El Pirri: mito y realidad de un héroe del extrarradio

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Foto promocional de la película De tripas corazón (1985). Imagen: C.B. Films  / Julio Sanchez Valdes P.C.

Es muy difícil ordenar la vida de alguien que se ha cortado tantas veces con el filo. José Luis Fernández Eguía, conocido como el Pirri, vivió entre las comisarías de Madrid y los platós de cine interpretándose a sí mismo en Navajeros, Colegas, Maravillas, La mujer del ministro, El pico 2… La gente ha dibujado en su imaginario la mejor versión del Pirri con la escasa información que hay sobre él, empezando por su fecha de nacimiento. Y, del mismo modo, su marcha de este mundo no iba a ser diferente: ¿quién sería el culpable de la muerte de el Pirri?

El llamado cine «quinqui», además de hacer crítica social, aupaba las figuras de jóvenes delincuentes del lumpen: el Vaquilla (Juan José Moreno Cuenca), el Jaro (José Joaquín Sánchez Frutos) o el Torete (Ángel Fernández Franco), por mentar las referencias más populares. Las películas de José Antonio de la Loma, Eloy de la Iglesia o Carlos Saura mostraban cómo eran los crecientes barrios de la periferia de Madrid o Barcelona en los setenta y ochenta, ciudades-dormitorio anexionadas para las generaciones que emigraban de Andalucía, Castilla-La Mancha o Extremadura. En los noventa, serían Fernando León de Aranoa (con Barrio), Montxo Armendáriz (Historias del Kronen), Achero Mañas (El Bola) o Alberto Rodríguez (7 Vírgenes) los encargados de narrar el tiempo que les tocaba rodar… con el futuro minado.

La tasa de desempleo en España en diciembre de 1984 alcanzaba el 21,1%, según la Encuesta de Población Activa (EPA) llevada a cabo por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Esto afectaba al sector secundario, que sufría el declive de la industria desde el 75. La ausencia de trabajo desembocó en una reacción en cadena que derivó en falta de capital y, por ende, en escasez. De algo había que (sobre)vivir. «El ambiente familiar en el que creció el Vaquilla fue, quizás, el mejor caldo de cultivo de su trayectoria delictiva. Para su madre y hermanastros, la única y cierta fuente de ingresos era robar», contaba Augusto Rey en un reportaje para Informe Semanal (TVE 1). A los hurtos y atracos habría que añadir los delitos relacionados con las drogas, que en el 84 ascendieron a 6239, cifra que en 1977 era de 265 (conforme a datos policiales).

El hijo de nadie

Navajeros (1980). Imagen: Acuarius Films / Fígaro Films / Producciones Fenix.

El Pirri nació en la UVA (Unidad Vecinal de Absorción) de Pan Bendito el 20 de febrero de 1965, aunque hay fuentes que señalan el 19 de febrero de 1966, e incluso de 1967, como fecha correcta. La madre desapareció, dejándolo abandonado, y los medios publicaron que José Luis era el hijo repudiado de un americano: «¿Ha visto usted lo que dice el periódico? Que mi niño es hijo de un americano», exponía la abuela, Concepción Fernández López, en el número 171 de Tele Indiscreta.

A título oficial, el cargo de padre le correspondería a Teodoro Fernández Fernández, un trabajador de la construcción que en el mismo reportaje explicaba: «Ya ve usted lo que yo tengo de americano. Un americano del barrio de Ventas. ¿Cómo se pueden inventar tantas cosas?». Resulta que el Pirri era rubio y tenía los ojos azules, algo poco común en su entorno, pero un indicio para pensar en una hipotética ascendencia anglosajona. Quizás la inventiva y las sospechas de los vecinos fueron suficiente para hacer tambalear la credibilidad de los periodistas, porque hicieron que los cronistas se creyeran la procedencia norteamericana de el Pirri.

Teodoro se juntó con otra mujer y el pequeño Pirri fue a parar a casa de los abuelos paternos: Doña Concha y Antonio Barrionuevo García, que vivían en uno de los pisos de la Obra Sindical del Hogar de la calle Lucano, en el barrio de San Blas, donde el número de menores censados era el más elevado de Madrid por entonces.

Al chico le apodaban Pirri por el líbero del Real Madrid José Martínez Pirri. Los dos, futbolista y niño, jugaban al fútbol con el 4 a la espalda, pero uno lo hacía en el Santiago Bernabéu y otro en los descampados. Además del pelo rubio y los ojos, otro de los rasgos principales del protagonista de esta historia era la falta de uno de sus dientes incisivos (la paleta izquierda). Dicen que fue «fruto de sus aventuras con los automóviles».

Rafael: Oye, Chema, tú no tienes padre, ¿verdad?

Chema: Hombre, colega, padre tenemos todos.

Rafael: Bueno, quiero decir que… La señora Angelina es soltera, ¿no?

Chema: Mi vieja servía antes de que yo naciera, y un día apareció con una tripa en casa. Y los señores, que iban de buenos, le dijeron: «Nada de abortar, Angelina. Debes parir y dejaremos que traigas al crío». Y pa’ mí que la dejaron preñá en esa misma casa. O si no de qué.

Rafael: ¿Quién? ¿El ministro?

Chema: ¡Qué va! Ese es un pichafría. Pero cuando estaba soltero organizaba unos guateques con sus amigotes que no veas. Y pa’ mí que uno de ellos se la entaligó una noche y… ¡zas!: Le puso una varita. ¡Y hale, aquí me tienes!

(Extracto de la película La mujer del ministro).

El Pirri estaba en la vida porque le habían dejado ahí, pero gracias al cine fue un secundario héroe de barrio. En él buscaban esperanza los chavales que querían ser famosos para llevar dinero a casa y salir del entorno, tal vez por supervivencia, para no caer en lo mismo que se encontraban con cada tropezón en el parque: una cara astillada por las jeringuillas. Ir al colegio no era una prioridad en muchos casos, pero nadie era lo suficientemente mayor en un mundo con tan pocas opciones de progreso que empujaba a pegar palos o a trabajar recogiendo cartones y chatarra. Nadie les hablaba de milagros ya, pero seguían creyendo en ellos.

La gente del cine se enrolla

Foto promocional de la película De tripas corazón (1985). Imagen: C.B. Films  / Julio Sanchez Valdes P.C.

La entrada del Pirri en el cine fue casual. El director guipuzcoano Eloy de la Iglesia quería autenticidad para el reparto de Navajeros, su decimoquinto título, razón por la que le encargó al guionista Gonzalo Goicoechea que buscara chavales por los barrios de la periferia de Madrid: Vallecas, San Blas, Hortaleza, La Elipa, Tetuán y barrio de la Concepción. Querían «conseguir una especie de copla popular sobre un niño-bandido, donde, por un lado, se dieran datos objetivos, cifras, estadísticas, acontecimientos más o menos concretos, y, por otro lado, una situación mágica», argumentaba el director.

Por otro lado, había un problema insalvable: «Una película sobre la delincuencia juvenil está siempre condenada a ser una historia moralista, y nosotros precisamente lo que queríamos era hacerla al revés: un cuento de policías y ladrones con los valores invertidos». La cinta iba a estar basada en hechos reales aunque con personajes imaginarios, y llegaba a la conclusión más patética: «Unos tienen necesidad de dar un tirón al bolso y otros no; lo tienen resuelto de otra manera. Creo que la marginación de los chicos, en una edad comprendida entre los catorce y los veinte, es en este momento tan marcada en las capas medias como en las zonas suburbiales», analizaba De la Iglesia en El País antes del estreno de Navajeros.

A la convocatoria acudieron más candidatos de los necesarios. Los no seleccionados, al terminar la sesión de casting en las oficinas que la productora tenía en el paseo de la Habana, reclamaron el dinero que se habían gastado en ir hasta allí. El Pirri se había colado y estaba entre ellos. En un lance del tumulto, Gonzalo agarró al Pirri por los hombros. «Tú no te mueves de aquí, trasto», le dijo el guionista. Pero el niño, sin cortarse, lo amenazó: «Si te estás quedando conmigo, mira que te busco y te curro». Otra versión dice que lo vieron en la calle con una moto que había robado y que por eso lo seleccionaron. También hay quien cambia la moto por un paquete de tabaco. De cualquier manera, el Pirri había sido elegido por Goicoechea para ser el Jaro protagonista de Navajeros, pero Eloy ya había elegido a José Luis Manzano para ese rol.

El Pirri interpretaba al Nene, un personaje que formaba parte de la turba que destroza el pub El Globo, en Chamartín, para vengar al Jaro por la violación que había sufrido por parte del exboxeador Kid Merino, «al que, a pesar de haber sido peso pesado, sus amigos le llaman la Maritrini», como le presentaba el Marqués (Enrique San Francisco) en la escena en cuestión, la cual costó una buena cantidad de multas al equipo de producción: «Ese día de grabación fue un cristo», recordaba en Esquire San Francisco, que coincidió con el Pirri también en Maravillas, La mujer del ministro, The hit y Colegas, donde figuraban Antonio y Rosario Flores. «Hicieron un casting a chavales de verdad —continúa Enrique sobre la escena de Navajeros y les preguntaron si querían salir en la película, así que los citaron ahí. Destrozaron la calle, destrozaron el bar… Producción tuvo que pagar un montón de multas y denuncias porque los chavales llegaban en las motos y, en lugar de aparcarlas, las estampaban contra los coches para subir por encima de los techos hasta alcanzar el bar. Lo que pasa es que los coches no eran de producción, sino de los vecinos que vivían en esa calle», matizaba el actor.

Más allá del destrozo, el Pirri no tenía diálogo en esa intervención. Sería en los últimos veinte minutos de película cuando diría su primera frase, durante la preparación del atraco a una sucursal de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid junto con el Jaro y su banda (el Butano, el Pastillas…): «No te preocupes, tronco. Tú ya nos conoces de antes y sabes que somos legales», tranquilizaba el Nene, el más canijo de todos y el único de los cuatro que permanecía de pie.

Todos los actores fueron doblados salvo el Pirri, cuya voz hacía gracia a Eloy de la Iglesia. Durante una tarde de sesión, en los platós Cinearte, el joven llegó en muy malas condiciones y desapareció a los diez minutos. Al volver, se mostraba ausente. Tina Sáinz, que doblaba a la mexicana Verónica Castro en la película, le preguntó si estaba bien: «Es que me he metido caballo», respondió el Pirri que, a esas alturas, se encontraba con un pie en la adolescencia y otro en la niñez.

El Pirri se sube al potro

El pico 2 (1984). Imagen: Ópalo Films.

Desde Navajeros hasta su última aparición en El juego más divertido, de la mano de Emilio Martínez Lázaro, el Pirri participó en catorce películas a lo largo de ocho años, incluida La estanquera de Vallecas, donde tiene una escena tan fugaz como memorable. También trabajó con Stephen Frears en The Hit y en el largometraje de Julio Sánchez Valdés titulado De tripas corazón, haciendo el papel del Chirlo y compartiendo protagonismo con Juan Diego y Patricia Adriani.

Chirlo: Las almóndigas serán de confianza, ¿eh?

Camarero: Ajá…

Chirlo: ¿Y las cocretas?

Camarero: Muy buenas.

Chirlo: Entonces tráeme almóndigas y el entrecot.

Camarero: ¿El señor lo quiere hecho o muy hecho?

Chirlo: En su punto.

Jaime: Ya me di cuenta en el bar de que eres un perfecto gourmet.

Chirlo: En estos sitios no se puede pedir pescao; todo es congelao. Y los menús son pa’ albañiles

(Extracto de la película De tripas corazón).

La reina del mate, Caso cerrado, Sé infiel y no mires con quién y Policía se suman a la filmografía del Pirri, sin olvidar El sur y El pico 2. «El cine es lo único que logra mantenerme en casa», relataba en una entrevista para El País, publicada el domingo 14 de abril de 1985. «Me llevo el guion y me encierro en mi habitación. Lo leo hasta que me lo aprendo de memoria. Luego lo grabo en un loro [magnetófono] y lo ensayo continuamente». Después solía coger el libreto y repartía los papeles entre sus colegas para interpretar un personaje cada uno. Pero en algunas películas tenía un papel tan corto que no aparecía ni en los créditos, mientras que en otras hacía un cameo de típico delincuente de barrio.

Hubo una vez que ni siquiera apareció actuando, sino que fue su voz la que podía reconocerse. Sucedió en El sur, de Víctor Erice. La escena se limitaba a una llamada telefónica a Estrella (Icíar Bollaín), haciendo del Carioco:

Estrella: ¿Qué quieres?

Carioco: Nada, hablar contigo. Esta mañana me he tirado una hora esperando. ¿Dónde te has metido?

Estrella: Fui por otro lado.

Carioco: ¿Y eso? ¿Pero no habíamos quedado?

Estrella: Sí, ya sé que habíamos quedado, pero…

Carioco: No quieres verme, ¿eh?

Estrella: No.

Carioco: ¡¿Pero por qué?!

Estrella: Mira, porque estoy harta de ti y de todas las estrellitas que vas pintando por las paredes. ¿Tú qué te has creído?

Carioco: ¿Yo? Lo que a ti te ha dado la gana. Me invitas al cine, me llevas a los jardines, me das un beso…

Estrella: Bueno… ¿y qué?

Carioco: ¿Cómo que «bueno y qué»? Estrella, tú estás muy confundida conmigo. Tú a mí no me conoces, que yo soy capaz de hacer cualquier cosa. ¿Sabes por qué las chicas me llaman el Carioco? Pues si no lo sabes te vas a enterar.

(Extracto de la película El sur)

Aunque el equipo de Eloy de la Iglesia pagaba por jornada trabajada, los personajes que hacía el Pirri no tenían las suficientes páginas en el guion, y por tanto eran menos jornadas de rodaje, por lo que al final cobraba la cantidad equivalente a la mensualidad de un obrero, poca cosa para una persona que estaba enganchada al caballo.

Para no quedarse con una película a medias debido al abandono masivo de sus participantes, en algunos equipos de rodaje conseguían heroína para que sus actores no dejaran el proyecto por culpa de un mal mono. Eso no quiere decir que se pagara en una película con heroína, cuidado. «Supongo que producción hablaría con un tío que iría a comprar. No querrían ni verlo, pero no les podía faltar el caballo durante el rodaje, porque si faltaba heroína se piraban y no había película. Eran heroinómanos de verdad los que salían en ellas», confesaba Enrique San Francisco, poniendo de ejemplo Deprisa, deprisa, de Carlos Saura.

Rogelio: ¿Queréis?

Pirri: ¿Qué es: potro o perico?

Rogelio: Coca buenísima.

Pirri: Dabuten.

(Extracto de la película Colegas)

Con el Pirri hubo que tener cuidado y poner a su cargo a alguien de producción para que lo tuviera controlado, sobre todo en las vísperas de las sesiones de rodaje. Gonzalo Goicoechea lo conocía muy bien, pues el Pirri acudía a su apartamento para contarle su vida mientras fumaban porros y escuchaban música. La abuela Concha también creía en Gonzalo; su nieto le pedía dinero y la amenazaba si no se lo daba, llegando, en algunas ocasiones, a agredirla para después robarle «lo poco que quedaba de la pensión del abuelo una vez pagadas las facturas», como escribe Eduardo Fuembuena en el libro Lejos de aquí.

Lo que el Pirri cobraba por sesión se lo entregaba el ayudante de dirección a la abuela Concha al final de cada semana y durante el tiempo de rodaje para que el chaval no se enterara y se lo gastara antes de llegar a casa. Él mismo reconoció en El País Semanal que empezó a probar las drogas desde pequeño: «Luego, sin darme cuenta, estaba enganchado. Hasta que vi que eso no era plan. Estaba hecho polvo y me encontraba fatal. Y luego, mis abuelos, siempre amargados, siempre sufriendo por mí. Todo lo contrario a lo que veo ahora. Es que la droga te guía todo. No eres persona. Quien esté en esto y diga que es persona, miente», concluía.

El maricón del Tejas

El pico 2 (1984). Imagen: Ópalo Films.

El Pirri era una celebridad en el barrio. «¡Ese Pirri, el de las películas!», le gritaban por la calle. El desparpajo y la forma que tenía de hablar fueron cualidades suficientes para encantar a la audiencia y al mismo Eloy de la Iglesia, que acabó incluyendo alguna frase del Pirri en sus películas. «Parece que lo haya escrito él, ¿verdad?», solía decir Gonzalo Goicoechea.

Por otro lado, José Luis Manzano fue un personaje muy popular después de Navajeros, pero su rostro se hizo más visible en las portadas a raíz de haber sido Paco Torrecuadrada, el hijo del Comandante de la Guardia Civil Evaristo Torrecuadrada en El pico.

Una voz en off, como en La naranja mecánica de Stanley Kubrick, narraba cómo era ser el hijo de un Guardia Civil en Bilbao. «No era plato de gusto en aquellas tierras», dice la voz del actor Pedro María Sánchez, que también doblaba a Alex DeLarge (Malcolm McDowell) en la película de Kubrick. Paco tenía un mejor amigo: Urko (Javier García), hijo del diputado abertzale Martín Aramendia.

Los dos (Paco y Urko) estaban enganchados al caballo. Urko, de hecho, murió de sobredosis después de haber asesinado —con Paco presente— a un traficante (el Cojo) y a su mujer en Barakaldo.

Para huir de su pasado y de la adicción a las drogas, Paco viaja a Madrid con su padre. Pero el pasado siempre vuelve y la prensa lo involucra en el suceso: «El hijo de un comandante de la Guardia Civil presunto asesino de dos traficantes de heroína», titulaban en el diario 24 Horas. A pesar de los intentos del padre para desviar la justicia, su hijo acaba siendo detenido y llevado a la cárcel de Carabanchel, en Madrid.

Una vez trasladado a una celda con presos comunes, Paco conoce al Pirri. «Tú tranqui, colega. Si ya te irás acostumbrando». Cuando a él lo detuvieron, le robaron y le partieron el culo, la misma suerte que iba a correr el recién llegado.

Para conseguir la droga, Paco iba al cubículo de Imanol Orbea Retolaza (alias el Lehendakari), condenado por tráfico de drogas y por el asesinato de un miembro de la Guardia Civil (relacionado con el grupo terrorista ETA). El Lenda, como le llamaban, quería tener cerca a Paco, así que hizo que tanto él como el Pirri se mudaran a su chabolo, donde la vida era más soportable. Sin embargo, Pirri no tardó en descubrirle el gusto al caballo. «Y a los pocos días, corría al galope, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida», narraba la voz en off.

En Carabanchel tampoco tardaban en presentarse nuevos problemas. El Tejas (Valentín Paredes) y su grupo también estaban enganchados, pero además querían violar a Paco. «Mira esos. También trapichean con burro. Pero al loro con ellos, que son unos bujarrones», advertía el Pirri a su compañero cuando se los encontraron yendo a por cuatro kawis (cafés). «Recuerdo que la primera vez que vi al Pirri fue el día que tenía que rodar con él. Íbamos en el coche de producción que nos recogía para llevarnos al rodaje. Él iba dormido y despertó cuando llegamos». Quien habla es Valentín Paredes. A Valentín el Pirri le parecía un «tipo majo, un poco ingenuo y, quizás, un poco perdido en el cine», y piensa que tanto a este como a José Luis Manzano les vino grande el éxito, perdiéndose en un mundo irreal. No obstante, recalca que eran «dos chavales estupendos y con buen corazón».

Paco y Pirri fueron los protegidos del Lenda hasta que se fugó de la cárcel. Ademas de la protección, se iba el modo de conseguir droga. El mono no tardó en llegar y, con él, la desesperación para conseguir cuatro talegos de jaco.

Pirri: ¿Has pillao?

Paco: No hay jaco, Pirri. No me han pasado nada.

Pirri: ¡¿Pero qué dices?! ¡Te lo has metío tú todo! Tienes los ojos como puntas de alfiler.

Paco: Que no, Pirri. Que solo me han pasao un pico y nada más.

Pirri: ¡¿Y las pelas?! ¡Dame la pasta ahora mismo! ¡Me voy a cagar en la hostia!

Paco: Me han tangao. Esos hijos de puta se han quedao con todo.

Pirri: ¡Esto me pasa a mí por fiarme del hijo de un picoleto!

(Extracto de la película El pico 2)

A continuación, el Pirri cachea a Paco. Al revisarle el trasero y sacar la mano del pantalón, descubre que tiene los dedos manchados de sangre: el Tejas había logrado su objetivo. Lleno de ira, el Pirri fue en búsqueda de su enemigo gritando por las galerías: «¡¡Ese Tejas!! ¡¡¿¿Dónde está el maricón ese??!!». Tras revisar el edificio, Pirri se encuentra con el Tejas en el patio, donde se baten en duelo armados con un pincho cada uno. Entonces, de fondo empiezan a sonar los primeros acordes de la canción «Debajo del olivo», cantada por Juana Salazar.

El duelo necesitó de ensayos previos y dos días para hacer la escena. «Quedamos con el director Eloy de la Iglesia unos días antes de rodar para ensayar la coreografía en un local y llevarla más o menos montada. En esos días fue cuando más pude conocer al Pirri». Valentín y José Luis se llevaban diez años, pero estrecharon lazos: «Me prometió que el día del rodaje no se metería nada, pero de vez en cuando desaparecía y había que buscarlo», añade Paredes.

A ver si te buscas una musiquilla guapa, ¿no, colega?

El pico 2 (1984). Imagen: Ópalo Films.

Al bueno del Pirri le gustaba escuchar la música de Tijeritas, Camarón de la Isla y Parrita. Lo hacía durante la siesta. Era música que podía encajar sin problemas dentro las producciones cinematográficas en las que trabajaba y en las de los demás, siempre con la misma temática: «Vuela que vuela» (Terremoto), «Al Torete» (Bordón 4), «Heroína» (Los Calis), «Soy un perro callejero» (Los Chunguitos), «El Vaquilla» (Los Chichos)…

El flamenco, la rumba y el rock eran piezas fundamentales de las bandas sonoras del género. Sonaban a través de un tocadiscos o de un loro, ya fuera en el parque o en un Renault 12 (conocido como R-12). Junto a los Burning, también estaba en la banda sonora de Navajeros el trío Rumba Tres (José Sardaña y los hermanos Juan y Pedro Capdevila) con la canción «Y no te quedan lágrimas», la cual se podía escuchar en dos ocasiones a lo largo del filme.

El tema, que contaba la historia de un desamor por una traición, es un recuerdo sonoro del cine quinqui. «Si no recuerdo mal, la canción llegó a la banda sonora gracias a la compañía de discos que teníamos en ese momento (Belter). Parece ser que les encajaba bien en la historia y a nosotros nos pareció genial la idea. Fue un temazo que lamentablemente quedó un poco en el olvido», empezaba explicando Pedro a través del correo electrónico. En 2016, Rumba Tres volvió a grabar la canción con un sonido más actualizado. Una curiosidad: José no supo que su canción aparecía en Navajeros hasta que vio la película. «En esa época estaba muy centrado componiendo», dice Sardaña.

Ya es hora que nos hablemos claro y de frente
No queda ya entre nosotros ni compasión
Tus cosas me dejan seco e indiferente
Tus besos ya no me dan frío ni calor.

(Extracto de la canción «Y no te quedan lágrimas»)

En el documental Rumba Tres, de ida y vuelta, dirigido por Juan Capdevila (hijo) y David Casademunt, se cuenta que los tres músicos del trío se criaron en el barrio de Bon Pastor, en el sector de Cases Barates, en Barcelona. «Vimos amigos que acabaron hundidos por culpa de las drogas y otros vicios. Pero había de todo, piensa que era un barrio obrero, un barrio de currantes que venían de toda España, y allí se fusionaban todas las culturas», añade Juan. Pepe, aparte de coincidir con su compañero, explica que había vivido una infancia en el barrio «muy tranquila». Incluso comparaba la situación de entonces con la actual en lo que a inseguridad se refiere: «Recuerdo que dejábamos la puerta de casa abierta todo el día y nunca pasaba nada. Pero, hoy en día, ¿quién se fía de dejar la puerta de su casa abierta?».

Aseguran que tienen poco de quinquis y que su rumba «es la menos flamenquilla de todas las que salen». El estilo, aseguran, es un poco más mediterráneo, una rumba catalana con variables fusiones musicales, fruto de las diferentes culturas. Para Pedro, la emigración tuvo mucha influencia en ellos: «Empezamos con la cançó catalana, pero la fusión de gentes en el barrio y la alegría que tenía la rumba hizo que nos decantáramos por este género musical». ¿Y es posible que el flamenco o la rumba hayan tenido tanta importancia en los emigrantes porque esta música era la única forma de recordar su tierra estando lejos de ella? Responde Juan: «Es posible que sí. Desde luego ayuda a recordar tu tierra cuando estás lejos de ella, pero no creo que sea la única causa. También están las ganas de ser feliz y de salir de un momento gris». De la suma surgió el mestizaje entre personas de diferentes lugares y culturas, algo que logró que todos, a través de los diferentes géneros musicales, se sintieran dentro de una pequeña parte de la sociedad.

Como dijo el crítico de cine de El País, Gregorio Belinchón, no hay cine quinqui sin rumba. «Ojalá más géneros cinematográficos apuesten por este estilo musical como hicieron los hermanos Coen con El gran Lebowski, metiendo la rumba de los Gipsy Kings», reivindicaba Juan haciendo referencia al tema «Hotel California».

Gracias a un montaje de YouTube, la imagen del Pirri y su frase «A ver si te buscas una musiquilla guapa, ¿no, colega?» dentro de un R-12 con el Jaro, el Pastillas y el Butano se ha relacionado con «Y no te quedan lágrimas». Pero en realidad la escena no contenía música, sino la noticia radiada de un atentado de ETA. En un homenaje a la película, alguien decidió hacer sonar la canción justo cuando Butano encendía la radio del coche.

Entre Vicálvaro y San Blas

Foto promocional de la película De tripas corazón (1985). Imagen: C.B. Films  / Julio Sanchez Valdes P.C.

Las causas del fallecimiento del Pirri, el 9 de mayo de 1988, tampoco han terminado de quedar claras. Fue encontrado sin vida en un descampado de la carretera de Vicálvaro a San Blas. La policía redactó en el informe que el joven, que hasta ese momento tenía veintitrés años, había muerto por sobredosis: «Minutos después de las diez de la mañana de ayer, un transeúnte telefoneó a la policía. Acababa de descubrir, en un descampado de la carretera de Vicálvaro a San Blas, el cadáver de un joven tendido en el suelo con una aguja colgando del brazo, una papelina vacía en la mano derecha y dos más junto a él. Según la policía, José Luis Fernández, el Pirri, de veintitrés años, falleció por sobredosis de heroína», contaba Carlos García Santa Cecilia en El País el 10 de mayo de 1988.

Tiempo antes de morir, el Pirri estuvo saliendo con Charo Hidalgo, una peluquera del barrio de Fuencarral. Se conocieron en Navidad, en una discoteca, y estuvieron juntos hasta el final. Por entonces, José Luis, que al fin se había arreglado los dientes, trabajaba con Fernando García Tola haciendo de crítico de cine en Tolodiario (radio) y Querido Pirulí (televisión). En ese momento, el Pirri vivía entre San Blas y Fuencarral. Cuando iba por su barrio la policía lo paraba siempre que se lo encontraba, así que se pasaba temporadas en casa de su pareja, en Fuencarral.

Policía 1: ¿Dónde está el chico?

José: Aquí estoy, ¿qué quieren?

Policía 2: Pero, vamos a ver, ¿no era un chico de quince años?

Policía 1: Eso creo, ¿a ti te llaman el Pirri?

Pirri: ¡Pero que vienen por mí, pringao!

Policía 2: Eres tú, ¿no?

Pirri: Sí, soy yo.

Policía 1: Tienes que acompañarnos.

Pirri: Bueno, pero voy a vestirme, ¿no? No me van a llevar en pelotas…

(Extracto de la película Colegas)

Según tocara, el Pirri se iba andando hasta Gran Vía, a los estudios de la SER, desde la casa de sus abuelos o desde la de su novia. «Se venía andando para matar el tiempo, para no pensar en otra cosa o encontrarse a otra gente. Alguna vez le vimos con heridas o rozaduras en los pies. Su obsesión era estar todo el día ocupado», recordaba Tola.

El domingo 8 de mayo por la tarde se pierde el rastro del Pirri. Según las crónicas de Fuembuena: «El Pirri estacionó su moto en Fuencarral y le dijo a Charo que tenía que ir a Vicálvaro a recoger unas invitaciones (para el cine) y que luego la llamaría para que se vieran». Pero no hubo ninguna llamada.

Al día siguiente, por la mañana, el Pirri yacía muerto detrás de una gasolinera. Su cuerpo presentaba múltiples signos de violencia. Parecía que alguien había arrastrado el cadáver hasta ese lugar. «Estaba muy bien, ya no se drogaba», explicaba doña Concha. Ella también creía que su nieto fue asesinado: «Mi niño tenía arañada toda la cara», le dijo a Eloy de la Iglesia. El cuerpo fue llevado al Instituto Anatómico Forense, donde se le realizaría la autopsia.

La necropsia, firmada por Alfonso Cabeza Borque, médico forense del Juzgado n.º 12 de Instrucción e Instancia, decía que José Luis Fernández Eguía no murió de sobredosis, sino por una dosis de droga adulterada que le causó un «fallo cardiorrespiratorio múltiple». Eloy de la Iglesia, que dudaba de la conclusión del informe, llegó a declarar que «la autopsia del doctor Cabeza era de vergüenza». Por las contusiones detectadas en el finado, se empezó a señalar a las malas compañías del chico e incluso a la policía por los casos de maltrato y palizas que estos aplicaban a los toxicómanos que detenían. De la Iglesia quería que el Ministerio de Interior, por entonces a cargo del socialista José Barrionuevo, investigara qué pasó de verdad.

Cuando le dieron sepultura, el Pirri tenía pendiente un juicio en el que le pedían dos años de condena por robo con intimidación. No hubiera sido la primera vez que pasara un tiempo entre rejas. La última, cansado de su propia vida, había tratado de abrirse las venas con el cristal de unas gafas. Pero fue en vano.

Paco: Nunca más volví a ver al Pirri. ¿Qué habrá sido de él? ¿Estará en un penal? ¿Andará por la calle buscándose la vida? ¿Quién sabe? A menudo le recuerdo con cariño y tristeza.

(Extracto de la película El Pico 2)

A su abuelo Antonio se le cerró el estómago y se le quitaron las ganas de comer, pero Concha no quería quedarse sola: «Solo me faltaba que te diera a ti algo y que os tuviéramos que enterrar a los dos». El 26 de diciembre de 2006, Antonio fallecía a los setenta y ocho años. Sus restos mortales descansan con los de su nieto, en un nicho del Cementerio Sur de Madrid.

Charo y el Pirri.

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7 comentarios

  1. Genial muy bien documentado y se agradecen los detalles acerca de los rodajes y la banda sonora.

    Dejo un video de dos cantantes (El Coleta y Jarfaiter) que homenajean a la película Navajeros y el estribillo recoge esa frase citada en el artículo de “A ver si te buscas una musiquilla guapa, ¿no colega?”
    https://www.youtube.com/watch?v=i8FrgarYeVo

    Yo me quedo con el mítico “Jodé macho, ¡cómo te lo montas!”

  2. Joe el Ermitaño

    Pirri = Sean Penn español.

  3. Ramón

    Mítica su frase en “se infiel y no mires con quien”:
    “que voy a hacer, empujar como todos”

  4. José Luis Manzano

    Primer artículo bueno que te leo.

  5. El grupo Barcelona 82 también hizo un montaje con la frase del Pirri “A ver si te buscas una musiquilla guapa, ¿no, colega?”

    m.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=0a_LZ0PhWyQ

  6. Lumpen

  7. Un error: Historias del Kronen no es sobre gente obrera. La novela trata sobre niños pijos de La Moraleja. Entre el grunge tan de moda esos años, el abuso del denim y la falta de pijerio de Armendariz, parecen de barrio pero no lo son.
    ¡Grande el pirri! Le he visto hoy en La mujer del ministro, esa película tan silenciada, ¿por quién, a quién le tocó los huevillos de la Iglesia en 1981? https://rohmerin.blogspot.com/2018/08/la-mujer-del-ministro.html

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