Trujillo: piedra y luz

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Fotografía: Alfonso Vila Francés.

«La heroica ciudad dormía la siesta». Así empieza Clarín su Regenta. Trujillo, la Muy Noble, Muy Leal, Insigne y Heroica ciudad de Trujillo no es que estuviera durmiendo la siesta, es que estaba en coma inducido. Se cayó de la historia un mal día del siglo XIX y ya no despertó hasta el siglo XXI. Pero eso no es malo. No es todo lo dramático que puede parecer. Su letargo, su encantamiento, su hechizo (uno puede pensar en esos pueblos de las mitologías y los cuentos infantiles, esos pueblos perdidos en las nieblas del tiempo por cualquier maldición ya casi olvidada), le salvó del salvaje desarrollismo del posfranquismo. Le salvó del urbanismo ciego, de la fealdad especulativa, de los empresarios sin escrúpulos que tasan la arquitectura por el valor de la piedra en la cantera, que tiran una casa de cientos de años para malvender dos vigas de madera. Trujillo no recibió una oleada de migrantes con los que mantener sus fábricas en funcionamiento. Trujillo envió a sus hijos fuera, a estudiar fuera, a trabajar fuera. Pero por suerte no llegó a despoblarse. Hoy en día tiene diez mil habitantes, lo que no es mucho pero tampoco es poco, teniendo en cuenta que estamos en Extremadura, una comunidad cuya densidad de población no es como para tirar cohetes. Cáceres se llevó la universidad, se llevó el tren, le arrebató el lugar que ocupaba como capital de provincia, de su propia provincia. Pero le dejó los palacios, le dejó las iglesias, le dejó los conventos, le dejó una trama urbana renacentista y barroca muy bien conservada, que no se construyó encima de la ciudad medieval, sino un poco más abajo, en la falda de su cerro. Con lo cual también quedó intacta la ciudad medieval, con sus murallas y su castillo, con sus casas blasonadas y sus torreones defensivos.

Luego llegaron los años dormidos, los años en los que la ciudad parecía despertar, como cuando se aprobó un proyecto de ferrocarril que no se llegó a construir, y los años en los que el sueño zozobraba peligrosamente hacia la pesadilla, como cuando la desamortización convirtió en ruinas algunos de sus principales edificios religiosos. Todo eso pasó ya. Trujillo ha despertado. Y ha despertado bien. Muy tranquila. Muy vigorosa. Muy confiada en sí misma. Sabe lo que tiene. Sabe que puede competir con cualquiera. Trujillo no es solo Pizarro, ni Orellana. Trujillo no es solo su castillo árabe. Trujillo no es solo su plaza Mayor. Trujillo tiene un patrimonio increíble, desde luego. Muy bien conservado, que es difícil, y muy bien rehabilitado, que es más difícil todavía. Algunos conventos ruinosos son ahora buenos hoteles. Sigue sin tener tren, pero tiene una buena autovía. Y está muy bien situado. En el medio de todo. En el centro de todo. Que quieres ir a Monfragüe, pues muy bien, Trujillo te queda muy cerca. Que quieres ir a Guadalupe, pues muy bien. Puedes pasar la noche en uno de los muchos hoteles de Trujillo y luego hacer una cómoda excursión. Y si quieres ir a Cáceres pues lo mismo. O a Plasencia. O a Mérida. Trujillo te queda cerca y por eso, además de por todo lo que la propia ciudad te ofrece es un buen destino para unas vacaciones.

Lo único que te pide la ciudad es un poco de paciencia. De paciencia para callejear sin rumbo, para ir descubriendo sus rincones, sus museos, sus palacios, sus iglesias. De paciencia para ir descubriendo lo que no sale en los folletos, las cigüeñas en las torres, el atardecer dorado desde el castillo, el verde inmenso de sus prados que se pierden hasta el horizonte. De paciencia para hablar con los vecinos, para comprender lentamente que su modestia no está reñida con su orgullo. Porque los principales protagonistas de esta historia con final moderadamente feliz (porque en este siglo de escepticismo los finales felices tienen que ser siempre moderados) son sus propios habitantes, que sin escándalo pero tenazmente están haciendo que hoy en día Trujillo, además de un gran patrimonio, además del enorme peso de la historia, tenga una vida cultural muy intensa y variada.

Fotografía: Alfonso Vila Francés.

Desde la Feria del Libro hasta diversos festivales de música. Desde la Semana Santa hasta las ferias gastronómicas. Lo cierto es que el calendario de Trujillo está lleno de conferencias, conciertos y casi cualquier cosa que uno esperaría encontrar en cualquier gran ciudad. Con la diferencia de que Trujillo no tiene los recursos económicos de una gran ciudad. ¿Cómo se consigue? Pues para empezar con las ideas claras, con una buena política, con una buena política continuada en el tiempo. Después con la creación de una red de asociaciones, de grupos de vecinos preocupados por su ciudad, de personas anónimas que han aportado su pequeño granito de arena. Lo que tiene hoy Trujillo no se consigue en un día, ni en una semana. Es fruto de años y años de trabajo. Y su resultado a veces no se aprecia a simple vista. Porque uno se queda deslumbrado por sus monumentos, o queda frenado por sus personajes más conocidos, como los conquistadores y los descubridores, con sus vidas tan violentas, temerarias. Pero tiene que vencer esa resistencia. Vencer ese muro de niebla que lo detiene. Porque Trujillo esconde mucho más. Porque en Trujillo nada es tan evidente como parece. Porque dentro de Trujillo hay otros Trujillos más secretos. Otras historias más increíbles. Y eso requiere paciencia. Paciencia para seguir las pistas sin saber qué vamos a encontrar.

Cuando uno llega a la plaza se tropa con la estatua de Pizarro. «Es lógico», piensa. Luego se detiene a leer la inscripción que hay en el pedestal. Y entonces empiezan las preguntas. Y las preguntas, si tiene el tiempo y el interés suficiente, le llevarán a otras preguntas. A las verdaderas preguntas: ¿Por qué una escultura de Pizarro y no una de Orellana? ¿Acaso no van los exploradores antes que los conquistadores? ¿Acaso no hace falta conocer un territorio antes de poder dominarlo? Pero en la plaza tenemos a Pizarro y no está en el centro, sino en un lado. Y está a caballo pero el caballo levanta una pata, y eso significa algo: que Pizarro murió violentamente. Pero no en combate. Y eso también significa algo: ¡Qué pronto empezaron los conquistadores a matarse ente ellos! Pero volvamos a la estatua, volvamos a esa extraña inscripción… ¿Quién fue ese escultor americano que diseñó la escultura? ¿Y quién fue su viuda, y por qué la regaló a la ciudad? ¿Fue un regalo casual, fue la suerte? ¿Y qué tuvo que ver un conocido «Grande de España» con esto? Un duque —porque en Trujillo siempre tiene que haber un duque por alguna parte—, o un marqués, o un noble venido a menos, arruinado por su amante, o un noble trasmutado en espía o en espléndido mecenas, en Trujillo las cosas no son simples. Si fueran simples no pasarían en Trujillo.

Fotografía: Alfonso Vila Francés.

Desde las murallas del castillo se puede ver, a lo lejos, las nieves de Gredos. Ha llovido mucho y el campo está verde y reluciente. La inmensa llanura recuerda vagamente las estepas de Mongolia, o las grandes praderas al pie de las Rocosas. El paisaje ha cambiado repentinamente. De los montes de roca caliza y arenisca hemos pasado al duro granito. Un granito que aflora por todas partes adoptando las más curiosas formas. Ya no hay olivos, ni vides, ni trigo, ni pinos. Pero tenemos las encinas, las dehesas, y con eso se llena el paisaje, con eso, con unas manchas oscuras en el verde uniforme, se llena un cuadro rico y hermoso. ¿Y para qué más? ¿Y cómo no pensar en el lema de Mies Van der Rohe, ese «menos es más»?, porque en este cuadro no falta nada, y lo poco que hay lo llena todo.

Salgo de un Trujillo frío e invernal, gris espeso contra verde fuerte. La climatología es democrática y niveladora. Trujillo es un país dentro de un país pero en todas partes el invierno se despide a lo grande. Me pregunto cómo será el Trujillo del verano. Será otro Trujillo. Un Trujillo de parejas jóvenes que van a los conciertos de música de las noches del castillo, que se esconden y se besan y contemplan riendo las luces palpitantes de la ciudad desde los altos miradores. Un Trujillo de brisas suaves en los jardines privados, abiertos al público gracias al tenaz trabajo del Ayuntamiento, y al civismo de sus vecinos, y a la buena disposición de sus dueños. El turista despistado puede pensar que todo es casual. Que Pizarro nació en Trujillo por casualidad. Que Orellana nació en Trujillo por casualidad. Y que sus casas natales, y que sus palacios, y que las iglesias que mandaron construir se conservan por casualidad. Y que ahora hay tantos y tan buenos hoteles en Trujillo por casualidad. Y que la gente de Trujillo es amable y trabajadora por casualidad. Pues no. La casualidad es solo la simplificación del argumento. Y la trama del argumento es lo que uno tiene que descubrir en las calles empedradas de Trujillo.

Fotografía: Alfonso Vila Francés.

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1 comentario

  1. piedraantigua

    Trujillo merece una visita. Y dos. Y tres.

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