los alrededores, y está registrando sus mochilas. No me paro a mirar demasiado, por si acaso.

*

Tarde, anocheciendo. Sigue haciendo frío. Salgo de la misma parada de metro que ayer, la del estadio Luzhnikí, aunque hoy está bastante vacía y sin ningún policía a la vista. Hay un concierto dedicado al centenario de la Revolución en las inmediaciones, aunque no sé exactamente hacia dónde dirigirme. Por cosas extrañas de la vida, sale un grupo de comunistas catalanes del metro, charlando sobre el concierto. Oigo que una de las chicas del grupo les pide, por favor, que no la dejen colgada en medio de un acto como hicieron el otro día. Poco a poco, más comunistas van apareciendo. El grupo, más o menos grande, se dirige hacia el concierto. Visto desde atrás, el contraste es interesante: los marxistas catalanes van con pantalones de Decathlon y piercing en la ceja, y las abuelas (rojas) rusas visten con abrigos de piel y zapatos de tacón. Pero todos llevan una tarjetita roja para poder entrar al concierto —cosa que yo no tengo—.

Al llegar al edificio de actos, consigo escabullirme entre la marabunta de comunistas a los que piden la invitación. Evito el guardarropa —donde hay colas inmensas— y subo hasta la parte de arriba de la sala de conciertos, donde supongo que habrá menos gente. Voy probando diferentes puertas de entrada, hasta que encuentro una donde el encargado de los billetes está despistado. Me siento casi al final, junto a un matrimonio anciano, absolutamente silencioso. El marido va vestido de militar, con el pecho repleto de medallas. Un chico moreno reparte pines del centenario entre los asistentes, y se pone a charlar con varias abuelas que han venido en grupo.

Empieza el espectáculo. Habla Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de la Federación Rusa (el segundo en escaños de la Duma rusa, bastante lejos de la mayoría abrumadora de la Rusia Unida de Putin). Al acabar su arenga, se tocan y bailan multitud de canciones. Cuando suena «La Internacional» todo el mundo se pone en pie, lo que instantáneamente me recuerda —por tópico que parezca— a la liturgia de la misa de domingo. Sucede lo mismo cuando se tocan melodías relacionadas con la Madre Patria o el Ejército Rojo: todos arriba. Después de varios himnos —ya tengo ganas de empezar a matar nazis— unos italianos con acordeones se ponen a tocar «Bella ciao» en versión tecno, moviendo impúdicamente las caderas. Aunque lo mejor son los increíbles bailarines del ballet rojo, sus acrobacias geniales espada en mano, sus saltos temerarios de un lado a otro del escenario, sus piernas estirándose de Kaliningrado a Vladivostok. Me sumo a la euforia general, y no paro de aplaudir.

6 de noviembre de 2017

Exterior del Museo de los Cosmonautas. Fotografía: Andrea Hale (CC).

Visita al Museo de los Cosmonautas, llenísimo. La sensación al pasear entre esas réplicas de metal es casi infantil, de emoción ante juguetes inmensos y poderosos. Es admirable el respeto que los ingenieros y científicos se ganaron ante la nación. Camino entre trajes de cosmonauta, perritos heroicos disecados o réplicas del interior de las naves. Paseando entre esos objetos, observando a niños rusos y viejos rusos embobados ante un vídeo de Gagarin, entiendo ligeramente la euforia colectiva que representaba el espacio, el optimismo racional-científico absolutamente ligado al comunismo, la alegría por los grandes logros del Estado y, por tanto, de uno mismo.

Vuelvo hasta el centro de Moscú, hasta la catedral del Cristo Salvador —una fe más actual que la de los cosmonautas—. La iglesia parece más o menos vieja, pero pone que fue construida en los años noventa. Es blanca, gigante, ortodoxa y dorada. ¿De qué me suena esta catedral? Lo recuerdo: Ryszard Kapuściński, en su libro El Imperio, cuenta cómo Stalin derruyó esta misma iglesia en 1931, con el objetivo de construir en su lugar un gigantesco Palacio de los Sóviets, con un gigantesco Lenin encima. La demolición fue una bestialidad, y Kapuściński lo explica así:

Stalin ordena la demolición de la más grande edificación sacra de Moscú. Dejemos volar la imaginación por unos momentos. Corre el año 1931. Imaginémonos que Mussolini, que en aquella época gobierna Italia, ordena derribar la basílica de San Pedro de Roma. Imaginémonos que Paul Doumer, que por aquel entonces es el presidente de Francia, ordena derribar la catedral de Notre-Dame de París. Imaginémonos que el mariscal Pilsudski ordena derribar el monasterio de Jasna Góra de Czestochowa.

¿Somos capaces de imaginarnos algo semejante?

No.

Al final —cuenta Kapuściński— no hubo Palacio de los Sóviets. Una vez muerto Stalin, los cimientos de la catedral se usaron para construir una gran piscina pública. Y una vez desaparecido el ateísmo de Estado, la catedral volvió a su lugar, tal y como la veo ahora, como si nunca hubiera pasado nada.

Camino lentamente hacia el Kremlin, que está bonito e iluminado bajo la noche negra. Llego hasta la puerta de una pequeña iglesia, la de la Virgen de Kazán. El interior es confortable y levemente oscuro. El techo, cercano y hogareño. Las ráfagas de incienso y el humo de las velas crean el ambiente y el mareo propicios para la aproximación espiritual. Las mujeres del interior —abuelas centenarias, rubias con taconazos y velo ortodoxo— miran profundamente, como aguantando la respiración, a las decenas de iconos de santos y vírgenes que cuelgan de las paredes. Se acercan a uno de ellos como quien se acerca a un confidente, le susurran una oración, se santiguan y le dan un beso. Encienden una vela. Caminan hasta otro icono, acercan la cabeza, le hablan y le besan. Algunas lágrimas les acarician las mejillas.

Salgo a la calle. Está animada y llena de hermosos abrigos.

7 de noviembre de 2017

Hoy, finalmente, se cumplen cien años de la Revolución bolchevique de 1917. Releo al historiador Orlando Figes y su obra magna sobre la gran revuelta rusa. Las diferencias entre la insurrección de febrero del 17 —popular, violenta, caótica, transversal— y el golpe de octubre del mismo año —quirúrgico, minoritario, planificado, efectivo—. Obviamente, la que se recuerda es la bolchevique, aunque el imaginario popular ha mezclado las características izquierdistas más seductoras de ambas. Pero ¿realmente Moscú mira hacia atrás, hacia ese terremoto de hace cien años?

Si uno pasea por las calles, la respuesta más intuitiva es decir que no. Pese a que algunos museos anuncian exposiciones relacionadas con el centenario y que algunos quioscos todavía venden medallitas con la cara de Lenin, a pesar de que dentro de unas horas miles de nostálgicos cruzarán el centro de Moscú con carteles de Stalin y banderas rojas, la Rusia actual ya ha dejado atrás el comunismo. A decir verdad, a pocos les importa realmente el pasado, ya sea para buscar justicia o elogiar aquellos tiempos.

El problema es que las comunidades no funcionan sin mitos. ¿Qué hacer cuando no se puede mirar hacia la violenta revolución leninista, ni tampoco hacia la catastrófica revuelta «democrática» de los noventa? Buscar un motivo de orgullo transversal, un hecho donde todos los rusos —ya fueran ricos, pobres, derechistas o comunistas— salieran victoriosos. La Segunda Guerra Mundial, es decir, la Gran Guerra Patriótica, la victoria de la Madre Rusia contra el enemigo nazi, el sacrificio de padres y abuelos para detener al invasor es un recuerdo que no despierta ni rencores ni conflictos, y donde casi todo el mundo se siente interpelado. Por ese mismo motivo, hoy, 7 de noviembre, centenario de la Revolución rusa, el Gobierno ha decidido traer un montón de tanques, todoterrenos militares y hombres y mujeres vestidos con ropa del Ejército Rojo a la Plaza Roja de Moscú. Grupos de niños sonrientes escalan hasta la cima de un tanque; abuelos emocionados cantan canciones de la guerra alrededor de un acordeón; una niña se viste con un viejo traje del ejército y levanta con dificultades un gran fusil, mientras su madre le hace una fotografía. Todo el mundo se lo pasa bien rodeado de grandes aparatos de guerra.

*

Cuando llego a la Plaza Pushkin, los comunistas ya han tomado todo su lado derecho. El frío es terrible, pero entre tanto cuerpo se hace soportable. Centenares de banderas rojas, centenares de bocas cantando himnos. Miles de camaradas internacionales y miles de nostálgicos locales levantando sobre sus cabezas retratos de Stalin y de Lenin; unos elevan su pasado, los otros, su utopía. Muchos comunistas —algunos de mi propio país— se sienten liberados al poder fotografiarse y abrazar las grandes fotografías del dictador georgiano. Sé que es puro folclore, pero no deja de ser siniestro.

La manifestación avanza por una de las aceras de la ancha calle Tverskaya. Los coches y los peatones de la otra acera circulan con completa normalidad. El comunismo ruso —aquí se ve perfectamente— es nostalgia adiestrada. La estética sustituye a la acción, para beneficio de todos. Es feo, pero no hace daño (físico) a nadie. El recuerdo de tiempos estables, tiempos grandes, tiempos económicamente míseros pero seguros, tiempos de superpotencia, tiempos en los que uno era admirado, tiempos de héroes, todos esos tiempos se mezclan en la memoria de esas gargantas viejas que cantan «La Internacional».

La marcha llega hasta el monumento a Karl Marx. A su lado hay un gran escenario con una imagen de Lenin y Stalin, donde varios dirigentes realizan interminables discursos. El frío da latigazos en las piernas. Los veteranos rusos se apoyan en sus grandes cuadros de Lenin, como si se apoyasen en un gran icono de Jesucristo. ¿Qué les falta a los hombres y a las mujeres que abrazan el comunismo? Una alegría, un martirio, una espada, un relato. Y quizá aquí está el problema: satisfacer el alma es mucho más peligroso que llenar el estómago.

3 comentarios

  1. Agustín

    Lo único malo del artículo…es que se acaba.

    Felicidades.

  2. Pingback: Diario de Moscú (1917-2017) | Barcelona era una fiesta

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