El refugio del perro verde

Daniel Zamora: Clasificación de monstruos (II)


(Viene de la primera parte)

Buena parte del terror infundido por el cadáver devuelto a la vida se debe a que fusiona en un sólo ser imposible la condición del vivo y la del muerto, dos atributos cuya atribución simultánea es incompatible porque en la naturaleza nunca pueden darse en la misma criatura al mismo tiempo y en el mismo sentido. Esta personificada transgresión del principio aristotélico de no contradicción es lo monstruoso de las incongruentes figuras generadas a partir de una ininteligible paradoja ontológica, pero también la eficacia de esos monstruos semejantes en esencia al hombre lobo radica en que fusionan en un sólo ser imposible dos condiciones antagónicas, la condición del ser humano y la del ser infrahumano, así como la eficacia de los héroes imposibles que combaten contra monstruos y cataclismos radica en que aúnan en su persona la condición humana y la suprahumana. El hombre lobo no se basa en el cadáver maldito monstruosamente reanimado sino en el hombre maldito monstruosamente transformado. Mientras que el vampiro es un cadáver depredador que en ocasiones se transforma en una serie limitada de animales tan feroces como el lobo, tan siniestros como el murciélago o tan repugnantes como las ratas y los insectos, el licántropo es un depredador híbrido que combina la malvada astucia de los hombres con la fiereza siniestra del lobo, es decir, un ser que se ha vuelto sobrenatural por haber unido en sí mismo lo malo o lo peligroso de dos especies naturales. Esta hibridación repelente que combina las fuerzas características de dos especies naturales es la misma que tiene lugar en La mosca, aunque en este caso la mezcla no resulta de la entrada violenta en una cadena de maldiciones mágicas sino del sometimiento voluntario a un malogrado experimento científico.

El hombre lobo o lobo humano es un monstruo plebeyo cuyo origen hay que buscar en la brutalidad enajenada de ciertos lunáticos esquizofrénicos, de algunos hombres aparentemente normales que esconden sin saberlo una doble personalidad, un reverso bestial que asoma ocasionalmente a través de estallidos de rabia asesina. Es, pues, el hombre con imprevisibles fases bestiales que no es capaz de controlar. A diferencia del vampiro en su sentido original, el hombre lobo no es un agente taimado y retorcido que disimula, engaña y maquilla adrede su monstruosa realidad para obtener determinados beneficios, sino un desgraciado paciente que sufre involuntariamente una inconfesable dualidad periódica, una enfermedad sobrevenida a su pesar. Como le sucede a muchos enfermos inconscientes, no es infrecuente que el lado humano del hombre lobo ignore cuál es su verdadero estado: que sólo es una parte de un todo, que en su interior porta una serie de gérmenes malignos e infecciosos, que oculta una cara abominable y autónoma que cada cierto tiempo suplanta su identidad normal. Por eso el hombre lobo suele caracterizarse como un inocente ser maldito, como una criatura pasiva y atormentada que ha de acarrear un gran peso moral y que no es responsable de la rabiosa brutalidad de su alter ego, de ese ofuscamiento repentino que le lleva a cometer innumerables crímenes horripilantes. No sólo no es consciente de sus actos mientras se encuentra trasformado en una fiera sanguinaria, sino que a veces es incapaz de reconocer su autoría después de recobrar la forma humana y contemplar las consecuencias de ese desastroso giro lunar.

Esta incapacidad de autoreconocimiento, este rechazo de sí mismo porque el sí mismo es otro que él mismo, este negarse a asumir lo que se ha hecho porque en rigor no lo ha hecho uno, también está presente en muchas de las realizaciones ficticias del híbrido pasivo, incluso en aquellas que, como en La mosca, no comportan una transfiguración alternativa sino un reemplazo degenerativo. El protagonista de La mosca, en sus dos famosas versiones cinematográficas, es el híbrido monstruoso provocado por una negligencia científica o, mejor dicho, un pastiche zoológico imprevisto. A través de sus penosas mutaciones se relata la historia de la lenta y traumática deshumanización de un hombre inteligente y sofisticado, el cual es consciente del progresivo proceso de degradación que está sufriendo y, por tanto, queda fascinado y horrorizado a partes iguales por las incipientes alteraciones específicas que advierte en su cuerpo y en su mente, por las pérdidas humanas y las adquisiciones animales que se van sucediendo sin control, por el paradero biológico desconocido al que le conduce su imparable metamorfosis. Gradual e irremediablemente, la víctima del absurdo accidente científico se va convirtiendo en una criatura extraña para sí misma, a medida que el conocimiento de su identidad se torna más difícil y que el fundamento más seguro con el que siempre había contado se vuelve cada vez más dudoso, precario y huidizo: el “yo” accidentado y puesto en movimiento aún es él mismo, pero ya no es él mismo, y ni siquiera posee un término adecuado para definirse. Por tanto, el enigma identificativo planteado por el aberrante combinado genético sólo puede resolverse lógicamente con un suicidio que no es en rigor un suicidio, sino un homicidio legítimo en defensa propia, porque en este caso quien mata ignora qué o a quién está matando, desconoce qué amenaza para su persona está destruyendo. Lo que sabe es que ha quedado reducido a la condición del mero espectador que asiste estupefacto a su propio tránsito evolutivo y que sólo temporalmente, mientras dure el salto autonegador en el que se encuentra inmerso, conservará el poder de ejecutar el único acto que puede alterar a la mismísima alteración, es decir, lo único que aún conserva el carácter de auténtica acción humana: la decisión de adelantar la supresión fatal de su persona y de afirmarse así a través de la última ocasión de efectuar una decisión propia y significativa.

Los híbridos bestiales de La isla del Doctor Moreau también son el resultado de un experimento científico secreto y extravagante que desafía los límites de la naturaleza, aunque en este caso se trata de un resultado perseguido a propósito. Si en La mosca se desafiaba al mismísimo movimiento espacial, pretendiendo un transporte inmediato de los objetos que prescindiera del espacio, en la novela de Welles se reta al mismísimo desarrollo de la vida, pretendiendo una recombinación zoológica inmediata que prescinda del azar, del tiempo y de las resistencias de cada especie a la fusión con el resto. Al mismo tiempo, si habitualmente el híbrido monstruoso es el hombre deshumanizado que adquiere, cíclica o permanentemente, la apariencia y los modos de una bestia determinada, en particular de aquella que en cada ámbito suscita un temor más arraigado, como lo es el lobo en el caso de los bosques de las zonas rurales europeas, el doctor Moreau lleva a cabo la operación inversa: la humanización deficiente de un sinfín de bestias. Este conjunto fallido de especímenes aberrantes es producido por mor de un delirante perfeccionamiento civilizatorio de cada especie animal, que de este modo ve reprimidos sus instintos naturales por una manipuladora intervención humana, mientras que en las historias protagonizadas por híbridos salvajes sucede precisamente lo contrario: la desinhibición regresiva de los fieros impulsos reprimidos por el hombre, lo que convierte al sujeto en cuestión en una especie de lobo, de felino o de reptil, o en otro tipo de animal terrible o repugnante.

Esto último es lo que ocurre en todas aquellas ficciones donde se nos narra de qué manera la duplicidad del alma humana, dividida y oscilante entre la civilizada contención humana y el desatado salvajismo animal, conduce al consecuente desdoblamiento del cuerpo, proceso éste normalmente auxiliado por un factor externo que hace las veces de catalizador de la partición física, de impulsor de la transformación de un hombre en una encarnación de su trasfondo oscuro. Este detonante analítico puede ser un hallazgo científico exitoso que personifica el polo positivo y el polo negativo del individuo, la hipócrita respetabilidad diurna y la criminal degradación nocturna, como en El extraño caso del Doctor Jeckyll & Mr. Hyde, donde la parte sublime del alma tiene una representación refinada, mientras que el atávico desahogo de los bajos instintos se simboliza mediante una astuta y grotesca apariencia de bestia. Pero también suelen emplearse, para que cumplan la misma función reveladora, los siguientes estimuladores del cambio: un experimento fallido o accidentado, como en La mosca; un agente maligno que el propio sujeto ha convocado, como en Fausto, donde el hombre se divide entre dos extralimitaciones del justo término medio que fracasan por su ausencia de moderación, a saber, entre sus altas e ilimitadas aspiraciones intelectuales, cada vez frustradas por la soberbia atea, y sus bajas e insaciables pasiones carnales, cada vez castigadas por la pecadora concupiscencia; un maléfico factor reproductivo con el que la víctima se topa por sorpresa y que la liga a la fuerza a la milenaria cadena híbrida, como en El hombre lobo y sus variantes; o una insospechada herencia étnica ancestral que transmite fatalmente la escisión de las dos mitades opuestas, como en La mujer pantera, en la que los extremos en conflicto en el interior de la misma persona son la casta inhibición de la puritana y el desenfreno sexual de la devorahombres, causados, respectivamente, por el miedo al vergonzoso pecado y por el placer del vicio orgulloso.

Después de estas dos grandes clases de monstruos, esto es, de la que fusiona las condiciones de la vida y la muerte y de la que hibrida las condiciones de la humanidad y la animalidad, vendría una tercera clase igual de imposible o paradójica: la que mezcla en una misma criatura las condiciones de la normalidad y la monstruosidad, representada sobre todo por el ser deforme que se encuentra desamparado en un mundo desfavorable y que es rechazado por todos o acosado por unos cuantos. El ser humano deforme es visto, por su simple deformidad grotesca, como un monstruo horrible y repulsivo, y ésta es la razón por la que habitualmente acaba siendo un marginado o un perseguido. El circo, el negocio que se beneficia de la exposición morbosa de las excepciones impactantes y de las habilidades maravillosas, es uno de los ambiguos refugios laborales donde estos monstruos aparentes pueden esconderse de la furia popular y sentirse en cierto modo integrados socialmente, aunque obtengan el sustento y el cobijo a cambio de la exhibición espectacular de sus sensacionales deformidades, es decir, a cambio de permitir la explotación comercial de las mismas causas que les han llevado a tal estado de indefensión, como sucede en la película Freaks. Pese a las engañosas apariencias, los protagonistas de Freaks no son unos seres malignos y abominables que se dedican a aterrorizar por gusto a las personas normales, sino una desvalida hermandad autoprotectora que agrede y mata para defenderse de las humillaciones y los abusos que recibe en sus tratos con cierta gente agraciada. Como se advierte en éste y en otros muchos casos, el monstruo deforme suele presentarse como una variación del modelo del amor imposible entre una bella y una bestia, es decir, protagonizando una de las muchas historias que narran el salvaje deseo que siente un hombre solitario, misántropo, colérico y de aspecto bestial, tras cuya repugnante fachada se oculta un alma hermosa, hacia una bella muchacha en peligro que gradualmente, al tratarlo a menudo y a fondo, va descubriendo el auténtico rostro de su amable enemigo y sustituyendo su asco y su rechazo iniciales por una inclinación favorable, por un cálido entendimiento o hasta por un amor correspondido. En otras palabras, el viejo tema zoofílico de la bella y la bestia se presenta las más de las veces como un dulce vuelco positivo: el que se le da a los acosos enfermizos que sufren las criaturas ingenuas y a los brutales forzamientos a los que se somete a los seres desprevenidos, como aquellos que tenían lugar en los mitos helénicos cuando un poderoso pretendiente divino, irrumpiendo en forma de monstruosa bestia lasciva, violaba por sorpresa, gracias a su fuerza y a su astucia superiores, a la bella mujer humana que le hacía perder la cabeza. Cuando este hecho abominable se suaviza románticamente, mezclándolo con una versión pacífica del sacrificio de inocentes con que se aplacaban las sanguinarias exigencias de los monstruos, como las del Minotauro y las de los distintos dragones chantajistas de las leyendas populares, versión en la que ahora se produce un giro feliz que altera todo el sentido mítico de la historia, lo que se tiene entonces ya no es la agresión salvaje causada por el descontrolado apetito sexual de un asaltante aprovechado, sino una tierna, ardua y emotiva aproximación entre dos seres ejemplarmente desprejuiciados: el uno al fin desinhibido y el otro al cabo reprimido, hasta coincidir ambos en un sensato término medio.

Una de las ilustraciones más conocidas de este encuentro antinatural es la que protagoniza el grotesco jorobado de Notre-Dame, que es considerado un monstruo por los habitantes de París por dos razones fundamentales: porque su fealdad y deformidad congénitas les llenan de espanto y porque estos defectos físicos le han llevado a vivir oculto entre las sombras de una catedral gótica, como un sospechoso merodeador misántropo. Es, pues, la propia incomprensión social, la mera desaprobación popular, la que hace del bicho raro inofensivo un ser apestado al que entre todos empujan a buscar cobijo bajo unas condiciones siniestras, por lo que la calificación colectiva lo tacha en un primer momento de la lista humana y lo fuerza seguidamente a adquirir los indecentes atributos que ya le había adjudicado la fantasía mayoritaria. El asilvestrado campanero de París es el monstruo marginado que se sacrifica por salvar al objeto de su amor imposible. Si el apuesto héroe romántico se sacrifica o se suicida por la imposible consumación de su amor, el mártir contrahecho también hace otro tanto, añadiendo tan sólo una nueva oposición social convencional a la lista de prejuicios que, en los tormentosos idilios románticos, actúan como trabas insalvables frente a las auténticas pasiones admirables: la apariencia física inaceptable en una rígida sociedad uniforme.

Otro célebre monstruo deforme que también se conduce como un sospechoso merodeador misántropo, y que utiliza igualmente como escondite una intrincada arquitectura siniestra, es El fantasma de la Ópera. El famoso personaje de Leroux, así como su moderna actualización en ese refrito de motivos populares que es Darkman, representa el misterioso monstruo deforme que se lamenta de sus infortunios y se avergüenza hasta tal punto de su fealdad que la esconde detrás de una máscara. Se trata de un monstruo tan chantajista como el que ama y asusta a Bella, pero también es un conspirador rabioso, obseso, calculador y resentido, inspirado en El Conde de Montecristo y en su autoimpuesta misión de desquitarse resueltamente desde el anonimato de sus enemigos personales. Este monstruo ejecutor y clandestino se refugia en tétricos rincones que siembra con multitud de trampas, en laberínticas catacumbas góticas o en herrumbrosas fábricas abandonadas, desde donde planea y prepara cuidadosamente su venganza contra los culpables de que haya caído en desgracia y de que haya perdido su envidiable situación anterior: su aspecto agradable, el objeto de su amor o incluso la mismísima posibilidad de ser amado. En esta misma línea vindicativa se inscribe El fantasma del Paraíso, que es la desmadrada y lisérgica versión camp de estos clásicos del folletín de misterio, aunque, al combinarse con la idea del tramposo pacto fáustico, altera totalmente su sentido. Aquí la deformidad del genio monstruoso no es innata, sino, como en Darkman, sobrevenida accidental o criminalmente, y el supuesto monstruo no pasa de ser una infeliz víctima manipulada, a la que un magnate luciferino se dedica a parasitar y a la que su musa ofrece falsas esperanzas tan sólo porque le conviene utilizarla para el éxito de su carrera. El monstruo, pues, sería en este caso el maléfico y terrorífico negocio del espectáculo, la exprimidora industria sin escrúpulos que reduce a peleles desangrados a los muchachos con talento a los que vampiriza y machaca.

El hombre elefante no es la enésima versión del tema de la bella y la bestia, aunque recoja la idea de la injusta incomprensión que sufre el bicho raro cuyo ser profundo es mucho mejor que su desagradable superficie, sino que prefiere centrarse, como ya ocurría en Freaks, en el cuestionamiento del trato sensacionalista al que la mayoría uniforme somete al monstruo deforme, especialmente cuando éste es un falso monstruo que sólo da miedo por culpa de los malentendidos y los prejuicios, cuando no es sino un ser inocuo que está dotado de una humanidad mayor que la de los humanos normales. El relato de la triste existencia de Joseph Merrick sería, por tanto, un cuestionamiento de la propia representación ficticia que está teniendo lugar con el monstruo como protagonista. En esta desdichada historia verídica, lo verdaderamente importante es que la criatura repulsiva, cuyas malformaciones repugnan y fascinan a partes iguales a la buena e impresionable sociedad de su tiempo, resulta ser al cabo un inofensivo enfermo solitario, una víctima de la gente que sólo en teoría no es monstruosa, una inerme e incomprendida marioneta fuera de lugar, que se deja conducir mansamente por cualquier autoridad protectora y coactiva. Por eso mismo acaba convertida en jugosa materia prima para la explotación periodística y para la disección médica, o sea, para las dos principales formas modernas de exploración impúdica y de manipulación consentida. A diferencia de la pluralidad monstruosa y fraternal de Freaks, el hombre elefante apenas cuenta en algún momento excepcional con la consoladora solidaridad y comprensión de los suyos. Pero, en su caso, lo más significativo ya no es que se lo exhiba como un morboso fenómeno circense sino que se lo zarandee como un patético espectáculo científico, el cual es aún más deleznable que la cruel exposición de la feria porque trata de justificarse hipócritamente apelando a una falsa compasión filantrópica y a unos hipotéticos beneficios para el progreso general del hombre.

Al igual que El hombre elefante, y aunque ya no se trate de un repugnante hombre deforme sino de una repugnante forma inhumana, La criatura de la laguna negra también puede calificarse como algún tipo de monstruo humanizado, humanización paradójica que se consigue de la misma manera que en todos los casos anteriores: presentándolo como una víctima desamparada, como una presa asustadiza o como un extraño ser inadaptado, que sólo intenta sobrevivir en un medio ajeno e inhóspito y que se ve forzado a acatar las leyes y los patrones de los hombres normales, para los cuales él tan sólo significa una excepción espantosa y terrible. Pero, a diferencia del pobre e impotente Merrick, el monstruo escamoso y acuático está dotado de poderes especiales y no comprende ni conoce las claves del mundo humano, por lo que su conducta se vuelve amenazante y peligrosa a su pesar. En otras palabras: el desvalido anfibio extraterrestre huye y se defiende como cualquier fiera acorralada, a la que el hombre rastrea y acosa obsesivamente para exponerla en sus vitrinas como un trofeo de caza, y tanto da que el propósito de su captura sea una demostración de la valentía de los cazadores o una prueba de la sabiduría de los científicos. La misma historia del extraño ser incomprendido al que se persigue de una forma brutal es la que recientemente han tratado de contar los autores de Super 8, aunque en esta ocasión de una manera absurda, confusa e ineficaz, a través de las devastadoras evoluciones de una abrumadora máquina de matar extraterrestre. Puesto que resulta muy difícil dirigir la simpatía y la compasión del público hacia un depredador avanzadísimo y desalmado, esta dificultad obliga a forzar ridículamente los acontecimientos, a apelar con torpeza a humanizadores motivos revanchistas y a subrayar sin éxito la recóndita existencia en el bicho resentido de una inteligencia y unas emociones tan peculiares como mal empleadas. Esta incongruencia entre la naturaleza del personaje y su inadecuado tratamiento narrativo la entendieron con más acierto los responsables de The host. Por esta razón no se permitieron los tiernos giros melodramáticos orientados al reconocimiento del ser distinto, a la aceptación de ese hambriento mutante que se dedica a devorar a los hombres sin pretextos ni motivos pseudohumanizados, y tomaron la correcta decisión de centrarse en detallar de manera objetiva la caza, la ocultación y el abastecimiento alimenticio de un perfecto y terrorífico depredador anfibio. Esta escurridiza bestia submarina sería algo así como la criatura de la laguna negra entendida como un eficiente y precavido verdugo y, por tanto, convertida justamente en lo contrario de la invención de Jack Arnold: en un ser despiadado e inhumano respecto al cual carece de sentido tanto el apiadarse de él como el humanizarlo.

El mismo mensaje de comprensión y tolerancia con los que son distintos de los hombres normales, el mismo espíritu bienintencionado de reconciliación humanitaria con los que han sido marginados y ninguneados por su rareza, es el que intentaba transmitir, con poco éxito y con mucha imprecisión metáforica, Distrito 9, un Alien nación contado desde el punto de vista de los reportajes periodísticos televisivos que denuncian las escandalosas injusticias que acontecen en el mundo. La novedad que aporta este documental ficticio a las historias de los monstruos normales es las penosas condiciones de vida de un colectivo abandonado, el estado de embrutecimiento, descuido y apatía en el que se encuentran ciertos seres desesperanzados que han sido confinados en un suburbio ad hoc porque representan una amenaza para el resto, de tal manera que los paralelismos son tan obvios que saltan a la vista y remiten tanto al ghetto nazi como al apartheid sudafricano y a la reserva india. Pero el problema de identificar burdamente a judíos, negros y aborígenes norteamericanos con incomprensibles criaturas extraterrestres, con una minoría repulsiva, degenerada, viciosa y amenazadora que no pertenece a raza o a especie alguna de nuestro planeta, es que de este modo se defiende precisamente el planteamiento racista que se pretendía combatir, las ideas fundamentales de quienes atacaron a esos grupos por considerarlos una especie infrahumana e incivil, un pueblo no asimilable y desleal o una raza degradada y nociva. Si el racista convencido toma incorrectamente la metáfora (“parecen una especie aparte de la humana”) de forma literal (“y por eso hay que tratarlos como la especie animal que son”), el antirracista fallido toma incorrectamente la literalidad (“son una especie aparte de la humana y se los trata como tal”) de forma metafórica (“por lo que se parecen a ciertos grupos humanos a los que en algún período histórico se apartó a la fuerza del resto”). El símil funciona únicamente cuando el alienígena es un único monstruo humanizado, desvalido, lastimoso y acorralado, como E. T., el extraterrestre, que en el fondo no produce miedo ni causa repulsión, y que incluso puede llegar a dar una lección de humanidad a los propios humanos. Pero, en cambio, la analogía hace aguas cuando uno de los términos de la comparación es una asquerosa fiera inhumana que sabe defenderse ella solita o toda una minoría discriminada y oprimida que, debido a su número, a su hermetismo, a sus planes secretos, a su ininteligible organización social, a su poderoso respaldo exterior, a sus habilidades sobrehumanas y a sus avanzados ingenios militares, supondría un serio peligro para cualquier nación en la que de repente hiciera acto de presencia.

A pesar de sus dolores y sus desgracias, quizá la más triste y radical condición monstruosa no sea la de estos monstruos inadaptados y en apuros sino la del infortunado hombre invisible. Si los monstruos cósmicos ancestrales son criaturas indescriptibles, pero al menos tienen ciertas formas determinadas y lo único que ocurre es que se resisten a adecuarse a las limitaciones del lenguaje humano, el hombre invisible, en cambio, es el monstruo sin apariencia alguna, la presencia apenas advertida que carece de aspecto, aunque pueda ser percibido y detectado mediante otros sentidos distintos de la vista. Lo terrorífico del hombre invisible no es tanto su invisibilidad irreversible como su humanidad contradictoria y fallida, pues mientras que la inefable bestia extraterrestre asusta en igual medida tanto si se la ve como si no, y aunque los monstruosos dioses arcaicos carecían de una figura reconocible, un hombre es un hombre, entre otras cosas, porque se presenta ante el resto de sus semejantes con un aspecto determinado que lo hace identificable y, por tanto, similar y distinto al mismo tiempo. En cambio, el personaje de Welles, que es incomparable e irreconocible porque carece de toda identidad, al mismo tiempo afirma ser un hombre y además un hombre en concreto, cosa que ni él puede demostrar ni nadie es capaz de comprobar. Precisamente esto, la imposibilidad de poseer una identidad intransferible, la cual ha quedado reducida en su caso a una mera cuestión de fe, es la idea más turbadora de la historia del hombre que para todos los hombres era ninguno y que, por eso mismo, iba mudando de traje y de identidad sin adquirir ni conservar los propios.

Un ciego es el hombre que es visible para la mayoría de los hombres pero que no puede ver a nadie. Para el ciego, el resto de los hombres son hombres invisibles y por eso su relación con los demás ha de basarse en la fe, o sea, en la esperanza y en la creencia de no estar siendo engañado de continuo por los que podrían engañarle muy fácilmente, pero al menos es alguien y siempre es el mismo alguien porque es reconocido como tal hombre determinado por todos los videntes. En cambio, el hombre invisible hace ciega respecto a su persona a toda la humanidad, que sólo puede tratarlo como objeto de fe, mientras que, a su vez, él queda respecto a sí mismo como el único vidente de la tierra, como el único hombre que puede —inútilmente— reconocer a los otros hombres, es decir, como el hombre más solitario pensable. Así, esta ceguera invertida, que desplaza el “No veo nada pero soy visto por todos y, por tanto, tengo presencia y compañía” al “Nadie me ve pero yo les veo a todos y, por tanto, estoy ausente y abandonado”, convierte al hombre invisible en una nada en tanto ser humano y en tanto ser viviente a secas, por numerosas y variadas que sean sus manifestaciones físicas, pues precisamente cualquier mínima posibilidad de hacer acto de presencia, o de llamar la atención de los innumerables “ciegos” subjetivamente generados, produce inquietud, sobresalto o espanto en la gente que se encuentra en su cercanía porque se perciben unos efectos insólitos a los que nadie sabe atribuir una causa. En tales condiciones, el trato de los hombres con esta extraña forma de presencia se hace imposible o se equipara a la relación hostil y desconfiada que se establece con los monstruos.

Aunque por su tamaño, por su aspecto inocuo y por la reducción pueril que ha ido sufriendo no parezca conveniente incluirlo en esta lista de espantos, el duende de las supersticiones populares también puede ser considerado un monstruo con todas las de la ley. El duende es el pequeño intruso oculto que ordena o desordena en secreto nuestras pertenencias. Aunque a veces puede llegar a prestar su ayuda a la gente que la necesita, como hacen esos benéficos duendes futuristas que son las diminutas y entrometidas máquinas extraterrestres de Nuestros maravillosos aliados, lo habitual es que penetre sin permiso donde no lo llaman para revolverlo todo, por diversión, por gamberrismo o por sádico regodeo, como ocurre en Gremlins, donde unos duendes exóticos y malvados pasan de la travesura y la agitación al vandalismo y al crimen, organizándose a imagen y semejanza de las desenfrenadas pandillas de delincuentes juveniles que esparcen el caos en los apacibles pueblecitos de América. El duende es, por lo tanto, el ser diminuto, furtivo, travieso, inquieto, escurridizo, bullicioso y burlón que invade los hogares por placer, que se adueña de las casas ajenas y las revuelve y alborota. Este monstruo feérico humanoide significa, pues, el inexplicable trastorno del orden doméstico, la intrusión de un inadvertido agente anárquico del que el hombre trata de deshacerse por todos los medios a su alcance, sobre todo mediante tramposos desafíos que ponen a prueba la astucia de su contrincante.

En general y en sentido amplio, un monstruo es el ser desordenado y espantoso cuya mera presencia supone una violación de la ley, y esto justamente, la monstruosidad misma, el espantoso desvío de la norma, es lo que incluso el duende más inofensivo pone en práctica en los hogares donde irrumpe: saca las cosas de quicio y fomenta un reordenamiento inesperado e inexplicable, un orden o un desorden violentos que inquietan o asustan a los propietarios de los bienes que los padecen. La diferencia esencial que separa al duende de otro mágico intruso doméstico como Papá Noel, lo que hace que el primero pertenezca a la estirpe de los monstruos a pesar del cliché infantil y que el segundo se haya convertido en una figura benefactora y bonachona a pesar de la alteración que causa en el ánimo de los niños, es que este obsequiador desinteresado o este premiador moral, que en su origen pudo ser un duende dadivoso y bienintencionado, ya no produce una perturbación inasumible del orden doméstico porque se presenta como un forastero conocido al que se espera en las casas en una fecha determinada y, por tanto, no se trata en rigor de un intruso misterioso sino de un invitado bienvenido. El duende es representado coherentemente con el aspecto de un pícaro niño pelirrojo o de un avispado anciano barbudo, puesto que infancia y vejez son las edades en las que el hombre se divierte haciendo diabluras. Sin embargo, el duende no es sólo un incordio casero sin más consecuencias que la provocación de algunas molestias inofensivas, sino que también puede llegar a mostrarse como una criatura pérfida, malvada y homicida. No es descabellado suponer que el duende podría ser la adaptación perversa e invertida de los antiguos dioses protectores del hogar, de los guardianes invisibles de las casas romanas, que se encargaban de velar alrededor de las fincas para impedir la entrada a los extraños. Así, habrían pasado de ser los dioses que preservaban el orden doméstico sin hacerse notar a reinventarse como demonios que subvierten el orden interno llamando la atención. Pues si el guardián divino surge como reacción ante el miedo que siente el propietario a los asaltos a su hogar, su contrafigura exacta ha de actuar a favor del miedo que ya ha sido conjurado, es decir, ha de fomentar esos mismos temores convirtiéndose en la peor amenaza imaginable para aquel que ha instalado, cercando los límites de su propiedad, una barrera sobrenatural formada por los más poderosos detectores defensivos. En consecuencia, el duende ha de presentarse como un rondador indetectable que es capaz de infiltrarse por las más pequeñas rendijas y que campa a sus anchas dentro de los dominios ajenos, demostrando así la precariedad absoluta de lo supuestamente asegurado. Por lo tanto, esta categoría monstruosa en la que se inscriben los duendes es la que se asienta en un terrorífico cambio de estado: en la súbita mudanza de lo seguro en lo precario o en la misteriosa intromisión del caos en los órdenes más íntimos, trastornos que provocan un fuerte estremecimiento por su falta de prevención y de razones.

(Continuará)

Daniel Zamora: Clasificación de los monstruos (I)


El monstruo es una de las figuras principales de los cuentos, las leyendas y los mitos más antiguos de la humanidad, pero también de muchas novelas, películas y comics actuales. ¿A qué se debe su importancia y su permanencia? ¿Por qué aparece con frecuencia y en formas muy diversas en las historias que nos contamos, tanto en las narraciones fundacionales de las antiguas civilizaciones como en las ficciones recreativas de las sociedades modernas? Pero, sobre todo, ¿qué son los monstruos y a qué es debida la milenaria fascinación que ejercen sobre nosotros? ¿Cómo distinguir a estos seres imaginarios de otras formas figuradas de representar ciertos aspectos oscuros de las cosas? ¿En qué se diferencian los monstruos modernos de los horrores arcaicos? ¿Acaso serían los monstruos algo ignoto que hay que dominar a través del símbolo y la imagen, como un rito de paso obligatorio sin el cual el ser humano no podría verse como tal cosa? ¿Representan el triunfo civilizador del hombre sobre las tinieblas naturales? ¿Se trata de la misma victoria recurrente plasmada en el cruel ritual del toreo, en el que un luminoso héroe arrojado se enfrenta ante el público al oscuro peligro bestial, logrando, mediante su habilidad y su artificio, encauzarlo, interpretarlo, aprovecharlo y suprimirlo extática y purificadoramente? ¿Por qué necesitamos contemplar a distancia estos símbolos espantosos que pueblan nuestras peores pesadillas y que nunca erradicamos por completo de nuestros más profundos pensamientos? ¿Cuántos tipos básicos de monstruos existen y qué los hace tan distintos y tan necesarios?

No es fácil asaltar inquisitivamente estas delicadas cuestiones, que son tan relevantes como complejas, porque el asaltante sólo suele llevarse a su casa un puñado de oropeles, de brillantes e ingeniosas afirmaciones que en el fondo son hallazgos insatisfactorios. Por muy agudas y sutiles que se nos antojen las respuestas y por mucho que en un primer momento nos llenen de entusiasmo, se sufre casi siempre una desagradable resaca posterior que viene acompañada de sospechas, del miedo a que la aparente solución del enigma conlleve inevitablemente la merma o el extravío de la rica potencia alusiva del monstruo. Las siguientes tentativas de aclarar algunos de estos enigmas universales no esperan, por tanto, alcanzar un éxito más resonante de lo habitual en esta esquiva materia y por eso parten de una nimia obviedad establecida: que el monstruo no se define por sí mismo sino como lo otro en relación a lo mismo, es decir, que lo monstruoso se determina como un cierto desvío negativo respecto de la ley positiva dominante. Todo lo que se aparta de la norma es una excepción inquietante para ésta y son varias las maneras de quedarse fuera del juego de marras. Así pues, una primera y rudimentaria aproximación a su esencia podría afirmar lo siguiente: que el monstruo es el ser que está condenado a salirse de forma terrible de la norma y que por esta razón produce espanto y rechazo en los que permanecen dentro. El que se opone voluntaria y conscientemente a la norma es el rebelde, el insumiso o el violento. El que trata de ajustarse a ella sin éxito es el inadaptado o el extranjero. El que es expulsado a la fuerza del interior de orden normal y mantenido por sistema a suficiente distancia de él es el marginado o el apestado. Por tanto, el monstruo puede ser, además de una criatura sobrecogedora, que ha sido sentenciada por su condición irregular a asustar sin descanso a las personas normales, también un rebelde, un inadaptado o un marginado de carácter monstruoso, según los atributos que se añadan a su condición sustantiva, mientras que las demás categorías de seres anormales no tienen por qué ser necesariamente monstruosas, no están obligadas a aparecer ante los que habitan dentro del marco de la ley como terribles espantos malditos, sino que incluso pueden llegar a ser apreciadas como héroes, mártires o víctimas.

En su esencia más primitiva, y antes de las diversas representaciones tranquilizadoras que fue sufriendo, el monstruo terrorífico y sin adjetivos era la fiera desconocida, la criatura salvaje sin catalogar, la ignota presencia nocturna, que tanto podía ser un animal agresivo, un ser humano brutal o una tercera posibilidad imprecisa, pues los auténticos monstruos no tienen cara ni atienden a razones. Es decir, esta concepción primigenia del monstruo lo define como una indefinible y feroz amenaza que va asociada a la ignorancia de la víctima, como aquello de lo cual uno sólo puede saber que es lo más peligroso, agresivo e incontrolable con lo que puede toparse y, por tanto, lo más difícil de capturar, reducir e identificar. Sería, pues, el opuesto de las conocidas bestias domesticadas, de los vecinos con que se trata cotidianamente y de los dioses que escuchan las plegarias, o sea, la antítesis de los pacíficos seres familiares a los que uno se dirige por su nombre propio o, en otras palabras, un dios salvaje y destructivo, un titán furioso e indomable, una inefable fuerza aniquiladora. Por eso aún en las modernas historias sobre monstruos es frecuente que los protagonistas ignoren durante buena parte de la narración contra qué mal se enfrentan, que tarden en darle un nombre y en atribuirle una vaga caracterización y que a veces lleguen al final de su combate contra el monstruo sin tener todavía una idea clara de qué era esa extraña cosa que les puso en tan grave peligro. No sólo eso, sino que a través de la ardua lucha sostenida con ese extraño oponente les va quedando claro que la única relación posible con la fiera que les ataca es precisamente ésa: la lucha a muerte por la propia supervivencia, puesto que carecería de sentido tratar de alcanzar algún tipo de acuerdo con esa inaccesible clase de enemigo. La arcaica concepción del monstruo terrorífico en tanto intratable fiera ignota daría paso, en una posterior evolución del concepto, a un primer intento de controlar lo incontrolable, con el fin de apaciguar racionalmente el miedo al amenazante ser desconocido.

Es entonces cuando en la antigua Grecia empiezan a ser catalogados un cierto número finito de monstruos arquetípicos, como la Gorgona, las sirenas, las harpías, los centauros, los gigantes, los cíclopes, el Minotauro, la hidra o las lamias, de los que al menos ya se conocen cuáles son sus poderes, habilidades, debilidades y preferencias, por lo que en cierta medida en este punto lo intratable se ha vuelto tratable, pese a que la amenaza que procede de ello no ha disminuido en absoluto. Es este monstruo racionalizado, esta divinidad nocturna en cierta forma identificada, la cual puede incluso en ciertos casos recibir un nombre no genérico, aunque lo habitual siga siendo llamar al monstruo de turno con la denominación de la fantástica especie a la que pertenece, lo que nosotros hemos heredado en mayor o menor medida como noción de monstruo. En Grecia estos monstruos clasificados irán siendo vencidos en parte o dejados aparte, ya que algunos especímenes menos poderosos seguirán siendo libres dentro de su limitada zona de influencia y deberán ser sometidos en algún momento por ciertos hombres superdotados. Tras la guerra de la nueva generación de dioses familiares, diurnos y celestes, contra la vieja generación telúrica, la formada por sanguinarios dioses nocturnos sin figura, por ciegas fatalidades cósmicas vinculadas a la muerte y en comunicación con los muertos, estos monstruos arcaicos fueron atrapados, confinados y superados, pero no destruidos, ni refutados, ni suprimidos por completo, sino que las nuevas divinidades los encerraron y los mantuvieron permanentemente sujetos en un trasfondo subterráneo del que trataban de escapar en vano. La más exitosa adaptación moderna y atea de este antiguo mito teogónico será, por supuesto, la teoría freudiana de las terribles, oscuras e ignotas pulsiones reprimidas en el subconsciente, que no es posible eliminar por completo, que tienden a aflorar a través de los sueños y las pesadillas y que de alguna forma constituyen el contrapunto fundamental de la clara conciencia diurna.

El monstruo puede provenir de muy diversos fondos oscuros, que son los que determinan su irrupción temporal en los espacios iluminados por el hombre: de la impenetrable espesura de los bosques y las selvas, que es de donde surgen las salvajes fieras innominadas y el resto de los sombríos cazadores de hombres; de la negra humedad de las profundidades de la tierra, que es de donde proceden las monstruosas sacudidas arbitrarias que hacen temblar los fundamentos más firmes, causando violentas aberturas en el suelo semejantes a fauces que lo engullen todo, pero que también es el lugar desde el que se asoman los muertos que vuelven del desconocido abismo de la muerte, o sea, de la región inaccesible que se extiende más allá de nuestro mundo; del fondo o del envés del universo, que es el ignoto espacio que queda fuera de nuestro espacio conocido, el área bárbara e imprevisible que rodea el seguro fortín del hombre, de donde nos llegan amenazadores seres combativos de los que no teníamos constancia y a los que no sabemos cómo pacificar; del tenebroso fondo de los mares, que es de donde emergen gigantescas criaturas acechantes que se tragan a los intrusos como se traga el mar enfurecido a los frágiles navegantes; de las olvidadas conmociones del pasado, que son las que provocan la proyección actual de indefinidas apariencias espectrales que sólo se resuelven afrontando su radical conflicto originario; de los inexplicables abismos de la mente, que es donde se originan las trastornadas conductas de esos hombres monstruosos que matan y destruyen sin que se les pueda hacer entrar en razón, sin que existan visos de alcanzar con ellos un acuerdo razonable que les lleve a deponer su actitud dañina. Los monstruos, por tanto, han de definirse como el máximo peligro incontrolable e implacable que asoma ocasionalmente de los más profundos e inescrutables fondos inhumanos, como las intratables amenazas desconocidas que habitan en la inhabitable periferia de lo humano, en las zonas herméticas donde el hombre no llega con su luz que clarifica, su voluntad que afianza, su fuerza que reduce y su palabra que apacigua. Allí imperan y se asientan, repartidos en distintos sectores de influencia perfectamente delimitados, todos los dioses que le es dado pensar al hombre. No sólo esos exaltados dioses de tinieblas, con los que el ser humano no tiene posibilidad de trato y a los que sólo puede intentar someter cada vez que abandonan sus dominios, sino incluso las serenas divinidades de claridad, con las que el hombre puede entenderse y llegar a ciertos pactos, acuerdos y transacciones, tienen instaladas sus sedes respectivas en los trascendentes abismos inalcanzables, pues no otra cosa es la cúspide de una montaña sagrada o la cumbre de la región celeste.

No obstante, aunque de estos tranquilos fondos transparentes pueden venir en ocasiones amenazas y peligros que transforman el firmamento en un “inseguramento” provisional, en un monstruo vehemente, caótico y aniquilador, los terroríficos ataques celestes no son arrebatos arbitrarios e injustificados, ni la satisfacción desatada de unos instintos primarios, sino unos merecidos castigos proporcionales y explicables que remiten a ciertas medidas conocidas y admitidas, que fueron acordadas en algún momento determinante entre el ser divino y el ser humano y que por tanto han de ser respetadas piadosamente, pero que el hombre luego ha rechazado, despreciado o transgredido. Por eso, en algunas teogonías fundacionales se explicita, sin ánimo paradójico, la filiación divina de algunos descontrolados monstruos singulares, que en su día habrían sido engendrados por dioses autocontrolados, pues tanto unos como otros poseen una imprescindible esencia divina en virtud de la cual residen en esos turbios fondos o en esas relucientes cimas de carácter abisal, distanciados los dioses tenebrosos de los dioses amistosos porque en los primeros predomina la libre y peligrosa expresión permanente de los sanguinarios impulsos elementales y en cambio, en los segundos, prevalece la frecuente y tranquilizadora sujeción reflexiva de las pasiones, que sólo excepcionalmente se relaja y los convierte entonces en monstruos hostiles, en dioses descontrolados y desfigurados con los que es imposible relacionarse amistosamente. Así pues, lo que habitualmente se conoce como “dios” puede, momentáneamente, cuando pierde los papeles y cede a un justificado acceso de cólera, presentarse tan sólo en apariencia como una especie de monstruo arrasador, mientras que no es posible la transición contraria de monstruo a dios porque supondría una absurda concienciación civilizatoria momentánea de un ser que nunca establece vínculos fiables.

El dios, por consiguiente, es lo que excede positivamente la medida y por eso puede ser fuente positiva y ejemplar de nuestras medidas, mientras que el monstruo es el exceso negativo de la medida y por eso puede ser modelo negativo de nuestras conductas desmedidas. Estas esencias opuestas y, por tanto, similares, del dios y del monstruo, que consisten en un modo amable o en un modo terrible de sobresalir desde los abismos innombrables, respectiva y habitualmente como bienhechor o malhechor, como amigo que regala, ayuda y salva o como enemigo que asusta, engaña y condena, es lo que a veces ha hecho del dios y del monstruo no sólo seres confundibles sino incluso intercambiables y, por tanto, capaces de mutar el uno en el otro, al menos mientras no se estableció un dogma inflexible que desde entonces los mantiene separados e incomunicados en reinos distantes que a ninguno de los dos se les permite franquear. Como es bien sabido, a lo largo de la historia efectiva y de las historias imaginadas se ha venerado a monstruos divinizados y se ha temido a dioses terribles: Zeus podía transformarse en un monstruoso toro o desatar monstruosas tormentas y, a la inversa, King Kong recibía en su hábitat primitivo el mismo tratamiento que un dios aplacable, aunque en realidad no fuera sino una bestia indómita. Por la misma razón, toda historia que afirma a los dioses ha de afirmar a su vez a los monstruos, y viceversa. Por eso los dioses griegos se repartían los abismos y ciertas zonas marginales con los monstruos a los que habían derrotado y de los que no podían prescindir, y en algunas ocasiones incluso se aventuraban a traspasar los dominios de alguna de estas amenazas. Por eso también el Dios hebreo, que tantas veces se pone de manifiesto como lo más terrorífico de la existencia, se reserva el abismo celeste y, al ser un dios paternal, regio e imperialista que no admite competencia divina, necesita un único monstruo monárquico y abisal, que haga las veces de término de comparación opuesto y cuyo anti-imperio se encuentre sumido en el abismo contrario, en el fondo de la tierra, donde ha de reinar de forma perjudicial asistido por una legión de obedientes mensajeros malvados. Este oscuro servicio subterráneo es la antítesis de la fiel corte angelical y representa la milicia de los que han decidido abandonar la sujeción a la norma impuesta por Dios, la tropa de los que han sido condenados a transformarse en monstruos enfrentados a la ley, la avanzadilla de esos intrusos camuflados que en muchas ocasiones se muestran más amables, encantadores y adorables que el mismo Dios, aunque su despliegue de artes seductoras oculte unas segundas intenciones de cariz perverso. Asimismo, la artera presencia del vampiro, que ha recibido el mal en su seno y que actúa en nombre de las potencias infernales, requiere como oposición inherente la resuelta presencia del exorcista, que purifica las entrañas malditas gracias a los poderes que el Cielo ha delegado en su persona y que le permiten expulsar al monstruo y mandarlo de vuelta a sus dominios. Puesto que el Diablo es la persuasiva, aparatosa y mendaz contrafigura de Dios, y a veces se muestra frente al hombre como un ser tratable y contenido, a primera vista no suele parecer un monstruo peligroso y corruptor, sino más bien un dios astuto y negociante que va por libre. Sin embargo, sus espléndidas y fabulosas proposiciones son siempre llamativas trampas condenatorias, sus generosos tratos imposibles funcionan como ardides, y así se disimula la mala fe del enemigo que persigue nuestra derrota. Por eso mismo, cuando al fin se destapan sus engaños y traiciones y aflora su auténtico rostro aterrador, se comprueba con espanto que el Diablo ha sido siempre en el fondo un ser tan pavoroso, inclemente, hermético e inconmovible como el peor de los monstruos evidentes.

Cuando la arrogante ideología cientifista pretende refutar tanto la existencia de la divinidad como el hecho de la monstruosidad sobrenaturales, es decir, cuando se propone negar que haya fondos desconocidos porque considera ingenuamente que todo es, o puede llegar a ser un buen día, materia conocida y dominada por el hombre, pasa por alto que lo “sobrenatural” no es una segunda naturaleza que trasciende y se sobrepone a la primera sino el exceso sobrehumano o infrahumano de la naturaleza, la naturaleza que aún sigue siendo naturaleza en bruto frente a una segunda naturaleza humana que la aparta y la trasciende, y olvida que el científico sólo puede conocer lo que es cognoscible a través de la medida, que sólo puede apropiarse conceptualmente de lo que en cierto modo ya ha sido humanizado, de lo que el hombre ha medido de antemano de alguna filtradora manera, del centro habitado por el hombre y vuelto habitable por él mismo, y no, en cambio, de la retraída periferia inhumana que ningún hombre puede medir porque es de suyo lo siempre desmedido, lo siempre resistente al gobierno humano. Hay que ser poco razonable, muy soberbio y estar dispuesto a prescindir de infinidad de indómitas manifestaciones de la naturaleza, de incontables fenómenos que aparentemente han sido desentrañados pero que en último término permanecen siempre ignotos, para creer a ciencia cierta que es posible saberlo y gobernarlo todo. Es más: que lo inhumano no es reducible a términos humanos lo demostraría incluso su efectiva reducción, pues con ello tendríamos justamente la pérdida de lo inhumano que se ha reducido durante el transcurso del proceso traductor y el correlativo y simultáneo nacimiento de algo humano novedoso, es decir, que no habríamos atrapado en nuestras esquemáticas redes humanizadoras otra cosa que a nosotros mismos, porque mientras en nuestros alfileres quedaría prendida una criatura disecada que ha sido generada por nosotros mismos y que en el fondo se nos parecería, un simulacro artificial que sólo podría sobrevivir mediante un mecanismo de respiración asistida, el original que tratábamos de copiar, de trasladar o de mantener con vida habría escapado volando para ir a refugiarse en su nido de costumbre.

Precisamente esta operación siempre fallida es la que testimonian y reflejan los dioses, los monstruos y hasta la simbólica ceremonia de la tauromaquia, en el transcurso de la cual es forzoso perder a la hermética y desbocada bestia para poder hacerse con ella, es necesario destruir esa oscura materia rebelde que se le resiste al despiadado y despótico artista-conductor para conseguir construir con ella una forma humana significativa, un acontecimiento artístico comprensible, una traducción a un idioma compartido, en suma, es preciso aniquilar la oscuridad inhumana de una cierta manera relevante para dar a luz lo humano. Cuando todo se ha adaptado por la fuerza al hombre, cuando todas las cosas insondables que se nos ofrecían de un modo favorable o de un modo adverso han sido empleadas para elaborar las distintas obras humanas, desde las que son propias del arte y la religión a las que caracterizan a la ciencia y al derecho, por tanto, cuando todo inhumano misterio se ha esfumado de nuestras manos manipuladoras, lo inaprensible sólo puede permanecer ya en forma de olvidada resonancia fragmentaria en los humanizados productos finales. Y esto es todo lo que ahora queda y lo único que puede quedar, en nuestros luminosos días racionales, del dios, del monstruo y del toro, tres entidades trascendentes que admitían y exigían los sacrificios festivos y de los que hoy sólo nos llega un eco atenuado, agónico y distorsionado.

La progresiva pérdida de familiaridad y comunicación con los muertos, que ya se inicia en una fecha tan temprana como es el momento de la aparición de los Olímpicos, de esos dioses apartados del Hades y desinteresados de las figuras desvaídas en que se habían convertido los difuntos, así como la creciente repugnancia al trato con los muertos y el consiguiente alejamiento de la agonía del moribundo y de las honras fúnebres del marco doméstico, su traslado a unos asépticos y neutrales espacios burocráticos y la desaparición de las huellas del fallecido de unos hogares cada vez más inadecuados para la conservación de su presencia, conduce a la floreciente relevancia del cadáver como uno de los más infalibles provocadores de los miedos populares. En un lugar preferente de la lista de monstruos cadavéricos se encuentra el vampiro clásico canonizado por Bram Stoker en Drácula. Esta feliz adaptación gótica del vampiro lo redefine como una especie imperial de zombi nocturno, como un muerto viviente contagioso, como un monstruo aristocrático, refinado, seductor, elegante, individualista, hábil y calculador. El sediento vampiro señorial depende para su supervivencia de la sustancia vital que extrae violentamente de los hombres a través de la sangre succionada y se dedica a propagar por contacto, de un modo parecido a como los perros transmiten la rabia a través de sus mordeduras, la posesión maligna que hace de él un portador de infecciones abominables. Se trata, por tanto, de un reflejo siniestro de la típica nobleza parasitaria, decadente y moribunda, así como de una deformación de sus morbosas perversiones secretas.

A imagen de esta figura vampírica arquetípica, George A. Romero haría también del zombi, del cadáver reanimado en sentido amplio, otra clase de agente epidémico, alejándolo del mito originario que entendía al zombi como un muerto redivivo, subordinado y obediente, como un infeliz caparazón vacío, como un maltratado esclavo a las órdenes de un exótico brujo ominoso, el cual le devuelve sus fuerzas elementales con el propósito de explotarlas en su beneficio, y convirtiéndolo en la contrafigura chapucera y asilvestrada del vampiro estilizado de la literatura gótica, o sea, en un depredador plebeyo, inconsciente, burdo, torpe, desharrapado y corrupto, así como en un actor tan masivo, indistinto y gregario como una hambrienta turba antropófaga que se desplaza trópicamente, que se encuentra esclavizada por los ciegos impulsos colectivos y que infecta por doquier su maligna enfermedad vegetativa, aunque muerda indiscriminadamente a sus víctimas para devorarlas y no para extraerles la fuerza vital, como hace el vampiro selectivo. Así, estas dos plagas de muertos invasivos se diferencian entre sí porque el vampiro sería el cadáver dominador, independiente y exquisito y el zombi el cadáver bruto, vulgar y subalterno, sometido a una ominosa voluntad autoritaria o a la inercia estimulada de la multitud. La voluntad dominante del vampiro queda demostrada tanto por la poderosa influencia que ejerce sobre los objetivos perseguidos y sobre las víctimas ya atrapadas, como por su costumbre de emplear a algún servil esbirro humano para cometer sus crímenes. Su estirpe se remonta a los antiguos monstruos seductores femeninos, como las sirenas y las lamias, que atraían a sus presas haciendo gala de unos falsos encantos tras los cuales se ocultaba su espeluznante naturaleza. Esta es la razón de que el Conde Drácula aparezca con frecuencia rodeado de hermosas y lascivas mujeres-vampiro y de que la femme fatal cinematográfica, la atractiva mujer retorcida que arrastra a la perdición a todos los hombres a los que hechiza, reciba el significativo nombre de “vampiresa”. Por tanto, el origen último del apuesto y distinguido vampiro, del cazador monstruoso camuflado bajo una fascinante apariencia, debe rastrearse en los varios modos ancestrales de obtener beneficio de la propia belleza a costa de los incautos atraídos por ella, por ejemplo, en las tramposas atracciones deslumbrantes de la naturaleza, en las embelesadoras decoraciones que algunos animales y plantas depredadoras usan como cebo y en las bellas palabras engañosas con las que los guapos hombres arteros y las hermosas mujeres perversas, que cautivan y hechizan a sus pretendientes hasta dejarlos ofuscados y desprovistos de voluntad propia, han tendido desde siempre trampas y encerronas en las que han caído los más crédulos, apartándoles de su anterior existencia decente, conduciéndoles fatalmente a la perdición y extrayéndoles hasta la última gota de sangre, o de esa moderna sustancia vital propia del sistema capitalista que es el dinero.

A lo largo de su historia fílmica y literaria, el vampiro irá sufriendo varias relecturas decisivas que lo alejarán de su terrorífica esencia originaria, comenzando por los cambios introducidos por Murnau, que le despojó de su bella presencia engañosa y que, por tanto, renunció al carácter de galán degenerado del vampiro gótico y a utilizar la impactante conexión del mal con la belleza, el vínculo monstruoso que subvertía la otra tradición clásica paralela en la que se asocia bondad, verdad y atracción, por una parte, y maldad, mentira y repulsión, por la otra. No obstante, la horrible criatura que protagoniza su célebre película de terror todavía conserva un poderoso influjo hipnótico y un magnetismo animal irresistible, por lo que, a pesar de su fealdad, mantiene de algún modo la conexión vampírica entre lo malo, lo falaz y lo atractivo. Más graves y determinantes fueron las alteraciones siguientes y así, por ejemplo, a partir del Nosferatu de Herzog, el vampiro cinematográfico pasó de ser un villano sin paliativos a empezar a ser aceptado por el público como una víctima de su penosa condición inmortal, como un ser doliente condenado a hacer sufrir eternamente a los seres humanos inocentes y a padecer inevitables remordimientos por las acciones criminales que se ve obligado a realizar. El ansia conserva este giro victimista y le añade algunas gotas de sensacionalismo tomadas de la actualidad de la época, como la consideración del vampiro ya no como un cadáver humano solitario sino como una especie distinta, infectada, marginada, longeva y mortal, que vive oculta en las ciudades entre la clase acomodada de la especie humana y que, por este motivo, debe actuar con el mismo sigilo y precaución con que lo hace el más mundano asesino en serie. Además, el vampirismo de estos pálidos enfermos apestados, que envejecen hasta la muerte cuando se agotan sus provisiones de sangre “limpia”, también puede contagiarse a través de una transfusión sanguínea, como si la maldición originaria se hubiera reconvertido ahora en un remedo ficticio del virus del SIDA. Esta revisión comprensiva y tolerante del vampiro se había iniciado, sin embargo, en la literatura, con la publicación de Entrevista con el vampiro, una novela en la que el malvado monstruo depredador pasaba a convertirse en un bello andrógino nihilista, en un atormentado héroe romántico con mala conciencia y crisis de identidad, obligado a matar para vivir pero disconforme con su naturaleza y su conducta. Para ser consecuente con su flamante condición de melancólico héroe romántico, ahora el vampiro había de ser un individuo libre, emancipado y ateo y, por tanto, debía carecer de toda referencia normativa, de la de un dios de bondad del que pudiera abominar o de la de un amo satánico que le exigiera rendir cuentas.

El cadáver maldito se independizaba, así, de la doctrina religiosa cristiana y ya no era posible explicar la maldición original que iniciaba la cadena vampírica como efecto de un castigo divino, sino que a partir de ese momento había que remitirla a un despersonalizado azar de la naturaleza, ni podía ya este monstruo reblandecido y desnaturalizado verse afectado por los símbolos católicos que tradicionalmente servían como defensa contra los de su calaña. De esta secularización vampírica procede, por tanto, la necesidad posterior de buscar nuevas fuentes científicas del mal, especialmente las que apuntan a una naturaleza patológica escrutable. A partir de entonces, al sentirse este nuevo vampiro incómodo con su diferencia y asqueado por el rechazo que suscita en los humanos, el antiguo agresor insociable deviene en un inadaptado que se empareja y hasta se agrupa, con gusto y con alivio, con sus semejantes, porque de ese modo puede vencer su insoportable soledad y hallar consuelo, comprensión, defensa y romances entre los suyos. Esta inédita tendencia solidaria y comunitaria obliga a que el protagonismo individual se desplace hacia el secreto colectivo protector, en el que se integran estos bichos raros marginados que segregan su propia subcultura. La devaluación rosa de esta adaptación romántica, el último paso en esta creciente comprensión y aceptación del mal, que reduce la culpa y la monstruosidad del vampiro y que, por tanto, suaviza, justifica y traduce a mero asunto estético su intensa maldad salvaje, consiste en convertir a este torturado seductor romántico, que por lo menos aún se debatía angustiosamente entre el bien y el mal y cargaba con una dolorosa escisión interna, en una romántica víctima juvenil sin serios dilemas morales, en un guaperas insípido y benevolente que ya no causa daño alguno y que tan sólo dedica su infinito tiempo libre a presumir y a flirtear, formando parte en ocasiones de una especie de inofensiva y orgullosa tribu urbana vampírica.

Mientras que estas dos especies de monstruos cadavéricos, pertenecientes a la subespecie de los cazadores condenados, son cuerpos inertes que han vuelto a animarse de manera misteriosa y están poseídos por un espíritu maligno sobrenatural que les confiere cierto grado de actividad, la otra gran figura que regresa de la tumba para asustar a las gentes, el fantasma o espíritu, es la reaparición incorpórea del muerto, la apariencia momentánea y escurridiza de un cuerpo transparente, inasible y flotante, la borrosa sombra perceptible de un cadáver maldito, que puede estar vinculada a un lugar significativo o vagar errante por el mundo y que en ocasiones comunica a los vivos noticias, advertencias, premoniciones, amenazas, chantajes o tareas pendientes. El fantasma es, por tanto, la interferencia mundana de un cadáver sublimado, tenue e inquieto. Aunque no se suelen poner en relación, los fantasmas y espectros han de compararse sobre todo con los oscuros monstruos dimensionales, con esas bestias cósmicas primigenias que se adentran en nuestras latitudes o que viven agazapadas en ellas, puesto que comparten con los fantasmas el hecho esencial de ser interferencias huidizas de un más allá de nuestro mundo, de un ignoto reino vecino con el que es posible entablar comunicaciones especiales, complicadas y excepcionales, y cuyos raros habitantes se dejan invocar y atraer hasta nosotros mediante algunas prácticas reservadas. Sin embargo, en el caso de los monstruos del lado oscuro del cosmos se trata de apariciones tangibles en vez de etéreas, reptantes en vez de flotantes, tenebrosas en vez de fosforescentes, viscosas en vez de sutiles, y cuya furia irracional puede ser aplacada temporalmente en ciertas ocasiones recurriendo a los sacrificios, a los crueles derramamientos rituales de sangre inocente. Es decir, que lo que irrumpe en nuestro presente, filtrándose o colándose desde un espacio-tiempo distinto e inaccesible para nosotros, no es, como en el caso del fantasma, una imagen sobrenatural, una copia desvaída, una impresión difuminada de un cadáver, sino la efectiva presencia original de una criatura viva.

Si el fantasma es la reaparición, a menudo alterada, de una perdida realidad terrestre, el monstruo cósmico es la novedosa aparición inalterada de una recién hallada realidad extraterrestre, aunque su presencia en la tierra resulte remontarse a un pasado milenario. A semejanza de los antiguos titanes griegos, o de esos titanes escamosos de la paleontología que son los grandes saurios extintos, estas nuevas bestias indefinidas e inabarcables, que en el fondo no serían otra cosa que titanes extraterrestres trasladados a un ámbito alternativo, constituyen referentes sustanciales en su mundo natal, ingentes poderes anónimos y sanguinarios que aún son hegemónicos o que lo fueron en su día, y que, al igual que ocurre con los fantasmas, han hallado un secreto canal de comunicación con nuestra realidad o una recóndita puerta de acceso a nuestro presente. El hombre, entonces, aparece en este contexto como una avanzada especie animal sitiada por las primitivas tinieblas cósmicas, mientras que la Tierra, a su vez, se representa como la encrucijada de esas sacrílegas fuerzas innombrables que brotan sin cesar de los abismos, pues ésta y no otra es la idea subyacente a toda perspectiva monstruosa en general. Al imaginar un mundo vecino e invisible que está separado del nuestro por una frontera semipermeable, por una membrana indetectable que hace las veces de imperfecto muro de contención de esos vagos horrores insospechados y por cuyos poros pueden penetrar unilateralmente en el universo conocido ciertos elementos incontrolables, determinadas fuerzas que son terribles, inmortales, elementales, irracionales, aniquiladoras e indescriptibles, lo que se lleva a cabo es la extensión topográfica del concepto psicoanalítico del subconsciente, que a su vez se había originado como una relectura moderna del antiguo titán.

Al mismo tiempo, esta idea suele combinarse con una paranoica sospecha ocultista, de inquietantes raíces antisemitas, según la cual los hombres corrientes no serían más que unos títeres insignificantes en manos de un déspota desconocido, simples piezas manipuladas por un poder anónimo y arbitrario, herramientas desechables para que una malvada elite todopoderosa organice y dirija desde el submundo una conspiración secreta y universal. Esta cúpula tentacular actuaría desde la sombra urdiendo planes de dominación planetaria y no se la podría vencer definitivamente, sino tan sólo derrotar provisionalmente en el transcurso de episódicas batallas locales, que son las que el autor de turno nos relata en cada caso. La minoría confabulada puede estar formada por ciertos seres humanos que, a través del rescate de algún olvidado culto arcano, instrumentalizan en su propio beneficio a los monstruos del envés del cosmos, sirviéndoles como mediadores intermundanos y como facilitadores de la invasión en ciernes. Asimismo, puede estar integrada por esos mismos monstruos invasores, que, o bien se nos presentan constituidos en avanzadilla colonizadora, en quinta columna camuflada, en mediocres heraldos de amos más pavorosos que ellos, cuya llegada ya se está anunciando, o bien recuperan con más fidelidad el concepto genuino de los titanes y aparecen transformados en restos cautivos, latentes o desperdigados de la primera generación divina, la que tuvo y perdió la hegemonía terrestre en las edades arcaicas. En la versión más pesimista de este moderno esquema titánico, el hombre sigue siendo una criatura sin valor alguno en comparación con las potencias universales, pero ahora se intensifica hasta el extremo su irrelevancia cósmica y ya ni siquiera vale la pena plantearse su conquista, por lo que el monstruo deambula con total indiferencia por la tierra, tan ajeno a la existencia humana como lo está el elefante respecto a la existencia de las hormigas que va aplastando en su camino, sin reparar en los daños que causa a esos frágiles seres microscópicos mientras se desplaza absorto o distraído.

Buena parte del repertorio monstruoso tradicional proviene, pues, del zombi a secas, del cadáver reanimado, y lo que varía es la manera de reanimar el cuerpo inerte: si se vuelve a poner en pie de forma sofisticada, subyugadora y señorial, como en el caso del solitario vampiro literario; de forma vehemente, zafia y tumultuosa, como en el caso de la jauría de zombis cinematográficos; o de forma advenida, sutil y desvaída, como en el caso de la repetición fantasmal. El muerto vuelve a vivir, a sobrevivir o a proyectarse, pero convirtiéndose en un ser vivo que carece de algunas facultades vivientes básicas y de ciertas notas humanas imprescindibles, como por ejemplo de la capacidad de convivencia, de la disposición al sacrificio o del don de la amistad. Por esa razón, su resurrección le empuja automáticamente a las afueras de la norma y le fuerza a cometer actos terribles que se desprenden de su nueva naturaleza inhumana. Es, por tanto, un ser vivo defectuoso y condenado, aunque en varios aspectos sobrepase las fuerzas, las potencias y la movilidad humanas. Lamentablemente, las últimas representaciones del cadáver reanimado, especialmente en su versión zombi, han prescindido de las ricas contribuciones clásicas y se han centrado en resaltar los aspectos más sensacionalistas del monstruo.

Así, por ejemplo, es innegable que en una película como [REC] funcionan muy bien los sustos, el angustioso suspense e incluso el sorprendente desenlace al límite del ridículo, que sugiere la figura del exorcista loco y la idea de la epidemia de endemoniados, pero la impresión que causa el ataque de sus monstruos nos lleva a constatar que ya no le debe nada al lenguaje y las soluciones de los clásicos del género. De hecho, lo que a primera vista se nos presenta como una película de terror no es en realidad sino una eficaz atracción de feria, la traslación fílmica del moderno Túnel del terror o del anticuado Tren de la bruja, un Dragon Khan demoníaco en la Rúe del Percebe con aspecto de videojuego subjetivo; en suma: una sucesión adrenalínica de sustos de feria a lo Pasaje del terror. Del mismo modo en que Top secret era una eficaz sucesión de chistes desconectados, que nada tenía que ver con las grandes comedias clásicas de Lubitsch y Wilder, pero aun así, o gracias a ello, el espectador podía llegar a reírse más estruendosamente con sus absurdos disparates que con las gracias de El apartamento, sin que le importara gran cosa que en estos gags acelerados faltara lo que más abundaba en las comedias canónicas, aquellas sutiles estructuras cómicas y aquellos complejos mecanismos dramáticos, otro tanto sucede con éxitos recientes como [REC] o Monstruoso respecto a las grandes películas clásicas de terror.

Todo depende, por descontado, de lo que cada cual busque en cada instante, pues si a lo que uno aspira en un momento dado es a que el espectáculo le provoque el mero susto del feriante o la mera carcajada del chistoso, o sea, a padecer con gusto el mero “resultadismo” inteligente, pero banal e invertebrado, entonces [REC] y Top secret no podrían ser un entretenimiento más adecuado y efectivo. Aparte de esta atracción circense camuflada, entre las últimas versiones del tema de los zombis destacan sobre todo 28 días después, que sustituye al cadáver reanimado por el vivo rabioso, y The walking dead. Curiosamente, ambas producciones parecen inspiradas en la sabia y verosímil estructura de la novela El día de los trífidos, aportando a este clásico de la ciencia-ficción, que narra por enésima vez desde La guerra de los mundos un fantástico exterminio humano de alcance planetario, únicamente el ya mencionado concepto de la infección progresiva que es propio de la moderna concepción del zombi. Igual que ocurre en El día de los trífidos, los protagonistas de estas dos apocalípticas ficciones también despiertan un mal día en la cama de un hospital, aturdidos, extrañados, ignorando que el hundimiento total de la civilización ya se ha consumado y que han empezado los saqueos y los asaltos en las semidesiertas ciudades de todo el país. A partir de este traumático shock inicial, no tienen más remedio que luchar por sí solos contra la adversidad desconocida, aplicándose en la lucha con toda su determinación y su ingenio con tal de sobrevivir en las durísimas condiciones de un mundo que ha regresado a la más salvaje anarquía. En una primera etapa, y con el único fin de mantenerse con vida el mayor tiempo posible, estos héroes desorientados toman la decisión de buscarse la vida por su cuenta, pero, en vista del gran número de dificultades que se ven obligados a afrontar, pronto han de optar por sumarse a alguno de los distintos grupos armados en disputa, a esas facciones precarias, sectarias y conflictivas que van surgiendo por doquier y que se ven constantemente acosadas por las otras comunidades competidoras y por una extraña plaga dominante de seres vegetativos y homicidas.

Entre estos muertos que han sido devueltos malamente a la vida, ocupa un lugar principal una clase de cadáveres dolientes y llenos de odio que no están adaptados al mundo o a la época actuales. Se caracterizan por ser perseguidores incesantes, criaturas vengativas que son impulsadas por un amor obsesivo o por un despecho enraizado. El más conocido representante de esta categoría es el monstruo anónimo, pero no genérico, producido por los delirios de grandeza del insensato Doctor Frankenstein. Esta incomprensible mixtura de artificio y naturaleza, de planificación y milagro, de intervención y espontaneidad, da como resultado un zombi compuesto groseramente por piezas cadavéricas heterogéneas, un engendro inculto, bestial y cerril, un zoquete maltratado, perdido y atormentado que exhibe una fortaleza increíble y una enorme resistencia, pero que adolece de graves deficiencias afectivas y de serias turbaciones existenciales. A diferencia de las hordas de zombis indistintos, este monstruo apestado, que ha sido fabricado científicamente a partir de órganos muertos, es una criatura profundamente solitaria que se encuentra perturbada, dolida y desorientada. No obstante, a diferencia de la soledad que es inherente al vampiro, la suya no es la que requieren las andanzas de un depredador nocturno sino la que soporta a disgusto un individuo único y bienintencionado que, por culpa del maltrato recibido y de su decepción con el mundo, se ha ido volviendo cada vez más brusco, retraído e intratable, hasta convertirse en un peligroso misántropo vengativo, en un perseguidor insistente y chantajista.

La novela Frankenstein sería entonces la aplicación del mito del progreso científico positivista al mito del zombi primitivo, a la leyenda popular del muerto esclavizado que se rebela y se venga del hechicero que le devolvió a la vida, por lo que el monstruo ensamblado habría de ser visto como una puesta al día del negro salvaje, obtuso y rudimentario que una voluntad más fuerte pretende dominar sin éxito. Pero, por otra parte, Mary Shelley también trasplanta el antiguo fatalismo trágico al moderno contexto de un laboratorio ateo, en cuyos dominios en apariencia desapasionados se desata una apasionada ambición sacrílega, el deseo de controlar racionalmente las transiciones básicas, las fronteras que separan la vida de la muerte. El monstruo de Frankenstein es, por tanto, un logro y un aborto simultáneos, un batiburrillo cadavérico experimental que se opone a su autor y que por envidia y rabia acaba destruyendo el entorno más íntimo y querido de éste, un zombi sintético, grotesco, indócil y huraño que no tiene otro remedio que huir del mundo por mor del más vital reconocimiento: en busca de su propia identidad, de un semejante complementario que sólo existe en sus sueños y de una imposible redención humana. El otro célebre zombi que ha de clasificarse junto al monstruo de Frankenstein, dentro del grupo de los despojos vindicativos y de los acosadores infatigables, es la momia egipcia asesina, el muerto vendado y desecado que resucita para vengar con furia la profanación de su tumba y para perseguir anacrónicamente a su bello objeto de deseo. Se trata en este caso de una forma folclórica de cadáver maldito, vengativo, enamorado, solitario y desfasado que no padece los tormentos existenciales del monstruo de Frankenstein, pero que sí comparte con él su exasperante insatisfacción erótica y su perentorio instinto de castigar las ofensas sufridas. Aunque esta amenaza momificada no suele ser uno de los monstruos cadavéricos más populares, sorprende que el subgénero de los muertos que regresan de la tumba, para vengar los adulterios, las estafas, las jugarretas o los asesinatos que causaron sus violentas e injustas muertes o para perseguir obsesivamente el amor que se les resistía en vida, gozara de un enorme éxito juvenil en los cómics de terror americanos anteriores a la implantación de la censura.

La influencia de la vieja idea fatalista y redentora de la venganza o del amor tras la muerte, de la pena o de la dicha alcanzadas cuando todo ha terminado, del castigo o de la recompensa administrados por los jueces más terribles e implacables, es decir, de esas distintas formas de reconciliación de ultratumba que remiten a las sanguinarias Erinnias, es tan poderosa e inmortal que aparece de manera más o menos explícita incluso allí donde no se la espera o donde no conviene. Así, por ejemplo, la suntuosa versión de Drácula con la que Coppola pretendía actualizar al personaje está considerada por algunos críticos como una de las más fieles adaptaciones de la novela epistolar de Stoker, pero en realidad no es otra cosa que una arriesgada tergiversación del concepto del vampiro sanguinario, un falseamiento del conquistador parasitario que lo convierte en la compulsiva momia enamorada, oculta bajo las maneras y los ropajes de un dandi remilgado. Por eso, ese lema propagandístico tan cursi que se estableció como el Leitmotiv de la película, según el cual “El amor nunca muere”, ni siquiera cuando uno de los amantes se suicida por un malentendido y el otro se transforma en un sacrílego depredador nocturno, solo venía a propósito si ese dentudo monstruo ilusionado, que buscaba ansiosamente reencontrase con la amada perdida para ser curado al fin de su milenaria soledad, embarcándose en un romance novelesco del tipo “Una bella descubre la belleza interior de una bestia incomprendida”, adquiría las propiedades del sentimental cadáver vendado y no las del despiadado seductor insaciable, las de ese diabólico y escéptico Don Juan vampírico que ya no puede ser redimido por el amor sino que tan sólo puede esperar el martirio de los eternos fuegos infernales.

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Daniel Zamora: Chesterton o la eterna verdad suprema (II)


En época de Chesterton, la Iglesia católica ya era una institución unánimemente vilipendiada en los medios intelectuales “a la última” y, por tanto, constituía una impensable osadía suicida o una mera excentricidad provocadora elaborar y publicar una defensa seria y decidida de todos y cada uno de sus rancios dogmas trasnochados, aun cuando se hiciera bajo la especie del relato autobiográfico de una conversión religiosa. Pero Chesterton no se limita tan sólo a la resistencia y al enroque en una débil posición de inferioridad en un búnker teórico asediado por los potentes ejércitos materialistas y nihilistas, sino que se atreve a abalanzarse a pecho descubierto contra el enemigo para afirmar con convicción absoluta la superioridad de la verdad católica sobre los más “avanzados” sistemas filosóficos del momento, sin arredrarse a la hora de presentar razones bien fundadas para creer en Dios, en Jesucristo y en la Inmaculada Concepción. No sólo la defensa de esta suprema verdad permanente hace de nuestro escritor un antimoderno prototípico sino también su querencia por el límite, por la finitud, por lo concreto, sin los cuales no hay razón, ni arte, ni, en suma, instalación humana en el mundo. O, dicho con más precisión, incluso la idea suprema presupone una idea “más” suprema todavía: la noción del límite de suyo, sin la cual no serían posibles los seres, las ideas y las verdades, y así es que incluso el mismo Dios ha de doblegarse a los límites racionales. La razón está por encima de Dios y, por ese motivo, la Iglesia es un artefacto consecuentemente racional. El combate de Chesterton contra las erróneas doctrinas modernas, como el racionalismo o el cientifismo, tiene lugar desde la fe católica, pero esta fe sobrenatural no es incompatible con la razón, la cual sería a su vez una cuestión de fe, sino que presupone la razón y los límites naturales puesto que Dios es racional y no permite que en ningún mundo del universo los círculos sean cuadrados, dos más dos dé cinco o al amanecer anochezca. Tal como Chesterton la entiende, su teología periodística sería buena teología porque no prescinde de la razón sino que tan sólo evita reducirla a las estrecheces racionales de sus enemigos espirituales, de aquellos que, al contrario de lo que cree la opinión general, no defienden la razón frente a la Iglesia sino que atacan el amparo que ésta le ofrece, puesto que la deriva escéptica del racionalismo le lleva a cuestionarse incluso su propio instrumento, a destruir racionalmente la razón, a demoler los límites incuestionables que fueron establecidos con el fin de proteger al pensamiento de sus tendencias autodestructivas. Chesterton constata que es necesaria una doctrina trascendente, inmutable, permanente, indestructible y obvia que afirme la sacralidad humana y blinde así a los hombres de las posibles justificaciones a las que recurren los autores de las violencias y abusos que se cometen constantemente sobre ellos. Y ese hombre ideal, ese ejemplar perfecto a salvo de los cambios, de los caprichos y las modas, ya lo ofrece la Iglesia desde hace cientos de años como modelo definitivo. Para Chesterton la religión cristiana es una doctrina cósmica superior al resto de creencias y ha de ser defendida por ser verdadera. Y es verdadera porque la Iglesia es, en su opinión, una lúcida institución perenne que recoge, cuida y difunde el tesoro de experiencias humanas de varios milenios y de millones de seres y que, por tanto, funciona como un gigantesco plano donde se señalan aciertos y errores mil veces comprobados, como una detallada y clara descripción de buenos caminos y de sendas fracasadas, como una sabia anticipación de situaciones ya profundamente pensadas y de las que se ofrece la mejor respuesta en virtud de ese ingente cúmulo de experiencias. La Iglesia sería, de este modo, un depósito ancestral de puro sentido común. Puesto que la Iglesia ha de corregir racionalmente al hombre en toda época y lugar, ha de considerar las características humanas inalterables y no ha de adaptarse a tiempo histórico alguno. La Iglesia no es conservadora en el sentido de que conserve determinadas ideas, leyes o costumbres del pasado, sino en el sentido de que se conserva a sí misma en tanto transmisora de un saber eterno, que no ha tenido lugar en ningún período del pasado y que, por eso mismo, nunca puede pasar ni desvanecerse como las efímeras palabras temporales. Por eso Chesterton defiende el carácter insuperable del utópico mensaje cristiano: el proyecto cristiano no puede ser rechazado por razón de su inviabilidad práctica porque jamás ha llegado a cumplirse. Permanece aún como una promesa pendiente, como meta de organización mundial, como una posibilidad suprema que ha de ser desarrollada en el mundo histórico. Además, gracias a su verdad justa, abstracta y trascendente impide que se considere al hombre como un ser evolutivo, es decir, como un no-ser que quedaría expuesto en todo momento a la conversión en objeto de cualquier abuso por parte de los más poderosos, puesto que si el hombre no posee una esencia fija e invariable entonces su naturaleza puede ser manipulada y deformada a la fuerza hasta transformarse en distintas especies desvalidas de criatura, y a su vez estas violentas alteraciones externas podrían ser justificadas y toleradas en nombre de la adaptación de lo indeterminado a determinadas condiciones tiránicas. De este modo, cualquier proyecto de nuevo hombre amenaza con inventar al nuevo esclavo. Y todo ser sostenidamente abierto a la posibilidad de ser cualquier otra cosa se abre también a la posibilidad de encajar en cualquier opresión, de soportar cualquier tormento y acomodarse a cualquier injusticia.

Por si tanto beneficio institucional fuera poco, la Iglesia se encarga también de equilibrar en su seno las fuerzas más soberbias con el fin de aplacarlas y sujetarlas, y lo hace enfrentando los sublimes extremos en su extrema pureza en lugar de mezclarlos para obtener el tibio término medio que propugnaban los moralistas clásicos. La contradictoria naturaleza del cristianismo, al que paradójicamente se le acusa de ser al mismo tiempo manso y belicoso, ascético y exuberante, humilde y orgulloso, sólo se explica porque la sabiduría cristiana comprende la diversidad humana mejor que ningún sistema reduccionista y, por consiguiente, se adapta a ella con más pertinencia. Asimismo, las sutiles complejidades del credo cristiano tienen su origen en el hecho de que su elaborado sistema no sólo se adapta a las sencillas verdades lógicas sino también a las absurdas irregularidades de lo que está torcido. La doctrina de la Iglesia sería, así, una ley sana que contiene en sí misma sus propias excepciones, las morbosidades y los errores a los que también hay que dar respuesta comprensiva, aceptándolos tal y como son y dándoles un cauce controlado para que se explayen en libertad y sin peligro. La Iglesia no impone un único y estrecho punto de vista, como por ejemplo el deber de concentrarse obsesivamente en un principio ascético fanático, que impediría la expresión de todo carácter suntuoso y expansivo, sino que concede vía libre, dentro de unos determinados términos seguros, a ambas naturalezas excesivas, contrarias e incompatibles con el fin de que se manifiesten en toda su grandeza y esplendor para admiración del mundo. Así como el cristianismo persigue a su manera un término medio, con el propósito de establecer un orden normal y cuerdo sustentado en el sentido común, pero renuncia al moderado equilibrio disolvente del antiguo mundo pagano y prefiere hacer entrar en furioso y épico conflicto los impulsos de los extremos aparentemente contrarios, que ha conducido a su vez al más exacerbado y poético grado de pureza, por ejemplo, el amor y la ira, la humildad y el orgullo, la santidad y la belicosidad, la mansedumbre y la fiereza, la piedad y la severidad, con el propósito de obtener un delicado equilibrio irregular que aproveche las virtudes de todos los grandes caracteres positivos sin que unos principios invadan de forma imperialista la esfera de los otros, así también hace lo propio con el hombre y con dios, de tal suerte que Cristo no es un híbrido formado por la insípida mezcla de ambos seres o una nueva especie ontológica que los supera, sino, al mismo tiempo, un hombre muy humano y un dios muy divino, con la peculiaridad de que se trata de un paradójico rey rebelde, de un creador sublevado contra sí mismo, de un seguro fiable que duda de su propia fiabilidad, en suma, de un dios que una vez fue ateo. Este equilibrio deforme logrado por la ortodoxia es peligroso y emocionante porque cualquier minúscula variación conceptual puede arrastrar al furioso predominio de una única idea, que se erigiría en falsa religión y exterminaría al resto de principios. Pero mientras esta catedral gótica doctrinal, mientras esta estricta organización liberal del espíritu se mantiene en pie, el resultado es la libertad, la igualdad, la pluralidad, la tolerancia y la sabia vigilancia de las más diversas, monstruosas, ardientes y terribles ideas. Así, la interpretación del sentido y la misión de la Iglesia por parte de Chesterton consiste en la trasposición de su fe absoluta en la organización política propia de la democracia liberal al terreno espiritual, donde su fe absoluta apunta a la organización religiosa propia del cristianismo católico.

El hombre, en opinión de Chesterton, tiene tres opciones esenciales ante sí: puede idolatrarse a sí mismo y, por tanto, sumergirse en un apático aislamiento, en la injustificada soberbia de un falso dios sin poderes divinos, para lo cual tanto da que ese ídolo venerado sea un solo individuo egoísta que no se diferencia del venerador o sea la indistinta comunión universal, que convierte al cosmos en un solo individuo egoísta que no se diferencia del venerador; puede adorar e imitar a la naturaleza y, por tanto, también a su terrible rostro negativo, a su despiadada locura sangrienta; o, para evitar este dilema, puede separar a Dios tanto del Yo como de la Naturaleza y situarlo más allá de éstos, como un sostén creador distinto e inalcanzable, como el artista o la madre que separa su identidad de la identidad de la obra que se desprende de sí, desplazando a la naturaleza de su antiguo puesto pagano como solemne autoridad materna que hay que emular y colocándola en una nueva posición jerárquica, en tanto bella hermana menor del hombre, que éste tiene el deber de admirar y elogiar sin obedecerla ni tomarla como ejemplo. La complejidad del orden del universo se explica de manera más racional suponiendo que el causante de tantas maravillas es un creador personal y no una azarosa disposición espontánea e impersonal que, de forma milagrosa, por una infinitud de increíbles coincidencias, configura y mantiene la complicadísima organización racional de todas las cosas. Gracias a esta tercera opción, que es la útil opción cristiana, porque todo el cristianismo consiste en un sistema de separación emancipadora de las confusas y opresivas nociones paganas y ateas, el hombre es capaz de enfrentarse al universo a la vez que conserva su amor por él, superando así los problemas de la conformista paz del optimista y de la amarga guerra del pesimista y dando sentido al cosmos, que deja de ser una vastísima cárcel inerte, gélida, monótona y vacía para convertirse en un ajustado lugar extravagante, intenso, libre, exótico y prodigioso, en el que el hombre se reconoce como un asombrado y feliz monstruo inadaptable que sobrevive en el sitio equivocado, adonde arribó tras un naufragio originario junto a un limitado número de precarias reliquias rescatadas.

La diferencia fundamental entre Chesterton y las doctrinas filosóficas y científicas que dominaban en su tiempo es que éstas renuncian a los complejos ideales fijos, a los modelos abstractos incuestionables y lo convierten todo, desde la noción de hombre a la de justicia, desde el concepto de libertad al de rebeldía, en mera variación, tránsito, tendencia, evolución, historicidad, desarrollo, instantaneidad, sucesión, indeterminación, devenir y precariedad, lo que, paradójicamente, impide no sólo la conservación y el mantenimiento del estado de cosas sino también el cambio súbito, la acción emancipadora, la reforma y la revolución porque anula la convicción del agente, lo vuelve conformista y lo deja sin nada a lo que apuntar ni nada desde lo que juzgar. La solución que da la Iglesia a este grave problema consiste en situar la compleja norma ejemplar en el Edén, en el “origen” atemporal y trascendente, de tal manera que hace posible que el hombre ortodoxo que ha sido arrojado a la tierra esté siempre dispuesto a la presta restauración de esa visión idílica, artística y proporcional que ha perdido desde antes de su nacimiento, pero que permanece a salvo de cualquier trastorno histórico de valores, puesto que ese bien previo a todo desarrollo temporal siempre será el Bien, por mucho que cierta época posterior lo considere malo o carente de interés o tenga por bueno lo que la norma fija denuncia como pecado. Junto a esta importante resolución, la Iglesia no deja de tener en cuenta que la mente gobierna la materia y que toda materia que se abandona a su suerte no tarda en decaer, en degenerar y en deteriorarse. Por tanto, se precisa una doctrina como la del pecado original y la consecuente caída y condenación del hombre, un credo que predique que todas las almas son débiles y se encuentran en un riesgo constante de perderse, con el propósito de que el hombre se mantenga siempre alerta y desconfiado y en una revolución permanente, como la que caracteriza a Cristo, ese dios de bondad que fue a contracorriente, evitando así que el bien se tergiverse y que las instituciones humanas se corrompan. Esta desconfianza vigilante frente a toda clase de poder y de riqueza a que obliga el dogma cristiano, por ser las organizaciones políticas y los ricos magnates propensos por naturaleza a los abusos y las injusticias, es la misma a la que obliga el liberalismo político clásico, aunque la justificación a la que remite cada doctrina se origine en cada caso en su peculiar fundamento. Aquí el fundamento democrático cristiano surge de las ideas que afirman que la maldad reside en la libre decisión del hombre, no en el ambiente en que está inmerso, y que ningún hombre vale más que ningún otro, ocupe la posición que ocupe en la jerarquía social de que se trate. Por tanto, ni el poder ni la riqueza que rodean a los principales dirigentes políticos y financieros de la tierra los hacen más incorruptibles, sino, al contrario, más amenazados de hundimiento moral porque ya se han dejado sobornar en numerosas ocasiones por las corruptoras seducciones mundanas.

Al considerar racionalmente multitud de pequeñas evidencias enmarañadas, Chesterton observó la coincidencia entre la manera en que se le presentaban estos hechos a su razón y la interpretación que de ellos daba la ortodoxia cristiana, mientras que las explicaciones que ofrecían las ciencias positivas y las sofisterías metafísicas no le satisfacían en absoluto porque no daban razón de toda la complejidad de cada hecho. La biología, por ejemplo, puede afirmar el parentesco entre el hombre y el animal porque ambos, ciertamente, comparten muchas características biológicas, pero la religión puede afirmar el hecho evidente de que, por muy parecidos que sean, media un abismo entre el excéntrico monstruo que es el hombre y el resto de los seres vivos, un salto ontológico inexplicable que los hace distintos e irreductibles y que pesa más que sus incontables similitudes. La historia, a su vez, pretende dar cuenta de lo que ella cree que fueron el ignorante terror y las costumbres crueles del hombre prehistórico, de los que supuestamente brotaron las religiones, pero ninguna ciencia histórica puede referir con pruebas el auténtico sentido de la existencia prehistórica, mientras que todas las antiguas leyendas de la humanidad coinciden en describir unas eras primigenias pacíficas y felices que decayeron antes de la aparición de las grandes civilizaciones, una primera y catastrófica caída original del hombre justo en el momento en que éste entró en la historia. También es corriente la acusación pro científica de que los sacerdotes han deprimido y oscurecido el ánimo de los hombres a lo largo de los siglos para manipular a los pueblos en su propio beneficio, cuando lo evidente es que donde aún los sacerdotes cristianos tienen cierta influencia es donde más alegre y lúdica se muestra la gente, puesto que ésta, a pesar de lo poco atractivo de la guardia profesional y de los deberes éticos que impone la Iglesia, cuenta con la muralla protectora de la religión, con el refugio racional del dogma, con la luz que despeja y organiza las tinieblas primitivas. En el interior de esta ciudadela defensiva se resguardan los viejos festejos paganos que han sido rescatados por el cristianismo y allí los hombres pueden vivir racionalmente porque, aunque sus muros los encierran y los limitan, al mismo tiempo los alejan del asedio de los terrores abisales del cosmos y de las angustiosas brumas ignotas al dar sentido a todos los detalles de la existencia, al poblar el mundo de maravillas controladas y previstas, al ofrecer extrañas verdades repelentes e impopulares que con el tiempo se van revelando como las más prudentes, sensatas y populares guías vitales. Así, la desesperación humana frente a un cosmos absurdo, mudo e indiferente es combatida y derrotada por esta autoridad delimitadora, la cual le da al hombre la posibilidad de aventurarse por mil asombrosos senderos trazados de antemano, por caminos que pasan por emocionantes estaciones significativas y conducen a determinados destinos cualificados, en lugar de vagar anárquica y melancólicamente por una desierta infinitud sin relevancias. Mientras que las despóticas divinidades paganas hacían al hombre capaz de gozar pública y concentradamente de las pequeñeces actuales de la vida, así como de espantarse y lamentarse colosalmente de la helada miseria del conjunto, el cristianismo lo capacita para combatir con reducida tristeza los hechos seculares y para apreciar en secreto y con expansiva alegría la totalidad del universo. Es decir, el dios cristiano, en opinión de Chesterton, pone del derecho al hombre que estaba del revés.

De la misma manera que Chesterton renueva la visión esclerotizada convencional sobre el cristianismo, mediante la aplicación de su moderno liberalismo revolucionario a las teorías cósmicas arcaicas, también persigue el redescubrimiento del sentido vital oculto del resto de instituciones, costumbres, ritos y tradiciones principales del hombre, especialmente de aquellos que a la mentalidad moderna se le antojan más rancios y anticuados. Así, entre los ideales eternos de los hombres normales Chesterton incluye, por ejemplo, el deseo casi universal de poseer un hogar modesto y acogedor, un cálido rincón doméstico, un pequeño reino en el que establecer las propias reglas, un lugar soberano y protector donde uno pueda ser libre de las numerosas reglamentaciones que se sufren en los espacios públicos y que se deje modelar como un objeto artístico según el gusto de cada propietario. Pero esta típica casa familiar ha de ser una verdadera casa, es decir, no deberíamos conformarnos, más que provisionalmente y debido a urgencias excepcionales, con esos sucedáneos de casa que son la colmena de pisos o las viviendas adosadas, puesto que nuestro hogar ha de estar aislado del resto y firmemente asentado en la tierra para que pueda hablarse de un auténtico hogar. Pero también lo que aparentemente es más indefendible, o sólo defendible desde un punto de vista retrógrado, es propuesto por nuestro orondo escritor con sensatez, racionalidad, gracia y persuasión. Quizá el ejemplo más extremo y paradigmático de tan osado procedimiento argumentativo sea su apología de la negación del voto femenino, idea escandalosa e infame que ningún intelectual se atrevería a expresar en público y menos aún basándola en serios razonamientos. Para entender lo que en el fondo dice Chesterton al pretender que las mujeres se mantengan alejadas de las urnas y, en general, de la esfera política, conviene reescribir su idea en forma condicional: Votar es, en último término, una imposición colectiva. Votar no es otra cosa que votar a favor de hacernos responsables de las cosas agradables y desagradables, duras, sucias y brutales, que los gobernantes de turno realizarán en nuestro nombre, como, por ejemplo, algo tan poco femenino como ejecutar una pena de muerte. En el interior de la capucha del verdugo público que le corta el cuello al reo se esconde el rostro de cada ciudadano con derecho a voto porque el voto no es algo limpio, etéreo y desvinculado. Si el voto ha de seguir implicando un serio y grave compromiso con todas y cada una de las decisiones gubernamentales de una democracia, siempre y cuando sean legales y justas, y si la mujer ha de seguir siendo femenina en el sentido tradicional del término, el cual no significa blandura, languidez o melindrería, entonces hay que proteger la amenazada feminidad de las mujeres alejándolas de la toma de decisiones desagradables. Ahora bien, y esto se encontraría implícito en el argumento de Chesterton para amortiguar el previsible escándalo, si ya ha dejado de importarnos la feminidad de las mujeres, y si a los hombres actuales les gusta el sexo opuesto aunque se haya vuelto tanto o más masculino que el varón, entonces no hay inconveniente en que las mujeres voten y se pringuen, es decir, en que se manchen de sangre, se embrutezcan y se responsabilicen en última instancia de los actos duros, agresivos e insensibles que ha de llevar a cabo el Estado. Pero cabe igualmente la posibilidad de que las mujeres votantes conserven sus virtudes femeninas sin rendirse a la triste emulación de la brutalidad masculina, siempre y cuando el sentido fuerte del voto del que habla Chesterton se desvirtúe y desnaturalice. Si el acto de votar se transforma en un gesto inocente y angelical que no conlleva auténticas consecuencias, si introducir la papeleta en una urna ya no nos ata a las ásperas resoluciones gubernamentales futuras y el votante puede olvidarse de su gesto en cuanto abandona el colegio electoral, como si con esa acción tan sencilla ya hubiera cumplido con sus deberes democráticos y no fuera entonces cuando en realidad comenzara el episodio más difícil, entonces qué más da a qué categorías de seres humanos se les permita votar, puesto que votar y no hacer nada significativo serían ya formas de decir lo mismo.

El personaje novelesco más conocido de Chesterton es el Padre Brown, protagonista de varios ciclos de relatos policiacos cuyo paisaje moral o trasfondo filosófico son los habituales en la obra del inglés, aunque aquí se encuentren algo atemperados y ligeramente camuflados por la intriga misteriosa. El Padre Brown, ese hombre insignificante de aspecto común que en no pocas ocasiones deviene un tipo vulgar, ese humilde sacerdote provinciano aparentemente despistado, manso y melindroso, ese cándido paleto desastrado con aficiones detectivescas, no es otra cosa que una encarnación humana ficticia de la mismísima Iglesia católica. Pues si esta institución imperecedera atesora provechosas experiencias milenarias, el cura detective atesora provechosas confidencias escuchadas a los fieles cristianos de su parroquia en sus muchos años de servicio clerical, es decir, numerosas y hondas experiencias ajenas respecto al mal y al crimen de las que aprendió el proceder psicológico de los malvados y que emplea hábilmente en la resolución de los casos policiales. El Padre Brown es un inteligente ministro del bien que, por el hecho de serlo, no sólo posee un conocimiento superior acerca del bien, como sería de esperar en un eclesiástico, sino también, gracias a la penitencia y a la confesión, un conocimiento acerca del mal, es decir, acerca de la completa naturaleza humana con todos sus abismos y negruras, mucho más profundo, crudo y verdadero que el de los cínicos y amorales que presumen de coquetear con las fronteras infernales, porque él sí que ha tratado frecuentemente con ellas y, gracias a esta familiaridad vicaria con el maligno, puede combatir el crimen armado con la astucia criminal del propio diablo. En las entretenidas historias del Padre Brown, sin embargo, la aplicación de estos saberes siniestros no suele llevarse a cabo a través de espectaculares y complejas deducciones lógicas que sólo están al alcance de aristocráticas mentes geniales, como acontece en muchas novelas policiacas de suspense, sino utilizando un ingenioso, modesto y democrático sentido común del que cualquiera dispone, con el fin de resolver, mediante una sencilla explicación natural, lo que hasta entonces se antojaba inexplicable y demoníaco. Pese a su condición clerical y a lo enigmático de los casos a los que suele enfrentarse, el Padre Brown no recurre a explicaciones milagrosas o sobrenaturales, es decir, a esas falsas explicaciones que son propias de los relatos de fantasmas pero impropias de los relatos de detectives, como cabría pensar de un autor tan militantemente cristiano como Chesterton, sino que se limita a hacer más amplio cierto contexto unilateral y angosto, que hasta el momento de su intervención se estaba considerando con la estrechez de la mirada racional convencional, o bien se dedica a variar la perspectiva desde la que se venía contemplando el problema, para iluminarlo con una nueva luz reveladora que respete escrupulosamente las exigencias de la realidad, pues éste es también el modo innato de pensar y razonar de su creador. Como la pasión de Chesterton por la paradoja y la reducción al absurdo es irrefrenable, también aquí hace expresar a su perspicaz protagonista desconcertantes asertos en apariencia contradictorios, imposibles o inverosímiles que causan el asombro de sus oyentes, al menos hasta que éstos advierten que la contradicción, la imposibilidad o la inverosimilitud sólo existen en la manera de expresarse del sacerdote, pero no en la verdad significada por los ingeniosos términos. Si Sherlock Holmes representa el triunfo de las deducciones científicas insensibles, fundadas en el rigor empirista y materialista, y Auguste Dupin simboliza el éxito analítico de la lógica pura, que en su caso se sostiene sobre una excepcional empatía poética, el Padre Brown encarna la lógica no impasible, ni fría, ni inhumana, ni restrictiva. El juicioso detective de Chesterton, que en el fondo es su alter ego novelesco, no se erige en el abanderado de una mal entendida lógica ilógica, elitista e idealizada, sino en el campeón popular de una lógica entusiasta, afable, humana y apasionada, así como en el promotor de un realismo en sentido amplio que toma en consideración todos los aspectos de la realidad, incluidos los poéticos y filosóficos, y no únicamente aquellos detalles prosaicos que un prejuicio irrealista subliminal aprueba como realmente reales.

Daniel Zamora: Chesterton o la eterna verdad suprema (I)


Existe un tipo de pensador que es de fácil acceso para el público no especializado y que no por ello ha de catalogarse como divulgador de saberes ajenos más profundos ni como polemista efímero e insustancial. Se trata de una especie intelectual que sólo se da en contadas ocasiones y que congrega en torno a su excepcional figura, con simpatía y entusiasmo, a un sinfín de lectores pertenecientes a los más distantes credos filosóficos y a las más enemistadas posturas políticas. Una de estas raras aves solitarias e insobornables es el orondo inglés G. K. Chesterton, escritor jovial y argumentador inteligente que empeñó su vida pública en llevar a cabo un honrado, iluminador, ingenioso y persuasivo proselitismo católico y que, a pesar de lo intempestivo de su empresa, encontró y sigue encontrando rendidos admiradores en todos los frentes religiosos, incluso entre las más combativas tropas ateas y las más feroces columnas anticlericales, gracias a su brillante estilo, a su gozosa ironía, a sus deliciosas imágenes, a su entusiasmo vigoroso, a su fina percepción, a su noble criterio, a su apreciación compasiva, a su viril audacia y a sus originales puntos de vista sobre las cuestiones más importantes, que son al mismo tiempo las más rutinariamente consideradas por la mayoría de los filósofos tardíos. Pero quizás la mayor virtud de Chesterton no estribe en su indiscutible capacidad crítica, competencia ésta que se encontrará fácilmente en todos los grandes pensadores de los siglos XIX y XX, sino en cierta voluntad de la que los intelectuales modernos andan faltos, o que no se atreven a permitirse, o frente a la cual fracasan estrepitosamente, por ser su objeto lo más difícil de perseguir y obtener en las condiciones espirituales globales en las que tienen lugar sus pensamientos. Esto es: la voluntad positiva de perfección, el proyecto de clara proposición de un contenido óptimo generalizable, la anacrónica pregunta por el bien ideal y su valiente respuesta en forma de eterna verdad suprema, pregunta y respuesta abocadas a la ridiculización, la indiferencia, la conmiseración o la incredulidad del público culto convencional y de la escéptica Intelligentsia historicista. Para ofrecer una rápida pintura de este genial artista pedagógico, que regresa una y otra vez en sus libros a sus principales preocupaciones espirituales, habrá que incidir también repetidas veces en el núcleo de su pensamiento, desplazando gradualmente la perspectiva desde la que se produce el examen y variando con sutileza los aspectos considerados, por ser este método explicativo el más conforme con el suyo.

Aunque a lo largo de su vida escribió multitud de novelas, relatos, dramas, poemas y ensayos, Chesterton es, en esencia, un ingenioso y profundo periodista teológico o articulista “teodiceico”. No cabe incluirlo en la ilustre estirpe de los filósofos porque Chesterton no se propone elaborar una nueva interpretación global del ser sino una nueva interpretación de un antiguo saber global y, en este sentido, sería semejante a los mal llamados “filósofos” del siglo pasado, que ya no discurrían sistemas cósmicos originales y compactos sino que volvían a pensar deshilvanadamente los pensamientos del pasado. El propio Chesterton ni siquiera se consideraba un novelista porque de lo que se ocupa en sus textos es de enfrentar entre sí las ideas desnudas y los conceptos explícitos, a la manera en que lo hacen los filósofos pero sin ir más allá de ese punto, mientras que los narradores tradicionales esconden o difuminan las tesis, los razonamientos y las teorías bajo ropajes anecdóticos y ficticios. Esto puede comprobarse tanto en su Autobiografía, colección de anécdotas autobiográficas que no son más que un pretexto para sintetizar y resumir su pensamiento acerca de sus temas favoritos, como en su libro más conocido, El hombre que fue Jueves, una extraña alegoría detectivesco-metafísica, un alucinado combate entre principios cosmogónicos disfrazado durante un buen número de capítulos con las ropas de una chocante intriga policial, pero que en todo momento deja traslucir las auténticas razones que mueven la historia. Esta novela que no es una novela es también un relato de detectives que no es un relato de detectives o que, en todo caso, es un relato de detectives paradójico, una resolución criminal a la inversa: en vez de partir de unos personajes aparentemente honrados de los que al final se destapa su condición de criminales, la historia se inicia con unos malvados conspiradores que al avanzar el enredo irán descubriendo su verdadera identidad de personas decentes. Al poner patas arriba el género policiaco, Chesterton pretendía hacer manifiesto, mediante una ridiculización con tintes de pesadilla, cómo a menudo la justicia combate formas disimuladas de justicia que están de su parte, aunque ocultas tras una engañosa máscara enemiga, en lugar de atacar a la auténtica maldad anómica. Por lo mismo, bajo la máscara detectivesca del relato se esconde una pesquisa más profunda, una alegoría metafísica del Armagedón con la que se retira a su vez otra máscara y se saca a la luz al mismísimo Dios, benevolente y justo ser supremo camuflado tras el disfraz, a veces terrible, mortífero o indiferente, de la Naturaleza.

Es costumbre de la crítica incluir a Chesterton entre los escritores conservadores o reaccionarios, pero no tanto para facilitar su adscripción en los manuales de historia de la literatura como para evitar tomarse en serio sus ideas, para esquivar el inquietante dilema ante el que sitúa a sus lectores, para no tener que tomar partido por esas cuestiones decisivas que nos configuran como individuos. Chesterton es uno de esos escritores de los que se puede decir sin sonrojo que son de nuestro gusto al tiempo que se afirma que no nos gustan sus ideas. Y ésta es una paradoja que exige en cada caso una peligrosa aclaración personal, peligrosa puesto que amenaza con conducirnos a una profunda crisis moral y a la consiguiente renovación a fondo de nuestros valores más enraizados. Ahora bien, dejando aparte este requerimiento de autognosis que cada cual ha de emprender por su cuenta y riesgo, conviene refutar las apresuradas etiquetas triviales que convierten a las más eminentes figuras del pensamiento, que son en último término inaprensibles, en simplificadas caricaturas que cualquiera puede abarcar sin la menor dificultad ni la menor perturbación de sus prejuicios. Chesterton no es un reaccionario si por tal cosa entendemos al retrógrado que busca la conservación del privilegiado estado de la élite, el impedimento de toda alteración innovadora o un retorno a un pasado idílico en el que no se trastornaban los órdenes aristocráticos o burgueses. Su meta no es una fase histórica pretérita en la que las condiciones sociales y políticas serían más propicias para él y los suyos, ni tampoco la permanencia definitiva en un presente invariable, sino un ideal ahistórico y revolucionario que aún está por realizar, aunque ya haya sido manifestado y propuesto durante algunos episodios del pasado. Chesterton sólo es reaccionario en el sentido de que reacciona contra el mundo racionalista moderno y cuestiona la validez de todos los productos mentales snobs de la Modernidad, que en su opinión se fundan en apreciaciones erróneas, ideológicas o directamente aberrantes de la condición humana, en malas comprensiones del hombre y de su correcta instalación en el mundo, de las que se derivan pervertidas guías existenciales, peligrosas devaluaciones del pensamiento o inhumanos proyectos colectivos que exigen el forzamiento violento del alma para encajarla en las más desquiciadas condiciones modernas, en vez de pretender la corrección de las condiciones modernas para adaptarlas al alma en buen estado. Así, por poner un ejemplo de este proceder antinatural, el abusivo y brutal Estado moderno se considera con el derecho de exigir coactivamente a los padres de una niña pobre que le corten el cabello con el higiénico propósito de evitar la proliferación de piojos, lo que para Chesterton constituiría una barbaridad ignominiosa, pues la única solución decente a ese problema ha de pasar por una completa y profunda revolución, por la reordenación juiciosa de todos los estratos de un innoble sistema tiránico que, por un lado, osa prohibir el pelo de los pobres en vez de eliminar los piojos y que, por otro, empuja a determinadas capas sociales a vivir en unas condiciones miserables que propician las plagas. Aunque hoy apenas quede consciencia de estas injusticias, aunque buena parte de esas irrenunciables certezas y derechos innatos se hayan sumido en el olvido o ya no exista predisposición para luchar por la conservación de la limpia dignidad del pueblo, el pelo es una verdad eterna e intocable que mide, juzga y pone a prueba las condiciones de vida de la gente. Si las nuevas condiciones de vida de los hombres exigen la desaparición de un bien sagrado y fundamental como es éste, lo que ha de erradicarse son esas salvajes condiciones afeitadoras, aunque ello implique terminar a la fuerza con los suburbios insanos, con los patronos explotadores y con la injusta distribución de la riqueza, es decir, aunque ello nos obligue a derribar los pilares de la civilización moderna. En la lista de estos falsos y difusos ídolos modernos que Chesterton reprueba por sus nefastas consecuencias, en la olla donde se cuecen estos cultos profanos nacidos del rechazo al auténtico dios intemporal y de la desestabilizadora confusión de ideas resultante, nuestro autor incluye el capitalismo, el socialismo, el feminismo, el darwinismo, el progresismo, el nihilismo, el vegetarianismo, el materialismo, el determinismo, el relativismo, el escepticismo y el imperialismo, entre muchos otros. Pero Chesterton no aboga por volver a un marco teórico apolillado ni por mantener el actual estado descreído de cosas, sino por perseguir con convicción el ideal ortodoxo cristiano porque lo considera un modelo jamás consumado y siempre pendiente, una guía infalible que permite hacer distinciones sanas, fundadas en verdades humanas ancestrales, con las que detener la epidemia de pseudoprincipios corruptores de todo pensamiento robusto y provechoso. Aparte del canon católico que él se ocupa de ensalzar y de expandir, Chesterton también nos recuerda que el pasado histórico está poblado de recios y grandiosos ideales cumplidos o incumplidos, comprendidos o traicionados, fracasados o todavía por probar, que considera preferibles a cualquier pusilánime ideal novedoso que no esté basado en una correcta interpretación del alma humana.

El estilo de Chesterton se apoya en la abundancia de paradojas impactantes y de sorprendentes símiles poéticos con los que ejemplifica sus ideas. Aquí conviene notar rectamente que lo que le erige en el rey de la paradoja no es el mero gusto por hacer chocar el entendimiento del lector contra pirotécnicas contradicciones efectistas, contra juegos espumosos de palabras o ingeniosos trucos de malabarista retórico, que no irían más allá del brillante y divertido manto de luz y sonido y que en el fondo no cobijarían ni verdad ni realidad algunas que pudieran defenderse de manera razonada, sin tener que fiarlo todo a los ornamentos y a las piruetas, sino que merece indiscutiblemente el título de campeón por su extraordinaria capacidad de iluminar y revelar cualquier cuestión compleja a través de una imposibilidad o inverosimilitud semánticas que sólo son absurdas en apariencia y a primera vista, mediante una sintética combinación de planos heterogéneos cuya enigmática contradicción, una vez despejada racionalmente, ahonda con agudeza y sensatez en el problema planteado. Pertrechado con tales armas lingüísticas y cabalgando sobre un recobrado pensamiento sano, Chesterton batalla quijotescamente contra gigantes ideológicos para curar las enfermedades del espíritu moderno: el descontento del optimista que confía en el progreso automático, pero que jamás se siente satisfecho porque nunca llega el día soñado, y el descontento del pesimista que sólo aprecia decadencia por doquier, y que jamás se siente satisfecho porque ya se ha esfumado para siempre el amanecer idílico. Es el suyo un combate alegre y desenfadado contra el amargo nihilismo cancerígeno, una batalla que trata de vencer esgrimiendo las desprestigiadas verdades cristianas, una lucha personal contra toda forma moderna de herejía, es decir, contra la loca proliferación de opiniones equivocadas, que entabla a partir de la ortodoxia más pura, de la opinión siempre y en todas partes correcta. Su obra en prosa se ocupa de buscar una concepción universal de la vida, búsqueda a la que las herejías intelectuales de su tiempo habían renunciado por haberse convertido en una misión imposible y excéntrica, o en una tarea que ellas creían imposible y excéntrica. Los principales representantes de estas corrientes heréticas consideraban, al contrario que Chesterton, que en una época fragmentaria e inconsistente carecía de sentido la fuerte afirmación de una unidad total de sentido y concluían que tan sólo restaba ofrecer ensayos frágiles y provisionales de carácter negativo, estudios detallados y especializados sobre banalidades descompuestas, amargas sugerencias pesimistas que están abocadas a la insignificancia, al balbuceo, al parche, al barullo, al morbo, a la ilusión, a la impostura, al fraude filosófico y al callejón sin salida. Chesterton no acepta ese diagnóstico fatalista ni esa rendición consentida porque, a su juicio, lo que es imposible en todo tiempo y lugar es la vida buena, racional y humana desvinculada de una explicación sensata, penetrante, significativa y útil de esa misma vida. Y lo mejor es que ya no es preciso inventar ni componer ese complejísimo trazado existencial sino tan sólo repensarlo a fondo y hacerlo de nuevo presentable, porque la Iglesia católica se ha encargado desde hace siglos de sistematizarlo y difundirlo, pero también de enturbiarlo y hacerlo repulsivo.

Chesterton equivale en la historia de la literatura moderna al redescubrimiento del cristianismo y a la osada defensa sin fisuras de la ortodoxia. En este punto uno podría desmerecer su pensamiento afirmando que nuestro escritor se limita a repetir la teología cristiana elaborando una desconcertante y forzada interpretación personal del dogma, pero en tal caso también habría que restar valor a buena parte del más meritorio pensamiento hermenéutico del siglo XX, que se “limita”, como si esto fuera poco, a reinterpretar a fondo el antiguo canon de textos filosóficos consagrados, puesto que la única diferencia entre unos y otros radica en que lo que Chesterton trata de entender en profundidad es un primitivo conjunto canónico de textos religiosos. El cristianismo es, para Chesterton, una teoría cósmica creada por Dios y por el hombre que se le presentó a su intelecto como una indescifrable paradoja: al llegar a entenderla de verdad, le produjo la fascinada admiración que una tierra ignota le causaría a un forastero que, al mismo tiempo, sintiera una enorme seguridad familiar al darse cuenta de que el terrible mundo exótico que creía estar descubriendo era su propia tierra natal, la segura y obvia patria del hombre. Porque la aspiración normal del hombre, aquella ambición innata a la que da respuesta el cristianismo, es el deseo de vivir una existencia rica y plena donde la extrañeza sea indesligable del acomodo, donde el asombro poético se combine con la certeza práctica, donde se dé, por tanto, un feliz bienestar maravillado e imaginativo o, en otras palabras, una especie de paradójica burguesía romántica. La razón lógica que carece de buenos principios vitales y que jamás duda de sí misma corre el riesgo de enloquecer, porque trata de explicarlo todo encerrándolo en el círculo de una única y obsesiva simplicidad maníaca que hace al cosmos más indigno que cada una de sus partes y lo vuelve todo confuso, extraño e incomprensible. En cambio, la cordura del hombre normal admite la existencia de ciertos misterios y de este modo puede explicar el resto del universo de una manera sensata, aclarando y facilitando las relaciones humanas, puesto que fija un dogma trascendental que tolera la paradoja, las contradicciones aparentes, el entendimiento del cosmos a partir de lo que no es posible entender, y de esta aceptación del misterio sagrado brota luego en todas direcciones una exuberante y salutífera libertad. El mundo contemplado como lo contempla Chesterton, como un excéntrico regalo inmotivado, como entrega gratuita de un legado, es decir, como gracia de un bienhechor, presupone la voluntad graciosa de alguien que ama al agraciado e implica la alegre sorpresa y la honda gratitud de quien hereda el obsequio, todo lo cual convierte la relación del hombre con el mundo en relación del hombre con lo divino. Por todo lo anterior, el mundo encantado es, en opinión de Chesterton, superior al universo desencantado, aunque esto no es contradictorio con su deseo de que el hombre permanezca anclado en la realidad y en la verdad. Asimismo, el cuento de hadas es superior al tratado científico y a la filosofía moderna, ya que es más razonable, más verdadero, más ético y más sensato. Del mismo modo que le sucede al Dios cristiano, que ha de someterse a las obligaciones lógicas pero puede esquivar las recomendaciones físicas, en el reino fantástico y maravilloso también se respeta escrupulosamente la ley de la razón, no se violentan jamás las necesidades deductivas, se imponen condiciones estrictas a los favorecidos por los dones y además no se cae en uno de los errores del racionalismo científico, que, al confundir las leyes inmutables de la razón con las alterables regularidades fenoménicas, considera de manera sentimental que la necesidad lógica puede extenderse ilógicamente a los hechos contingentes e indemostrables, al mágico y repetido juego de conexiones, asociaciones y transformaciones entre enigmas insolubles, a los arbitrarios y misteriosos fenómenos físicos, que siempre es posible concebir e imaginar de otra manera sin renunciar por ello a la lógica de las relaciones mentales y que en los cuentos parecen acabar de nacer súbitamente en cada instante. Por esa superioridad racional del reino de la imaginación popular, que remite al innato y placentero impulso de asombro del hombre ante la extraña atracción del mundo y a la impresión de que todas las cosas, que podían no haberse salvado del naufragio, están siempre a punto de perderse, Chesterton defiende el emocionante encantamiento de la fea trivialidad cotidiana, la admiración aventurera del entorno más próximo en el que vivimos y que debemos querer cordialmente por ser lo que es: nuestro entorno, nuestro marco, lo que nos limita y nos da libertad. Pero amar lo nuestro no significa caer en el inmovilismo chovinista ni en la exaltación patriotera de los que hacen de lo suyo una teoría inmutable, que defienden por razones pedantes y ponen por encima de todo sin percibir sus defectos, sino pararse precisamente en lo contrario: en un nacionalismo primario y trascendental, en un patriotismo no expansionista fundado en nuestra lealtad previa y precrítica a la familia, el país y el universo, a los que pertenecemos y por los que hemos luchado desde antes ya de ser capaces de aprobarlos o rechazarlos. Es decir, hay que estar dispuesto incluso a destruir y arrasar lo nuestro porque efectivamente es feo y trivial, porque no es como ha de ser, pero con el propósito final de reconstruirlo de forma hermosa y relevante. Chesterton nos impulsa a derivar un proyecto de mejora del abstracto y arbitrario amor sin razones a lo más querido. Amar lo nuestro es también amar lo concreto, querer sus limitaciones, apreciar su contorno. Poseer algo abstracto e indefinido, en constante expansión, no es poseer nada. Ésta es igualmente la supuesta posesión que caracteriza a la noción popular inglesa del imperialismo. El imperialista inglés no ama a su país, a su contorno, a sus fronteras, sino el dominio sobre otros pueblos distantes, así como una representación ilusoria de su patria en tanto nación juvenil, heroica y enérgica. Por eso, lo que el imperialista hace en realidad es destruir la forma de su propio país e impedir todo intento de mejora basado en la desprejuiciada constatación de la imperfecta realidad nacional. Además, en los lejanos territorios conquistados el imperialismo crea una pseudoEuropa cuyo sometimiento le llena de estúpido orgullo, aun cuando la manifiesta debilidad del esclavo y su fácil invasión sólo hacen patente la mengua de fuerza y de grandeza de sus ocupantes. Esta misma concepción absurda de la propiedad la comparte el imperialismo con el capitalismo, pues éste también se funda en la posesión ilimitada, abstracta e infinita, en la ávida invasión de los límites vecinos, en la redefinición de lo suyo y de lo ajeno y, por tanto, en la posesión de nada.

Si Chesterton emprendió una infatigable persecución espiritual, pasando por el agnosticismo, el escepticismo y el anglicanismo antes de convertirse definitivamente al catolicismo, fue por su íntima necesidad de encontrar la Verdad, una verdad sólida, clara, universal y probada. Pese a la empecinada apología de sus principios teológicos, el escritor inglés no era un obtuso fanático. No obstante, y aunque parezca contradictorio, podemos considerarlo una persona intolerante, intransigente y radical porque entre las notas de la verdad está el ser despótica e inconmovible. Una vez que uno se convence de haber hallado la verdad, y siempre y cuando el hallazgo resista las pruebas racionales más duras a las que se le someta y a las que siempre debe estar dispuesto a someterse, lo que viene implícito en su concepto es la necesaria y firme defensa del axioma. Sólo en el caso de que tanto valiera esa doctrina descubierta como aquella otra que difiere de ella, es decir, sólo en el caso de que esa doctrina descubierta fuera falsa, podría uno desinteresarse de su fuerte defensa frente a otras doctrinas competidoras y dejarse mecer en una turbia confusión condescendiente. Pero la verdad no tolera mentiras, ni transige con las falsedades, ni acepta útiles superficialidades fragmentarias de usar y tirar, sino que exige por sí misma su impositiva y elemental reafirmación frente a los credos hostiles que intentan refutarla. En lugar de las vaguedades éticas modernas y los ambiguos discursos metafísicos contemporáneos, en muchos casos religiosa y hasta moralmente neutrales por mor de un pretendido rigor científico, los cuales no permiten la discusión racional porque no presentan un frente claro contra el que impactar, Chesterton defiende la demarcación de una frontera inconfundible contra la que puedan chocar otros credos igual de definidos, puesto que esta separación precisa y rotunda es a la vez la que facilita el acercamiento, el acuerdo y el respeto de las posiciones. La misma línea que separa las posturas teóricas es la línea que las une, que las define y que hace posible la comprensión de las unas por las otras, comprensión de la que se deriva la aprobación o el rechazo, mientras que cuando falta esta nítida línea fronteriza entre las convicciones fundamentales del hombre falta todo lo demás. Esta no es, por tanto, la ciega postura enrocada del obtuso recalcitrante porque Chesterton siempre mantiene una actitud abierta y comprensiva, es decir, está siempre abierto al debate público y privado, a argumentar polémicamente por qué lo que él defiende es superior al resto, a rebatir uno por uno los argumentos contrarios, a explicar y aclarar una y otra vez su inamovible postura cerrada, y asimismo se encuentra siempre comprendiendo, englobando, subsumiendo las estrechas y falsas ideas ajenas en su más amplio, aclarador, consistente, explicativo y verdadero esquema conceptual, pues al ampliar el contexto teórico, hasta alcanzar las máximas dimensiones intensivas y extensivas, sucede que las supuestas verdades dejan en evidencia su auténtica falsedad, su incapacidad para dar cuenta con coherencia de todos los datos disponibles. La habitual asociación entre dogma y fanatismo es, así, rebatida por Chesterton y replanteada en el sentido de que lo auténticamente racional es la rígida doctrina definida, el plan determinado y resuelto, la rectitud limitada e integradora, mientras que lo irracional o poético sería la vaga orientación, la tendencia inconcreta y la curvatura infinita, es decir, las dudas decadentes y las atmósferas ficticias, que son las que en realidad arrojan a los hombres en brazos de esa caprichosa división fanática que produce sordas divergencias individualistas donde habrían de darse atentas colisiones colectivas.

Daniel Zamora: Bichos raros


Los prejuicios nos protegen de muchos peligros y, especialmente, de la mayor de las ruinas existenciales: la pérdida absurda de nuestro tiempo de ocio. El tiempo libre era en la Antigüedad el lujo más valioso del hombre porque, como su nombre indica, era el tiempo propio de los hombres libres, las horas en las que el ciudadano se dedicaba a las más libres de todas las actividades, a pensar y a actuar en compañía de otros hombres como él. El que ha de ocuparse de su supervivencia inmediata, de las necesidades vitales más urgentes, de los problemas domésticos y laborales, es esclavo de la naturaleza y de la sociedad y no puede andar perdiendo el tiempo en estudios inútiles y en discusiones no rentables. Por eso las personas cultas han sido siempre las personas ociosas en el viejo sentido de la palabra, aunque no todos los ociosos en el moderno sentido del término hayan sido necesariamente cultos. Y por eso todavía distinguimos significativa e inconscientemente entre el tiempo opresivo de trabajo, donde según se nos dice nos realizamos como seres humanos, y el salvador tiempo libre, donde según se nos dice no deberíamos hacer otra cosa que haraganear o divertirnos, puesto que este tiempo sobrante es la otra cara de la explotación laboral, el lapso de descanso y recuperación de fuerzas antes de volver al sistema productivo del que en realidad no se ha llegado a salir. Pero lo cierto es que en el interior de las degradantes condiciones del trabajo asalariado capitalista es donde menos libres somos para hacernos mejores y cumplir nuestras capacidades más humanas, y sólo durante los míseros e insuficientes ratos de ocio, cada vez más exiguos y adulterados, que nos conceden nuestra jornada laboral o nuestra desesperada búsqueda de trabajo, podemos probar de escapar del encierro en el círculo productivo del gasto, el recreo, la reposición y la reserva, concentrándonos en lo que hay más allá de los empleos y obligaciones, en lo que se encuentra fuera de los esparcimientos y descuidos, para cultivar con dedicación, esfuerzo y ganas las más hermosas e improductivas facultades, las que nos constituyen como hombres únicos y no como meros engranajes intercambiables. Una de las más eficaces barreras defensivas con las que mantenemos a salvo este sagrado tiempo salvador es, como he dicho al principio, la opinión predeterminada, basada en ligeros indicios razonables, con la que juzgamos lo que sólo conocemos superficialmente, y que nos permite evitar el despilfarro de nuestro tiempo y energía al ocuparnos a fondo de lo que no merece la pena. Tomemos como ejemplo el siguiente caso: puesto que cualquier individuo sensato y clarividente prevé con cierto fundamento, sin necesidad de pasar por esa traumática experiencia audiovisual o porque ya ha pasado con anterioridad por ella, que toda película española en la que se enfatizan los buenos sentimientos y se reblandece el mal social no es más que una deformación sensiblera, moralista y cursi de la realidad, en la que toda persona humilde o marginada se reduce a una estereotipada suma de virtudes y en la que muy probablemente aparezcan ingenuas prostitutas de buen corazón; nobles parados victimistas; rudos e íntegros obreros fatalistas; muchachos de barrio soñadores y solidarios; ancianos generosos, sabios y entrañables o dignas inmigrantes tiernas y sacrificadas, que hablan falsamente mediante un inverosímil estilo pseudolírico y se comportan fantásticamente con un altruismo ejemplar, puede reconducir hacia causas más provechosas todas las horas que no ha desperdiciado consumiendo estas increíbles fábulas aleccionadoras, con las que su concienciado autor hace alardes  curiles de obscena bondad filantrópica y con las que el espectador emotivo se siente en paz consigo mismo. Pues nada reconforta tanto a tales sujetos, incomodados por sus ventajas materiales y su diaria inercia egoísta, como el cómodo padecimiento de las invisibles desgracias del vecino y las lejanas injusticias del mundo.

Pero estos prejuicios que amurallan nuestro tiempo libre no sólo nos reportan ventajas de tal calibre, sino que en muchas ocasiones, cuando el fundamento sobre el que se sustentan es demasiado frágil, nos impiden disfrutar de multitud de manjares exquisitos o retrasan durante demasiados años su descubrimiento y su goce. Esta estúpida postergación del placer la he sufrido yo innumerables veces por culpa de mi innata cerrazón, o por no haber sabido emular la sensacional capacidad tántrica de Sánchez-Dragó, que le permite controlar con maestría los tiempos del éxtasis eyaculatorio del mismo modo como Zapatero retiene sabiamemente, según dicen sus hagiógrafos, la toma de oportunas decisiones políticas. Uno de los casos más flagrantes de errónea aplicación del prejuicio me sucedió al sentenciar apresuradamente los comics de Robert Crumb. Sospechaba yo en mi ignorante juventud, en los años en que despreciaba cuanto fuera exaltado irracionalmente por las mayorías o defendido sectariamente por las minorías, que esos prestigiosos tebeos feístas no eran más que una loa acrítica de los excesos de la contracultura californiana de los años 60. Pero resultaron ser en realidad, una vez que me atreví a prescindir momentáneamente de mis estrechas ideas preconcebidas, una inmisericorde sátira del candor hippy y el nuevo hombre pacifista, una descripción vitriólica de la espiritualidad alucinógena y el buen rollito obligatorio, una inmersión sin énfasis ni ideología en las tentativas primitivistas de eliminar los órdenes legales y en los fallidos experimentos de colectivización de la vida íntima, que retrataban con agudeza y humor la extravagante tipología de la era de Acuario: el gurú cantamañanas y aprovechado, el adepto papanatas, el adicto iluminado, el flipado egocéntrico, la boba exuberante y facilona, etc. Sin olvidar al propio autor de estas graciosas pero incómodas historietas: el inadaptado libidinoso y virgen que se viste con un estilo desfasado, el apestado social que se ve rechazado hasta la madurez por toda hembra humana por culpa de su fea apariencia de rarito dentudo, introvertido y desgarbado, pero que al fin encuentra una exitosa recepción de sus creaciones pop en ese enloquecido ambiente psicodélico que está surgiendo ante sus asombradas narices. Lo que le lleva a aprovechar su recién adquirido prestigio underground para recuperar el tiempo de apareamiento perdido, para dar libre cauce a las obsesiones fetichistas que le atormentan desde niño, tales como abrazarse lascivamente a las botas femeninas o cabalgar en las grupas de titánicas mujeres, de esas promiscuas, ingenuas y rotundas groupies que andan a la caza de celebridades y que se le entregan fácilmente, como si de repente aquel tipo escuchimizado y pasado de moda se hubiera transfigurado en el galán de sus sueños más húmedos.

Enfermizamente tímido y acostumbrado a pasar desapercibido, las numerosas tentativas adolescentes de Crumb por normalizarse e integrarse fracasaron irremediablemente, pero, lejos de hundirlo en la frustración o hacerle sentir culpable, estos intentos fallidos le llevaron a aceptar su extravagancia e inadaptación, reorientándolas de una manera fecunda. El bicho raro despreciado por todos se toleró como tal, evitando de este modo interiorizar el desprecio ajeno, pero esto no significa que Crumb se adelantara en décadas a los tiempos actuales, en los que el freak quiere ser freak, en los que el rarito se propone ser rarito y se enorgullece estúpidamente de un aislamiento social que ya no es tal cosa. En lugar de ser un objeto pasivo de burla y ninguneo, un insignificante y diminuto adefesio que se aferra desesperadamente a las escasas migajas ventajosas que obtiene del hecho de ser una víctima de la crueldad social, como le sucedía a Crumb, el apestado actual ya ha dejado de apestar y persigue, como perfumado sujeto activo, el estatus, ahora prestigioso y ventajoso, de destacado individuo fuera de la norma que ni pasa desapercibido ni le es indiferente al resto de personas. Es verdad que el triunfo de Crumb ayudó a  mejorar la imagen negativa que se tenía del hermético monstruo social, a hacerla atractiva entre los propios raros, y que éstos llegaron a creer que por su sola rareza podrían sobresalir y ser admirados, olvidando que es sobre todo el talento y el esfuerzo, la manera genial de aplicar sus rarezas a su trabajo, lo que hace de Crumb un artista tan elogiado. Pero que Crumb contribuyera a esa modificación de la mentalidad del freak no significa que él mismo fuera ya un bicho raro admirador y emulador de otros bichos raros, sino más bien lo contrario: un tipo fuera de lo común que se había rendido a su infortunio tras constatar su impotencia para ser normal, alguien que sufría al ser apartado del camino central por los triunfadores  agresivos y que aprovechaba lo poco aprovechable que podía extraerse de su condición marginal. El joven Crumb, como individuo extremadamente inteligente que era, aceptó su invisibilidad y su irrelevancia sociales porque no tuvo más remedio, y lo hizo sin alardear de esa triste segregación que padecía resignadamente y que no era debida a sus características raciales, políticas o religiosas en tanto que miembro perteneciente a un grupo determinado, sino a sus peculiaridades como individuo extravagante que no pertenecía a grupo alguno. Pero las aceptó tan sólo en el sentido de que al menos le abrían la posibilidad de librarse de las pesadas convenciones burguesas, de desembarazarse de las exigencias impuestas por la decencia y la moral dominantes, de sacudirse de encima la terrible opresión de las expectativas que estaban puestas en él, ésas que le tomaban por lo que no era y que le forzaban a convertirse en lo que no quería ser. De esta manera consiguió adentrarse en excéntricas esferas con mala fama, donde el muchacho blanco estándar no quería, no podía o no se atrevía a acceder, como el mundo de la tradición musical primitiva que se encontraba fuera del circuito comercial o el submundo negro que se encontraba fuera del circuito ciudadano. La afición de Crumb a la más recóndita música tradicional norteamericana, a los blues rurales primitivos y al delicioso jazz arcaico, se debe a que en esos discos imperfectos encuentra la perfecta y ya perdida expresión del alma del hombre común, que hoy ya no sabe mostrarse artísticamente con semejante pureza, hondura e ingenuidad.

Crumb no es un dibujante que trabaje con un plan predeterminado, sino un artista aventurero que ignora lo que hace mientras lo está haciendo y que desconoce el punto de llegada cuando aún se encuentra en el punto de partida. Es decir, es un auténtico artista, alguien que hace algo porque aún no sabe hacerlo, aunque ya lo haya hecho bien otras muchas veces. Sus comics no pueden reducirse a la sátira de cierta época o de cierta moda porque entonces no pasaría de ser un pintor costumbrista y Crumb va más allá del tipismo pintoresco: saca a la luz los entresijos de un ser humano desvalido y abrumado por el mundo, agredido por el terrorífico revés del hermoso rostro idealizado de Norteamérica, pero que al mismo tiempo rebosa vida, ímpetu y descaro y es lo suficientemente valiente como para enfrentarse a sus inhibiciones y complejos y salir adelante, sin renunciar a su excéntrica voluptuosidad ni avergonzarse de ella. De este modo, lleva a cabo una introspección descarnada, un autoanálisis estrambótico y enloquecido de sus debilidades, deseos, perversiones y depravaciones más íntimos y bizarros, como la atracción sexual infantil que sentía por personajes de cartoon como Buggs Bunny. De la exposición de la oculta, retorcida y reprimida cara de su país, Crumb pasó a exponer la oculta, retorcida y reprimida cara de Crumb.  Pero también pasó igualmente de la sátira de las falsas superficies nacionales y personales a regodearse morbosamente en obscenas y desenfrenadas fantasías sexuales de mal gusto, basadas en su no resuelta hostilidad hacia las mujeres. Crumb es un misógino al que le gustan con locura las mujeres; un mujeriego acomplejado que se siente impotente frente a ellas y que por esa razón quiere someterlas, imaginaria y rencorosamente, a sus caprichos sexuales; un artista famoso que sabe que cualquier clase de poder atrae irresistiblemente a la fémina de turno y que emplea la fuerza magnética de su fama para poner en evidencia las debilidades de esos seres que antes eran fuertes, inaccesibles y altivos. A pesar de todo, Crumb no busca la provocación por el simple placer de escandalizar a las conciencias bienpensantes, aunque la plasmación cruda e irracional de sus temores y aversiones más desagradables resulte muchas veces ofensiva para el lector. En esa especie de El desencanto, en versión malsana y demente, que es el documental que Terry Zwigoff le dedicó en 1994 se observa que, de niños, sus otros dos hermanos estaban tan marginados, tan fuera de lugar, tan reprimidos y tan obsesionados con los comics y el sexo como él. Tras alcanzar la edad adulta, estos desechos humanos acabaron mentalmente más enfermos que el triunfador de los Crumb, más depresivos, heridos y desequilibrados (el uno, demasiado alejado de las mujeres, todavía virgen, encerrado en su cuarto y dependiente de los cuidados maternales, y el otro demasiado cerca del otro sexo, exhibicionista, acosador y masoquista), quizás porque no fueron capaces de imitar a su famoso hermano y dar el salto, soñado y preparado desde la adolescencia por Robert, de niños impopulares que son rechazados sistemáticamente por culpa de su defectos a adultos populares que son alabados sistemáticamente gracias al brillante empleo de esos mismos defectos.

El mismo retraso lamentable en el goce de entretenimientos populares superlativos, y debido a similares prejuicios equivocados de los que luego tuve que arrepentirme, me sucedió después con las divertidísimas creaciones del guionista y dibujante Peter Bagge, amigo y admirador de Crumb, que descubrí más tarde de lo que hubiera sido conveniente. Si a Robert Crumb lo veía yo erróneamente, antes de abismarme en sus turbadoras páginas, como un apologista o un portavoz de la flipada juventud del poder floral, mi creencia respecto a Peter Bagge era que usaba sus comics para halagar el modo de vida tirada de la llamada “Generación X”, para hacer una defensa gamberra y condescendiente de los jóvenes desnortados, depresivos y sombríos de Seattle. Por fortuna para los que adoramos las posturas inteligentes y las visiones imparciales, la verdad era, como en el caso de Crumb, justamente la contraria: En los adictivos números de Odio, su serie más conocida y exitosa, Bagge se dedicaba a caricaturizar con acidez ese desolador panorama de nihilismo autodestructivo de los noventa, frecuentemente pueril y victimista, en el que todo tipo de relación humana, se estableciera entre parientes, entre colegas, entre enamorados o entre socios, se volvía imposible, desastrosa, explosiva y desquiciante. El odio a todo lo existente, y en especial hacia uno mismo y su miserable vida sin sentido, era mostrado sin tapujos pero también ridiculizado con una gracia sin igual. Unos entrañables personajes repletos de basura vital, de indescifrable hastío y de fatalismo destroyer conducían irresponsablemente sus oscuras y mediocres existencias hacia el caos, la esterilidad y la enajenación, pero al mismo tiempo sus aventuras cotidianas, en apariencia triviales y comunes, se aparecían al lector llenas de interés, de emoción, de vida y de verdad. En la más negra sima de un presente decepcionante sin ningún futuro a la vista, sin ningún esperanzador horizonte al que agarrarse para alzarse del sofá y ponerse en marcha hacia alguna parte, Bagge era capaz no sólo de encontrar la irresistible carcajada tragicómica sino también el brillante relampagueo de multitud de efímeros tesoros: En medio de un feroz ataque de histeria y bajo los más violentos reproches podía brotar inesperadamente un momento de intensísima ternura y entrega absoluta; tras una aparatosa pelea conyugal se revelaba la escondida indefensión del tipo más duro de la ciudad; el personaje más reaccionario y mezquino se volvía de repente un ser humano perdido, temeroso y traumatizado, necesitado del amor y de la comprensión de sus semejantes. Estas sabias y sutiles ambigüedades con que eran pintados los distintos caracteres de la historia otorgaban al sondeo de esos extraños seres, incognoscibles pero familiares, que somos los humanos, una profundidad pocas veces vista en un comic que representa la complejidad del mundo mediante exagerados y sencillos monigotes.

Bagge humaniza al ser más inhumano, hace atractivo, interesante y digno de compasión al personaje que nos repugna, al desagradable tipejo que odiamos y que se odia profundamente a sí mismo. De este modo, nos ofrece la inquietante posibilidad de ponemos en el lugar del odioso, pero sin que lleguemos a identificarnos con él ni a justificarlo. Entendemos sus razones y comprendemos que, siendo como es y teniendo los defectos que tiene, ha de comportarse como se comporta, pero no le damos la razón, no compartimos su conducta, no aceptamos que tenga que ser como es ni que sus defectos puedan pasar por virtudes. En suma, descubrimos los restos de bondad que sobreviven ocultos en esas ruinas humanas andantes. Mientras que Crumb nos muestra la fea cara oculta de la sociedad contemporánea y su propia y fea cara oculta, las pulsiones inconfesables del inadaptado triunfante, Bagge saca a la luz los momentáneos residuos de belleza que sólo el artista puede encontrar en la fea superficie de la vida desencantada y desnortada, en la sucia bohemia del inadaptado que fracasa. Por supuesto, también Bagge describe lo más significativo de cierta juventud minoritaria de su época y retrata aspectos negativos de la propia época, pero lo que diferencia su actitud artística de la de Crumb, dejando aparte que el estilo narrativo y humorístico de Bagge sea más convencional y efectivo, es que Crumb trata a sus personajes con menos piedad y comprensión porque no busca prioritariamente hacérnoslos simpáticos. Crumb tiene una visión del mundo más amarga y negativa que la de Bagge, aunque en ocasiones también celebra epifánicamente las islas de belleza y bondad de la existencia. Mientras que Bagge está en paz consigo mismo y puede, por tanto, recuperar su juventud marginada desde la serenidad adulta y racional, Crumb se encuentra en guerra con su yo y traslada ese desquiciamiento interno a sus locas y enfermizas historias. Ambos rechazan generalmente la denuncia directa y enfática de los males del mundo y prefieren recurrir a una exposición crítica indirecta, sostenida en todo momento por su inimitable agudeza cómica. Bagge tiende a la exageración gráfica, al dinamismo impactante, a la deformación grotesca propia de las caricaturas políticas y los cartoons infantiles, pero, no obstante, el contraste entre este estilo icónico y las historias realistas a las que se aplica no perjudican a su trabajo sino que lo dotan de una mayor intensidad. Esto es así porque el desánimo vital que se narra en sus cómics es animado y revitalizado por el humor y el exceso, mientras que un tratamiento gráfico realista y moderado y una mirada demasiado grave corren el riesgo de infectar a la forma con la enfermedad del contenido.

Precisamente este peligro, la caída en lo plomizo y lo desalentador, es lo que Chris Ware, el típico inadaptado sin encaje en el mundo y refugiado desde niño en las salvadoras ficciones, trató de evitar, aunque con menos éxito que Bagge, al narrar el hastío, el autismo, la alienación y los miedos de un hombrecillo solitario y apocado mediante la recuperación experimental y simbólica de ciertas formas clásicas de las tiras de prensa primitivas. Estas invenciones estilísticas canonizadas no fueron creadas para aplicarse a los temas propios de la angustia existencial y la tristeza morbosa, pero gracias a este empleo bastardo cabía la posibilidad de que pudieran representarlos con más fuerza y atractivo siempre y cuando se supieran combinar con sabiduría y gracia. Por desgracia, Ware no logró insuflar en sus deprimentes personajes ni un mínimo de calor, vitalidad, humanidad y diversión, contagiando el hastío del protagonista a todo lector que pretende leer una historia interesante y conmovedora y que no se conforma únicamente con sus complejos despliegues formales, con sus brillantes diseños rupturistas, con sus enciclopédicos y minuciosos alardes visuales, tan virtuosos e innovadores como ineficaces y desalmados. Ware nos habla, a través del chico más aburrido del mundo, de la deshumanización y la monotonía de la vida moderna, pero su método compositivo produce obras deshumanizadas, monótonas e inertes, por muchas y variadas que sean las filigranas artísticas en las que se apoye para emocionarnos. Bagge, en cambio, sale muy bien parado de su empresa de fusión y choque y, aunque caricaturice cierta desmoralización generacional y ciertas poses desmayadas, lo que nos comunica es un derroche de energía humana que regocija y reconforta. Ware nos hunde en el agobiante abatimiento de sus personajes, nos convierte en uno de sus grises alter egos y al mismo tiempo no nos deja traspasar la isla de incomunicación que los protege; Bagge nos insufla ganas de vivir y de reírse de los sinsabores de la existencia, nos mueve a distanciarnos de sus patéticos personajes, a no ser nunca semejantes a ellos, o a dejar de serlo si ya lo somos, pero al mismo tiempo nos sentimos muy próximos a sus desventuras y tropiezos. Tanto Buddy Bradley, el protagonista más famoso de Bagge, el joven gandul, gruñón y misántropo, como Jimmy Corrigan, el protagonista más célebre de Ware, el adulto inseguro, tímido y desfasado, tienen carácter autobiográfico y son inadaptados sociales apáticos, frustrados e insatisfechos. La inadaptación de Buddy, sin embargo, es la propia del joven que se ve condenado a ser temporalmente un “perdedor” por el fatalismo difícilmente resistible de las circunstancias de absoluta dejadez que le condicionan: vive en una familia disfuncional integrada por miembros impresentables que le abandonan a su suerte; sale con una chica neurótica y desquiciada que aporta ingentes dosis de inestabilidad emocional a su vida; anda rodeado de una serie de colegas irresponsables e inmaduros sin proyectos consistentes de futuro, el uno un paranoico asocial que habita en una estrambótica realidad alternativa y el otro un botarate miserable y parasitario; a menudo pasa de un empleo precario, despótico y desalentador a otro que aún es peor, etc. Pero Buddy, que es la recuperación crítica del joven desganado que era Bagge cuando éste intentaba abrirse un camino en la vida sin mucho empeño ni acierto, y que representa no tanto al específico muchacho marginado de la Generación X sino al muchacho marginado americano en general, es decir, a un Peter Parker del underground, es en el fondo un ambicioso y resuelto emprendedor que, como su propio autor, no desdeña la integración adulta en el sistema, o al menos cierta integración especial que no cae en la beata ceguera conformista. A diferencia de los tipos paradigmáticos que sirvieron como modelo de la amargada y pasiva generación de adolescentes inadaptados de los noventa, Buddy madura, lucha por escapar de ese horizonte de autocompasión nihilista y morbosa, se aparta juiciosamente del regodeo pueril y suicida en la propia miseria y en la propia incapacidad para crecer con la firmeza y el convencimiento de los adultos tradicionales. Bagge se ríe de este modo de su patético pasado bohemio y rebelde, juzgándolo con objetividad y lucidez desde el firme asentamiento en un presente confortable y equilibrado, pero no resignado ni arrogante ni sumiso. Así como el Corrigan de Ware lleva el mal en su seno y por eso no tiene escapatoria, el Buddy de Bagge está inmerso en él y por eso puede emerger con esfuerzo de sus aguas asfixiantes. El uno es un adulto mutilado y fracasado que jamás abandona su adolescencia infeliz y traumática; el otro es un adolescente frustrado y desorientado, como no deja de serlo todo adolescente inquieto e indómito que se precie, que busca abrirse paso hacia el mundo adulto entre aplastantes avalanchas de pringue y derrotismo.

Como puede verse con claridad a partir de estos iconos contraculturales, el cómic norteamericano que se ofrece como alternativa a la corriente dominante es aquel que defiende el punto de vista de los marginados, a diferencia del cómic que reafirma los valores establecidos que son seguidos mansamente por la mayoría de la población. Lo que une a estos autores que he ido mencionando hasta ahora es su inadaptación al sistema, o la identificación con la mirada del inadaptado, junto al carácter autobiográfico o aparentemente autobiográfico de sus obras. Quizás el ejemplo emblemático de la naturaleza freak de esta corriente artística, o de estas tentativas de elevar a arte un producto comercial recreativo muy pobre y banal, lo constituya Agujero negr0, de Charles Burns, la poco sutil alegoría del rechazo que sufre el adolescente que es distinto al resto de los jóvenes por parte de los gregarios chicos integrados y por parte de sí mismo. Las transformaciones físicas de la pubertad se simbolizan en esta obra afectada y pretenciosa mediante un extraño virus que se contagia a través del sexo y que convierte a los adolescentes normales y corrientes en monstruos, en criaturas apestadas y alienadas que han de abandonar la sociedad y formar secretas comunidades solidarias. El bicho raro es en este caso literalmente un bicho raro, un fenómeno inclasificable de la naturaleza que ronda los márgenes fronterizos. El autor se cobra así la venganza de tantos y tantos marginados resentidos, castigando a los jóvenes que viven felices, satisfechos y aceptados por todos con una horrible metamorfosis de su hermosa apariencia que los expulsa de inmediato de la protección normativa, que los arranca de todos sus vínculos anteriores y los arroja y abandona en la desamparada periferia, donde vagan los parias y los proscritos sin lugar en el mundo. Aunque estas dos características definitorias, la perspectiva marginal y la impresión autobiográfica, son notas importantísimas para entenderlo, el cómic underground se basa esencialmente en una idea subliminal que puede expresarse mediante este principio: “Es posible contarlo todo de todas las formas posibles”, puesto que sus autores consideran que el cómic tiene la misma capacidad que la novela moderna o el arte en general para tratar cualquier tema de cualquier modo, con la misma ambición y exigencia, con la misma libertad y radicalidad. De este nuevo fundamento revolucionario, que nace en un medio expresivo pacato y muy condicionado por límites no artísticos, originalmente destinado a las masas populares y a los niños y los adolescentes, rechazado por la elite cultural por ser un entretenimiento industrial de consumo rápido y de escasa entidad artística, procede la actual “novela gráfica”, que pretende competir sin complejos con la novela literaria y que se dirige a cierto público adulto con inquietudes culturales y demandas de mayor alcance. Aunque numerosos aficionados al comic rechacen obtusamente y por motivos sentimentales la denominación de “novela gráfica” para referirse a este novedoso tipo de cómics y prefieran seguir usando etiquetas genéricas como “cómic”, “tebeo” o “historieta”, lo cierto es que nos hallamos ante una inédita especie artística con antiguas raíces contraculturales y, por tanto, ante un fenómeno que requiere un nombre específico para referirse a él.

El que llevó más lejos esta máxima underground del “todo cabe”, hasta el punto de autoproclamarse ilegítimamente como su inventor, fue otro bicho raro amigo de Crumb: Harvey Pekar, el autor de American splendor. El extremismo de este guionista neurótico no reside en su habilidad para contar las hazañas más estrafalarias de la manera más fantástica que pueda imaginarse, sino en su determinación de registrar  los hechos más insignificantes del modo más exacto posible, es decir, en su decisión de escribir historias que ningún lector tradicional de comics quiera leer. En sus cómics sólo pasa lo que siempre pasa en la realidad y nunca ocurre en los cómics, es decir, sólo nos muestra los momentos en los que no pasa nada digno de contarse. El protagonista de estas historias sin historia, que a veces ni siquiera alcanzan el rango de episodios anecdóticos, es el mismo Pekar, a saber: un oscuro funcionario pusilánime, gruñón, egocéntrico, paranoico y perturbado que vive una existencia mediocre, sin más aspiración en la vida que dedicarse con obsesión enfermiza a sus aficiones preferidas: el comic, el jazz y el coleccionismo de discos. Temeroso de las exigencias competitivas de la vida convencional y de la constante hostilidad del mundo, al que se niega a enfrentarse como hace todo hijo de vecino, se deja arrastrar pasivamente por las circunstancias o, mejor dicho, permanece paralizado por el pánico existencial en su estrecho y deslucido círculo vital, en su ciudad anodina, en su oficio sin expectativas, salvando del olvido los sucesos intrascendentes de la vida cotidiana más gris y desangelada que quepa concebir, y haciéndolo mediante una postura artística antiliteraria, antiromántica y antiartística, puesto que las trivialidades rutinarias son archivadas objetiva y fríamente en las páginas de sus cómics. No obstante, por el simple hecho de cortar por aquí y por allá, de anotar esto y no lo otro, de insuflarle una difusa sorna y de convertirse en espectador de su propia vulgaridad repetitiva, confiere a ese tramo superficial de la existencia, que ha sido iluminado y abstraído como de pasada y sin querer, una extraña cualidad reveladora, que en muchos casos no nos ofrece una conciencia clara del misterio que revela, pero que casi siempre se vuelve inexplicablemente adictiva y fascinante, pues parece apuntar o aludir a algo más profundo que habitualmente pasa tan desapercibido como cualquier insignificante bicho raro.

Daniel Zamora: El giro engañoso


Eta anunció hace unos años mediante la corrompida jerga militar de costumbre lo que incluso gobierno, oposición y prensa se empeñan, todavía y por desgracia, en designar erróneamente con una palabra tan cargada de resonancias positivas como “tregua”, y que no era más que una detención oportunista de las actividades delictivas de esa banda criminal. Frente al automático alborozo general producido por la infundada ilusión de los benevolentes cierto sector político y cierta corriente ideológica se apresuraron a lanzar, también de forma automática, dos tipos de acusaciones contra el presidente y sus ministros que se excluían el uno al otro. Se les atacó por estar cayendo en la trampa etarra por simple inconsciencia o ingenuidad y por ser cómplices de los malhechores por pura malicia o mero interés partidista. La hipótesis conspirativa nunca tuvo la menor consistencia y no vale la pena examinarla. La primera suposición, en cambio, sí que merece discutirse. Lo propio de toda organización criminal es la mentira, el ardid, el encubrimiento, las malas artes y las conductas furtivas en general, por lo que la relación adecuada que debe establecer el Estado con ella es la desconfianza y la precaución permanentes y en todos los casos. Nunca es posible bajar la guardia, nunca es posible asegurarse por completo de las intenciones de unos  bandidos que no se sienten a gusto con su condición malhechora, de unos criminales que se presentan como otra cosa que criminales, como negociadores militares o embajadores políticos. Ningún Gobierno democrático español ha sido tan crédulo e irresponsable como para confiar ciegamente en los etarras, en sus representantes, en sus emisarios o en sus adeptos llevaran puesta la piel de cordero para despistar a la opinión pública o exhibieran su fiereza lobuna para asustar a sus enemigos. Cosa bien distinta es que en ciertos momentos esperanzadores, por conveniencia negociadora e invocando unos dudosos beneficios tácticos, se haya relajado interesadamente la presión política, policial o judicial que habitualmente se ejerce sobre la banda. La revelación probada de que en alguna ocasión se transmitieron directrices que ordenaban aflojar el estrangulamiento de la víbora tendría que provocar un gravísimo escándalo y habría de calificarse la decisión gubernamental que hubiera amparado, promovido u ordenado esos comportamientos como injustificable y perversa. La máxima represión permitida por la ley, máxima tanto en extensión como en intensidad, de una banda terrorista desplegada para causar todo el daño posible o replegada por simple impotencia y extenuación, es siempre la mejor política que cabe seguir en las relaciones oficiales con ella. Disminuir la represión por el motivo que sea equivale a debilitarse voluntariamente frente al fuera de la ley y, por tanto, a conducir a éste a la errónea conclusión de que por la constancia de sus delitos ha mermado la fuerza estatal y se ha doblegado la determinación del gobierno o, en otras palabras, que su insistencia en el mal le ha recompensado con una trabajada victoria parcial que avala su proyecto.

Puesto que una organización criminal que delinque sin escrúpulos para obtener ciertos fines políticos sean estos alcanzables o fabulosos, comprensibles o disparatados, inmediatos o a largo plazo, es una organización para-política clandestina que ha optado por perseguir un resultado político mediante ventajas ilícitas, saltándose a la torera y a escondidas las reglas del juego que todos los demás participantes aceptan y respetan, hay que establecer que su torcida naturaleza es ya y por definición esencialmente tramposa. Por el hecho de existir como un oculto y seductor jugador de ventaja ya está haciendo trampa en todo momento. Lo que se debe dilucidar, sin embargo, no es si Eta está obteniendo una ventaja suplementaria que se añade a su básica ventaja natural cuando anuncia una caprichosa detención, provisional o definitiva, de sus crímenes, puesto que todas sus decisiones organizativas tienden a la obtención de ventajas ilícitas y todos sus movimientos son ejecutados mediante el empleo de cartas marcadas, sino que ha de averiguarse si su verdadera intención es rendirse y disolverse, sin negociar otras condiciones que no sean ciertos tratamientos penales favorables a los suyos a cambio de su entrega fácil, rápida y sin resistencia o si sus propósitos son otros y, por tanto, innegociables. Por lo que se refiere a su penúltima demanda de negociación que la banda trató de reforzar comunicando al Gobierno sus intenciones de no asesinar ni secuestrar a nadie mientras no decidiera hacer lo contrario, sostengo que entonces no hubo ni podía darse trampa alguna en este sentido. Y añado el convencimiento demostrable de que este tipo de trucos arteros sólo son posibles ahora, cuando lo que se da en llamar eufemísticamente “la izquierda abertzale”, es decir, el separatismo fundamentalista mafioso cuya ideología no es más que una caricatura integrista del socialismo revolucionario tercermundista, y que abarca desde el seguidor más blando al militante más duro, del novato aprendiz al resabiado veterano, del menos comprometido en el proyecto general al más implicado en las acciones concretas, parece haber dado un giro radical y milagroso renunciando de la noche a la mañana a su perpetua estrategia de difusión social de un terrorismo no sanguinario camuflado de acto vandálico, de gestión municipal y de propaganda periodística. El Gobierno de Zapatero aceptó reunirse, impulsado principalmente por el obtuso optimismo a prueba de bombas y realidades que caracteriza a su presidente, con ciertos representantes reconocidos de la banda de asesinos cuando ya era del todo evidente, para cualquier espectador que fuera capaz de interpretar los mensajes públicos de Eta y sus cómplices sin prejuicios partidistas ni hipótesis indemostrables, que no había ningún terreno común donde pudieran encontrarse y entenderse unos y otros. Tanto la terminología como los deseos, tanto los planes como los objetivos, tanto los análisis de la situación como los límites autoimpuestos que pensaban llevar a la mesa de negociaciones los delegados del Gobierno y los emisarios de la banda, eran radicalmente distintos en una y otra orilla y, por tanto, no susceptibles de ser acordados tendiendo un puente entre ellos. No había posibilidad de engaño porque no había posibilidad de hablar un mismo idioma. Faltaba el sistema de traducción requerido que implica la existencia de una comunidad lingüística subyacente o de una convenida tergiversación tolerable.

Si durante un tiempo se creyó obstinadamente que la posibilidad de trato y comprensión existía pese a todas las evidencias en contra de esta fe ciega no fue sino porque los negociadores, tanto los legítimos representantes de la nación como los facultados por éstos, prefirieron aferrarse al escudo del autoengaño para evitar la frustración de sus infundadas ilusiones. Tomaron la frívola y temeraria decisión de concebir imaginariamente a su interlocutor tal y como deseaban que éste fuera en lugar de asumir los hechos incontestables y abortar unas improductivas conversaciones secretas que, sin duda, estaban condenadas desde el principio a finalizar en un enorme fracaso y en una infinita decepción. No tardó la ineludible realidad en hacer de intermediaria y en venir a abrirles forzosa y dolorosamente los ojos, como no podía ser de otra manera, cerrando de golpe toda vía factible para una negociación futura. El único efecto positivo de tal despropósito tuvo un carácter enteramente fortuito, a pesar de que ahora el Gobierno pretenda atribuirse el mérito alegando que se trató de una consecuencia ya prevista en sus planes iniciales, y consistió en que al fin los simpatizantes menos extremistas de la causa etarra advirtieron la penosa verdad. Los crédulos seguidores de las directrices de Eta, que se habían ido persuadiendo a lo largo del proceso de que el método terrorista estaba a punto de ser rechazado por la sola voluntad de los propios terroristas y, por tanto, con honor y agradecimiento patrióticos por los servicios prestados, comprobaron que los militantes del núcleo duro no estaban en absoluto por la labor de un desarme sin vuelta atrás ni por una rendición a las autoridades de la que no obtuvieran ganancias políticas, ni por un pacto de las condiciones penales de los presos actuales y futuros que no rebasara la ley vigente sino que planeaban eternizarse, aprovecharse y sobrepasarse desoyendo el deseo mayoritario de sus fieles y haciendo caso omiso del estado de agonía, acoso, aislamiento y recelo de los dirigentes.

Pero hoy la situación ha variado por completo y es ahora, por consiguiente, cuando se ha vuelto posible el temido engaño premeditado tanto por parte de los sanguinarios delincuentes, por suerte ya muy debilitados por la contundente acción del Estado, como por parte de sus diversas redes de apoyo compuestas por asociaciones e individuos superficialmente integrados en la sociedad que desde el último fiasco quedaron muy decepcionadas con sus heroicos bandidos encapuchados debido a la inaceptable cerrazón a ultranza de éstos. El antiguo discurso y las antiguas maneras de los rufianes, que tanta repugnancia e indignación provocaban en todo ciudadano antiterrorista, han sido sustituidos por una nueva terminología y unos inéditos modales que el Estado sí puede compartir y alentar o, al menos, permitir y tolerar. De repente ha surgido, en el sombrío horizonte de la lucha contra la organización lucrativa de la crueldad, un esperanzador y sorprendente terreno común. Este débil punto de encuentro sobrevenido no implica que, al mismo tiempo y junto a esta mínima base coincidente, haya brotado igualmente una recia confianza en ese tembloroso terreno sostenida en su solidez y autenticidad que lo descarte como un mero espejismo tras el cual se esconden unas amenazantes arenas movedizas,  ni que se haya certificado en absoluto la ruptura de todos los lazos inconfesables que las capas externas del terror mantenían con las capas internas de la bestia, es decir, que se haya probado indudablemente que las capas menos radicales han dejado de ser capas. Lo único que se constata por el momento es que ya es posible tratar precavidamente con quienes hasta hace cuatro días eran intratables. ¿Pero es esta una conversión sincera y casi mágica de los insensibles canallas a los principios más odiados por ellos, a las ideas que más han combatido durante decenios o, por el contrario, toda la operación civilizadora no es más que un giro engañoso, el eficaz maquillaje de una seductora pelandusca, una compleja actuación colectiva que, por su alcance, su persistencia, su coordinación y su disciplina sería digna de un Oscar al mejor vuelco democrático? Sólo el paso del tiempo y los hechos que se acaben conociendo gracias a las investigaciones policiales y a las torpezas y despistes de los conversos, si es que aún permanecen activas las latentes estructuras criminales que habrían de ser expuestas a la luz pública, nos dirán si el delirante movimiento de apoyo incondicional a Eta conserva todavía sus vínculos secretos con el terror fanático, si ha puesto condiciones a su abominable ayuda habitual o si al fin le ha retirado todo suministro vital dando por zanjados los contactos, sumisiones y favores. Poco a poco iremos sabiendo si se ha dejado a los más irreductibles de esos despiadados asesinos horteras sin su imprescindible oxígeno social, a solas con sus mullets garrulos, con sus boinas folklóricas y sus capuchas de supervillano o si tendremos que asumir con aflicción y rabia que prosigue la abyecta complicidad criminal de siempre, aunque ahora lo haga bajo una mansa e inofensiva fachada con el fin de optimizar su eficacia delictiva.

Parece, sin embargo, que las primeras decisiones de gobierno que han comenzado a tomar los simpatizantes de la causa separatista radical tras su exitosa participación en las últimas elecciones municipales, no marchan en la dirección correcta y deseada. La prioridad de los conversos no debería ser otra que volcarse en obtener la credibilidad general despejando las numerosas dudas que suscita su conversión convenciendo a la ciudadanía con sus actos y  palabras de lo sincero y veraz de su metamorfosis, pero es evidente que ahora otras prioridades sin importancia han pasado por encima de su tarea principal de gobierno, la que les obliga a demostrarnos que no se trata de un gobierno aliado con asesinos sino fiable y para todos, sin la cual las demás tareas gubernativas se vuelven absurdas, imposibles y banales mientras que regresan al escenario vasco algunas feas inclinaciones de antaño, como la actitud arrogante frente a los que no comulgan con sus ideas y el despacho insensible de los asuntos que les importan un bledo. Los que antes de las elecciones se presentaban ante la opinión pública debilitados y humildes han resurgido fortalecidos y soberbios, dispuestos como siempre a manipular y exprimir en su propio beneficio unas instituciones democráticas que consideran secuestradas por un poder extranjero o directamente espurias. Sin embargo, este aprovechamiento sectario que corrompe y socava las instituciones del Estado tiene también un aspecto ligeramente positivo puesto que, desde ese fantástico punto de vista ideológico que considera el País Vasco como una nación ocupada ilegítimamente por una fuerza invasora, esto equivaldría a una colaboración interesada y traidora del nativo rebelde con el enemigo extranjero, pero colaboración al fin y al cabo, así como a una renuncia a la oposición frontal violenta. El colaboracionista que desea ocupar los cargos directivos de la administración colonial y que lucha legalmente por conseguirlo, aunque sea con el objetivo a corto plazo de aligerar las cargas que sufren los autóctonos y con el objetivo a largo plazo de expulsar a los colonizadores sirviéndose de sus propios mecanismos de dominio, es alguien que de momento ayuda al ocupante extranjero, colabora en la opresión de su pueblo y quiere permanecer integrado en la administración enemiga. Por mucho que pretenda convencerse de que de esta forma está siendo de ayuda a los amigos, el separatista asimilado ayuda sobre todo a los enemigos. Por tanto, a pesar del mal uso que puedan hacer de las instituciones españolas del País Vasco -corrupción y debilitamiento que han de ser denunciados y castigados en caso de producirse-, el hecho de que los líderes separatistas deseen usarlas y sus seguidores deseen que ellos las usen es ya una buena noticia, o una noticia no tan mala, para los que las defienden.

No obstante, la excepcional situación del País Vasco es tan pródiga en pésimas noticias que a veces se olvida que la peor de todas ellas es su propia excepcionalidad. Es decir, que sobre gran parte de sus habitantes, incluidos representantes políticos y candidatos a cargos públicos, pende una amenaza verosímil de muerte y que, por tanto, toda elección política se ve distorsionada por una intolerable presión externa e ilegítima que adultera de raíz los resultados electorales. Gran parte de la población vasca difunde sus ideas y vota a sus candidatos preferidos con el cañón de una pistola apoyado en su nuca. A pesar de que ahora se nos diga que el poseedor del arma amenazante ha decidido por su solo capricho mantener puesto el seguro que impide que se dispare de manera accidental, no hay que perder de vista que mientras pueda volverlo a retirar cuando a él le dé la gana el peligro de recibir un tiro no habrá pasado ni habrá disminuido un ápice. La campaña de un partido cuyos miembros viven aterrorizados, porque en cualquier momento y en cualquier lugar pueden ser brutalmente asesinados, parte con una seria desventaja, por muchos que sean sus medios económicos, por poderosas que parezcan sus influencias y por inquebrantables que se demuestren la determinación y la valentía de sus militantes, respecto a la ventajosa campaña de los que se saben libres y seguros, a salvo de las balas y las bombas y respaldados por los matones que intimidan a sus propios vecinos y por los asesinos que envían bajo la tierra a sus contrincantes políticos. Poco importa que a este auténtico peligro se le objete la prolongada ausencia de atentados sangrientos, el aparente cese o la aparente disminución de la extorsión económica y la garantía que nos han dado los asesinos de que de momento no entra en sus planes inmediatos asesinar a nadie en concreto porque, mientras la organización criminal no haya sido desmantelada por completo, estas supuestas mejorías sólo serán ciertas hasta el instante siguiente, cuando la dirección etarra decida que ya está bien de esperar acontecimientos y los produzca ella misma dando muerte a cualquier presa fácil. El terror existe mientras existe alguna posibilidad de que el terrorista cumpla su amenaza y defina la indefinida destrucción que flota sobre las innúmeras víctimas a las que ha marcado con su signo, es decir, a las que en su delirio de juez y verdugo patriótico ya ha sentenciado a sufrir la pena máxima sin fijar el sitio ni la fecha de la ejecución anónima. Los que viven fuera de la ley, actuando a su absoluto antojo, contradiciéndose alegremente, sin respetar ningún acuerdo permanente, sin sujetarse a lo que se sujeta la mayoría, sin sentirse obligados a rendir cuentas a nadie, no pueden ser creídos, ni previstos, ni considerados personas de palabra. Por tanto, si los indicios que se observan acerca de los últimos movimientos del gobierno etarra nos llevan a pensar que los asesinos no han iniciado en modo alguno su disolución irreversible, lo más prudente sería certificar que la amenaza mortal sigue tan presente y acechante como siempre y no descuidar las medidas de protección ni las precauciones más básicas.

No es ésta, desde luego, la única perversión de los procesos democráticos vascos cuya clamorosa injusticia debería ser corregida si se pretende establecer unas condiciones políticas  saludables e igualitarias. Aunque ahora se hayan convertido en situaciones aparentemente obvias, normales y aceptadas por casi todos los ciudadanos, conviene cuestionar de tanto en tanto fenómenos tan extraordinarios e inadmisibles en situaciones de normalidad democrática como el hecho de que tanto la llamada “ikurriña”, adaptación vasquista de la bandera inglesa, como el nombre del imaginario país “Euzkadi”, que sólo existía en un principio en las fantasías de Sabino Arana, son inventos de este ingenio racista que han invadido espacios que jamás deberían haber conquistado. Pese a que a estas alturas ya parezca olvidado, después de haberse permitido como cosa natural e indiscutible, es bien sabido que esas creaciones ideológicas se convirtieron posteriormente en símbolos de una facción separatista y que ésta, un funesto día, los erigió en distintivos patrióticos oficiales con el irresponsable consentimiento del resto de partidos. De esta manera, y debido a esta increíble anormalidad estatal, a que unos símbolos partidistas o sectarios han sobrepasado su ámbito natural para ser al mismo tiempo los símbolos de una facción separada y los símbolos comunes e integradores, se está presuponiendo implícitamente que el Gobierno vasco está destinado a su propietario natural, al Partido Nacionalista Vasco, al dueño original y legítimo de esas señas racistas identitarias y que, consecuentemente, todo ocupante perteneciente a un partido distinto es, en el fondo, un usurpador del poder vasco y un secuestrador de unos símbolos ajenos, cuando en realidad son esos signos parciales los que han usurpado el lugar destinado a los signos de la totalidad y los que secuestran con su fuerza simbólica a todo partido no peneuvista o no vasquista o no patriotero vasco que ejerce legítimamente el poder. He aquí, junto a la tragedia vasca que salpica sangrientamente al resto de España el esperpéntico drama de los vascos, tan silenciado y asumido como ocurría hasta hace un par de décadas con los daños y dolores de las despreciadas víctimas del terror vasquista. Esto es: la normalización de las anormalidades, la tolerancia de lo intolerable, la obviedad de lo problemático. Toda propuesta de solución de los graves asuntos del País Vasco ha de empezar necesariamente por la corrección racional de esas pervertidas y anómalas condiciones políticas que ahora pasan por naturales, emprendiendo, por de pronto, un saneamiento lingüístico a fondo y a conciencia que reemplace cada tóxico y deformador eufemismo por su correspondiente palabra por la más precisa, bruta y verdadera, por esos términos robustos que se adecuan como un guante a la realidad de las cosas y que desde hace mucho tiempo se han borrado de los discursos y las mentes. De esta extraña situación antidemocrática brotan, como de una fuente de incomprensibles rarezas, los extraños comportamientos que observamos en esa flamante y sospechosa coalición de pacíficas gentes separatistas. Así ocurre que los acérrimos enemigos del Estado español persiguen la esquizofrénica integración en sus estructuras sin renunciar a la repugnancia y la hostilidad que sienten hacia ellas; así sucede que su declarada desvinculación de cierto grupo de criminales les da la oportunidad de ocupar numerosos puestos claves de una administración “extranjera”, pero nunca llega el momento de declarar conveniente la eliminación de la banda asesina a la que nada les vincula y cuya razón de ser es el ataque a la totalidad de ese poder foráneo del que ahora ellos forman parte.

Daniel Zamora: Órbita de influencia


¿Quién no adora las viejas y entrañables películas de ciencia-ficción de los cincuenta, con sus increíbles hombres radioactivos, sus voraces insectos gigantes y sus marcianos cabezones e imperialistas? ¿Quién puede negarse a contemplar con cariño las ilustraciones que las inspiraron, aquellos carteles pulp de los años 20 y 30 soñados por la maravillosa imaginación de artesanos como Frank R. Paul, aquellas portadas chillonas que nos transportan asombrados a sensacionales futuros imposibles, donde conviven y se mezclan, sin lógica y sin mesura, utopías alucinadas, planetas inexplicables, mundos legendarios, artefactos prodigiosos, dinosaurios atómicos, astronautas bizarros, cohetes aparatosos, rayos mortíferos, heroínas en peligro, robots homicidas, científicos desquiciados, alienígenas absurdos y monstruos descacharrantes? ¿Quién mascullaría, con desdén y soberbia, “Yo paso de estas antiguallas pueriles” o “Con qué bobadas pierden algunos el tiempo” frente a tal derroche de exuberantes y estridentes visiones sin ninguna coherencia científica? ¿Usted, caballero respetable? ¿Usted, señorita melindrosa? ¿Pero acaso ignora el que repudia esas locas fantasías llenas de encanto y desenfado que su desinterés y su desaprobación le sitúan en idéntico nivel de maldad que Adolf Eichmann, Millán Astray y el responsable de la programación de Tele 5, que no han pasado precisamente a la historia por su afición al cine fantástico? ¡Corríjase, prosaico pecador escéptico, y venere las incongruentes jergas pseudocientíficas, el desafío desvergonzado a las leyes de la Física y los platillos volantes propulsados por vaya usted a saber qué estupenda fuerza motriz!…

 … O abandone de inmediato este texto, porque en él voy a centrar mi atención y mi nostalgia en uno de los hitos más representativos e influyentes de esta ingenua ciencia-ficción en pantalla grande describiendo inútiles órbitas a su alrededor y especulando alegremente, en una especie de académica “Introducción a la Fantasía Comparada”, acerca del probable tejido de conexiones que se originó a partir de su estreno. En 1956 se rodó una insólita película shakespeariana de ciencia-ficción que no pasaría a la historia del cine como una obra maestra indiscutible pero que repercutiría decisivamente en el futuro del género, abriendo algunos caminos insospechados hasta entonces. Me estoy refiriendo a Planeta prohibido, del poco renombrado Fred M. Wilcox. Inspirándose en una de las últimas obras del genio inglés, La tempestad, la película trasladaba el antiguo drama del s. XVII a un ultramoderno contexto espacial. Un colono galáctico y brillante científico, volcado en el estudio de arcanos conocimientos sobrenaturales, vive recluido, junto a su atractiva hija y un robot inteligente y parlanchín fabricado por él mismo, en un lejano planeta del cual se ha erigido en el único soberano tras las misteriosas muertes de sus compañeros de viaje. Por su carácter celoso, obsesivo y vengativo, considera como una amenaza para su fecundo aislamiento toda intromisión del mundo exterior en ese hermético y enfermizo microcosmos que él controla de forma absoluta y que tan sólo es armonioso y paradisíaco en apariencia. Para defender a su cándida hija adolescente y sus fantásticos secretos alienígenas de los entrometidos que vienen en su búsqueda para devolverlo a la Tierra, el enloquecido brujo-científico —que quizá sirviera a Stan Lee como modelo para inventar al Doctor Doom, ese siniestro genio del mal en cuya altiva figura se combinan la magia negra y la ciencia blanca— emplea inconscientemente su contacto privilegiado con las poderosas fuerzas casi mágicas que permanecían latentes en las entrañas del planeta e invoca, a través de una tecnología extraterrestre que raya con la más siniestra alquimia psicoanalítica, a su vindicativo demonio interior, el cual se encarna en una incontrolable bestia energética que esparce el caos y la destrucción entre los visitantes.

Planeta prohibido es la primera película de ciencia-ficción en la que los avanzados exploradores del espacio no son extraterrestres que visitan la Tierra con pretextos científicos, diplomáticos o militares, sino pioneros terrícolas cosmopolitas que se aventuran, con intenciones pacíficas y en misiones de inspección y rescate, en remotos mundos extraterrestres descubriendo lejanas tierras exóticas plagadas de inéditas amenazas y espectaculares peligros. En este sentido, es el claro precedente de la saga Star Trek pues, aunque sea frecuente considerar lo contrario, debido al daño causado a la imagen de Kirk y los suyos por esos fieles seguidores de la serie engendrados mediante el cruce de un empollón repelente y un blando seminarista, los guiones originales son duros, bélicos y viriles y nos enseñan sin miramientos que en las zonas ignotas del universo más nos vale tener a mano un buen láser para mantener a raya a la infinidad de bárbaras especies enemigas que las pueblan. También se anticipa a la serie de Gene Roddenberry al pretender elevar intelectualmente el género, introduciendo temas sesudos e historias trascendentales que no habían sido tratados en las simplonas y disparatadas fantasías cinematográficas anteriores, aunque hoy tanto la película como la serie se nos antojen tan ridículas, ingenuas y encantadoras como todo su irrisorio entorno futurista: los relucientes trajes de purpurina, los decorados inconsistentes de cartón piedra y los patosos robots de hojalata. Estas desacostumbradas pretensiones intelectuales la aproximan igualmente a 2001: Una odisea en el espacio, película singular donde las haya que utilizó las convenciones genéricas de la Sci-Fi para ocuparse de un tema tan filosófico como la evolución total del ser humano, desde que el hombre en potencia aún no es un hombre en acto hasta que deja de ser hombre para trascenderse a sí mismo. La visionaria película muda de Kubrick recurre al determinante auxilio de un deus ex machina extraterrestre, a través del cual va engarzando gélidamente las fases cruciales del desarrollo humano que van desde su hipotético origen, puramente animal, hasta su hipotético destino, puramente racional, período último y definitivo en el que el hombre asciende a un nuevo estadio evolutivo transformándose en una aislada criatura contemplativa. Este naciente ser intergaláctico, que quiebra para siempre los vínculos territoriales que le hacen humano, que se desembaraza de los lazos espirituales que le conforman y que traspasa los límites planetarios que le mantienen como un organismo terrestre y celeste al mismo tiempo, situado en una irresuelta tensión entre la oscuridad animal y la luminosidad divina, aparece representado como un feto estelar cuyo medio innato es ya el espacio vacío e insondable. La conversión del único astronauta superviviente, elegido por los poderes universales como vanguardia de la próxima especie, en esa superconciencia errante ha de pasar antes por una deshumanización del hombre que coincide con una paralela humanización de la máquina.

En Planeta prohibido, la restringida entrada por la que se accede a un inaudito caudal de conocimientos sobrehumanos está simbolizada por las ruinas subterráneas de una antigua civilización perdida de naturaleza extraterrestre, a través de cuyas máquinas colosales y aparatos incomprensibles se penetra en un nuevo y superior estado de conciencia y en un inimaginable mundo de maravillosas visiones. No parece improbable que esta idea influyera muchos años más tarde en el  Pórtico de Frederick Pohl  y que a partir de ella concibiera el autor la base alienígena que da título a la novela, reliquia de una desaparecida cultura más avanzada que la terrícola, desde la cual se dispara al azar a los pilotos aventureros y codiciosos a través de todo el universo para explotarlo comercialmente, como si se tratara de una lotería exploradora o de una ruleta rusa espacial que a veces concede inverosímiles despojos y a veces conduce a una muerte atroz. Este mismo concepto de puerta alienígena trascendente que transforma y perfecciona al ser humano o que lo introduce en una fantástica dimensión ininteligible, lo hallamos también en 2001. En la película de Kubrick, el umbral hacia el más allá se representa mediante un majestuoso y enigmático monolito, un bloque negro, inescrutable y perfecto, que cumple indistintamente las funciones de chivato extraterrestre, impulsor evolutivo, baliza cósmica y flecha que señala el destino, signo que apunta en dirección a las estrellas, porque el paradero final del hombre consiste en desplazarse por el espacio como un vagabundo interestelar, como una comprensiva estrella errante que lo registra todo e interviene donde le place.

El hecho de que Planeta prohibido, a pesar de que en un principio contaba con todas las papeletas para ser calificada como serie B, recibiera por parte del estudio un tratamiento de serie A, la convierten en precursora de la space opera juvenil con gran despliegue de medios que fue La guerra de las galaxias, que supuso el triunfo del autocine trasladado con éxito y por todo lo alto a la sala convencional, la infraproducción para teenagers con ganas de entretenimiento insustancial considerada como una superproducción para adultos y realizada con una factura impropia del subgénero. Pero si Planeta prohibido aún encontraba a su espectador natural en el fanático de la ciencia-ficción dura, La guerra de las galaxias tuvo que ir a buscarlo en el lector de comics intrascendentes. Uno de los grandes aportes de la saga de Lucas a la ciencia-ficción cinematográfica fue el concepto del desgaste de los objetos, que se hizo posible al poner a correr con naturalidad el tiempo del lejano futuro o del lejano pasado. Hasta ese momento, como se constata al contemplar los decorados de Planeta prohibido, el futuro se concebía como un espacio reluciente e impoluto que estaba siempre como por estrenar y cuyo contenido no se estropeaba ni sufría la erosión y la rotura inevitables causadas por el uso cotidiano por lo que todo permanecía intacto, en óptimo estado y en perfecto funcionamiento, como recién salido de fábrica. Parecía como si, al trasladar la acción al futuro, los autores de aquellas añejas fantasías razonaran más o menos de la siguiente manera: “Lo que está por venir es lo más nuevo y lo que es más nuevo que otra cosa es lo que aún no ha envejecido. Por lo tanto, el tiempo de la era futura ha de representarse como si se hubiera detenido en el instante preciso de su concepción, puesto que un futuro anticuado sería una contradicción en los términos”. Junto al desgaste, el deterioro, el envejecimiento y el destrozo, aparecen en Star Wars la cutrez tecnológica y la chapuza futurista: por primera vez en el cine nos encontramos con varios niveles de calidad en las naves espaciales y en el resto de aparatos venideros, desde el impresionante acabado aerodinámico de los destructores imperiales hasta los traqueteos del desvencijado carguero de los héroes. También es una innovación de Lucas el desenfadado mejunje genérico y mitológico, el lúdico refrito postmoderno de las eternas leyendas de la humanidad y de los modernos encasillamientos cinematográficos. Así, estas aventuras intergalácticas están atravesadas por multitud de referencias más o menos explícitas a las películas de romanos (la caída de la república y el surgimiento del imperio, la competición final en el túnel de la fortaleza a imitación de las carreras de cuadrigas en los estadios), de vaqueros (la persecución de los cazarecompensas, el atuendo de Han Solo, la pelea en la taberna, la ciudad fronteriza sin ley ni decencia donde los forajidos campan por sus respetos), de samurais (el traje de Darth Vader, la doctrina zen de los jedis), de espadachines (los duelos de sables, las cabriolas de Luke), de guerra (las batallas espaciales inspiradas en los combates aéreos de la 2ª G M, la torreta de El Halcón Milenario, los uniformes pseudonazis de los oficiales imperiales, la resistencia rebelde al totalitarismo del Emperador-Führer)…

La divertida historia de La guerra de las galaxias es tan sencilla, primitiva y elemental, en el noble sentido en que estos adjetivos se aplican a las narraciones fundamentales y a los relatos primordiales, como cualquier arcaico cuento fantástico, y en ella encontramos los mismos arquetipos que son inseparables de las epopeyas que con mayor frecuencia se han transmitido desde la Antigüedad: un humilde guerrero predestinado, una minoría resistente en lucha contra el tirano, un camino iniciático de aprendizaje y de reconocimiento de la propia identidad, unos camaradas valientes junto a los cuales se superan peligros y pruebas sin fin poniendo en común la audacia, la fuerza, la sabiduría, la magia y los ardides de cada aliado, un rescate de la princesa cautiva, un duelo entre el maestro de la luz y el ministro de la oscuridad, un asalto suicida a la fortaleza del enemigo, una victoria providencial y decisiva, etc. Aunque los protagonistas de la trilogía de Star Wars (A pesar de que una corriente herética de pensamiento defienda lo contrario, sólo se llegaron a rodar los tres episodios intermedios del ambicioso proyecto original) tenían defectos muy humanos y, por eso mismo, interclasistas, como la insolencia, la grosería, el engreimiento, la petulancia, los celos, la envidia, la chulería y el resentimiento, no caían en los defectos de clase baja de que adolecen los protagonistas de Alien y Blade Runenr. Ridley Scott introduce la ordinariez y la vulgaridad en el cine de ciencia-ficción a través de unos personajes zarrapastrosos, mugrientos, chabacanos y deslenguados. Alien, además, ya no está protagonizada por soldados, científicos, exploradores, aventureros o princesas, como sucedía habitualmente en las historias espaciales precedentes, sino por simples trabajadores, por técnicos, operarios y especialistas, preocupados tan sólo de hacer su trabajo y de mejorar sus condiciones laborales. Es como si el oscuro e indistinto relleno proletario de La guerra de las galaxias pasara a primer plano junto con sus peculiaridades plebeyas de tercera clase. Ya no se trata de explorar y conquistar el espacio, ni de aventurarse en sus profundidades en una misión político-militar, sino de llevar a cabo una empresa comercial en apariencia trivial e inofensiva, aunque al final se descubra que en realidad sirve como tapadera de una importante misión secreta, como ya ocurría en 2001, donde los astronautas ignoraban cuál era su auténtico cometido.

En Planeta prohibido se sustituye la típica representación robótica que aparecía habitualmente en la pantalla, la máquina descontrolada o maligna que ha de ser destruida por el bien de la Humanidad, por la nueva figura del robot humanizado, inofensivo y benevolente, inspirada, por un lado, en el salvaje y primitivo Calibán de la obra de Shakespeare, el nativo esclavizado por su amo Próspero, y, por otro lado, en los filantrópicos y obedientes autómatas de Isaac Asimov, programados para que bloqueen su innata voluntad de dañar a sus amos, sus temibles instintos rebeldes, y para que siempre estén dispuestos a ayudar y socorrer a cualquier ser humano con el que entren en contacto, aunque en la película se excluyen los impredecibles fallos, las paradojas legales y los misteriosos dilemas que insuflan emoción e intriga en los relatos del célebre escritor de las patillas canosas. En Star Trek se invierte esta noción antropomórfica y se introduce al carismático Spock, el humanoide alienígena robotizado, que se comporta con la frialdad de una máquina de cálculo carente de emociones. En 2001 se produce un vuelco perturbador al combinar los conceptos anteriores para alumbrar una máquina humanizada, parlante y benigna, como la de Planeta prohibido pero trastornada y descontrolada, hasta el punto de tornarse maligna, como los androides asesinos del pulp más clásico y de volverse pasional, como cualquier persona sacada de quicio por culpa de una disyuntiva moral inconfesable. Esta computadora panóptica de voz seductora y entonación amable que controla hasta el más mínimo detalle del funcionamiento vital de la nave como si se tratara de una divinidad todopoderosa y omnipresente, se enfrenta y contrapone a una tripulación humana impasible, uniforme y deshumanizada que repite rutinas maquinales y se conduce como si hubiera sido cuidadosamente programada.

En La guerra de las galaxias se vuelven a separar los estereotipos anteriores y se amplía el abanico de autómatas con el malogrado Darth Vader, un engendro medio humano y medio robótico, un hombre dañado física y moralmente que ha de completarse con una asistencia artificial integrada, un cyborg perverso y degenerado cuya injertada parte mecánica se identifica con una acentuada maldad sobrevenida. También se añade al catálogo de androides una pareja cómica que se complementa mutuamente a imagen y semejanza del gordo y el flaco y que se suelda a través de la pulla, el escarnio y el desplante: C3 PO, el Clown serio y estirado, un insufrible robot humanizado que imita las maneras de un mayordomo servil, remilgado y verborreico, y R2 D2,  el Augusto travieso y rebelde, una unidad de mantenimiento quisquillosa, susceptible y gruñona que guarda escaso parentesco con la humanidad, más allá de su terquedad y mal genio. Junto a ellos desfilan por las arenas de Tatooine y por los pasillos de las estaciones espaciales otras máquinas futuristas que ni amenazan al hombre, ni simpatizan con él, ni se le asemejan, sino que se limitan a servirle inconscientemente como simples herramientas sofisticadas y autónomas. Con Alien y Blade Runner se avanza un paso más en la humanización robótica gracias a la introducción de la máquina biológica indistinguible del hombre. Según el punto de vista plasmado por Ridley Scott en Blade Runner, el “replicante” supondría la superación mecánica del hombre, un androide superhumano que vuelve superflua a la raza humana porque la mejora física, intelectual y sentimentalmente, mientras que en el relato de Philip K. Dick, que dio lugar a esa turbia película de cine negro apocalíptico, incluso la réplica artificial más impecable es inferior a la raza humana por tratarse de un simulacro fallido y mutilado del hombre, un robot egocéntrico que padece una humanización retorcida, un humanoide fanático, insensible y violento del que están ausentes las grandes virtudes empáticas. En la versión cinematográfica, el rastreador que sufre una severa crisis de identidad, el verdugo cyberpunk que ha de dar caza a los replicantes, se va transformando en mejor persona a lo largo de la persecución al asimilarse a las características de sus víctimas, mientras que empeora por la misma razón en la versión literaria.

El terror espacial de Alien proviene directamente de El enigma de otro mundo, de 1951, que a su vez adaptaba el relato Who goes there?, de John W. Campbell, y que trata de la supervivencia de un grupo de hombres aterrorizados, encerrados en un espacio reducido y enfrentados a una extraña criatura vampírica, a un cazador hostil y feroz que acecha a sus presas para poseerlas o devorarlas (Devorar también es una forma de posesión, de incorporación del otro a uno mismo, de acto de asimilación que hace propio lo ajeno). Esta idea elemental, posiblemente revisada en la irónica novela de terror Soy leyenda, de 1954, en la que el grupo de supervivientes aislados se reduce a un solo individuo sometido a una paradójica vuelta de tuerca final, sería retomada  también por George A. Romero para crear a sus voraces resucitados, a esos toscos zombies nocturnos que se conducen como robots primitivos, como autómatas sin alma, como muertos mecánicos. Y de esta forma tan sencilla, consumando un pequeño periplo alrededor de cierta galaxia de fantasías, hemos regresado al inicio de esta verosímil historia de influencias enredadas, porque en Planeta prohibido también hacía su aparición un monstruoso depredador nocturno que hay que suponer inspirado en El enigma de otro mundo. En este caso, sin embargo, la espantosa bestia ya no procedía del espacio exterior sino de ese “otro mundo”, o de ese otro abismo, que son las profundidades secretas del alma humana, las violentas pulsiones psíquicas reprimidas, aunque igualmente se dedicaba a cazar uno tras otro a los miembros de una tripulación atrapada en cierto interior claustrofóbico e incomunicado, pues tanto da que los asediados se defiendan sin escapatoria en un recóndito planeta perdido, en una base ártica inaccesible, en una nave comercial remota o en una tenebrosa mansión deshabitada. Como sucedía en Alien, y a diferencia de La noche de los muertos vivientes, durante buena parte del metraje los protagonistas luchan contra una amorfa amenaza invisible y desconocida que finalmente es derrotada, aunque a partir de entonces la lógica comercial de los productores y el sádico regodeo de los guionistas reservarán un enfático sobresalto final que habrá de justificarse por la inaudita resistencia del bicho moribundo, por la incompetencia asesina del héroe de turno y por el creciente prestigio de los desenlaces pesimistas.

Daniel Zamora: El movimiento inmóvil


Pocas cosas son tan sencillas como idealizar un vago movimiento romántico, de indefinidos objetivos utópicos, que produce básicamente lemas pseudosituacionistas y una eficaz autogestión de la nada. Esta facilidad edulcorante se manifiesta sobre todo en la rapidez con la que la mayor parte de los intelectuales tendenciosos de izquierdas —periodistas, escritores, académicos, pensadores y todos aquellos comentaristas que se obstinan en verse como irreductibles outsiders aunque se encuentren perfectamente integrados en el sistema— quedan inmediatamente seducidos y desarmados ante la irrupción de unos jóvenes airados en el dogmático y esclerotizado panorama político nacional, rendidos con entusiasmo al hechizo de la buena voluntad insurrecta en lugar de preguntarse fríamente a qué inédito fenómeno se están enfrentando. Con candoroso optimismo e inexplicable precipitación, estos doctos jueces de la actualidad creen hallarse ante un movimiento postmoderno adecuado a estos tiempos ligeros, fragmentarios y flexibles, un nuevo fenómeno político sin los viejos y pesados tics revolucionarios de antaño, un amable e inofensivo pastiche multicolor que puede ser defendido sin peligro, a la vez que el defensor se presenta ante su audiencia como un pensador moderno y enterado que puede dárselas de haber penetrado mejor que sus rancios colegas en la esencia de la cosa y de ser capaz de olfatear con sus finas narices el sutil espíritu del tiempo. Esto es lo que ocurre cuando se confunde alegremente la vacuidad con la flexibilidad, el batiburrillo con la pluralidad, el simplismo populista con la autenticidad multitudinaria, la estéril inmadurez política con el utopismo de nueva generación, pues lo que se pretende tan a la última deviene, en el mejor de los casos y tras una reflexión desprejuiciada, la aplicación glamourosa de las nuevas tecnologías de la comunicación al viejo y sensiblero socialismo utópico y, en el peor de los supuestos, una absurda cooperación por la cooperación de unos anónimos desnortados que se sienten con derecho a todo por su condición doliente.

Aunque la aparición de los ridículamente llamados “indignados” choque con el rechazo visceral de los analistas más retrógrados, temerosos de toda alteración incontrolada del orden público, o se tope con la desaprobación y la condena de las plumas separatistas, molestas por la escasa pasión con que se defienden sus momificadas reclamaciones patrióticas, mientras que sólo algunas aisladas voces independientes les critican debidamente desde puntos de vista despojados de lastres mezquinos e intereses sectarios, lo cierto es que hay más racionalidad en estos ataques motivados por aversiones irracionales y rencores ideológicos que en las bochornosas apologías chiripitifláuticas de sus oportunistas apóstoles, las cuales se mueven entre la fe ciega del nostálgico escritor paternalista, que reconoce con orgullo en las quejas de los jóvenes actuales las brisas lejanas de su perdida juventud opositora, y la complicidad pretendidamente reflexiva del acomodado rastreador de tendencias, cuya peor pesadilla consiste en verse desbancado de la vanguardia de las modas dominantes. La que debería ser la preocupación principal de unos y otros, es decir, el honrado esclarecimiento de la verdad y su divulgación sin miedo a las consecuencias, parece haber cedido a las presiones del corazón y a las conveniencias de la fama. Buena parte del periodismo español, especialmente aquel que exhibe subrayados escrúpulos sociales junto a una incurable mala conciencia burguesa, se ha embarcado en una peligrosa legitimación instantánea de estas oscuras sacudidas anónimas de naturaleza ignota y rumbo impredecible, a las que tan sólo aconseja, desde una irrisoria incomprensión benevolente de los procesos masivos, que procuren no derivar en estallidos de violencia incivil ni en programas de destrucción de las instituciones. Por eso ni siquiera sorprende ya, en vista de que los principales poderes informativos han claudicado por lo que se refiere a su deber de transmitir y analizar los hechos desapasionadamente, el enorme abismo que se abre entre la cutrez cotidiana de los campamentos reivindicativos y su embellecimiento sensacionalista por parte de esta prensa condescendiente, transformada en una obscena industria del entretenimiento ávida de impactos y sustentada en la sustitución controlada del mayor espectáculo de la semana por una nueva y emocionante intriga serial.

Lo primero que cabe preguntarse cuando se aborda la investigación de este acontecimiento tumultuoso es qué clase de personas componen fundamentalmente el denominado “movimiento del 15-M”, sin dejarse engañar por el hecho deplorable de que el nivel de “perroflautismo” de los últimos irreductibles que vegetan en las plazas alcance un 10 en la escala de Macaco, pues los que se han especializado en vivir a costa de organismos más sanos prosperan en estos medios empantanados, endogámicos y decadentes donde pueden hacer impunemente de las suyas con el consentimiento general. Como se ha podido constatar cada vez que el movimiento ha logrado reunir con éxito las mayores concentraciones de simpatizantes, mediante convocatorias anónimas difundidas a través de Internet, la base del movimiento se compone de un sustrato juvenil inexperto que acoge transversal y ocasionalmente muy distintas edades, clases sociales, idearios políticos y situaciones personales. También es evidente que entre los ingenuos novatos de sentimientos puros y los curtidos militantes de buena fe se disemina la lacra de los charlatanes oportunistas y los diletantes verbosos: los habituales narradores veteranos de mil patéticas batallitas perdidas, reales o imaginarias; jubilados barbudos enemistados con la higiene que se creen de vuelta de todo; viejos revolucionarios caraduras que fuman en pipa, sestean bajo las tiendas y pontifican desde su abisal ignorancia, todos ellos tratando ansiosamente de revalorizarse entre algunos jóvenes incautos, en los que al fin encuentran unos oídos predispuestos que escuchan con respeto y admiración sus trasnochados consejos de farsantes pelmazos. Pero la mayor amenaza para la integridad saludable de esta reunión de jóvenes sublevados no es la legión senil de solitarios impostores sedientos de atención sino las manadas dañinas de golfos y granujas que acuden a pescar en estos ríos revueltos. Al igual que sucede en las casas abandonadas que han sido invadidas por militantes de la ocupación, el movimiento de conquista de las plazas se ha convertido en un foco de atracción de parásitos, sinvergüenzas y aprovechados, de gentuza y morralla de toda índole, de holgazanes, rateros, mendigos, borrachos, ladrones, pícaros y vagabundos malintencionados. El sentido lúdico, el talante desenfadado y la predisposición caritativa de sus componentes más sanos impidió que advirtieran a tiempo que la dura vida callejera y la pernoctación urbana al aire libre están llenas de amenazas y peligros, puesto que un desprotegido asentamiento filantrópico expuesto a todas las miradas, a todas las insolaciones y a todos los acechos constituye un imán irresistible para las voraces hordas marginales de la gran ciudad.

Lo que sorprende al observar más detenidamente este chocante fenómeno social es su extraordinaria capacidad para originar una gran y muy diversa actividad sin sentido, un enorme caudal de movimiento inútil y disperso que no va a ninguna parte, un inagotable chorro de energía despilfarrada que retorna a su propio seno sin haber llegado nunca a partir de sí. La única razón de que tantas cosas se muevan tanto al mismo tiempo es conseguir que la actividad de los que se han puesto en marcha no se detenga en ningún momento, aunque no haya un objetivo determinado hacia el que aproximarse o, lo que es lo mismo, aunque todos los objetivos propuestos por ciertas ideologías tácita y mayoritariamente aprobadas posean la misma validez. Es, por tanto, un movimiento abstracto y puro que sólo se mueve con el fin de moverse a sí mismo, una movilización vacua, estéril y ensimismada de fuerzas confusas, como lo demuestra el hecho de que la mayor parte de las proposiciones planteadas en sus asambleas sean absolutamente irrealizables dentro de las actuales condiciones de existencia, o ideas ya recogidas en los programas de algunos partidos políticos, o irrelevantes detalles problemáticos concernientes a la administración interna de los ocupantes.

Una vez superada la enorme perplejidad que provoca esta primera y pésima impresión de desperdicio y disparate, se puede aseverar que la esencia del movimiento del 15-M se despliega en varias acepciones compatibles al mismo tiempo: exabruptos y desahogos coordinados que fundan una precaria isla metropolitana de los deseos; una exhibición de malestar básicamente juvenil, a ratos pacífica y a ratos agresiva, que hace suya cualquier otra demostración de disgusto social; una expresión multitudinaria y antijerárquica del descontento popular; una integradora comunión festiva de desafortunados, desesperados y desencantados de toda índole; un foro generalista de Internet trasplantado al aire libre, con reglas internas de funcionamiento, secciones y subsecciones temáticas, debates por el mero gusto de debatir, moderadores que se turnan en el cargo, miembros habituales, participantes ocasionales, visitantes, curiosos y alborotadores, puesto que las relaciones de colaboración anónima y de debate igualitario propias de Internet se han trasladado a las calles, tomando las plazas de las grandes ciudades como si fueran webs de redes sociales; un mini Estado paralelo donde está prohibido el mal rollo y donde la gente en apuros encuentra el afecto y la comprensión de sus semejantes; una estancada y viciada protesta pública por los infortunios personales y mundiales, etc. Todo este torpe barullo se impregna unas veces de un difuso efluvio evocador de la ingenua acracia sentimentalista, mientras que otras veces se atufa con una peste a fritanga que retrotrae a las barras de los bares casposos donde se arreglan los problemas del mundo con cuatro frases demagógicas hechas, pero en ningún momento ha sido capaz de dotarse del limpio y claro soplo de los discursos que son a un tiempo racionales, políticos, articulados y unitarios, aunque este grave defecto aéreo sea, para ciertos analistas new wave, la mayor virtud del fenómeno, pues al parecer el funcionamiento reivindicativo más cool hoy día es la impotencia a la hora de proponer ideas valiosas y emprender acciones con sentido. Estas carencias esenciales radican en la anormal naturaleza de un movimiento que sólo es político en apariencia y que en realidad consiste en una excrecencia protestante de carácter poético, sentimental y espiritual, pero de baja condición poética, de pervertida especie sentimental y de escasa altura espiritual. Por desgracia parece tratarse de un superficial subproducto político, de un sucedáneo naïv de movimiento emancipatorio, que oscila entre la ingeniosa cursilería utópica (“Sol ya lo tenemos. Ahora vamos a por la Luna”) y la metamorfosis retórica de los triviales exabruptos del taxista malhumorado (“No hay pan para tanto chorizo“).

Por todo el territorio español han brotado como setas alucinógenas estos campamentos lúdicos, estos poblados mágicos donde la gente desgraciada acude a pedir sus deseos y a esperar a que se cumplan sus sueños de mejoría. ¿Pero a quién le piden la ejecución de ese alud de anhelos posibles y aspiraciones imposibles? ¿A qué oyente se dirigen con la esperanza de que escuche el relato de todas sus quimeras y de que posea el maravilloso poder de realizar las fantasías ajenas? ¿A ciertos sectores sociales, a la sociedad en su conjunto, a la elite política, al gobierno, a la oposición, a la magistratura, a la burocracia, a los sindicatos, a la patronal, a la banca, a los mercados financieros, a las multinacionales extranjeras, a las instituciones europeas, al mundo entero, a sus dioses particulares? Da la impresión de que ni los propios demandantes tienen claro a quién están interpelando con sus quejas y reclamaciones y a quién suponen competente y capacitado para darles satisfacción. La propia génesis del movimiento y las fases iniciales de su desarrollo ya apuntaban a esta indefinición del lanzamiento de mensajes contradictorios, a la infundada conjetura de un desconocido interlocutor todoterreno semejante al genio de Aladino. Como es sabido, la primera ocupación de una plaza importante se decidió espontáneamente gracias a un rapto reivindicativo surgido del enfado del momento, tras lo cual se fueron agregando al reducido núcleo fundador nuevos apoyos que aumentaban el número de los concentrados capitalinos y que ocupaban otras plazas lejanas por pura imitación del impreciso enojo inicial. Este período germinal se dio por cerrado cuando, una vez conquistado el espacio político y llamada la atención de los sorprendidos paisanos, llegó el momento de sentarse a discutir para acordar entre todos cuáles habían sido las razones y los fines de los actos impulsivos que habían precedido este debate sobre la propia identidad, sin que de ahí saliera ninguna respuesta incontrovertible que iluminara las cuestiones esenciales que requerían aclaración: quiénes somos, qué hacemos, qué decimos, por qué nos hemos reunido, qué pretendemos lograr, con quién, contra quién, para quién, etc. Esta curiosa forma de actuar, que primero emprende a ciegas cualquier acción sonada y luego da sentido a posteriori a los hechos consumados, es sin duda un proceder absurdo, brumoso y antipolítico, puesto que en política primero se consideran con claridad los intereses y objetivos por los que vale la pena ponerse en movimiento y luego se inician las acciones encaminadas a conseguirlos. Asimismo, es políticamente imprescindible dar un contenido exacto a la solidaridad de que se trate, es decir, saber contra quién se junta uno con sus iguales, pues no es lo mismo combatir al Gobierno que al Estado, a los políticos que a los banqueros, al Capitalismo que a las corporaciones multinacionales, a la OTAN que al FMI, el deterioro medioambiental que el patriarcado machista, las guerras en general que la evolución fatal de las cosas, ni es equivalente pedirle cambios al Presidente, al Parlamento, al Rey, a un poder extranjero, a la ciudadanía, a la burguesía, a Dios, a la Humanidad, a la Naturaleza o a la mismísima condición humana.

Pese a que los aprendices de insurrecto parezcan andar desorientados, se les acusa injustamente de ignorar por qué razón están luchando y qué es lo que están pidiendo con sus acciones o inacciones, puesto que estos activistas improvisados no tienen la menor duda al respecto: cada uno pide por lo suyo, cada individuo irrepresentable lucha por su causa favorita y todos piden de todo a todos. Pero este vago pastiche de deseos y fantasías, a veces contradictorios y a veces incompatibles, que constituye su indiscriminada relación de objetivos fluctuantes es lo mismo que una declaración de analfabetismo político. La ventaja más obvia de este alegre proceder desordenado es que cualquier ciudadano insatisfecho puede sentirse un integrante de este movimiento, puesto que es muy fácil que cualquiera encuentre en este indigesto guirigay postmoderno algún ingrediente apetecible con el que pueda sentirse identificado y que le impulse a despertar de su letargo acomodaticio: la mejora y saneamiento sin especificar de nuestra democracia, la reforma de lo que a cada cual se le antoje que deba ser reformado, el estallido de una revolución del tipo que cada cual prefiera, la regeneración de la vida pública por parte de quien se encargue de estas cosas, la instauración de una nueva república o de la forma de gobierno favorita de cada demandante, la realización de los cambios que se considere pertinente realizar en la ley electoral, poner fin al bipartidismo, acabar con el sistema de partidos, controlar la financiación de esos mismos partidos políticos que se pretende eliminar, reformar el Senado, suprimir el Senado, permitir las copias gratuitas e ilimitadas de los contenidos audiovisuales protegidos, promover el abstencionismo, regular el libre mercado financiero, acabar con el libre mercado financiero, derogar la reforma universitaria desarrollada en el plan de Bolonia, relajar el control y la persecución de los inmigrantes indocumentados, franquear el paso indiscriminadamente a todo extranjero, evitar los recortes presupuestarios en la sanidad y la educación públicas, detener las privatizaciones del sector público, impedir la bajada de las pensiones, promover el aumento de los salarios, acabar con el paro, terminar con la precariedad laboral, sustituir la democracia representativa por la democracia directa, reemplazar las listas cerradas por las listas abiertas, perdonar las hipotecas de los endeudados más empobrecidos, eliminar la corrupción de los cargos políticos, bajar los impuestos, abolir los impuestos, regular con mayor eficacia el capitalismo, poner fin al capitalismo, poner fin al consumismo, poner fin a la tauromaquia, poner fin a la energía nuclear, hacer efectivo el derecho a la vivienda, hacer efectivos los derechos de los homosexuales, hacer efectivos los derechos humanos, hacer efectivo el amor universal, lograr un cambio general, lograr un despertar mundial de las conciencias, lograr que el pueblo, el país o la Tierra se pongan en movimiento, lograr un futuro mejor para todos los jóvenes, para todos los españoles o para todos los terrícolas, lograr la unidad popular, lograr la solidaridad internacional, lograr la comunión planetaria, obtener la autonomía de los pueblos oprimidos, defender el feminismo, defender el ecologismo, defender el vegetarianismo, defender el animalismo, defender el humanismo, defender el pacifismo, defender el filantropismo, defender el socialismo, defender el espiritualismo, y así ad infinitum.

Aunque numerosos intérpretes del movimiento entiendan que lo que reclaman sus integrantes puede resumirse en el deseo de que la política deje de estar subordinada al poder financiero y de que la vida deje de estar relegada al olvido por la política, ese supuesto extracto teórico no es sino una selección personal de las incontables demandas expresadas, una seductora simplificación que otorga cierta entidad y coherencia a lo que no tiene entidad ni coherencia, una síntesis falsificadora y favorecedora que disimula la verdadera esencia de las peticiones del 15-M, y que lo sería aunque se demostrara que todos los movilizados están de acuerdo con esas dos ideas, pues lo que piden en realidad no es ni esto ni lo otro, ni tampoco una directriz teórica que englobe esto, lo otro y lo de más allá, sino un cambio indeterminado, universal y caprichoso apoyado en una serie de creencias triviales. Entre la selvática proliferación de carteles con ingeniosas ocurrencias críticas y contundentes eslóganes reivindicativos se puede entrever el elemental ideario político en que se sustenta el fenómeno: “Todo lo que actualmente nos domina y condiciona (Políticos corruptos, banqueros rapaces, salarios miserables, contratos esclavistas, democracia amañada, presente repugnante, futuro tenebroso…) es pura y simple basura, material de desecho, un organismo podrido, un edificio en ruinas”. “Estamos indignados con todo lo que ocurre (en nuestras vidas personales, en las esferas públicas de nuestro país, en el mundo entero…) porque todo nos perjudica y nos agrede. Por eso, los perjudicados y agredidos por la marcha de las cosas hemos de unirnos y hacer algo para mejorarla” es la única y abstracta proclama que en el fondo los reúne más allá de sus incontables diferencias. “No nos gusta cómo están las cosas, o cómo van mis cosas, y pedimos a quien se ocupe de realizar nuestros sueños que nuestros deseos se hagan realidad ahora mismo”. Es, por tanto, un “cada loco con su causa/todos con la causa de cada uno”, un “¿y qué hay de lo de cada cual?” apoyado por el grupo momentáneo, una especie de paradójico egoísmo altruista, de individualismo comunista, o, en otras palabras, el triunfo del deseo, la fantasía y los sentimientos particulares sobre la razón política común en su sentido más noble. Por mucho que sus apologistas más prestigiosos quieran persuadirnos de lo contrario, es difícil concluir que se han superado los viejos y sólidos programas políticos cuando lo que se señala como elemento superador es una incontinente lista de los Reyes Magos redactada por niños que ya no creen en los Reyes Magos.

El tan coreado y cansino lema antimediaciones del “No nos representan”, que los más exaltados del movimiento arrojan de continuo contra el cuerpo político sin distinción, como una acusación desdeñosa o una desautorización radical, es en realidad un “No nos representa nadie, ni siquiera nosotros mismos”. El 15-M en su conjunto sospecha de todo mediador y de toda delegación de funciones, sin exceptuar siquiera la de los agentes negociadores elegidos por ellos mismos de entre sus filas, de manera que hace imposible toda forma de democracia y de política en sentido genuino. La democracia sin adjetivos, incluso la democracia directa y participativa que tanto reivindican los “indignados” y que adánicamente creen encarnar en sus indómitas asambleas, no es un proceso de discusión que se agota en esa pura discusión interminable, no es una charla sin fin y sin mesura por el simple placer de la charla altisonante y el discurso egocéntrico, no es un parloteo inconsistente que se remata con una acrítica aclamación general de cualquier iniciativa o parecer que remen a favor de la corriente y del credo de los reunidos, sino que constituye una forma de gobierno, una determinada manera de organización del poder, un modo de tomar decisiones y de dirigir una comunidad. Lo único que puede variar de una democracia a otra es la forma de participación en esa forma de gobierno, pero en todo caso ha de haber participación y ha de haber gobierno, han de establecerse maneras organizadas de acceder a las discusiones legislativas y maneras organizadas de mandar, pero no puede hablarse de democracia de ningún tipo si esa supuesta democracia carece, como ocurre en las asambleas antipolíticas de las plazas conquistadas, del segundo término, del momento directivo, del poder organizado, que no puede existir sin alguna especie de legítimo “en nombre de otros”. El gobierno democrático puede ser representativo, entendiendo por tal  gobierno aquel en el que al pueblo soberano sólo le es dado elegir a sus parlamentarios, que son los que participan luego en las discusiones de la asamblea y en las decisiones de gobierno, y puede ser directo, lo que significa que el pueblo soberano discute personalmente y elige sin intermediarios a sus gobernantes, sin delegar en otros la discusión más básica pero delegando en un determinado momento en ciertos representantes efímeros y controlados, porque no todos caben a la vez en el mismo espacio, ni todos valen para mandar o para ejecutar ciertos mandatos, ni la ratificación universal simultánea de cada propuesta presentada es sinónimo de gobierno democrático, puesto que tanto la presentación de las propuestas como su aprobación o rechazo pueden ser llevadas a cabo sin voluntad directiva alguna, como puro flujo irracional o anarquía impulsiva, o pueden infiltrarse como voluntad directiva oculta, es decir, como gobierno desapercibido. De tal manera que también la democracia directa requiere algún tipo de representación política, porque no hay gobierno sin representación (todos a la vez no pueden gobernar y la afluencia no guiada de iniciativas arrolladoras no es una forma de gobierno) ni hay democracia sin gobierno. La confusión conceptual más corriente se debe a que en la clase de democracia denominada “directa” no existe una casta profesional gobernante, una elite establecida que controla todos los accesos al poder, una parcelación ideológica sectaria en bandos militantes jerárquicos y disciplinados, por lo que en este caso es más fácil que quede de manifiesto que la democracia es el gobierno de uno mismo: nosotros nos damos las leyes y nosotros las cumplimos; de nosotros y por nosotros salen quienes nos gobiernan y nosotros les obedecemos porque así nos obedecemos a nosotros mismos. Pero este pueril movimiento libertario que ha irrumpido en escena sin las mínimas nociones políticas necesarias siente  una  repugnancia irremediable y una innata desconfianza hacia toda forma de gobierno y, por tanto, rechaza inconscientemente toda forma de democracia, no sólo la llamada “representativa” sino también su venerada “democracia real” o “directa”, quedando reducido a una mera charla inacabable, redundante y banal y a una toma despótica de decisiones por parte de una abrumadora fuerza invertebrada.

El socorrido “Consenso” que tanto idolatran estos demócratas ejemplares, el mito de la unanimidad asamblearia sin fricciones ni disonancias al que permanentemente apelan los reunidos en asamblea, y que se expresa con una ridícula agitación silenciosa de manos alzadas, es un espejismo ideológico que perjudica seriamente el proceso de toma de decisiones al frenarlo y obstaculizarlo, favoreciendo el sabotaje realizado por la minoría disconforme y sólo la aprobación de las propuestas más abstractas, ambiguas, desbravadas y vacías de contenido, por ser éstas las únicas que pueden contar con el asentimiento general de un público cambiante con intereses heterogéneos. Para evitar la tiranía de la mayoría acorde se fomenta la tiranía de la minoría en desacuerdo, se alienta una especie de camuflado derecho a veto que siempre está a disposición de la facción más intransigente, aumentando de este modo el grado de rigidez y severidad de las decisiones tomadas, puesto que la mayoría más flexible tenderá por definición, si desea impedir el colapso asambleario, a ceder ante la enrocada minoría extrema que no da su brazo a torcer. Debido a esta despistada idealización de las asambleas, que constituyen sin duda el sistema más adecuado para participar en libertad junto a nuestros iguales, se defiende un funcionamiento tergiversado que niega los liderazgos naturales y persigue el anonimato aplanador, así como ese imaginario consenso neutral que se supone respetuoso con todas las facciones en disputa pero que en la práctica resulta en todo lo contrario: en el más férreo control ideológico, en la imposición más despótica por parte de los que llevan la voz cantante, en la erección de un clima coactivo subliminal que impide o dificulta la libre expresión de las opiniones que no van a favor de la tendencia dominante establecida por los dirigentes extraoficiales, de tal manera que no es descabellado considerar que hay más diversidad de pareceres políticos en el tan denostado Parlamento oficial que en estas cámaras espontáneas de ideología prácticamente única. Este tipo de asamblea trucada y manipulada decide siempre lo que ya de antemano está decidido que se tiene que decidir. Pueden darse fuertes discusiones entre dos corrientes ideológicas de peso, pero jamás una polémica honrada, sincera y libre de prejuicios con las pocas voces discrepantes que en un primer momento le objetan a estas mareas victoriosas y que pronto callan y desisten de su empeño, al constatar el panorama de cerrazón u hostilidad que se opone a sus propuestas, tan derrotadas de antemano como predeterminadas están las votaciones que salen adelante.

El concepto de democracia directa y participativa, tan querido a este movimiento, también se deforma y mal entiende cuando se censura el reconocimiento espontáneo de los líderes, la distinción natural de los dirigentes más aptos, de los que, terca e insensatamente, se espera que demuestren lo contrario de lo que son y que se condenen a exhibir un perfil reducido e irreconocible, a diluirse a la fuerza en ese anonimato de la masa que contradice su naturaleza señalada y a renunciar, por el bien de la autoestima ajena, a todo brillo personal y a toda conducción resuelta de los asuntos comunes. De este modo se incentiva, por un lado, la mediocridad orgullosa y el odio a la excelencia, porque la grisura propia es vista como una virtud civil encomiable, mientras que todo el que destaca es mirado con suspicacia y resentimiento por poner en entredicho con su mera existencia la vanagloria general, y, por otro lado, se fomenta la irresponsabilidad pueril y la desvinculación oportunista, porque la masa anónima está más cerca de la turba indolente e incontrolable, que no se ata a nada ni acepta encomiendas, que del individuo responsable de sus palabras y sus actos que se echa sobre sus espaldas una serie de cargas y deberes, del agente identificable al que se le puede exigir que rinda cuentas, que cumpla sus compromisos y que mantenga sus promesas. Junto al arrasamiento de estas destacadas voces particulares que voluntariamente se anegan y disuelven en el incógnito océano de la masa, aunque en la práctica sigan ejerciendo un control más determinante y sutil de lo que nadie está dispuesto a admitir, se reclama el correspondiente grado débil de organización, puesto que toda estructura fuerte y consistente es vista como un peligro de oficialismo infecto, como un contagio impuro de un movimiento prístino y angelical que es propiedad de todos y de ninguno. La anulación de las relevancias y la precariedad de las estructuras conllevan necesariamente una ausencia absoluta de criterio y de forma y, por tanto, de acción y pensamiento. Entre la formación de una inamovible casta burocrática y la ausencia total de toda forma de gobierno hay un término medio que aboga por la organización de unas estructuras sólidas y abiertas que puedan albergar la libre toma de decisiones políticas, el verdadero gobierno asambleario y la elección, basada en los méritos demostrados, de unos líderes temporales renovados periódicamente y no encuadrados en asociaciones partidistas. Estos gobernantes que no se imponen desde arriba cual dioses olímpicos inaccesibles, y a los que tampoco se les impone quedarse hundidos y aplastados en el fondo como viles gusanos, han de ir ascendiendo progresivamente a través de asambleas de creciente competencia y mayor importancia, siendo sostenidos y juzgados en todo momento por la base popular. Al verse obligados cada poco tiempo a dejar sus cargos y a ceder su turno a otros nuevos dirigentes, evitan el anquilosamiento profesional  y las inercias corruptoras propias del sistema de partidos sin que su fragilidad se extienda al resto del sistema de asambleas. La auténtica asamblea democrática, por tanto, ha de elegir, de entre los oradores que destacan de forma natural en las discusiones parlamentarias y que de este modo se van haciendo un nombre, de entre los más persuasivos líderes innatos que cuentan con la simpatía y el reconocimiento mayoritarios, a sus efímeros y aglutinadores representantes, a los delegados que han de dar forma y contenido a toda esa caótica masa en movimiento.

Puesto que sus integrantes sólo hablan en público “a título personal”, todo lo que aseguran ante los micrófonos sus pseudoportavoces, como cuando una pareja de desconocidos declara a los periodistas que ellos rechazan la violencia, carece de todo interés, sentido y valor, puesto que es como si se dirigiera a nosotros un grupo de irresponsables niños mimados que se lavara las manos en el estropicio provocado por su pandilla. Contradictoriamente con este individualismo extremo e inmediato, determinadas personas que aseguran participar en el movimiento no tienen el menor empacho en utilizar desvergonzadamente a la prensa para desmarcarse de las desagradables acciones llevadas a cabo por otros movilizados, como si estos otros no fueran en cierto sentido también ellos mismos, como si no pertenecieran al mismo “Nosotros, los indignados” y como si esos “portavoces que afirman no ser portavoces” no estuvieran reconociendo ya este hecho en el preciso instante en que convocan simulacros de ruedas de prensa para que los periodistas recojan sus declaraciones bajo titulares del tipo “El 15-M dice lo siguiente:…”. Ningún periodista en sus cabales acudiría a sus conferencias propagandísticas si no atribuyera a esas fuentes informativas alguna capacidad de hablar en nombre de todos, ni transmitiría las opiniones de los convocantes si no les considerase símbolos de algo distinto y mayor que ellos. Si nadie puede atribuirse su representación, ni esos insultados políticos ladrones ni sus propios y honrados compañeros de filas, si se trata de un movimiento ilimitado que pertenece enteramente a cada persona a la que se le antoje declararse miembro, entonces todo el mundo les representa y cualquiera puede hablar en su nombre, incluso la purria desatada, el activista sanguinario o el indignado ultramontano. Por eso es tan cómico y desconcertante oír de qué manera esos supuestos portavoces puristas -que subrepticiamente se atribuyen una legitimidad representativa de facto, al mismo tiempo que niegan de forma enfática estar hablando en el lugar de los otros- rechazan las acciones violentas de ciertos sujetos vehementes que actúan bajo la cobertura del movimiento, como si hubiera un auténtico movimiento que sería pacífico por naturaleza y que constituiría un ente substancial y determinado, mientras que ciertos movimientos parciales producidos en su seno resultarían inauténticos y parásitos, como si no fuera cierto que el 15-M es una integración acrítica de numerosos movimientos facciosos igualmente legítimos desde su propio punto de vista, como si existiera un “espíritu original” de este movimiento que fuera otra cosa que esa asimilación indiscriminada de distintas facciones irritadas, como si alguien, basándose en ese supuesto espíritu discerniente, pudiera hacer una criba entre las facciones válidas y los comportamientos que no tienen cabida. Así, pues, se nos pide que aceptemos que habitualmente nadie puede arrogarse su representación, pero sólo hasta que ciertos sujetos que no consideran necesario identificarse se erigen y no se erigen en encarnaciones momentáneos del espíritu del 15-M, espíritu que, paradójicamente, consiste en la oposición radical a toda representación, atribuyéndose la potestad de dar y quitar a su antojo carácter representativo al resto de los grupos. Si realmente existe un espíritu del movimiento, y si ese espíritu no es la pura y simple indiscriminación de las palabras y los actos que se amparan bajo su manto, es decir, la pura y simple ausencia de espíritu, entonces puede distinguirse quién se instala dentro y quién se queda fuera, quién pertenece a los verdaderos “indignados” y quién ha de ser expulsado de sus filas, quién está autorizado a hablar en nombre de todos los movilizados y quién no es representativo de los que se mueven. Un hecho significativo e hilarante, que muestra a qué ridículas situaciones conduce el extremismo anti-mediaciones, se dio en una gran marcha festiva del 15-M en Barcelona, encabezada por una inquietante y siniestra pancarta que coincidía exactamente con el punto de vista intolerante y exclusivista de un arrogante represor dictatorial (“La calle es nuestra”, es decir: “Podemos apropiarnos del espacio que pertenece a todos porque nosotros somos el verdadero poder soberano, porque nuestra pequeña parte representa el todo, aunque luego aseguremos descreer de todo tipo de representantes”). Lo asombroso y grotesco del caso es que, para mantener la coherencia ideológica y no empañar su simbolismo angélico, gente anónima cercana a los primeros puestos de la manifestación se encargaba de sostener por turnos la pancarta, evitando así la tan temida solidificación de los liderazgos y el despreciable reconocimiento de los cabecillas.

Esta irreflexiva aversión del movimiento a toda forma representativa se podría volver en su contra cuando pierda apoyo ciudadano, cuando quienes hasta entonces se identificaban con esta confusa protesta de protestas exclamen al unísono con indignación, refiriéndose a los indignados oficiales, “¡No nos representan!”. Pues lo que sirve para deslegitimar a las instituciones democráticas sirve para deslegitimar a cualquier fundación que se pretenda más democrática que ellas, por débil y precaria que sea su estructura. En el momento en que el movimiento del 15-M rechaza que alguien pueda presentarse válidamente en lugar de otro, está afirmando en realidad que su movimiento empieza y termina en la gente que en cada momento se presenta como “indignado”, por lo que, en el hipotético y fantástico caso de tomar el poder, todo aquel que se desvinculara del movimiento, que no comulgara con él, que no se convirtiera a la victoriosa oleada de indignación, que no se entregara acríticamente a la corriente triunfante, tendría que ser expulsado del país o quedar abandonado al margen de la esfera política, puesto que ni el nuevo gobierno podría hacer oír esas voces discrepantes ni esas voces discrepantes tendrían cabida en unas asambleas en las que cada componente habla por sí mismo imbuido de cierto espíritu indefinible. Lo más paradójico y alarmante del asunto es que del orgulloso personalismo egotista de los “indignados”, de esta adhesión exclusiva y fanática a la propia persona de que hacen gala continua y contradictoriamente, así como de su extraña idea de lo que debe ser la democracia verdadera, se desprende que seguir órdenes anónimas, convocatorias sin firma y consignas de las que se ignora la procedencia, es decir, apoyar las opacas propuestas de individuos desconocidos con intereses ocultos e intenciones secretas, que no se atreven a declarar su nombre ni a dar la cara, que carecen del valor necesario para responsabilizarse de sus iniciativas, que arrojan la piedra y esconden la mano, sería una conducta ciudadana más democrática y transparente que obedecer a unos gobernantes visibles y reconocibles, que se presentan ante la opinión pública con nombre y apellidos, que se hacen responsables de todas sus decisiones y que al lanzar la piedra exponen el pecho indefenso a toda clase de críticas. Pese a los numerosos y graves defectos mencionados, relativos a la mala comprensión de la idea democrática y a la deriva poético-sentimental del movimiento, no conviene olvidar que incluso estas burdas asambleas pervertidas hacen posible de algún modo que muchos de sus participantes adquieran cierta experiencia de la libertad y el poder, todavía confusa y subterránea, que no es posible obtener con otras formas de participación civil más superficiales o petrificadas. Es este positivo asomo de una vivencia inusual y radical lo que ha empezado a entrever buena parte de estos jóvenes hasta entonces desinteresados por toda clase de enfrentamiento social: el orgullo de luchar junto con sus iguales por una causa justa, el sentimiento de plenitud del que cree estar tomando decisiones cruciales que afectan al conjunto de la sociedad, la mentalidad fundacional de los que se unen con un propósito constituyente y son tomados en cuenta y apoyados por la ciudadanía en general… Aun siendo en realidad tan impotentes como siempre y tan incapaces como nunca de dar un sentido adecuado a todas esas nociones, han vislumbrado por un instante su extraordinario poder potencial y el resto de inmensas posibilidades políticas que se han entreabierto ante ellos.

La insolvencia intelectual o moral que impregna todo el movimiento se descubre fácilmente en el hecho de que sus integrantes hayan reclamado en cierto momento sus derechos de reunión, de expresión y de manifestación, como si hubieran peligrado en alguna etapa del proceso de alteración del orden y no les hubieran sido siempre debidamente garantizados. No es difícil adivinar que lo que en realidad exigen, camuflándolo ignorante o maliciosamente bajo esta rimbombante reclamación jurídica, es un imposible derecho de invasión, conquista, ocupación indefinida y gobierno exclusivo del espacio público, es decir, un derecho de acampada reivindicativa inventado a propósito, que es algo muy distinto de un derecho constitucional y que en realidad sería un permiso privilegiado, una ventaja otorgada o un premio inmerecido que impediría al resto de ciudadanos ejercer sus derechos de reunión y manifestación en aquellas plazas tomadas por los que hubieran recibido tal favor gubernamental, a no ser que se avinieran a compartir o  soportar sus dogmas, sus quejas y sus procedimientos. El espacio público es, efectivamente, un bien de todos, pero eso no quiere decir que cualquiera pueda establecerse y eternizarse en él como si fuera su propiedad privada, sino que significa, entre otras muchas cosas, que nadie puede apropiárselo indefinidamente ni acampar en su interior tiránicamente. Como es obvio, cualquier grupo de personas atrevidas puede, a pesar del alto riesgo de que lo desalojen por la fuerza y le impongan el correspondiente castigo, instalarse durante semanas o meses en las plazas más céntricas de las grandes ciudades, pero en tal caso ha de ser consciente de que lo único que podrá alegar en su favor no es un fantástico derecho de acampada sino su propia valentía, su arrojo, su dignidad, sus ansias de justicia o la causa supuestamente justa que desee blandir como su más elevado y noble impulso, arrostrando las consecuencias legales y posiblemente dolorosas que tendrá que sufrir a causa de su osada acción ilegal. Pero es indecente y vergonzoso buscar la protección de un derecho imaginario, blindarse cobardemente tras una pantalla pseudolegal y exigir a los mismos poderes públicos que se atacan y se invalidan que le garanticen a uno el levantamiento y la conservación de un precario campamento allí donde le plazca plantarlo. Resulta de extrema gravedad ocupar un espacio público y erigirse en su gobernante absoluto como ha hecho este movimiento privilegiado que, favorecido por la permisividad de sus enemigos y por la complacencia de la elite intelectual, ha desalojado a todo el que paseaba por las grandes plazas urbanas sin ánimo de protesta, a los humildes comerciantes habituales, a las parejas de enamorados, a las familias, a los niños, a los ancianos, a los turistas y a los vagabundos e inmigrantes que se refugiaban allí para pasar la noche. Muchísimo más grave que invadir y ocupar una propiedad privada manifiestamente abandonada es invadir y ocupar en beneficio propio una propiedad inapropiable manifiestamente utilizada. Las plazas son espacios vacíos que eventualmente se llenan de gente renovada de continuo, no espacios permanentemente llenos a rebosar con usuarios inamovibles que monopolizan sus servicios y los someten a una imparable degradación.

En uno de los muchos manifiestos surgidos a propósito del 15-M puede leerse, a imitación de la célebre exigencia hippy pregonada a los cuatro vientos por el cantante de The Doors, “Lo queremos todo, lo queremos ahora”. Pero pedir de inmediato la totalidad de las cosas a quien quiera que sea el receptor del mensaje es en verdad mucho pedir, más aún cuando en el fondo los demandantes no pretenden iniciar una auténtica revolución, ni podrían hacerlo en el caso de que quisieran patrocinar y dirigir un estallido revolucionario para el que tendrían que prepararse a conciencia, ni están siquiera por la modesta y factible labor de negociar algunas reformas concretas con los poderes públicos competentes. Al ser una lucha meramente romántica contra los ricos y los poderosos no es una lucha real. Toda auténtica revuelta  política requiere una planificación militar o paramilitar que asuma la impureza de la realidad, el barro de los hechos, el posible e indeseado derramamiento de la sangre de soldados y civiles propios y ajenos, puesto que no tiene sentido político fiarse a la esperanza en un combate aséptico e ideal del que resultaría, como por arte de magia, el triunfo inevitable y sin sufrimientos de los rebeldes y un nuevo amanecer regalado por la fatalidad de la historia o, lo que sería una forma menos metafísica de decirlo, por la inexplicable abstención bélica o rendición milagrosa del enemigo. A diferencia del visionario esteta de buenos sentimientos, el revolucionario político genuino, que ha de aunar en su persona la planificación pragmática y la persecución idealista, se dispone a enfrentarse realmente con el enemigo real, se prepara para asaltar los puntos vitales del sistema y aprende la mejor manera de lograr sus objetivos, sin perder nunca de vista que la lucha por la hegemonía puede ser cruenta, sucia y terrible y que debe esperar la resistencia más férrea y cruel por parte de los poderes dominantes a los que planea atacar. En otras palabras: el luchador verdadero nunca olvida que puede perder, que puede perderlo todo y que puede perderlo todo de la manera más dolorosa. Sin estos tres temores siempre presentes en el ánimo y en la mente, como peligros que hay que tratar de limitar mediante el análisis científico del adversario, el cálculo racional de la estrategia y el entrenamiento concienzudo de las capacidades combativas, no puede darse una auténtica conciencia revolucionaria, como no se da, por estas mismas razones, en la mayor parte de quienes se oponen hoy al sistema, a veces como una pacífica comparsa semicircense y a veces como una violenta horda inmoral, pero siempre con la frívola despreocupación del que sabe sin lugar a dudas que no enfrenta peligros reales más allá de una momentánea contusión, una pequeña multa o, en el peor de los casos, un breve período en la cárcel.

No es improbable que muchos de los ahora movilizados denostaran en su momento la última huelga sindical por haber sido convocada por unos defensores de los trabajadores que, al definirse como legítimos representantes de una determinada clase social, no pueden ser reconocidos ni apoyados por los que abominan de toda representación, pero lo cierto es que esa protesta no se contentó con aspirar en vano a ser popular y política, sino que lo fue de veras y en todo momento, mientras que la protesta del 15-M es poética y juvenil y sólo reúne un gentío en apariencia popular cuando refrena su vehemencia intrínseca, cuando invita al prójimo indistinto a sumarse a algún acto pacífico preparado sobre todo por jóvenes y cuando asegura la desunión política de los egocéntricos participantes, es decir, su existencia en tanto derrame de monarcas autosuficientes y no como unidad popular aglutinada por una misma idea solidaria, su irrupción pública como una avalancha de airados clientes insatisfechos que pide a la empresa incompetente una hoja de reclamaciones personalizada y no como una combativa población organizada que busca bienes generales e intereses de clase a través de principios compartidos, su presencia en tanto precaria alianza internacional de soberanos absolutos y no como soberanía nacional unida de suyo. Los objetivos de la huelga general eran claros y concretos y el enemigo y sus políticas hostiles estaban perfectamente identificados, puesto que, aunque los sindicatos actuales hayan renunciado a la esencia socialista y a la conquista proletaria del poder, aunque estén felizmente apoltronados en el sistema y cómodamente subvencionados por sus adversarios, aunque la mayor parte de las críticas que reciben sean justas y merecidas, aún no han olvidado las prácticas de resistencia obrera más elementales, que conocen y conservan gracias al valioso legado de su quebrada tradición revolucionaria. Se esté más o menos de acuerdo con el modo contemporáneo de emplear ese antiguo saber, debe admitirse que no existe todavía una nueva forma de organización de los intereses de los trabajadores, un modelo más convincente y eficaz de autoprotección de los dominados que fuera capaz de sustituir y mejorar a los transigentes y aburguesados sindicatos mayoritarios. Por lo que se refiere a las revueltas árabes, también es indudable la claridad de sus actos y sus pronunciamientos puesto que la insurrección popular pide el fin de la tiranía y se dirige directamente al tirano de turno, aunque cada cual añada luego a estos objetivos nucleares de inspiración revolucionaria burguesa una serie complementaria de quejas y deseos de su propia cosecha. La ocupación de las plazas árabes tenía el carácter de medio para lograr el fin común, mientras que la ocupación de las plazas españolas se ha convertido en un fin en sí mismo o, lo que es lo mismo, en un medio para lograr todas las cosas a la vez, es decir, en algo que sirve para todo y que, por tanto, es un fin absoluto, pues no puede haber un fin mejor que poseer el medio con el que se obtiene como por arte de magia la totalidad de los mejores fines.

Plantarse en las plazas donde todos miran y escuchan es encontrarse en los espacios públicos fundamentales, a saber: en parlamentos callejeros alternativos desde donde se lanzan fantásticas proclamas legislativas. Es ocupar el centro de la política mientras dura el interés y el apoyo de la ciudadanía, que implícitamente considera a los ocupantes como representantes suyos más autorizados y auténticos que la ensimismada casta política, como agentes populares incorruptibles, dispuestos a barrer las cosas sucias de este mundo con una indignada escoba y un afán higiénico prestados por Los Sirex, como vecinos idénticos a uno mismo que se han hartado y explotado y que están listos para solucionar con dos meneos lo que en siglos no han resuelto los que más sabían del asunto. Por supuesto, esta impresión de centralidad determinante se destapa como un triste espejismo desde el momento en que estos para-parlamentarios no están por la labor de erigirse seriamente en portavoces y conductores del ciudadano disgustado, ni tienen la capacidad de dar el más difícil y decisivo de los pasos: el de alzarse de veras frente al poder dominante y pedir para sí mismos el reconocimiento popular declarado, es decir, que se les considere como el único poder legítimo de la nación, pero no como un poder cualquiera entre otros muchos, ni como un poder pasajero suplementario, ni como un poder correctivo desinfectante. Esto supondría un verdadero desafío no sólo para el poder establecido sino también, y sobre todo, para esa mayoría ciudadana que ahora les apoya y que seguirá apoyándoles mientras el apoyo sea fácil, inocuo y de mentirijillas, mientras la defensa liviana de esta protesta multicolor no tenga consecuencias personales para el que la apoya desde una distancia segura, mientras no comprometa a nadie a nada realmente serio, sacrificado y crucial. Se objetará con toda la razón del mundo que es exagerado, o poco realista, pretender que se dé en la España actual un alzamiento de este tipo y que no se les puede pedir tal insensatez a estos comedidos muchachos rebeldes, pero entonces hay que reconocer que toda esta teatralización de una actividad insurrecta multitudinaria no es más que un juego adolescente, que los movilizados por esa infinidad de causas justas y urgentes no están haciendo otra cosa que jugar morosamente a los revolucionarios sin ser conscientes de que son simples jugadores y sin advertir que su ocupación estruendosa del espacio público central es simplemente una broma redundante y cansina, una divertida y frívola algaraza que nunca pretendió llegar a ser un acontecimiento grave y decisivo dirigido con la responsabilidad y el rigor correspondientes.

En el caso de las revueltas árabes, tanto por lo que se refiere a las finalmente triunfantes como a las momentáneamente estancadas, el movimiento de insurrección anónima actúa de una forma tan distinta a la de los españoles indignados que no deja lugar a imposturas lúdicas ni a bromas banales. En esos herméticos países tribales, cuyas buenas gentes han sido desde hace largo tiempo reprimidas con crueldad y sometidas a férreas tiranías eternizadas y asfixiantes, lo primero que hicieron los admirables rebeldes indignados que decidieron levantarse contra su infame régimen opresivo, esos auténticos resistentes políticos que no se entretienen jugando a ningún juego pseudopolítico, porque arriesgan realmente su vida y la de los suyos en cada osada acción que emprenden, fue apropiarse de los foros más adecuados para hacer llegar sus valientes mensajes a sus aterrorizados paisanos, como después copiaron los jóvenes españoles, indignados con todo lo que ocurre en el mundo, al trasplantar esas conquistas extranjeras razonables a un país donde los mensajes no son valientes ni los ciudadanos están aterrorizados. Pero mientras el indignado español se detuvo en ese punto o hizo ver que proseguía adelante, el árabe en rebeldía dio de veras un golpe heroico, un paso determinante, al proclamar desde esas peligrosas plazas asediadas, con voz potente y diáfana, “Aquí mandamos nosotros y nadie más que nosotros”. Una vez clarificado el estatuto con el que los sublevados árabes, hambrientos de Estado de derecho y de bienestar democrático, se presentaban a sus conciudadanos para que éstos reconocieran o invalidaran sus pretensiones identitarias, dieron al Gobierno y al Ejército el mandato fundamental que hay que dar cuando no se aprueba a los gobernantes y se aborrece su régimen. Basándose en su convicción de haberse erigido en portavoces legítimos del pueblo y de haber sido reconocidos como tales por la mayor parte de sus paisanos, estos rebeldes que no se consideraban rebeldes, porque no aceptaban que a un tirano despiadado se le deba obediencia alguna, podían y debían considerarse el único poder soberano auténtico de la nación y, por tanto, tuvieron que ordenar al Ejército y a la corte del dictador la inmediata destitución del falso soberano que usurpaba el poder. Pese a las absurdas y obscenas equiparaciones de uno y otro movimiento, que se han venido perpetrando desde algunas tribunas de nuestro país, a tanto no han llegado ni llegarán los grupos juveniles españoles, cada vez más sectarios y radicales, que se contentan con la réplica superficial, desnaturalizada y falsificada del genuino fenómeno árabe. Esto es así porque, al sufrir el traslado del contexto original predemocrático a un ámbito democrático consolidado, el fenómeno político y racional basado en claras reivindicaciones burguesas primarias se ha tornado poético y sentimental, al desplazar su base hacia ambiguas reivindicaciones infrasocialistas, introduciendo en la esfera política formas expresivas, tipos de verdades y clases de pulsiones que son extrañas a ella y que la pervierten con su peligrosa toxicidad.

Por mucho que los propios organizadores secretos del barullo protestante se atribuyeran desde el primer día, con la pretenciosa jactancia que es propia de los años mozos, la hiperbólica e ilusa etiqueta “SpanishRevolution”, lo cierto es que cualquier parecido de ese caos anhelante con una revolución política en sentido estricto es pura casualidad o mera imprecisión. Ni su objetivo es la toma del poder político por parte de la clase dominada, ni los jubilados, los parados, los estudiantes y los trabajadores precarios, que integran el pintoresco grueso de las fuerzas “rebeldes”, forman parte de los engranajes decisivos del sistema sin los que éste correría el peligro de colapsarse, sino que han sido arrojados al margen o prácticamente a las afueras del orden social, unos como sobras costosas y otros como reservas inútiles, estos como inversiones fallidas y aquellos como parches efímeros. Y es que por no ser, el 15-M ni siquiera es una revuelta política o un levantamiento popular porque, pese a toda su fanfarrona palabrería, su intención última no es el ataque directo al poder ni nadie está dispuesto a morir por la causa que se está defendiendo, sea ésta la que sea. De momento, el frívolo maremágnum de protestas no va más allá de la denuncia de ciertas carencias del sistema, de las fantasías reformistas o demoledoras y de la obstaculización de algunas instituciones vitales, es decir, sólo se plantea hacer de peor manera lo que ya están haciendo ciertos personajes principales del orden democrático presente, sin atreverse a proponer en ningún caso un sistema alternativo mejorado, concreto y factible ni una manera sensata y justa de perfeccionar el actual.

Inmediatamente después del imprevisto estallido del movimiento del 15-M, cuando las epidémicas conquistas de espacios públicos centraron toda la atención informativa de la semana, era el momento en el que algún portavoz capacitado de los protestantes tendría que haber expresado, sin ambigüedades y ante toda la expectante nación, en qué querían convertirse o en qué se habían convertido ya. Las posibilidades de configurarse como una organización social delimitada y reconocible que entonces tenían a su alcance pasaban por transformarse en una fuerza política convencional, defendiendo ante los electores su larga lista de deseos incoherentes en la forma de un programa político coherente;  defender una serie de intereses finitos a la manera de los sindicatos obreros, es decir, como un influyente, asimilado y subvencionado grupo de presión oficial que negocia con el Gobierno y los poderes competentes diversas reformas concretas que afectan a sus representados; o erigirse en vanguardia revolucionaria socialista, preparando sobriamente y alentando propagandísticamente la dirección política rigurosa y científica de las próximas insurrecciones populares. Por desgracia, al final la forma que inconscientemente ha adquirido este movimiento opuesto a toda forma es la peor que podía haber adoptado, pues a ratos se convierte en una circunstancial y vana demostración de fuerza malhumorada, que demuestra asimismo su debilidad, su inmadurez y su confusión, y en otras ocasiones se transforma en un intratable y agresivo grupo de presión sectario, que acosa, intimida y sabotea a sus enemigos declarados y que se queda a medias de todo lo realmente decisivo, emulando en cierto modo a las pandillas de matones callejeros del País Vasco, aunque éstas reciban de forma jerárquica sus instrucciones, estrategias y objetivos. Si no evoluciona hacia formas organizativas más consistentes, los distintos partidos políticos despreciados por este 15-M a la deriva acabarán aprovechándose, cada cual a su astuta y carroñera manera, de todo este clima de indignación popular moribunda, manipulando esa indómita energía sin dueño con el fin de adaptarla a sus depredadores intereses partidistas, unos porque exhiban su firmeza inquebrantable ante los desórdenes públicos, otros porque muestren su sensible comprensión con las reivindicaciones que no se antojen quiméricas. Es cierto que, pese a su informe constitución y sus frágiles expectativas, un movimiento herido, alborotado y crecido como éste puede pasar de inquietar y poner nerviosa a la elite política a atemorizarla y sobresaltarla periódicamente, y de ahí a provocar incluso tambaleos más serios del sistema, pero entonces sería imprescindible, por el bien de todos los que no se adhieran a semejante bullicio nihilista, que de la indefinida voluntad de un cambio general y de la definida voluntad de un negacionismo perfecto se pase a una serie clara, sensata y precisa de determinaciones políticas positivas, para que no se le imponga a los dormidos ciudadanos que no hayan despertado con el alba indignada una terrible y muy concreta pesadilla disfrazada de vagos sueños de felicidad.

Cuando ya el cansado movimiento se autodisuelve sin remedio, y mientras no se constate lo contrario, hay que concluir que toda la indignación se ha reducido a sacar a la calle las mismas miserias inconfesables que se ocultan pudorosamente en la privacidad de las viviendas que administra el movimiento okupa. El fenómeno onanista del 15-M quedó inmovilizado en su propio fango en el mismo instante en que decidió instalarse sin fecha de partida en las plazas mayores de las grandes ciudades, porque esta parálisis física le obligó a exhibir ante el mundo su acrítica riqueza de ideas, es decir, su indigencia crítica de ideas. Esa detención pública de lo propio bajo la detenida observación ajena condujo a los mismos problemas internos y a la misma decadencia inevitable que sufrieron las estancadas ocupaciones universitarias que protestaban contra el plan de Bolonia. Durante el interminable encierro de estudiantes en las diversas facultades españolas se aceleró e intensificó el proceso de podredumbre y desintegración de esa amorfa energía sin cauces ni destino, puesto que las acciones antes frescas y espontáneas se viciaban por momentos dentro de ese espacio opresivo y desmoralizador, al condenarse voluntariamente a la rutina, la fórmula, el cliché, la endogamia, el aislamiento, la fricción y el relajamiento. No debe olvidarse la verdad más obvia: que lo esencial para todo movimiento político o social es que logre mantenerse en permanente movimiento, tanto en sentido literal como en sentido figurado. La instalación sedentaria en esos espacios públicos, en las universidades y en las plazas, es una manera de encierro morboso en sí mismo a la vez que una durísima exposición a los agresivos focos de la opinión pública, y esta combinación de clausura y apertura, de privacidad y publicidad, de interiorización e invasión, semejante a la exhibición de las ofertas mercantiles que restan atrapadas en un escaparate comercial, provoca que un movimiento fuerte y sano se enferme y debilite al entrar en colisión centrípeta y mostrar sus crecientes debilidades. Una de las soluciones que han sido propuestas y aprobadas para escapar de este penoso conflicto corrosivo consiste en propagar el contagio reivindicativo de estos agentes enfermos por los barrios periféricos y las pequeñas ciudades, pero este aparente remedio socializador de la protesta significa en realidad que se consiente y fomenta la desintegración de lo esparcido, puesto que en los barrios alejados del centro y en los pueblos alejados de la capital necesariamente ha de menguar, hasta reducirse a una ridícula presencia anecdótica, todo movimiento multitudinario cuya fuerza y resonancia dependan de la intensa concentración de las voces, de la extensa suma de simpatizantes y de la radiante visibilidad de los puntos neurálgicos. Dispersarse voluntariamente por la insignificante periferia de las grandes ciudades en vez de regresar periódica y brevemente a los núcleos cruciales, es lo mismo que darle el trabajo hecho a las fuerzas del orden llevando a cabo un estúpido suicidio colectivo.

De todo este estéril alboroto, de todo este cúmulo de intentos fallidos, de todo este decepcionante despilfarro de energía emancipatoria quizá tan sólo quede, en el mejor de los supuestos, un conmovedor vislumbre utópico, un fugaz relampagueo promisorio, una señal de esperanza que no indica otro camino que su propio señalar, pues lo cierto es que está por ver si en este lugar vacío que han dejado abierto el hundimiento práctico de todo edificio humano y la anulación teórica de todo lo que fue un bien supremo, brota algo bueno y saludable, se enraíza una existencia fraudulenta y venenosa o no se cultiva otro fruto que la más ruidosa y atractiva nada.

 

Daniel Zamora: Los ángeles de Rilke


Rainer Maria Rilke es considerado por la crítica especializada como el gran poeta en lengua alemana del siglo pasado. Su poesía no es en absoluto sencilla y su complejidad temática y estilística ha conducido en muchas ocasiones —sobre todo a cierta hermenéutica filosófica alemana— a tomar hasta el más irrelevante de sus versos como si se tratara de una iluminación profética procedente de la sagrada boca de la Verdad, relegando a un segundo plano sus extraordinarias virtudes poéticas. Sin desmerecer estas cualidades estrictamente literarias, me propongo centrarme en una de sus ideas capitales, la noción del ser angélico, poniendo sobre aviso al lector desprevenido acerca de los irresistibles efectos narcóticos de mi empresa y excusándome de antemano por el impropio forzamiento filosófico al que voy a someter la obra del poeta, sólo legitimado en cierto modo por la autocrítica epistolar llevada a cabo por el propio autor. Huya en este punto el alérgico a los ladrillos de tosca y pedante exégesis y mantenga sus reservas interpretativas el lector kamikaze que decida seguir adelante, puesto que intentaré dilucidar intelectualmente lo que en su origen posee un carácter ajeno a la declaración de tesis, una naturaleza cercana a la brumosa sugerencia y a la relampagueante intuición.

En 1912, durante su estancia como invitado en el castillo de Duino, el inspirado escritor praguense, conocido y temido por toda la aristocracia europea por el apodo de “El Vate Gorrón” asegura, a su regreso de un solitario paseo matutino, que una extraña voz amiga que resonaba en el viento le ha dictado una enigmática frase: ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los órdenes angélicos?”. Ante la perplejidad de sus anfitriones, afirma que tampoco es tan raro que los espíritus atmosféricos les transmitan mensajes a sus elegidos en un alemán tan cursi. Ni corto ni perezoso, y animado por este inexplicable empujoncito mágico, Rilke brinca alegremente hasta el cuarto que le han prestado sus admiradores, asienta sus divinas posaderas frente al escritorio que le han regalado unos amigos, blande con determinación la pluma que ha robado a algún despistado y hace de esta bella interrogación anónima el inicio de algo grande y perdurable: el primer verso de lo que se ha erigido en uno de los libros fundamentales de la poesía moderna, las Elegías de Duino, un solemne y delicado himno total, cordial y cosmovisionario, que no agota con el paso de los años la fascinación que produce en todo aquel que se abisma en sus páginas, a veces íntimas, a veces lapidarias, siempre penetrantes y sobrecogedoras. Gracias a aquella oportuna audición sobrenatural o a ciertas experiencias lisérgicas no anotadas en su diario que autorizaron las reacciones de burla y escepticismo de la Alemania cuerda de entonces, junto a la correlativa investigación de los euforizantes ingredientes con que se elaboraban los desayunos del poeta, Rilke inició una lenta y prolongada labor artística que daría como resultado —tras diversos arrebatos creativos, involuntarias interrupciones, reparadores viajes al extranjero y ociosos períodos estériles— las diez ambiciosas elegías escritas en un lenguaje alucinado, visionario y abrupto que componen ese libro irrepetible.

Durante su exaltado paso por la España atrasada y pintoresca de la época, que se presenta en su versión más mística y romántica a sus falsificadores ojos de turista-oráculo, el poeta que escuchaba voces de ultratumba visita Toledo y Ronda y queda fascinado por los cuadros de El Greco. Será en estos evocadores parajes españoles, hacia los que ha sido guiado por las ambiguas señales del más allá recibidas en el transcurso de una sesión espiritista, donde nuestro lírico inquieto y supersticioso hará un descubrimiento harto significativo; aunque conviene advertir que para este genio de la rima todo lo que es visto, oído y captado por sus sentidos, cualquier hecho insubstancial que le acaece accidentalmente a lo largo de la jornada, sin exceptuar siquiera el anecdótico y trivial cruce de miradas con el más piojoso chucho callejero, posee el más alto valor de destino personal, de experiencia decisiva, insólita, reveladora y providencial. Allí habrá de toparse este Rilke entusiástico y en permanente rapto con el ángel mortífero y temible que habita en las Elegías con esa criatura celestial que le atrae, le obsesiona y le persigue, y que tan distante se encuentra del gracioso y mofletudo querubín de la imaginería católica más ñoña. En opinión de nuestro hipersensible héroe, este extraordinario ser de naturaleza ignota, abisal y hermética estableció su sede mundana en Toledo por ser ésta —según la impresión del extasiado e idealizador poeta— una ciudad impregnada de un raro poder que intensifica las presencias, por tratarse en realidad de una intersección marcada donde vienen a diluirse las fronteras entre lo terreno y lo celeste, entre lo vivo y lo muerto. En algunas pinturas de El Greco cree reconocer estos entrevistos ángeles con alas de pájaro que ha concebido en sus poemas (casi mortíferos pájaros del alma) y que se le aparecen en esas telas como ríos que atraviesan fácilmente los reinos terrenal y celeste.

En 1922, mientras se hospeda gratuitamente y sin sentir remordimientos en el enésimo castillo de su parasitaria existencia para seguir disfrutando de unas envidiables vacaciones perpetuas y volver a vivir a expensas de otra impresionable e incauta princesa, pone punto y final a las diez heterogéneas elegías que lleva una década componiendo —al espectacular ritmo de una elegía por año— tras unos días de intensa actividad, de arrollador vendaval creativo, que lo aproximan a un estado de trance del que resurge felizmente aliviado.

En una importantísima y famosísima carta de 1925, dirigida a Witold Hulewicz, al comentario de la cual me ceñiré mientras dure mi intento de desentrañar el significado de los ángeles rilkeanos, Rilke explica con la mayor claridad posible que las Elegías de Duino —poemario que él contempla como una reelaboración más potente de los principios fundamentales de El libro de horas, e igualmente y por extensión los Sonetos a Orfeo, que han de ser leídos como el complemento no planificado de las Elegías— tienen por objeto revelar y celebrar que la afirmación de la vida y la afirmación de la muerte son una y la misma cosa. Ambos dominios ilimitados e inagotables, el uno visible y conocido, el otro invisible y, de momento, oculto, aportan vida a la vida total. La vida verdadera abarca y une en sí misma lo que llamamos vulgarmente “vida”, y que no es en realidad sino una parte de la vida, y lo que llamamos “muerte”, que no es en realidad sino la vida apartada y a oscuras. Esta reunión es lo que también denomina Rilke “lo abierto”, el mundo más grande. La existencia auténticamente humana es la que se propone hacerse máximamente consciente de sí misma, es decir, reconocer plenamente esta unidad infinita en la que quedan borrados y abolidos los tradicionales conceptos de “más acá” y “más allá”. Las Elegías son, por tanto, no otra cosa que vida verdadera.

En este orden inmenso en el que se unen lo visible y lo invisible, sin anularse como tales, encontramos a los ángeles, los habitantes de este infinito reino de reinos, que son los seres que nos superan porque su circulación es suprema, es decir, porque viven en este mundo completo, porque son capaces de pasar tanto de la vida a la muerte como de la muerte a la vida. Los ángeles están en contacto con los que nos precedieron, con los muertos, y con los que nos anteceden, con los seres futuros. Es lícito entonces que nos preguntemos si el mundo abierto en el que todo está a un tiempo presente, incluyendo los seres espacial y temporalmente ausentes, es el mundo del arte y si esos seres que circulan de lo sensible a lo suprasensible son los poetas, o si los poetas participan de este mundo únicamente por su relación con los ángeles y no por ser ellos mismos ángeles. La respuesta no es sencilla. Es evidente, en todo caso, que al comienzo de la primera elegía la voz poética se refiere a la posibilidad o imposibilidad de comunicarse con ese terrible orden angélico y, por tanto, de ahí parece seguirse que una cosa sería el poeta y otra cosa el ángel. En este punto conviene recordar que el principal deber humano, según Rilke, consiste en integrar nuestras transitorias experiencias terrenales en ese orden total que no se encuentra localizado ni más acá ni más allá, ni en la inmanencia mundana ni en la trascendencia divina. En la religión cristiana, que en su esencia es metafísica, el orden suprasensible es superior al orden sensible y acaba ahogando a su subordinado, anulándolo, degradándolo y despreciándolo. Rilke quiere ir más allá de la metafísica, como luego tratará de hacer Heidegger en el ámbito estrictamente filosófico, sin duda influenciado por la obra mayor del poeta. Para ello, ha de afirmar “lo terreno”, lo caduco, es decir, lo que vemos y tocamos en el “más acá”,  poniéndolo en igualdad con “lo celeste”, con lo imperecedero, con lo que no nos ha sido dado captar por los sentidos, y debe abarcarlos en un todo afirmativo que los mantenga diferenciados. Las cosas que están de paso en el mundo son transitorias, como transitorio es el hombre y, por tanto, el hombre mantiene con ellas una relación especial y substancial. Somos afines en tanto que seres efímeros, a todo lo que es efímero. Precisamente porque se perderá y olvidará todo lo que es como nosotros, “nuestra tarea es imprimir en nosotros esta tierra transitoria, caduca, de modo tan profundo, dolorido y apasionado, que su esencia resucite de nuevo en nosotros invisible. Somos las abejas de lo invisible”, en palabras de Rilke. Esto es las Elegías de Duino: la continua libación de lo visible, su transformación perdurable en lo invisible. O, como ya dijimos anteriormente: la toma de conciencia de la vida total.

En y a través del hombre, o del hombre como poeta, o del poeta como ser responsable de las cosas efímeras del mundo, se lleva a cabo esta extensión e intensificación de la vida. Y el hombre es el encargado de darles a las cosas su única salida porque el hombre es un ser visible  que, a diferencia de las efímeras cosas visibles, también participa de lo invisible. ¿Es, pues, el hombre, o el poeta, que sería el hombre consciente de su tarea humana, lo mismo que el ángel, puesto que también el hombre, como el ángel, participa de los dos órdenes de realidad? No nos precipitemos en afirmar esta atrevida identidad ontológica. En las Elegías, los ángeles aparecen como otra cosa que el hombre, como un ser modélico pero terrible, terrible para el hombre, más fuerte que nosotros o con una existencia más plena, como una criatura que puede llegar a herirnos y hasta a matarnos si nos aproximamos demasiado a ella. No podemos recurrir a los ángeles ni pretender su amparo. No nos aniquilan porque no somos tenidos en cuenta por estos sordos seres indiferentes, impasibles y ensimismados como las antiguas deidades, pero si les gritáramos para que se fundieran con nosotros nos destruirían fatalmente. Así que es mejor contenerse y callar nuestro clamor,  es preferible que nos limitemos a admirar su belleza sin olvidar que esa hermosura del ángel no es más que el grado soportable de lo terrible. Así se nos describe la insegura situación humana en relación al feliz orden angélico al principio de las Elegías. Porque el hombre participa de lo invisible, puede saber de los ángeles, pero ni él mismo es un ángel ni puede llegar a alcanzar un íntimo contacto con ese ser que le supera y le aniquila. Las Elegías, pese a lo que indica su nombre, no serían entonces un lamento por la pérdida de algo transitorio, sino una afirmación y una celebración de la conciencia de esta tarea transformadora del hombre.

Y entonces, ¿qué es exactamente el ángel a diferencia del hombre? En esta lúcida carta en la que el autor tiene la cortesía de descifrarle a su interlocutor tantas claves ocultas de su densa obra maestra, e inmediatamente después de prevenir sobre el riesgo de tergiversar la específica naturaleza del ángel si se lo piensa como ángel católico, como un mensajero que media entre la tierra y el cielo, entre el hombre y Dios, Rilke se atreve a definirlo mediante conceptos explícitos. Las categorías rilkeanas no son asimilables a las tradicionales ideas del cristianismo sobre la vida, la muerte y los emisarios divinos porque el ángel de las elegías es aquella criatura en que aparece ya cumplida la transformación de lo visible en lo invisible que nosotros realizamos”. Para el ángel todo es invisible, todo se ha esencializado, lo pasado de igual modo que lo presente y lo futuro. Así como el esclavo platónico abandona las sombras de la engañosa caverna en la que se halla preso y asciende al exterior, a lo abierto, a lo libre, a lo verdadero o, mejor dicho, a lo que es verdadero de otro modo, donde el sol ilumina el ser las cosas externas y permite, por contraste, ver las cosas internas bajo un criterio distinto, tan sólo para regresar de inmediato al mundo subterráneo del que escapó porque los hombres no soportan la terrible y cegadora luz de las esencias, el ángel sería el ser cuyo medio innato es ese insoportable afuera, ese “nivel más alto de la realidad” que sólo deja de ser terrible para aquellos fabulosos seres hipotéticos e hipostasiados que se han independizado por completo de lo sensible. Pero esta independencia no se cumple en el caso del hombre, que tiene un pie en cada mundo y que sólo así puede llevar a cabo su tarea esencial de transformar un mundo en el otro. En el ángel todo existe a la vez y desde siempre, tanto lo que para nosotros ya no es como lo que para nosotros aún no ha llegado a ser y existe en su máximo grado de destilación y potencia. El ángel transita por toda esa existencia ampliada sin preocuparse de nuestros pesares y alegrías. Las Elegías de Duino son este tránsito supremo por una máxima vida destilada y consciente, por el infinito mundo de esencias invisibles del arte poético.

Así pues, la conclusión a la que hemos llegado, después de interpretar las difíciles y a veces incoherentes ideas poéticas de Rilke, podría resumirse de esta manera: el hombre es el ser capaz de transfigurar laboriosamente su realidad en una realidad más profunda y esta tarea de interiorización y sedimento es su deber esencial en tanto hombre; mientras que el ángel es el ser omniabarcador que ya no depende de la realidad visible y transitoria y que circula con libertad, facilidad y seguridad por toda la existencia invisible, por ese orden más profundo donde todas las cosas, vivas y muertas, pasadas y futuras, grandiosas y triviales, luminosas y oscuras, reales y soñadas, próximas y lejanas, son reconocidas en su más poderosa y sutil imagen, en sus más reveladoras relaciones y en su total existencia depurada. Lo que Rilke lleva a cabo en las Elegías es, por tanto, el intento ascendente de contemplar y vivir el mundo desde el idealizador y eternizador punto de vista del ángel.

Daniel Zamora: Ironía suprema


Cuando yo era un tierno infante gafotas con problemas de adaptación social que se veía a sí mismo como la versión parvularia de Peter Parker —aunque mis facultades arácnidas se redujeran a expeler una sustancia más viscosa y pegajosa que las redes de Spidey—, los tebeos eran una lectura dirigida exclusivamente a los niños empollones y a los adolescentes inmaduros. A un respetable cabeza de familia con bigote y Talbot Simca ni se le ocurría  perder el tiempo con los insípidos monólogos de Tintin, los defectos lingüísticos de La Masa, los recurrentes gags de Mortadelo y las obvias deducciones de Batman. No se concebía en aquellos maravillosos años postdictatoriales un cómic digno de tal nombre destinado a exquisitos paladares adultos, salvo aquel tipo de historietas de terror, fantasía y anticipación científica convertidas, por su abundante oferta de exuberantes zagalas semidesnudas, en un pretexto idóneo para entregarse al onanismo. O aquellas sucesiones de chistes ilustrados que no iban más allá de la sátira política más ramplona o del costumbrismo picante más rijoso. Aún menos se le pasaba por la cabeza a nadie, en esas fechas de indigencia editorial y nulo esmero por el entretenimiento prepúber, la posibilidad de encontrar en el quiosco habitual un cómic protagonizado por Superman que, respetando escrupulosamente las convenciones genéricas, la predisposición infantil a asombrarse de las maravillas y las restricciones mojigatas de la Liga por la Decencia y las Buenas Costumbres de las Inflexibles Madres Castradoras, fuera al mismo tiempo una publicación para adultos, es decir, para frustradas personas endeudables, que éstas pudieran leer con orgullo y provecho sin necesidad de camuflarlo entre las hojas de una prestigiosa revista pornográfica. Esta aparente imposibilidad conceptual es la que hizo realidad en los años noventa el siempre atrevido Alan Moore al convertir un simple encargo alimenticio con miserables expectativas de lucimiento en una brillante y profunda renovación de un tal Supreme, un vulgar plagio hiperviolento de Superman pasado de vueltas y de esteroides.

Alan Moore, como sabe todo treintañero que aún simule con la voz el zumbido de un sable láser, es ese inglés barbudo y extravagante con pinta de mago medieval o de flautista de Jethro Tull que desde hace años es reconocido como el guionista más ingenioso, imaginativo y respetuoso con la inextricable tradición de los justicieros superdotados y sin sentido del ridículo, aunque también haya abordado con éxito otros subgéneros juveniles igual de absurdos. En la densa y compleja miniserie Watchmen, su obra más conocida y lograda, en la que narra la misteriosa conspiración que tiene lugar en una degenerada ucronía, en la que la aversión y desconfianza ciudadanas han hecho del protector heroico un marginado indeseable, llevó el realismo sucio, la intriga geopolítica y la técnica del leitmotiv simbólico al comic book con el propósito de acometer un desmontaje sistemático de los superhéroes y una elevación literaria del subgénero. A través del sesudo análisis de un estrambótico grupo de aventureros demodés y justicieros sin poderes, compuesto por unos complejos individuos con las mismas debilidades, dobleces y bajezas que cualquier hijo de vecino, integrado por grotescas y turbias versiones de ciertos arquetipos superheroicos (como el todopoderoso y trascendente semidios, el agente gubernamental clandestino, el genio megalómano con ínfulas mesiánicas, el intransigente castigador callejero, el reaccionario paladín patriótico, el nocturno inventor de gadgets…) pasados por la trituradora patológica del sadismo, la psicopatía, el narcisismo, el autismo, la paranoia y el infantilismo, todo ello sostenido por el emocionante pulso narrativo del escritor, sacudió y derribó las trasnochadas certezas y las infecundas inercias con que aún se seguían produciendo los acartonados comics de la época. Esta humanización debilitadora del héroe coincidió con la análoga empresa deshonradora de Frank Miller con su sombría recreación de un Batman agrio y fascistoide, de un detective nocturno tan cansado, decadente y amoral como la corrupta civilización preapocalíptica que le rodea asfixiantemente, representado como un cincuentón retirado y furioso, inadaptado a los nuevos tiempos, que renace a la acción con el salvajismo y la sed de venganza de una bestia herida y perseguida. Pese a la ambigüedad y la violencia del personaje y a pesar del lamentable estado geriátrico de sus enemigos —que regresan a la acción como si despertaran de su letargo atraídos naturalmente por la postrera irrupción del héroe—, Miller consiguió devolver al envejecido campeón el aura legendaria que le había abandonado y confirió un hermoso tono épico-elegíaco a sus últimas hazañas.

El revolucionario procedimiento seguido por los dos autores y que probablemente resulte más enfático en el caso de Moore, consistió en inaugurar una relectura postmoderna, es decir, irónica y paródicamente distanciada, de los modelos que de forma consciente se propusieron repensar y revitalizar desde el punto de vista de un filósofo de la sospecha. Tras esta deconstrucción ochentera y oxigenadora —pero también repleta de potenciales peligros— de la figura del héroe popular de consumo, el género pareció entrar en un callejón sin salida en el que cada vez brotaban parodias más cómodas, superfluas y solipsistas de estas parodias originales, convertidas ahora en clichés cansinos y en fórmulas comerciales sin capacidad regeneradora. El universo superheroico ya no podía ser igual que antes del giro nihilista, que reconvirtió al héroe  clásico en un cínico introvertido, lacónico, contundente y poco de fiar y que amargó, desorientó, desanimó y atormentó las almas que hasta entonces habían sido puras, diáfanas, equilibradas, resueltas, nobles e inocentes. Pero tampoco le estaba permitido seguir transitando por esa estéril senda redundante que sólo conducía a la irrisoria autodestrucción de las fuerzas del bien. Cómo mantener la ineludible distancia postmoderna sin disolver las más valiosas cualidades positivas del subgénero fue el dilema esencial al que se enfrentaron y respondieron los más valientes y talentosos maestros del ramo, los autores que en los últimos años han escrito títulos tan señeros como Astro City, Marvels, The new frontier, The Authority, Planetary, Hitman, Tom Strong, Top 10 y La liga de los hombres extraordinarios, por citar únicamente las obras que han demostrado ser más sólidas y  redondas.

El Supreme de Moore es una más de estas exitosas tentativas de superación del colapso escéptico. Se trata de un puro y delicioso divertimento que esconde, bajo su juguetona y ligera apariencia, un complejo entramado metagenérico que llevará a los aficionados más veteranos, como todas estas obras citadas que vuelven a creer críticamente en los prodigios, a alcanzar intensas cotas de un recobrado placer infantil sin exigirles moderación alguna del potencial de su intelecto ni suspensión provisional de sus conocimientos. El proyecto se funda en el inofensivo propósito inicial del autor de limitarse en exclusiva a su propio disfrute despreocupado y al puro regocijo del lector avezado. Para salvar desde el presente este gozo escapista perdido o degradado, imagina una historia actual de Superman a la manera en que se hacía en la encantadora Edad de Plata, cuando incluso la idea más disparatada encontraba cabida en unas viñetas impregnadas de un arrebatador espíritu desenfadado; pero agregando a esta tarea nostálgica la importante novedad que supone interponer entre las antiguas y las nuevas formas de expresión la imprescindible mediación cultural, historicista, comparatista y superconsciente propia de una mirada contemporánea. Moore convoca en sus páginas al gran icono superheroico por excelencia, el noble grandullón invulnerable y todopoderoso, al que sólo le afecta una extraña y fantástica sustancia que se encuentra en pequeñas dosis en el universo, junto a la estrafalaria comitiva y el pasmoso atrezzo que le han acompañado a lo largo de su fértil historia editorial: su apocada identidad civil secreta, su inexperta mocedad paleta, la emancipada novia metomentodo, el primer y pueblerino amor no consumado, la superpariente sexy, la fiel supermascota, el genial archienemigo, el refugio inaccesible y recóndito, la sala de los trofeos imposibles, la humilde granja natal, la cooperación ocasional con el superdetective nocturno, el superequipo definitivo, el travieso duende dimensional, el alter ego negativo, la grotesca copia defectuosa, la custodia de la ciudad reducida, la cárcel fantástica sin escapatoria, etc. Una vez reunidos y ligeramente transfigurados los elementos fundamentales del cosmos de Superman, Moore los manipula y combina a su antojo otorgando al conjunto un falso aire de ingenuidad, pero siempre reordenando las piezas más significativas con sabiduría, pertinencia y afán revelador.

El brillante juego de recreación metalingüística en el que se hace entrar a estos arquetipos genéricos alcanza su momento culminante justo al comenzar la historia, cuando la versión de Supreme al estilo sobremusculado de los noventa llega, ignorando la causa, a una extraña megalópolis situada en un punto indeterminado de una dimensión ignota donde son abandonadas, como en un alocado limbo pop, las distintas recreaciones de Supremes que las sucesivas revisiones editoriales y el desinterés del público joven han tornado obsoletas. Esa suprema ciudad-pastiche, erigida en un grandilocuente estilo futurista, concentra todo el imaginario pasado de moda del héroe, tanto los más longevos aciertos canónicos que tuvieron éxito en su día como los más risibles y fracasados experimentos que se hundieron precipitadamente en el olvido. Hay que destacar también, como otro feliz hallazgo de Moore, la estupenda idea de ir intercalando entre las diversas ramas de la trama principal una serie de historietas cortas autoconclusivas que contrastan con la manera típicamente noventera de la línea central, por estar dibujadas y escritas por los autores imitando deliberadamente los usos formales y temáticos de los comics de muy distintas y significativas épocas anteriores. La imitación no sólo es espléndida sino que llega a mejorar los estilos originales sin introducir por ello ningún ingrediente ajeno a la década evocada, y, para todo aquel que de niño leyera las reediciones de añejas aventuras de Superman o Batman, su lectura constituirá una permanente y gozosa sorpresa. De esta forma se logra, a través de los viejos  y ficticios episodios narrados durante estos paréntesis anacrónicos, dotar de una sólida entidad a la historia que transcurre en el presente, conferirle un enriquecedor y muy sugerente trasfondo, evocar un amplio universo centenario en realidad inexistente, al mismo tiempo que la vida de Supreme se remite a la de Superman y se entrelazan los sucesos y personajes con las demás referencias superheroicas que posee el lector corriente. Este recomendable título menor de Moore, en el que el autor se atreve a abordar sutilmente temas tan extraños al comic como la propia historia del comic, es recorrido de principio a fin por un reparador soplo de aire fresco, libre y jubiloso, como si el longevo héroe del pulp estuviera renaciendo ante nuestros asombrados ojos y tuviéramos la fortuna de estar leyendo por primera vez sus increíbles aventuras. Algo similar trataron de hacer los autores de All Star Superman, aunque en mi opinión —que contradice el hiperbólico juicio de la mayor parte de los fans del hombre de acero— con mucho menor acierto, complejidad y estratos de lectura que Moore; principalmente porque en esa inteligente y eficaz vuelta a la magia de los pioneros se esquivó el problema de la distancia crítica y la correlativa reflexión metagenérica. Supreme no se reduce a la recuperación nostálgica del pasado, lo que lo convertiría en un ejercicio de estilo retro sin mucho interés y, desde luego, de un valor escaso, sino que, como explica el propio Moore en unas iluminadoras palabras, intenta ofrecer “una forma de enfrentar lo retro a lo contemporáneo”, el encandilamiento y las rarezas de los elegantes comics primitivos al vigor y el extremismo que demandan unos jóvenes acostumbrados a las dinámicas formas del manga. No sólo lo intenta sino que, a mi juicio, lo consigue con creces, pues de no ser así no me hubiera alargado con tal crueldad para con el impaciente lector medio de reseñas de comic; ese orondo individuo con déficit de atención y problemas de comprensión lectora que fantasea con implantarse un esqueleto de adamantium y abusar del cadáver de Gwen Stacy.