Todo esto va a acabar muy mal

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Imagen: NBC.

Ocurre muy a menudo en los campos de la televisión: tras años en antena y tras haber aguantado temporada tras temporada alimentando a los fans con aventuras ocurrentes, la llegada a la meta tan solo ofrece un trofeo decepcionante, un final Poochie.

Perdidos y Cómo conocí a vuestra madre (que podrían haberse titulado Nos lo inventamos sobre la marcha y Lo de menos es cómo conocí a vuestra madre porque está muerta y me encamo con vuestra tía, respectivamente) demostraron que no siempre hay que confiarlo todo al desenlace. El efecto Chris Carter sobrevuela con bastante frecuencia las azoteas de los guionistas y, por mucho que los encargados de un show juren lo contrario, lo menos habitual es tenerlo todo completamente atado y meditado. Las series, especialmente las más longevas, tienden a no estar a la altura a la hora de apagar las luces. En el peor de los casos acaban condenando a su público a un frustrante coitus interruptus por culpa de una cancelación inesperada.

Mork y Mindy (1978-1982)

Imagen: ABC.

En 1977, los productores de la exitosa Happy Days decidieron que era necesario aprovechar el rebufo de Star Wars y meter un alienígena en el show como fuese. Con dicha idea en mente, el productor neoyorquino Garry Marshall montó un casting para atrapar al extraterrestre perfecto y al encontrarse con Robin Williams lo fichó de manera instantánea, «fue el único marciano real que se presentó a la audición».

Williams aterrizó en Happy Days interpretando a un marciano llamado Mork, un personaje from outer space que pretendía secuestrar a Richie (Ron Howard) durante un episodio («My favorite orkan») que finalmente se descubría como un sueño del propio Richie. La aparición de Williams resultó tan popular entre el público que los responsables del programa editaron el episodio original para que la trama desmintiese que todo había sido un sueño, allanando de ese modo el terreno para nuevas apariciones de Mork en Happy Days y proporcionándole un spin-off propio: Mork y Mindy, una sitcom que el cómico marciano coprotagonizaba junto a la humana Pam Dawber.

Aguantó cuatro temporadas en antena (de 1978 a 1981) y se despidió de manera extraña: durante el último episodio planeado, la pareja protagonista se vio obligada a escapar de un extraterrestre asesino viajando en el tiempo entre varias épocas diferentes. Y acabó flotando en un vórtice temporal sin rumbo y lamentando lo incierto de su destino al final del capítulo. En realidad, aquello era el preámbulo a una planeada quinta temporada de carácter educativo, que apostaría por enviar a Mork y Mindy a conocer figuras históricas en distintas épocas, pero la ABC canceló el programa antes de que comenzase a rodarse. Los productores decidieron que cerrar la serie con un cliffhanger tan loco no era la mejor idea, e intentaron disimularlo poniéndose trileros con el orden de los capítulos: al final de la cuarta temporada colaron otro episodio, planeado para ser emitido antes de los viajes temporales, que hacía que todo aquello tuviese menos sentido todavía.

Medium  (2005-2011)

Imagen: CBS Television Distribution.

El que peor llevaba las habilidades especiales de Allison (Patricia Arquette) en la pequeña pantalla era su marido Joe (Jake Weber), la persona que capítulo tras capítulo era despertada de manera repentina durante la noche por culpa de las visiones que sufría su mujer (la carátula de la última temporada hasta lo retrataba en su hábitat natural: dormitando segundos antes de ser despertado de nuevo).

En Medium, Allison resolvía diferentes crímenes gracias a sus capacidades sobrenaturales, tenía el don de ver a los muertos y experimentaba sueños que le permitían contemplar el futuro y el pasado. Tras siete temporadas la propia serie decidió que era hora de bajar la persiana arrastrándose por el suelo: no solo optó por el truco fácil de matar en un accidente de avión al esforzado marido, sino que además se marcó un epílogo donde la acción viajaba cuarenta años hasta el futuro para mostrar a una anciana Arquette, la actriz había sido envejecida con un maquillaje que convertía al de La hora chanante en carne de Óscar, palmándola durante la merienda en una secuencia que competía con la muerte de Marion Cotillard en El caballero oscuro: La leyenda renace en cuanto a vergüenzajenismo. Tras fenecer, la mujer se reencontraba por fin con la pareja fallecida.

Dos hombres y medio (2003-2015)

Imagen: CBS.

La estrella principal de Dos hombres y medio, un Charlie Sheen que en cierta ocasión le dijo a Lindsay Lohan que relajase su vida loca, entró en modo berserker durante la octava temporada de la serie y comenzó a dedicar su alma y cuerpo a disfrutar de farras extremas en Las Vegas rodeado de pornstars y tomando drogas hasta con el Cola Cao. El actor acabó ingresando en el hospital relleno de cocaína y ahumado en crack, pasó por una clínica de desintoxicación y finalmente se acercó al micrófono de un programa de radio para escupir serpientes sobre el productor Chuck Lorre (creador y guionista culpable de Dos hombres y medio, The Big Bang Theory, Cybill, Dharma y Greg, Mom o El joven Sheldon, entre otras).

Sheen, que en aquel entonces era el actor mejor pagado de la televisión americana, se defecó tanto en Lorre como para que la cadena optase por meter la serie en el congelador, despedir al protagonista y matar a su personaje para dar pie a una nueva temporada que arrancaría con sus exnovias asistiendo a su funeral. Ante tanto anuncio Sheen comentó que tenía planeado «ver su falso funeral repleto de novias falsas desde su muy muy real sala de cine junto a sus tías buenas». Ashton Kutcher se sumaría a la serie para cubrir el hueco y la telecomedia estiraría el chicle, que nadie hubiese imaginado que daba para tanto, durante cuatro temporadas más.

Lo peor llegó con el cierre de la serie. Sheen había continuado arrojando mierda a paladas al productor y este decidió dedicar dos capítulos a vengarse insinuando que el personaje no había muerto y el actor volvería a aparecer por el programa para despedirse. Los últimos segundos del último capítulo eran una perreta televisiva lamentable: un doble de Charlie Sheen aparecía en escena para morir aplastado por un piano que caía del cielo desde ninguna parte. A continuación Lorre, sentado en una silla que especificaba «Chuck Lorre» se giraba hacía el público, como si aquello fuese una película de Michael Haneke, para lanzar un «Winning!» y desaparecer bajo otro piano que se desplomaba sobre su cabeza. Con aquel cierre, Lorre se marcó un bota-rebota-tu-culo-explota en televisión y ante trece millones de espectadores.

Las Vegas (2003-2008)

Imagen: NBC.

La serie centrada en el ficticio casino Montecito en Las Vegas lucía un equipo compuesto por una tropa de guapos (Nikki Cox, Josh Duhamel, Vanessa Marcil, Molly Sims y James Lesure) y regentado por una serie de leyendas (James Caan, Lara Flynn Boyle, Tom Selleck y Dean Cain). La producción de la NBC nunca destacó especialmente, pero funcionaba como un entretenimiento ligero que aprovechó el escenario para convocar a una lista interminable de estrellas invitadas (Sylvester Stallone, Paris Hilton, Paul Anka, OK Go, Blue Man Group, Jewel, James Blunt, Snoop Dog, Alec Baldwin, Dennis Hopper, Ron Jeremy, Rihanna o Sean Astin entre decenas de otros) y fue la serie que tuvo la simpatiquísima ocurrencia de matar a Jean-Claude Van Damme (en el episodio «Die fast, die furious»).

Cerró sus cinco temporadas de la peor manera, con un cliffhanger horroroso: un personaje que todos creían fallecido en un accidente de avión, Cooper (Tom Selleck), reaparecía en su propio funeral al mismo tiempo que Delinda (Molly Simms) comenzaba a sufrir lo que parecía un aborto. Un final de culebrón, propiciado por una huelga de guionistas, que nunca quedó resuelto al cancelarse definitivamente la serie pese a que la pantalla anunciaba un «Continuará».

Con intención de subsanarlo, sus creadores anunciaron que aprovecharían el reboot de El coche fantástico de 2008 para meter un cameo de personajes de Las Vegas que aclarasen el destino del bebé. Los (escasos) fans se pusieron moderadamente contentos. Y entonces la NBC canceló El coche fantástico antes de que nada de todo eso ocurriese.

Los Serrano (2003-2008)

Imagen: Telecinco.

Después de tirarse ocho temporadas, compuestas por ciento cuarenta y siete episodios, agitando una escobilla de váter sucia delante de la cara de sus hijos, Diego Serrano (Antonio Resines, actor famoso y trapero ilustre) se vio condenado a protagonizar una de las cosas más vergonzosas que ha parido la televisión patria. Algo complicado si se tiene en cuenta que estamos hablando de un país donde alguien consideró buena idea darle el timón a Ana Obregón para hacer con Ellas y el sexo débil su propia versión de Sexo en Nueva York , colocar a Pilar Rubio remojando la camiseta en una versión chusca de Piratas del Caribe de título muy ocurrente (Piratas) y con pinta de quedada entre fanáticos del cosplay o hacer un remake de Cheers castizo veinte años después de que finalizase la original.

«Desmontando a Diego» fue el último capítulo de Los Serrano, un episodio seguido por más de tres millones y medio de espectadores (un 25,6% de la cuota de pantalla) donde el patriarca de la familia titular decidía suicidarse saltando desde lo alto de un puente tras un tener un mal día: dos de sus hijos se habían fugado juntos y enrollados a Barcelona mientras al otro le había dado por atropellar al churrero. Pero la magia del guionista gandul propició que Diego en lugar de palmarla de manera horrible y desagradable acabase despertándose en la cama de su casa durante la escena inicial del primer capítulo de la serie. A su vera reaparecía Lucía (Belen Rueda) un personaje que la había palmado cuarenta capítulos atrás, y a su alrededor danzaban miembros del reparto que hacía años que se habían ido o que habían crecido demasiado como para vestir con dignidad el pijama de niño que vestían. Un shyamalanzo vil e injustificado que reseteó toda la serie enervando hasta a los fans más fatales.

Begoña Álvarez, productora de la serie, aclaró: «En una ficción tan larga con unos fans tan fieles cualquier final iba a ser frustrante. Queríamos terminar con la foto de familia con la que arrancamos. Habrá a quien le haya gustado y a quien no». Alejo Sauras ha sido uno de los pocos implicados que ha declarado públicamente, durante una entrevista televisiva, que aquel final no le parecía malo. Y algún crítico avispado descubrió las bondades del cierre chusco al deducir que si toda la serie había sido un sueño eso quería decir que el grupo musical Santa Justa Klan, culpable de atronar a la población con «A toda mecha», nunca había existido y el mundo era un lugar un poco mejor.

Dinosaurios (1991-1994)

Imagen: Jim Henson Productions/Walt Disney.

En 1988, a Jim Henson se le ocurrió que ya iba siendo hora de ver en televisión una sitcom protagonizada exclusivamente por dinosaurios. Y como Henson solo tenía buenas ideas la cosa tiró para adelante incluso después de su muerte. Dinosaurios fue exactamente lo que había abocetado Henson: una teleserie ambientada en la Pangea del año 60 000 003 antes de Cristo y protagonizada por la familia Sinclair, una tropa de dinosaurios formada por la pareja Earl y Fran junto a sus hijos (que curiosamente pertenecían a especies diferentes sin que nadie sospechase nada en ningún momento): Robbie, Charlene y el bebé Sinclair. La abuela Ethyl completaba la estampa familiar.

Dinosaurios se emitió entre 1991 y 1994 y sorprendió con una puesta en escena que utilizaba llamativas marionetas animatrónicas para dar vida a la banda de dinosaurios antropomórficos. También tenía a un encantador bebé cabronazo, y lucía un tono de comedia familiar ligera que contrastaba con lo tremendamente negro y desesperanzador del último episodio emitido en la cadena ABC. Un capítulo donde la tecnología y las malas artes de las grandes compañías usureras propiciaban la aniquilación de la vida vegetal y la capa de ozono del planeta, condenando a sus prehistóricos habitantes a morir aniquilados en la glaciación. Los minutos finales del episodio iban de ecologistas pero en realidad eran aterradores y muy deprimentes, es lo que ocurre cuando condenas a todo tu reparto a morir irremediablemente y encima se lo haces saber.

Los ángeles de Charlie (1976-1981)

Imagen: Sony Pictures Television.

Paul Klein, de la NBC, acuñó el término «Jiggle TV» para referirse despectivamente a los programas de la competencia, en este caso la cadena ABC, que apostaban con escaso disimulo por series protagonizadas por chavalas lozanas con ropas holgadas y guiones que las condenaban a pasearse por la pantalla en ropa interior o traje de baño. Un concepto, «Jiggle TV», que utilizaba la palabra «jiggle» (bambolear) para describir gráficamente los bailoteos de pechos y traseros femeninos que el presidente de la ABC, Fred Silverman, utilizaba como técnica de marketing para captar a la audiencia.

Los ángeles de Charlie, una serie de acción y aventuras donde un trío de féminas cazaba criminales a las órdenes de una voz misteriosa, nació bajo la batuta de aquel Silverman y era muy descarada a la hora de utilizar gratuitamente el sex-appeal de sus protagonistas para embelesar al público. Farrah Fawcett, estrella de la primera temporada, llegó a reconocerlo: «Cuando el show era el tercero más visto de la televisión supuse que era gracias a nuestras interpretaciones. Cuando llegamos al primer puesto decidí que solo podía ser debido a que ninguna de nosotras llevaba sujetador».

A pesar de lo ramplón de la propuesta la serie acabó siendo bastante querida y cultivando una imagen icónica. El problema llegó cuando después de cinco años en antena, de 1976 a 1981, y con más de un centenar de episodios sobre la chepa, la serie cerró la puerta con un capítulo de mierda: «Let our angel live». Una entrega donde a Kelly Garret (Jaclyn Smith) le metían un balazo en la cabeza y el resto del equipo se pasaba todo el episodio sentado en un hospital (en el que Kelly parecía ser la única paciente) rememorando en flashbacks las hazañas pasadas de la serie.

Meter un episodio clip show (aquel que está formado enteramente por flashbacks con una excusa como nexo)  en cualquier tipo de serie ya resulta lamentable, pero hacer que el clip show sea la despedida oficial del programa es directamente desagradable, especialmente si encima los flashbacks a veces no tienen nada que ver con las actrices en pantalla (Los ángeles de Charlie tuvo mucho baile de reparto). Lo peor de todo es que Charlie, la misteriosa voz que encomendaba misiones a las chavalas, apareció para dar la cara por primera (y última) vez: lo hizo disfrazado de médico y con una mascarilla sobre la jeta.

Roseanne (1988-1997)

Imagen: ABC.

La sitcom Roseanne pasó de ser una de las cosas más queridas por los estadounidenses a convertirse en una de las ofensas más grandes que les habían arrojado a la cara. Y tan solo necesito un único episodio para lograrlo: el último de su ronda original de nueve temporadas (antes del reciente revival de 2018). En aquella despedida se producía un descubrimiento inesperado y completamente gratuito, el de que toda la serie en realidad había sido una historia escrita por la protagonista y basada vagamente en su vida. Un reset a todo lo sucedido a lo largo de sus doscientos veintidós episodios. Para bordar el asunto aquel series finale también revelaba que el personaje de Dan Conner (John Goodman) la había palmado de un ataque al corazón al final de la octava temporada, convirtiendo oficialmente todos los eventos ocurridos en la novena en mera fantasía.

ALF (1986-1990)

Imagen: NBC.

Las desventuras de Gordon Shumway, conocido popularmente como ALF por aquello de ser una Alien Life Form, consiguieron hacer entrañable a algo tan poco familiar como un alienígena peludo que devoraba gatitos, la típica criatura que adoptada la típica familia americana de clase media-alta, los Tanner, tras haberse quedado sin planeta natal. ALF iba de serie entrañable y en la memoria resulta más ochentera (se emitió entre 1986 y 1990) que las hombreras y los cardados, pero en retrospectiva acabó siendo potencialmente peligrosa para la sociedad de Estados Unidos: sus creadores tuvieron que autocensurarse con los chistes sobre masticar felinos después de que un niño americano metiese a su gato en el microondas porque lo había visto en la serie, y uno de los episodios tuvo que ser editado cuando a otro infante estadounidense se le ocurrió imitar la ocurrencia de ALF de introducir una batidora en la bañera para fabricarse un jacuzzi.

Los guionistas también se vieron forzados a eliminar la afición del alienígena por la birra («ALF tiene doscientos ochenta y cinco años, es bastante mayor como para beber cerveza» se quejaría su creador) para que a la juventud estadounidense no le diese por empezar a beber prematuramente. En marzo de 1990, el vigesimocuarto capítulo de la cuarta temporada, titulado de modo profético como «Consideren que ya me fui», degeneró en uno de los cliffhangers más enervantes del mundo de las telecomedias. Tras cien entregas dando la tabarra con volver a su planeta, ALF lograba contactar por radio con sus paisanos Skip y Rhonda (un par de alienígenas amigos del protagonista que escaparon del planeta Melmac antes de que fuese destruido y ya se habían paseado por la serie) y descubría de que acaban de fundar Nuevo Melmac y se iban a pasar con la nave a recogerle. El desenlace del capítulo incluía la despedida conmovedora de la familia cuya casa había okupado y la repentina aparición, justo antes de embarcarse en la nave de sus colegas, de la Alien Task Force, una organización militar encargada de atrapar a los aliens ilegales en el planeta. ALF cerró el episodio con su protagonista apresado por los militares, los amigos abandonándolo a su suerte y un letrero sobreimpresionado que anunciaba «To be continued». Había una quinta temporada apalabrada, pero a última hora la NBC se echó para atrás.

Seis años después, ALF volvió, pero no en forma de chapas como anunciaba Milhouse sino en forma de TV-movie dispuesta a aclarar lo ocurrido tras aquel «Continuará» inesperado. La producción, titulada Project ALF (o ALF: la película, en España), se estrenó en ABC, no lucía demasiado bien y tenía en su reparto a unos Martin Sheen, Ray Walston y Miguel Ferrer que probablemente le debían un favor a alguien en la cadena. No había ni rastro de los Tanner originales.

Las crónicas de Sarah Connor (2008-2009)

Imagen: Fox.

Anunciada con más bombos y platillos de los que son habituales para una serie estrenada a mitad de la temporada televisiva, Terminator: Las crónicas de Sarah Connor optó por agarrar la historia de la franquicia de robots aficionados a hacer streaking a través del tiempo y continuarla a partir del final de Terminator 2: El juicio final ignorando por completo que Terminator 3: la rebelión de las máquinas había existido. Su creador, Josh Friedman, llegaría a comentar que la tercera película «ocurría en un universo alternativo», una forma fina de decir que él no pensaba comerse aquella mierda. La serie se centró en las aventuras de Sarah Connor (Lena Headey) y John Connor (Thomas Dekker) cuatro años después de lo sucedido en Terminator 2. Y Friedman ideó una trama que se extendía a lo largo de tres temporadas, pero la cadena optó por cortar el grifo tras finiquitar la segunda. El último episodio emitido envió a John Connor a un futuro alternativo donde nadie había oído nunca hablar de él. Y en ese cliffhanger  fabuloso se quedaron colgadas las crónicas de Sarah Connor para siempre, dejando a todos los fans con el culo al aire.

A través del tiempo (1989-1993)

Imagen: NBC.

En A través del tiempo (Quantum Leap en su versión original), el científico Samuel Beckett (Scott Bakula) se dedicaba a brincar tiempo a través ocupando el cuerpo de otros y arreglando diferentes bugs espaciotemporales que se habían encasquillado en la historia. Dean Stockwell ejercía de compañero de aventuras interpretando a un holograma machistorro armado con puros y cromas cantosos y las tramas aprovechaban aquel marco de la ciencia ficción para mezclar comedia, drama y aventuras.

En el último episodio de la quinta temporada todo se puso bastante existencialista: Beckett aterrizaba en su propio cuerpo adulto durante la misma fecha y hora de su nacimiento, en el bar de un pueblo minero donde los clientes eran caras conocidas de anteriores aventuras y todo apuntaba a que el camarero del lugar (un personaje que había aparecido en el episodio piloto cinco años antes) era el mismísimo Dios, o en su defecto la personificación de un concepto similar. El problema fue que el creador de la serie, Donald Bellisario, tan solo había planeado todo aquello como un final de temporada, y no como el cierre de un show que llevaba noventa y siete entregas preguntándose cuándo y cómo sería capaz de regresar el doctor Samuel Beckett a su casa. Al ser informado por la cadena de que aquello era el final del camino, Bellisario improvisó una inteligente estratagema para cerrar todos los interrogantes pendientes, plantar el siguiente cartel al final del episodio:

«El doctor Sam “Becket” nunca volvió a su casa».

Lo peor de todo es que ni siquiera se molestó en escribir correctamente el nombre del protagonista. Todo esto va a acabar muy mal.

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2 comentarios

  1. Mariano merino

    Y algunos sabiendo como se la gasta la FOX creó un piloto que se suponia era el final de la serie (Dollhouse, Epitafio uno)

  2. Totalmente de acuerdo, tanto por el comentario de Mariano Merino, como por este gran artículo, ya que FOX siempre ha sido un canal que se las ha gastado como nadie. Espero que no acabe tan mal como se cuenta, no se lo merece. Saludos

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