Un mayo en pantalón corto: deporte y revueltas en 1968

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Raymond Kopa jugando en el Estadio municipal de Toulouse, 1969. Fotografía: André Cros / Archives municipales de Toulouse (CC).

Ustedes van a leer un montón sobre Mayo del 68. Sí, sí, pueden creerme. A los malos plumillas, y yo soy de los peores, nos encantan las fechas redondas. Traen la historia hecha, no sé si me explico. Así que eso, se van a cansar de conocer vida, obra y milagros de Cohn-Bendit, de Sartre, de Mitterrand («una revuelta de estudiantes vagos», llegó a decir, el muy masón). Se empacharán con las soflamas un poco horteras, un poco cursis, que se pintaron en París. Prestigiosas lumbreras engarzarán interpretaciones infantiloides, condenas y seguimientos sin más base que la nostalgia o el desprecio. Contexto cero, vaya. En fin, lo de siempre. Pero seguramente no encuentren mucho sobre el deporte en el marco de este ¿movimiento? Como mucho algo de Kopa, y ya. Y es una pena, ¿eh? Así que a eso venimos aquí. A colmar lagunas, que dicen los juristas.

A modo de introducción… la reflexión filosófica que se hace en el Mayo del 68 (sobre todo desde el punto de vista francés) se asienta en una serie de críticas al establishment. Vamos a ver si nos suenan de algo. En primer lugar, la partitocracia, que aleja el verdadero espíritu democrático del ciudadano y dibuja a los partidos como entes autónomos con intereses propios, lo que acarrea un descrédito de las sedes parlamentarias, convertidas en poco menos que clubes con cuatro, cinco o seis miembros. En segundo lugar, la crisis que habría de llegar sobre el estado del bienestar (joder, que estamos en 1968, es para troncharse), provocada por el cambio en la pirámide poblacional del occidente europeo. Y, por último, una recesión a nivel casi social, con Estados arcaicos incapaces de hacer frente a las nuevas necesidades de enormes bolsas de población que no encuentran acomodo bajo las estructuras tradicionales.

Ya ven, en cuatro palabras, de forma muy resumida y sin ánimo de ser exhaustivo. Lo dicho, para partirse de risa. O para llorar hasta hartarse.

El Mayo francés (y latino)

Mañana del 22 de mayo. 1968, claro. Parece un día más en la Federación Francesa de Fútbol, sita en el número 60b de la Avenue d´Iéna parisina, a mitad de camino entre el Arco del Triunfo y el Sena. Movimientos perezosos, lectura de periódicos (hay que ver esos estudiantes, qué revoltosos son), estudio sistemático del vuelo (lento pero majestuoso) de las moscas en el interior del edificio. Pero en un momento, como sucede en las novelas malas, todo va a cambiar.

Un centenar de personas ha entrado de golpe. Los trabajadores de la Federación reconocen a algunos futbolistas (amateurs y profesionales). También a cierto número de plumillas que cubren el deporte francés para Miroir du Football. Y aquí empiezan a acojonarse, porque la revista está editada por Editions J, que es uno de los brazos públicos del Partido Comunista Francés (dicen que si la «J» es por los Jeunesses Communistes y todo). Vamos, que se va a liar. En pocos minutos los asaltantes recluyen a los treinta empleados (incluido Pierre Delaunay, secretario general de la Federación) en una sala, y despliegan banderas rojas y pancartas reivindicativas por la fachada. La más conocida es aquella que reza Le football aux footballeur!. Hay otra donde se lee La Fédération propriété des 600.000 footballeurs. No era incierto, porque en Francia existía la llamada «cláusula B», o, dicho de otra forma, la obligatoriedad de permanecer en el mismo equipo desde el primer contrato profesional hasta los treinta y cinco años (o de jugar en el filial del nuevo club por el que quisieras fichar). Todo muy feudal, ya ven. Si hasta Raymond Kopa, genio con el balón hijo de inmigrantes polacos, había dicho que en el fútbol francés se actuaba como en tiempos de Luis XVI

¿Kopa, dijimos? La verdad es que aquellos deportistas desconocidos (acompañados de algunos periodistas bastante famosos, Francis Le Goulven, François Thébaud o Jean Norval, todos ellos de Miroir du Football) encontraron rápido apoyo en grandes estrellas del balompié. Kopa, Fontaine, Michel Hidalgo, el muy politizado (y polémico, su historia da para una novela) Mekhloufi… No fueron pocos quienes se adhirieron a la revuelta, firmando el manifiesto de ocho puntos presentado por los nuevos inquilinos de la Federación. Temporadas más breves, sueldos dignos y la desaparición de la servil cláusula de pertenencia eran los aspectos más llamativos que contenía.

Después de cuatro días de ocupación pacífica, periodistas y jugadores abandonaron de forma voluntaria el edificio. Su inicial ímpetu se había visto opacado por los rumores que se extendían ya por todo París desde el Barrio Latino. Tiempo más tarde desaparecerá la «cláusula B». Ya ven, no fue todo estéril, dirán algunos…

No es la única interacción con el deporte que hubo aquel mayo en Francia. En el número salido a mediados de junio de 1968 de la revista Miroir du Cyclisme (sí, lector audaz, también de Editions J, también próxima al Partido Comunista) el director Maurice Vidal firmaba un editorial en el que apoyaba inequívocamente (aunque de forma poco entusiasta) los movimientos de la primavera, a la vez que se solazaba, cosas veredes, porque la «revolución» hubiese llenado de bicicletas los pueblos y ciudades de Francia. Cada loco con su tema. Ah, en ese mismo magacín, y para hablar del futuro Tour de Francia, el genial caricaturista Pellos representaba a la selección francesa levantando barricadas contra los rivales de otros países, mientras al margen de toda esa batalla quedaban Eddy Merckx (durmiendo sobre una mullida almohada con el nombre «Giro de Italia») y Jacques Anquetil, que descansaba entre castillos y fajos de billetes. Pereza y burguesía, vaya, contrastadas frente a los valientes muchachos que bajan a las calles a batirse levantando parapetos. Siempre certero, Pellos…

En Italia también se entrelazaron movimientos políticos y deportivos en aquellos meses. O años, más bien, porque el «Mayo del 68» italiano no es solamente uno de los más desconocidos, sino, quizá, el más extenso y violento de toda Europa. Italia es, en esto también, diferente. Porque a los setenta se les llama los Anni di Piombo (hay cierta laxitud en las fechas de comienzo y final), porque allí está la mafia, y el MSI, y las Brigadas Rojas, y Ordine Nuovo, y hay un golpe Borghese, y a Pasolini lo matan en el 75 y tres años más tarde hacen lo mismo con Aldo Moro. Un rompecabezas de sangre.

Paolo Sollier, ca. 1970. Fotografía: autor desconocido (DP).

Pero será la fecha representativa, ese 1968 (el 3 de julio), cuando se ponga fin a mucho esfuerzo por parte de las estrellas del Calcio con el nacimiento del Sindacato Italiano Calciatori Professionisti. En pocas palabras, un sindicato que permitía a los jugadores del fútbol transalpino contar con los mismos derechos laborales que cualquier trabajador de Olivetti, Montegrappa o Fiat. Parece de chiste, pero no lo es: las figuras del país no tenían derecho a prestación por desempleo, no disfrutaban de seguridad social (ni nada que se le pareciese) y no estaban asegurados en caso de lesiones temporales o permanentes.

La creación del sindicato, que muy pronto tuvo más de tres mil afiliados, llegó tras trece años de tiras y aflojas entre el Gobierno (o los Gobiernos, vaya, que en Italia ya se sabe…), la Federación y representantes bien conocidos como Mazzola o Gianni Rivera. Pero la pieza clave fue Sergio Campana, un (mal) exjugador que se convirtió en (buen) abogado y llevó de la mano todas las negociaciones. Aguantará al frente del Sindicato hasta el año 2011, lo que, por muy brillante que seas, no habla demasiado bien sobre el funcionamiento interno del mismo…

Y, como Italia es un lugar maravillosamente esquizofrénico, aquellos violentos años setenta están plagados de otras personalidades fascinantes. Contrapuestas, aún recordadas. La de Paolo Sollier, el futbolista de izquierdas, el que celebraba sus goles puño en alto y aprovechaba las entrevistas para denunciar las injusticias del mundo, para recomendar libros del movimiento obrero. El mismo que se quejaba de que en los vestuarios (jugó en el Pro Vercelli y en el Perugia) los jugadores solamente hablaban «de mujeres todo el rato, y cuando cambiaban de tema volvían a hablar de mujeres». Y con él, enfrente de él en ese espacio simbólico, está la Lazio. La Lazio de las pistolas, el equipo del primer título de la entidad romana. El del fascista Chinaglia, los vestuarios divididos (media plantilla quería matar a la otra media), las armas en las bolsas de deporte, las hostias por doquier en el campo. El mismo donde, a modo de sutil novatada, se disparaba a los nuevos entre las piernas mientras estaban tumbados en la cama. Ese conjunto. Ahí jugaba, también, Luciano Re Cecconi, que cayó muerto en la joyería de un amigo a principios de 1977. Re Cecconi pretendió gastarle una broma, así que entró en el establecimiento con la cara cubierta y gritando «manos arriba, esto es un atraco». Apenas pudo ver los dos tiros de escopeta que le segaron la vida. Aquello era Italia en los setenta. Pero esa es otra historia…

Primaveras de hojas caídas

Věra Čáslavská en los Juegos Olímpicos de Tokio, 1964. Fotografía: Cordon.

La de la Primavera de Praga es historia conocida. De hecho, en Checoslovaquia fueron poco originales y poco menos que hicieron un remake, mutatis mutandi, de lo que habían probado sus vecinos húngaros doce añitos atrás. Si en el territorio magiar Imre Nagy nombra un Gobierno «revolucionario, obrero y campesino», en Bohemia Alexander Dubček anduvo con lo que él llamaba «socialismo con rostro humano», introduciendo reformas poquito a poquito. Los finales fueron idénticos, por cierto, porque cuando los tanques rusos empiezan a funcionar aquello no hay quien lo pare. El Pacto de Varsovia (salvo la Rumanía del disidente Ceaușescu, manda huevos) invade Praga, para mohínes de Shirley Temple, que iba a ser la embajadora norteamericana en la Ciudad Dorada. Ya ven, todo está en Los Simpson

Pero volvamos a lo nuestro. En 1956 varios jugadores del Honved de Budapest se negaron a volver a Hungría después de un partido de Copa de Europa contra el Athletic de Bilbao (hicieron luego buena carrera en España, ¿eh?). Y, claro, también la Primavera de 1968 afectó a algunos deportistas. Fundamentalmente a ella. Ella. Věra Čáslavská, uno de los rostros reconocibles del país.

Věra Čáslavská se contaba entre las gimnastas más importantes de su tiempo. De todos los tiempos, podríamos decir, que tiene once medallas en Juegos Olímpicos, siete de ellas de oro. Y más que pudieron haber sido si se hubiese comportado como una buena chica, calladuca y sumisa. Pero eso no iba con su personalidad.

El caso es que a principios del año 1968 Čáslavská decide apoyar al llamado movimiento de la Primavera de Praga, y se adhiere al manifiesto de las «Dos Mil Palabras», obra de Ludvík Vaculík. Allí, de forma resumida, se anhelaba un pelín más de libertad y que la Unión Soviética les dejase tranquilos un rato, joder, ya. Era más largo, pero el resumen viene a ser ese. El tema es que la primavera es tan breve como largo el verano (la invasión del Pacto de Varsovia empieza en agosto), y a Čáslavská le empiezan a entrar paranoias de que si servicios secretos, que si venenos y tal. Y, claro, con ese ambiente no puede una entrenar en condiciones de cara a los Juegos Olímpicos que empiezan apenas un mes más tarde, así que decide hacer el petate y marcharse de Praga en dirección a Šumperk, que es un sitio relativamente pequeño al norte del país, con sus montañas y sus vacas. Allí, nos cuenta la leyenda, la buena de Věra entrena en plan Rocky, usando los árboles para practicar sus ejercicios, correteando por el mullido prado y, en general, mirando por encima del hombro cada vez que camina por la calle, por si acaso.

Al final fue a los Juegos de México (luego vamos a volver sobre ellos, no se me impacienten) y resulta que allí los jurados soviéticos se dedican a hacerle la vida imposible, a minusvalorar sus rutinas y, en general, a dejarle bien claro que, oye, no pretenderás irte de rositas, ¿no? Pierde un par de medallas de oro por esta razón (en una hay incluso moviola, nuevas puntuaciones y una tal Larisa Petrik que acaba muy contenta) y se venga de forma silenciosa pero muy visual: agachando los ojos y volviendo la cabeza a sus rivales en los pódiums que comparte con gimnastas de la URSS. Como era de esperar, Čáslavská lo siguió pasando bastante mal tras regresar a Checoslovaquia, con desgracias personales incluidas, antes de ser rehabilitada ya en los años noventa…

Otros escenarios

Perter Norman (izquierda), Tommie Smith (centro) y John Carlos (derecha) en los Juegos Olímpicos de México, 1968. Fotografía: Cordon.

Hubo otros mayos del 68, claro. Algunos, cierto, bien alejados del componente geográfico o ideológico que tiene hoy ese símbolo. En Inglaterra, por ejemplo, apenas hubo revuelta alguna (seguramente se estaban todos reservando para una década más tarde, cuando llegase Thatcher a explicar todo eso del liberalismo adaptado a los nuevos tiempos) e incluso quienes allí estuvieron comentan que las algaradas parisinas se veían con una pizca de irónica distancia. Bueno, en realidad eso lo dice Álvaro Pombo, de aquella estudiante en Londres, pero como Álvaro Pombo tiene el mirar sarcástico explique lo que explique (lo mismo da el Mayo francés que el matrimonio homosexual, o aquella vez en que hizo la primera comunión con el mismo traje que había usado su primo, Emilio Botín, unos años antes), pues hay que cogerlo con pinzas. Lo más raro que hubo en Inglaterra ese 1968 fue el partido de fútbol entre el Barrow y el Plymouth, que ganó el primero gracias a un solitario gol de Ivan Robinson. Nada destacable, si no fuese porque Mr. Robinson era el árbitro. Sí, un equipo ganó un encuentro gracias al gol del colegiado y no fue el Madrid / Barcelona (táchese lo que corresponda, según los gustos del lector). Locuras… Ah, en 1968 también hay un intento de golpe de Estado en Inglaterra, pero lo del tal Robinson creo que es más destacable…

Tampoco hay nada por comentar, dentro del deporte se entiende, en sitios como España (los futbolistas aún tenían vinculaciones con sus equipos más propias de la servidumbre medieval que del derecho privado), Alemania, Holanda o Bélgica (aunque allí llevaban a hostias desde un par de años antes por un quítame allá ese Flandes).

Pero muchas veces nos olvidamos de México. Y mira que hubo cosas para recordar en 1968. En lo deportivo, los Juegos Olímpicos, ni más ni menos. Los más politizados de la historia hasta entonces… bueno, igual los de 1936 en Berlín ganan por un pelo. La imagen de Carlos y Smith con el puño enguantado, negro y orgulloso, se ha convertido ya en icónica. Pero detrás, en el subtexto de aquel México, latía una realidad cruel que casi nadie conoce. Porque los Juegos Olímpicos se hicieron a pesar de muchos mexicanos. Eran la imagen del país en el mundo, nada podía salir mal. Y si había que mostrar (una vez más) dureza con los disidentes… bueno, pues se haría.

Solo así es posible explicar el surgimiento de un tenebroso Batallón Olimpia cuyo único objetivo era mantener a raya a estudiantes y «protestadores» oficiales en aquel 1968. Que nadie nos arruine nuestra fiesta del deporte, nuestra sonrisa al planeta. El Batallón Olimpia estaba compuesto de unos dos mil paramilitares que actuaban teóricamente al margen de las fuerzas oficiales. En la práctica, sin embargo, allí aparecían tipos vinculados a la Policía, al Ejército, incluso a lo que podríamos llamar los servicios secretos. Unos asesinos oficialmente extraoficiales…

Este Batallón se dedicó a labores de represión, sí, pero también a otras, más insidiosas, de contaminación interna dentro del propio movimiento estudiantil, introduciéndose en el mismo con el fin de sabotearlo o desencadenar episodios violentos. Detenciones ilegales, asesinatos, tortura, siniestros sótanos donde se arrancan delaciones con pinzas de hierro… todos los elementos del horror brotaron como respuesta a unas revueltas populares que pedían más democracia, más igualdad, menos hambre. Que, decían, no necesitaban Juegos Olímpicos, sino arrancarle cifras a la miseria. Algo inconcebible para un Gobierno mexicano que pretendía lanzar un mensaje al orbe: somos modernos, somos pacíficos, somos uno más de entre ustedes…

El 2 de octubre de 1968 Ejército, Presidencia y Batallón Olimpia actúan coordinadamente en la plaza de las Tres Culturas, Ciudad de México. Tanques, cargas militares, unidades de asalto. También tiros entre las filas de los estudiantes que allí se encontraban, compañeros que a la hora de la verdad dejaron de serlo. Casi cincuenta mil personas huyen en medio de un caos de pesadilla. No hay unanimidad sobre el número de víctimas, pero estudios recientes apuntan a más de doscientas. Aquella noche los camiones de basura cargan cuerpos inertes desde Tlatelolco.

Diez días más tarde se inauguraron por todo lo alto los Juegos Olímpicos. En la ceremonia se sueltan diez mil palomas como símbolo de paz y fraternidad. Frente al palco presidencial ondea una cometa, color rojo y negro, que unos manifestantes han conseguido meter a hurtadillas en el estadio. Es el único recuerdo a los fallecidos de apenas una semana atrás.

Y es que el espectáculo, sea cual sea, debe continuar.

6 comentarios

  1. Lo del Mayo 68 en PARÍS fue una cosa “muy grande” para bien los Franceses y Trabajadores.—-a pesar de los pesares.—!!!!

  2. Asclepios

    jo, qué maravillosamente entretenida es la historia. gracias.

  3. Máximo

    El Mayo del 68 fue un acontecimiento nefasto para la izquierda. Fue el triunfo del infantilismo izquierdista de los troskos y del espíritu impaciente de los anarcos.
    La burguesía progre diletante, oportunista y revisionista frente a las clases populares y trabajadoras.
    Hedonismo, inmediatez, superficialidad, relativismo…
    Un pozo negro, lleno de vicio.

    • Gondisalvo

      Guau, Máximo. Que análisis, así, resumido, tan acertado, atrevido, insólito y diletante. Sin acritud.

    • Neofito00

      Pues en mi caso si hay actitud, tiene mérito condensar tantas paparruchas en tan poco espacio… Hay quien pontifica y sube el pan!
      Ameno artículo Marcos, como siempre.
      Saludos

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