Buques rusos frente a ruinas griegas

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Fotografía: kvitlauk (CC).

Al llegar en autobús a Sebastopol, la ciudad nos da la bienvenida con un gran arco de triunfo soviético coronado por el perfil de Lenin, bajo el que pasan todos los coches que llegan a la ciudad. Llevo varios días en Crimea y los escenarios se repiten: monumentos dedicados a los soldados fallecidos en la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Guerra Mundial) junto a un fuego que nunca se apaga, iglesias ortodoxas de aspecto nuevo y sencillo, mezquitas tártaras en los bordes de la carretera y añejas estatuas de Lenin, en las que la gente ha dejado flores hace poco. Algunas gaviotas cruzan el cielo.

Llego a la estación de autobuses de Sebastopol y espero a Lena. Su hermano, al que conocí en Moscú, me dijo que ella me guiaría por la ciudad, que me enseñaría todo, ya le ha llamado diciéndole a qué hora llegaré. No tengo ni idea de cómo es Lena ni cómo podremos comunicarnos. Apenas me he topado con crimeos que hablen inglés.

Espero sentado en un banco de la estación con mi mochila al lado. Miro mi móvil. Espero que Lena me pueda llamar, desde que he cruzado a Crimea mi tarjeta SIM rusa dejó de funcionar. Activo el roaming y cruzo los dedos. Mi tarjeta de crédito tampoco funciona. Según Booking, no hay hoteles disponibles para turistas en toda Crimea.

De repente, Lena aparece frente a mi. Sé que es Lena por su sonrisa, una sonrisa de bienvenida muy agradable, un poco nerviosa. Sus ojos son oscuros y chispeantes, enmarcados en sus arrugas de babushka. Como si fuera una ceremonia, casi un juego, me saluda en dos palabras, y me sorprendo porque la entiendo perfectamente: «Buenos días», me dice en castellano.

Y todavía con la sorpresa en mi cara cogemos el autobús para ir al centro de Sebastopol. Lena paga al conductor y me empuja cariñosamente hacia el fondo del vehículo, al asiento que da a la ventana, y va señalándome con el dedo hacia fuera, dejándome claro que no debo dejar de mirar ni un instante esos edificios blancos, marciales y aristocráticos; o a esos jóvenes marinos rusos que pasean en uniforme por la ciudad, con el mar abriéndose al fondo; o al cielo azul grisáceo por el que se deslizan las aves marinas.

Fotografía: Nick Savchenko (CC).

Cuando bajamos del autobús por fin puedo preguntarle a Lena por qué sabe hablar castellano, y me contesta que no lo usaba desde hace casi cuarenta años, cuando lo aprendió gracias a sus amigos cubanos —creo entender que hubo una historia de amor— que habían venido de intercambio a la Unión Soviética, cuando ella estudiaba Farmacia en la universidad. Me explica su historia y a veces, a media frase, se detiene, mira al suelo y busca una palabra enterrada en su mente que no consigue recordar, me mira sonriendo y me la dice en ruso, pero yo no la entiendo, así que los dos nos ponemos a pensar cuál podría ser. La conversación es como un músculo: cuanto más me habla Lena más frases se afianzan en su lengua, y el repertorio de términos que usa va creciendo. Sonríe: «Estoy muy contenta de volver a hablar español».

Llegamos hasta los pies de una pequeña colina convertida en parque, donde nos encontramos grandes estatuas de marinos e ingenieros rusos mientra subimos a la cima. Lena me recuerda que Sebastopol es una «ciudad heroica», una de las decenas de localizaciones donde los rusos han librado grandes batallas. En Sebastopol hubo dos guerras. La primera fue contra los turcos, franceses, británicos y el reino de Cerdeña, entre 1853 y 1856. La gran potencia rival eran los ingleses: esta enemistad abarca desde «el Gran Juego» (la lucha) por el dominio de Asia Central y el Cáucaso durante el siglo XIX hasta los recientes envenenamientos de exespías rusos en Reino Unido, pasando por la intervención británica en la guerra civil rusa posterior a 1917, al bastión anticomunista en Europa que supuso Londres durante la guerra fría. Lena me cuenta que, si uno quiere rememorar esta «primera guerra de Sebastopol», puede hacerlo en compañía de Tolstói, que combatió en este conflicto y lo narró en Relatos de Sebastopol, mezclando la psicología literaria con una descripción casi periodística. En ese momento me doy cuenta de que Tolstói luchó en esta misma colina donde me encuentro, en la que todavía hay cañones antiguos junto a barricadas de sacos de exposición. «Allí podrá observar a los defensores de Sebastopol, allí vera espectáculos terribles y tristes, grandiosos y divertidos, pero todos ellos admirables y que engrandecen el alma», dejó escrito. Perdieron la guerra.

Lena me cuenta que el otro gran conflicto de Sebastopol fue contra los alemanes, contra los nazis, y que fue trágico y heroico porque volvieron a perder, aunque ganaron la guerra. Me lo cuenta con ese brillo en los ojos con el que muchos rusos te hablan del único momento histórico del que todos —comunistas, demócratas, izquierda, derecha— pueden sentirse orgullosos, porque su Madre Rusia aplastó a los extranjeros que la querían violar y avasallar. Lena me propone que vayamos hacia el mar.

Cruzando la ciudad nos encontramos con una estampa típicamente rusa: una estatua de Lenin encarada frente a una iglesia ortodoxa. Le digo a Lena que me encanta el aroma que sale de los templos rusos, y ella me confiesa que recuerda perfectamente la primera vez que lo olió, que fue paseando en Budapest cuando solo era una niña, su padre escribía en el periódico del Ejército ruso y lo habían enviado a la República Popular de Hungría por unos años. Me pregunta si quiero una foto con la iglesia y después una con la estatua de Lenin.

Llegamos hasta el mar. Atardece. Una gran columna con un pájaro negro en la cima crece en medio de las aguas. Lena me dice que la gente recuerda esta columna toda su vida. Hay varias placas y monumentos dedicados a los barcos hundidos en las guerras de Sebastopol. Las tiendas venden sombreros de marino ruso a los turistas. Gaviotas y pájaros negros sobrevuelan cerca de la orilla. Las nubes son altas e inmensas, y la gente se para a mirar el mar Negro en silencio.

Esta es la ciudad rusa fundada en tiempos de Catalina II, el paisaje militar y blanco frente al mar, Tolstói y los cañones, la hoz y el martillo en los buques de guerra.

Pero hay algo más antiguo en esta tierra, algo que desconozco.

Y Lena me dice: «Mañana iremos a Jersonés».

¿Jersonés?

*

Fotografía Aleksandr Konchikhin (CC).

Lena me dijo que quedáramos en la plaza donde ayer me ayudó a cambiar euros a rublos. Solo los locales pueden hacer esta operación. Mi tarjeta de crédito sigue siendo igual de inútil: «Esta operación no está disponible». Llego a la plaza y busco a Tolstói. Lena me dijo: «Quedamos debajo de Tolstói». No lo encuentro por ningún lado, pero veo a Lena de lejos. Me saluda cogiéndome ambas manos y sonriendo. Le digo que no he visto a Tolstói, y me señala un cartel donde sale un joven militar de bigote recortado y pelo negro, colgado de un edificio blanco. ¿Qué es Tolstói sin su barba espiritual? ¿Qué es Tólstoi sin el espesor de ese símbolo bicéfalo, ese símbolo santo que todos los rusos amaban y, a la vez, tanto atormentaba al escritor en su interior, a esa alma cargada de contradicciones y sentimientos de culpa? ¿Qué es Tólstoi sin esa barba con la que quería parecer el hombre más humilde y acabó siendo el ruso más famoso?

Lena me vuelve a colocar en el asiento junto a la ventana del autobús. Nos alejamos del centro de la ciudad y cruzamos bloques de pisos de jrushchovkas y stalinkas —cada líder ruso construía a su manera, Lena me cuenta que los edificios de la época de Stalin son los mejores, de techo alto y espacio decente, después de la Guerra Patriótica la gente tuvo que apretarse dentro de pisos mucho más incómodos y feos—.

Y por fin llegamos a Jersonés. En un campo verde frente al mar veo antiguas ruinas que me parecen griegas, pero que también son romanas, y también bizantinas. Las columnas clásicas de un antiguo templo brillan grises, casi blancas, al sol. Muros derruidos de piedra muy vieja delimitan los lugares donde habían casas. La hierba crece en medio de ellos. Una muralla troceada defiende un flanco de la ciudad. En medio de un templo derruido, florece un pequeño altar pagano. Entre los restos de una basílica bizantina hay grandes piedras que llevan grabada la menorá judía. A lo lejos veo un anfiteatro romano. ¿Realmente estamos en Crimea?

Voy leyendo los carteles situados entre las ruinas y voy enterándome de la historia, que lo que Lena me repetía como Jersonés es la colonia griega del Quersoneso, que los dorios de Heraclea Pontica —en la actual costa turca que se opone a Crimea— fundaron en el siglo IV a. C., en la tierra de los táureos, los habitantes locales. La localización del Quersoneso lo hizo perfecto para el tráfico marítimo, y la ciudad fue creciendo como uno de los grandes enclaves griegos del mar Negro. Se sucedieron las batallas por su control contra los escitas y los táureos, acabando finalmente en manos del Imperio romano, que hizo del Quersoneso su guarnición. De allí despegaban sus naves hacia los enemigos asiáticos.

Mientras yo paseo entre las ruinas, Lena se queda sentada mirando a lo lejos. Le duelen los tobillos desde hace meses. Cuando me acerco a ella, me dice: «Esta es la cuna de Rusia». Y me cuenta que aquí, en el Quersoneso, bautizaron al rey Vladimiro de Kiev, y que a partir de entonces Rusia ha sido cristiana. Todo sucedió aquí, cuentan las crónicas del momento. Recuerdo que en Moscú vi una gran estatua de Vladimiro, apoyado en una cruz gigantesca. ¿Qué es Rusia sin el cristianismo ortodoxo?  

Al desmembrarse el Imperio romano, el Quersoneso pasó a ser el enclave más importante para Bizancio en el norte del mar Negro. La lucha por la hegemonía religiosa entre paganos y cristianos en Europa Oriental no estaba para nada decidida. Cuando una insurrección proveniente de Asia Menor puso en juego a Constantinopla —incluyendo su control sobre el Quersoneso—, el emperador Basilio II pidió ayuda al rey bárbaro Vladimiro de Kiev. Este exigió como pago la mano de Ana Porfirogéneta, la hermana del emperador bizantino. Para superar el escollo de casarla con un pagano, se exigió a Vladimiro su conversión al cristianismo. Su bautizo, cuentan los rusos, se produjo en el Quersoneso.

Lena se levanta y me acompaña a caminar entre las ruinas. A lo lejos vemos la catedral del Quersoneso, reconstruida y de estilo neobizantino, que conmemora el bautizo de Vladimiro de Kiev. Fue cerrada por los bolcheviques y después destruida por los nazis. Cuando nos acercamos a pocos metros de unas hermosas columnas clásicas, Lena me coge de las manos y me dice: «Yo voté en el referéndum». Y me pide que mire sus ojos, de los que casi le caen las lágrimas de emoción. Me dice que cuando votó para volver con Rusia fue uno de los días más felices de su vida. Que ella ama a Ucrania, pero que con la caída de la Unión Soviética se encontró de golpe como extranjera viviendo en Sebastopol. Pero que ahora ha vuelto con su Madre Rusia, y es feliz. Yo no sé qué responderle. Se limpia las lágrimas y me dice que siga caminando solo, que a ella le duelen los tobillos.

Ya pasado el legendario bautismo de Vladimiro, la decadencia del Quersoneso empezaría a profundizarse. En el siglo XIII, los mongoles y los tártaros destruyeron buena parte de la ciudad mediante ataques y saqueos. Ya en el siglo XV, de la antigua colonia griega solo quedaban estas ruinas.

Sentado en el muro derruido de una casa griega o romana, miro el mar Negro. Un buque de guerra ruso cruza por delante de la playa, haciendo un sonido extraño. Varios aviones militares atraviesan el cielo, dejando una estela blanca.

*

Balaklava. Fotografía: Alexey Tishin (CC).

¿Qué significa Crimea para los rusos? Llegamos a la última parte de nuestro viaje, a la bahía de Balaklava. Con el autobús hemos pasado por delante de la farmacia donde Lena todavía trabaja algunos días, a pesar de su edad.

Al llegar a la bahía, dos paseos marítimos se abren a cada lado. Hacia la derecha está el pasado comunista. Lena me explica que varios de los edificios abandonados que vemos son talleres donde antes se reparaban los buques de guerra soviéticos. También hay una pequeña fábrica vacía, probablemente de siderurgia. Más adelante encontramos la base secreta de submarinos soviéticos, que ahora es un museo. Estaba protegida de manera que pudiera soportar una explosión nuclear. Al final del paseo hay una pequeña playa, y placas de recuerdo a los marineros rusos caídos contra los nazis.

Junto al mar hay viejos con cañas de pescar tiradas al agua, que pasan el tiempo mientras el sol va descendiendo. Hace pocos días, una amiga crimea me dijo que los hombres rusos van tanto a pescar porque así tienen una excusa para salir de casa y beber vodka sin que la mujer los vea. Yo me reí, hasta que me di cuenta de que mi amiga lo decía con una cara muy seria.

Cruzamos al paseo marítimo del lado contrario, a la izquierda. La Rusia postsoviética. Hay tiendas de souvenirs y objetos para la playa, yates atracados en el puerto y bares de los que sale música tecno. Caminamos hasta el final, donde hay un pequeño sendero que lleva a una de las montañas que delimita la bahía. Las piedras del camino no se lo ponen fácil a los tobillos de Lena, pero me dice que va a subir igual. Le ofrezco ayuda varias veces y me dice que no. Después de un rato andando por el sendero, el mar Negro se abre ante nosotros. Es inmenso y embobante, oscurecido por los colores de la tarde. «Te acordarás de Crimea», me dice Lena.

Subo hasta una torre derruida de la cima de la montaña, mientras Lena se queda mirando el mar. La construyeron los genoveses en el siglo XV, como hicieron en otros puntos claves de Crimea. A los pies de la torre, una pareja vestida de chándal mira el paisaje mientras suena música electrónica en su teléfono móvil. Yo camino hasta la parte más alta de la edificación, desde donde se ve toda la antigua bahía soviética, otras torres genovesas y el inmenso mar Negro.

Y me doy cuenta de que Crimea es mucho más que el puro presente. Que las ruinas griegas y romanas donde caminé o la torre italiana en la que estoy no se pueden desligar de los edificios blancos de la vieja Sebastopol zarista, de las iglesias ortodoxas donde se besan iconos de santos o de las placas soviéticas que recuerdan a marineros muertos. Que Crimea es tanto Europa como Rusia, una doble frontera y una doble entrada, donde se mezcla la historia y el pasado, donde hay un equilibrio entre lo común y lo distante. Y que por eso seguirá siendo tan importante.

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4 comentarios

  1. Gringo

    El sentimentalismo convertido en nacionalismo ya ha provocado demasiados muertos.
    Las fronteras nacionales hay que respetarlas y por muy rusos que se sintieran los de Crimea fue un error separarse de Ucrania.
    Si nos ponemos en ese plan, Konisberg (Kanilingrado) siempre ha sido de Prusia y las islas Kuriles de Japón, y entonces volvemos a una guerra mundial.

  2. Torracuions

    Y Gibraltar?

  3. feminazi de turno

    Jajajaj como es una mujer que ha aprendido español de unos cubanos ya es que hubo historia de amor xDD. Muchos profesionales de la medicina de la farmacia de países de la URSS se formaron en Cuba y/o aprendieron el idioma por los lazos existentes entre la URSS y Cuba. Como dato curioso, el departamento de lengua española de Kabul fue fundado por Cuba durante la época soviética. También tuve un guía en China que hablaba un español impecable aprendido en Cuba. Cuánto nos queda por aprender.

  4. Pingback: Viaje al corazón del nacionalismo ucraniano – El Sol Revista de Prensa

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