Los Panteras Lavanda del reverendo Ray Broshears

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Detalle de la portada de Newsweek del 2 de febrero de 2018.

Se rumoreaba que había sido, en varias ocasiones, informante de los federales, policía de incógnito, militante de izquierda, republicano, pedófilo, una máquina de hacer publicidad, enfermo mental, exbaptista, y que había estado involucrado en asesinatos, uno con éxito, el de John F. Kennedy, y otros dos sin, el de Lyndon B. Johnson y el de Gerald Ford.

(Self Space, Christina B. Hanhardt)

La portada del Newsweek de la primera semana de febrero de este año parecía el póster de una provocadora película de éxito. Un cura, con alzacuellos, sostiene en sus manos un fusil. Podría ser algo como las monjas armadas de las camisetas de Rage Against The Machine o aquellos seminaristas navarros en la mili formando con fusiles en la antigua plaza de toros de Pamplona, imagen que se ha asociado erróneamente a la Guerra Civil en numerosas ocasiones. Pero no, ese cura lleva un titular distinto, pone: «El gay más peligroso de América». Newsweek le dedica su reportaje central al reverendo Ray Broshears y sus milicias LGBT. Una historia muy prosaica, este cura decidió que su comunidad tenía que defenderse de las agresiones que sufría en el San Francisco de los setenta armándose y aprendiendo artes marciales. Su lema: «Cristo tampoco estaba callado, era un rebelde».

El 4 de julio de 1973, este sacerdote —evangelista pentecostal— se había quejado a la policía por la mañana de que había adolescentes tirando petardos al tráfico. Cuando luego salió de su centro comunitario, le cogieron los chavales y le dieron la paliza de su vida. Le golpearon en la cabeza y le patearon por toda la acera hasta que un conductor de autobús paró y huyeron. El cura se quedó sangrando por la nariz, lleno de moratones y sin poder mover un brazo en el que sufriría parálisis.

En el barrio de Tenderloin estas palizas eran habituales y generalmente las recibían los homosexuales que lo frecuentaban. Algunos habían muerto y los crímenes seguían sin resolver. En el hospital, con la cara destrozada, Ray Broshears juró venganza. Como más adelante le confesaría a la revista Time, su propósito desde entonces sería: «Aterrorizar a todos esos jóvenes punks que han pegado a mis maricones (faggots)».

Dos días después, en una reunión con su comunidad anunció que nunca más se quedarían cruzados de brazos ante una agresión. Les habló empuñando un fusil. Anunció que se impartirían clases de kárate y judo, y repartió cuchillos y cadenas. El grupo nacía a imagen y semejanza de los Panteras Negras, incluso tomó su símbolo. Su nombre: Panteras Lavanda, Lavender Panthers. «La policía no volverá a mirar para otro lado cuando le den una paliza a un homosexual», les prometió. Y sentenció: «Trabajaría con el puto demonio para que los gais tengan derechos».

Los vigilantes saldrían de patrulla por su barrio con el fin de proteger a la gente que quería ir a los bares de ambiente. Broshears iba con escopeta, pero la llevaba cargada de balas de sal. El resto portaban armas blancas, bates de béisbol y lo que hubieran pillado por ahí. Además, llevaban botes de pintura roja y silbatos para dar alarmas. En una noticia del 8 octubre de 1974 en Time podemos ver en lo que se convirtieron las calles de Tenderloin:

Cuatro adolescentes de San Francisco se han llevado recientemente la sorpresa de sus vidas. Iban en su coche tuneado para divertirse un poco, vieron a dos homosexuales saliendo del Naked Grape, un conocido local gay, los jóvenes pararon el coche, salieron y empezaron a empujar a los gais. De repente, una banda de tíos musculados dirigidos por un hombre con alzacuellos salió de una furgoneta Volkswagen gris y los enganchó. «Ni siquiera hicimos preguntas», dijo el reverendo Ray Broshears, 38. «Sacamos nuestros palos de billar y empezamos a machacarlos». Los adolescentes huyeron para regresar cinco minutos después rogando por su coche: «Miren, amigos, no queremos problemas».

La patrulla estaba formada por veintiún homosexuales y lesbianas. Querían «refutar la idea extendida de que todos los homosexuales son “mariquitas, cobardes y mariposones” (sissies, cowards and pansies) que no harán nada cuando les ataquen». En un reportaje que se hizo de ellos en Rolling Stone se contaba que sus principales enemigos eran las bandas de chicanos, chinos y negros. El grupo sabía kárate y kung-fu y venía curtido de las peleas callejeras habituales en la zona. La policía tuvo que mediar para que por favor no llevasen armas de fuego. Los agentes creían que el reverendo Broshears era un histriónico al que no se le podía llevar la contraria y tenían que ceder a sus planes negociando.

Según el libro Safe Space: Gay Neighborhood History and the Politics of Violence  de Christina B. Hanhardt, la iniciativa de este religioso no fue aislada. En el cercano barrio de Castro, donde los homosexuales se habían instalado cómodamente y regentaban comercios de toda clase, unas calles que nada tenían que ver con los sórdidos tugurios de Tenderloin, también aparecieron más adelante patrullas, en este caso las «Brigadas de Mariposas». Pero eso fue solo después de que el reverendo diese un puñetazo en la mesa.

Noticia publicada en el San Francisco Examiner el 7 de julio de 1973.

Broshears había nacido en Illinois. Desde adolescente fue profundamente creyente, con catorce años enseñaba la Biblia en una iglesia baptista. Trabajó en un hospital a los dieciséis y poco después se enroló en el ejército, del que fue expulsado por «motivos médicos», pero se especula que fue brutalmente violado. Al menos sufrió un fuerte golpe en la cabeza que le dejó secuelas cerebrales y fue licenciado de la armada con una pensión. Tomó entonces la decisión de ser predicador y recibió clases de Billy James Hargis, uno de los evangelistas más famosos del país y también uno de los más homófobos.

Según reveló la prensa de San Francisco años después, Hargis se lo quitó de encima cuando descubrió que era homosexual. A continuación, en los sesenta, Broshears se involucró en la lucha por los derechos civiles, periodo en el que fue detenido por «manosear» a un chaval de diecisiete años. Parece que el chico era el sobrino del alcalde. Le cayeron seis meses de cárcel. Cuando salió de prisión, en diciembre de 1965, huyó del escándalo y la vergüenza familiar poniendo rumbo a San Francisco. En sus propias palabras: «Para allí convertirme en maricón (faggot)». Con treinta y un años, se introdujo en el clero metodista de la ciudad y formó su propia comunidad en un barrio, Tenderloin, donde abundaba la prostitución masculina. En ese vecindario, sacerdotes y activistas ya habían hecho duros discursos y alegatos contra la policía y sus excesos.

Broshears desde el primer día fue testigo de ellos. La policía acosaba y agredía a las drag queens, a los chaperos y a los clientes de los locales cuando entraban o salían. Aunque San Francisco era la meca gay de Estados Unidos, la vida de los homosexuales distaba mucho de ser pacífica. Había casos en los que la policía había entrado en locales y dispersado a los clientes golpeándolos con palos de golf sin quitarse el lustroso uniforme oficial.

Inicialmente, Broshears montó un grupo de apoyo para las víctimas, el Helping Hand Center, con abogados voluntarios. Ahí se pagaban las fianzas de los que habían sido detenidos, se informaba a quienes ejercían la prostitución y se ofició alguna boda gay simbólica, porque no eran legales, pero sí tenían consecuencias. Como la de las mujeres soldado Varelier Randolph y Gail Bates, que fueron casadas por él y licenciadas en el acto del ejército. Un escándalo en las Fuerzas Armadas que recogió el New York Times.

Pero las bandas eran aún peores. Lo normal en aquellas calles era que adolescentes y gamberros se acercasen para tirarles botellas y piedras a los homosexuales mientras la policía se cruzaba de brazos. Las pandillas latinas iban directamente a la caza del gay. El abogado hispano Al Borvice explicó en 1979 al Washington Post que ese odio no era solo una cuestión de intolerancia. También tenía que ver con la gentrificación.

La llegada masiva de homosexuales a estos barrios disparó los alquileres de los pisos y locales. El diario citaba una intervención de una mujer negra, Idaree Westbrook, en una reunión vecinal que había sido difundida por la prensa gay: «Dices que estoy predicando odio. Solo expreso resentimiento hacia el hecho de que los gais blancos, la mayoría de los cuales han hecho poco o nada para mejorar la lucha de las minorías, se estén subiendo al carro de la lucha por la libertad por lo poco que se ha ganado en el movimiento de los derechos civiles, algo que incluye comprar propiedades que desplazan a las familias negras sin contribuir a la comunidad negra».

En los diarios que escribió en prisión el concejal Dan White, asesino del famoso activista gay Harvey Milk y de George Moscone, alcalde de San Francisco, un fragmento decía: «La gente de mi barrio sentía que los gais habían hecho que las cosas fuesen todavía más duras para las familias numerosas, porque ellos no tenían ningún hijo del que preocuparse y entre varios podían juntar sus salarios y pagar más alquiler que una familia, por eso están subiendo los precios».

Una explicación tentadora, pero incompleta. El fenómeno de rechazo tenía aún más recorrido y era más amplio. Un estudio de la Universidad de San Francisco, The Plight of Gay Visibility: Intolerance in San Francisco, 1970–1979, explica que ya desde los años cincuenta los políticos y policías locales habían advertido el incremento del número de homosexuales en la ciudad por su gran oferta de bares de ambiente. La policía intentó cerrar uno, el Black Cat, pero el juez sentenció que los adultos tenían derecho a reunirse con quienes les diese la gana, donde les diese la gana y como les diese la gana, siempre que no cometieran nada ilegal. En respuesta, el estado de California aprobó una ley para cerrar cualquier «atracción turística» a base de prostitutas, proxenetas y «pervertidos sexuales». En la última categoría estaban ellos. El Supremo echó abajo esa ley en 1959, pero la comunidad ya estaba señalada en un contexto de enfrentamiento con las instituciones.

Lo que sí es cierto es que en los sesenta, en plena efervescencia ideológica y auge del activismo, hubo una explosión de reivindicaciones homosexuales en todo el país, pero la prensa nacional empezó a señalar San Francisco como «meca gay», a cifrar en doscientos mil el número de gais en sus calles, etc., y creó un efecto llamada de primera magnitud. Según el libro Erotic City: Sexual Revolutions and the Making of Modern San Francisco de John Sides, hubo dos best sellers que supusieron el verdadero punto de inflexión. The Sixth Man, en 1961, y The Grapevine, de 1964, novelas de Jess Stearn sobre relaciones gais y lésbicas respectivamente que sucedían en San Francisco.

«Homosexuality in America» reportaje publicado el 26 de junio de 1964 en LIFE Magazine con fotografías de Bill Eppridge.

Lo mismo que un amplio reportaje aparecido en Life en junio de 1964. El texto hablaba de que en un mundo heterosexual los homosexuales habían podido construir su propia sociedad en muchos lugares, pero especialmente en California y San Francisco. El número de la revista vendió 7,3 millones de copias y fue un hito histórico, nunca se había tratado esta cuestión de forma abierta en los medios generalistas. Su aparición supuso, en palabras de Sides, «una estampida gay» hacia la ciudad.

Allí convergió de todo. Por un lado, la generación criada en la posguerra que había trabajado duro por el «sueño americano» ahora se encontraba con que lo que estaba pasando en la ciudad no se correspondía con sus valores y les calentaba la cabeza a sus hijos. Había flyers circulando que les hacían hervir la sangre, como el de «Ningún vietnamita me ha llamado nunca maricón» del Committee for Homosexual Freedom. Y, por otra parte, estaba la derecha religiosa que entonaba el discurso de «la nación», que debía ser a imagen de su concepción de Dios y de la religión. La historiadora Nicole E. Roberts sugiere que cuando Dan White asesinó al alcalde y a Harvey Milk aquello solo fue el «reflejo de la hostilidad que se estaba gestando entre las dos poblaciones».

Un documento en la Revolutionary People’s Constitutional Convention del Gay Liberation Front de septiembre de 1970 ponía de relieve cómo se veían las cosas desde el otro lado, el minoritario cuyos derechos se restringían y a cuyos miembros se agredía y asesinaba:

Nuestros más inmediatos opresores son los cerdos. Somos golpeados, tentados, atrapados, asaltados, burlados, arrestados y encarcelados. En la cárcel somos objeto de mofa, golpeados y asesinados con todo el apoyo de los cerdos. Todo homosexual vive con miedo a los cerdos, excepto los que estamos empezando a luchar. Los motivos no son que los cerdos están siendo prejuzgados (que lo están) o que reaccionan en exceso, sino que lo que ofrecen es una aprobación silenciosa a la violencia de la estructura de poder contra nosotros. Desde que nuestras vidas son descritas como ilegales, inmorales e innaturales, no hay motivo por el cual los cerdos no deberían atacarnos y nunca son castigados por ello.

Además, los activistas gais tenían dificultades para alinearse con los movimientos negros, «por su supermasculinidad», citaba el libro Safe Space, o con los chicanos, por la dilatada tradición de los mexicanos de pegar a los homosexuales. El activista Carl Wittman, autor de A Gay Manifiesto en 1970, desconfiaba incluso de los socialistas, «antigais desde la raíz». Y solo abogaba por la defensa que pudieran realizar ellos de sí mismos. En su libro, Wittman ni siquiera era optimista con la supuesta meca de San Francisco, la consideraba «un campo de refugiados».

En esta especie de colisión de mentalidades, en San Francisco se registró violencia y abusos policiales de todo tipo. Todos contra los mismos, claro. Hubo palizas que ocasionaron daños irreversibles, disparos a las piernas e incluso en la cabeza de personas relacionadas con el ambiente sorprendidas en estos lugares o, simplemente, tras un incidente de tráfico menor. En el barrio de Broshears se producían ochenta y cuatro detenciones semanales de media por cargos de homosexualidad. El travestismo no era delito desde los sesenta, pero las drag queen eran barridas de la calle.

Hasta que saltó la chispa. En una de estas redadas en un bar, Broshears vio como una drag queen le tiró un café en la cara a un policía después de que la golpeara y se inició una batalla campal con cubiertos, vasos y platos volando por los aires. A bolsazos, sesenta drag queens lograron expulsar a los agentes.

Broshears propuso tomar nota del ejemplo, pero se encontró con la oposición de los movimientos LGBT más asentados en la ciudad. Ninguno quería apoyar ningún tipo de violencia. Para el reverendo se trató de una veleidad elitista. Empezó a boicotearlos, a presentarse en sus fiestas, donde no había sido invitado, y reventarlas hasta que llegaba la policía a expulsarlos a él y a su gente. No era la primera vez que se enfrentaba a los que supuestamente estaban en su mismo bando. En el primer Orgullo Gay de la ciudad, que ayudó a organizar, unas lesbianas llevaban una pancarta que decía «Abajo el poder de la polla», les pidió que la retiraran por obscena y acabó a palos con ellas. Al año siguiente no pudo participar en el desfile.

Sin embargo, el reverendo tenía razón sobre el círculo vicioso que suponía agachar la cabeza ante los abusos. Como informó Time en su día, si un homosexual denunciaba una paliza, la policía les acusaba a ellos de habérsela buscado. En los registros oficiales de la ciudad solo figuraban un par de incidentes de este tipo, pero Broshears había contabilizado más de trescientos asaltos y agresiones en grupo en solo seis meses antes de montar sus Panteras Lavanda.

Portada de la revista Coast de abril de 1974.

En el barrio hubo diferencia de opiniones ante su iniciativa. Para muchos, como se ha dicho, la violencia no solucionaba la violencia, pero si la policía no defendía a su gente, alguien tenía que hacerlo, y no lo veían del todo mal. Otros, más bien veían al reverendo como un cantamañanas y no se tomaban en serio sus ocurrencias. Sin embargo, en su revista, Gay Crusader, Broshears escribió que en alguna ocasión habían logrado disuadir incluso a bandas de atracadores. Con estas historias que contaba de su puño y letra, logró aparecer en la portada de una revista de mayor tirada, el Coast de abril de 1974. «Los gais contraatacan», decía el titular. El redactor, John Parker, describió al religioso como un tipo que intimidaba, que se ponía a gritar a cualquier a las primeras de cambio. Se le iba un poco el pinzón.

Conforme saltó a la fama, Broshears decidió presentarse a las elecciones, por lo que recibió multitud de amenazas de muerte, pero también cartas de homosexuales convencidos o en proceso de todo el país declarándole su admiración o pidiéndole consejos. Su programa electoral, de todos modos, era muy homologable con las ideas que tenemos en la actualidad: pedía sanidad pública universal y amnistía para los presos con delitos de sexo o marihuana.

Pero sí, con la fama, el reverendo también empezó a ver afectadas sus facultades mentales. No paraba de tener incidentes, incluso con los suyos —se le acusó de tirar a un hombre por una ventana—, y veía infiltrados por todas partes. Creía, además, que la CIA y el FBI le estaban envenenando. Consiguió cuatro mil votos en las elecciones, un 2,4%. Él mismo se lo había buscado al cerrar todas las puertas al reformismo de cualquier clase, expulsado a la izquierda de sus filas y centrándose solo la defensa del lumpen-proletariado de su barrio.

Tampoco se veían con buenos ojos las historias que se contaban de él, como que hubiese testificado en contra de David Ferrie, un piloto involucrado en la conspiración para asesinar a JFK, compañero de Lee Harvey Oswald en el ejército. O que el diario San Francisco Chronicle le situase en el círculo de Oliver Sipple, un veterano de guerra de Vietnam —después se supo que gay— que había salvado la vida del presidente Gerald Ford cuando este iba a ser asesinado de un disparo por Sara Jane Moore en 1975.

Los Panteras Lavanda se disolvieron cuando atacaron a unos menores que estaban tirando globos de agua a los clientes de un bar. Los padres protestaron y la policía amenazó al sacerdote con «aplastar a los Panteras Lavanda como a unos insectos» si no lo dejaban todo en el acto. Los que quisieron seguir formaron la Guardia del Pueblo, de la que nada se sabe, y el resto se reintegraron en las instituciones del barrio.

No obstante, esos años siguieron siendo críticos. La policía, ahora sí, había contabilizado en 1976 unas diecinueve personas asesinadas en los anteriores diecisiete meses por «motivos sexuales». Algunos a navajazos al grito de «maricón», según testimonia el aludido estudio de la Universidad de San Francisco. En diciembre, en el barrio de Castro se formaron las Brigadas Mariposa. Estos ya iban con walkie-talkies anotando la matrícula de cualquier coche desde el que se les insultara. También repartían silbatos entre los vecinos, se calcula que unos treinta mil. Cada vez que había un intento de agresión y alguien chuflaba, aparecía tal cantidad de gente que los atacantes no volvían a aparecer por el lugar en la vida.

En Nueva York también cundió el ejemplo. Aparecieron los SMASH, The Society to Make America Safe for Homosexuals. En este caso, el funcionamiento de las patrullas consistía en pasear amenazadoramente por las zonas donde se habían producido agresiones. La intención era plantar cara, demostrar que se iban a enfrentar. Pero, siguiendo el ejemplo de Broshears, el objetivo fundamental era conseguir publicidad. Con ella lograron que, en un país en el que la violencia comenzaba a ser un problema nacional, la policía no volviera a mirar para otro lado cuando las pandillas acosaban y apaleaban a los gais.

Pese a todo, la verdadera respuesta de los homosexuales se produjo tras la muerte de Harvey Milk y no fue organizada. El 21 de mayo de 1979, cuando se supo que Dan White, el que lo mató, solo sería juzgado por homicidio voluntario y no por asesinato, cinco mil hombres y mujeres marcharon hasta el Ayuntamiento y rompieron todas sus ventanas. Por el camino prendieron fuego a una docena de coches. Trescientas personas resultaron heridas, sesenta de ellos policías. Los daños a la propiedad fueron de un millón de dólares.

A la una de la mañana, cuando la plaza del Ayuntamiento estaba vacía por fin, la policía contraatacó. Docenas de furgones policiales se metieron por los bares gais insultando a los homosexuales. Cuando un viandante les tiró una botella, salieron en masa y golpearon a todo el que encontraron a su paso, indiscriminadamente. Según relata Roberts:

Un informe decía que una docena de policías entraron en el famoso bar gay Elephant Walk rompiendo todo a su paso y gritando «fuera de aquí, maricas». Mullen, el subjefe de policía, intentó parar a algunos de los policías y organizar una retirada, pero sus hombres comenzaron a llamarlo «Cobarde», «gilipollas» y a decir que no tenía «agallas». La mayoría de los agentes eran inflexibles: «Perdimos la batalla del Ayuntamiento, no vamos a perder esta».

A finales de la década, Broshears quiso volver a formar las patrullas, pero nadie le hizo ya caso. El fin de sus Panteras también fue el fin de su salud mental. Según Newsweek, cada vez fue más patente que tenía problemas de esquizofrenia. Una de las cartas más airadas que escribió en esta época de declive fue a la televisión local exigiéndoles que emitieran más episodios de Benny Hill.

En 1982, el reverendo apareció muerto en pijama en su apartamento. Fue por una hemorragia cerebral. Lo curioso es que ya había escrito su esquela, en la que había puesto fotos de las manifestaciones en las que participó contra la terapia de electro-shock para curar la homosexualidad, entre otras. Estaba orgulloso de todo lo que había hecho. No en vano, su táctica de usar ostensible violencia para defender su barrio solo buscaba llamar la atención sobre el problema, hacer publicidad, y conseguir que la policía cumpliera de una vez con su deber. Algo que acabó sucediendo.

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