Pulp Non-Fiction

Antonio J. Rodríguez: China


En el libro de docuficciones de Harold Jaffe titulado 15 Serial Killers, el genocida y Nobel de la Paz Henry Kissinger (1923) aparecía retratado como un personaje asqueroso y pusilánime. Alguien que sufrió las burlas de sus compañeros en Harvard. Un judío que huyó de la persecución nazi junto a su familia en 1938, de temperamento ordinario y afectado por un nada disimulado complejo de superioridad, pero también un playboy. Un playboy y un monstruo político cuya libido sólo parecía estimularse gracias a actividades del tipo bombardear Camboya, liquidar a Allende, asolar Timor Oriental y contribuir al golpe de Chipre. Un rústico capaz de sermonear a Duchamp sobre asuntos de arte, mientras éste se cachondeaba de él silencio. La clase de persona que ha sobrevivido al siglo XXI indemne, recogiendo cientos de miles de dólares por conferencias estúpidas. “Un asesino en serie de proporciones hitlerianas”, decía un personaje de Jaffe. Y justo ahora, el político acaba de publicar en España un grueso volumen titulado China (Debate). Sin perder de vista la postura de Jaffe, China y Kissinger en una misma portada constituyen un acontecimiento editorial en toda regla.

Ernest Lavisse enunciaba a comienzos del siglo XX que «La facultad de conducir la Historia no es una propiedad perpetua», e intuía que «Europa, que la heredó de Asia hace tres milenios, quizá no la conserve para siempre.» Los acontecimientos políticos que vienen sucediéndose desde el siglo pasado parecen apuntar hacia ese ocaso occidental materializado en una serie de intercambios del dominio mundial que coinciden con la rotación de la Tierra: del imperio británico a Estados Unidos —tras décadas de litigio con el socialismo soviético—, siendo ahora China una de las más firmes candidatas a recoger el testigo. En su Reivindicación de la política, el europeísta Javier Solana descartaba el concepto “fin de la historia” para hablar del principio de “otra historia”: “la de un mundo más desoccidentalizado con un centro de gravedad que se desplaza hacia el Pacífico desde el Atlántico”.

Como bastión del comunismo, China plantea a Occidente el interrogante de qué hacer ante un estado cuyo sistema de producción —basado primeramente en la exportación de sus propios ciudadanos— haría ver a cualquier industrial británico del XIX como un hombre de escrúpulos (o como recordaron en un artículo Heriberto Araújo y Juan Pablo Cardenal: “el sistema chino se basa en la máxima producción; en él, el trabajador local es solo un ser anónimo”), erigido como banquero del mundo —ahí queda su contribución al rescate financiero durante la crisis, paralelo al auge de Brasil, Rusia e India—, cuyos tentáculos alcanzan lugares como Congo, Kazajistán, Angola, Venezuela o Vietnam, y un espíritu proletario que sigue supeditando cualquier interés personal a las voluntades (o veleidades) de la nación. De ahí que la única aproximación al gigante asiático tenga que ser absoluta, incorporando así elementos culturales, históricos, políticos y económicos; una propuesta a la que Kissinger parece aspirar en su volumen.

A partir del confucianismo y la realpolitik de Sun Tzu, Kissinger plantea China como un país que en todo momento ha preferido la discreción y la independencia en el entorno internacional: “nunca mantuvo un contacto continuo con otro país sobre la base de la igualdad por la simple razón de que en ningún momento coincidió con otra sociedad de cultura o magnitud comparables (…) Al igual que Estados Unidos, China consideraba que ejercía una función especial. Nunca propugnó, sin embargo, la idea estadounidense del universalismo para difundir sus valores en todo el mundo.” Y tal vez hayan sido los años de la Guerra Fría los que mejor hayan ejemplificado esta filosofía, con China rivalizando con Stalin como alternativa socialista, fuera del Pacto de Varsovia, compartiendo sospechas con Estados Unidos acerca de los movimientos de la URSS, y un histriónico Mao al que no parecía intimidar demasiado la amenaza nuclear; antes al contrario, parecía empeñado en subrayar sus virtudes: “No tienen que asustarnos las bombas atómicas y los misiles. Estalle la guerra que estalle, convencional o termonuclear, la ganaremos. En cuanto a China, si los imperialistas desencadenan la guerra contra nosotros, podemos perder más de trescientos millones de personas. ¿Qué importancia tiene? La guerra es la guerra. Pasarán los años, nos pondremos manos a la obra y engendraremos más hijos que antes.”

Este año se procederá a la renovación del 70 por ciento del Comité Central del Partido Comunista chino, y será mediante una generación de nuevos políticos que, por primera vez desde el siglo XIX, conocieron la paz en el país y no pasaron por la Revolución Cultural de Mao. Un acontecimiento que tiene lugar tras dos décadas de esplendor económico nacional, diez años después de su incorporación a la OMC, y mientras un Occidente en descomposición teme a la futura influencia de esa ilegible República Popular. No es baladí, señala Kissinger, que la propaganda paralela a los últimos Olímpicos en Pekín aconteciese un mes antes de la caída de Lehman. De ahí que el futuro internacional sea para él comparable a la situación de Europa entre la unificación alemana de 1871 y la I Guerra Mundial, siendo la rivalidad entre Reino Unido y Alemania a comienzos del siglo XX equivalente a la de China y Estados Unidos en nuestro tiempo. Con el matiz de que «Estados Unidos y China no han sido tanto estados-nación como expresiones continentales de identidades culturales. Las dos se han visto históricamente empujadas hacia ideas de universalidad por sus logros económicos y políticos y por la energía y la autoconfianza incontenibles de sus pueblos.» Su esperanza, sin embargo, es la de un G-2 biempensante: “Qué mejor culminación si (…) Estados Unidos y China pudiera aunar esfuerzos, no para hacer temblar el mundo, sino para levantarlo”.

Antonio J. Rodríguez: Tres escenarios para la revuelta


Hace unas semanas, mi amigo Gil Padrol nos arrastró a mi novia y a mí a una sala de cine a ver They Call It Acid, un documental que repasa el fenómeno del Acid House y sus consecuencias culturales al término de los ochenta en Reino Unido y Estados Unidos. Vista hoy, la imagen que abre la cinta no puede ser más ofensiva: un puñado de jóvenes manifestándose en Londres para defender el derecho (agárrense los machos) a celebrar raves en mitad del campo y fiestacas en sus clubes urbanos, blandiendo pancartas que rezan «Freedom to party», esto es, libertad para el cachondeo. La madre que los parió, a quién se le ocurre manifestarse por ese motivo, pensaba todo el rato desde que vi aquel fotograma de apertura hasta que los créditos empezaron a llover. En ese mismo documental, además de numerosos pinchadiscos con los dientes picados y que no dejan de carcajearse recordando lo bien que se lo pasaban en aquel entonces, aparece un Noel Gallagher encogiéndose de hombros y diciendo algo así como: «sí, bueno, no teníamos trabajo ni mucho que hacer, así que nos íbamos de fiesta. Ea.» Viajar a Ibiza a ponerse hasta las cejas de químicos y bailar acid era la reivindicación de la época. Benditos tiempos.

Los 70 a destajo (RBA), del ínclito Pepe Ribas, fue el último libro que leí en 2011, y sin duda merece estar en el podio de los libros publicados el año pasado. Intrahistoria de la transición, memorias de Barcelona y cotilleo cultural de la época se cruzan en este excelente ejemplar que toma como excusa la trayectoria de la revista Ajoblanco. Por ahí circula ligando en las barras de los bares ilustrados un Félix de Azúa proclamando «la extinción del arte, la muerte de la novela, y las virtudes del análisis dialéctico entre texto y realidad», Quim Monzó frecuentando los bares canallitas del barrio chino, la homosexualidad emergiendo en los subterráneos de Plaza Cataluña, la universidad como foco de resistencia a los estertores del franquismo, Luis Racionero promoviendo la revolución cultural a partir de la cual promover la transformación económica, la revista de Ribas dando voz «a esa juventud que está harta de lo que hay, de la gauche divine, de los Novísimos y de los marxistas», Vázquez Montalbán metiendo la gamba contra el ecosocialismo emergente («había escrito que la ecología era la fórmula de los pequeñoburgueses para eludir la lucha de clases»), y tantos otros. Cuando hasta aquellos que han seguido los pasos del 15-M se mofan de los residuos del hipismo, allá Pepe Ribas nos recuerda una época en la que todavía tenía sentido, California se ofrecía como alternativa a la ajada y novísima París, los Hare Krishna reunían adeptos, y la gente aspiraba a subirse al Magic Bus, «un autobús psicodélico que partía todas las semanas de Amsterdam, atravesaba Europa y cruzaba sin el menor problema las fronteras de Turquía, Irak, Irán, Afganistán, Pakistán, Cachemira y la India (…) La India representaba el paraíso soñado de quienes buscaban la ruptura con el capitalismo

Entrevistado por Jesús Rocamora para Público, comentaba hace poco Ribas que su época levantó los cimientos de lo que ha sido 2011 para la revista Time: la figura del indignado: «Entonces ya se plantearon conceptos que hoy vuelve a manejar la ciudadanía, fundamentalmente la no ideologización, la autogestión, el antiautoritarismo, la no violencia, el cambio de modelo productivo. Y una política pensada con modestia, mucho más cercana al ciudadano, pensada para barrios y no para grandes ciudades, casi para cada casa. Sin multinacionales, sin grandes bancos.» Lo admito: no sé si estoy de acuerdo en este punto con Ribas. 2012, con la confirmación de la ineptocracia como régimen en alza, no ha podido empezar con peor pie, y ahí quedan dos imágenes atroces marcando el posible futuro. De un lado, las redes sociales echando chispas para demandar a nuestro nuevo gobierno una cierta coherencia con sus políticas económicas (si somos liberales, lo somos para todo, que lo único que ya demandamos es que no nos toméis el pelo en nuestro jeto), y de otro, empresarios de la comunicación que parecen tirar la toalla ante el que parecía ser el más firme reducto de resistencia en la prensa diaria (demonios, ya ni otro Ajoblanco es posible). Cristo mal.

Si en los estertores del gobierno de la Dama de Hierro, Inglaterra tuvo dignidad para echarse a la calle y reclamar ponerse de ácido y salir de fiesta, y en el final de la transición española se protestaba contra la aburrida cultura tradicional de la familia y el trabajo estable (o como recuerda Ribas en su libro: «la boda, un marido con corbata y pantalón de franela, un buen piso y los hijos marcan el camino. Lo de siempre»), ¿cómo es que a nosotros sólo nos queda la esperanza de aspirar a ser unos buenos clerks? ¿Estamos locos? ¿O qué carajo?

El obrero danés que se lamentaba de su melancólico ser-en-el-mundo (¡nui!)


«Aceptaré a Lars Von Trier el día en que le den el alta médica» (en la primera parte) y «ésta puede ser una hermosa metáfora de una necedad de tamaño planetario» (en la segunda) fueron la clase de pensamientos que, en contra de mi políticamente correcta voluntad biempensante, repetía para mí todo el rato mientras el pasado fin de semana miraba Melancolía, visionado que afortunadamente hice en casa con amigos, y que por tanto ayudó a salvar el marronaco en la medida que permitía maliciosos comentarios en streaming y humorísticos doblajes sobre los torpes papeles de sus personajes. Me explicaré.

Si hay un detalle que como consumidor cultural detesto, ése es el discurso del poeta romántico, mucho más cuando aparece elaborado y trasladado de una manera inconscientemente hortera a nuestro tiempo, precisamente porque la subjetividad romántica constituye hoy la minoría de edad emocional en el arte, gracias a la cual se siguen justificando y perpetrando toda clase de atrocidades humanísticas. Para explicar esto siempre pienso en el gag que Eloy Fernández Porta cuenta en su libro Eros para narrar la progresiva devaluación del sentimiento de vacío. Definido como «emoción exclusiva y singular que denotaba profundas cualidades psicológicas y estéticas, decorando a sus portadores con un aura de marqués en bancarrota», el vacío comienza a popularizarse por los publicistas «Jean Paul Camus» y «Albert Sartre» como subjetividad de lujo —«el código sensitivo de las personas más refinadas»—, y da al traste como tal el día en que un obrero del barrio madrileño de Usera agarra un Don Balón a la hora del café y resopla: «¡Me siento vacío!», haciendo de este sentimiento la misma especie de falsificación de la marca que avergüenza a sus consumidores originales, obligándolos de algún modo a cambiar de indumentaria. Eso mismo es lo que ocurre con la melancolía de Von Trier, sólo que en su caso se apropia de una subjetividad que debería llevar varios siglos pasada de moda. (Esto, por lo demás, habla peor del aura de marqueses en bancarrota que aplaude semejante guarrería sentimental, antes que del propio publicitario de Lars, que, tocado o no, probablemente ya se haya dado cuenta de que su tristona cinta es la nueva amélie de las subjetividades de lujo para emos adultos y postadolescentes, si bien el público parece no haberse enterado aún, y él sigue rebozándose en reconocimientos.)

Melancolía, para entrar en detalles, es un despropósito a la altura del Cisne negro de Aronofsky, que además de volver a la archimanida idea del arte como experiencia trágica de salvación y sublimación de una psique incomprendida, encontraba a su espectador potencial (al igual que la cinta de Von Trier) en aquella especie animal descrita por Cristóbal Fortúnez —actualmente uno de los mejores sociólogos en activo con su blog Fauna Mongola— a partir del eslogan «Yo es que soy bipolar»: «La frase en sí ya es para ponerse en guardia: El 100% de las personas que la pronuncian no tienen la desgracia de padecer esta enfermedad mental, y según mi diccionario mongol-español significa “hazme caso a toda costa o te obligo”, y suele utilizarse como coletilla para justificar o disculpar un comportamiento egocéntrico y desconsiderado. Otras acepciones pueden ser “a veces estoy triste, a veces content@; pero más y mejor que tú”, o “mamá, quiero ser artista”.»

¿Y de qué va Melancolía? Pues efectivamente aquí se encuentra una reconstrucción del desencanto del mundo moderno como subjetividad a contracorriente, es decir, la melancolía en su versión de vieja neurosis dieciochesca, en bruto, antes de la llegada del psicoanálisis y de la psiquiatría, significada como expresión contracultural que denuncia los ardides de una sociedad pérfida y vacía —una sociedad que, por lo demás, aparece amenaza por ese mismo sentimiento en forma de [redoble de tambores] planeta a punto de colisionar contra la Tierra—. Por si fuera poco, el bipolar, egocéntrico y desconsiderado personaje protagonista es el único iluminado (otra vez, el romanticismo) preparado para la catástrofe. Si en Cisne negro la excusa era el arte, la aceptación del apocalipsis depresivo justifica aquí el comportamiento caprichoso de la protagonista, y así ambos personajes se convierten en rentistas del sufrimiento, seguramente la noción religiosa más detestable que, reconstruida de mil maneras, ha sobrevivido aún a nuestro tiempo. Ante tal panorama, uno de mis compañeros de visionado agrega que en Melancolía se encuentra la diferencia entre la representación de un apocalipsis en el cine americano y la tradición europea: mientras en un blockbuster monstro-hit made in USA sus personajes permanecerían enganchados a la corriente de información mediática, en Melancolía apenas encontramos una única referencia a lo que ocurre en el exterior de la mansión donde transcurre su narrativa, cosa que sucede cuando alguien teclea el nombre del planeta en un buscador llamado W Search (y esto me lleva a pensar que: a) Google se negó a publicitarse en la película, b) Google no es un referente lo suficientemente elevado para que Von Trier proponga publicitarlo en la película, o c) en realidad la gente de esta película vive en otro planeta que no es el nuestro y por eso busca la información en W Search); sin embargo, si la versión americana del apocalipsis produce rechazo por su agotamiento, la decimonónica mansión de la literatura victoriana a la que el danés recurre no es menos obsoleta. Todo lo contrario. Lars Von Trier: haciéndolo original desde 1774.

 

Antonio J. Rodríguez: ¿A favor del urbanismo 2.0.?


1.

Hostilidad es la primera reacción que me causa Contra el rebaño digital, de Jaron Lanier, a raíz de un artículo publicado la semana pasada por Daniel Arjona bajo el título Banalización y totalitarismo en los tiempos de Twitter. Pero la experiencia llama a la prudencia, y la posición de Lanier me recuerda a los vestigios del pensamiento crítico marxista de raíz europea que, antes de 2008, se esforzaba en liquidar la filantropía liberalista, la socialdemocracia de Giddens, y en definitiva cualquier tentativa de globalización bien gestionada anclada en los fundamentos del capitalismo; entonces, aquellos que giraban la tradición del pensamiento crítico para admitir que el capitalismo podía llegar a molar parecían los llamados a traer el nuevo aliento a la sociología. Y fracasaron. Lanier, por más que se esfuerce en negarse como un ludita aludiendo a sus investigaciones como informático, no puede dejar de ser visto a menudo como un reaccionario. Pero no es cierto. En su diana se encuentran aquellos que él refiere como totalitaristas cibernéticos. Que son quienes no comprenden que «el valor de una herramienta radica en su utilidad para desempeñar una tarea. El objetivo nunca debería ser la glorificación de la herramienta». Por eso será de gran interés seguir de cerca cómo este libro muta sus lecturas en los próximos años, y por eso Contra el rebaño digital es una lectura obligada por las preguntas que plantea y la pasión con que interpela a sus oyentes, antes que por la excelencia del conjunto de sus opiniones. Contra el rebaño digital habla de tecnología, sociología, derecho y economía. Responder a todas las inquietudes de Lanier exigiría mucho algo más que este artículo, y por eso, lo admitiré, la presente respuesta a Contra el rebaño digital ofrece una perspectiva sesgada, cuando no directamente tendenciosa.

2.

Lanier, cuyo libro se publicó originalmente antes de los movimientos sociales que en todo el mundo protagonizaron este 2011, se queja de que los usuarios jóvenes de Facebook «son los que crean ficciones online satisfactorias sobre sí mismos con gran éxito. Cuidan sus dobles meticulosamente. […] Se premia la insinceridad, mientras que la sinceridad deja una mancha que dura toda la vida. Sin duda alguna, antes de la aparición de la red ya existía una versión de este principio en las vidas de los adolescentes, pero no con una precisión tan inflexible y clínica.» Pese a la honestidad de esta última aclaración, Lanier carece de perspectiva histórica, pues, tan preocupado como se muestra él por preservar la «personalidad» en la época de la web 2.0., apenas le bastaría con acudir a autores como Freud o Norbert Elías para admitir que, justamente, aquello que distingue a la persona es su capacidad de contención y su habilidad de construcción simbólica. Lanier también protesta porque las redes sociales, en cierta forma como el MIDI alteró la música, liman los matices de la interacción hasta reducirlos a un sistema informático binario —¿soltero o comprometido?, pregunta Facebook a sus usuarios—, acaban con la espiritualidad y deterioran la calidad de la amistad. Y aunque hábilmente se niega a proponer una definición sobre lo que ser persona significa («Si supiera la respuesta, podría programa una persona artificial en un ordenador», se excusa), el ensayista se pregunta: «Si bloggeo, twitteo y wikeo todo el tiempo, ¿cómo afecta a eso que soy?» Podemos inferir entonces que la alienación derivada de las redes sociales no es la del hombre en la multitud; la de la masa. Al contrario, su interacción es tal que ha rebasado la categoría de consumidor compulsivo de contenidos para erigirse como mero canal o herramienta. Así se altera el esquema comunicacional, de manera que ahora asistiríamos, por primera vez, a un circuito abierto. «Lo más importante de la tecnología es cómo afecta a las personas», dice Lanier.

3.

Acerca de las protestas más o menos recientes contra la deshumanización tecnológica, Lanier me hace recordar la voluntad de Jane Jacobs cuando hace medio siglo publicó Muerte y vida de las grandes ciudades; en aquel libro buscaba reivindicar espacios seguros e íntimos, un modelo de seguridad basado en la confianza en el vecindario, en el conocimiento mutuo. Frente a la ciudad donde impera la «anomia social, donde se prima el individualismo y es la “autoridad” la encargada de “mantener el orden”», caracterizada por la falta de espacios públicos para socializar y el miedo a lo desconocido; Jacobs valoraba una ciudad donde la cuestión clave fuese la relación de las personas con el espacio público (Zaida Muxí y Blanca Gutiérrez). Pregunta: si la mayor parte de nuestro tiempo la pasamos en el espacio digital, ¿no podría ser la red 2.0. una actualización del urbanismo armonizador de Jacobs, donde uno goza de buena libertad para elegir a sus vecinos? Lanier respondería tajantemente un no, preocupado como está por el creciente odio en la red y la popularización del troll, el cual, naturalmente, actualiza al ratero, al vándalo, al insurgente, al pandillero y al vecino chungo que siembra el pánico en Sin City.

 4.

Hace no muchos años, las páginas de estilo de los suplementos salmones se entretenían comentando la emergencia de ese nuevo ser social que era el adicto al trabajo, el workaholic, consecuencia de una absoluta supeditación (o simbiosis) de los valores personales a la ética de la compañía empleadora; algo que sólo puede resultar de la existencia de puestos simbólicamente muy remunerados, y que a su vez, seguramente, opera como causa y consecuencia de una intimidad cada vez más deteriorada, y de una alienación aún más perfeccionada que la decimonónica. Pero si la web 2.0. ha aportado un nuevo ser social, ése es, digámoslo así, el Homo Procrastinator, adicto a la comunicación y a los contenidos low fi. Mucho mejor lo expuso el escritor y guionista Carlo Padial en un tuit: «Atrapado en loop: mirar el email, luego Facebook, después Twitter. Volver a entrar en el email, luego facebook, después Twitter. Otra vez.» Es probable que ya hayamos perdido cualquier pudor a reconocernos como sujetos que reconocen sin ambages su relación de amor odio en todo ese tiempo que se pierde en Internet y las redes sociales —aunque naturalmente, se trata del mismo tiempo que los padres de los nativos digitales empleaban viendo programas bobos en televisión. ¿Adictos al trabajo o procrastinadores profesionales? ¿Acaso estoy pensando de manera binaria cual computador —¿pero no se basa todo el pensamiento en series de pares antitéticos? ¿Punto para Lanier?

5.

Acerca de Pulitzer, hace unas semanas comentábamos en este mismo espacio la necesidad de esforzarse en buscar nuevos modelos de negocio en la inminente destrucción creativa del papel, que afecta a toda la industria editorial. Leyendo a Lanier advierto que entonces era yo el que carecía de perspectiva histórica. Para el ensayista son ya demasiados años asistiendo a una industria que se va a pique sin solución de continuidad: «El New York Times, por ejemplo, promueve a diario la llamada política digital abierta, a pesar de que ese ideal y el movimiento que se encuentra detrás están destruyendo el periódico el resto de los diarios.» Lanier muestra su preocupación por la precariedad del cognitariado a través de la industria musical cargando contra el panal digital y la cultura libre, y hace bien en presagiar que «si decidimos apartar a la cultura del capitalismo mientras el resto de la vida sigue siendo capitalista, la cultura se convertirá en un arrabal.» Contra el rebaño digital presenta un breve catálogo de soluciones contra el saqueo de información y la cultura gratis, que pasa por el derecho, la tecnología y el contrato social: «es fácil robar coches y casas, por ejemplo, y sin embargo pocas personas lo hacen. Las cerraduras no son más que amuletos de dificultad que nos recuerdan a todos un contrato social del que nos acabamos beneficiando.» ¿Supimos entonces llevar las riendas de la red, o, por el contrario, la red te consume a ti?

 

Antonio J. Rodríguez: Nunca preguntes a un pobre por qué lo es


Nosotros creemos en las enseñanzas budistas. Hay personas ricas porque fueron generosas en una vida anterior. Lo que dieron se les devuelve en esta vida… Alá nos había dado algo a todos, de modo que era importante darle las gracias; en eso consistía aprobar Su examen… No sé por qué somos pobres. A lo mejor nos equivocamos en algún momento. Somos el tipo de personas que no están acostumbradas a mendigar, de modo que nos hallamos simplemente donde nos ha llevado el río de la vida. Creo en Dios. En consecuencia, creo en el destino… Probablemente los ricos saben usar el dinero… Alá hace lo correcto para nosotros. Todo el mundo puede trabajar. Todo el mundo puede encontrar trabajo si tenemos suerte de Alá… Los ricos quieren invertir y volverse cada vez más ricos, y los pobres son perezosos… Yo no soy pobre porque soy un borracho. ¡Tengo dinero suficiente para emborracharme!… Vivo a la intemperie y, una vez que duermes fuera, nadie te conocerá y estás atascado. No puedo salir de la pobreza…”

Detrás de estas declaraciones hay ciudadanos tailandeses, afganos, rusos, chinos o japoneses, y a todos ellos une lo que cualquier occidental conoce como pobreza extrema, los peores estragos de un sistema económico tremendamente injusto, la globalización y los regímenes orientales, así hablemos de la URSS como de confesiones religiosas. Conceder crédito a las palabras de estos ciudadanos implica aceptar un cierto e incómodo grado de relativismo de valores; negarlas, en cambio, infiere una superioridad moral igualmente desagradable. Y es en este cul de sac donde se encuentra precisamente la provocación con la que se construye Los pobres (Debate), donde William T. Vollmann reúne una serie de entrevistas cuyo génesis se encuentra en la pregunta: «¿Por qué eres pobre?», alejándose así de cualquier análisis macroeconómico para indagar en un problema que él plantea de índole cultural.

Pese a que el periodista no negará que las explicaciones de estos ciudadanos podrían pasar por una actualización de la imagen del niño que erróneamente se afirma como responsable del divorcio de sus padres, su principal caballo de batalla acerca de la pobreza será precisamente la noción de falsa conciencia, definida por él como acusación presentada contra las percepciones y experiencias de otros siempre que deseamos afirmar que sabemos lo que les conviene mejor a ellos. A lo cual habría que sumar el hecho de que esta falsa conciencia marxista «ha sido adoptada por entrometidos de todas las épocas, desde los misioneros jesuitas que partieron a salvar a los iroqueses de la condena, por mucho que los iroqueses no quisieran ser salvados, hasta el legislador estadounidense que manda a sus conciudadanos a la cárcel para protegerlos de hacerse daño fumando cigarrillos de marihuana.»

No cabe duda de que es la resignación y la preocupante lógica con que los entrevistados de Vollmann asumen su situación lo más desconcertante de esta colección de crónicas. Recordemos que en la época en que el terrorismo internacional apareció como una de las principales amenazas de nuestro siglo, no pocos fueron los pensadores que reaccionaron con idearios que legitimaban la acción armada. Enzensberger diseccionó los rasgos del perdedor radical, Günter Rohrmoser afirmó que los terroristas desean transformar las condiciones existentes y una ruptura total y radical con todo, y para John Gray, Al Qaeda compartiría con el comunismo y el nazismo, los neoliberales y los marxistas, su concepción moderna del presente en relación a la historia «como preludio de un mundo nuevo.» Pero los entrevistados de Vollmann no consideran injusta su situación; tampoco creen en ningún sistema mejor que el suyo (al revés, para ellos ya son perfectamente coherentes sus condiciones), ni tampoco residen en un contexto que les permita considerarse perdedores radicales, pues para ellos la pobreza es la norma y no la desviación, confirmando así aquella sentencia de Tolstoi por la cual «no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan». He aquí la diferencia entre la pobreza indignada, violenta o no, de los países occidentales, y la pobreza pasiva del Sur, donde nadie sabe lo que ser rico significa.

Vollmann acepta cómo cada cual goza (o debería hacerlo) de una cierta libertad para elegir la naturaleza del capital que desea acumular, y en qué cantidades. “Es posible que no sea tan culto como desearía; de todos modos, estoy más o menos satisfecho con mi vida. Ese mendigo de delante tiene comida, sueño y una hembra, pero es analfabeto. ¿Cuánta educación «necesita»? ¿Por qué no responder «tanta como tengo yo»? ¿Por qué no incluso «tanta como me gustaría tener a mí»?” Y en ese caso, ¿por qué el periodista cierra su libro con una batería de propuestas con que mejorar las condiciones de sus aparentemente satisfechos entrevistados? Sencillamente, porque acabar con la pobreza plantea hoy un desafío tan importante como abolir la esclavitud. Si el estado nos protege de la esclavitud, e impide tal práctica incluso aún deseándola nosotros por voluntad propia, entonces igual debería suceder con la pobreza. Aunque, por desgracia, y como Vollmann recuerda, nada nos puede hacer pensar que la esclavitud haya sido erradicada.

Antonio J. Rodríguez: El ocaso del Imperio y el sol naciente


Comentaba hace unas horas en mi página de Facebook mi intención de escribir algo chistoso sobre la gringosidad que Javier García Rodríguez (Valladolid, 1965) describe en Barra Americana, cuando al bajar a la tienda de conveniencia a por burbujeante cafeína sin azúcar me di cuenta de que iba vestido con tejanos y beisbolera, tenía el pelo recogido con una bandana y llevaba barba de tres días. Leyendo al profesor de teoría literaria —a quien probablemente conocí por su pertenencia a esa elite de cinco personas que en nuestro país de veras ha entendido algo de David Foster Wallace— pensé que su libro habría sido muy del gusto de Jean Baudrillard, que en 1986 publicó América, en donde leímos aquel enunciado que parecía anticipar el fin de la historia, según el cual «en el corazón de la riqueza y la liberación, siempre se plantea la misma pregunta: «What are you doing after the orgy?» ¿Qué hacer cuando todo está disponible, el sexo, las flores, los estereotipos de la vida y la muerte? Este es el problema de América y, a través suyo, del mundo entero.» Y leyendo Barra americana caí en la cuenta de que hacía muchos, demasiados, meses, tal vez desde su muerte incluso, desde la última vez que pensé en Baudrillard: tan Matrix, tan estupendo, tan vieja escuela, tan posmoderno y tan postestructuralista como era él, con esos conceptos asociados al hiperconsumo y la hipermodernidad que manosearon tanto los de su generación, entonces que se podía. ¿Existe algo más vintage que citar hoy a Jean Baudrillard?, pensaba todo el tiempo mientras leía Barra americana, que es un libro tramposo, porque invita a participar en esa superioridad moral de la que los europeos seguimos sin despegarnos cuando nos plantan delante de las barras y las estrellas. Cuenta García Rodríguez que:

«Cuando los estadounidenses modernitos, los intelectuales woodyallenescos y ceneénicos, los que miran siempre de reojo envidiosillo hacia las novedades de Nueva York, los “patanegra” de los estados de Nueva Inglaterra, los avanzados habitantes de la California librepensadora y libertina, los que confunden las apariencias con la cultura, un happening con el arte supremo, una crítica en la New York Times Reviewof Books con la Biblia (en verso), un artículo en The New Yorker o en Harper’s con un estudio antropológico y/o científico de la misma altura que El origen de las especies; cuando todos estos quieren referirse con cierta mofa a determinado tipo de personas que consideran más simples, cuando quieren hacer chistes a costa de sus compatriotas menos dotados, miran siempre hacia el mundo rural de los estados del Medio Oeste (entre otros: Illinois, Indiana, Iowa, Kansas, Missouri, Nebraska y Minnesota), de donde saldría el prototipo del genuino americano “de campo”: un cruce entre el Buddy de Cheers y la Rose de Las chicas de oro.”

Y aunque el libro se presente como un cruce entre ficción y crónica, no cuesta imaginarse a un curioso y atento García Rodríguez recorriendo los USA con camisa hawaiana, con las manos sepultadas en unos shorts, intercambiando palabras con los indios semínolas de Florida y el alligator del Parque Natural de los Everglades, «en el chiringuito a ritmo de salsa, guaracha y no menos cotizados ejemplos de la marchita musical hispana», cuando no sacrificándose para contarnos la experiencia de un partido de béisbol, comiendo hot dogs con cebolletas y bebiendo heineken fresca, pese a que García Rodríguez opine que «solo el que ha visto íntegro un partido de béisbol sabe lo que es el aburrimiento extremo.»

Quiere la casualidad que paralelo al texto de García Rodríguez aparezca en librerías El cielo de Pekín, la primera novela de Miguel Espigado (Salamanca, 1981), que durante algún tiempo ha residido en China como profesor de lengua y cultura española. Recuerdo que hace algún tiempo, el polémico James Wood publicó un artículo en donde comentaba que la principal mutación en la literatura que se hace en lengua inglesa venía dada por el novedoso punto de vista que aportaban los escritores emigrados de países no occidentales. En España, de hecho, creo que de algún modo todos esperábamos la aparición de una nueva hornada de autores que supiesen retratar la experiencia de la migración, motivo por el cual la idea de El cielo de Pekín aporta la primera sorpresa narrativa del libro: el momento en que nosotros volvemos a ser inmigrantes ha llegado. O en palabras de Espigado, esta novela «habla del encuentro de los occidentales con una periferia que ya no es colonizada sino colonizadora».

Se quejaba hace poco el incansable polemista Alberto Olmos en una entrevista: «Yo sé que como tengo barba y no me parezco a Juan Manuel de Prada se da por hecho que soy superprogre y que tengo que movilizarme por todas las causas, no sé, por Egipto… Bueno, yo no sabía que en Egipto había un dictador, pero qué fácil es decir al día siguiente que estás a muerte con la primavera árabe». Y lo cierto es que mi conocimiento de China se parece bastante a lo que Olmos piensa de Egipto: ni idea; o si la hay, entonces es demasiado confusa o descomunal para comprenderla. O como dice un personaje de Espigado: «Nuestra generación tiene lo peor de los dos sistemas: la obligación de competir, de tener más dinero, de ser los más guapos del capitalismo, y el sometimiento, la opresión y la censura del comunismo.»

Sumada a la Primavera Árabe y a la presente crisis de la Unión Europea (recuerdo a Juan Ignacio Crespo hablando hace un mes de «la nostalgia de una edad dorada donde sí que había liderazgo europeo: la era de los François Mitterrand, Helmut Kohl, Jacques Delors, Felipe González…»), la yuxtaposición de ambos ejemplares invita a la contemplación del ocaso del Imperio (¿occidental?, ¿americano?), y al complejo de inferioridad ante el nuevo mapa cultural que se presenta ante nosotros. García Rodríguez, vasto conocedor de la literatura norteamericana, forma parte de una generación de autores que inició el combate desde el interior de la Universidad para ampliar los horizontes de nuestros referentes culturales, y los códigos que maneja aún son comprensibles para la mayoría; Espigado, educado en esos mismos referentes, escribe sobre lo desconocido mientras llamea Roma a sus espaldas. Hora de ponerse las pilas, y quién sabe si de bajar a la tienda de conveniencia en kimono, o no.

Antonio J. Rodríguez: Carcelona subtitulada


Cuando hace un mes y medio me trasladé a Barcelona (en adelante Carcelona), mi biblioteca se redujo a cinco volúmenes de trabajo y dos o tres textos de relectura por pasatiempo; entre estos últimos se encontraba una novela sobre la tan sonada burguesía carcelonesa de rancio abolengo, estamento social al que, por lejano e improbable, atendí con curiosidad de zoólogo. Puesto que ahora resido en un barrio donde los supermercados españoles dedican un tercio de su espacio a productos con etiquetado en lenguas extracomunitarias, y además mi radio de acción en la ciudad se encuentra reducido a no más de un kilómetro cuadrado, no puedo dejar de preguntarme por esa Carcelona que protagoniza unos titulares de periódico tan ininteligibles y marcianos como los etiquetados de salsas arábigas y tahinis pakistaníes en el Raval. Entre los recortes más llamativos de esa agenda informativa desde que estoy aquí recuerdo: 1) la retirada de las presuntas chapas sediciosas e inmorales en la librería La Central del Raval, donde Carcelona quedaba representada por cacos que roban bolsos o agentes de la Ley y el Orden que actúan como policía política; 2) la discusión sobre la lengua vehicular en los colegios, que llevó a Felix de Azúa a enunciar aquello de que «la realidad siempre ha sido el peor enemigo de Cataluña»; y 3) la discusión interminable sobre las procaces escenas de prostitución en el Gótic.

Carcelona, no lo he dicho aún, es un concepto que le debo a Marc Caellas (1974), que acaba de publicar un pequeño y divertídisimo libro de crónicas así titulado. «La Virgen de la Merced es la patrona de Carcelona. Por aquellas afinidades electivas de la vida moderna, coincide que la Merced es también la patrona de las instituciones penitenciarias […] No sorprende entonces que esta cárcel de la impotencia y el conformismo que es Carcelona también celebre su fiesta el mismo día», dice el autor. Aunque pocas cosas hay más románticas e inútiles que tratar de buscar idiosincrasias y caracteres según qué geografías, agradezco a Caellas esta especie de guía para no iniciados. Seis años sin salir de Madrid es una asignatura cuya recuperación exige un lento aprendizaje. O eso es lo que yo creo al leer estas crónicas, si bien en el momento en que escribo esto ya haya desarrollado cierta agorafobia o fobia social hacia Las Ramblas y el turismo.

Dictadura del civismo, secuestro del espacio público, «la Santísima Trinidad que forman la Caixa, la Iglesia Católica y el Fútbol Club Barcelona», la batalla contra el pis y los pañales para los juerguistas con problemas de contención, las cacas de perro y los cagarros de las ratas voladoras, las vanidades y la inclinación al rústico cotorreo de corrala sobre cuernos y fornicio, las firmas periodísticas locales a evitar, la catástrofe de Woody Allen con Vicky Cristina Barcelona y, desde luego, el superávit de turismo y su repercusión en el ánimo local son algunos de los temas que serpentean esta escatológica Ciudad Condal de Caellas. Y hace ya tres años desde que Melusina, la misma editorial que ahora lanza Carcelona, publicó la colección de crónicas titulada Odio Barcelona, donde varios autores barceloneses nacidos en la década de los setenta —por lo demás, los mismos que asistieron a las consecuencias de artefactos como los Olímpicos, el Fórum y Carcelona como marca turística— se dedicaban a hacer saltar por los aires la imagen de la ciudad. ¿A qué se debe esa obsesión por la administración local en los escritores barceloneses?, ¿y por qué no ocurre lo mismo con los contemporáneos madrileños?, ¿no existen allí motivos suficientes para alimentar la queja?, son algunas de las cuestiones que ambos títulos obligan a cuestionarse a cualquier espectador casual. Incluso subtitulada, Carcelona aparece aquí como cinta de Serie B para connoisseurs.

Antonio J. Rodríguez: Terrorismo o barbarie


Está contada por un auténtico imbécil o por un cretino reprimido, pero Ejército enemigo es la mejor historia de 2011.

Cuando a Michel Warschawski le preguntaron en una entrevista acerca de los indignados en Israel, el activista se quejaba de que las únicas críticas al movimiento viniesen «de los dirigentes de los colonos que intentan describirlo como un Woodstock de niños mimados de los barrios pijos del norte de Tel Aviv». Este mismo es el enunciado que viene impreso en la portada del último número de Qué Leer, pronunciado ahora por Alberto Olmos, autor de Ejército enemigo: «En el 15-M hay demasiados iPhones». Y ésta también es la postura que adopta Santiago, el protagonista y narrador de la novela, que adolece de un sentido de la vista deficiente y desde luego encuentra dificultades severas para desempañarse los párpados y enfocar bien los auténticos problemas. A él no le interesa atender a los desórdenes económicos, la corrupción política o los errores del falso capitalismo que viene sacudiéndonos en los últimos años. Lo que a Santiago de veras le pone de mal humor son los manifestantes y activistas políticos, y el moderneo revestido de conciencia: «No me interesa lo in, no me obsesiona estar on, no cultivo lo cool, no me fascina lo fashion y mi único must es masturbarme; lo friki me da escalofríos. Lo trendy, temblores.» ¿Su lema? «La solidaridad ha fracasado».

Santiago significa el grado cero del inmovilismo político, encorsetado en un barrio deprimido y ruinoso y en un trabajo fool como publicista; es ésta la clase de persona que en lugar de actuar para cambiar su situación se entretiene en burlarse de Daniel, un colega que una vez creyó en la solidaridad y luego apareció muerto. Santiago es la principal resistencia que Daniel tiene que vencer, mucho más que el modelo político o económico vigente, para ratificar las alternativas en las que él cree. Es fácil de imaginar cómo en su fuero interno Daniel sabe que el futuro de la resistencia pasa por recluirse con su grupo de activistas ya convencidos, o bien dar un paso más allá y convencer a escépticos como Santiago, alguien que se pregunta si «no sería mejor dejarlo todo al albur del caos, cesar en las ayudas puramente amansadoras, y permitir un sufrimiento tal que, al cabo, hiciera a millones de personas tomar las armas y devolvernos la calderilla», pues «la solidaridad no sólo ha fracasado, sino que ha evitado la reacción». Naturalmente, es aquí donde se encuentra el gran dilema de la resistencia en los últimos tiempos. ¿Manifestarse pacíficamente y penetrar así en el grueso de la opinión pública biempensante y pequeñoburguesa, o reventar escaparates de multinacionales, perpetrar atentados terroristas, secuestrar aviones, poner bombas, sabotear, sembrar el auténtico odio, boicotear, actuar por la vía dura…? Ilich Ramírez, el terrorista conocido como Carlos el Chacal, tenía un lema: «Para conseguir algo, has de caminar sobre cadáveres», y éste podría pasar por el ideario que rige a Santiago, resultando así que el despreciable nihilista del que hablábamos antes, desde sus rancios prejuicios, se convierte en el más radical de los opositores. Tal es la convicción («La solidaridad ha muerto») por la cual se produce la transformación de Daniel en un monstruo.

Extraordinaria heredera de Houellebecq, Ejército enemigo es una novela repleta de sexo bien hecho (bien escrito). Además que este tipo de narración es un talento singularmente explotado por Olmos como editor de Vida y opiniones de Juan Mal-herido, la razón por la que el sexo y los afectos aquí abundan es porque nadie folla, ni mucho menos desea, por solidaridad o compasión. «Hombres queriendo follárselas a todas y mujeres seleccionando los genes. Lo de siempre desde las cavernas; lo de siempre a pesar de la teoría queer, del machismo y de los cosméticos para hombres.» Y eso por no hablar de la dimensión estética de la revuelta, a menudo erróneamente soslayada. Había poca broma en Balzac cuando a éste se le ocurrió decir que «La revolución [francesa] fue también una cuestión de moda, un debate entre la seda y el paño». Lo dijo también Michel Chemit: «Por supuesto, aún puede seducirme arrojar adoquines a la pasma. Es un acto lúdico. Para mí, hay mucha profundidad en ese gesto.» Es decir que la manifestación es una opción de ocio que se rige por unos códigos reproducibles por imitación, y que delimita muy claramente las fronteras entre quienes están dentro y quienes están fuera, y el protagonista de Ejército enemigo está muy lejos de ser querido por los solidarios manifestantes. Su complejo de exclusión —el de Santiago— es inmenso, y esa es la razón por la que los detesta y denuncia la presunta superioridad desde la cual erigen sus grandes verdades, aunque por supuesto, él no opondría ningún inconveniente en follarse a una manifestante como la que vemos en la misma portada de la novela. Esto no es política, esto es psicoanálisis: «Uno iba a una mani porque ella también iba, porque también iba él. Otro se encerraba en la facultad junto a decenas de estudiantes porque ella o él no podrían entonces escapárseles. Los abajofirmantes eran los abajojodientes. Todos los líderes eran sexies. Todas las pancartas, pornográficas. Todas las palabras, seducción.» A estas alturas ya da igual decir que la tensión y narrativa de Ejército enemigo está minuciosamente calculada, y su ritmo es perfecto. Ésta no solo es la mejor novela del año. También la más cruda y radical.

 

Antonio J. Rodríguez: ¿Quién quiere ser Pulitzer?


Despidos, tentativas de censura previa, precariedad, malas praxis… Tristemente, es en el momento en que más información precisamos —una información que sirva como escudo ante las agresiones de la crisis— cuando nadie en su sano juicio desearía ser periodista. Cierto es que en las últimas décadas ya se daban por clausurados los tiempos en los que la prensa podía llegar a ser una industria generadora de beneficios gracias a la publicidad, instalándose luego como herramienta de influencia sobre la opinión pública desde distintos grupos de poder. Pero la situación se ha desvelado aún más insostenible si cabe, con un panorama económico negativo que agrava la inevitable crisis en el modelo de negocio, ahora que se produce la lenta aunque definitiva migración hacia el formato digital.

Acerca de cualquier industria que implique una imprenta, quedan ya pocos inconscientes que no hayan aceptado la inminente destrucción creativa. Sabemos desde luego de los terremotos, pero no así de cómo volver a construir sobre las ruinas. Todo ello hace escalofriante regresar a la lectura de Joseph Pulitzer (1847 – 1911), cuando el mes próximo se cumplirán cien años de su muerte.

Pulitzer es el mayor icono de los mejores años de la prensa, antes de que ésta tuviese que competir con la radio y la televisión. Cierto es que cuando él llegó al New York World, Estados Unidos ya disfrutaba de un buen número de cabeceras importantes, pero es él quien se inventó la prensa ética sensacionalista, basada en el impacto formal y la concepción del periodismo como servicio público a disposición de las masas. Aparte de fundar los premios que llevan su nombre, Pulitzer fue también el responsable de la Escuela de Periodismo en la Universidad de Columbia. Sobre el oficio y su enseñanza —dos cuestiones cuya discusión no es nada baladí en estos días— reflexionó en el pequeño libro que lleva por título Sobre el periodismo (Gallo Nero Ediciones).

Mientras asistimos al desmantelamiento de la prensa tal como la conocíamos, y los posgrados ofertados por instituciones privadas ganan cada vez más espacio en la formación de periodistas, cabe preguntarse qué está haciendo la universidad pública como laboratorio de ideas, de qué manera afrontan sus planes de estudio las mencionadas mutaciones, cuál es la clase de docente que hoy se necesita y cómo habrán de gestionarse los recursos económicos. Ciertamente, la mayoría de periodistas que conozco conciben su profesión como un oficio de carácter artesanal, cuyo aprendizaje solo puede ser resuelto en las redacciones. Con todo, la principal disyuntiva que atrae la situación de la enseñanza del periodismo es si verdaderamente aspiramos al pragmatismo del llamado capital humano, como comentan los defensores de la universidad privada, justo ahora que los recortes presupuestarios hacen que la educación como servicio público se tambalee.

Pulitzer aspiró a un razonable justo medio. Defendió la enseñanza superior del periodismo (recordaba él que en tiempos pasados también los abogados y médicos carecían de estudios especializados), aunque a la vez comprendiese que «un tonto que arrastre una retahíla de títulos tras su nombre seguirá siendo un tonto, y un genio, si se ve en la necesidad, inventará su propia universidad.» El responsable del New York World aceptó la dicotomía entre los «inteligentes hombres de periódico que no saben nada de universidades» y viceversa. Y frente a aquellos que creen que las facultades de periodismo crearán diferencias de clase, él apoyaba «una diferenciación entre los aptos y los ineptos», y la idea del trabajo para la comunidad.

De lo que no cabe duda es que la herencia de Pulitzer, ya sea en lo que concierne al oficio como a su formación, se halla en fase terminal. A la prensa en papel parece no haberle quedado más alternativa que la de ocupar posiciones defensivas, fidelizar a un lector útil y rentable, desertar en la búsqueda de nuevos públicos y seguir investigando en los cada vez más angostos senderos que ofrece la publicidad. Lo cual no parece pasar por la acción más democrática, y pone de relieve la urgencia a la hora de encontrar soluciones verdaderas. O como bien comentaba Jordi Costa en su obituario sobre el suplemento EP3, publicado en su página de Facebook: «la revolución digital de la prensa escrita se ha traducido, indefectiblemente, en la división de mis honorarios a la justa mitad.» De más está decir que, en efecto, ésta no es la mejor forma de promocionar la migración a la red.

¿Queda lugar para el optimismo? Eso defienden algunos, pues pese a que Internet siempre se ha mostrado como el imperio de lo gratuito, Jesús Eijo recordaba en un artículo publicado el pasado domingo que la red está creando nuevas prácticas laborales que exigen nuevos perfiles profesionales, para lo cual «la universidad pública tiene que adaptarse a un ritmo de cambios al que no estaba acostumbrada». Falta saber ahora cómo rentabilizar la información ante tales oportunidades.

En tiempos de Wikileaks y redes sociales, cuando la información se construye de manera colectiva en Internet y Twitter se desvela como arma de movilización popular, asumiéndose como un nuevo cuarto poder; retomar las investigaciones sobre el correcto destino del periodismo debería ser una tarea primordial. Si las viejas glorias y emblemas de la profesión resisten conscientes de su imparable precipitación al abismo, tal vez sea el momento de preguntarnos qué podemos hacer nosotros por el periodismo, en lugar de invertir la cuestión. Crucemos los dedos para una pronta resurrección de Pulitzer, mientras procuramos salvar la dignidad del oficio.

Antonio J. Rodríguez: El muñón y la otra mano invisible


Cuando uno pone de manifiesto su malestar ante el actual estado de las cosas, se arriesga a dos reacciones habituales. La primera alude a la ausencia de propuestas con que mejorar nuestras democracias. La segunda califica como utopistas a quienes plantean propuestas. ¿Pero existe mayor utopía que la de considerar el mercado como institución autorreguladora?, ¿cabe pensar en una quimera aún más falaz que la de la «mano invisible»? En 1998 Pierre Bourdieu se quejaba de que el giro hacia la utopía neoliberal venía dada por la destrucción de todas las «medidas políticas tendentes a poner en tela de juicio todas las estructuras colectivas capaces de obstaculizar la lógica del mercado puro» (La esencia del neoliberalismo). Más contundente si cabe, para el analista Timothy Garton Ash, «el libre mercado es la utopía más reciente en Europa Central.».

Pero el problema real, como ya han visto otros críticos, es que esa utopía neoliberal no ha existido jamás. Al contrario, residimos en economías fuertemente intervenidas, pues a fin de cuentas, siempre que se deroga una ley es porque otra la sustituye. Lo anterior obliga, como es lógico, a preguntarse a favor de quién se produce esa intervención. Warren Buffet: «hay lucha de clases, es cierto, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra. Y vamos ganando». O como apuntaba Carlos Castiñeiras el pasado sábado en el foro financiero celebrado bajo el lema Toma la bolsa: «Esto no es capitalismo. En el capitalismo, si alguien lo hace mal, pierde. Ahora, si lo hacen mal, no pierden». Es por ello por lo que el célebre concepto de Adam Smith, en nuestro tiempo, solo puede pasar por eufemismo o mentira. Antes que regidos por una mano invisible que mueve los hilos de los mercados, casi se diría que sobre nosotros manda un monstruo que se ha cercenado a sí mismo las extremidades. Y no es lo mismo.

Aunque esa primera mano invisible jamás haya existido, la otra mano invisible, la de la clase obrera, la de los empleos industriales y deshumanizadores, sigue tan vigente hoy en Occidente como hace un par de siglos. Esta es la idea que Isaac Rosa pone de manifiesto en su última novela, La mano invisible. Puede decirse así que el texto encuentra su centro gravitatorio en el enunciado de José Luis Pardo que cierra el volumen; allí leemos que «el trabajo, en sí mismo considerado, parece ser inenarrable». En este sentido el texto de Rosa es extremadamente conceptual —al mismo tiempo que desgarradoramente realista—, y su tarea, la de recordarnos esa «corrosión del carácter» paralela a los empleos que en nuestro capitalismo dábamos ya por olvidados, no poco compleja. Hay aquí, pues, un contrato que debemos aceptar para poder avanzar en la lectura: que la narración de una rutina mecanicista sólo puede ser pesada y angustiosa. Hacer de esta novela una experiencia agradable traería consigo convertir a sus protagonistas en bufones. Rosa da otra vuelta de tuerca a la novela en el momento en que desvela que sus trabajadores, sin saberlo, se encuentran protagonizando un espectáculo. ¿Qué hacemos aquí?, es la pregunta que no pueden dejar de hacerse. Son ahora ellos los que están siendo observados, en lugar de permanecer escondidos en espacios de trabajo sobre los cuales nadie desearía reparar o reflexionar. El iceberg se da la vuelta.

Con los perdedores del mejor de los mundos es el magnífico título que Günter Wallraff eligió para su última colección de crónicas como periodista encubierto, donde indagaba en las pésimas condiciones laborales de nuestro tiempo. Tal vez, el testimonio más desagradable de aquella colección fuese el del call center. Allí encontrábamos a precarios asalariados obligados a estafar por teléfono a personas cuya existencia era tan mala o peor que la suya. En La mano invisible encontramos el retrato de una ex empleada en un centro de unificación de deudas, en el que, con la burbuja inmobiliaria, logró arruinar a trabajadores que no pudieron plantar cara a sus deudas. Superada aquella época y el malestar que le causaba sentirse una estafadora, el personaje puede decir que sus condiciones han mejorado, ahora que se dedica a realizar encuestas telefónicas sobre el grado de satisfacción del encuestado en su trabajo. Y de hecho, es éste uno de los asuntos más crudos que se abordan en la novela: la solidaridad nula de la clase trabajadora. El hijo de Saturno devorándose a sí mismo y con el beneplácito del padre.