Palabras, cuerpos y literatura

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Constantino Cavafis (1863-1933). Fotografía: Cordon.

Con los ojos cerrados me volví hacia tu lado de la cama. Estiré el brazo en la penumbra para tocarte el hombro. Esa extraordinaria curva, la piel pálida, más pálida aún bajo la sucia sábana. Lo escrito en la piel no se borra, dije para mis adentros.

Ersi Sotiropoulos es una de las narradoras y poetas más populares de Grecia. Nacida en Patras, desde 1980 ha escrito y publicado poesía y, sobre todo, narrativa (novela, novela corta, relato). Con su última novela, Qué queda de la noche, ha obtenido el Premio Mediterráneo de Literatura 2017, y en ella describe tres días en la vida de Constantino Cavafis. Estamos en 1887, en un París artístico, literario y convulso. Un París inmerso en pleno caso Dreyfus donde hace su última parada un joven Cavafis que vuelve de su periplo europeo, de viajar por una Europa fin de siècle tan cínica como agitada e inquieta. Va acompañado de su hermano mayor, John. Ambos son escritores y ambos pujan por ser considerados artistas en la familia. Estos tres días de la vida del poeta de Alejandría, narrados con eficaz delicadeza, se convierten en una gran metáfora de la creación literaria. En veintitrés secuencias y un himno final, emprendemos con él un viaje iniciático en busca de inspiración antes de llegar a una «Ítaca» ilusoria. Cavafis está madurando su obra, aunque se siente obstaculizado por su poesía aún incierta, por la camisa de fuerza de la rima, su homosexualidad reprimida y el afecto tiránico de su madre. Estos tres días en París demuestran ser un catalizador decisivo en su vida.

Este libro es una poética del acto creativo, de lo que es narrar, de lo que es escribir, de lo que es leer. El texto se convierte en un soporte donde la escritora proyecta sus propios fantasmas, sus obsesiones o fantasías. Este viaje interior del joven Cavafis que emprende nuestra autora es un pretexto para hablar del proceso de la escritura y un itinerario mental de la obra del poeta; como se dice en la primera página y al final de la cita que encabeza el artículo, «lo escrito en la piel no se borra». Esta afirmación sorprende desde el comienzo de la lectura, puesto que despliega dos máscaras del proceso creativo y un punto de vista de la escritura y de la naturaleza de la creación: el creador-persona y el creador-animal humano. El párrafo que comienza el libro (en la cita de arriba) ocurre en la cama y me recuerda mucho al Makura no Sōshi (Libro de la almohada), el diario escrito por la autora japonesa Sei Shōnagon. Una de las anotaciones más poderosas de Shōnagon es la siguiente: «Hay dos cosas que no nos han de faltar: las delicias de la carne y las delicias de la literatura».

Así que Ersi Sotiropoulos explora estas dos delicias fundamentales y busca la palabra justa con estilo elegante y expresión vigorosa, de manera que va contando su proceso de aprendizaje a la vez que los días y muchos recuerdos de Cavafis. Un proceso que se simboliza en el paso de ser soporte de escritura a convertirse ella misma en «pincel» del conocimiento, del amor y de la interioridad del poeta.

La novela funciona, por otra parte, como un fármaco de doble acción que intoxica tanto a hombres como a mujeres. Nos enfrentamos a una obra escrita por una mujer que se ha metido en la piel de un hombre (si acordamos finalmente que un poeta es un hombre, todo es discutible), escribe a través de ese yo masculino, funcionando de ese modo la esquizofrenia necesaria que ya reflejaba Virginia Woolf en Orlando y resumió en su conocida frase «somos en parte hombre y en parte mujer». Esa doble vertiente de la escritura que encuentro en Qué queda de la noche es el híbrido perfecto, el neutro perfecto y una de las verdades —si se puede decir que hay una verdad— de la literatura. La autora desarrolla muchas posibilidades a través de Cavafis, las posibilidades del escritor y de la escritora, del poeta y de la poeta. Consigue saltarse la servidumbre de utilizar un solo género, y la impotencia por tanto de no desarrollar todas nuestras posibilidades lingüísticas. Ya lo decía Concepción Arenal en Una mujer del porvenir, «la primera forma de impotencia es la contradicción».

Si se puede decir que la literatura es el tiempo captado por la escritura, Qué queda de la noche es el tiempo de Cavafis captado por la escritura de Sotiropoulos. Ella se apropia de lo que fue capaz de hacer el poeta y de las posibilidades que tuvo. Con esta voz, lucha entre lo sublime y lo cotidiano; entre lo exterior (referencias constantes a la ropa, por ejemplo) y lo más íntimo y abyecto, la saliva, las sábanas manchadas y la añoranza de los amantes, que son «estatuas cálidas y de piel suave que reciben todas las caricias y permanecen indiferentes como permanecen indiferentes las obras de arte». El objeto del deseo permanece «tan lejos, tan cerca», como es el cometido del arte, «suprimir las distancias». El arte lucha con lo real como el «bichito de la rebanada de pan» que aparece en la página 63: «había conseguido abrir un agujero profundo como una galería para acercarse a la corteza».

Detalle de la cubierta de Qué queda de la noche, de Ersi Sotiropoulos.

Esta novela griega sigue la estela errante de Zazie en el metro de Raymond Queneau, también una novela parisina y de aprendizaje donde la niña Zazie se ve forzada a cruzar París por una huelga de metro, en parte caminando, en parte en taxi. La Zazie de Queneau, como el Cavafis de Sotiropoulos, quiere escapar del tiempo y se pierde en la ciudad de la mano del personaje carnavalesco de su tío, y al final de ese viaje turbulento y extenuante por una ciudad inimaginable envejece, es decir, descubre el tedio y la finitud de la vida. En el diálogo final de Zazie le preguntan a la niña: «—¿Has visto el metro? —No. —¿Entonces qué has hecho? —He envejecido». (— T’as vu le métro? — Non. — Alors, qu’est-ce que t’as fait? — J’ai vieilli). «Envejecer, morir, es el argumento de la obra», escribe en «No volveré a ser joven» Gil de Biedma, un poeta que admiró y se inspiró en Cavafis. Cuando Cavafis se pierde por las calles de París, en la página 81 de la novela, brotan en su interior los siguientes versos que mucho más tarde escribiría: «La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo». Recordemos también el bellísimo poema «Un anciano», en traducción de Juan Manuel Macías, donde el poeta refleja con amargura esos años de juventud que recrea esta novela: «Y en la vejez infame y desdeñosa, / piensa en qué poco disfrutó los años / cuando tenía fuerzas, elocuencia y belleza».

Un leitmotiv atraviesa la obra, el pánico ante lo escrito como un estribillo diabólico para escritoras o escritores, «Pobreza expresiva. Torpeza», esta fue la nota de Jean Moréas a los dos poemas que le había enviado Cavafis y que este lee por azar. Esta «condena en tres palabras», como se dice en el libro, se convierte en obsesión, y es lógico que se repita porque, ¿qué puede temer más un escritor o una escritora que esas tres palabras, esa sentencia sobre lo que más le importa? ¿Qué puede temer más un escritor o una escritora que ser juzgado con esta severidad y dureza que te hunden en lo peor, la sensación de fracaso?…

En aquel París de 1897, Marcel Proust era muy joven y no había empezado su gran obra, pero en el joven Cafavis de Qué queda de la noche descubrimos la misma relación materna que en la obra proustiana, dejando a un lado la idealización de Marcel. La figura de la madre es asimismo una obsesión para Cavafis y a través de ella establece, al mismo tiempo, una relación perturbadora con su propia imagen. Y no solo porque se parezca físicamente a ella. «De pequeño, su madre le cortaba las uñas al ras, lo mutilaba». Su hermano y él se burlan de la madre a través del apelativo que le ponen, de su caligrafía, «los garabatos de la Gorda», bromean cuando reciben una de sus cartas y se ríen de sus demandas constantes para que vuelvan a su lado. Es una madre demasiado enferma, sospechosamente hipocondríaca.

El proceso de la inspiración es una constante en la novela, el agon con Tolstói por ejemplo en la página 54 y con la alta literatura (que lo incapacita para escribir) se convierten en una perversión masoquista que recuerda a Kafka y el clavo que ponía en su silla para no dormirse o descuidarse mientras escribía. El agon con Baudelaire, «traductor y traidor», presente en la página 141. Puesto que Constantino Cavafis tradujo a Baudelaire, y en algún momento se pregunta a sí mismo «¿qué buscaba?, ¿apropiarse del original?», «había escrito un pastiche con versos traducidos del poema de Baudelaire y versos suyos. Entonces le pareció genial, ahora le repugnaba».

Los fragmentos de «tiempo perdido» que conforman la novela de Sotiropoulos nos comunican del mismo modo con la relación obsesiva del poeta con la reescritura: eliminar, borrar, incluso borrarse a sí mismo, «borrar Alejandría para poder escribir»; y por otra parte, queda al descubierto la inseguridad de no retener los recuerdos para poder expresarlos por escrito: «Dentro de poco estaré de vuelta y los recuerdos del viajero ocasional se esfumarán a toda velocidad».

Muchas más cosas habría que mencionar en esta novela, descripciones magistrales de cómo se produce el procedimiento de escritura en la mente, en el espíritu (como se puede leer en las páginas 52 y 53); una mente que no para, que busca infinidad de distracciones; una mente que quiere escapar del provincianismo, que necesita ser cosmopolita… Sin embargo, concluyamos que en estas páginas nos atrapa una fuerza poderosa, la promesa de hacer visible lo invisible, que tiene lazos de sangre con la memoria y con el «tiempo perdido». Además, Ersi Sotiropoulos despliega esa riqueza emocional, delicada y sutil, mientras alude a la complejidad sexual con la escultura del Hermafrodito durmiente, que Constantino recuerda en el núcleo central del libro en una carta fechada el 20 de junio de 1897 dirigida a Periclís, epístola recapituladora de los temas de la obra. Dos en uno, la magnífica escultura ofrece la ambigüedad y la sorpresa de su otra parte, escribe, «te turba y al final te deja cierta melancolía». Melancolía e insatisfacción de la que habrá que aprender con esta lectura.

Ersi Sotiropoulos, Qué queda de la noche (Τι μένει από τη νύχτα), traducción de Vicente Fernández González y Antonio Vallejo Andújar, Sexto Piso, Madrid, 2017.

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2 comentarios

  1. Precioso artículo. Donde dice “1987”, corrijan: 1887.

  2. Comparto. Muchas gracias.

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