Aitor Saraiba: «Cuando vas a un país como Guinea-Conakri se te quita la tontería»

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Fotografía: Lupe de la Vallina

Cuando Aitor Saraiba abre la boca sale un poema. O un telar. O la mejor idea para pasar el invierno, que es otra forma de poema. Aitor Saraiba es como sus dibujos, su alma se escapa de las manchas y las líneas del papel, en él todo se confunde. Como sus pinturas es incontinente y sólido. Unicornios, diablos o perros que escupen fuego pueblan su trabajo, pero es la palabra la que, cada vez con más fuerza, se impone al dibujo. Pasamos unas horas conversando con el tejedor-poeta en su casa, rodeados de mensajes bordados en rosa sobre blanco, con los espíritus de Bourgeois y Parra revoloteando por encima de nuestras cabezas.

¿Heavy, marica y poeta?

Esa es la definición que tanto les gusta a los periodistas. Fue en una entrevista que hice para un canal de televisión. Me pidieron definirme con una frase y dije eso. Y me dijeron: «No puedes decir eso». Y yo: «¿Cómo no puedo decir eso?». Y me contestaron: «No, es que eso no va a quedar bien, no puedes salir diciendo eso por la tele». Y dije: «Pues no salgo». Desde entonces esa frase se hizo legendaria y no sé por qué. Y lo fuerte es que no se publicó donde se debería haber publicado.

Tu carrera profesional como artista es multifacética: exposiciones, novelas gráficas, cerámica, fotografía… ¿Cuándo y cómo empezaste a crear? ¿En qué día te das cuenta de que lo tuyo es el arte?

No sé si me he dado cuenta o no. Si me paro a pensar, igual me doy cuenta de que lo mío no es el arte. Si me dedico a esto es porque ser mago, chamán o tarotista está peor visto. Al mundo del arte, que es de lo que vivo, llego casi por casualidad y estoy muy agradecido de que la gente me haya acogido y me haya dado un espacio. Sin embargo, comienzo un día a dibujar, a pintar y a manchar para sanarme a mí mismo, y creo que es un camino que debería recorrer todo el mundo. Cuando empecé, no sé, tendría tres años.

¿Con tres años ya dibujabas? ¿Con tres años eras consciente de que hacías todo esto como un proceso para sanación?

Sí, porque además esos dibujos en esa época eran muy concretos. Me acuerdo de que mi madre trabajaba en casa, embolsando hierbas decorativas, y teníamos una casita muy, muy pequeña que sale en El hijo del legionario, y arriba había lo que era un troje [en realidad es «troj»], como un techo que habilitaban para poder habitar, un palomar, vamos. Y ahí mi madre envasaba y hacía todo esto, y yo pasé muchas horas con ella porque ella trabajaba ahí. Entonces dibujaba y todos esos dibujos mi madre los iba colocando por toda la casa.

¿Dibujabas a tu madre?

Dibujaba todo, que es lo que hago y lo que he hecho siempre. Claro, dibujaba mal, porque sigo dibujando mal, pero dibujaba todo lo que veía. Esos dibujos los iba colocando mi madre en la pared y, aunque muchos ya han desaparecido, mi madre los ha recordado durante mucho tiempo. Son dibujos de ese vacío que no he llenado jamás.

Dices que te hiciste artista porque en nuestro siglo están mejor vistos los artistas que los magos, ¿tienes en cuenta la opinión del contexto en el momento de crear y de definirte?

No, jamás la he tenido en cuenta. No he sido nada consciente de eso. Hace quince años, cuando empecé como dibujante, me presentaba a los concursos de arte y nunca gané ninguno. Siempre recibían los galardones otro tipo de prácticas artísticas y otro tipo de formatos que no van conmigo. A veces pienso: «Qué bien que nunca te fijaste en lo que estaba ganando en los concursos o en lo que los críticos estaban pidiendo». Yo me presentaba al concurso con cuatro folios que eran cuatro dibujos. Cuatro dibujos en cuatro folios no valían, no ganaba nada. Además, siempre he querido ser dueño de mi producción, por lo que solo podía trabajar en folios de Carrefour con boli Bic, y es lo que he hecho toda mi vida.

Sueles resaltar que no eres ilustrador sino dibujante, ¿cuál es la diferencia entre ambas profesiones?

Ilustrador es el que ilustra y dibujante, el que dibuja. Y cuando me dicen: «¿Por qué no te gusta que te llamen ilustrador?». Mira, yo es que solo he ilustrado una cosa en mi vida, y fue una portada para Nacho Vegas, que soy superfan de él. Y me llamó preguntando que si le hacía la portada de single.

¿Y Absolut?

No, para Absolut hice unos lienzos enormes que nos encargaron para una exposición con la imagen de mi cabra de siete ojos. Un ilustrador es al que le llaman y le dicen «hazme un dibujo para esto», y un dibujante es uno que hace lo que le da la gana. Muchas veces me llaman para darme trabajo, como, por ejemplo, ahora me ha pasado con una editorial, que me llamaron para ilustrar un libro de poemas y me dijeron: «Me gustaría esto, esto y esto». Y dije: «Mira, tú estás buscando un ilustrador». Yo hago siempre lo que me da la gana. ¡Siempre! Y a alguna propuesta que me han hecho he dicho: «Mira chico, muchas gracias pero te puedo dar el teléfono de diez personas que lo van hacer genial».

¿Hay un boom de la ilustración en este momento?

Por supuesto que no. Un boom sería si miles de personas vivieran de esto y eso no pasa. No dudo que hay gente con talento haciendo cosas, pero no hay un boom para que la gente viva de esto. Además, da un poco de pena que a veces el dibujo se quede como una actividad secundaria dentro de las bellas artes. O sea, puedes ser escultor, puedes ser pintor, puedes ser poeta, pero, si de repente eres dibujante, te dicen que eres ilustrador. Ya no eres dibujante. A ver, yo uso el dibujo para lo que me da la gana, no es un encargo ni es nada. Entonces, hay que hacer una diferencia técnica, porque el dibujo está ahí como una herramienta que se tiene que usar. Que dibujes no quiere decir que todo se use para ilustrar. Y, por otro lado, hay gente que usa óleo o collage y son ilustradores increíbles.

Tus dibujos suelen ir siempre acompañados de frases o versos, ¿crees que son necesarios para que se comprenda el significado de tu obra?

Sí, porque hay cosas que solo sé dibujar y otras que solo sé escribir. Entonces, hay cosas que tienen que ir juntas. En Por el olvido es la primera vez que solo escribo, al sentir que no podía aportar más. Se me ocurrió entonces poner el texto en manos de Paula y que, con su dibujo, su grabado, sus óleos, aporte más al texto. Aportar más quiere decir que conoce tanto la historia que se cuenta —porque es parte también de su historia— que con las imágenes se puede contar otra historia más. De hecho, Por el olvido se podría leer solo en imágenes y solo en textos y son dos historias diferentes. Cuando uso dibujo-imagen es porque es absolutamente necesario. Es la necesidad brutal, si no, no lo usaría.

Dibujo o escritura, si pudieras elegir entre estas dos cosas, ¿qué elegirías?

Enamorarme [risas]. Escribir, siempre escribir.

Te gustan el heavy metal y Nicanor Parra. ¿Qué influencia tienen la música y la poesía en tus obras artísticas?

Toda, porque la música y la literatura al final son lo mismo.

¿Estás de acuerdo con que Bob Dylan recibiese el premio Nobel?

Sí, ¡total! Es que, de hecho, es uno de los poetas que más ha influenciado a la gente en el siglo XX, más que otros poetas.

Como lector, ¿qué te da la poesía que no te aporta otra disciplina?

La poesía es como el océano, no sabes cómo de grandes serán las olas, la poesía es el néctar, ahí está todo. En un poema de Borges de cuatro versos se encierran millones de lienzos, millones de novelas. Por eso Borges nunca escribió una novela, en sus palabras: «Por qué voy a escribir una novela si puedo escribir todo esto en una poesía». Todo lo demás que hacemos todos es absolutamente innecesario, en la poesía está todo.

¿Crees que eso es lo que busca Bolaño?

Lo que busca Bolaño creo que es diferente de lo que busca Borges. De hecho, la maravilla de Bolaño es que él es, sobre todo y durante mucho más tiempo, poeta. De repente, un día dice: «Bueno, como he tenido un hijo me voy a poner a escribir novelas, que es lo que me va a dar de comer». ¡Y el cabrón lo consigue! Él sabe que, aunque su poesía esté al mismo nivel que sus novelas, nadie va a comprar poesía. Es un estratega increíble.

Le gustaban los juegos de estrategia.

Y esa forma magistral de engarzar un libro tras otro. Algo que también era propio de Borges, esa estrategia enorme en torno a la literatura. Que le salga bien es increíble, que pueda vivir de la literatura escribiendo novelas cuando estaba muerto de hambre como poeta. Y los concursos a los que se presenta, que los llamaba los premios Búfalo. El primer libro de poesía que se le publica fue a raíz de un premio que ganó en mi pueblo.

¿Tú ahí ya lo conocías?

No, esto fue en el año 93. El libro sí lo conseguí, y conseguí hablar con parte del jurado que dio el premio. Lo interesante es que se presentaba al mismo concurso con la misma novela con diferentes títulos. Claro, porque en esa época, imagínate, no había internet, cambiaba el título de la novela y lo mandaba.

¿Qué hay de Violeta Parra en tu obra y en tu vida? ¿Por qué sientes tanta fascinación por su figura?

Hombre, porque Violeta Parra es la diosa madre, como la diosa blanca en el libro de Robert Graves. Ella nos enseña que hay que cantar como se pinta, que hay que pintar como se escribe y  que hay que escribir como se baila.

Háblanos del origen de tus primeros libros: Todos tus ídolos y Un pony muerto.

Eran fanzines que yo hice mientras estaba en la universidad. En aquella época estaba obsesionado con Walter Benjamin. Me fascinaba La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Yo quería hacer un tipo de obra que se reprodujera, como decía él en su texto magistral. Picasso y Charlie Chaplin son sus contemporáneos. Charlie Chaplin hace una obra que se consume en muchos cines a la vez, en cambio, si alguien quiere ver el Guernica, tiene que viajar a tal museo. Con esa obsesión hice esos dos fanzines, que luego acabaron siendo seis, antes de sacar El hijo del legionario. Quería reproducir un cuaderno igual a los que yo dibujaba, de estos de cuadraditos de niño pequeño.

Empezaste a vender tus fanzines en mano en los bares de ambiente.

Así fue. Los vendía en fiestas de travestis. ¡Imagínate! Porque fueron las únicas que me dieron un espacio, fue la única gente que me apoyó. Así empezó todo. Los cuadernitos estos eran reproducciones de mis libretas. Era lo que yo quería hacer, que la gente al tenerlo tuviera la misma sensación que yo tenía al tener mi cuaderno. 

Ambos libros te los editó el Museo Internacional de Electrografía, donde fuiste becado. ¿Qué es exactamente este museo y qué significó en tu carrera?

Ese museo maravilloso y superdesconocido de Cuenca. La electrografía consiste en el arte hecho a través de fotocopias, faxes y todo esto. Fui becario dos años y mi trabajo consistía en archivar todos los fanzines, todas las obras de acciones que se habían hecho. El típico trabajo de un tipo que se ponía a bailar encima de un fax o encima de una fotocopiadora. Lo que hacía era escanear toda esa obra y archivarla. A mí todo ese trabajo me influenció muchísimo, estuve dos años encerrado en un cuarto, muerto de frío, rodeado de todas esas maravillas que a todo el mundo le daban igual. Te hablo de la época de Photoshop, todo el mundo obsesionado con toda esa mierda, y yo feliz con mi cuadernito rancio de fotocopiadora de los años setenta.

¿Ese museo existe todavía?

Existe. Ahora creo que está solo el archivo, que el espacio físico ya no lo tienen, pero está todo el archivo, que lo puedes visitar.

Has hecho famosos a una cabra y un pony. ¿Son tus personajes favoritos?

No son mis personajes favoritos, pero sí los favoritos de la gente.

Con lo cual, te dejas influir por el contexto.

Lo interesante del unicornio, la cabra y otros personajes como el hombre lobo o el demonio es que los hice porque eran como pequeños alter egos de diferentes estados de ánimo míos, y de hecho fueron apareciendo a lo largo de mucho tiempo, porque la cabra aparece en el año 2012, luego aparece el demonio, luego, el unicornio.

Tienen un punto surrealista, ¿no?

Para mí no hay nada de surrealista en ellos. La cabra de los siete ojos y los siete cuernos aparece en un pasaje de la Biblia que hay antes del Apocalipsis. El siete es el número más mágico que hay en el mundo. En toda mi obra nada es azar. Me encanta que la gente piense que es algo naíf y luego encuentren estos significados menos evidentes.

¿Cuál es tu favorito?

No tengo un favorito porque cada uno lo necesitaba en algún momento.

¿Y el más popular para tus fans?

El unicornio. Porque todos somos un poco unicornios.

En tu primera novela ilustrada, El hijo del legionario, muestras las dificultades que tuviste para llegar a conocer realmente a tu padre y que él te conociera a ti. ¿Cómo crees que influyó tu infancia en el desarrollo de tus obras?

Más que mi padre, la ausencia de él, porque a veces una ausencia nos marca más que una presencia. Fue esa ausencia del padre la que más que marcaba hacia el vacío tan grande que intento llenar una y otra vez con un montón de cosas que nunca funcionan, y de ahí sale por ejemplo El hijo del legionario, que es un exorcismo.

Has comentado en ocasiones que tus obras son curativas, ¿crees que dibujar o escribir sobre experiencias traumáticas sirve como terapia?

Más que dibujar experiencias traumáticas, espero, como con El hijo del legionario, haber dibujado soluciones a esos traumas.

Tu obra evoluciona constantemente, ¿no te gusta vivir de las rentas?

No, creo que tengo un compromiso con mi obra. Es que lo necesito. A mí el unicornio me encanta y me fascina, y ojalá sintiera la necesidad de hacer el unicornio como la sentía en su momento, porque no es que el unicornio me haya dejado de gustar, es que no tengo la necesidad de dibujarlo. No quiere decir que reniegue de él, todo lo contrario, a mí me encanta. Pero no, ahora me siento más cómodo haciendo esto y necesito hacer esto.

Háblanos del proyecto de los dibujos curativos.

Todo empezó cuando lo hice por primera vez en La Fresh Gallery en el año 2008. Lo hice luego en el MUSAC. Lo hicimos para Noche en Blanco de Oviedo, y para la candidatura de Santander. Es una acción muy sencilla en la que una persona venía y se sentaba y me contaba un sueño, y yo hacía un dibujo y se lo regalaba. Estuve un año y medio haciendo eso. La gente pensaba que yo iba a ser artista de dibujos curativos para siempre. No, no, no, chicos, a ver. Lo de los dibujos curativos se acabó, y luego hice novelas gráficas, y cuando hice Nada más importa, a todo el mundo le dije que no iba a haber más El hijo del legionario.

¿Qué papel juegan las emociones en el proceso creativo?

Todo. Sin emociones no hay vida, no hay dibujo, no hay pintura, no hay poemas, no hay lágrimas, no hay corazón. Sin emociones, no yo, nadie es nada.

Dalí ponía la máquina de hacer churros…

Dalí era tonto [risas].

¿Qué te aporta el formato libro?

Soy muy fan del formato libro. Las obras completas de Borges cuestan 9,95 €, y de momento es imposible comprar las obras completas de Picasso por ese precio. ¡Qué maravilla la literatura! Es que la literatura y el formato libro son tan democráticos que los deberíamos hacer todos. Todos deberíamos dejar de hacer lo que hacemos y hacer solo los libros.

Tu obra, entonces, nunca va a estar gestionada por VEGAP, como la de Picasso o Dalí.

No, la mía no, yo mi dinero lo gano en otro sitio. Yo quiero que la gente vea las cosas. Y el formato libro, además de que es tan democrático, me encanta. Es lo que he consumido siempre y lo que espero nunca dejar de hacer. Es por lo que empecé. De hecho, hice mis fanzines porque yo quería hacer libros. No quería hacer exposiciones o vender dibujos originales. Lo que pasa es que ganaba más vendiendo dibujos originales que escribiendo libros. De hecho, yo aún no vivo de vender libros, yo hago libros porque me apetece hacer libros.

Que terminaras haciendo algo con Paula Bonet era inevitable. Por el olvido de…

Construir algo. Ese olvido es necesario para construir una cosa nueva. Además, eso es de un poema de Borges llamado Otro poema de los dones. Hay un verso que dice «por el olvido que anula o modifica el pasado». Este libro se tenía que llamar así, no había otro título. Y creo que en el momento en el que estaba yo y el momento en el que estaba Paula, el momento en que nos juntamos, había algo que queríamos anular para modificar el pasado y construir una cosa nueva. Y, de hecho, el libro se ve que no es un libro de Aitor Sarabia, y tampoco es un libro de Paula Bonet, es un libro de Aitor y Paula juntos.

¿Cómo ha sido trabajar juntos?

La unión ha sido brutal. Paula y yo hemos sido simplemente transistores del universo. Nosotros hemos sido unas manos que, al conectarte con el universo, este te manda y tú solo reproduces lo que tienes que reproducir y las historias que tienes que contar. Una unión energética tan heavy en la que había unos momentos en que veía los dibujos que expresaban a Paula lo que exactamente quería plasmar. Esto pasa muy pocas veces en la vida, es como cuando conoces a alguien, y follas y dices: «¡Este polvo no se me olvida a mí en la vida!». ¡Pues eso es!

¿Por qué decidiste hacer un libro-homenaje a Roberto Bolaño?

Hago el libro porque necesitaba hacer un homenaje a la literatura, a todos los libros que me han acompañado en todos esos momentos en los que he estado tan solo. Era como una deuda.

¿Bolaño fue una excusa?

Bolaño fue una excusa de la que partir, porque Bolaño es magistral para generar todos esos satélites en torno a él, que está Lautréamont, que está Rimbaud, que está Borges, Nicanor Parra, un autor de ciencia ficción barato, Enrique Vila-Matas, Andrés Neuman.

¿Te marcó Bolaño en tu juventud?

En mi generación nos marca a todos, a todos absolutamente. De la gente que le critica siempre pienso: «Qué pena que seas demasiado viejo para seguir leyendo literatura nueva». Son cosas que pasan cuando te haces mayor, seguramente dentro de veinte años saldrá otro autor rompedor y seré yo el que diga que es una mierda.

 

Este libro lo empezaste en solitario hace cuatro años y de repente lo dejaste.

Dejo de escribirlo porque me di cuenta de que yo no soy historiador, yo no puedo contar una historia de un escritor muerto, porque escribir sobre gente muerta es muy difícil y ese papel, si le pertenece a alguien, por supuesto no es a mí, y abandono el proyecto. Luego lo recupero en el momento en que tomo conciencia de que quiero hacer un libro como lector, no como académico. Entonces me doy cuenta de que da igual la investigación, da igual toda la documentación que tenía. Podría haber hecho una tesis sobre Bolaño con lo que me documenté, pero al cambiar de mi visión académica a la de lector es cuando se recupera el libro y lo hago.

No aparece el nombre de Bolaño en la cubierta…

Es que Bolaño está en todos los sitios en ese libro. No era necesario poner la palabra Bolaño para reclamar atención. Cualquier lector un poco sensible va a saber que el título es un poema de Borges, y todos sabemos qué simboliza Borges en la obra de Bolaño, que es uno de sus poetas favoritos. Y Bolaño está en todas las historias, en cada pedazo que hay ahí. Se me ponen los pelos de punta solo de pensar cuánto de Bolaño está metido en ese libro y qué poco necesario es poner su nombre en el título. Nos pareció muy oportunista poner el nombre del Bolaño en el título, no es necesario.

¿Cuál es tu libro favorito de Bolaño?

La universidad desconocida, el libro de poemas de Bolaño, me fascina. También Los detectives salvajes, por supuesto, y Pista de hielo me encanta, y Estrella distante y 2666. La universidad desconocida es un libro de poemas que ni lo reedita Alfaguara ni Anagrama, que si lo quieres adquirir lo tienes que comprar en una versión bilingüe que se editó en inglés. Es muy fuerte que no se encuentre el libro de las poesías de Bolaño editado en castellano, dice mucho del interés que tienen las editoriales por la poesía.

¿Qué te une con Paula?

Ambos éramos dos niños perdidos en un bosque lleno de lobos. Y ahí nos encontramos, nos dimos la mano y dije: «Pues mira, si yo tengo una cerilla y tú tienes un palo con aceite, vamos hacer aquí la lumbre». Y así empezó todo, éramos dos niños perdidos en un bosque lleno de lobos.

¿Cómo es ese bosque?

Ese bosque del que yo hablo es como El laberinto de la soledad de Octavio Paz, es un lugar de soledad enorme y ahí, cuando llega Paula, o cuando llego yo a la vida de Paula y ella a la mía es como: no estamos solos. Ahora que nos conocemos estamos un poco menos solos. De hecho, existencialmente, desde que yo he conocido a Paula me siento a ese nivel un poquito menos solo, porque Paula es de las pocas personas por las que puedo poner la mano en el fuego siempre. Y no tengo mucha gente por la que pondría la mano en fuego.

Háblanos sobre tus clases de pintura al óleo. ¿Qué es lo que te ha llevado a querer investigar en el oficio de pintor?

Con la pintura me pasa un poco como con la literatura. La respeto tanto que me siento un intruso. En la universidad cogí todas las asignaturas teóricas, no las practicas. Hice Teoría del Arte, Filosofía del Arte, Arte y Literatura, y luego un día dije: «Jo, ¿cómo se pintará?». Entonces empecé a pintar mal. Había leído Pintura mala y luego Pintar sin tener ni idea de Ángel González, y otros textos similares. Esas eran mis influencias. Entonces dije, bueno, todo esto está muy bien, pero ¿cómo será aprender un poco?, y me apunté a clases de pintura al óleo, y me encantó. También me di cuenta de que no es para mí. Me tuve que acercar para entenderlo. Me ayudó mucho, porque yo dibujo mucho acuarela y es increíble cómo las clases de óleo marcaron mis acuarelas desde entonces.

En el verano de 2016 viajaste invitado por los Centros Culturales de España en México, Los Ángeles y Miami a pintar distintos murales en las paredes de sus sedes. ¿Qué conexión tienes con Iberoamérica?

Con veinte años me dieron una beca y me fui a estudiar literatura española a Tijuana. La cosa más salvaje que he hecho en mi vida. Llegué en plena euforia leyendo a Bolaño y me volví loco. Claro, en esa época todo me volvía loco, pero esos libros y ese lugar, más. Hice una conexión con México enorme, no hay un país donde se crea más en la magia y en la muerte. ¿Cómo no me voy a quedar yo fascinado con ese país?

¿Y te fuiste por culpa de las ratas?

Sí, de Tijuana sí. Las ratas que luego acabó pintando Paula.

Sabemos que la experiencia africana de hace poco más de un año fue algo importante para ti. ¿Con qué te quedas de Conakri? ¿Volverías a repetir la experiencia?

Conakri me vino genial porque fue una hostia enorme que yo necesitaba en ese momento. Fui invitado por la embajada a unos talleres de pintura en torno a Cervantes y cuando llegué allí me di cuenta de que esa gente lo último que necesitaba era a Cervantes, o a mí, o la pintura. Que había cosas mucho más importantes para ellos. Me sobrepasó total. África me vino muy bien porque me hizo parar. En ese mes me acuerdo de que estuve en Tokio, en Los Ángeles, en México, en Barcelona, en Madrid. Me acuerdo de estar ahí sentado, flipando con ese lugar, viendo todas las señales del ébola, y pensar: «¿Qué has hecho, Aitor? ¿Cómo llegaste aquí?». Me acuerdo de estar ahí sufriendo, que sufrí por todo lo que me pasó, y diciendo «gracias» por haber venido. Y es que, si no hubiera ido, iría otra vez corriendo, porque todo el mundo debería ir ahí en algún momento. Cuando vas a un país como Guinea-Conakri se te quita la tontería.

Has participado en campañas publicitarias como la de Absolut Icon diseñando cartelería, ¿no te importa participar en propuestas que te vinculen con marcas?

No, porque tengo que comer. Tengo muchos amigos punkis que tocan en festivales y me dicen: «Pero, tío, no sé qué, cómo estás haciendo esto», y les digo: «Pero tú estás actuando en un festival que está patrocinado por Heineken o por Vodafone». Y menos mal que hay marcas que tienen la sensibilidad de contratar a gente como yo, para que no me muera de hambre y pueda escribir libros que no compra nadie. El proyecto que hice con Sisley y con Benetton para mí fue brutal. Me dieron los escaparates enteros de Milán para hacer lo que yo quisiera, literalmente, lo que yo quisiera. Esa libertad no me la ha dado ni una galería de arte. Benetton me encargó hacerles el regalo de Navidad para empresa. A ellos les gustaban las cerámicas que yo tenía y les dije que esas cerámicas eran una edición limitada a cien unidades. «De estas, no te hago ninguna. Si tú quieres una, te hago una especial para ti». Y me dijeron: «Vale, haz lo que quieras». No les mandé ni un boceto siquiera, les mande la pieza original, y me dijeron: «Queremos tantas copias de esta cerámica». Entonces, claro, con esa marca trabajo sin problemas. Luego hay otras marcas que se han acercado a mí y he dicho: «No, chicos, no. Muchas gracias, pero aquí no».

Hiciste un proyecto con el Museo Thyssen y Nintendo en el que hacías tus dibujos con el videojuego Art Academy. Muy loco, ¿no?

Ese proyecto fue increíble. Ellos conocían mis fanzines, y dijeron: «Queremos que Aitor haga un fanzine para nosotros». Hice una historia autobiográfica, como son todas las mías, dibujada con ese videojuego. Y luego había talleres con los niños. La consola que me regalaron para mi comunión se llamaba Ninpondo, imagínate lo que sentí cuando me llamó para trabajar Nintendo [risas].

¿Qué te parece ARCO? ¿Conocías la obra de Santiago Sierra?

Sí, claro. Además, a mí la gente provocadora me encanta. Yo para eso soy un poco más memo y más ñoño. Luego soy más político de lo que la gente se cree. Y ARCO es una feria. Podemos hablar de obras concretas, pero una feria a mí me da dolor de cabeza. Las ferias son ferias.

¿Qué es lo que te une al hecho de tejer/coser? ¿Por qué la necesidad de trabajar en telares o con hilos?

Porque es lo que he hecho siempre, de pequeño. Mi madre me enseñó a coser. Los tejidos, para mí, creo que incluso más que el papel… esa sensación que yo siento, voy a una tienda de telas y puedo pasar horas ahí. En los telares que empecé a hacer hace quince años estaba todo eso, la textura, el tipo de estampado, el tipo de hilo con el que cosía. Esa cosa de mantra que hay en coser, ese aspecto tan solitario de estar horas y horas cosiendo. La costura creo que me conecta más con mi yo interior y es donde el niño Aitor está más a gusto. De hecho, ahora quiero resucitar más la costura, que la tengo un poco abandonada.

Cuéntanos cómo hiciste el famoso telar de Mánchester.

[Risas] Lo hice con ropa que iba cogiendo de las lavanderías. Sí, porque no tenía ni un duro, era todo robado. Tampoco robado, estaba abandonado, yo le he dado un segundo uso. Reciclado ahora suena muy bien, pero en ese momento era robar. Yo iba a la lavandería y, cuando veía una sábana, o una toalla, o algo que llevaba ahí mucho tiempo, lo cogía. En ese telar yo intentaba hacer como un diario. Hay una historia narrativa enorme, es como mi primer libro. Es de 7 metros por 2,5.

¿Cuáles son tus referentes en el arte?

A mí me ha influenciado muchísimo Joseph Beuys, obras como 7000 robles, en la que cada persona que se llevaba una piedra adquiría el compromiso de sembrar un roble. A mí todo eso en su momento, que lo estudié con dieciocho años, se me marcó muy a fuego. De hecho, de ese tipo de prácticas chamánicas-artísticas vienen luego mis dibujos curativos.

¿Conoces el trabajo de Jodorowsky?

Sí, me encanta. Jodorowsky es chileno y era muy amigo de Nicanor Parra. De él me han marcado sus ensayos sobre el tarot, esos me han parecido más interesantes que la psicomagia.

¿Y Louise Bourgeois?

También me ha marcado muchísimo. La madre, el padre, usar la ropa, las telas. Cuando estaba cogiendo ropas de la basura, incluso ropa mía, pintando, cosiendo, descubrí a Louise Bourgeois. Tenía dieciocho años y me explotó la cabeza. Me dije: «Yo soy como esta señora». Para mí Bourgeois es una artista never ending, me pasa como con Borges. No para de expandirse. La obra de Bourgeois creo que es tan impecable, tan enorme. Le tengo que dedicar tantas horas al estudio de su trabajo… Es como Borges. Podría estar con Bourgeois toda mi vida, es una influencia inagotable.

Una acuarela de Bourgeois.

A mí, una acuarela de Bourgeois me inspira un proyecto entero nuevo. Solo una. En el que trabajar años. Hay artistas que dejan pasos que debemos seguir otros. A lo mejor Picasso lo hace en la pintura, como en el autorretrato inacabado, que son como dos pinceladas de un niño de seis años, parece como que Picasso deja ahí la pintura, la destruye. Es maravillosa la destrucción de la pintura de Picasso, cómo va cambiando. En el único museo en el que he llorado es en el Museo Picasso de París. Verlo y decir: «Vaya bestia, pero es que vaya bestia». Ni siquiera soy un entendido en pintura como para tener esa sensibilidad, pero había algo ahí, del hombre contra la materia. La técnica. En ese último autorretrato empieza Basquiat y todo lo que va a pasar. Creo que hay autores, artistas, poetas, que nos dejan pistas que los generadores de cultura tenemos el compromiso de coger. No de copiarlos, sino de interpretarlos y seguir aprendiendo de ellos. Porque tenemos mucho que aprender de artistas como Louise Bourgeois. Que estaba haciendo arte autobiográfico y arte curativo y arte sanador antes de que esos conceptos existieran.

¿Tu pintura favorita de todos los tiempos?

Posiblemente sea la obra Be calm de Louise Bourgeois. Ese pañito de tela con esa manchita rosa, con el Be calm en medio. Es lo más supremo que he visto yo.

¿Hay que autodenominarse artista, sí o no?

Yo es que soy muy moderno, a mí me dices que soy una silla y yo soy una silla. Si soy un perro, soy un perro. Cada uno que diga aquello con lo que más cómodo se sienta. A mí, me dices que soy una silla, pues una silla.

Dice David Lynch que los estados de ánimo que tienden a la oscuridad, todo lo negativo que funciona tan bien en un soporte artístico es veneno para la creatividad. ¿Estás de acuerdo en que es aconsejable crear desde la serenidad, desde el equilibrio?

Estoy cien por cien de acuerdo con David Lynch, sobre todo porque a mí me interesa el arte que da respuestas. Espero estar haciendo una obra que da respuestas, no me interesa una masturbación y que la gente al acercarse a ella se sienta igual de deprimido o de triste que me he sentido yo en algún momento. Espero poner en las manos del público las herramientas que me curaron. Frases como lo de «valiente, justo y feliz», del unicornio. O El hijo del legionario, lo que he intentado es… ojalá, con que a una persona le haya servido, me doy por satisfecho. El hijo del legionario se puede contar de muchas formas, y yo decidía hacerlo desde el lugar de la sanación. Ahí estoy cien por cien con David Lynch. Ahí me gusta citar a Louise Bourgeois, su telarcito pequeñito azul que dice: «Fui al infierno y volví y déjame decirte que fue maravilloso». Pero te lo dice cuando ha vuelto. No te dice: «Estoy en el infierno y es horrible, lo estoy pasando fatal». Ese es el tipo de arte que me interesa, ojalá lo esté haciendo o pueda llegarlo a hacer.

¿El arte debe ser comprometido con el contexto?

El arte de verdad siempre es comprometido con el contexto.

¿Qué opinas de la ola feminista que estamos viviendo?

Ayer lo comentaba, ya era hora de que las mujeres se hicieran feministas. Hace quince años íbamos a Valencia a las jornadas feministas y los feministas éramos cuatro maricas y cuatro raras. Qué bien que las mujeres heterosexuales se hagan feministas. Qué bien que el mundo falocéntrico les haya dado un respiro, ¿no? Lo que pasó este 8 de marzo ha sido maravilloso. Que haya un montón de canales, me da igual cuáles sean, sociales, revistas, periódicos, camisetas, con esos mensajes feministas, eso es tan necesario que lo que está pasando es ley de vida. ¿Cómo no ha pasado antes? Que las mujeres dominen el mundo ya, por favor. Va a ser tan divertido y tan bonito todo.

Siendo de izquierdas y de Talavera, ¿cómo te posicionas en la independencia de Cataluña?

Yo soy de un lugar donde no estamos orgullosos de nada, así que los independentismos me suelen dar bastante envidia. No tener bandera, ni himno, me ha dado una libertad maravillosa de sentir que no tengo casa, no tengo patria, me he sentido en casa en todos los sitios adonde he ido. Me encanta la gente que siente lo contrario, ojalá ellos sientan en un momento de su vida lo que siento yo. Ese momento de no lugar. A mí las fronteras y las banderas me dan terror, sean las que sean. Me encanta España y todos los idiomas que hay. Siempre digo que es una pena que en mi colegio no me enseñaran a hablar catalán, euskera, que me haya tenido que poner a investigar culturas como la vasca, que tanto me interesan, y haya tenido que aprender en el colegio la cultura clásica romana, con lo fácil que hubiera sido aprender catalán. Creo que eso nos hace sentir más alejados, cuando lo natural sería que yo me pudiera comunicar en catalán con un catalán. Eso me parecería maravilloso, pero eso no tiene nada que ver con las banderas, ni con las fronteras ni con la política, tiene que ver con lo plural. Estar todos en comunidad sean quienes sean. 

En Twitter tienes una cuenta que no usas, pero en Instagram publicas con más frecuencia. ¿Qué piensas de las redes sociales? ¿Tienes contacto a través de ellas con tus lectores?

Las redes sociales son como un palo, lo puedes usar para caminar o para abrirle la cabeza a uno. Si las usas bien, te ayudan a caminar. A mí me han ayudado mucho, estoy en contacto con mucha gente que no conozco.

¿Por qué te has ido de Twitter?

No sé usarlo bien. Y soy muy perezoso. Me lío, no sé lo que estoy posteando. No me entero. Empecé en Fotolog, me costó adaptarme, luego llegó Myspace, luego Facebook, y yo no puedo, solo puedo estar con una. Instagram me funciona muy bien porque me deja poner parrafadas e imágenes. Me siento más cómodo en Instagram por esa combinación de texto e imagen. 

¿Eres capaz de separar vida y obra o tu vida se confunde con las telas, en los libros…?

Nunca he sentido que he trabajado. De hecho, en los únicos momentos en los que he vivido y me siento vivo es en los momentos en los que estoy trabajando. Para mí eso es estar vivo, no hay ningún límite entre vida y arte.

¿Qué opinas de la inmediatez a la que estamos sometidos?

¿De consumir?

De consumir, de crear, de compartir.

Soy demasiado romántico. La inmediatez me da mucha tristeza, porque en la espera hay tantas cosas bonitas. Hay tantas reflexiones que se hacen en la espera. Por eso coso, porque se tarda. Igual que con un bordado. No porque quiera tardar, sino porque hay ciertos procesos que necesitan una maceración. El paso del tiempo es necesario. En el libro que hemos hecho, estos cuatro años han sido absolutamente necesarios. Hay una época de siembra, otra de espera y otra de recogida. Para mí empezó hace cuatro años, y ahora estoy esperando a que le llegue a la gente. Para mí esa espera es maravillosa.

9 comentarios

  1. Mr Fantastico

    Pero una cosa: este señor a que se dedica?

    • No te entiendo, ya en la introducción y las primeras preguntas te enteras de que es dibujante, ilustrador, poeta… Era una pregunta graciosa y no lo pillo?

  2. Lleno de talento, cultivado, humilde cercano y sincero, con los pies en el suelo y las ideas claras. Un placer ver y leer todo lo que hace. Gracias!?

  3. Bourio M.Teresa

    A mí se me quitó en México, un país amigo y tan civilizado….pero tanto,tanto, que su presidente no lo es, y seguro que eso se lo deja por filantropía al pueblo. Qué poco nos informan de este narcogobierno asesino, y cuánto de Venezuela, Zimbabue, Gran Bretaña, EE.UU.

  4. Maria Jesús

    Señores redactores de El País:
    Qué país es Guinea Conakry?
    Se refieren a Guinea, cuya capital es Conakry? Tal vez nunca oyeron hablar de él.
    Corrijan, por favor, titular y texto.

    • Guinea, oficialmente la República de Guinea (en francés: République de Guinée), y a veces llamada Guinea-Conakri para diferenciarla de otros países africanos como su vecino Guinea-Bisáu o Guinea Ecuatorial

  5. Pues claro que hay PAÏSES donde la escasez de cultura, de economía y de relaciones intenacionales brillan por SU AUSENCIA.—-Y hay que adaptarse y pensar en que—Vaya diferencia e injusticia que se da en este mundo.——!!!!

  6. Adriana Olguin

    Amo profundamente a Aitor desde el instante en que lo conoci; me cautivó su sonrisa, su cultura, su sencillez y sentido del humor.

  7. galahat

    Qué tipo tan estupendo y qué maravilla de respuestas. En estos tiempos de cafres alardeando de estrechez mental, qué gusto leer a alguien así, con tanta creatividad y talento. Es como abrir la ventana y de dejar que entre luz y una bocanada de aire fresco.

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