Fredric Lehne: «En Perdidos no nos dejaban ver el guion, actuábamos sin saber»

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Fotografía: Alberto Gamazo

Tenía planificado un viaje a España con su mujer, pero decidió invertir ese dinero en rodar un corto. La cosa fue bien y ha visitado la ciudad para presentar el film, Shy guys, en el Festival de Cine Independiente Norteamericano de Barcelona. Consiguió el viaje y la película. Fredric Lehne (1959, Búfalo, Nueva York, Estados Unidos) ha sido actor secundario en decenas de series como Perdidos, Boardwalk Empire, Westworld, Expediente X, CSI, Babylon 5 o Firefly. Su experiencia profesional habla de cuatro décadas de la industria de la televisión, desde culebrones como Dallas a la era de Netflix y HBO.

Comenzó a actuar desde niño.

El teatro era el hobby de mi familia. Mi padre, mi madre y mis hermanos hacían teatro comunitario. Me uní a ellos desde que tenía seis años. Hacíamos los decorados, la ropa, las luces… Aprendí a hacerlo todo.

¿Desde el principio supo qué quería hacer con su vida?

No, yo quería ser jugador de béisbol, pero no sabía lanzar la bola con efecto. Además, me echaron del instituto.

¿Por qué?

Un problema que tuve con una mujer, una enfermera que se llamaba Harriet. Es una larga historia… Mi familia se había mudado a un sitio nuevo y había empezado a representar El violinista en el tejado. Con quince años yo era el director de escena. Entre los actores había una mujer, Harriet, que llegaba todos los días borracha a ensayar. Un día le tuve que decir: «Si vuelves a venir así de ciega, me voy a poner tu vestido y haré tu papel». Me odiaba a muerte por eso.

Poco después empezaban las clases en mi nuevo instituto y teníamos que hacernos una analítica para ver si teníamos tuberculosis. Fui a la enfermería y, ¿con quién me encuentro? Con Harriet, la borracha. Era la enfermera. Y resulta que todos los chicos que nos hicimos la prueba dimos positivo de tuberculosis. Hubo pánico y llamaron a un funcionario del Departamento de Salud para ver si había una epidemia. Cuando investigó, lo que descubrió fue que la que nos contagió a todos la tuberculosis fue Harriet cuando nos sacó la sangre.

Más adelante, mi hermano trabajaba en una tienda de accesorios de teatro. En ese momento estábamos representando una obra muy sangrienta que se llamaba Streamers. Para mi diecisiete cumpleaños, mi hermano me regaló un montón de sangre falsa, un cuchillo de mentira para utilizar en escena y una pistola también falsa.  

Tenía una optativa de Teatro. Al final de curso, teníamos que hacer un ejercicio de expresión oral: dar un discurso. Como tenía todos estos accesorios que me había dado mi hermano, las armas y la sangre falsa, se me ocurrió que podía dar un discurso y, a mitad, salir mi hermano de entre el público, dispararme con la pistola y yo caerme al suelo con toda esa sangre falsa. Mi plan era ponerlo todo perdido de sangre. Al discurso lo íbamos a llamar Homenaje a Sam Peckinpah, pero los discursos de los demás alumnos se alargaron y se pasó la hora. Me quedé sin poder dar el mío.

Al salir al patio, había como doscientos chavales fumando. Estaba lloviendo. No lo teníamos planificado, pero vimos que era mejor audiencia. Nos miramos en un segundo y nos dijimos: «Ahora». Empezamos a pelearnos, a empujarnos, vinieron todos los chavales gritando: «¡Pelea! ¡pelea!». De repente, mi hermano sacó el cuchillo, me lo clavó en el pecho y me reventé un montón de sangre. Todo el mundo se puso a gritar, salieron corriendo acojonados. Fui dando tumbos hasta una chica que era animadora, delante de ella escupí sangre por la boca, me caí al suelo, me fui arrastrando por el barro de la lluvia y finalmente me morí. Entonces, me levanté y le di las gracias a todos por su atención. Hubo una gran ovación y todos se descojonaron. Hasta que escuché a alguien avisar de que la enfermera estaba llegando. Me volví a tumbar en el suelo y mordí otra cápsula de sangre en la boca.

Venía corriendo, solo vi sus zapatos blancos y su bata. Se tumbó, me tomó el pulso y escupí la sangre encima de ella. Del susto se cayó para atrás. Entonces yo me levanté y le dije: «Hola, Harriet, ¿qué tal estás?». Tuvo un ataque de nervios. Se puso a llorar ahí sentada en el barro, con la lluvia cayéndole encima. Pidió que me expulsaran por haberla humillado públicamente delante de todos los compañeros. Al día siguiente volví al instituto, pero ya no había instituto para mí. Me tuve que ir a hacer horas extras en la hamburguesería. Lo más gracioso es que años después, cuando ya salía en películas, me llamaron para dar un discurso a los alumnos de mi instituto y les contesté: «¡Primero dadme mi diploma!».

¿Tomó clases de actuación?

Sí, en Nueva York, a tiempo completo. Pero yo tuve mucha suerte. Un día, por divertirme, envié mi foto y mi currículum a todos los directores de casting de la ciudad. Algo que podías hacer hace cuarenta años, ahora ya no va así; ahora ni te lo mirarían. Coincidió que estaban buscando a actores que se parecieran a otros actores para representar su personaje cuando era joven en flashbacks. Era una miniserie de seis horas que se llamaba Studs Lonigan. Como me daba un aire a uno de los protagonistas, me llamaron. Esa fue mi primera audición para televisión y mi primer trabajo profesional.

¿Cómo fue el cambio del teatro a la tele?

La televisión es completamente diferente. Tuve que aprender a bajar el tono, a gestualizar menos, a ser más tranquilo. Ahí no puedes sobreactuar. No fue nada fácil para mí porque yo tiendo al histrionismo.

Nos mandaron a Los Ángeles, a los estudios de 20th Century Fox. Estábamos en un plató que simulaba las calles de la ciudad. Cuando lo veías parecía Nueva York, pero flipabas y te decías a ti mismo: «Joder, esto es Hollywood». El primer día me tocó rodar una escena de pelea y la hice con un actor que todavía es mi amigo, Dan Shor. Teníamos que pegarnos y nos pegamos de verdad, porque no teníamos ni idea. Nos tuvieron que enseñar que no hacía falta darse golpes en serio.

Entró en el cine por la puerta grande, en el debut de Robert Redford como director en Gente corriente.

Fue en 1979, tenía veinte años. Gracias a haber salido ahí, pude ir a Broadway. Si me hubiese quedado en Nueva York, no me habrían llamado en la vida.

Es un éxito haber llegado hasta ahí tan joven.

Bueno… Me llamó mi profesor favorito de actuación. En aquella época estaba de director de muchos shows de Broadway y me dijo que tenía uno para mí. Pero luego volví a Los Ángeles, donde he estado viviendo treinta años. Trabajar en el teatro no se paga mucho, elegí la televisión y el cine por dinero. Actuar ocho veces a la semana en un teatro se paga menos que salir unos minutos en una serie.

Uno de los mejores actores que he conocido en mi vida actúa en cada Shakespeare Festival. Actúa cada noche del año, van de ciudad en ciudad, y no gana suficiente dinero como para tener un hijo, una casa o irse de vacaciones. Son básicamente voluntarios. La escala salarial es al revés. Haces un episodio de una serie de televisión horripilante y lo que te dan equivale a haber currado dos meses en Broadway. Cuando actué en Broadway costaba más el alquiler de mi casa que lo que me pagaban. Ahí, a no ser que seas un estrellón, no ganas mucho.

Apareció en Dallas.

Era joven, me ofrecieron un buen dinero. Pero creo que debía haber dicho que no. De hecho, no quería hacerla, pero mi representante me animó. En aquella época, en los ochenta, o hacías televisión o hacías películas. No podías alternar las dos cosas. Yo no estaba preparado para tener apariciones regulares en televisión, ni siquiera lo quería, me convencieron y fue un error. Desde entonces, nunca me llamaron más para el cine. Me volví televisivo. Fue un gran giro en mi carrera, pero tenía veinticinco años y no sabía lo que estaba haciendo.

Del rodaje de Dallas solo recuerdo el calor que pasé. Y que me vacilaron. Estábamos haciendo una escena de exteriores y estaba lleno de extras que eran todos de allí, del mismo Dallas. Ensayamos la escena, se me acercó uno de ellos y me dijo: «¿Eres de Nueva Jersey?». Contesté: «¿Cómo lo sabes?». Y dijo: «Porque tienes el mismo acento de gilipollas que John Travolta en Urban Cowboy». Me quedé pensando: «Cómo me ha calado». Me acuerdo también de que me pasé el rodaje tonteando con Linda Gray y fue un poco raro porque ella tenía cuarenta y cinco años y yo veinticinco.

También destaca en su currículum Se ha escrito un crimen.

Angela Lansbury, Jessica Fletcher, qué mujer más maravillosa era. Hice un par de episodios y me llevé a mis hijos al plató. Debían de tener tres y seis años. Era la época en que solo veían cintas de Disney. Ella había hecho La bruja novata y La bella y la bestia. La reconocieron, les cogió de la mano y empezó a cantar «Under the Sea» con ellos. Es muy dulce.

Apareció en un solo capítulo de Babylon 5, pero dicen que es el más importante de la serie.

Fui el primer Ranger de la serie. La gente que la veía, cuando se encontraba conmigo por ahí, me decía: «¡Tú eras el primer Ranger!». No sé, supongo que significará algo para ellos. Para mí, nada. Lo bueno es que ahí conocí a Mira Furlan. A veces cuando estás trabajando en televisión los otros actores no son muy buenos, a veces yo no soy muy bueno, pero en la escena que hice con Mira, con solo mirarnos, nos dimos cuenta de que éramos los únicos que estábamos intentando sacar algo de esa mierda de escena de ciencia ficción. Casualmente, quince años después, nos tocó hacer de marido y mujer en Surviving Me: The Nine Circles of Sophie de Leah Yananton.

En Policías en Nueva York salió con su hija.

Mi personaje tenía una hija de seis años que salía en una escena, donde no tenía nada que decir, mientras me arrestaban. Vino el director y me dijo: «¿Tú no tenías una hija? Pues tráetela». Fui a casa y le pregunté si quería venir.

Se inventó su nombre y puso como condición para aparecer salir con su conejito Flapsy. Como ella en ese momento tenía ocho y el personaje tenía seis, negociamos un punto intermedio y decidió actuar como si tuviera siete.

Fuimos a los estudios de 20th Century Fox. Entramos en el vestuario para que nos vistieran, luego nos maquillaron, con todas las luces y los espejos, se lo pasó muy bien. Fuimos a mi camerino, listos para salir a escena y tardaron en llamarnos… ocho horas.

Se quedó dormida y, cuando nos tocó, la tuve que despertar. Estaba ya agotada. Aun así, hicimos la escena. Ella solo tenía que escuchar a los hombres que venían a arrestarme. Se hicieron un par de tomas y, al acabar, me dijo el cámara: «La niña te ha robado la escena». Contesté: «Gracias». Y añadió: «¿Por qué me das las gracias? Acaba de eclipsar tu papel una niña de seis años».

Después salió conmigo en una película de Disney, ya tenía once años. Ese día hacía mucho viento. Yo estaba haciendo una escena y ella me esperaba sentada. Se voló un tejado y cayó donde estaba ella. Si no llega a ser por otro actor que estaba sentado a su lado, que lo vio venir y lo paró un poco, ahora podría estar muerta. Cuando vinieron a avisarme me dijeron: «No queremos que te vayas ahora porque queremos terminar esta escena, pero a tu hija le dio una cosa en la cabeza, aunque no está muy herida». Solo tenía un chichón enorme, pero fui corriendo a ver si estaba bien y a los diez minutos tenía un abogado al lado para que firmase que la empresa no era responsable de nada. Estaba bien, pero ya no quiso volver a hacer cine en su vida. La primera vez no la dejaron dormir y la segunda le dieron un golpe en la cabeza. Dijo: «Aquí se acaba mi carrera como actriz».

Men in black fue una película importante.

Para mí solamente otro personaje. Recuerdo que la primera escena, como había mucho rollo de gráficos y efectos especiales, duraba un montón de tiempo. Toda la gente a la que le había contado que iba a trabajar con Tommy Lee Jones, me decía: «Es un hijo de puta, tienes que tener mucho cuidado». Lo escuché un millón de veces. Al principio estuvimos trabajando sin él como una semana, y el día antes de que llegara tuvimos que hacer una reunión todos, ciento y pico personas, sobre cómo comportarnos, qué decirle y qué no se le podía decir.

Me tocó rodar encima de una colina, vestido y tal, me subí. Estaba todo el mundo muy preocupado porque iba a aparecer Tommy. El director, Barry Sonnenfeld, me explicó por dónde iba a venir el monstruo, dónde iba a estar el coche, y acabó su charla: «Entonces, cuando aparezca el monstruo, tú le disparas, ¿alguna pregunta?». Y apareció Tommy Lee Jones, que dijo: «¿Y cómo es que no echa a correr cuando ve al monstruo?». Yo estaba ahí parado, con todas las luces en mi cara. Sonnenfeld dijo: «Pues no sé… esa es una pregunta para Fred». Me miraron todos. Yo, pensando: «Cabrón…».  En inglés tenemos una expresión que es throwing a little guy under the bus. Me puso en el disparadero. Y mentí. Le dije: «Porque tú, Tommy, eres el héroe y yo me mantengo a tu lado, hago lo que hagas tú». Eso le gustó. Contestó: «Ah, vale». Desde ahí nos empezamos a llevar bien.

Los siguientes cinco días estuvimos sentados juntos, contándonos historias. Me hablaba de su rancho en Texas, hablábamos de su compañero de habitación en Harvard, que entonces era el vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore. Le pregunté: «¿Te imaginabas que iba a llegar a vicepresidente?», y me contestó: «No, yo pensé que sería presidente».

Pero si hay un actor del que se dice que es accesible, muy agradable y da gusto estar a su lado, ese es Tom Hanks. Es maravilloso trabajar él. También Hugh Jackman. Cuando estás con ellos, de repente se te olvida que son megaestrellas.

Otra serie: Expediente X.

Ahí hubo mucha diversión. Me hicieron esa audición para esa serie como una docena de veces, y nunca me dieron el papel. Me surgió una oportunidad más y fui sin ganas. Casi ya no quería ni que me lo dieran. Pero resultó que era el mejor papel de todos los que había intentado conseguir. Resulta que David Duchovny y Gillian Anderson estaban rodando la película y no estaban disponibles para su maldito propio programa. La serie tuvo que ir al pasado, hacer unos flashbacks, y se centró en mi personaje.

Recuerdo que unos meses después estaba en mi casa tirado en el sofá y me llamaron por teléfono. Era David Duchovny. Pensaba que era una amigo mío, Maty, que se estaba riendo de mí. Estuve a punto de decirle: «Que te jodan», cuando me di cuenta de que la voz sonaba como la de David en serio. Me comentó: «Hemos visto lo que has hecho en el show y te hemos escrito otro guion para tu personaje, ¿estás dispuesto a hacerlo?». Contesté: «Déjame pensarlo: ¡sí!». Fue, además, el primer capítulo que dirigió David, que fue muy divertido. Cuando salí en Madam Secretary, Téa Leoni se acordaba de mí por ese capítulo de Expediente X.

Spielberg decía que grababa cada capítulo de Expediente X.

¡Trabajé también con él! En Public Morals, él era el productor ejecutivo. Una noche bajó al set y era un tipo muy agradable.

Más ciencia ficción: Fortaleza Infernal 2.

Odio contarte historias tristes. Esto se rodó en Luxemburgo, lo cual fue muy agradable. Mi papel era ayudar a Christopher Lambert a escapar de aquella cárcel porque nos conocíamos de antes, de estar juntos en el ejército. Viajé a Luxemburgo, entré en el hotel, me encontré un guion en la cama, lo leí y vi que lo que yo iba a ser, mi historia, ya no existía. Había desparecido del guion. Me habían cambiado el papel. Pero Luxemburgo es una base de operaciones excelente para ver Europa así que me dediqué a viajar y vi muchos países.

¿Y CSI?

Solo otro papel más. He hecho miles de esos. Entrar y salir, es como un trabajo para mí.

Bueno, pasemos a Perdidos.

Ahí exploté. Estaba haciendo un papel breve de los míos en Crossing Jordan, en un capítulo que había escrito Damon Lindelof. Se acordó de mí cuando salió Perdidos y me llamó. El personaje que tenía, originalmente, se tenía que morir en la primera media hora. Supongo que les gustó lo que hice, porque me mantuvieron más tiempo. Lo mejor es que rodamos en Hawái. Cada par de meses me llamaban: «¿Te apetece venir?». Y yo: «Claro, oye, me voy a llevar a la mujer también».

¿Existía tanto secretismo en torno al guion como se ha dicho?

Eso fue único. Normalmente, en una serie, sabes de qué estás hablando, pero en Perdidos no sabíamos nada, ni siquiera está claro que ellos supieran lo que estaban haciendo. Ni cómo acabó… No estamos seguros de saber cómo ha acabado.

Desde el punto de vista del actor, fue bastante duro. En Perdidos no nos dejaban ver el guion, actuábamos sin saber lo que estaba pasando. Todo era misterio y secretismo. Hacíamos las escenas y no sabíamos lo que estábamos hablando. Te decían: «Cuando cojas ese vaso de agua, haz como que es muy importante». Y preguntabas: «¿Cuánto de importante en una escala de uno a diez?». Te respondían: «Once». Y tú: «¿Pero en un sentido positivo o en uno negativo?». Y ellos te miraban en silencio. No decían nada… Pero ¿cómo puedes actuar en algo que no sabes lo que significa?

Hacíamos las tomas un par de veces de diferente manera a ver qué es lo que les encajaba. Solíamos inventarnos historias nosotros mismos para poder actuar. Me acuerdo de que en la primera escena que hice con Evangeline Lilly me puse a inventarme cosas pensando que eso la ayudaría y luego me enteré de que la confundí aún más.

J. J. Abrams y Damon Lindelof estaban despiertos todo el día, como niños, pasándoselo bien. Trabajaban dieciséis horas diarias y luego se iban a casa y escribían toda la noche. No dormían. Estaban así cuatro o cinco días seguidos sin dejar un solo minuto de ser buenas personas y simpáticos. Estaban excitados todo el rato, ahí ves que son distintos a ti de alguna manera, porque nadie normal puede mantenerse así una semana. Escuché la misma historia de Mick Jagger, que se quedaba despierto sin drogas cinco o seis días en el estudio porque solo estaba centrado en grabar. Son, simplemente, personas especiales y diferentes.

En YouTube sale en varias convenciones de fans de la serie Supernatural.

Llevo unos años sin ir. Esa gente tiene una pasión en común, y bien por ellos, pero yo lo veo un poco absurdo. Aunque seguro que ellos piensan que las cosas que yo hago son también absurdas. Lo que más me sorprendió de estas convenciones fue que van las mismas mil personas independientemente de si estás en Chicago o en Alemania.

¿Qué hace en ellas?

El tonto. Canto y toco la guitarra, tonterías.

Ha aparecido en un Batman de Christopher Nolan, que es uno de los directores más cotizados de la actualidad.

Solo estuve dos días. Era una gran producción y fue divertido formar parte de eso. Había cientos de personas trabajando. Trescientos extras, cincuenta y cinco actores. Explosiones. Motos. Por haber, hubo hasta un huracán real mientras rodamos. Pero solo estuve unos pocos días, me aseguré de saber mi texto y de no interrumpir a otros mientras trabajaba.

Ha trabajado en Boardwalk Empire y Westworld; ¿por qué es diferente HBO?

Porque se puede decir fuck. También porque se gastan más pasta y estar en sus series es como trabajar en una película. Cuando estás en el plató, es simplemente otro plató. Pero luego ya ves que hay más dinero porque la comida es mejor, detalles así.

Estuve en De la Tierra a la Luna, de 1998, y fue una experiencia increíble. Creo que se gastaron ahí más dinero del que jamás se haya gastado nadie en la televisión. Lo rodamos todo donde pasó exactamente la historia, excepto en la Luna. Fuimos a Florida, al Kennedy Space Center, yo iba con mi traje de astronauta. Iba por ahí con Tom Hanks, a la hora de comer teníamos preparado el sushi… yo pensaba: «La vida es maravillosa, cómo he llegado a estar aquí, es todo tan guay».

Para Westworld, por ejemplo, ahora ya nadie graba con película, todo es digital, pero ellos para esa serie la han usado. Cinco cámaras tirando película a la vez en cada escena. Así se ve luego…

Invierten mucho tiempo en lo que hacen. En la televisión convencional tenemos que hacer nueve páginas en un día y ahí no para nadie. Haces dos veces cada escena y ya está. En HBO, o en Netflix también, se hacen las cosas con más calma y más tiempo. Dedican más tiempo porque ahora tienen que competir. ¡Ya no puedes limitarte a poner Vacaciones en el mar!

¿Estamos en una edad dorada de la televisión o antes también había buenas series?

Ahora los mejores guionistas y escritores hacen series. Según cuándo hayas nacido, te gustará más Get Smart, Archie Bunker´s Place o lo de ahora. Todo depende de con qué hayas crecido. Ahora hay muchas plataformas, Netflix, HBO, Showtime, YouTube, Vimeo, Paramount… ya veremos cómo acaba la guerra. El consumidor elegirá. Habrá ganadores y perdedores, pero si hay más producto donde elegir, más es siempre mejor.

Los cines se han quedado vacíos.

Si de las series te salen las temporadas completas en un día, es normal que cambien los hábitos. Se ha perdido incluso el tiempo entre capítulo y capítulo, antes tenías que estar en un lugar a una hora para poder seguir tu serie favorita. Pero para la profesión todo esto es positivo, ahora hay más oportunidades para escritores, productores y actores. Más trabajo, más producto, más oferta para el público. Está cambiando todo tan rápido que hasta nuestros sindicatos no pueden seguir el ritmo de la tecnología. Cuando firmamos un contrato, mientras dura, ya se producen avances que no esperábamos cuando firmamos. No paran de salir cosas nuevas.

¿Las actrices de su edad lo tienen más difícil que usted para encontrar papeles?

Es mejor ser hombre, desde luego hay más papeles para hombres viejos que para mujeres viejas. A nosotros todavía nos pueden dar papeles de policía malo, o de un detective, pero cuando una mujer se hace vieja ya no hay papeles para ella. No sé por qué pasa, pero es cierto. Es algo que tiene que cambiar y ya está cambiando. Ahora mismo en Estados Unidos hay más mujeres que antes en los medios audiovisuales. Movimientos como Me too están teniendo efecto y servirán para que las mujeres de una cierta edad se reincorporen.

Cuando yo empezaba no veías a una mujer de directora ni de casualidad. También había muy pocas que escribían. Ahora la cosa empieza a estar más o menos 50/50. Los últimos cuatro o cinco años que he trabajado en televisión he tenido las mismas posibilidades de trabajar con una mujer que con un hombre.

¿Conoce casos de actrices que han tenido que hacer favores sexuales a cambio de trabajo?

Nunca he visto ninguno, pero estoy seguro de que ha pasado. He escuchado muchas historias. El casting couch (un papel a cambio de sexo) es legendario. ¡Cómo no va a serlo en un país donde el presidente mete mano a las mujeres que saluda y presume de ello!

A mí una vez una actriz me acusó de acoso sexual. No te voy a decir en qué serie fue, pero yo estaba haciendo un papel de proxeneta y ella era una de mis chicas. Hacíamos una escena de andar y hablar. Se repitió la escena un montón de veces. Cortaban, volvíamos, una y otra vez. La séptima u octava vez que lo estábamos repitiendo, yo seguía hablando como un chulo. Llevaba una semana y media haciendo ese papel en un entorno de wéstern. Ella y yo nos llevábamos bien, pero yo tiendo a quedarme en el papel a veces.

En una de estas en las que estábamos volviendo para rodar una vez más la escena, seguí actuando. Le dije en jerga: «¡Qué buen culo tienes, nena!». Y se puso a gritar: «¡Acoso sexual! ¡Acoso sexual!». Pensaba que estaba de coña, y le contesté: «No en mi luna». Pero iba muy en serio.

Había como cien personas alrededor, enfrente de las cámaras. Todos vieron que dije el comentario con la voz de mi papel, pero fui a trabajar al día siguiente y me amenazaron con abogados, me dijeron que no volviera a dirigirle la palabra. Sentí que me estaban tomando el pelo.

La estrella del show, que nos conocíamos, trabajamos juntos y nos llevamos bien, me hizo reproches. Le dije: «Pero ¿no te acuerdas, cuando tú y yo hicimos una escena, de que yo entre medias seguía actuando?». Tuvimos una escena de violencia, la repetimos ocho o nueve veces, cuando estábamos preparándonos para la última, antes de que se encendieran las cámaras, le dije «Maricón» (pussy). Él gritó: «¿Qué?». Se encendieron las cámaras y nos peleamos. Fue una coña para antes de salir a escena y conseguir una interpretación más real. Él me lo agradeció, me dio las gracias después de la escena. Le expliqué que eso mismo había hecho con la chica y me acusaron de acoso sexual.

¿Siguió trabajando en la serie?

Hice mi trabajo y no le dirigí la palabra. El actor que era la estrella del show se puso muy paternal con ella y le dije que se fuera a la mierda. Después de un año o dos, nos encontramos de nuevo en un trabajo, lo hablamos y rodamos. Con ella no he vuelto a trabajar más.

Pero creo que tiene que haber más mujeres en la industria, más igualdad. Si están en una posición más igualitaria eso irá en beneficio de todo el mundo. Afortunadamente, todo esto está cambiando rápidamente. Y, si hay un abuso sexual, el que lo comete tiene que pagarlo. Todo lo que se está oyendo estos días obedece a una situación muy real. Lo de Weinstein creo que es completamente cierto. Y a mí nunca me ha pasado, pero también hay hombres que tienen que pasar por el casting couch, especialmente los actores jóvenes. Afortunadamente, yo he podido eludir todo esto. Nunca me ha pasado como a Corey FeldmAn, el de Los Goonies, o a Corey Haim.

A España ha venido como director, presenta un corto en el Festival de Cine Independiente Norteamericano de Barcelona.

Ser director es distinto. Al final del día me siento como que he hecho algo. Como actor, estoy siempre esperando a ver si puedo tener un buen momento aquí y allá, el resto del tiempo son horas esperando en el camerino. Un director está dieciséis horas tomando decisiones, diciéndoles a cien personas lo que tienen que hacer y cómo.

En mi corto, Shy guys, tuve a quince personas trabajado para mí. Al menos me aseguré de que la comida era buena [risas]. Pero cuando empecé me sentía extraño, porque siempre me ha gustado hablar de la actuación con los compañeros, pero cuando me convertí en director me costaba. Frente a Reed Birney, que venía de House of Cards, y acababa de ganar un premio Tony de teatro por un papel, me costó decirle qué tenía que hacer. Fue bastante raro. Tuve que hacer un acercamiento, hablar con él y al final lo que sacamos fue una decisión conjunta. No fui un verdadero director y ellos los actores a mis órdenes. Pero afortunadamente no tuvimos ningún conflicto de ideas.

Me fie del actor, pensaba que seguro que sus ideas serían igual de buenas que las mías. Si hay algo que me gusta de rodar es que tiene que ser un esfuerzo colaborativo, las películas son el trabajo colectivo de ciento veinte personas.

También ha vuelto al teatro recientemente.

Es una experiencia colectiva. Empiezas, sigues todo el camino, llegas al final, te comunicas con la audiencia y tienes una respuesta inmediata. Otra vez, al final de la noche, te sientes como que has hecho algo. No es como en las series, que llegas y grabas las páginas de la 5 a la 6 del guion, y luego de la 19 a la 20. Esos momentos que tienes son como magia; sin embargo, cuando sales a escena en un teatro, te entregas.

Deberían pagar más en el teatro y no tanto en la tele. Pero el salario lo crea cuánto paga por el producto el consumidor. Muy pocos de nosotros llegamos a Broadway, especialmente si no cantas o bailas. Es en los teatros regionales donde podemos trabajar durante un año entero y con eso no te da ni para el alquiler.

Debe tener un buen agente para conseguir tantos papeles.

Tuve muchos durante años, pero ahora tengo uno que se llama Adam, está en Los Ángeles, con el que me junté en 1995. Llevamos juntos desde entonces. Hemos pasado por cinco o seis agencias. Si él cambia, yo me muevo con él. Porque le quiero y él me quiere a mí. Cree en mí de verdad. Estuvo conmigo en los momentos difíciles y hablamos honestamente el uno con el otro. Si encuentras un representante que es tu amigo de verdad, tienes mucha suerte y debes quedarte con él. Porque he tenido muy malos representantes. Aunque no existe una razón común que explique que a uno le vaya bien o mal en el show business.

¿Cómo son hoy en día las audiciones?

Ahora, en la mitad de los papeles que represento no hago casting. Hoy en día lo que hago es grabarme a mí mismo en el portátil y lo mando. Mi mujer me lee la otra parte del personaje y eso es lo que les mando por correo. La mitad de mi tiempo me la paso intentado conseguir papeles y la otra mitad hago el mono para ellos. Si en un trabajo me gusta el personaje, me hago fan, en caso contrario, son para pagar la hipoteca. Y ya está.

La parte más dura del trabajo son las audiciones. Si de cada treinta por las que paso consigo que me cojan en una, ya es un éxito. Y esas veintinueve que no van a ningún lado llevo haciéndolas cuarenta años. Es difícil que te excite una audición después de tantas.

No estoy en la categoría de poder elegir. Me gustaría trabajar para los hermanos Coen, o haber salido en Tres carteles en las afueras, pero siempre tengo que recordar que tengo mucha suerte porque puedo vivir de esto. Muy poco porcentaje de nosotros se gana la vida como secundario. En el sindicato somos doscientos mil y solo seis mil conseguimos llegar a fin de mes con esta profesión. Los demás tienen suerte si consiguen un trabajo una vez al año.

Todo pudo ser distinto. En un par de papeles fui la segunda opción para un personaje principal. Robert Redford me dijo que era la segunda opción para Conrad de Gente corriente. Y también fui la segunda opción en la Footloose original. Cualquiera de los dos me habría cambiado la vida. Aunque también pienso que tuve suerte de no lograrlos, porque era demasiado joven y tonto y no habría sabido manejar bien la situación.

¿Cómo prepara papeles de secundario tan breves?

No es fácil. A veces tengo que hacer malabares con tres o cuatro papeles a la vez. Uno un lunes, otro un miércoles, luego el jueves vuelvo al primero… Algo que vuelve loca a mi mujer, porque siempre tengo tres o cuatro acentos distintos que estoy usando en casa.

[Interrumpe su mujer] «Lo odio, a veces tengo todo el fin de semana al tipo duro y al siguiente es el policía. Vivir en casa con él es como hacerlo con varias personas a la vez. A veces me pregunto si me he casado con un gánster o con un cowboy».

Para cada papel hago la máxima investigación que puedo. Llevo toda la vida igual, así que ya me sale de forma natural. Cuando era niño, iba al patio trasero y jugábamos a indios y vaqueros o a monstruos y no estábamos pensando en ello; no pensábamos en la relación que tenía un monstruo con otro monstruo. Simplemente, lo hacíamos. Después de todas las clases de actuación que he tomado estas décadas, he vuelto al punto de interpretar como si volviera a jugar en el patio trasero de mi casa.

Cuando empezaba, me preguntaban cómo aprendía todos esos textos de memoria. Yo pensaba que esa era la única parte en la que no tenías que pensar. Lo leías un par de veces y ya lo tenías. Ahora, desafortunadamente, tengo que volver a poner toda mi atención en memorizar las putas palabras. Te haces viejo y eso pasa. Por lo menos, esta es mi excusa. Porque no puedes hacer nada sin tener controlado el texto.

Fundamentalmente, para actuar, necesito saber qué quiere el personaje, de dónde viene. Investigo el lugar físico en el que ha nacido. Cuando sigo todos estos pasos, de repente me encuentro sintiéndome como el personaje. A veces tarda más, a veces es inmediato. Pero también me pasa que me empiezan a dar trabajos que ya he hecho. Policía cabrón o policía bueno, ambos son el mismo patrón. De poli malo habré hecho como quince veces. Es todo lo mismo. Poner cara de «a mí no me vacila ni dios».

Frecuentemente, cuando me dan un papel, mi reacción es «Ah, este ya lo he hecho». A veces intento darle una vueltecilla al personaje para no aburrirme, porque muchas veces me canso de hacer los mismos personajes. Pero cuando cambio algo, se ponen furiosos. Me gritan: «Si solo eres un jardinero, ¡por qué no haces de jardinero!». Yo les digo: «Pero es que me he imaginado que mi personaje en realidad quería ser bailarín, pero acabó de jardinero». Y ellos: «No, eres un puto jardinero, compórtate como tal».

6 comentarios

  1. Monguer

    Este tío no sabe la suerte que ha tenido de participar en un serión como Babylon 5.

  2. Es un verdadero profesional.

  3. Izarbeko Lepoa

    Se os ha olvidado que fue”El Señor Lobo”de Zero Dark Thirty(La Noche más Oscura)…Muy buen papel,aunque demasiado corto como él dice por los otros que le han tocado.

    • Izarbeko Lepoa

      Leer la entrevista ha sido una delicia por cierto,gracias por la parte que os toca☺.

  4. Fantástico

  5. Fantástica entrevista

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