George Zimbel: en caso de incendio, los negativos primero

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The Flower ©Zimbel

11 de septiembre de 1954, George Zimbel, un joven fotógrafo freelance de veinticinco años, recibe un encargo de Pix Inc., una de las primeras agencias fotográficas. Le ha caído bien a uno de los compañeros con mayor antigüedad, que decide pasarle al novato el encargo más importante que se podía hacer en ese momento: una sesión de fotos con Marilyn Monroe. Y le daban libertad absoluta.  

Billy Wilder estaba rodando a medianoche, cuenta George recordando la escena. Cuando Marilyn llegó al set con su desde entonces famoso vestido blanco, la multitud se volvió loca, enfervorecida, pero solo hasta el punto en que podías enloquecer y montar bulla en los años cincuenta, detalla. Zimbel, desde su posición, no podía ver mucho de lo que estaba pasando. Estaba todo lleno de policía y fotógrafos. Marilyn, mientras, ensayaba su escena.

Consistía en que una rubia preciosa, con un vestido blanco, daba un paseo por la avenida Lexington con un amigo, el actor Tom Ewell. En un momento dado pasaban por encima de una rejilla de ventilación del metro mientras el tren aceleraba por debajo. El aire cálido subía, se adueñaba de su vestido y lo hacía flotar como un paracaídas. La tela se elevaba, se elevaba… El hombre se ponía nervioso, aturdido, y ella sonreía sorprendida.

Repitieron varias veces. Los fotógrafos estaban enloquecidos. Gritaban «¡Más! ¡más! ¡otra vez!». Wilder ya estaba listo para empezar a tirar película cuando, de pronto, apareció el marido de la actriz, Joe DiMaggio. Atravesó el set y se hizo el silencio. Norman Mailer escribió que iba furioso. Hasta que no salió de la zona acordonada nadie se movió. La atmósfera cambió completamente. Wilder se acercó rápidamente a Marilyn. Conversaron y, finalmente, la actriz sonrió. Era la señal de que todo el mundo podía seguir trabajando.

Zimbel entonces se saltó las normas. Fotografió mientras estaban rodando, algo terminantemente prohibido. Creía que el ruido que había podía ocultar los disparos de su obturador, pero le sorprendieron y le expulsaron del área de fotógrafos. Tuvo que irse detrás del cordón policial. Desde ahí, sacó sus fotografías. Esa misma madrugada, Zimbel calcula que se produjo la pelea en el hotel entre Marilyn y DiMaggio que le llevó a ella a pedir el divorcio días después.

Esa sesión de fotos en Nueva York fue una de las más divulgadas de todos los tiempos. Todos los medios que encontraron una excusa para publicarlas lo hicieron. Sin embargo, Zimbel no envió las suyas. ¿Por qué? Ni siquiera él lo sabe. Tal vez fuese porque estaba acabando otros trabajos a la vez y estaba saturado. Los negativos se quedaron en un rincón sin imprimir ni publicar.

Pasaron los años y seguían apilados junto a todo el material de trabajo que iba acumulando. Consciente del valor que tenían sus archivos, le dijo a los bomberos de su pueblo que si un día había un incendio se olvidaran de la casa, que fueran directos a salvar las cajas de negativos. Casualmente, hubo un incendio. Y milagrosamente, las fotos de Marilyn se salvaron. En 1966 se le quemó la casa y los bomberos, siguiendo sus instrucciones, rescataron algo más de la mitad de sus negativos.

Cuando las reveló años después de sacarlas, por fin se dio cuenta de su valor. Desde la posición que le obligaron a tomar, alejado de los focos, pudo captar todo lo que ocurría en el set con mucha mayor perspectiva. Los demás fotógrafos se centraron solo en ella, pero el objetivo de Zimbel atrapó el ambiente real, cómo ella manejaba a toda esa gente. Cómo les tenía dominados. Embelesados.

Las fotos se expusieron por primera vez en 1976. Y la tirada completa en 1982. Para Zimbel, son su testimonio de la edad de la inocencia americana. En 2000, se exhibieron en una retrospectiva en Valencia, en la Sala Muralla, un antiguo espacio arqueológico del Insitut de Valencià d´Art Modern. A su lado había una antigua placa de una diosa romana. Allí presente, Zimbel sintió que había cerrado el círculo, que colgar allí sus fotos era como el regreso a casa de la imagen de Marilyn.

Couple with coke, París 1952. ©Zimbel

Barcelona, 1 de diciembre de 2017. Me encuentro con Matt Zimbel, su hijo, y el fotógrafo Jean François Gratton en un hotel de Gran Vía. Están presentando un documental sobre él, Zimbelism, en el Festival Dart de cine documental dedicado al arte contemporáneo. Comentan entre risas que buscar una distribuidora una vez acabada la película no fue fácil. Al ser su hijo, sentía que todos pensaban: «Otro judío haciendo una película sobre su padre, tienen el ego fuera de control». Pero al ver el tráiler la cosa cambiaba. Sin embargo, en España es diferente. Este país es importante para ellos porque la retrospectiva más extensa de su carrera no se hizo ni en Canadá ni en Estados Unidos, sino en Valencia, en la citada exposición del año 2000. A partir de ahí se disparó el reconocimiento hacia su obra y comenzó un largo periplo de exposiciones por todo el mundo.

George Zimbel no ha podido viajar por su edad. Tiene casi noventa años. Pero es uno de los fotógrafos vivos más importantes. Su trabajo ha sido codiciado por museos como el MOMA y fue uno de los miembros de la mítica Photo League de Nueva York, una cooperativa que buscaba potenciar la vertiente política de la fotografía y por eso fue disuelta en la caza de brujas del senador McCarthy. Así transcurrió su carrera, ahora tan reconocida. Luchando contra la adversidad como solo podía hacerlo un freelance de los años cincuenta. Tanto que al final cambió las calles de Manhattan por el rural canadiense y se puso a criar vacas en una isla. No nos queda más remedio que hacer un Skype con él desde Montreal, donde reside actualmente, y su primera frase ya me sorprende: «Ya no hago fotografías, solo escribo poesía».

Su hijo lo explica. En agosto ha perdido a su mujer, Evelyn: «Mi madre murió este verano y desde entonces mi padre ha decidido no hacer más fotos. Pero sigue siendo un fotógrafo. No lo puede evitar. Cuando paseamos muchas veces se para y dice “esto sería una buena fotografía”, pero no está motivado como para salir con la cámara y seguir sacando fotos. Lo que está haciendo ahora es trabajar en su archivo. Tiene cuatro mil fotografías, las está etiquetando e introduciendo en cajas por periodos y temas para, con todo lo que más le guste, hacer una colección que englobe todo, una master collection».

Ya no recuerda cuánto ni qué perdió en el incendio que se llevó gran parte de su trabajo, pero siempre ha luchado por conservarlo, no solo contra las llamas, recuerda, también contra las leyes del copyright. La mayor batalla de su vida por una fotografía sacada por él la libró contra el New York Times.

Se trata de la foto que le sacó a Jacqueline y John Kennedy en 1960. En uno de sus viajes por Europa, en París, se encontró con que la vendían por cuatro mil dólares. Ahí empezó un intercambio de emails con los abogados del diario neoyorquino que se alargó un año entero y tuvo tintes kafkianos. El periódico inicialmente argumentaba que él no solo no tenía derechos sobre la fotografía, sino que durante todos esos años el New York Times se las había estado guardando gratis, sin cobrarle por el espacio que ocupaba, le escribió la abogada. Luego se argumentó que formaba parte de una base de datos histórica de incalculable valor del periódico. Hasta que Zimbel exigió ver el reverso de la imagen, donde figuraba su firma y detalles sobre el uso que se debía hacer de ella, y con eso pudo demostrar que todavía le pertenecían. Como los abogados vieron que la batalla estaba perdida, en un último intento aceptaron entregárselas, pero a condición de que el periódico se llevase un 50% de su importe si se vendían a un tercero. Zimbel se volvió a negar rotundamente y no les quedó más remedio al final que devolvérselas sin condiciones.

Jacqueline y John Kennedy, Nueva York, 1960. ©Zimbel

Pero todo esto lo recuerda riéndose: «En realidad todavía quiero mucho al New York Times y lo sigo leyendo. Si tuviese que atacar a alguien sería a sus abogados, fueron ellos quienes me enviaron todas esas cartas delirantes y en realidad me partía de risa con sus argumentos cada vez que las recibía».

Aparte de Kennedy, también fotografió al entonces expresidente Harry Truman. El encargo era plasmar qué hacía Truman en su tiempo libre. Le permitieron que estuviera a su lado cuando quisiera y la fotografía más famosa que le sacó fue en su ochenta cumpleaños. «Hoy en día no es tan fácil estar tan cerca de los personajes públicos», se lamenta.

Aunque sus fotos más recordadas son las icónicas de personajes famosos, su trabajo en la calle, retratando cada esquina de Nueva York, también son especiales. Siempre tenían un espíritu positivo, humanista. Mostró la mejor cara de los años cincuenta y sesenta. Quizá por eso tras la muerte de su mujer ha dejado de sacar fotos. «No sé si es una especie de luto», opina su hijo.

Su mujer fue clave en su trayectoria. «Ser freelance es realmente complicado» —explica Zimbel— «es muy difícil mantenerse y mi mujer, que murió, siempre me dio su apoyo, siempre estuvo ahí y en cada proyecto que quise emprender siempre me dijo “OK, OK”. Ella también tenía una ocupación freelancer, escribía,  y por eso nos complementamos, fue muy importante, porque si no tienes a alguien que esté siempre a tu lado, al final todo son peleas y ninguna de las dos cosas funciona».

No obstante, en los años setenta, decidieron abandonar Nueva York y mudarse al campo, a Canadá. Montaron una granja con vacas en la isla del Príncipe Eduardo. El cambio no fue sencillo, su hijo lo describe como un choque cultural. No les resultó fácil abandonar Manhattan, pero pronto se adaptaron a la vida local. «Seguía haciendo fotos, pero de alguna manera le dio la espalda a su carrera y empezó a estar más interesado en su granja», recuerda.

Jean François Gratton, coautor del documental, advierte que la trayectoria profesional de Zimbel se encontró con numerosos obstáculos: «Ahora parece muy glamurosa, pero en su día tuvo muchas subidas y bajadas. Hay varios libros publicados sobre su trabajo, exposiciones por todo el mundo, pero en realidad se pasó toda la vida luchando muy duro por salir adelante». Su hijo, además, añade: «No ganaba mucho dinero ¡si supieras! Yo me enteré hace poco de lo que ganaban mis padres y me pareció increíble. Nunca nos dimos cuenta de niños porque mi madre siempre conseguía que no se notasen las carencias y que nunca nos faltara nada, pero tenían muy poco».

Zimbel se despide no sin cierto desencanto por el trato que recibe la fotografía en la actualidad. Hay una tendencia a sacar y acumular fotos sin sentido, lo que él llama una «diarrea digital». Y lo que para él fue retratar una época, hoy puede ser un delito: «Es una gran hipocresía que haya cámaras en todos los edificios que nos están grabando permanentemente sin permiso y luego está prohibido para un fotógrafo hacer fotos por la calle a la gente sin ningún tipo de malas intenciones. A mí, si me quieren meter en la cárcel por hacer este tipo de fotografía ¡que me metan en la cárcel!».

Bedford Stuyvesant, 1968. ©Zimbel

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