Goodbye Kvas

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Good Bye, Lenin! (2003). Imagen: Wanda Visión.

Contaba el historiador estadounidense Richard Pipes que el pueblo ruso es intrínsecamente anárquico y está atemorizado por su propia naturaleza. Quizás esto explica por qué Rusia es un país donde, como decía Julian Barnes a The Guardian, es posible pasar de ser un «extremista sensato como Eduard Limónov, un autobiógrafo punk que se autoproclama el Johnny Rotten de la literatura» a coliderar un movimiento político. Pensar en la perestroika y en la Rusia postsoviética es picar billete hacia la confusión, a una dicotomía entre las ansias de aperturismo y la lucha por conservar la cultura y la identidad ante la vorágine capitalista; porque los había como Alexander Kerner, el protagonista de Good Bye, Lenin!, que se manifestaban contra la política de Honecker y soñaban con ver Alemania unificada, pero todavía quedaban muchos otros como su madre, Christiane, orgullosos socialistas capaces de volver a las cartillas de racionamiento con tal de seguir contribuyendo al proyecto comunista.

Incapaz de entender los pormenores de la contracultura, como eso de que en Occidente se usaran esvásticas para decorar cazadoras y camisas, el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) comenzó a prohibir bandas grunges, punk y de rock a tutiplén. En el mercado negro se podía encontrar algo de The Sex Pistols o de The Clash con seguridad y no sin asumir ciertos riesgos, pero, por lo general, el PCUS prohibió la mayoría de estas bandas, como Kiss, en su caso porque las dos últimas letras del logo evocaban a las iniciales de las Schutzstaffel (SS) de Hitler, o al mismísimo Julio Iglesias, por apología neofacista. Pese a todo, a finales de los setenta ya eran cientos los grupos de rock en la URSS, y comenzaba a asomar la cabeza algún que otro álbum punk, las chaquetas de cuero y los fanzines en samizdat (publicaciones clandestinas). Los pantalones vaqueros, sin embargo, lo tuvieron más complicado. Fueron motivo de expulsión de universidades, puestos de trabajo y pretexto rápido de encarcelamiento; como cuando el pobre Boris Fishkin, en Mi padre es Baryshnikov, de Dmitry Povolotsky, es pillado en mitad de un trueque, cinturones con hebillas comunistas a cambio de pantalones vaqueros, en la Plaza Roja. Según las crónicas de la época de El País, en 1985 la Unión Soviética importaba entre cuatro y cinco millones de esta prenda al año, que se adquirían en el mercado finlandés, dado que la URSS se opuso a la ocupación de fábricas occidentales de los condenados blue jeans.

Limónov, sin embargo, fardaba de vaqueros al más puro estilo handmade. Tras un primer y exitoso intento, Eduard comenzó a compaginar la confección de versos con la de dos o tres pantalones por día. Queridos virtuosos del do it yourself, de las mantas patchwork y decoración con palés, ¡no habéis inventado nada! Las chupas de cuero, con sus correspondientes cadenas, parches, pines y demás remiendos, se conseguían transformando con ingenio y creatividad las chaquetas negras de la Marina que podías comprar Voentorg, la cadena de material militar más famosa de la URSS, donde también podías pillarte un par de botas mastodónticas que imitaban a las Doc Martins occidentales.

Cuando el exdirector de la KGB Yuri Andrópov sucedió a Leonid Brézhnev como secretario del PCUS en 1982, la represión contracultural se intensificó. Pero por entonces todo iba según el plan. Como cantaba Yegor Letov tan solo unos años después, por Corea todo marchaba correctamente, «con el camarada Kim Il-sung, también tienen lo mismo; nuestro padre Lenin, dónde ha terminado, convertido en miel, en moho, en barro; y la perestroika va y va según el plan». Famoso por su desaire a las modas, por sus letras crudas, directas y anárquicas, el sibirski punk comenzaba a sonar desafiante al régimen comunista. En la ciudad de Omsk, Letov se vio obligado a grabar los primeros álbumes de su grupo, Grazhdanskaya Oborona (Defensa Civil), conocido por Grob, en apartamentos clandestinos, hasta que el acoso de la nomenklatura soviética lo internó a la fuerza durante tres meses en un hospital psiquiátrico, acusado de antisovietismo. Tan solo un año antes de que Gorbachov fuera nombrado jefe de la URSS, el entonces secretario general, Konstantín Chernenko, acusó a algunas bandas de música de sabotaje ideológico y moral contra la sociedad soviética e instó a no permitir «ningún informalismo, ningún desarrollo incontrolado». Pero a finales de los ochenta la cosa se les había ido de las manos, y la formación de la KRAS (Confederación Anarcosindicalista) se empezaba a plantear como una salida intelectual para jóvenes de escasos recursos que encontraron en juventudes de todo tipo (marxistas, leninistas, bakuninistas, estalinistas, etc.) la ocasión para manifestar abiertamente el descontento y la incertidumbre de los años previos al colapso del socialismo ruso.

En contraste con este disparatado telón de fondo, el arte underground y las subculturas juveniles comenzaron a proliferar enérgicamente también en San Petersburgo, apadrinados por Timur Novikov y sus trabajos de arte visual, performances, cine, moda y música que, conforme el telón de acero subía, atraían rápidamente la atención de los occidentales más curiosos. Gracias a Novikov, el interés de la antigua Leningrado se vio impulsado por un espíritu anárquico común y la búsqueda de la provocación, a través de una estética y sonido punk que acompañaban con mamporros a vigas de metal y otros objetos ruidosos, y cuya estética no tenía mucho que ver con lo soviético, en cuanto a que los peterburgueses siempre habían intentado permanecer fieles a un estilismo más europeizado, posiblemente por su proximidad a Finlandia, lo que les daba fácil acceso a la música y a la moda occidental. Debutar entonces no era cosa fácil. Las redadas policiales arrinconaron a bandas como Avtomaticheskie Udovletvoriteli (Satisfactores Automáticos), cuyos primeros pinitos tuvieron lugar en pisos y sótanos, hasta que llevaron sus escandalosas apariciones públicas a escenarios de verdad gracias a su afiliación al Leningrad Rock Club, el primer local de música rock legal en San Petersburgo. Tanto este último como el Moscow Rock Lab, su homónimo en la capital, permitieron tocar legalmente a las bandas, no sin condiciones y bajo la atenta supervisión de la KGB y la Liga de Jóvenes Comunistas.

Y en este magma surgieron unos cabezas rapadas que luchaban por destruir el sistema, movidos por un nacionalismo desatado y una nostalgia estalinista, mezclando a su antojo ideas de derecha e izquierda. Jóvenes skinheads conocidos por gritos entusiastas: «¡Stalin! ¡Beria! ¡Gulag!», y cuya postura antiestablishment y antiglobalización despertó el apoyo del teórico nacionalista y neocomunista Aleksandr Dugin. El eslavófilo coincidió con Limónov en los círculos de la oposición, alrededor del escritor Aleksandr Prokhanov y Gennadi Ziugánov. Prokhanov explicaba en uno de sus trabajos que Dios «eligió a Rusia como la tierra y las personas para quienes el Amor y la Verdad se convertirían en la razón principal de la existencia». Para muchos nacionalistas radicales, ser ruso no solo significa tener sangre puramente rusa, sino que varias generaciones de dicha ascendencia deben avalarte. Este planteamiento, teniendo en cuenta la complicada historia de las distintas naciones que históricamente han conformado al Imperio ruso, era peligroso. Ziugánov rechazó astutamente este discurso y explicó que ser ruso hoy significa «sentir con el corazón una afinidad (prichastnost) con la cultura profunda de nuestra Patria, la inagotable sed de justicia y rectitud (pravednost), la disposición al sacrifico voluntario, (…) independientemente de la nacionalidad que se registre en el pasaporte. Una poderosa hermandad de espíritu». Pero para Dugin el nacionalismo era otra cosa. El «Rasputín de Putin», como es conocido en la actualidad por la prensa occidental, defendía que ser «anticomunista, antimusulmán, anti-Oriente, pro-EE. UU. y atlantista hoy significa pertenecer al otro bando, significa estar de lado del Nuevo Orden Global y la oligarquía financiera, y es ilógico, porque los globalistas consecuentemente destruyen cualquier identidad, excepto la individual, y hacer alianzas con ellos significa traicionar la esencia de la identidad cultural rusa».

A medida que avanzaba la crisis económica de los noventa, los movimientos juveniles se diseminaron en una gran variedad de alternativas, que más tarde reflejarían la imagen ideológicamente controvertida de la Rusia postsoviética. En 1993, y decepcionados por el arcaísmo de la oposición, Dugin y Limónov decidieron fundar por su cuenta el Partido Nacional Bolchevique. Limónov, que en aquel momento sorprendía al mundo disparando un rifle de francotirador hacia Sarajevo en una muestra de su apoyo a los serbios de Bosnia en las guerras yugoslavas, encarnó rápidamente el espíritu bolchevique nacional. Una de las primeras manifestaciones de sus militantes, conocidos como nasbols, consistió en empapelar las calles de Moscú llamando al boicot de productos importados utilizando lemas como «¡Yanquis, fuera de Rusia!» o «Beba kvas, no Coca-Cola». Porque quién necesitaría un refresco yanqui teniendo su propia bebida fermentada, casera y, para más inri, con mucha más historia que cualquier brebaje occidental, dado que el kvas es incluso anterior al vodka.

«Eres joven. No te gusta vivir en este país de mierda. No te apetece convertirte en un popov normal y corriente ni en un enculado que solo piensa en la pasta ni en un chequista. Tienes el espíritu de la rebeldía. Tus héroes son Jim Morrison, Lenin, Mishima, Baader. Pues mira: ya eres un nasbol», decía Limónov. Mientras por Siberia se propagaba su discurso, Letov se transformaba en una extraña mezcla de comunista-nacionalista-cristiano que encontró cobijo en el PNB, para quien fusionaba conciertos en solitario con mítines. Pero el cosquilleo nacionalista terminó volviéndose urticaria con el paso del tiempo. Para Eduard, a quien «matar a un hombre cuerpo a cuerpo» se le hacía «como que te den por el culo: algo que se debe probar como mínimo una vez», atizar una fotografía de Gorbachov con un ramo de flores «sin espinas», según precisó, no podía ser suficiente. Tras asaltar el Ministerio de Finanzas, y después de algunas trifulcas contra las juventudes putinianas, el Tribunal Supremo de Rusia ilegalizó la formación, que terminó siendo fagocitada por el partido Drugaya Rossiya (La Otra Rusia), liderada entonces por el crack del ajedrez Garri Kaspárov y el propio Limónov.

Lo que vino después ya suena más reciente; Kosovo, Afganistán, Irak, Libia, Ucrania, etc. En 2015, Eduard publicó una entrada en su blog titulada «La autodestrucción de Europa es irreversible», donde criticaba «la política depredadora de los Estados Unidos y Europa», y la injerencia de estos durante la Revolución Naranja que precedió a la anexión de Crimea por parte de Rusia. «Ucrania se une al número de Estados destruidos. Los europeos y los yanquis atacan sistemáticamente a Rusia utilizando Maidan. Curiosamente, ahora que Rusia no es un país comunista ni soviético, seguimos siendo odiados con el mismo celo, por lo tanto, ha quedado claro, espero, que el anticomunismo y el antisovietismo no fueron más que un camuflaje para su rusofobia», concluyó. «Vimos el proceso de autodestrucción de la URSS. Ahora es el turno de Europa. Para cada uno, lo suyo». A la Unión Europea, por lo pronto, se le atragantaba un divorcio con Reino Unido, y por Estados Unidos un peluquín rubio platino se sentaba en el despacho oval; para cada uno, lo suyo. Pero mientras Limónov se sentaba a contemplar cómo por Occidente se empezaban a tambalear los cimientos de las democracias, hasta ahora representativas, a él también le esperaba lo suyo. Después de que en 2012 su colega Kaspárov fuera arrestado en mitad de una protesta a las puertas del juicio de Pussy Riot en Moscú, y de que este fuera absuelto de los cargos que llevaron a su detención, el considerado como el mejor ajedrecista del mundo nunca más volvió a Rusia. Garri huyó a Nueva York y desde entonces viaja con pasaporte croata para esquivar las represalias del Kremlin, aprovechando su vuelta a los tableros. Viviendo entre yanquis y jactándose de pasaporte europeo; en ese condenado hemisferio que, cauteloso, «tiene cuidado de no destruir su cuerpo con alcohol y usa Coca Cola», criticaba Eduard en su blog. Una pena. Pero más se lamentaría Christiane al enterarse de que Coca-Cola terminó comprando el kvas…

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