Al otro lado de la pared

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Detalle de la imagen de cubierta de Solenoide, de Mircea Cărtărescu. Editorial Impedimenta.

Aunque ya han pasado casi dos siglos, en el entorno de los matemáticos todavía se recuerda la carta que Charles Babbage le envió a Lord Tennyson sugiriéndole un cambio en un poema en aras de la precisión matemática. El verso que sacó de quicio al matemático inglés («En cada instante muere un hombre, en cada instante nace otro») era inexacto y, en su opinión, debería ser sustituido por: «En cada instante muere un hombre, en cada instante nacen 1 1/16». Se podría pensar que la literatura no hace buenas migas con la ciencia; sin embargo, la obra de escritores como Mircea Cărtărescu, Thomas Pynchon o Agustín Fernández Mallo lo pone en entredicho. Los avances científicos han cambiado radicalmente nuestra forma de ver el mundo en los últimos años. Por la mecánica cuántica sabemos que el lugar en que vivimos es más kafkiano de lo que sospechábamos. Vivimos en un mundo de redes, cada vez más complejo, pynchoniano. Así las cosas, no es de extrañar que escritores como Cărtărescu incorporen a su ficción elementos extraídos de la física, la neurobiología o las matemáticas. Teniendo, además, en cuenta que Kafka es uno de los referentes de Solenoide, no sorprende que una de las disciplinas de la física más presente en esta novela sea la mecánica cuántica: como ha dicho la escritora Rivka Galchen, si la mecánica clásica es George Eliot, la cuántica es Franz Kafka.

El sendero de la vida del narrador de Solenoide se bifurca el día en que lee uno de sus poemas en la Facultad de Letras de Bucarest. Las críticas que el joven recibió aquel día le apartaron del camino de escritor de éxito que podría haber sido: «La línea de nuestra vida real se endurece después, se fosiliza y adquiere coherencia —pero también la simpleza del destino—, mientras que las vidas que habrían podido ser, que habrían podido desprenderse a cada momento de la ganadora, quedan reducidas a líneas de puntos, fantasmales: creodas, transiciones de fase cuántica, traslúcidas y fascinantes como los brotes que vegetan en el invernadero». Lejos de convertirse en un escritor de renombre, nuestro protagonista es un profesor de rumano en una escuela de Bucarest en la época comunista.

Habría que remontarse al Locus Solus, de Raymond Roussel, para encontrar una casa tan llena de artilugios imposibles como los que abundan en la casa del narrador (el sillón del dentista, el propio solenoide…). Además, si hubiera que decir a qué estilo arquitectónico pertenece, no sería descabellado decir que la casa es de «estilo cuántico». El narrador no sabe con exactitud cuántas habitaciones, escaleras o pasillos tiene la casa en la que vive. A veces, para poder regresar a su habitación, se ve obligado a entrar en habitaciones que no sabía que existían, a recorrer «docenas de kilómetros, pulsar miles de interruptores» antes de dar con su habitación. También se observan «huellas cuánticas» en el colegio donde da clase. «Los laboratorios parecen cambiar continuamente de sitio», con frecuencia el narrador tiene problemas para encontrar la clase donde están sus alumnos o llega a la sala de profesores «al cabo de varios años, al final de una serie de incontables peripecias».

Curiosamente, la única habitación que «permanece siempre inalterada (…) es el dormitorio: el único lugar banal, polvoriento de la casa». El polvo del dormitorio indica que es el único sitio donde el tiempo hace mella, los demás están al margen de su discurrir. Quienes hayan visto Interstellar, de Christopher Nolan, recordarán la habitación polvorienta donde la protagonista, el personaje que interpretaba Jessica Chastain, se comunicaba con el «fantasma» que se encontraba al otro lado de la estantería. Algunos detalles de la película, como el poema «No entres dócilmente en esa buena noche», de Dylan Thomas, o el teseracto, aparecen también en Solenoide. Pero quizá sea la necesidad de salir de aquí, la idea de que puede haber otros mundos al otro lado de la pared, lo que más me ha recordado a Interstellar. La novela está llena de personajes, algunos de ellos reales, que quieren huir, que quieren saber qué hay al otro lado: Nicolae Minovici, profesor de Ciencia Forense de Bucarest, se ahorcó en innumerables ocasiones para explorar qué se ve cuando uno está a las puertas de la muerte; el portero del colegio ansía escapar de este mundo abducido por los extraterrestres; el propio narrador se siente encerrado dentro de su propio cráneo y concibe la escritura como una forma de huida.

El «multiverso» del narrador se compone de mundos dentro de mundos —o, mejor dicho, de cárceles dentro de cárceles—: «Soy prisionero de mi mente, que es prisionera de mi cuerpo, que es prisionero del mundo». Vivimos en un universo limitado, construido por nuestra conciencia con la información que recibe de los sentidos: en realidad «no sabemos cómo es el mundo», solo conocemos «la maqueta construida por los sentidos». En un alarde de imaginación difícil de igualar, Cărtărescu desciende a mundos construidos a otra escala —tan pequeños que casi habría que recurrir a la escala de Planck para medirlos— y se adentra en el universo de los ácaros. ¿Cómo es la vida de unos seres que responden a estímulos térmicos o vibrátiles?, ¿codificarán sus creencias mediante secuencias químicas?, ¿se comunicarán a través de secreciones?…

Pero, tratándose de Cărtărescu, y habiendo descrito hasta los ácaros de la almohada donde dormimos, sería raro que no hiciera mención a los sueños, elemento esencial de obras como REM o Cegador. Solenoide incluye múltiples anotaciones de un diario de sueños. Personalmente, esta parte más onírica me ha interesado menos (como suele decirse, no hay nada más aburrido que escuchar los sueños ajenos), pero, teniendo en cuenta que, en el universo narrativo del rumano, la realidad y el sueño son partes de un todo indivisible, como las dos caras de una misma moneda, los sueños no podían faltar. Para Schopenhauer, «la vida y los sueños son hojas del mismo libro. Su lectura conjunta se llama vida real». Y es que, pese a lo onírico de muchos pasajes, y lo surrealista de otros, una tiene la sensación de que todo lo que ha leído ha sido real: «Todo ha sucedido en el plano de la existencia en el que comemos y bebemos y nos peinamos y mentimos y vamos a trabajar y morimos de pena y de soledad». Aunque no con estas palabras, todos nos hemos preguntado alguna vez quién nos ha encerrado «en esta urdimbre demente de quarks y electrones y fotones». Todos nos hemos preguntado si hay algo o no hay nada al otro lado de la pared. Como al narrador, el dolor me ha convencido de que todo era real, «pues el dolor es otro nombre para la realidad». Solenoide no es nada más, ni nada menos, que una muestra del mundo interior del narrador, que, a su vez, es una muestra del mundo interior de uno de los mejores escritores vivos.

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7 comentarios

  1. Antonio

    Si fuera que nacen 11/16 la población iría disminuyendo hasta extinguirse. Lo que dijo Babbage es

    ” … If this were true the population of the world would be at a standstill. In truth, the rate of birth is slightly in excess of that of death. I would suggest [that the next edition of your poem should read]:”

    Every moment dies a man,
    Every moment 1 1/16 is born.

    “Strictly speaking the actual figure is so long I cannot get it into a line, but I believe the figure 1 1/16 will be sufficiently accurate for poetry.”

    Es decir no es 11/16, sino 1 1/16 (es decir 1+1/16 = 17/16

  2. Rebeca García Nieto

    Muchas gracias, Antonio. Efectivamente había una errata. Faltaba un espacio entre los dos unos. Un saludo y gracias.

  3. Esos lugares cambiantes me recuerdan a Stalker de Tarkovsky

  4. Agustín

    <>

    Qué gran verdad. Yo creo que los sueños ajenos no nos proporcionan ni una pizca de morbo como sí pueden dárnoslo los miedos o las confesiones ajenas.

    Más allá de eso, gran artículo. El título me ha ”recordado” a una escena de la película The Wicker Man, la de 1973. El baile de la actriz sueca Britt Ekland. Los golpecitos a la pared contigua a la habitación del sargento llegado al pueblo para investigar la desaparición de la niña…

    Felicidades.

    • Agustín

      Uy, se comieron la frase que cité, perdón.

      No hay nada más aburrido que escuchar los sueños ajenos…

      Qué gran verdad…

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  6. Caudal léxico erosionado

    La ciencia y la literatura hacen buenas migas en Pynchon pero decirlo de Mallo es otro asunto. La gente que aplaude las “ocurrencias” de este autor demuestran tener pocas lecturas pre-postmodernistas y aplauden como novedad los recursos más viejos.

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