Así en el cielo como en la tierra: jerarquías y precedencias de los coros celestiales

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Detalle de la Madonna Sixtina, de Rafael Sanzio.

En junio del año 1990 se estrenó, con éxito arrollador, Ghost, una película de Jerry Zucker que mezclaba amor lacrimógeno, escenas y personajes descacharrantes y crímenes financieros con la sugerente idea de la existencia de dos mundos, el material y el espiritual, que conectaban entre sí a través de unos cuantos elegidos capaces de moverse con naturalidad en uno y otro.

Si el mundo real tenía buenos muy buenos y malos muy malos, el mundo espiritual repetía tan maniquea situación apoyándose en el recurso cinematográfico de dotar con mucha luz a los buenos y poner muy negros a los malos que eran, además, muy feos.

La cinta parecía ser la espita de salida de una nueva moda que se extendió rápidamente y que consistía en prestarle atención a las fuerzas desconocidas, llamadas también energías; llegadas para quedarse, desplazaron el término religiosidad sustituyéndolo por el de espiritualidad, más moderno y menos comprometedor con facciones políticas y, en España, con una historia reciente de la que muchos abominaban.

En las televisiones se dio espacio a gentes como Rappel (Tómbola, TV Valenciana, 1997), Octavio Aceves (Sabor a ti, Antena 3, 1998) o la Bruja Lola (Crónicas Marcianas, Telecinco) que hablaban fluidamente y con amplios conocimientos de esas fuerzas a las que ellos tenían acceso y que regían nuestras vidas sin que los comunes mortales nos diéramos cuenta. Para eso estaban ellos, para mostrarnos lo que no se ve a simple vista.  

Gracias a estas apariciones (televisivas) aprendimos mucho de esas energías invisibles y, en concreto, que había más ángeles, además del de la guarda, de nombres rarísimos, y muchos demonios —la otra cara— capaces de aparecer a la luz de una vela negra; supimos también (y eso fue parte del éxito) que era habitual entre la que fue llamada beautiful people recurrir a nigromantes, echadores de cartas, predictores de futuro y, por supuesto, astrólogos. Y ya se sabe, ellos lo inician y el pueblo les sigue. Como ha sido siempre.

Se acercaba el año 2000 y una ola de miedo se apoderó de muchas mentes, las profecías de Nostradamus u otras similares y el Apocalipsis de san Juan predecían el fin del mundo, como ya ocurrió en Europa cuando se acercaba el año 1000. Había que ponerse a salvo por si había vida después de la vida. Pero pasaron las Nocheviejas —e incluso las resacas— en todas las partes del planeta y no sucedió nada: para unos que aquello era una simple cifra y para otros que las plegarias de los iluminados habían hecho su efecto poniendo del lado de los hombres las fuerzas espirituales positivas necesarias para que el mundo continuara.

El campo quedó sembrado y pronto dio sus frutos: nuestros conocimientos en estas áreas se han ido expandiendo y otras realidades virtuales se han incrustado en lo cotidiano; cualquiera puede ahora invocar con un palito de sándalo la ayuda de un espíritu, enviar energía positiva a un ser querido mediante la concentración de la voluntad en un ejercicio de interiorización o hallar la ansiada felicidad en un nirvana exprés que nos permite ser urbanitas y ascetas al mismo tiempo, limpiarnos el aura mediante la ingesta única de alimentos veganos y, ya de paso, preservar el planeta. Los medios de comunicación han sido claves.

Se ha dado carta de naturaleza a muchas creencias, lo espiritual se integra ahora cómodamente en las vidas de las personas, bien sea bajo modelo religioso tradicional, bien en formato oriental, chamánico y, cómo no, angeológico.

Lo voy a bautizar como el surgimiento de una Roma millennial planetaria por la variedad de cultos disponibles y, mientras tanto, la idea de que estas cosas son el opio del pueblo queda desterrada hasta nueva orden del movimiento pendular.

Nihil novi sub sole.

Las creencias en el Más Allá, en fuerzas superiores y en energías supra homines son consustanciales a la aparición de la inteligencia en los homínidos —como evidencian las pinturas de Altamira o los enterramientos con ajuar sobre los que imaginamos actos rituales de carácter mágico— pero fue a partir de la aparición de las sociedades estructuradas —qué engolada expresión— alrededor de un poder y jerarquizadas, cuando tomaron forma las mismas estructuras de poder jerarquizadas en lo que englobamos bajo el manto de creencias religiosas.

Así en el cielo como en la tierra

Y no solo las estructuras de poder y las jerarquías, aparecieron también los buenos y los malos como una trasposición de los enfrentamientos que debieron protagonizar aquellos primitivos grupos sociales; surgieron en el cielo los ejércitos de defensores porque los dioses no estaban solos: como ocurría con los reyes terrenales, los divinos se rodeaban de una corte en la que no faltaban guardianes y milicias que además les servían de intermediarios con los hombres.

Esta concepción antropomórfica de la divinidad y sus estructuras de poder y la contraposición entre el bien y el mal que aparecen en la Biblia y posteriormente en las religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam— se tomaron de las religiones orientales, en alguna de las cuales se concibe a Dios como a un gran monarca que, sentado en su trono, se halla rodeado de notables y asistido por una tropa de mensajeros que se encargan tanto de la defensa del sistema como de trasmitir sus órdenes; así ocurre por ejemplo en el mazdeísmo persa.

Dejando de lado a los múltiples dignatarios que rodean a Dios (profetas, ancianos, María, apóstoles, justos, santos y mártires) el resto constituye un grupo singular de asistentes, los ángeles, con doble condición: como militares, deben luchar contra los ejércitos del mal, los demonios —por su origen único, ángeles rebeldes— y, como enviados divinos, actúan transmitiendo la voluntad del Altísimo.

Ese es el significado griego de la palabra ángel, enviado.

Clasificarlos, organizar sus funciones y dotar a todos de un perfil iconográfico ha sido una tarea larga en la que han intervenido muchos escritores (de textos sagrados) y artistas. Todos parten de un denominador común: se trata de seres inmateriales, espíritus puros creados por Dios con el objetivo esencial, como se ha dicho, de ser intermediarios con los hombres aunque, según su posterior graduación militar, tengan otros quehaceres asignados; epítomes de la burocracia centralizada y el ejército permanente de las monarquías absolutas.

No deben ser confundidos con los santos que fueron o son hombres y mujeres buenos a los que se tiene devociones concretas y que sirvieron en el cristianismo para resolver de un plumazo el problemita del politeísmo de las religiones precedentes: los dioses de los antiguos, tan numerosos, son rebajados de categoría porque un Dios único no admite competencias en el poder; este descenso en la pirámide se compensa con la concesión de prebendas tales como la capacidad de hacer milagros y la de actuar como mediadores ante el Supremo pero, a diferencia de los ángeles, los santos fueron alguna vez seres vivos y mortales.

El Génesis, el Libro de Tobías, los escritos de san Ambrosio, san Jerónimo y santo Tomás de Aquino, entre otros, han ido fijando sus rasgos aunque fue Pseudo Dionisio Areopagita, un teólogo bizantino que vivió a caballo entre los siglos V y VI, el que hizo el catálogo más completo de sus jerarquías y funciones; ignoro si fue él quien planteó la más famosa de las discusiones bizantinas, el sexo de los ángeles, cuestión controvertida sobre la que se volverá más adelante.

El sesudo Dionisio, en su tratado De la jerarquía celeste, fijó en nueve el número de los coros celestiales, superando a san Pablo que habló sólo de cinco.

Las nueve jerarquías se subdividen en tres grupos, compuestos a su vez de tres órdenes cada uno y organizados escalonadamente según su cercanía a Dios. Se conocen también como coros angélicos y a cada grupo se le atribuye un cometido y, por supuesto, una iconografía. Cada una de las nueve tiene nombre propio, algunas están formadas por una infinitud de ángeles, otras son de número limitado, unas ostentan mucho poder y se sitúan en lo más alto de la pirámide mientras en lo más bajo del escalafón se encuentran los de andar por casa, los más cercanos a los hombres, que vuelan mucho y forman la tropa más numerosa.

(Click para ampliar). Cúpula del Baptisterio de San Juan. Florencia. Fotografía: Matthias Kabel (CC).

El primer grupo o primera jerarquía  está formada por serafines, querubines y tronos.

Los serafines y los querubines son las dos clases más altas porque se mantienen siempre alrededor del trono de Dios y no ejercen funciones de mensajero propiamente dichas; entre ellos se diferencian por el número de alas: los primeros son hexápteros, es decir, tiene seis alas, dos para cubrirse el rostro, dos para cubrir los pies y dos para volar y los segundos son tetrápteros, es decir, cuatro alitas, dos para cubrir los pies y otras dos para volar. Se distinguen además por su color; los serafines son rojos como el fuego y los querubines azules como el cielo.

Serafín de la Academia. Florencia. Detalle del La Trinidad y los santos Benedicto y Giovanni Gualbato pintado por Alesso Baldovinetti en la 2ª mitad del siglo XV. Fotografía: Laura Mínguez.

Los tronos sirven de sede a la divinidad y se caracterizan por su luz, a veces se les representa como ruedas de carro aladas y llenas de ojos; tampoco tienen contacto con los humanos porque su esencia es la vibración más pura del amor (=celestial). Cantan sin cesar y llenan el cielo de música con sus trompetas e instrumentos musicales (=música celestial) y transmiten la voluntad de Dios a las demás jerarquías para que cumplan con las leyes divinas.

El segundo grupo o segunda jerarquía está formada por dominaciones, virtudes y potestades.

Las dominaciones, como su nombre indica, dominan sobre las órdenes angélicas y se encargan de asignar trabajos a los más jóvenes amén de crear armonía en el universo según la teología oficial; semejantes atributos plantean la cuestión de la edad de los ángeles (¿mayores y jóvenes?) y del significado exacto de armonía (¿entre planetas, entre espíritus?). Portan el cetro y la corona a no ser que lleven casco y empuñen una espada. Para un roto y para un descosido.

Las virtudes son los encargados de conceder milagros y de ofrecer a los hombres la gracia de Dios. Se les asocia con la Virgen María y la Pasión de Cristo y se les representa portando un libro, con flores o con símbolos de la Virgen.

Y aquí hay que detenerse un poco: la vida de María desde su inmaculada concepción en el vientre de santa Ana hasta su dormición y asunción a los cielos ha estado acompañada de multitud de ángeles que deben ser encuadrados en esta categoría de virtudes; sin embargo, siendo una figura tan importante en el cristianismo, también es acompañada por otros tipos, verbi gratia: querubines cuando todavía no ha concebido al hijo de Dios, arcángel san Gabriel para anunciarle el embarazo, ángeles custodios en el parto del pesebre, etc. En su asunción al cielo acuden a elevarla de casi todas las categorías. Todos a su servicio.

Tímpano de la Puerta del Amparo de la Catedral de Pamplona. Fotografía: José Luis Filpo Cabana (CC).

Las potestades son los encargados de custodiar los márgenes entre el mundo espiritual y el físico además de ayudar a resolver problemas y situaciones desagradables y a trasmutar lo negativo en positivo.  El ángel que porta el alma del señor de Orgaz en el cuadro de su entierro que pintó el Greco debe pertenecer a esta categoría dado que se encuentra en situación fronteriza entre ambos mundos; es de tamaño considerable y parece tener dificultades para atravesar ese espacio a juzgar por el despeluche del ala desplegada que muestra; menos mal que solo un personaje de tantos que pueblan la pintura se da cuenta de ello, el cura con roquete que aparece observándolo abajo, a la derecha que, como Whoopi Goldberg en Ghost, es capaz de ver lo que está sucediendo en una esfera y en la otra.

El entierro del Señor de Orgaz, el Greco.  Santo Tomé, Toledo.

La tercera y última categoría está formada por principados, arcángeles y ángeles.

Los principados son los protectores del planeta Tierra y guardianes de países y ciudades, suelen ir vestidos de guerreros y se les considera ángeles de la belleza.

Los arcángeles forman una clase aparte porque entre los innumerables grupos definidos son los únicos que no son anónimos. Los expertos cuentan siete aunque los más conocidos son Miguel, Rafael y Gabriel. Todos sus nombres terminan en –el, que significa Dios. Son los mensajeros por excelencia, los que tienen la categoría oficial de portavoces y los únicos que luchan cara a cara contra los demonios.

Los ángeles, por fin, son los seres celestiales más cercanos a los seres humanos y los encargados de ayudarlos y protegerlos. Son los de la guarda —dulce compañía, que no nos desampara ni de noche ni de día, que no nos deja solos porque si no nos perdería—, los custodios, nuestro protector durante toda la vida y más allá, después de la muerte.

Su número es casi infinito: si cada ser humano tiene uno fijo y los despistados tienen doble servicio, si somos casi siete mil millones de personas en este momento y les sumamos los que acompañaron a toda la humanidad precedente, es imposible calcular cuántos forman esta tropa básica de los cuerpos y fuerzas de seguridad celestiales. Muchísimos. Y da igual que uno crea o no en ellos o que su religión/ateismo no los contemple, nos han sido asignados y cumplen su función y, en algunas ocasiones, de manera muy evidente.

Tienen también la tarea de conducir las almas de los difuntos a la presencia de Dios actuando como los psicopompos, seres que en las mitologías o religiones antiguas cumplían esas funciones transportadoras como hacía Anubis en la egipcia, Caronte y Hermes en la griega o las valquirias en las nórdicas

La protección de los ángeles se extiende a los simples pecadores y en el día del Juicio Final ayudarán a los muertos a salir de sus tumbas, hubieran sido creyentes en vida o no.

Su trabajo abnegado incluye ir y venir del cielo a la tierra (a veces suben y bajan por la escala celeste de Jacob) aunque no siempre tienen este trasiego y se quedan en adoradores con función puramente contemplativa.

Solo con invocarlos, aunque sea mentalmente, acuden presto en nuestra ayuda.

Si todo lo anterior resultara difícil de asimilar siempre queda el recurso de acudir al diccionario cielo/terra, muy comprensible para los hombres que han hecho el servicio militar y para las mujeres que han escuchado los relatos decenas, centenas o miles de veces; ahora también hay mujeres que hacen carrera en los cuerpos y fuerzas de seguridad y, por tanto, entienden todo esto en primera persona.

En el ejército terrenal  —español, por ejemplo— hay tres jerarquías en cuya cúspide se encuentra el jefe del Estado, el rey.

En el segundo escalón y primera jerarquía se encuentran los oficiales generales, los más, los que tienen mando interarmas y son la cúspide real de las jerarquías.

En la segunda se encuentran los jefes: comandante, teniente-coronel y coronel. A partir de esta categoría todos tienen adscrito un oficial ayudante encargado de transmitir las órdenes a los oficiales subordinados; es el ayudante de campo, aide de camp o edecán. Los de más rango pueden tener varios edecanes.

Y por último, en la tercera jerarquía y más bajo escalón se encuentran los oficiales: alférez, teniente y capitán, que mandan directamente a la tropa, sin intermediarios.

El modelo se ha depurado con los años pero la estructura se mantiene en su esencia.

Volviendo a los coros celestiales, su representación o iconografía ha ido evolucionando también con los siglos hasta llegar a establecerse de un modo general mediante el efecto coctelera —como en casi todo el arte—, o sea, se ha tomado esto de aquí y aquello de allá, se ha mezclado y ha salido un producto único y diferente con sabor, un poquito, a cada uno de los elementos que lo conforman.

El proceso ha ido encontrando pequeños problemas que resolver: si por definición son espíritus puros e incorporales y consecuentemente invisibles ¿cómo dar un cuerpo material a algo que no lo es? ¿qué sexo se les atribuye? ¿desnudos o vestidos?; si van y vienen, suben y bajan… ¿vuelan? ¿se bilocan?.

Muy complicado. Vayamos por partes.

1. El sexo

Los ángeles mancebos son el tipo más antiguo de representación: viriles, jóvenes e imberbes y casi siempre rubios. La Biblia cuenta cómo los sodomitas presionan a Lot para que les entregue a esos bellos adolescentes enviados por Dios y que tanto excitaban sus perturbados deseos.

Los ángeles femeninos toman el modelo de la Niké griega —cuya representación más imponente nos da la bienvenida en un podio del Louvre—, reaparecen en la pintura renacentista, quizá confundidos con mujeres al vestir túnicas blancas, y durante el Barroco llegan a adquirir tintes que hoy calificaríamos de  sensuales (Bernini). Goya, en el siglo XIX, pintó unas majas aladas en la cúpula de San Antonio de La Florida de Madrid que son muy monas.

Los ángeles-bebé y ángeles-niño son una representación muy habitual, elaborada a partir de la figura griega de Eros, el Cupido romano, que por obra y gracia del bautismo se convierten en putti, niños desnudos, rollizos, con alitas a ambos lados de la cabeza o, en última instancia, reducidos a una cabeza alada que representa así, de manera simple y simbólica, la inteligencia y la velocidad de sus movimientos.

Putti de P. P. Rubens, Dulwich Gallery de Londres. Ca 1660

San Mateo en su evangelio los considera asexuados y, puesto que no están capacitados para procrear, colige que no tiene sentido la distinción que sí se produce entre hombres y mujeres.

¿Son el tercer sexo? Si es así, tampoco tendría mucho sentido que la Iglesia católica no reconociera paralelamente esta realidad en los humanos; en este caso habría que invertir la proposición: así en la tierra como en el cielo. Lógica de categoría aplastante.

2. Desnudos o vestidos

Los angelitos se suelen representar desnudos, pero si hablamos de adolescentes imberbes suelen ir cubiertos con túnicas, generalmente blancas. Las vestimentas varían en función de la moda de la época en la que son personificados, moda a la que no se sustraen y a la que van añadiendo —con el devenir de los estilos— hasta joyas de evidente riqueza. En su aspecto militar suelen lucir uniformes inspirados en las legiones romanas, portan armas (blancas) como espadas y lanzas y usan petos y escudos de carácter defensivo.

3. Las alas

Son la característica esencial, el atributo del mensajero celeste, como el Hermes griego, con sus alitas en los pies, lo era de Zeus. Los kherubim babilonios, los genios alados grecorromanos o las Victorias helenísticas lucen estos adminículos que identifican hasta en los anagramas de las oficinas postales de muchos países la idea de portar un mensaje.

En ocasiones son tan rígidas o tan extrañas que resultan imposibles para la navegación aérea de estos espíritus, son más el emblema que representan que la función que les atribuimos; a veces hacen juego con la ropa que visten, otras son de colorines o enteramente doradas, unas las encontramos desplegadas y otras recogidas.

Beato de El Escorial 142v. Real Biblioteca de San Lorenzo.

Todos los ángeles vuelan y/o se traslocan, son representados en posturas imposibles que sugieren oficio de equilibrista, no estando sometidos en absoluto a la ley de la gravedad, lo que les permite escorzos, levitaciones y adaptación a cualquier marco y aparezcan del modo que aparezcan los reconocemos enseguida porque tienen alas, eso es seguro.

Lo dicho, son tantas sus funciones y sus apariencias que resultan, como su número, imposibles de abarcar: anuncian, coronan, recogen cortinajes, suben almas al cielo, arrojan flores, matan dragones, nos guardan la espalda, sonríen, le quitan de en medio a santo Tomás la prostituta que sus hermanos le envían para ponerlo a prueba, y hasta son capaces de taparse la cara para no ver un pecado de su protegido. Son extremadamente versátiles como asistentes tanto de Dios como de hombres y muy muy serviciales.

La tentación de Santo Tomás. Velázquez. Museo Diocesano de Orihuela

Y, como la cara y la cruz, la luz y la oscuridad, el Ying y el Yang, del otro lado existen los demonios, los generales y los personales —esos que llevamos profundamente grabados en la mente dualista de la que estamos provistos los humanos— pero no tienen lugar aquí. Los dejamos, de momento, en el infierno y quizá en otra ocasión nos animemos a invocarlos.

Detalle de un demonio en el tapiz del Apocalipsis de Angers. Francia. Fotografía: Laura Mínguez.

14 comentarios

  1. Carlos Caballero Jurado

    Vintila Horia escribió que mientras que un campesino medieval sabía descifrar las complejidades teológicas que aparecían en los relieves o pinturas de sus iglesias, el hombre contemporáneo era por completo analfabeto al respecto. Me ha ocurrido alguna vez visitando algún templo el ver que había gente que no sabía identificar algo tan sencillo iconográficamente como la Cabalgata de los Reyes Magos. Así que, gracias por este artículo.

    • alvaro

      Supongo que ese campesino medieval sería, a su vez, incapaz de reconocer a Apolo, Zeus, Mitra etc en caso de encontrarse con ellos en alguna ruina clásica. Por mucho que sus antepasados lo hubieran podido descifrar sin problemas. Por no hablar de mitologías nórdicas o eslavas, mucho mas cercanas a ese campesino medieval.
      Cada época tiene sus iconos y sus mitos.

  2. María Luisa Valdés Galindo

    Gracias por ilustrarnos.

  3. Sebastián ANTON

    Erudición y divulgación más que entretenida, el despeloche del ala del ángel en el entierro del Conde de Orgaz quedará en mi retina para siempre…

  4. Que digo yo que...

    … gracias por tan entretenido e instructor artículo. Pero sepa que la eficacia del palito de sándalo contra los malos espíritus del saco de mi cuerpo cada mañana en el retrete es incuestionable.

  5. Antonio

    Erudición, clase y altura de miras; muy bien documentado el artículo.

  6. Interesantisimo…..muchas gracias por enseñarnos tanto.
    Sigue ilustrandonos

  7. Virginia

    Que buena dosis de cultura. Síguenos contando más cosas que me encanta conocer tanto detalle.

  8. Manuel Bermejo Martínez

    Excelente introducción de exoterismo, para meternos de lleno en el tema espiritual de los Ángeles. Depurada técnica de mezcla del lenguaje culto con el coloquial, que hace el texto muy ameno. Por último, grandiosa descripción de la tipología, características, funciones etc. De los que realmente a mí me ha enriquecido culturalmente. Felicidades Laura

  9. Siempre he sentido curiosidad por esos seres estéticamente atractivos, los Ángeles, pero el humor que derrocha el artículo y la exhaustiva exposición de categorías de estos seres celestiales me han cautivado. Gracias

  10. Como siempre, un gusto leerte. Gracias Laura

  11. María Dolores

    Me encanta la forma de escribir tan ágil, con sentido del humor…… y sobre todo siempre enseñando y formando. Gracias

  12. Sonia

    Me encanta, gracias por escribir artículos tan interesantes como éste.

  13. Es difícil escribir con tanta enjundia sin ser pretencioso y tú lo has logrado; se lee con mucha facilidad y no pierde interés en ningún momento.

    Enhorabuena por deleitarnos con un artículo que nos deja un regusto “celestial”.

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