El viajero don Leandro Fernández de Moratín

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Leandro Fernández de Moratín (detalle), pintado por Francisco Goya, 1799.

Como en los diarios de Jovellanos, también hay algunos dibujos en los textos de viaje que Leandro Fernández de Moratín escribió a finales del siglo XVIII y principios del siguiente. Está —por ejemplo— radicado en Londres y hace una excursión a Southampton y Portsmouth, por Winchester. Dibuja el carruaje de ocho ruedas en que inicia el viaje y cuatro máquinas y engranajes con los que se trabaja la madera en una factoría. Es llamativa esa voluntad de representar gráficamente los utensilios que se utilizan en la isla para elaborar una materia prima que España obtiene de sus colonias americanas. Evidentemente, se trata de un reflejo de uno de los porqués de la decadencia española, pero Moratín no hace hincapié en ello. Lo interesante es que dibuje instrumentos y no la Mesa Redonda del rey Arturo u otro lugares turísticos que visita. Está claro que su objetivo es el conocimiento, todo lo demás deviene secundario. La mirada ilustrada es técnica y reformista, no está para ruinas ni para cuentos.

Moratín viajó por España, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Suiza, Alemania e Italia. El espacio merece ser recordado, porque es el que los futuros escritores viajeros españoles cultivarán, diseñando un ámbito, unas fronteras, que no solo serán físicas, sino también ideológicas. Sus cuadernos son sumamente descriptivos. Aunque se inscriban en las coordenadas de la Ilustración, su Apuntaciones sueltas de Inglaterra se parece a los cuadros de costumbres del siglo XIX y a los libros que sobre la vida galante escribiría Balzac, por el énfasis en las costumbres de la nobleza inglesa, aunque todas las clases sociales sean de su interés, y todas reciban también su crítica moral implacable, en que nombra cada órgano y cada acción del cuerpo por su nombre. No está para hostias, don Leandro. Cuando describe, por ejemplo, las caricaturas inglesas, leemos: los ministros le están metiendo al rey «proyectos por el culo con una jeringa; y al paso que los recibe, por detrás los va vomitando encima del parlamento».

Y a continuación enumera, como Jovellanos, las conclusiones que extrae del tema: 1º… 2º… 3º… La obsesión por el orden también se expresa en los comentarios sobre los horarios de las diligencias, sobre la limpieza de los hostales, sobre el dinero que se gasta para visitar monumentos y sobre los presuntos engaños de que es objeto. La observación, por lo general es aguda (fue testigo de la violencia de la Revolución Francesa). El intercambio intelectual, notable (Moratín tradujo Hamlet, por primera vez directamente del inglés). Pero el diálogo con los nativos es mínimo. Las alusiones a Madrid y a España son constantes. En su equipaje, Moratín carga con una visión del mundo que no va a variar a medida que transcurran los kilómetros. Por eso ningún grupo social es despreciado por la mirada y la pluma de Moratín tanto como el judío, en consonancia con la larguísima tradición del antisemitismo español: «Sus caras, sus barbas, su ademán, su traje asqueroso, la voz lúgubre con que pregonan, todo anuncia en ellos la sordidez, la mala fe, la mohatra, la avaricia».

En los cuadernos del viaje a Italia, posiblemente los momentos más importantes sean los pasajes en que describe el Vesubio humeante y la historia de sus destrucciones; y el apoteósico retrato final, en Roma, de la bendición del papa: «Tal grandeza, ni que reuniendo el imperio y el sacerdocio, aparezca a los ojos como padre, como príncipe, como intérprete de las voluntades de Dios, y dispensador en la tierra de su perdón y sus beneficios», leemos, y concluye: «Así es que, por más que reflexione la filosofía, no es posible asistir a esta función sin sentir una conmoción irresistible de maravilla y entusiasmo». Moratín no menciona el nombre del papa que él ha visto: es igual, lo que él simboliza y su ritual, a sus ojos, no son contingentes, sino eternos. No hay razón que pueda superar a esa sinrazón. En esa época, según ha demostrado Américo Castro, en el Vaticano tenían aún a los católicos españoles por más papistas que el papa.

Es sintomático que la primera apuntación suelta de Inglaterra se refiera a la prisa que predomina en el tráfico peatonal de Londres: «atropellan cuanto encuentran», se lamenta. Hay otras anotaciones que aluden a su modernidad, simbolizada por ejemplo por el humo de las chimeneas de carbón. Pero el fragmento más importante a este respecto es el IV del cuaderno tercero: «Quise haber hecho un largo artículo acerca de la pronta comunicación que hay de unas provincias a otras, y la multitud de gentes que continuamente viajan, atendida la bondad de los caminos, las comodidades de coches y posadas, y la necesidad urgente que tienen de pasar de unos pueblos a otros gentes a quienes la industria, el comercio, o el deseo de variar sus placeres, mantiene en un continuo movimiento». Moratín está retratando la modernidad como velocidad y como circulación constantes. La prisa de los peatones es paralela al flujo constante de pasajeros y, con ellos, de dinero y de ideas. La circulación interior propicia, además, la exterior: los ingleses que van a España, los primeros turistas, son los tatarabuelos de los que comprarán apartamento con piscina y solario en la Costa del Sol.

En ese mismo momento, España está lejos de todo. De las chimenas, de las fábricas, de las prisas urbanas, de la desacralizacion, del turismo. Del mundo de «El hombre de la multitud» de Poe, el de la errancia urbana sin fin; y del mundo de Thomas Cook, quien en 1841 organizaría el primer viaje en grupo de la historia. Moratín murió en 1828 en un París sin aguacero. Acusado de afrancesado, sus últimos veinte años de vida estuvieron marcados por el exilio obligado en Valencia y en Barcelona (no es tan raro, también el franquismo exilió aquí a escritores e intelectuales, para el poder totalitario España es Madrid desde hace siglos); y por el exilio voluntario en Francia. Conoció en Burdeos al genial Goya, quien hizo de él un retrato tan irrefutable como el que había pintado antes de Jovellanos. Entre el siglo XVIII y el XIX, los tres —y algunos pocos otros— son los raros embajadores móviles de un país tan quieto.

3 comentarios

  1. Olabú

    Pues para ser legendario nuestro antisemitismo solo los expulsamos una vez mientras que otros países los expulsaron dos y tres, por no hablar de los progromos rusos y de antijudaísmo alemán. Más que legendario es negrolegendario, de Leyenda Negra nuestro antijudaísmo.

  2. pedro ramos

    Difícil parece que España estuviera, en vida de Moratín, cerca de “el hombre de la multitud” de Poe. Como aquí se dice, Moratín muere en 1828; Poe, nacido en 1809, tenía entonces 19 años, y sólo había publicado (el año anterior) un libro de poemas, del que sólo se imprimieron 50 ejemplares y que pasó completamente desapercibido. Tendría Moratín que haber sido, no sólo el gran escritor que fue, sino además vidente o mago; y no consta.

  3. Moratín no conoció a Goya en Burdeos, lo conocía de mucho antes, de antes de su viaje europeo y, a la vuelta de este, le ayudó a definir la temática de los Caprichos. De esos años finiseculares es el primer retrato que le hizo Goya.

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