Drogas para todos los públicos

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El viaje de Arlo (2015). Imagen: The Walt Disney Company.

Es difícil señalar con exactitud en qué momento el personaje de John Barleycorn se coló en el folclore británico, aunque existe constancia escrita de que en el siglo XVI su nombre ya era protagonista de cantares populares que relataban sus desventuras. Lo extraordinario de todo esto es que John Barleycorn no es un ser humano, sino algo mucho más rebuscado: la personificación popular de la cebada, el ingrediente principal para fabricar bebidas alcohólicas como el whisky o la cerveza. Y de ese modo, todas aquellas baladas inglesas entonadas en los bares, y centradas en las penurias que sufría a menudo el propio Barleycorn, eran en realidad canciones dedicadas al cultivo del cereal. En 1913, Jack London publicó una novela autobiográfica titulada John Barleycorn: las memorias alcohólicas donde aquella folclórica personificación del alcohol se convertía en compañera de un autor muy aficionado a vaciar botellas. El libro contenía una zoopsia (alucinación con animales) muy concreta que se convertiría en clásico de las borracheras: los elefantes rosas, paquidermos que London utilizaba para definir a una clase de bebedor: «Existe un tipo de hombre conocido por todos que es estúpido, sin imaginación, cuyo cerebro ha sido mordido hasta el aturdimiento por gusanos entumecidos. Alguien que camina generosamente con las piernas extendidas y vacilantes, se cae frecuentemente en la cuneta y contempla, en el punto más alto de su éxtasis, ratones azules y elefantes rosas. Ese es el tipo que protagoniza los chistes de borrachos».

En 1941, Dumbo y Timoteo bebían agua de un cubo donde se había vertido champán por accidente y aquel botellón accidental propiciaba que ambos personajes presenciasen un surrealista desfile de elefantes rosas. Un número musical, conocido como «Pink Elephants on Parade», que tiene el honor de haber aterrado a varios millones de niños. «Pink Elephants on Parade» era un segmento extraño y fantasmagórico dentro de la película Dumbo: dibujaba paquidermos de colores chillones sobre un fondo oscuro y tenebroso. Unas criaturas que nacían de burbujas de alcohol y atravesaban trompetas reventadas, se aplastaban y troceaban entre ellos, bailaban, esquiaban, electrificaban y se multiplicaban durante una cabalgata musical donde una voz en off cantaba «Los elefantes en technicolor son demasiado para mí». Cinco minutos de alucinaciones que no tenían justificación alguna dentro de la película y no servían para hacer avanzar la trama, pero que acabaron convertidos en una de las escenas más icónicas del film. Disney no acostumbraba a permitir desmadres de ese tipo en sus películas convencionales (Fantasía, un año antes, era la excepción al nacer como un musical experimental) pero andaba más permisiva en aquel entonces como consecuencia de estar viviendo una época complicada.

Dumbo nació como un proyecto low-cost  para recuperar pasta tras los pinchazos de Fantasía y Pinocho, dos películas que no habían funcionado bien en una Europa demasiado ocupada con la Segunda Guerra Mundial como para ir al cine. El abaratamiento hizo que Dumbo sufriese una producción inusual: sus guionistas la escribieron por capítulos, se simplificaron los diseños de personajes, los fondos se dibujaron con acuarelas (evitando el óleo y el gouache habitual) y a los animadores se les exigió menos detalle al liberarlos de las restricciones habituales del estudio, lo que curiosamente provocó que Dumbo gozase de una animación excepcional. La producción también tuvo que gestarse durante una notable huelga de trabajadores que dinamitó para siempre el ambiente familiar del que alardeaba la empresa y provocó en la pantalla una cruenta revancha artística: en la propia película los huelguistas que protestaron en Disney aparecen caricaturizados como payasos de circo.

Dumbo. Imagen: Walt Disney pictures.

Entre tanta huelga y recorte, la tarea de elaborar la secuencia recayó en un grupo de jóvenes animadores recién llegados que fueron los principales culpables, junto a la necesidad de inflar el metraje de una historia nacida como cortometraje, de aquel desfile alucinógeno y retorcido. Los elefantes bailarines de ojos vacíos adobaron tantos miedos infantiles que las adaptaciones de Dumbo al formato libro optaron por eliminar por completo el baile de animales rosados.

Hemos venido a emborracharnos

Al sumergir en licores al protagonista de una película infantil, Dumbo agobió a gente como Henry Barnes, un columnista de The Guardian que sentenció «Los elefantes rosas borrachos no deberían tener lugar en una película para niños» y consideraba terrible que una cogorza desbloquease las virtudes del héroe. Desde entonces, cuando las historias animadas requieren que los personajes ahoguen penas, demuestren adicciones, experimenten borracheras o sufran resacas, los guionistas más espabilados han esquivado problemas y responsabilidades haciendo uso de productos sin alcohol que en la pantalla se comportan como si lo tuviesen. En Tom & Jerry, Teen Titans, Ren & Stimpy, Bob Esponja o Vaca y Pollo los personajes deprimidos consolaban desdichas entregándose a la ingesta de leche mientras el reparto de Foster, la casa de los amigos imaginarios o La vida moderna de Rocko hacía lo propio con los helados y My Little Pony con los donuts y el chocolate.

En general, en los dibujos animados al azúcar se le ha dado bien ocupar el rol de las drogas y el alcohol: Las maravillosas desventuras de Flapjack tenía un personaje, el Capitán Muñón, adicto al jarabe de arce. En Home Movies el azúcar provocaba borracheras. La primera encarnación de Las Supernenas convertía en trama de un capítulo la adicción de las protagonistas a los caramelos, mientras las desaboridas Supernenas del 2016 protagonizaban una historia resacosa tras atiborrarse de chucherías. La pareja de Historias corrientes pimplaba las latas de refresco como si fueran cervezas. Un pequeño chiste sustituía el licor por sangre en el film Bichos con un mosquito solicitando un Bloody Mary O+ en la cantina. Bart Simpson se emborrachó tanto con una bebida compuesta exclusivamente por sirope (en el episodio Explorador de incógnito) como para no recordar varias locuras cometidas la noche anterior entre las que se encontraba el alistarse en los boys scouts del lugar. Robot Chicken dotaba al azúcar de efectos similares a los de la farlopa (hasta el punto de que a un personaje se le escapaba la palabra «cocaína» al referirse a la sacarosa). Transformers: animated convertía el aceite de motor en el equivalente de la cerveza. Y Pinky y Cerebro optaban por la solución más inocua e incolora: emborrachar sus desgracias con agua. En Beavis & Butthead, la gamberra serie de Mike Judge dirigida a un público adulto, el azúcar era una de las sustancias (junto a la cafeína y otros estimulantes similares) que desbloqueaban a Porculio, un alter ego escatológico y chiflado de Beavis.

Durante el cortometraje The Big Snooze Bugs Bunny invadía los sueños de Elmer con un rebaño de conejos que parodiaban la estética y la música de los paquidermos rosáceos que liberó Dumbo. En ciertas localizaciones del videojuego multijugador World of Warcraft era posible contemplar elekks (criaturas fantásticas con pinta de elefante) de color rosa si el personaje iba borracho e incluso una de las misiones disponibles se titulaba Pink elekks on parade. En Los Simpsons, Homer drogaba accidentalmente con peyote a toda la ciudad de Springfield (episodio «¡Oh! en el viento») y, como consecuencia de ello, el personaje de Barney se veía obligado a combatir la visión de un monstruo cojonero bebiendo alcohol para invocar a un elefante rosa salvador: el legendario Trompi. En el videojuego noventero Bart’s Nightmare el mismo Barney se presentaba como enemigo a batir en uno de los niveles, y lo hacía montado sobre un elefante rosa volador.

The Big Snooze, Trompi en acción y Bart’s Nightmare.

Drogas para adultos

El caso de la familia amarilla de Matt Groening es singular al tratarse de una serie orientada al público adulto pero con una sólida audiencia infantil y pocas ganas de cortarse a la hora de utilizar el alcohol, su consumo y sus consecuencias como elemento cómico. Aunque con el paso del tiempo el show ha demostrado que tampoco se abochorna de tirar de otras sustancias: Homer consumió porros por prescripción médica y sufrió unos efectos alucinógenos más propios de la ingesta de LSD que de empuñar canutos, el alcalde Quimby escondió una planta de marihuana en su armario, Cheech y Chong visitaron la serie como guest stars y en el episodio «Barthood» (una parodia directa de la película Boyhood de Richard Linklater) un Bart adolescente descubría a su padre junto al jefe de policía Clancy Wiggum avivando los colores amarillos con un par de cachimbas.

Cuando la serie se alejaba de los humos y se agarraba a otros tipos de drogas los resultados lucían más llamativos: durante una visita al festival Blazing Guy (el equivalente en el universo Simpson al Burning Man celebrado en el desierto de Nevada) Marge consumía por accidente un té adobado con psicotrópicos y acababa flipándolo acompañada de una caravana de coloridas visiones. Otto, un personaje al que la serie le insinuaba aficiones fumetas (que la película confirmaba), escuchaba hablar a sus propios zapatos en medio de un colocón en «Homerpalooza». Lisa deliraba con monstruos que brotaban del cuerpo de su tía Selma tras beber el agua emponzoñada en un parque de atracciones. El episodio «Misionario: imposible» hizo que un Homer refugiado en los Estados Federados de Micronesia le pillase el gusto a lamerle el lomo a los sapos. En «Último tren a Springfield» Lisa visitaba los mundos del «Yellow Submarine» animado de The Beatles tras inhalar gas. Y entre tanta excursión a través de los delirios destacaba especialmente el paseo místico de Homer durante el capítulo «El misterioso viaje de Homer». Una travesía, detonada por unos pimientos picantes diabólicos, donde el cabeza de familia vagaba por un desierto extraño habitado por mariposas surrealistas, trenes flotantes, pirámides maya y un coyote interpretado por el mismísimo Johnny Cash.

Los Simpson a tope sin drogas.

Agonizando en medio de otro desierto a Beavis se le ocurrió masticar peyote en el largometraje Beavis y Butt-head recorren América y la mescalina lo catapultó a un videoclip infernal y maravilloso compuesto por imágenes, inspiradas en garabatos de Rob Zombie, que sacudían sus huesos al ritmo del «Ratfinks, Suicide Tanks, and Cannibal Girls» de White zombie, la agrupación que lideraba el mismo Rob a mediados de los noventa. En el episodio «Fiesta alucinógena» de Padre de familia, los hongos introducían a Brian en un mundo de pesadilla donde el resto del reparto se transformaba en criaturas espeluznantes. En general Seth MacFarlane, el propio creador de la familia Griffin, era muy amigo del delirio: en su largometraje de imagen real Un millón de maneras de morder el polvo utilizó la excusa del peyote indio para colar, de manera totalmente gratuita, una costosa y disparatada secuencia de alucinaciones donde ovejas con bombín, pajarita, mostacho y la voz de Neil Patrick Harris bailoteaban junto un Liam Neeson con forma de águila y testículos humanos.

South Park directamente jugó en su propia liga, el alma gamberra de la serie y tener como objetivo a un público adulto le permitió bromear con cocaína, marihuana, pastillas, LSD, metanfetaminas, la adicción a los medicamentos o incluso convertir la heroína en un videojuego donde pincharse era el camino para atrapar a un dragón rosado. Pero al mismo tiempo también se preocupó de establecer símiles disparatados con restaurantes de Kentucky Fried Chicken tan adictivos como para enviar a la clientela a clínicas de rehabilitación u orines de gatos que colocaban a la gente. En realidad, repasar los deslices con las drogas de unos guiones tan amigos de desbarrar es una tarea demasiado laboriosa, porque estamos hablando de una serie donde hay personajes que meten los huevos en el microondas para contraer cáncer de testículos y obtener marihuana por prescripción médica.

Drogas para todos los públicos

Los dibujos animados normalmente se han mostrado responsables a la hora de denunciar las desventajas de drogarse. Algunos lo hicieron a lo burro, como la serie El Capitán Planeta y los Planetarios donde una sobredosis se llevaba por delante al primo de una de las protagonistas para concienciar mentes. Otros como He-Man y los Masters del Universo, G.I. Joe, C.O.P.S. o Los pitufos también trazaron, con más delicadeza, relatos con moraleja incluida para alertar a la chavalada sobre las drogas. En ocasiones aquellas iniciativas generaban productos curiosos como es el caso de Cartoon All-Stars to the Rescue un especial de treinta minutos que mezclaba a las estrellas de diferentes shows (Bugs Bunny, las Tortugas Ninja, Alvin y las ardillas, los pitufos, Cazafantasmas o Winnie Pooh entre otros) para construir el Los Mercenarios de los episodios antidroga.

El laboratorio de Dexter, La balada de los Dalton, Beavis y Butt-head recorren América.

Deslizar entre el reparto a un personaje con pinta de consumidor habitual de estupefacientes también es una práctica común en el cine infantil, sobre todo cuando se realiza de modo que la insinuación sea evidente pero no oficial. Ocurre con el ya mencionado Otto de Los Simpson, pero también con Fillmore en la saga Cars de Pixar, una Volkswagen Transporter de 1960 que además de ser uno de los más evidentes iconos hippies, luce pintadas de flores junto a proclamas de paz y amor sobre su chapa, tenía la cara de amodorramiento característica de quién aspira más humos que los de la carretera. En Scooby-Doo la pareja formada por Shaggy y el propio Scooby-Doo daba la impresión de ser bastante amiga del cannabis si nos basábamos en la actitud, el habla, las maneras y, sobre todo, en el hambre voraz que el dúo de colegas arrastraba de manera inexplicable por todos los capítulos. Las sospechas resultaban tan evidentes que algunos productos derivados de la serie original las confirmaban sin disimulo: en la película Scooby-Doo que en 2002 trasladó los personajes a imagen real, Shaggy se encaprichaba de una chica llamada May Jane («Ese es mi nombre favorito» aseguraba de manera nada discreta sobre aquella Mari Juana de pronunciación anglosajona). Y un capítulo (titulado «Shaggy Busted») de la desvergonzada Harvey Birdman Attorney at Law centraba su trama en el juicio por posesión en el que se veía involucrado el propio Shaggy tras evadir un control policial durante un colocón.

Scooby-Doo, la película.

Graciosos resultan también los guiños a drogas más potentes. La todopoderosa Los Simpson reescribió la historia de Sid Vicious y Nancy Spungen con Lisa y Nelson en un romance punky salpicado de drogadicciones chocolateras: la parejita hacía rayas de cacao que vertían en la leche, calentaba chocolate en una cuchara para derramarlo sobre helado y ante una redada policial arrojaban su alijo de chocolatinas por el retrete. Durante la segunda temporada de El laboratorio de Dexter, el pelirrojo protagonista se alió con un barbudo héroe de acción para combatir el crimen y se topó con una banda de mafiosos que traficaba con harina. En El viaje de Arlo, el dinosaurio protagonista y su niño mascota protagonizaron una escena alucinatoria tras devorar fruta fermentada al sol. En La balada de los Dalton, los antagonistas de Lucky Luke metían el morro en un barreño de agua aliñada con setas alucinógenas y el viaje resultante les conducía a un musical Hollywoodiense con orquestas, coristas, nadadoras, Bailando bajo la lluvia y Frank Sinatra. Lo de Popeye con las espinacas puede considerarse el product placement de esteroides más descarado de la historia de la televisión.

Supervitaminarse y mineralizarse

En 1942 Paul Terry concibió una parodia de Superman pequeña y peluda llamada Super Ratón. Un animalillo con superpoderes que protagonizó ochenta aventuras diferentes en cines y televisiones durante un cuarto de siglo. En 1979 la compañía Filmation, los padres de He-Man y su tropa, resucitó al personaje para otorgarle un nuevo show televisivo de vida escasa. Y finalmente en 1987, Ralph Bakshi decidió adoptar al roedor y resucitarlo en la pequeña pantalla una vez más. Aquel Bakshi era el mismo hombre que se había labrado fama de transgresor al llevar al cine al personaje de cómic Fritz el Gato, obra de Robert Crumb, en una cinta tan descocada y gamberra como para convertirse en la primera película de dibujos animados a la que se le estampó la calificación X.

Super Ratón apuntaba al público familiar, pero los seres más frágiles y malpensados no acabaron de perdonarle a Bakshi sus antecedentes y saltaron sobre él en cuanto el programa les proporcionó una excusa. En 1988, una familia de Kentucky se sentó frente al televisor para ver reposiciones de las aventuras de un roedor volador y lo que vieron en la pantalla les aterró tanto como para telefonear a la American Family Association alertando de que aquel show infantil promovía descaradamente el consumo de cocaína. El problema era el capítulo «The Littlest Tramp», un episodio que contenía una secuencia donde Super Ratón olisqueaba los restos de una flor aplastada con tanta fuerza como para esnifarlos por completo. Era una escena fugaz que el propio equipo ya había considerado eliminar pero que finalmente se emitió tal cual en la televisión, un año antes de la denuncia desde Kentucky, sin recibir ningún tipo de queja. Donald Wildmon, mandamás en la American Family Association, le dio bombo al asunto acusando a la cadena de haber contratado a un pornógrafo que utilizaba el show para introducir a los niños en el consumo de cocaína. Tras varios meses aguantando la presión, Bakshi decidió eliminar tres segundos y medio del capítulo para que los trasnochados de la asociación dejasen de perseguirle por todos lados con un altavoz en la mano. «Ellos van a por Super Ratón porque yo creé a Fritz. Estudié en la escuela de artes industriales de Brooklyn, y recuerdo a maestros que renunciaron, que no pudieron enseñar lo que querían, debido al macartismo, y esto es exactamente igual. Super Ratón aparece feliz tras oler las flores porque le ayudaron a recordar a la niña que se lo vendió con cariño. Pero incluso cuando tienes razón las acusaciones se vuelven parte del aire que respiramos. Por eso acepté finalmente cortar aquella escena, porque no puedo tener a los niños preguntándose si Super Ratón está consumiendo cocaína».

«The Littlest Tramp».

Si aquello realmente fue intencionado o no es algo que a día de hoy solo saben a ciencia cierta Bakshi y el equipo responsable del programa. Super Ratón decidió desde entonces que se mantendría limpio alejándose de toda flora posible: en uno de los capítulos posteriores una niña intentaba venderle flores y el héroe las rechazaba de manera tajante. «Se ha convertido en un chiste privado», aclaraba su creador, «Super Ratón no volverá a acercarse a una flor durante el resto de su vida. No le vamos a permitir ni siquiera olisquear un perrito caliente». Entretanto, desde la televisión, el ratón volador se despedía al final de cada aventura diciendo a su público «¡Hasta el próximo programa amiguitos! ¡Y no olviden supervitaminarse y mineralizarse!».

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4 comentarios

  1. JaFZaK

    Muy buen artículo, por favor echa un ojo a Trols y la rave que montan. Y el doble sentido de comerse un trol. Por añadir un ejemplo más.

  2. Y Mary Poppins y el gas de la risa? https://youtu.be/qWzq33CRPsw

    Hay que decir al revés supercalifragilisticoespialidoso

  3. Roberto

    ¿Y Heidi? “Abuelito dime tú qué sonidos son los que oigo yo / abuelito dime tú por qué yo en la nube voy / […] dime por qué yo soy tan feliz / […] abuelito dime tú lo que dice el viento en su canción.”

  4. Excelente artículo, la mejor escena de este tipo es la de dumbo, quien no ha pasado por una igual…

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