Jot Down Cultural Magazine http://www.jotdown.es Jot Down Fri, 23 Jun 2017 17:17:51 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.8 http://jdcdn.wabisabiinvestme.netdna-cdn.com/wp-content/uploads/2016/05/192x192-32x32.png Jot Down Cultural Magazine http://www.jotdown.es 32 32 Las calles de la memoria http://www.jotdown.es/2017/06/las-calles-la-memoria/ http://www.jotdown.es/2017/06/las-calles-la-memoria/#respond Fri, 23 Jun 2017 10:47:10 +0000 http://www.jotdown.es/?p=131999 Cuando llegué por primera vez a Pekín, me encontré con una ciudad más gris de lo que esperaba. Los edificios eran altos y feos, los árboles pelados y negros. Faltaban pocos días para el invierno y, como cada año, las ramas habían perdido todo su verdor, la contaminación empezaba a nublar la vista y la gente caminaba rápido, ante el […]

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Fotografía: s tsui (CC).

Cuando llegué por primera vez a Pekín, me encontré con una ciudad más gris de lo que esperaba. Los edificios eran altos y feos, los árboles pelados y negros. Faltaban pocos días para el invierno y, como cada año, las ramas habían perdido todo su verdor, la contaminación empezaba a nublar la vista y la gente caminaba rápido, ante el frío continental que se acercaba. La ciudad se me presentaba triste y apagada. Podía pasarme horas mirando —totalmente fascinado— lo que hacían los pequineses, cómo iban vestidos, qué comían y cómo hablaban un idioma del que no entendía ni una palabra. Pero, a pesar de eso, el decorado que les rodeaba solía dejarme indiferente. Reconozco que me generaba cierta curiosidad, pero, con el tiempo, descubrí que estaba basada en el factor atractivo que a todos nos ejerce la pura novedad. Si me hubiera encontrado con un barrio así en mi ciudad de origen, habría pasado por mi memoria sin pena ni gloria.

Descubrí que Pekín era bonito —y que sería mi ciudad preferida de China— cuando, un día cualquiera, tuve que ir a comprar verduras para cenar. Mi nevera estaba vacía, y me parecía poco elegante gorronear a mis nuevos compañeros de piso. Bajé de mi apartamento para comprar patatas, cebollas y pimientos a la viejecita que, habitualmente, montaba una carpa de plástico delante de mi edificio, en la que vendía, en cajas de porexpán, todo tipo de verduras a precios muy baratos. Ese día descubrí que mi verdulera habitual cerraba por las tardes, por lo que —sin otra alternativa en mente y con ganas de dar una vuelta— me puse a caminar hacia el sur de la ciudad. Dando pasos y más pasos, descubrí que mi edificio hacía frontera con un barrio de pequeñas callejuelas y casas bajas de aspecto antiguo, completamente diferente al resto de Pekín. Las paredes de los hogares eran de un entrañable color gris claro, los tejados seguían las ondulantes formas clásicas y en algunos de ellos colgaban pequeñas jaulas con pájaros que piaban a mi paso. De algunos patios interiores sobresalían árboles retorcidos y elegantes, que tantas veces había visto en pinturas centenarias de antiguas dinastías. Después de varias caminatas más, descubrí que este extraño barrio no solo se extendía al sur de mi casa, sino también al norte, al este y al oeste. Estaba rodeado. Como periodista, no tardé en indagar sobre el tema y averigüé que los pequineses llamaban hutong a este tipo de callejuelas antiguas. De pura casualidad, estaba viviendo en las únicas zonas de la ciudad que se resistían a la oleada gris y uniforme de la modernización urbana que dominaba toda China. El asunto se puso todavía más épico al descubrir que algunas de esas calles tenían más de ochocientos años de antigüedad.

Cuentan que, a finales del siglo XIII, el todopoderoso líder mongol Kublai Kan viajó a las ruinas de Zhongdu, una ciudad norteña que su abuelo Gengis Kan había destruido por completo, y allí vio un hermoso lago, del que quedó prendado. Tanto le gustó esa agua, esas orillas, que decidió mover la capital de su imperio —la dinastía Yuan, que ya había conquistado toda China— de las áridas tierras del desierto del Gobi a ese terreno destruido por la guerra, en el que solo sobrevivía un inmutable y tranquilo lago. El emperador mongol reconstruyó la ciudad alrededor de sus orillas y, en un arranque de originalidad, la llamó Khanbaliq, es decir, «Ciudad de los Kan». Las calles que el líder Yuan mandó construir fueron el inicio de los barrios de hutong. Bajo el imperio mongol llegaron a existir más de trescientas cincuenta de estas callejuelas. Durante más de setecientos años no dejarían de crecer, e irían configurando la ciudad que hoy conocemos como Pekín.

Como sucede siempre en la cíclica historia china, una nueva dinastía se alzó en rebelión y derrotó a la que estaba en el poder. Los Ming —de la etnia han, la mayoritaria en China, y sometidos durante el imperio de los Kan— derrotaron a los mongoles Yuan —una etnia nómada del desierto, a la que los han, en secreto, tildaban de bárbaros invasores—. La política china ha estado (y está) mucho más ligada a cuestiones de etnicidad de lo que parece, más allá de ideologías o luchas individuales por el poder. Con la instauración de la dinastía Ming, Pekín crecería todavía más y llegaría a convertirse en la ciudad más poblada del mundo, con más de un millón de habitantes. Los Ming —aparte de regalar al mundo la popular porcelana china— construyeron muchos de los monumentos, parques y palacios que visitan hoy en día los turistas que acuden a la capital. El que actuaría como eje central de la vida pequinesa sería la Ciudad Prohibida.

Alrededor del gran palacio de los emperadores, el número de calles de hutong siguió creciendo. Cuanto más cercano estaba un hutong a la residencia imperial, mayor era el cargo de la gente que vivía allí. Las más cercanas eran propiedad de la aristocracia y las élites chinas; al sur de la ciudad solían situarse las casas de los mercaderes, de estatus inferior. Más al norte, los hutong acogían los talleres y tiendas donde se fabricaban los productos para el palacio real. Muchas de estas calles aún conservan nombres con reminiscencias de esos tiempos. Por ejemplo, el Hutong Zhiranju, donde se fabricaban las famosas telas y sedas chinas, el Hutong Jinmaoju, especializado en gorros y botas para los aristócratas, y el quizá más popular Hutong Jiucuju, proveedor oficial de bebidas alcohólicas de alta graduación, para disfrute de todo aquel que pudiera pagarlas.

Para cuando la dinastía Ming cayó derrotada por la Qing (de etnia manchú, nómadas originarios de la tundra helada de Manchuria, fronteriza con Rusia), ya existían dos mil hutong en Pekín. Pasaron casi cuatro siglos, en los que las potencias occidentales asediaron el país, cayó la eterna monarquía, el país fue invadido por Japón y sobrevivió a una cruenta guerra civil. Pese a estos largos años de desastres, la población no hizo más que aumentar y, por consiguiente, Pekín llegó a acoger más de seis mil calles de hutong. Eran un paisaje intrínseco a la ciudad, la imagen que todo viajero evocaba al recordar su paso por la capital de este viejo imperio. Todo cambiaría con la llegada al poder, en 1949, de un hombre que quería refundar China desde los cimientos. Su nombre era Mao Zedong y su plan consistía en eliminar todo lo antiguo, todo lo feudal, que se interpusiera ante el proyecto comunista que quería para su país. Los hutong, viejos por naturaleza, no saldrían indemnes.

Durante mis habituales paseos, ciertos detalles me recordaban la memoria histórica de estas callejuelas. Observar las ajadas puertas granates ya valía la pena: el pomo dorado y gastado con forma de león, el cartel rojo con letras chinas de la buena suerte rodeando la entrada, las imágenes  de furiosos guerreros budistas que recibían a los visitantes. Obviamente, todos estos detalles no tenían cientos de años (seguramente los habían renovado hace poco), pero la espontaneidad con la que los habitantes de ese barrio decoraban sus casas contrastaba con la impostura del resto de la ciudad, donde la mayoría de objetos de aspecto antiguo parecían recién salidos de una fábrica de copias baratas. Quizás esa sinceridad del hutong estaba marcaba por el ambiente y su contraste con el resto de la capital.

Fotografía: s tsui (CC).

Durante el día, esas estrechas callejuelas acogían todo tipo de actividades, tanto bonitas como horribles, pero igualmente fascinantes. Uno podía encontrarse con viejos chinos —pequeños y arrugados— que, con una paciencia inaudita, podían pasarse toda una mañana arreglando pequeñas jaulas de madera en las que coleccionaban grillos o pajaritos, a los que adiestraban. Unos metros más adelante, cualquiera con ganas de regatear y unos ciento cincuenta yuanes en el bolsillo (unos veinte euros) podía comprar una bicicleta de segunda mano —con toda seguridad robada— a un hombre que cada día desplegaba veinte de estos vehículos en medio de la calle y que, durante todo el tiempo que viví en Pekín, nunca vi que tuviera problemas con la policía. Si se cogía uno de los hutong más largos se podía encontrar la calle de los verduleros y carniceros. La mayoría tenían su propio local, desordenado pero decente, con verduras buenas a precios muy baratos. Pero otros días podías encontrarte que un espontáneo había colocado, en medio de la calle, una montaña de cebollinos de tres metros de altura, a la que la gente acudía a comprar con fervor y alegría. Eso sí, una característica común en todos los verduleros —ya fueran habituales o improvisados— es que siempre te los encontrabas conversando con alguien. La sensación general era que ningún vecino tenía prisa y que ir a comprar los ingredientes de la cena era una simple excusa para charlar durante toda la tarde. Las conversaciones también continuaban entre el peluquero que cortaba el pelo —en medio de la calle— y su cliente, o entre los viejos que podían pasarse horas charlando en cuclillas dentro de las letrinas públicas, haciendo de vientre entre fuertes flatulencias, carcajadas afables y sonoros escupitajos. En este ambiente curioso pasaba la mayoría de mis tardes. En varios de estos paseos, comencé a darme cuenta de que los muros de los hutong tenían largos carteles —gastados por el paso de los años— con letras chinas de color rojo. Al principio no me llamaron la atención, hasta que descubrí que muchos de ellos eran proclamas revolucionarias de la época maoísta. Vestigios de un pasado no muy lejano que, a grandes rasgos, había desaparecido del resto de la ciudad. La paradoja era que los hutong acogían los ecos del pasado —como siempre habían hecho— del régimen que había hecho más por destruirlos.

Cuando Mao llegó al poder planteó una reforma a fondo de Pekín, adaptada a una visión comunista en la que la utilidad estaba muy por encima de la estética. Los grandes edificios públicos seguían el diseño soviético de cemento y acero. Las centenarias murallas de Pekín fueron derribadas, como muchos otros edificios menores de carácter tradicional. Si no servían y encima estorbaban, no había motivo para que no desaparecieran. Las casas de los hutong, en las que tradicionalmente vivía una sola familia, ahora deberían acoger a cuatro. Muchas se destruyeron o quedaron en ruinas. Durante el Gran Salto Adelante, de 1958 a 1962, se produjo la mayor destrucción de viviendas de la historia de la humanidad. Entre el 30% y el 40% de todas las casas de China fueron destruidas. Pocos años después llegó otro momento crítico: la Revolución Cultural, la anarquía dirigida por Mao para consolidar su poder. La consigna era derribar, de una vez por todas, todo lo viejo asociado al feudalismo y opuesto a la Revolución. Barra libre de violencia, tortura y destrucción. Profesores, estudiantes, religiosos, gente común, dirigentes del Partido… cayeron en esas purgas. La violencia no solo se enfocó contra las personas, sino también contra los objetos. Multitud de templos budistas, iglesias, mezquitas fueron derribados; libros y bibliotecas quemados. Tener un objeto o símbolo que pudiera asociarse al pasado era una condena. Miles de artilugios, pequeñas reliquias o fotografías fueron quemadas o destruidas: la memoria histórica de la gente común se desvanecía. Los hutong se vaciaban de recuerdos, como un cuerpo al que se le van arrancando trozos de carne. Pero —pese a todo— se mantenía buena parte del esqueleto, las casas, las paredes, los adoquines y los árboles. No duraría demasiado.

Tras la muerte de Mao, China inició un proceso de urbanización descomunal. El país se abrió al exterior y al libre mercado, y consiguió la mayor reducción de pobreza jamás conocida por el hombre. China hizo en décadas la Revolución Industrial para la que Occidente necesitó siglos. Los éxitos de esa política, vistos en perspectiva, son innegables. Los defectos, también. En su proceso de urbanización, el país construyó y destruyó de manera bestial, para acoger a todos los trabajadores migrantes que realizarían el llamado «gran milagro chino». En la mayoría de casos, las líneas rojas ecológicas o culturales fueron pisadas sin contemplación. Los grandes monumentos históricos se mantuvieron por orgullo nacional y para atraer el turismo, pero muchos de los barrios con historia popular fueron demolidos para construir pisos grises y clónicos de varias plantas. Durante mi estancia en China pude viajar a varias de esas grandes y nuevas ciudades, donde uno podía ir de gran monumento en gran monumento, pero en las que el resto de la ciudad —las calles, los edificios— había perdido toda particularidad y atractivo. Eran ciudades forjadas con la fuerza bruta del número de habitantes y el crecimiento económico anual. Urbes de las que se había extirpado su alma espontánea y popular, es decir, lo que todos recordamos de una ciudad que nos ha gustado o donde nos quedaríamos a vivir. ¿Qué ha inspirado a más poetas, escritores, periodistas, buscavidas, jóvenes o cineastas, ver la torre Eiffel o un paseo furtivo por las ruelles del Barrio Latino de París? ¿Contemplar el Empire State o merodear por la 125th street del Harlem neoyorquino?

En el caso de Pekín, diversos barrios de hutong fueron destruidos. Al sur de la Ciudad Prohibida, donde los mercaderes tenían sus residencias, solo quedan pisos altos de color gris oscuro. Algunos de los más cercanos a la Ciudad Prohibida fueron destruidos, aunque otros —con cierta ironía— son residencia de la nueva aristocracia, los funcionarios de alto rango del Partido Comunista. En algunos de mis paseos por esa zona vi repetidas veces cómo todoterrenos monstruosos se quedaban encallados en medio de esas pequeñas callejuelas, provocando largas colas de motos y bicicletas que veían su paso bloqueado. Más al norte —en la zona donde yo vivía, donde hace cientos de años los talleres producían sedas, sombreros y licores para la casa real— también fueron derribadas buena parte de estas calles. De los seis mil hutong que existían en los años cincuenta, ahora solo perviven —los datos no están del todo claros— entre mil y dos mil. No solo se trata de una acción gubernamental: muchas de las familias chinas prefieren vivir en un piso que en una casa vieja del hutong, en las que no suele haber calefacción y hay que salir a la calle cada vez que uno quiere ir al baño. Los pisos eran más prácticos y aportaban mayor estatus social. Ante esa conjura utilitarista entre pueblo y Gobierno, el futuro no parecía demasiado optimista para el hutong. En mis paseos me aferraba a una imagen que veía desvanecerse poco a poco. Como me pasó otras veces, la realidad china —tan sorprendente en sus paradojas— volvió a romper mis esquemas.

Una de las postales más curiosas de la ciudad eran los coches de alta gama —de los que no podía ni imaginar el precio— que aparcaban de manera caótica en la «calle de los Fantasmas», una gran avenida de restaurantes populares llena de rótulos multicolores que iluminan la noche pequinesa. Una pareja joven, vestida de manera explícitamente cara, salía del interior del vehículo para comer en uno de esos restaurantes baratos. Cuasi adolescentes y nuevos ricos que, de vez en cuando, se escapaban de los restaurantes de diseño occidentales para comer lo que realmente les gustaba, sin tener que aparentar, rememorando los olores de la cocina de su madre. La «calle de los Fantasmas» dividía el barrio de hutong por la mitad y su ambiente nocturno, ruidoso y animado se extendía por las callejuelas contiguas. Durante el invierno, las familias con niños pequeños, los grupos de viejos y los jóvenes solitarios acompañados de su teléfono móvil se resguardaban del frío en pequeños locales donde se servían copiosos y humeantes boles de fideos. En el verano, hombres y mujeres sudorosos sacaban mesas de plástico a la calle y bebían cerveza mientras comían pinchos de carne a la parrilla. Algunos de los que habían tomado demasiado baijiu, el potentísimo licor chino tradicional, se dirigían con paso tambaleante a los «locales de masaje» que poblaban varias de esas callejuelas. Las prostitutas del hutong eran una fuente de curiosidad inagotable: la mayoría de veces se trataba de dos amigas venidas del campo que alquilaban un pequeño local y trabajaban como «autónomas», aunque no se las veía demasiado por la tarea. A menudo estaban espachurradas mirando su móvil en el sofá, sorbiendo sonoramente fideos instantáneos, o charlando con las vecinas en la puerta de su mismo negocio, un signo de empatía —cabe decirlo— inexistente en otras culturas. Y mientras algunos se iban en busca de finales felices, otros —jóvenes, artistas, cultos, bohemios de buena familia— se dirigían a los bares más alternativos de la ciudad, a escuchar jazz o beber cerveza artesanal de Nueva Jersey. Ante mis ojos veía los típicos pasos de un proceso de «gentrificación» colándose en mi barrio favorito. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que, más que cambiar el barrio, los jóvenes —a su manera— querían volver a él.

El Templo de los Lamas es uno de los focos de turismo del centro del hutong. Construido durante la dinastía Qing —la última monarquía— empezó como residencia de los eunucos de la corte y acabó como el templo budista más grande de la capital. De sus murallas sale olor a incienso y en sus alrededores proliferan las tiendas con objetos religiosos. De uno de sus laterales nace Wudaoying, una de las calles más representativas del nuevo hutong. Está llena de cafés tibetanos alternativos, restaurantes vegetarianos y demás locales de estética hipster. Representan la paradoja actual del hutong: un barrio cada vez más dominado por esta élite joven que monta sus tiendas y talleres sofisticados, en contraste con la sencillez del viejo hutong, pero que, a la vez, evitan que las autoridades piensen en derribarlo por los ingresos que generan. Son los hijos de aquella clase media que huyó del barrio de callejuelas en busca de la comodidad de los pisos. Son los hijos que, al contrario que sus padres, ya nacieron en la modernidad, con las condiciones materiales básicas resueltas. Han ido a la universidad, han estudiado en el extranjero, han aprendido quién era Mao a través de sus smartphones. Son un ejemplo de la nueva China que, sin referentes claros en medio de un capitalismo extraño, mira hacia un pasado en el que nunca vivió, buscando todo lo bueno que había en él. Los jóvenes que vuelven al hutong son los mismos que se convierten al cristianismo, los mismos que leen manuales de ética de filósofos occidentales, los mismos que viajan al Tíbet en busca de algo que sienten que les falta. Ante el vacío moral posterior a sistemas éticos tan fuertes como el confucianismo o el comunismo, los jóvenes buscan algo que dé sentido a sus vidas, más allá de tener la barriga llena, una batalla que ya ganaron sus padres. Intentan que su espíritu, al que no pueden alimentar con puro presente, encuentre en esas calles repletas de memoria algo de un pasado que han idealizado y que creen que les puede salvar. Siguen un consejo tan intrincado en el alma china como que el futuro es solo un reflejo de todo lo que hemos dejado atrás.

Fotografía: See-ming Lee (CC).

 

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Nueve millones de fotografías de la Plaza Mayor http://www.jotdown.es/2017/06/nueve-millones-fotografias-la-plaza-mayor/ http://www.jotdown.es/2017/06/nueve-millones-fotografias-la-plaza-mayor/#respond Fri, 23 Jun 2017 08:58:14 +0000 http://www.jotdown.es/?p=133285 Jot Down para Samsung Cuando en 1617 Juan Gómez de Mora comenzó el proyecto de la Plaza Mayor de Madrid, no sabía que el lugar que iba a construir se convertiría en el espacio más fotografiado de la capital del reino. Primero porque la capital se había trasladado a Madrid de forma permanente desde hacía apenas once años y cualquiera sabía si la […]

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Fotografía realizada con Samsung Galaxy S8. Autor: Pedro Torrijos.

Jot Down para Samsung

Cuando en 1617 Juan Gómez de Mora comenzó el proyecto de la Plaza Mayor de Madrid, no sabía que el lugar que iba a construir se convertiría en el espacio más fotografiado de la capital del reino. Primero porque la capital se había trasladado a Madrid de forma permanente desde hacía apenas once años y cualquiera sabía si la cosa iba a durar o no, con tanto ir y venir desde Toledo o incluso desde Valladolid, trapicheos del duque de Lerma mediante. También porque la plaza del Arrabal, emplazamiento primigenio desde el que se planteaba la nueva plaza, era tan poco importante que ni se limpió ni se engalanó y ni siquiera formó parte del recibimiento a  Felipe II cuando hizo su primera entrada en Madrid en 1570. Y bueno, claro, Gómez de Mora no podía saber lo de las fotos a su plaza porque no tenía ni puñetera idea de lo que era un artilugio que no se inventaría hasta un par de siglos y medio después.

Es más, si el buen hombre atravesase una de las puertas del Ministerio del Tiempo y le plantáramos en medio de su creación, probablemente huiría despavorido y profiriendo grandes gritos. No solo por las hordas de visitantes —unos ciento cincuenta mil cada semana, diez veces más que los habitantes del Madrid de principios del XVII— sino, y sobre todo, porque sería incapaz de entender la manera en la que todas esas personas experimentaban la Plaza Mayor.

En Saber ver la arquitectura, Bruno Zevi decía que el espacio arquitectónico y, en realidad, cualquier espacio, solo podía ser comprendido a través del tiempo, de la cuarta dimensión. Es decir, de un recorrido. En este sentido, las plazas mayores se comportarían como epítomes del espacio urbanístico definido por la acción arquitectónica. Son lugares racionales e intrínsecamente cartesianos abiertos en tramas irregulares de la ciudad, que se conciben por su necesidad de recorrerse desde y hacia las embocaduras que los conectan con dicha ciudad. La Plaza Mayor de Madrid, con sus nueve puertas, es un remanso de espacio que, si Zevi siguiera teniendo vigencia, debería transitarse entre el claroscuro de los soportales para luego contemplar como los planos perfectamente rectilíneos y ortogonales de sus cuatro fachadas se van moviendo, girando, alejando y acercando a nuestros ojos hasta que alcanzamos el otro extremo de la plaza.

Sin embargo, si el Gómez de Mora viajero del tiempo se quedase un rato en la plaza, no vería a nadie paseando con la mirada levantada; vería a esas bandadas de gente avanzando hasta un punto aleatorio, deteniéndose un instante para apuntar con un diminuto artefacto hacia las fachadas —o hacia ellos mismos— para luego seguir su camino. Porque han pasado cuatrocientos años desde que comenzó el proyecto de la Plaza Mayor y el espacio ya no se experimenta a través del tiempo y el recorrido sino por la acumulación de momentos instantáneos congelados en fotografías que tomamos con nuestros teléfonos móviles. Zevi se nos ha quedado obsoleto y el mundo ya no se vive en los parámetros de la realidad sino en la hiperrealidad que Jean Baudrillard o Paul Virilio adivinaban hace tres décadas.

Si Madrid recibe unos nueve millones de visitantes al año, es bastante plausible que la mayoría haga una foto de la Plaza Mayor. Nueve millones de instantes conservados en una cartografía visual más viva y más nítida que la memoria. Una bruma de imágenes más real que la propia realidad y de la que todos somos parte activa.

Por eso es tan interesante la actividad que el Ayuntamiento de Madrid en colaboración con Samsung y PHotoESPAÑA ha realizado el pasado fin de semana con motivo del cuarto centenario de la Plaza Mayor. Bajo el título de ¡Retrátate!, proponía hacernos conscientes de lo que significa la experiencia contemporánea del espacio en uno de los lugares donde esa experiencia es, precisamente, más contemporánea.

Curiosamente, como el pintor que necesita apartarse del lienzo para comprender la obra en su totalidad, la actividad se separaba de la propia plaza para encerrarse en cápsulas, contenedores marítimos pintados de un amarillo inevitable, que las convertían, esta vez sí, en remansos alejados de la marea turística.

Una de las instalaciones, quizá la más metarreferencial, era Suite Selfie, obra del fotógrafo Miguel Ángel Tornero. Concebida como pieza inmersiva de 360 grados, ofrecía una manera clásica de comprender el espacio de la Plaza Mayor pero, en un guiño casi sarcástico, a través del medio tecnológico. La sensación es brillante y cautivadora: si solo entendemos el mundo delante de nuestro smartphone, es lógico que el único modo que tenemos de ver la Plaza Mayor a la manera zeviana, o sea, con el tiempo y el recorrido, sea delante de un dispositivo de última generación, en este caso un Galaxy S8, colocado a un par de centímetros de nuestros ojos y montado en unas gafas Gear VR de realidad virtual. Los pocos minutos que duraba la pieza son los pocos minutos que los visitantes tuvieron para mirar a todos los lados de la plaza sin estar pensando en la próxima foto que iban a sacar, pero tomando consciencia de que todo el que va a la plaza guardará una imagen en su móvil. En palabras de Tornero: «A cada pocos segundos se congela la figura de uno de los turistas que está fotografiando; cada nota del piano que suena en los auriculares es un disparo». Y añade: «Al final, todas esas siluetas congeladas que pueblan la plaza nos hablan de la cantidad masiva de fotos que se hacen aquí. Nos habla de cómo nos relacionamos en el siglo XXI. Lo que supone la fotografía, o la posfotografía, como extensión de la propia persona, que se relaciona más a través de la pantalla que con sus propios ojos».

Las demás piezas, en las que participaron fotógrafos como Luis de las Alas, Marta Soul o Paula Anta, aunque menos evidentes, eran también consustanciales a la idiosincrasia de la fotografía y la Plaza Mayor. Por ejemplo, Marta Soul realizó fotos posadas a todos los que entraron en su set. No se trataba solo de demostrar que el Galaxy S8 es capaz de ejecutar trabajos de enorme calidad, sino que construyó, con ese mismo smartphone, retratos profundamente teatrales, tal y como se hacía en los primeros años de la historia de la fotografía. Se producía así una yuxtaposición entre esas imágenes estilizadas y conscientemente artificiales, pero tomadas con un instrumento y en un entorno que, habitualmente, relacionamos con fotos amateur, tan espontáneas como elementales.

Y en un rizo, quién sabe si intencionado, Luis de las Alas propuso acabar de una vez con la experiencia del espacio: retrató a decenas de personas pidiéndolas que cerrasen los ojos. En un lugar que solo experimentamos delante de la pantalla de nuestro móvil, esas decenas de personas cerraron los suyos detrás de la pantalla de otro móvil para convertirse en una imagen captada dentro de un estuche de acero montado en medio del espacio más fotografiado de Madrid.  

Si quieres ver todas las fotos realizadas durante ¡Retrátate! consulta www.phe.es/retratate. Además, la fachada de la Casa de la Panadería acogerá una exposición con dieciséis retratos seleccionados desde el próximo 5 de julio hasta el 31 de agosto.

Fotografía realizada con Samsung Galaxy S8. Autor: Pedro Torrijos.

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Carmen Vela y Marina Villegas: una conversación en el Museo de Ciencias Naturales http://www.jotdown.es/2017/06/carmen-vela-marina-villegas-una-conversacion-museo-ciencias-naturales/ http://www.jotdown.es/2017/06/carmen-vela-marina-villegas-una-conversacion-museo-ciencias-naturales/#comments Thu, 22 Jun 2017 10:36:39 +0000 http://www.jotdown.es/?p=132761 Fotografía: Begoña Rivas Carmen Vela Olmo (Sigüenza, 1955) se licenció en Ciencias Químicas y tras pasar cinco años en el Departamento de Inmunología de la Fundación Jiménez Díaz investigando sobre alergias se incorporó a Ingenasa, una empresa de biotecnología aplicada que acabó comprando junto a dos compañeros y que ha dirigido hasta 2012. Desde enero de 2012 es secretaria de Estado […]

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Fotografía: Begoña Rivas

Carmen Vela Olmo (Sigüenza, 1955) se licenció en Ciencias Químicas y tras pasar cinco años en el Departamento de Inmunología de la Fundación Jiménez Díaz investigando sobre alergias se incorporó a Ingenasa, una empresa de biotecnología aplicada que acabó comprando junto a dos compañeros y que ha dirigido hasta 2012. Desde enero de 2012 es secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación. Marina Pilar Villegas Gracia (Madrid, 1965) también es licenciada en Ciencias Químicas. Ha trabajado varios años en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), donde fue vicedirectora del Instituto de Cerámica y Vidrio, y directora del Departamento de Postgrado y Especialización del CSIC. En abril de 2012 se incorpora al Ministerio de Economía y Competitividad, en 2014 es nombrada directora general de Investigación Científica y Técnica y en 2016, directora de la Agencia Estatal de Investigación.

Nos reunimos con ambas, al atardecer, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y mientras caminamos entre dinosaurios, elefantes y ballenas les preguntamos sobre el estado de la ciencia en España, qué cosas están cambiando en la gestión científica y cuál será el futuro de los investigadores en nuestro país.

Carmen, ¿cómo llegas a la Secretaría de Estado y, sobre todo, qué razones te mueven?

Recibo una llamada de teléfono unas Navidades, me dicen que llama D. Luis de Guindos. En aquel momento sabía que era ministro, y poco más. Le devuelvo la llamada y esa llamada se convierte en una entrevista. Pensaba que me iba a pedir opinión sobre quién podría ocuparse de la cartera ministerial y resultó ser que me estaba ofreciendo el trabajo. Me llevé una sorpresa enorme. Después pasé por diferentes fases. La primera fue no, imposible, no puedo asumir esa responsabilidad. De hecho había tenido un par de ofrecimientos anteriores para asumir Direcciones Generales y siempre dije que no. ¿Por qué dije que sí en esta ocasión? Quizás porque siempre he sido una persona que tiene una opinión respecto a cómo deben ser las cosas y no me ha asustado trabajar para conseguirlo. Entonces, si en un momento así decía que no, me obligaba a callar para siempre y no era algo que estuviera dispuesta a hacer. A partir de ese momento no he tenido mucho tiempo para pensar en por qué había aceptado el trabajo, he estado demasiado ocupada haciéndolo lo mejor que podía.

¿Y tú, Marina? ¿Cuál es tu motivación para cambiar la cerámica piezoeléctrica por la gestión de la investigación?

Yo también recibí una llamada un lunes por la mañana, proponiéndome la Subdirección de Proyectos. Contesté: «Muchas gracias, voy a pensarlo y a hablarlo en casa», y en casa me dijeron: «No te lo pienses, acepta». Así que decidí «seguir órdenes», sobre todo porque creo que la gestión de proyectos de investigación debe estar en manos de científicos. Llevaba desde 1988 en el CSIC y después de muchos años dedicándome a la investigación ya estaba haciendo un poco de gestión, primero en el instituto y luego en el departamento de posgrado. Tenía por lo tanto experiencia, tanto en investigación como en gestión de la investigación, y me parecía que podía hacerlo bien. En resumen, pensé: «En lugar de quejarnos de nuestros gestores, tenemos la oportunidad de gestionarnos». Fue por esa razón por la que acepté.

¿No fue una decisión un poco arriesgada?

Marina: Quizás, pero ¿cuál era la alternativa? ¿Sentarse a protestar y que lo hicieran otros?

Carmen: El sistema no era ni es perfecto, pero aceptar el trabajo que nos ofrecían nos daba la oportunidad de intentar mejorarlo.

En España llevamos unos años sin MICINN ya que se ha convertido en la Secretaría de Estado de I+D+I (SEIDI). ¿Hace falta o se puede funcionar bien con una SEIDI dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad (MINECO)? Si te encontraras con el genio de la lámpara, ¿qué pedirías?

Carmen: Pediría más recursos, naturalmente, pero quizás lo más importante es hacer las cosas lo mejor posible con lo que se tiene. No sé si en la SEIDI o el Ministerio. Quizás no sea tan crucial la estructura administrativa, pero creo que universidades, política universitaria y enseñanza superior tienen que estar muy asociadas a investigación e innovación. Dadas la coyuntura económica y la política de ajustes de estos últimos años, creo que nuestra Secretaría de Estado está en el mejor sitio posible, ya que nos integramos en un Ministerio potente, con un ministro muy capaz.

¿Y por qué la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación depende del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad en lugar del Ministerio de Educación Cultura y Deporte?

Carmen: Hay muchos ejemplos similares en Europa. Muchos de los países nórdicos y Holanda han vinculado la ciencia a la competitividad. En ese esquema, integrarse en el Ministerio de Economía y Competitividad (y ahora Industria también) tiene sentido. Hay otros modelos posibles, por supuesto, desde el clásico Educación y Ciencia hasta Educación Superior, Investigación e Innovación. En Europa hay mucha variedad. Por otra parte, es la primera vez en este cambio de legislatura que no han cambiado Ciencia de donde estaba. A nosotros esa estabilidad nos ha venido particularmente bien en un momento en que estamos haciendo unos cambios internos muy significativos e importantes con motivo de la creación de la Agencia Estatal de Investigación. Tenemos muchísimo trabajo, muchos cambios, mucha alternancia administrativa, y en ese contexto nos ha venido muy bien tener continuidad en el ministerio en el que estamos.

El hecho de estar en el ministerio en el que estáis hace que la desconexión con Universidades sea completa. Da la sensación de que una parte significativa de la Universidad no querría verse en un Ministerio de Economía.

Carmen: Es posible, pero creo que tampoco querían verse en un Ministerio de Ciencia e Innovación. Hemos tenido la estructura perfecta o la que muchos creemos que es perfecta (con Ciencia, Universidades e Innovación en un mismo Ministerio), y nosotros mismos la desmontamos. Por otra parte, la SEIDI no está desconectada de la Universidad, más bien al contrario. Una cosa es que no tenga competencias de responsabilidad sobre un determinado colectivo y otra cosa es que no trabaje con otros ministerios. Nos preciamos de llevarnos muy bien tanto con el Ministerio de Educación en su característica más institucional, como con Universidades, a través de la CRUE. Es bien cierto que hay materias en las que nosotros no somos competentes, pero, por todo lo demás, la relación ha sido, y estoy segura de que seguirá siendo, excelente.

Marina: Yo quería incidir en el tema de la necesidad de estabilidad que ha mencionado Carmen. Este año pasado ha sido muy complicado con el Gobierno en funciones y, sin embargo, teníamos que poner en marcha la Agencia que, de hecho, entró en funcionamiento el 20 de junio de 2016. Cuando estábamos en pleno proceso había gran inquietud con los cambios, la coletilla entre nosotros era que todo podía salir bien, «si no nos cambian de ministerio». Por otra parte, una vez constituida, la Agencia puede funcionar de manera autónoma, incluso con Gobierno en funciones o una estructura ministerial todavía por definir. En ese sentido, la creación de estructuras dedicadas a gestionar la investigación que puedan autogestionarse es esencial para minimizar la dependencia de las supraestructuras ministeriales y garantizar la mayor agilidad posible.

En el organigrama de la Secretaría de Estado hay paridad de género, sin embargo, en las agencias, consorcios, organismos, empresas y otras entidades dependientes, excepto en el caso de Marina, todos los directores son hombres. ¿Por qué?

Carmen: En esta Secretaría de Estado si de algo nos preocupamos, además de por la ciencia, es del equilibrio de género. Hemos llegado a ser el 80% de mujeres en el comité de dirección de la Secretaría de Estado y a día de hoy somos el 70% de mujeres en el comité del ministro de Economía, Industria y Competitividad. Las tres secretarias de Estado del ministerio somos mujeres, la secretaria general de Industria es mujer, la jefa de gabinete del ministro es mujer, la jefa de Comunicación es mujer, la secretaria Ggeneral del Tesoro es mujer… Por otra parte, es absolutamente cierto que no hay mujeres, ni las ha habido nunca, con dos o tres excepciones, entre los directores de OPIs. Pero esa evidencia hay que ponerla en contraste con el hecho de que en la Secretaría de Estado el 60% somos mujeres y en el ministerio, el 70%. Desde luego en la SEIDI sí miramos nuestros comités (por ejemplo, el reciente comité científico-técnico) y todas las estructuras que montamos recogen el principio de paridad. Por otra parte, hay que llevar cuidado en cómo se presentan los números. No es infrecuente leer en la prensa cosas del tipo: «solo el 39% de las investigadoras son mujeres». Parecen números muy bajos, pero 39% está muy cerca de la norma comúnmente aceptada, 60-40. También se lee a menudo que, desde el 2008 hasta ahora, se «ha estancado el crecimiento de las mujeres en ciencia», cuando una lectura igualmente válida sería: «mantenido a pesar de los años difíciles».

En vuestras carreras profesionales os habéis encontrado el famoso techo de cristal.

Marina: Yo diría que no, siempre he trabajado para la Administración Pública y estoy convencida de que el sistema de oposiciones tiende a valorar sobre todo el mérito y capacidad. En retrospectiva no me parece que en ninguna de las oposiciones a las que me presenté hubiera discriminación de género. Por otra parte, durante mis primeros años como investigadora teníamos un grupo donde había muchos hombres y yo creo que en esa época yo era casi la única mujer del grupo. Quizás un poco de paternalismo sí había, nuestros jefes eran muy mayores, o sea, a mí me lo pareció cuando llegué [risas], pero, claro, es como te ven ahora a ti los que se incorporan con veintidós años. Por otra parte, creo que con el techo de cristal ocurre como con las Meigas, que existir no existen, pero haberlas las hay. Otra cosa es que algunas no lo hayamos encontrado.

Carmen: A finales de 1998 me llamaron de Bruselas por si quería participar en un grupo de trabajo sobre mujer y ciencia. Me apunté con mucho desconocimiento y con mucha curiosidad, ya que yo empecé en un hospital donde el grupo estaba constituido por un hombre (el jefe, eso sí) y siete mujeres. De ahí pasé al CBM, donde la proporción hombre-mujer era muy equilibrada y luego a Ingenasa, donde el 80% éramos mujeres y donde además yo era la jefa, con lo cual, como Marina, nunca me había encontrado con una situación de desigualdad de género. El caso es que en aquel grupo de Bruselas pude estudiar los datos estadísticos desagregados por género, pertenecientes a toda Europa, de los que se deducía sin duda alguna que el techo de cristal existe a todos los niveles. Quizás no es tan visible como hace un tiempo, es decir, el cristal se ha vuelto más transparente, pero sigue allí.

Hace poco las Naciones Unidas declararon el 11 de febrero Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. ¿Qué os parece? ¿Organiza la SEIDI algo al respecto?

Carmen: Bien, nos parece bien y, de hecho, aprovechando esa fecha, presentamos nuestro informe bianual de Científicas en Cifras y el impacto mediático que ha tenido ha sido muy satisfactorio. Los medios, cuando se trata de «el día de», prestan mucha más atención.

Marina: Yo creo que además ese día tiene una diferencia con el Día de la Mujer Trabajadora, que también es una fecha significativa, pero al incluir a la niña se ha movilizado mucho el tema de educación, que es fundamental. El progreso no está garantizado. He visto un artículo muy interesante en El País que se titula «Cansadas de las zapatillas y de los tacones», que habla de eso, de que las nuevas generaciones ahora vuelven otra vez a ponerse taconazos, a pintarse mucho, con mensajes contradictorios: que empiezan a pensar otra vez más hacia atrás que hacia adelante.

Carmen: Se piensa que a veces esto está ya resuelto, que fue más un problema de nuestras madres o de nuestras abuelas y que a nosotras no nos concierne, cuando lo cierto es que nos afecta enormemente.

Cada vez hay menos alumnas en las ingenierías. ¿Hay desinterés femenino con las carreras STEM?

Carmen: Como todos los datos estadísticos, estas series hay que verlas con un poquito de perspectiva. Es verdad que hubo un momento en que la proporción de mujeres empezó a crecer en todas las ingenierías, no a gran velocidad, excepto Arquitectura, que en su momento llegó hasta el 50%. En el resto fue mucho más moderado, entre el 20% y el 30%, y ahora hay pequeñas disminuciones. Quiero pensar que es una cuestión puramente accidental. Por otra parte, parece claro que incluso a nivel mundial estamos teniendo un problema con el STEM, con todas las asignaturas de ciencias, matemáticas, ingeniería, a todos los niveles, en todos los países. Haría falta un programa como el que inició el presidente Obama en su momento para favorecer la presencia en general de todo el mundo en las disciplinas STEM, y particularmente de mujeres, porque es un déficit clarísimo que tenemos y desde luego nuestro país no es una excepción.

Quizás hubo una generación de mujeres que se empeñaba en estudiar ciencias porque no les dejaban y eso ahora ha cambiado.

Carmen: Es verdad que nosotras tuvimos una parte de eso y que nos motivaba. Yo tenía una compañera que era la única de su clase, y cuando el profesor decía: «Usted, señorita», se volvía y decía: «¿Quién, yo?» [risas]. Ahora, como en vez de una hay diez ya se creen un colectivo, lo cual tiene su parte buena, pero quizás se pierde un poco de aquella beligerancia.

Ambas sois químicas, ¿quiénes fueron vuestros referentes a la hora de decidiros por estudiar esta carrera?

Marina: En mi caso tuve una muy buena profesora en 2.º de BUP, y luego es verdad que también tuve suerte en 3.º de BUP y en COU. Me costaban mucho las matemáticas, pero todo el mundo me decía: «No te preocupes, que hay partes de la química que no precisan matemáticas, con la regla de tres es suficiente» [risas]. Más tarde, en 2.º de carrera, tuve un profesor muy bueno, un catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Vicente Fernández, que era profesor de inorgánica y que me llevó hacia ese campo. En resumen, en mi caso fueron mis profesores los que me marcaron el camino.

Carmen: Yo tuve claro siempre que quería hacer investigación. En COU tuve un profesor de biología muy bueno, Avelino Pérez-Geijo. Era vicepresidente del CSIC y recuerdo que teníamos una especie como de orientación universitaria; mi promoción, y esto es un secreto bien guardado, fue la primera de COU [risas]. El caso es que yo le comenté a Pérez-Geijo mis dudas, le dije algo así: «Me gusta la medicina, pero tengo demasiada empatía con el enfermo, y a ver si esto me va a complicar mucho la vida». Luego me enteré de que a Rita Levi-Montalcini le pasó lo mismo. El caso es que él me aconsejó empezar estudiando Química con la posibilidad de pasarme a Medicina más tarde. Así que estudié Ciencias Químicas y no me he arrepentido nunca de haber seguido su consejo. Además, cuando terminé la licenciatura fui a trabajar a un hospital, con lo cual la vocación sanitaria o de biomedicina la desarrollé. Siempre seguí un poco con ese equilibrio entre las dos, pero la verdad es que me divertí mucho en la carrera, especialmente en la especialidad de Bioquímica. Es algo que me gustó muchísimo.

Las dos habéis dicho que vuestra vocación por la ciencia la despiertan vuestros profesores de bachillerato. Me pregunto si esa motivación es simétrica en el caso de chicos y chicas. ¿Es posible que exista un sesgo inconsciente de los maestros y profesores a la hora de motivar a los chicos y no a las chicas hacia materias de ciencia y tecnología?

Carmen: Hace unos años, en la Universidad Politécnica de Cataluña, Margarita Artal hizo un estudio sobre las niñas que estudiaban ingeniería y encontraron una correlación clara con la formación de sus padres. Las niñas que escogían carreras tecnológicas venían de familias en la que los progenitores tenían formación universitaria y a menudo formación técnica. Eso nos lleva a que no basta el instituto, también hace falta apoyo y motivación en casa.

Marina: Por otra parte, la dificultad de las materias no explica que las chicas no escojan carreras de ciencia e ingeniería. La carrera de Medicina es larga, difícil, dura y trabajosa y, sin embargo, el 80% de los alumnos que la cursan son mujeres.

Carmen, en 1982 te incorporas a Ingenasa, que es absorbida por Ercros, y tras la quiebra de Ercros, junto con dos socios, reflotas la compañía. ¿Te ha servido tu experiencia como empresaria en la dirección de la SEIDI?

Sí, estoy segura. Yo le dediqué mucho esfuerzo e ilusión a Ingenasa y fue una gran decepción cuando sus dueños decidieron entrar en suspensión de pagos a pesar de que nuestra empresa iba hacia arriba, así que no me quedó otro remedio que arremangarme, porque no quería conformarme. Por fortuna, estaba rodeada de un magnífico equipo y eso hizo posible seguir adelante con muchísima ilusión y esfuerzo. Creo que en la SEIDI pasa algo parecido. Ilusión, trabajo y un gran equipo.

En Ingenasa trabajáis en seguridad alimentaria, ¿conoces el esfuerzo divulgativo de Mulet y Scentia? ¿Te has leído Vamos a comprar mentiras?

Carmen: Sí que lo he leído, y también trabajos anteriores como Los genes que comemos. Los divulgadores serios de la ciencia hacen un gran trabajo. Hay que comprender que en muchos frentes estamos perdiendo la guerra contra la charlatanería y la superstición. En concreto, la desinformación en lo que se refiere a los transgénicos es verdaderamente preocupante.

¿No falta un poco de divulgación?

Carmen: Definitivamente, sí. Y si no hay una sociedad cómplice que entienda lo que hacemos, por qué lo hacemos y para qué lo hacemos, va a ser difícil que la situación de la ciencia en España mejore.

Marina: Un aspecto de la ciencia que preocupa mucho a la sociedad es la medicina. Curiosamente, ahí nos encontramos con que se confunde bastante, o más bien no se distingue, entre el médico clínico que solemos ver (y con toda la razón) como un héroe y el investigador que hace posible que le medicina avance, que a menudo pasa desapercibido. Pero, por desgracia, los médicos practicantes, por muy héroes que sean (y, repito, lo son), dependen de tener a su disposición instrumental para diagnosticar y tratar enfermedades, por ejemplo, todos los aparatos de imagen médica, o precisan de drogas, antibióticos, etc., que se desarrollan a base de investigación. El público en general no parece consciente de que sin investigación puntera estamos comprometiendo su propio bienestar a largo plazo.

Carmen: También los investigadores tenemos que entonar un mea culpa, porque durante mucho tiempo se consideraba «impropio» del gremio el dedicarse a la divulgación, algo así como una actividad menor o de segunda categoría. Afortunadamente, creo que esa percepción está cambiando.

¿Por qué en la Agencia no incentiváis que la divulgación cuente como un mérito?

Carmen: Lo estamos haciendo ya en algunos casos y lo haremos más.

Marina: Creo que es importante que la Agencia, en la parte de proyectos, se preocupe de los planes de comunicación y difusión, porque no podemos vivir de espaldas a la comunicación. Hay que contar además con los nuevos medios y redes sociales. Pero en ello estamos, en la Agencia tenemos Twitter y lo usamos activamente.

¿Qué me decís de la figura del científico como asesor directo a los políticos? En otros países esa figura existe desde hace tiempo.

Marina: Ahí hemos dado el paso, tenemos el Comité Científico y Técnico asesor de la Agencia.

Carmen: Queremos que ese comité tenga mucho peso específico. Por otra parte, hay mucho que avanzar para que los científicos puedan interactuar de manera ágil con la sociedad en España. Yo siempre pongo el ejemplo de que si un científico puntero se va cinco años a trabajar a una empresa como director científico, cuando vuelve a su universidad se encuentra con que ha perdido cinco años. El sistema académico no le da esencialmente ningún reconocimiento por el tiempo que ha invertido trabajando para una empresa puntera con alto impacto social. Algo similar ocurre si te vas como asesor de un determinado Gobierno o director de una revista. En consecuencia, hay muy pocos científicos que hacen camino de ida y vuelta entre universidad o el CSIC y la industria-sociedad. Lo cual es grave, porque la innovación pasa precisamente por esos «senderos que se entrecruzan».

En esa línea, hemos firmado un acuerdo con el Ministerio de Asuntos Exteriores, un documento hacia una estrategia de diplomacia científica que incluye la presencia de científicos en los ministerios, en el Parlamento y en otras entidades públicas. Vamos a empezar en los próximos días a moverlo. Queremos, además, que el Comité Científico y Técnico de la Agencia pueda ofrecer sus servicios al Parlamento, incluso a Presidencia de Gobierno. En fin, queremos que este comité, cuando vaya tomando recorrido, aparte de ayudar a la Agencia, cubra algunas de esas necesidades a las que nos estamos refiriendo.

El Dr. Barneo nos decía que: «En Canadá es más fácil hacer investigación en pacientes que en animales de experimentación». ¿Cómo están afectando los requisitos para la experimentación animal a la investigación?

Carmen: Hubo una adaptación hace tres años en la que nosotros participamos, jugando un papel muy activo. Es verdad que la normativa es un poco extrema, porque hay que reportar cualquier experimento que se vaya a hacer, incluso con cefalópodos, que están bastante abajo en el reino animal. Una de las bromas que he oído a ese respecto, relativa al transporte de animales, asegura que el conductor de un camión que transporta cerdos tiene que parar cada ocho horas para descansar, pero los cerdos cada cuatro [risas]. Esto es una exageración, lógicamente, pero captura bien lo estrictos que pueden llegar a ser estos protocolos. Por otra parte, lo importante es que haya procedimientos claros y bien definidos. Una vez que las reglas del juego están claras, los científicos somos buenos para seguirlas y continuar con nuestro trabajo.

Grifols, una de las empresas biotecnológicas más importantes de nuestro país, se ha ido a Irlanda. ¿Por qué?

Carmen: Bueno, es una gran multinacional y planean su modelo de negocio como les conviene. Al igual que hay multinacionales extranjeras que se instalan en España, cabe contar con que suceda lo contrario. No veo problema ninguno.

Carmen, ¿tenemos que cambiar el número de investigadores, manteniendo y mejorando la calidad de los contratos mientras reducimos la cantidad? Mientras, Marina, tú sin embargo eres partícipe de la frase de Severo Ochoa: «La investigación necesita más cabezas que medios».

Carmen: Es que con muchas cabezas se consiguen muchos medios [risas]. Nosotros creemos que en nuestro país necesitamos más investigadores, no estamos enormemente alejados de lo que es la media europea en cuanto al número de investigadores por habitante, pero, aun así, seguimos necesitando más investigadores y que tengan mucho talento, lo que a su vez implica que sea más fácil conseguir recursos.

 

Se diría que España califica decentemente cuando se trata de ciencia, incluso de ciencia puntera. Donde parece que nos quedamos cortos es en la transferencia a la sociedad, el salto de ciencia a innovación, ¿por qué es así?

 

Carmen: Hay elementos muy claros que lo justifican. En primer lugar, nuestro sistema de ciencia y tecnología es muy reciente, tiene treinta años si nos remontamos a la primera ley de la ciencia. A pesar de lo cual en el sistema de investigación ocupamos la décima posición del mundo. En innovación, en cambio, estamos alrededor del puesto dieciséis en Europa, lo que implica un retroceso muy sustancial. El problema, en efecto, está en la manera en que hemos venido intentando efectuar la transferencia. Durante las últimas décadas hemos asumido que podía hacerse una transferencia lineal de investigación a innovación. No es así y, aunque nos ha costado darnos cuenta de ello, ahora creo que lo tenemos claro. Hay que comprender que la investigación y la innovación se comunican de manera circular, o aún mejor multidimensional. No es viable imaginar a los investigadores como ciudadanos de un barrio y a los empresarios e innovadores viviendo en un barrio diferente, de tal manera que ambos barrios solo se comunican por una línea de metro que llamamos transferencia. Hay que imaginar a unos y a otros viviendo y mezclándose en una ciudad y, de hecho, la transferencia hay que verla como los edificios públicos de esa ciudad que permiten que sus habitantes se mezclen e interactúen. Hasta ahora la transferencia se ha basado en relaciones casi bipersonales entre individuos que viven en barrios diferentes y que tienen que tomarse grandes trabajos para verse. Si le pedimos a un profesor de universidad que trabaje en una empresa dos o tres años, pero el sistema no se lo reconoce ni lo valora, es muy difícil convencerlo para que deje su cátedra. Hay que cambiar esa actitud. Otro elemento esencial es olvidarnos de estrategias individuales y subirnos todos al mismo barco, que no es otro que el barco de Europa. Tenemos Horizonte 2020, que es un programa de investigación e innovación a nivel europeo con el que hemos alineado nuestra estrategia.

¿Influye el tamaño moderado del sector industrial español?

Obviamente, es muy difícil que una micropyme con menos de diez trabajadores haga su propia investigación. Por otra parte, para que puedan encargar esa investigación a la universidad o a un OPI, es necesario conectar ambos mundos, por ejemplo, facilitando que haya doctores (con conexiones en el mundo académico) trabajando en las empresas. También es necesario romper con los clichés del científico al que solo le preocupa publicar y el empresario que solo quiere beneficio a corto plazo, y afortunadamente creo que eso también está ya sucediendo. Cada vez está más claro que el hacer investigación en las empresas incide directamente en la cuenta de resultados en positivo. Y cada vez hay menos rechazo en la universidad a los académicos que centran su actividad en colaborar con empresas en lugar de dedicarse a la «investigación pura». Pero aún nos queda un trecho por recorrer.

Marina: Quería incidir en un aspecto que ha planteado Carmen, el de la circulación de las personas, lo cual precisa mecanismos que lo potencien. Si conseguimos que las empresas se interesen por tener doctores formados en centros universitarios y que las universidades se interesen por profesionales con experiencia en el mundo industrial, habremos ganado mucho.

Carmen: Esa es la razón de ser del programa Torres Quevedo, es un programa que facilita la incorporación de doctores a las empresas, consideramos este programa fundamental, ya que nuestras empresas tienen la mitad de doctores que la media de la OCDE. Estamos todavía con un déficit muy importante.

Marina: Cuando un doctor formado en un grupo de investigación universitario o del CSIC se va a una empresa, estás «exportando a la empresa», por decirlo así, también su red de contactos, todos los profesionales a los que ese doctor tiene acceso y que en un momento dado pueden ayudar o iniciar nuevos proyectos.

El contraste con Estados Unidos, donde las empresas tecnológicas reclutan a los estudiantes incluso antes de que acaben la carrera, es notable.

Carmen: En efecto. Y una de las razones por las que el sistema funciona bien allí es porque es reversible, mientras que aquí no lo es. En Estados Unidos un chico puede estudiar Informática o Electrónica, o Química, pasar unos años en una empresa, volver a la universidad y obtener un doctorado, marcharse de nuevo a otra empresa y luego volver como profesor a la universidad. Aquí, o estás en un lado, o estás en el otro, y eso es un error gravísimo.

¿Qué ventajas reporta la Agencia Estatal de Investigación respecto al modelo anterior? ¿Cuáles son las ventajas diferenciales?

Marina: Lo primero es que la Agencia va a tener su propio control financiero, lo cual aporta muchas ventajas, desde flexibilidad a la hora de manejar fondos FEDER hasta la capacidad de manejar ingresos privados, esto es, quien quiera aportar dinero a investigación (una práctica muy común en países avanzados) podrá hacerlo cómodamente. También se podrán manejar con más comodidad presupuestos plurianuales, gestionar mejor los remanentes, etc. La otra gran ventaja es la independencia, la Agencia será, en esencia, independiente de la entidad ministerial y su funcionamiento debería verse menos afectado por vaivenes políticos de lo que ha sido hasta ahora. Además, la Agencia contará con un comité científico y técnico (ya lo hemos elegido) integrado por científicos de primera línea que nos asesorarán y nos permitirán optimizar nuestro rendimiento. En resumen, más flexibilidad, más estabilidad y (esperemos) más ingresos.

Carmen: Déjame darte un ejemplo muy claro. Si comparamos, digamos, seiscientos millones asignados a la Agencia este año con seiscientos millones asignados a la antigua Dirección General de Investigación hace dos o tres años, nos encontramos que la Agencia, solo por su estructura, cuenta con treinta millones de más, que era la cantidad que se perdía debido a problemas estructurales a la hora de ejecutar (proyectos que se devuelven, contratos que no se cubren, etc.). Nuestro cálculo es que la Dirección General perdía un 5% del presupuesto total debido a problemas de ejecución. La Agencia, sin embargo, puede retener en su tesorería esos fondos y reutilizarlos. Algo parecido ocurre con los fondos europeos.

¿Cuántos investigadores españoles solicitan programas europeos ERC y cuál es la tasa de éxito?

Carmen: En general, estamos teniendo unos resultados muy buenos. Cuando preparamos nuestra estrategia para el programa Horizonte 2020 nuestro objetivo era conseguir un retorno del 9,5%, que el 10% de los proyectos estuviera liderado por investigadores españoles y que el 15% de las entidades fueran nuevas. Empezamos a implementar nuestra estrategia en el año 2014 y a día de hoy tenemos un 10% de retorno, un 15% de proyectos liderados por investigadores españoles y el 67% de todas las empresas que se han presentado son nuevas, o sea, supera de largo el 15%. Son resultados que nunca habíamos tenido porque España siempre había aportado más a Europa de lo que nos habíamos traído. Al final del séptimo programa Marco, en el año 2012-2013, ya empezamos a traer un 8%- 9%, pero ahora estos resultados son completamente inesperados, nos han colocado en la cuarta posición de toda Europa.

Y, en cuanto al programa ERC, nuestros resultados van mejorando, no llegamos al 10% de retorno, pero depende de en qué convocatoria. La última de Consolidator Grant ha sido buenísima, Starting Grant está también creciendo. Tenemos un problema que estamos abordando desde hace tiempo y es que muchos investigadores jóvenes pasan la primera línea de corte pero fallan en la entrevista. Para corregir ese problema hay en marcha un programa de simulacro de entrevistas que permite a la gente llegar más preparada a esa parte.

En el caso del programa ERC, los jóvenes investigadores que pasan los filtros y llegan hasta la recta final reciben por parte española una financiación bastante considerable para que sigan probando, ¿correcto?

Carmen: Sí, y además ese es uno de los programas que más éxito tiene. Dedicamos a ese capítulo aproximadamente un millón doscientos mil euros, y suele retornar cerca de seis millones de euros anuales.

Marina: Financiamos más o menos unos catorce, juntando Starting y Consolidator, eso es aproximadamente un millón doscientos mil euros, porque es una media de sesenta mil euros para un año. Se trata de una financiación muy respetable.

Carmen: Lo que todavía no nos va del todo bien son los Advanced Grant, ahí tenemos que seguir trabajando. Por otra parte, la categoría intermedia, el Consolidator Grant nos funciona muy bien, lo cual es muy importante ya que se trata de investigadores todavía jóvenes pero con gran experiencia. Es justamente un sector que queremos potenciar.

¿Qué me decís del fenómeno Alatriste? Se diría que parte de los problemas estructurales del país se compensan a base de que hay un número importante de investigadores, de gestores, de empresarios (los capitanes Alatriste) que cargan de frente contra todos los pronósticos. No sé si son optimistas o insensatos…

Carmen: Es una mezcla, y desde luego yo convivo con ella. Es cierto que como país nos falta apoyo institucional, el deporte es un buen ejemplo. En España tradicionalmente solo importa el fútbol y, sin embargo, ahí están nuestros Alatriste: Nadal en tenis, Mireia Belmonte en natación, la selección española de baloncesto, por citar unos pocos ejemplos. En ciencia y en otros muchos campos también hay un poco de eso, pero creo que poco a poco vamos mejorando, reconociendo nuestro propio potencial. Cuando salió la Iniciativa Pyme trabajamos mucho en Horizonte 2020 para asegurarnos de que en el diseño del programa no nos quedáramos fuera de juego. Fuimos muy activos y con eso facilitamos la carga de nuestros pequeños empresarios Alatriste, que lo han hecho maravillosamente.

La Iniciativa Pyme permite que cualquier pyme con una buena idea presente un proyecto de diez folios y consiga cincuenta mil euros para desarrollarla. Si consigue demostrar en ese tiempo que la idea es viable, puede entonces conseguir financiación de entre quinientos mil y cinco millones de euros. Nosotros apoyamos esa iniciativa a pesar de que teníamos miedo de no ser competitivos, pero sí lo estamos siendo. Hay dos personas en el CDTI responsables de este programa que están ayudando a más de novecientas propuestas españolas. Otro ejemplo es el programa NEOTEC, que concede subvenciones en lugar de créditos a empresas pequeñas para ayudarles a desarrollar su tecnología. Todavía hay otro ejemplo en el programa CIEN, donde tienen que participar una empresa pequeña, una empresa grande y un centro público, facilitando que la empresa pequeña pueda ser subcontratista de la empresa grande o del centro público. Como ves, ideas no nos faltan.

Marina: Por otra parte, tenemos que ser precavidos, porque se trata de ayudas del Estado, que no puede ni debe subvencionar de manera ilimitada a las empresas.

Carmen: Hay que hilar muy fino. Otra de las vías que usamos es dar préstamos y aumentar en lo posible el tramo no reembolsable. Pero no es fácil, hay mucha normativa que complica las cosas muchísimo.

¿Cuál es el mecanismo para asignar fondos entre áreas de investigación y luego entre proyectos?

Marina: Normalmente se abre una convocatoria general a todas las áreas. De entrada contamos con un presupuesto global para la convocatoria de proyectos de investigación, pero no podemos hacer un reparto por calidad con todos los proyectos que se presentan, porque nos llegan proyectos de física de partículas o proyectos de espacio que siempre están muy bien valorados ya que a menudo son proyectos que han pasado por el CERN, o la ESA, etc., y también son proyectos muy caros. Esto nos obliga a parcelar internamente el dinero porque no es lo mismo lo que cuesta, en promedio, un proyecto de física de partículas, de espacio, de astronomía, etc., que lo que cuesta uno de historia. Los proyectos de humanidades pueden situarse en una media de veinte mil euros, mientras que los de espacio suelen estar en torno a los quinientos mil.

Nuestra estrategia es similar a la de los proyectos ERC en Europa, establecemos un histórico de solicitudes, lo que nos permite predecir los montos totales que se van a solicitar y contrastarlos con el dinero del que disponemos. De esta manera ajustamos las partidas. A veces, sin embargo, hay fluctuaciones y tenemos que detectarlas a tiempo. Se trata de un problema complejo, pero no somos los únicos que lo tenemos, los paneles ERC tienen que lidiar con situaciones similares.

Hay un círculo vicioso en el que el investigador piensa: «Necesito cien pero me van a conceder cincuenta, así que pido doscientos», y la Agencia piensa: «Pide doscientos, demasiado dinero, está exagerando, le doy veinticinco». ¿Cómo podemos conseguir establecer un mecanismo en el que se pida y se conceda lo que se necesita, si el proyecto es bueno?

Marina: Yo creo que hay que educar al investigador (si me permitís el término). En este momento se solicita tres veces la cantidad disponible de dinero. Cuando las solicitudes se analizan en las comisiones se suelen detectar sin mayores problemas las exageraciones o las partidas mal justificadas, y eso no ayuda al proyecto. Es verdad que en épocas de crisis nos hemos visto obligados a financiar un proyecto excelente con menos fondos de los que precisa (y en ese caso lo hemos escrito explícitamente), pero en general yo creo que los mejores proyectos se benefician por ser lo más precisos y afinados posibles a la hora de solicitar financiación.

La Agencia tiene un equipo de gestores, que suelen ser científicos en activo y que se ocupan de mediar entre la agencia y los investigadores. En último término, los gestores tienen mucho que decir en la evaluación y financiación de proyectos. No obstante, se da la circunstancia de que son juez y parte. Por contraste, en la National Science Foundation (NSF) de Estados Unidos los cargos equivalentes a gestor los ocupan científicos que, al menos durante el periodo que sirven en el NSF, están fuera del circuito de proyectos. ¿Cómo valoráis nuestro modelo de gestores?

Marina: Hemos debatido mucho ese asunto. No es fácil pedirle a un científico puntero que, además de hacer el esfuerzo de ayudarnos en la Agencia, deje de pedir proyectos durante un periodo de entre tres y cinco años. Muchos de los mejores simplemente no aceptarían y no queremos elegir científicos menos competentes para esos cargos.

Carmen: Ten en cuenta además que el trabajo que hacen para la Agencia no les «puntúa en el currículum», ya que es algo que en España no se reconoce.

Marina: Por nuestra parte procuramos manejar muy bien los conflictos de intereses. Los proyectos que presentan los gestores no se evalúan dentro de la comisión general sino en una comisión aparte, compuesta por antiguos gestores. Y lo que siempre les pedimos a los gestores en activo es: «No cambies tu comportamiento», es decir, presenta proyectos similares, en la misma línea y tamaño que cuando no eras gestor. Generalmente, sin embargo, los gestores y los coordinadores presentan proyectos muy competitivos. Les elegimos precisamente porque son muy buenos.

Carmen: Mucho más delicado, desde mi punto de vista, es evaluar a personas, como en el caso de las comisiones para el programa Ramón y Cajal. Piensa que las decisiones que se toman en esas comisiones influencian de manera dramática la vida de los investigadores que se presentan a estos concursos y ahí sí que intentamos especialmente que no se nos cuele ningún gazapo. No siempre lo conseguimos, claro está, pero prestamos mucha atención a que las comisiones sean lo más objetivas posible.

Marina: Nuestro objetivo es que la Agencia funcione con la máxima transparencia y eso incluye, por supuesto, rotar a los gestores, evaluadores y colaboradores. No siempre es fácil, ya te digo, pero creo que en general el sistema funciona y todo el mundo actúa con mucha responsabilidad.

¿En qué áreas destaca más la investigación básica en España?

Carmen: A lo que más dedicamos es a biomedicina, con mucha diferencia. También invertimos en física, matemáticas, astrofísica, veterinaria… Las publicaciones en esas áreas están muy bien referenciadas. Pero hemos dejado de estructurarnos en disciplinas para hacerlo según los retos de la sociedad, tal y como está organizado Horizonte 2020. Donde más recursos ponemos es en biomedicina en el sector público. Otra área también muy importante para nosotros es la de seguridad alimentaria, y ahí se da una circunstancia muy buena, y es que las aportaciones públicas que se otorgan a través de la Agencia y las privadas, invertidas por las empresas, están muy igualadas. Es un área completamente equilibrada y esa fue la razón de elegirla para la Estrategia de Bioeconomía, que combina el buen conocimiento científico, la existencia de una estructura empresarial y un buen mercado con muchísimas exportaciones.

¿Cómo os sienta que se utilice el nombre del CSIC para promocionar un producto como el Revidox?

Marina: Yo creo que en el CSIC no gusta que se use su nombre, salvo que sea una patente del CSIC. Se ha hecho a veces y en muchas ocasiones el CSIC ha protestado. En todo caso, si tiene el nombre y el sello del CSIC, y es del CSIC, seguro que es bueno [risas].

Nos decía Ricardo Díez del DIPC que los trámites burocráticos en el CSIC o en la propia universidad frenan mucho la investigación. ¿Hay algún plan al respecto?

Carmen: El CSIC es una agencia, y tiene muchísima menos tramitación administrativa que el resto de los OPIs. El resto de los OPIs tiene lo que se llama intervención previa, cualquier cosa, desde ir a comprar un vaso, a contratar un becario o distribuir un dinero europeo, tiene que aprobarla un interventor. Dicho esto, todos sabemos que nos sobra carga administrativa, que el exceso de carga administrativa que tenemos no va en mejora de un mejor control, ni de una mejor utilización de los recursos, que lo que hace es añadir ineficiencias en el sistema, y en eso es en lo que estamos ocupados y bien preocupados de intentar conseguir flexibilidades.

¿Qué ocurre con los organismos públicos de investigación? Todos estamos sujetos en nuestros procedimientos a las Leyes del Sector Público y a la Ley de Subvenciones, y ahora a la nueva Ley de Régimen Jurídico. Son leyes muy definidas con un criterio de control por el tema del déficit, y que tienen un complicado ajuste con la forma de funcionar en ciencia. Constantemente trabajamos para argumentar que necesitamos flexibilidad, no exenta de control, por supuesto, porque se trata de dinero público y los científicos no tienen ningún problema en rendir cuentas y resultados. Pero nos ha pillado un momento malo donde el control del déficit conlleva dificultades que nos encorsetan. Por eso no solamente hablamos de recursos económicos, recursos significa también flexibilidad administrativa, porque eso tiene un impacto directo en cómo se pueden hacer las cosas.

El Instituto Médico Howard Hughes reconoció al investigador José Luis García Pérez como científico biomédico con potencial para convertirse en líder mundial y con seiscientos cincuenta mil euros. Cuando lo entrevistamos, nos dijo que era imposible que el CSIC le proporcionara un iMac para trabajar… ¿Cómo puede ser que a un investigador puntero no se le permita comprar un ordenador?

Marina: Imposible no es, lo tiene que justificar mucho. Si justifica mucho que lo necesita, lo puede comprar.

Carmen: En el CSIC hay un procedimiento de compra centralizada, con el que funciona toda la Administración y en el que es difícil incluir los recursos específicos que necesitan los científicos. Cuando un astrofísico necesita un monitor de 50×50, no es un capricho, es porque su trabajo se lo demanda. Pero… ¿cómo lo explicas en la Administración? Hay un margen para la excepción, pero es verdad que el procedimiento es rígido. Por otra parte, también es cierto que los investigadores tienen que aprender a ser más rigurosos a la hora de justificar sus gastos. Hasta hace poco no teníamos experiencia de cómo se justificaba bien, ni los investigadores en justificar, ni las instituciones en ayudar a justificar, ya que a menudo dejan al investigador toda la tarea, cosa injustificada, pues para eso cobran costes indirectos. En fin, lo cierto es que este asunto ha sido un mal trago pero está mejorando a pasos agigantados. Cuando pedimos justificaciones del año 2007 y 2008, aquello era un lío. En cambio, en los últimos años ha ido mucho mejor.

La percepción generalizada entre los investigadores (y el público) en España es que la investigación no interesa especialmente al actual Gobierno. ¿Está esa percepción justificada? ¿O el problema es que la investigación no le interesa a la sociedad española y los políticos reflejan esa circunstancia? ¿Cómo nos comparamos con el resto de Europa?

Carmen: Como ya hemos hablando, la revolución de los ochenta que impulsa la ciencia en España ocurrió hace treinta años. Eso es muy poco tiempo, y las sociedades no se transforman tan rápido como nos gustaría. Nuestra sociedad valora la ciencia, pero no lo suficiente, y esa actitud se refleja en nuestros políticos, que ven la ciencia como algo importante pero no esencial, al menos comparada con otros aspectos (pensiones, subvención al desempleo, seguridad social) en épocas de crisis. Yo creo que afirmar que la ciencia no importa a nuestros políticos no refleja la realidad de las últimas décadas, en las que se ha avanzado muchísimo, y además durante el Gobierno de los dos partidos mayoritarios. Con Aznar, por ejemplo, se lanzaron las fundaciones, que han dado excelentes resultados, y Zapatero durante su primer mandato subió el presupuesto de ciencia en un 25% cada año. Por otra parte, cuando se produce una situación de crisis económica muy fuerte, tanto en el Gobierno de Zapatero como en el subsiguiente Gobierno de Rajoy ha habido una reducción presupuestaria. Por una parte es fácil afirmar que «este Gobierno no se preocupa por la ciencia», pero por otra hay que tener en cuenta que le ha tocado lidiar con la parte más dura de la peor crisis económica en la España moderna. De hecho, los recortes que tuvo que hacer el anterior Gobierno, y estoy segura de que no les resultó nada grato hacerlo, fueron mayores de los que hemos tenido que hacer nosotros. Te puedo asegurar que a ningún Gobierno le hace feliz introducir recortes en ciencia.

En resumen, la pregunta de si interesa o no la ciencia en España es un poco engañosa cuando se plantea en una situación económica muy difícil. Obviamente, sería muy deseable que se mantuviera una cierta estabilidad independientemente de los ciclos económicos, sobre todo dado que todavía estamos muy por debajo de las medias europeas. Pero, de ahí a asegurar que no interesa… ¿Tampoco interesa la educación? ¿Tampoco interesa la sanidad? ¿Tampoco interesan los puentes? Es que, si miramos uno por uno, ha habido una cuestión presupuestaria que nos ha afectado a todos. Por otra parte, más allá de los presupuestos, creo que hemos avanzado estos años. Hemos trabajado por diseñar una buena estrategia, desarrollar un plan estatal, crear una Agencia y acudir con éxito a los proyectos europeos.

Hemos trabajado en los contratos predoctorales, que se han cuidado y mejorado mucho, a pesar del ruido mediático que parece asegurar lo contrario. En cuanto al programa Ramón y Cajal, es verdad que tuvimos que disminuir el número de contratos, pero a cambio se les asigna a los investigadores mucho más dinero que al principio (cuarenta mil euros de fondos iniciales, antes se les daba quince mil). Otro caso emblemático es el del CERN, teníamos una deuda de cuarenta millones cuando nosotros llegamos y ahora la cuota está al día, lo que nos ha costado no poco esfuerzo. Es cierto que en la mayor parte de los países a los que nos queremos parecer el porcentaje del PIB dedicado a ciencia está más alto. Pero también es cierto que hay mucha inversión privada empresarial. Ese es quizás nuestro problema estructural más serio. De todo el presupuesto que tenemos, el 53% es empresarial y la media de la Unión Europea es el 66%. En otras palabras, dependemos mucho de los fondos públicos, lo cual se traduce en mucha fragilidad en épocas de crisis.

La edad media de los investigadores del CSIC es de cincuenta y tres años

Carmen: En el CSIC, en los dos últimos años hemos podido garantizar una buena oferta de empleo público. Cuando yo llegué nos asignaron cero. Peleamos mucho y conseguimos el 10%, que solo se asignó a las cinco profesiones más importantes: médicos, profesores, fuerzas armadas, inspectores de Hacienda e investigadores. Desde hace ya dos años tenemos una oferta pública de empleo en torno a las doscientas plazas. La del año pasado fue de doscientos cincuenta para todos los OPIs junto con otras doscientas cincuenta de promoción interna. Ahora lo importante es que la oferta pública del 2017 siga en la misma línea, como parece que será,

Se van muchos investigadores fuera…

Carmen: Cierto, aunque hay una parte que se va y que creemos que es bueno que se vaya y siga su formación en el extranjero. La movilidad de investigadores es esencial para la ciencia. Pero, por ponerte un ejemplo, en el programa Ramón y Cajal, el 20% de los investigadores que vienen son extranjeros, el 20% son españoles que están fuera y el resto son personas que están aquí. No parece tan desproporcionado.

¿Y por qué la prensa insiste tanto en la «fuga de cerebros»? ¿Tenemos datos?

Carmen: Es cierto que ha habido investigadores, sobre todo jóvenes, que se han tenido que ir por las bajas tasas de reposición aplicadas desde 2009 hasta 2014. Trabajamos para que el talento, sea español o extranjero, pueda venir a trabajar a España con buenas condiciones. Sobre los datos, hemos lanzado un estudio, pero no es fácil, porque ha coincidido con un periodo donde nos han salido muchos españoles nacidos en España, por ejemplo, de padres latinoamericanos. El caso es que no tenemos datos fiables a nivel global, lo cual nos preocupa mucho. Por ejemplo, cuando estudiamos la movilidad de los investigadores con becas ERC, observamos que hay tantos que vienen como que se van. Nuestro objetivo, en todo caso, es ofrecer convocatorias accesibles a todo el mundo: a los que se han ido, a los que quieren volver y a los que no. Hemos procurado además apoyar las asociaciones de investigadores españoles en el extranjero, de manera que estén muy al tanto de los calendarios de convocatorias y puedan participar como evaluadores. Eso también ayuda para mantener los vínculos y que la gente no se encuentre desarraigada.

Pagamos desde la Secretaría del Estado a través de FECYT a tres personas, una en Estados Unidos, una en el Reino Unido y otra en Alemania. Forman parte de este programa de diplomacia científica que nos sirve también para mantener el contacto con los investigadores que, o bien se han ido a realizar una estancia posdoctoral, o bien no encontraban trabajo, o directamente optaron por trabajar fuera. La idea es tenerlos localizados y estar conectados con ellos. Por otra parte, los científicos tienen que irse al extranjero, es una parte esencial de su formación.

¿Cómo se armoniza la vida familiar con un trabajo full time como el vuestro? ¿Hay algún espacio para aficiones, tiempo libre?

Carmen: Tenemos poco tiempo libre. Siempre he tenido claro que hay espacio para el trabajo, la familia y poco más. Creo que es imprescindible en un trabajo como el nuestro, que exige tanta dedicación, contar con el apoyo de tu pareja, si no la cosa se pone complicada. Yo he tenido suerte, mi familia me ha apoyado mucho. Por supuesto hay una época muy complicada, sobre todo para las mujeres, cuando los hijos son pequeños y requieren mucha atención. Ahora tengo hijos mayores, ya están fuera de casa y puedo permitirme el lujo de quedar a cenar con ellos cualquier día entre semana cuando salgo a las diez de la noche de la oficina. Así que no tengo queja por esa parte. Pero lo cierto es que sí he renunciado a otro tipo de vida social, salir con amigos, clubs, etc., esencialmente me he concentrado en mi trabajo y en mi familia. Además dispongo de muy poco tiempo personal, soy incapaz, por ejemplo, de dedicar tiempo a hacer algo de deporte, como no sea algún paseo rápido el fin de semana por el Retiro.

Marina: Mi situación es como la de Carmen, salvo que no me quejo de no poder ir al gimnasio, yo casi prefiero no poder ir [risas]. En cambio, andar me gusta y procuramos dar paseos largos por Madrid. Pero desde luego está el soporte familiar. Yo también he tenido suerte, cuando las niñas —tengo dos— eran pequeñas, mis padres y los otros abuelos estaban para lo que quisieras, y tengo un marido al que mis hijas le hacen el regalo del Día de la Madre [risas]. La persona que está contigo tiene que entender y respetar muchísimo tu trabajo, aceptar días largos, noches cortas y fines de semana que brillan por su ausencia. Tus hijos también tienen que aceptarlo. Pero todo el mundo se adapta, con buena voluntad. Mis hijas se quejaban mucho de pequeñas cuando viajaba, y se hacía muy duro, pero también se ponían como locas de contento cuando regresaba. Ahora estamos todos acostumbrados a ese ritmo de vida, todo el mundo colabora y nos arreglamos bien.

Carmen: Mi hija se está convirtiendo ahora en una profesional, y cuando le preguntan: «¿Y tú qué quieres hacer con tu vida?», contesta que lo quiere todo, ser una buenísima cirujana, y casarse, y tener hijos, y esto y lo otro… y cuando le dicen: «Pero ¿cómo vas a hacer todo eso?», contesta: «Pues como lo ha hecho mi madre». Para mí eso tiene un valor infinito.

En vuestro tiempo de ocio, que ya hemos visto que es muy escaso, ¿cine, series, libros?

Marina: A mí me encantan las series, y cuanto más culebrón, mejor. Anatomía de Grey me encanta, y esa otra tan divertida, Cómo conocí a vuestra madre. Claro que tengo que confesarte que hay días que podría ver cualquier cosa, porque me pongo delante de la tele y me quedo traspuesta…

Habéis visto Breaking Bad, ¿es fácil para un químico fabricar drogas de diseño?

Marina: Para un químico, sí [risas].

¿Vais al cine?

Marina: No tanto como nos gustaría, el problema es que no piso la casa en todo el fin de semana y, cuando llega el sábado por la tarde y nos planteamos «Vamos al cine», me entra la pereza, «con lo bien que estoy aquí en el sofá con la mantita»… lo peor del caso es que la mitad de las veces estás en el sofá con la mantita… y el ordenador [risas].

Carmen: La verdad que este trabajo también limita mucho otras actividades de ocio, después de una semana en la oficina tenemos verdadera necesidad de estar en casa, de subir al piso de arriba, al que no subes en toda la semana, no sea que se hayan instalado allí unos señores y yo todavía no me haya enterado [risas]. Además, necesitas despejarte y no pensar durante un rato. Por eso yo las series que me hacen pensar las tengo que aplazar. Cuando llego a casa, en torno a las diez de la noche, tengo el tiempo justo para hacer un poco de cena y sentarnos un ratito frente a la tele, y, si entonces te pasan algo sesudo o una de zombis, como que una no está para esas cosas [risas].

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Luces y sombras en la resurrección de Samir Nasri http://www.jotdown.es/2017/06/luces-sombras-la-resurreccion-samir-nasri/ http://www.jotdown.es/2017/06/luces-sombras-la-resurreccion-samir-nasri/#comments Thu, 22 Jun 2017 08:54:05 +0000 http://www.jotdown.es/?p=133175 Imagínense que son sevillistas. Sí, a mí también se me ocurren centenares de usos menos desagradables que darle a la corteza cerebral, pero será solo un momento. A Emery, el entrenador más exitoso de la historia de su club, los petroeuros lo llevaron a París. A su sustituto le falta bailar la danza de la lluvia en las ruedas de […]

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Samir Nasri. Foto: Cordon.

Imagínense que son sevillistas. Sí, a mí también se me ocurren centenares de usos menos desagradables que darle a la corteza cerebral, pero será solo un momento. A Emery, el entrenador más exitoso de la historia de su club, los petroeuros lo llevaron a París. A su sustituto le falta bailar la danza de la lluvia en las ruedas de prensa. Y el único que realmente obra milagros, Monchi, amenaza con marcharse más pronto que tarde. Encima, para acrecentar su incertidumbre, otra recomposición en la plantilla. Y cuando el mercado estival agoniza, anuncian la contratación de Samir Nasri. Se presenta en Sevilla teñido de amarillo pollo, la gorra para atrás y acompañado de un tipo que porta una mochila de hojitas de marihuana. En Google, lo primero que aparece si busca al centrocampista francés es un escándalo reciente: un vídeo en Las Vegas junto a unos alegres mozalbetes que muestran alcohol y drogas a cámara. En definitiva, un panorama muy esperanzador para afrontar la nueva temporada de su equipo, qué duda cabe. Ya pueden dejar de ser sevillistas. Les dije que no sería para tanto.

Nasri y el Sevilla no pegaban. El club andaluz sigue dos líneas principales a la hora de fichar. Por un lado, hallar talento escondido en ligas o equipos menores y, por otro, esperar el fracaso de jugadores a los que pretendió pero terminaron recalando en equipos más pudientes. Lo segundo le ha forjado fama de resucitador de futbolistas, que alcanzó su cénit en la figura de Éver Banega, el predecesor de Nasri como timonel del juego. El rosarino, con apenas veintiséis años, se instaló en el ostracismo y era más recordado por masturbaciones juveniles, inverosímiles accidentes automovilísticos y episodios alcohólicos que por su juego. Sin embargo, dejó dos temporadas como pocas se han visto recientemente en el Sánchez-Pizjuán. El caso de Nasri, no obstante, era diferente. Monchi había fichado a desconocidos que se convirtieron en estrellas mundiales, pero no a estrellas mundiales de capa caída. Nunca antes convenció a un jugador que le sonara a cualquier aficionado del continente. Y es que Nasri y el Sevilla pertenecían a dos realidades diferentes. Eran dos entes del mismo universo, el futbolístico, pero destinados a no cruzarse jamás.

Ese improbable choque propició imágenes tan potentes como Nasri escuchando largamente a Juan Manuel Lillo. Ahí es nada. En los vestuarios de fútbol se hablan más idiomas que en el rodaje de un wéstern de Leone, así que el marsellés no era completamente ajeno a nuestra lengua. Ahora, cuánto captaba de aquellos monólogos de Lillo, es una incógnita. El tolosarra era la mano derecha de Jorge Sampaoli, que le entregó la titularidad a Nasri desde el primer día. Fue de la partida contra Las Palmas y Betis, dos victorias ajustadas como local. Casualmente, la primera vez que se echó el equipo a la espalda cosechó una derrota. Aunque si el Athletic no lo finiquitó antes fue gracias a su desparpajo, ya que se ofrecía en cada posesión e, incluso, anotó un gol. Esa anomalía la repetiría poco después en Leganés, pero Bilbao quedará como el golpe en la mesa de Nasri, donde demostró que había fichado por el Sevilla para jugar al fútbol.

A sus veintinueve años y tras varias temporadas en Arsenal y Manchester City, necesitaba volver a sentirse importante. Allí jugaba cada vez menos, y no parecía que el recién llegado Guardiola fuese a variar su situación. Algunos técnicos arrinconaron a Samir en la banda, que es como comprarte unos tacones carísimos y ponértelos para salir a correr. Sampaoli lo situó en el centro del campo, como organizador. Ordenó que todos los balones, antes de llegar al ejército de hombres móviles que había ideado, pasaran por él. Quería convertirlo en protagonista, y en aquel alabadísimo Sevilla de la primera mitad de Liga la incidencia de Nasri fue mayúscula. Eso sí, los aficionados se vanagloriaban en privado, nunca coralmente en la grada. Influía que estuviese cedido por un año, claro. Y que ninguna afición como la sevillista sabe que los cánticos de hoy son las despedidas de mañana.

Entendía cuándo pausarlo todo. Ni es alto ni es fuerte (que queda mejor que definirlo como cuerpo escombro y una mijita tapón), pero si protegía la pelota no se la quitaba nadie. Siempre acababa zafándose del rival. Y una certeza: en aquella fase de la temporada, la jugada mejoraría después de pasar por sus pies. Aunque fuese un pase sencillo, lo daba de manera que dejara al compañero en la situación más ventajosa posible. Cuando despachas lo ordinario con maestría, tu siguiente meta es lo extraordinario. Así, su mente trazaba pases imposibles en espacios muy reducidos, incluso dentro del área. Envíos que los contrarios defendían por acumulación y no por anticipación, ya que no podían prever lo que iba a salir de aquella cabeza. Lo malo es que, en ocasiones, tampoco lo hacían sus propios compañeros.

Fue paradigmático un partido de Champions League. En Zagreb, el Dinamo se encerró antes de que pitara el árbitro, y Nasri aprovechó la libertad. Registró ciento ochenta y tres toques de balón, una barbaridad no ya para el máximo torneo continental, sino para uno de esos amistosos veraniegos en los que un equipo pone sobre el campo a dos jugadores con el mismo dorsal. Además, el marsellés completó ciento cuarenta y cinco pases. Es decir, únicamente tres menos que todo el equipo rival junto. No sólo batió el récord de envíos exitosos en Champions, sino que tuvo tiempo de dar un pase delicado a la red que se convirtió en el único gol del Sevilla en tierras croatas. El fichaje más extraño había salido bien. Luego sufrió una lesión menor, pero poco después recibían al Barcelona, y él quería que el mundo se enterase de la buena nueva. Pasen y vean a Nasri, el renacido. Así que forzó para jugar, y la cagó. La pierna no le daba. Deambuló por el campo, sin apenas participación. Y se lesionó de verdad.

Estuvo un mes fuera. Volvió para la exhibición de Iborra en Balaídos, que logró anotar un triplete en cuarenta y cinco minutos. Y, sobre todo, para la paliza al Málaga antes del parón navideño. Aquel vendaval de cuatro goles pueden ser los mejores minutos de la efímera etapa de Sampaoli en Nervión. Pero el pasado siempre vuelve, y durante las vacaciones apareció uno de esos escándalos tan frecuentes en el viejo Nasri. El Día de los Inocentes, para más señas. Cuando la agencia de publicidad R&R Partners ideó el eslogan What happens here, stays here para promocionar el turismo en Las Vegas, no contaba con el auge de las redes sociales. A esa ciudad regresó Nasri, y el lío se formó cuando la cuenta de Twitter de una singular clínica (regentada por las atractivas hermanas Sozahdah) anunció que el francés había recibido un tratamiento de vitaminas para mantenerlo hidratado, signifique eso lo que signifique. Acto seguido, el perfil oficial de Nasri, al que había accedido su novia, puntualizó con una serie de tuits que lo que había recibido era un servicio sexual completo. Tras un poco amistoso intercambio de mensajes entre ambas cuentas, finalmente Nasri zanjó la charla aduciendo que su cuenta había sido hackeada. El viejo truco, ya. De nada sirvió, porque el cotilleo estaba servido. Para completar el cuadro, el presidente de la LFP, Javier Tebas, estuvo tan avispado como siempre exigiendo que se investigara ese peculiar tratamiento… ¡por dopaje!

Foto: Cordon.

A la vuelta de vacaciones, el Sevilla cayó en Copa del Rey ante el efectivo tándem formado por el Real Madrid y Mateu Lahoz, pero en San Sebastián goleó. Nasri, al que en la clínica le devolvieron hasta su color de pelo natural, decidió celebrarlo junto a N’Zonzi, compatriota y escudero, adentrándose en la noche donostiarra. Ambos subieron a un taxi a la salida de Anoeta y pidieron ir donde hubiese ambiente. Tenían tan poco tiempo que perder que lo hicieron vistiendo el chándal oficial del equipo. He aquí la habitual doble moral para enjuiciar a los futbolistas. Si el equipo va bien, como era el caso, es que son chavales y tienen que divertirse. Si la cosa marcha mal, hay que echar a esos niñatos por reírse del escudo.

Por esas fechas, el Sevilla también cerró la cesión de otro futbolista maravilloso: Stevan Jovetic. El montenegrino, que compartió vestuario con Nasri en el City, aseguró que nunca había visto a Samir correr tanto, así que cómo no iba a hacerlo él. A partir de una remontada vertiginosa al Madrid en Liga, el conjunto de Sampaoli entró en un bache de juego, aunque no de resultados. Eran victorias apuradas, pero victorias al fin y al cabo. Y alimentaban la quimera de que el Sevilla optaba al campeonato, hasta que la utopía comenzó a truncarse. Los atacantes ya no eran tan móviles, pesaban las piernas, y la producción ofensiva dejó de ser fluida. El nivel de Nasri también descendió. Y el bache se convirtió en un socavón por donde comenzaron a escaparse muchos puntos. El técnico argentino lo fió todo a los octavos de Champions, y la jugada no pudo salirle peor. Leicester no solo marcaría la temporada del equipo, sino que manchó para siempre el recuerdo de Nasri en tierras sevillanas.

Los campeones de Premier se habían puesto 2-0. El Sevilla necesitaba un gol para empatar el resultado de la ida, donde dejó que se escaparan vivos. El Leicester hacía lo que mejor sabe, defender con casi todos y rezar. El balón pasaba muchísimo por las botas del francés, que tocaba y tocaba, desesperado por abrir huecos. Como en balonmano, la pelota de un lado a otro sobre la frontal del área, y volver a empezar. Mucho lirili y poco lerele. En esas, Jamie Vardy se encara con Nasri. El inglés habrá experimentado tantas situaciones similares en bares y estadios como noches ha vivido. Ambos se miran, se retan, acercan sus frentes. Nasri, aunque sabe que concentra las miradas del país donde más tiempo ha jugado, amaga con golpearle. Y Vardy se tira al suelo como si lo hubieran matado. El árbitro saca la roja. Quedaban quince minutos, pero es inútil elucubrar con qué podría haber pasado. N’Zonzi falló un penalti antes del final. Pero la expulsión queda como resumen gráfico de la eliminación de un Sevilla impotente en un cruce en el que tenía todo a favor.

El equipo no se sobrepuso. En Liga, siguió dejando escapar partidos, hasta desperdiciar los nueve puntos que llegó a tener sobre el Atlético y verse relegado a la cuarta plaza. Nasri perdió la chispa, y sufrió otra lesión, aunque leve. Regresó contra el Celta, en casa. Ambiente enrarecido. Todos sabían que Sampaoli se iba a Argentina, el equipo llevaba varias jornadas en tierra de nadie y el marsellés terminaba su cesión. Pero aún tenían que sumar algunos puntos para amarrar la previa de Champions. Nasri entró a un partido enquistado al que le quedaba menos de media hora. La personalidad que mostró en ese rato solo está al alcance de los buenos. La pidió, se movió, tiró, pasó, desbordó y asistió a Ben Yedder para que marcara el gol de la victoria. Fuera de forma y quizás poco comprometido en los estertores del proyecto, pero dejó un último servicio a la causa. Aún disputaría otro partido, contra la Real. Luego, las oportunas molestias que aparecen en los jugadores sin objetivos a final de temporada hicieron el resto. Fue un adiós sin ceremonia, insulso, como de expareja que se muda a otra ciudad. Mucho más desidioso de lo imaginado cuando el Sevilla soñaba que podía ser campeón.

En El club, el programa de Axel Torres, Monchi desveló que cuando se le ocurrió fichar a Nasri llamó a Martín Demichelis, su compañero en Mánchester. A la pregunta de qué necesitaba Samir para triunfar, el argentino respondió que era muy sencillo: cariño. Y Monchi presumió de haber sabido dárselo. El mismo Nasri que renunció a la selección francesa con solo veinticinco años, demostrando que es incapaz de estar donde no se siente cómodo. Años después, los aficionados, los periodistas y los analistas futbolísticos lo daban por juguete roto. Uno de tantos de los que nunca más volvería a saberse, perdido en alguna liga exótica. Un genuino enfant terrible. Ahora, la percepción ha cambiado. Recién rebasada la treintena, tiene que elegir destino. Ha demostrado que, si quiere, puede. O, citando un dicho con más años que un bosque, el que tiene el duro es el que puede cambiarlo. Es cierto que Nasri lo perdió, pero lo ha encontrado en Sevilla. Ahora falta saber en qué quiere convertir lo que le queda de carrera.

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Ragnar Lothbrock, patrón de España http://www.jotdown.es/2017/06/ragnar-lothbrock-patron-espana/ http://www.jotdown.es/2017/06/ragnar-lothbrock-patron-espana/#comments Wed, 21 Jun 2017 10:10:27 +0000 http://www.jotdown.es/?p=132431 Cuando los historiadores se ponen estupendos se dedican a encontrarle relaciones causa-efecto a cualquier acontecimiento pasado, de tal manera que nos puede llegar a parecer que los procesos históricos son algo inexorable y determinado, incluso por alguna fuerza más allá de la simple voluntad humana. El caso es que algo de eso hay —es complicado que se produzcan determinados cambios […]

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«Voy a mandar a los niños de vacaciones al sur, porque están insoportables». Vikings (2013-). Imagen: TNT.

Cuando los historiadores se ponen estupendos se dedican a encontrarle relaciones causa-efecto a cualquier acontecimiento pasado, de tal manera que nos puede llegar a parecer que los procesos históricos son algo inexorable y determinado, incluso por alguna fuerza más allá de la simple voluntad humana. El caso es que algo de eso hay —es complicado que se produzcan determinados cambios sin ciertas condiciones previas, véase la Revolución Industrial—, pero no es oro todo lo que reluce, y se nos están transmitiendo así una versión distorsionada de la historia. En realidad no siempre es culpa suya, sino del tremendo sesgo que supone la teleología al analizar el pasado: saber lo que va a ocurrir después es una tentación demasiado grande como para pasarla por alto, y de esta manera queda camuflada la influencia de un actor principal en el relato de tiempos anteriores. El azar.

La triste realidad es que en muchísimas ocasiones los resultados en el tiempo histórico corto son la consecuencia de una acumulación de circunstancias aleatorias. Incluso si los actores tenían una intencionalidad clara al tomar ciertas decisiones, no en pocos de los casos las expectativas no se vieron cumplidas y los efectos inesperados dieron un empujoncito a la historia en una dirección azarosa. Para comprender este fenómeno, uno de los ejemplos más notorios lo encontramos en la historia de los vikingos durante la Alta Edad Media.

Antes de que por obra y gracia del History Channel se convirtieran en ecoasesinos sostenibles, respetuosos con el medio ambiente y la igualdad de género, los vikingos ya eran conocidos por representar una curiosa idea procedente del Romanticismo y que como tantas de similar origen no hay por dónde cogerla: una suerte de representación de la libertad encarnada en los rudos hombres del norte que podían hacer lo que quisieran. Básicamente asesinar, saquear, violar y matar. Aunque parezca mentira, este concepto de «libertad» hizo bastante fortuna, pues se aplicó también al mundo de la piratería. Eso sí, blanca y anglosajona, porque cuanto más moreno y sureño el pirata, menos hombre libre y más sangriento criminal parece. Sin embargo, por encima de las mitologías decimonónicas, el interés principal de la historia de los normandos radica en que sin querer pusieron patas arriba la historia europea posterior. Y aunque sus correrías se centran especialmente en tierras de Inglaterra y Francia, se pasaron también por la Península, interviniendo en un episodio poco conocido pero que podría haber sido crucial para el desarrollo posterior del medievo hispano.

Durante la cuarta temporada de la serie, asistimos a un capítulo donde los hijos de Ragnar Lothbrok, Björn Ironside y Hastein, asaltan y saquean la ciudad musulmana de Al Jazira, más conocida hoy como Algeciras. Dicho acontecimiento es histórico y el relato figura en numerosas crónicas cristianas y árabes, pero desafortunadamente el alcance del tour que se marcaron los hermanos por el Mediterráneo no está bien reflejado, dejándose lo mejor en el tintero. Pero antes de comenzar con el cogollo del asunto, eso sí, hay que hablar un poco (pero solo un poco) de las famosas fuentes.

Para reconstruir periodos de la historia tan remotos, los expertos se basan en las crónicas supervivientes y tratan de contrastarlas con hallazgos arqueológicos, que viene a ser como buscar la famosa aguja en el pajar, dado que la mayor parte de los escritos están llenos de imprecisiones, términos genéricos, datos recogidos de oídas o simplemente adaptados según el gusto del escriba porque este no tenía ni pajolera idea de lo que estaba copiando. Todo esto arroja como resultado que a día de hoy dichos expertos se metan el dedo en el ojo dudando de tal o cual comentario, puesto que la fuente de información para algunos episodios dados por verdaderos durante mucho tiempo es una triste línea o comentario de pasada en un pergamino.

En el caso de los vikingos, por ejemplo, las fuentes son las sagas islandesas, básicamente relatos de fazañas bélicas mágico-místicas, así como las crónicas cristianas y musulmanas. En ellas aparecen con un montón de nombres diferentes: normando, normani, londomani y en árabe al-mayyus, mayús, almajuces en castellano antiguo, términos todos que los identifican como paganos o «adoradores del fuego». Pero claro, también se usan términos similares para llamar paganos a los montañeses del Cantábrico y los Pirineos, que se citan como mayús, wascones, baskunis y demás. Para rematar, al cristianizar los normandos, los cronistas de tiempos posteriores se hacen un lío y el resultado es que nunca se sabe muy bien de quiénes hablan en cada momento. Por otra parte, parece cada día más evidente que Ragnar Lothbrok, igual que el rey Arturo, sant Jordi o Batman, es un personaje legendario de ficción y que sus herederos, personajes ya históricamente documentados, se proclamarían sus «hijos» para darse importancia, que es la base de los procesos históricos. La historia de las elites se basa precisamente en eso, legitimar nombramientos, robos y apropiaciones por la vía de entroncarse con alguien legendario.

Ataque vikingo según el tapiz de Bayeux, siglo XI.

Pues bien, los vikingos, que ya habían aparecido en 844 en las costas gallegas y se habían llevado una hostia con la mano abierta a manos de Ramiro I y otra de revés frente a Sevilla, planearon una segunda gran expedición en 858-862 en la que bordearon la península ibérica, cruzaron el estrecho de Gibraltar y llegaron hasta Niza y el norte de Italia. Björn y Hastein zarparon desde Irlanda y fueron de nuevo rechazados en Galicia, asaltaron Algeciras con éxito y después huyeron perseguidos por la flota musulmana, saqueando Orihuela y las Baleares de paso y perdiéndose ya su ruta hacia Roses y Ampùries como última escala hispana.

El caso es que durante este agitado crucero tuvo lugar un oscuro incidente que se menciona de pasada en las crónicas árabes: en algún momento, los vikingos llegaron hasta Navarra, donde saquearon Pamplona y secuestraron a su rey, García Íñiguez I. Siguiendo el popular procedimiento utilizado a lo largo de los siglos para enriquecerse, pidieron el consiguiente rescate para liberarlo. Al parecer y siempre según Al Nowairi e Ibn Jaldún, pagaron los navarros setenta mil dinares de oro (que algunos autores modernos tasan en trescientos kilos) por recuperar a su monarca entero, aunque parece bastante dudoso que un reino tan chuchurrío tuviera tanto cash ahorrado. Sorprende que tan llamativo acontecimiento haya pasado desapercibido o incluso que haya sido cuestionada su historicidad cuando se da la extraña circunstancia de que no solo aparece prácticamente igual en dos crónicas distintas, sino que además la datación temporal en 859 coincide con el reinado del reyezuelo este y a su vez con la expedición norteña.

Esto bastaría para dar verosimilitud a la historia del secuestro del pobre «Garsiya ibn Wannaqo/Enneko/Íniguez», pero como por estos lares nos gusta tanto discutir, el asunto no se queda ahí y da para unas cuantas polémicas. Porque además, según la teoría a la que nos adscribamos, este episodio menor podría haber provocado un terremoto de insospechadas consecuencias en la zona. Para entender la importancia del ridículo reino de Pamplona y su vicisitud hay que darse un garbeo por la situación geoestratégica en el valle del Ebro a mediados del siglo IX y toparse con la figura de Sánchez Albornoz y sus huestes de seguidores y detractores.

El matón del barrio por aquellos tiempos era, obviamente, el emirato omeya de Córdoba, que controlaba todo el territorio por debajo de la línea Duero-Ebro. Uno de los estados más pujantes y centralizados de Europa, la distracción favorita de los emires era organizar expediciones para darle duro al otro poder hispano, el reino de Asturias. Dirigidos por Ordoño I, los cristianos habían iniciado en 850 una labor de construcción de una serie de fortificaciones en su frontera oriental que a día de hoy conocemos como Castilla.

La causa de tan frenética actividad «inmobiliario-militar» por parte asturiana la podemos encontrar en la tercera pata del banco del poder político medieval hispano, el clan de conversos conocido como los Banu Qasi (hijos de Casio), amos y señores de gran parte del Valle del Ebro desde Nájera hasta Tortosa prácticamente. Su líder, Musa Ibn Musa, era llamado en algunas crónicas el tercer rey de Hispania, o el rey sin corona. Si bien eran musulmanes y debían obediencia formal al emir cordobés, las relaciones con este eran bastante difíciles y solían fluctuar entre la tolerancia y la hostilidad manifiesta. ¿Y qué pinta en esto el minúsculo reino de Pamplona? Pues resulta que los Banu Qasi eran artífices de la instalación en ese trono de la familia de los Arista, de la cual García Íñiguez era el titular en aquellos momentos. La ubicación de los navarros y su alianza con Musa apuntalaba el control sobre un territorio crucial para las operaciones militares.

Y es que al parecer, para poder untarse los morros al fronterizo modo (es decir, en expediciones de castigo) los cordobeses debían obligatoriamente rodear el valle del Duero y girar a mano izquierda por el del Ebro para impactar contra los cristianos desde su flanco oriental. En otras palabras, cruzando por los dominios de Musa Ibn Musa. El motivo de este curioso procedimiento radica en una antigua polémica alrededor de lo que Sánchez Albornoz y su escroto bautizaron como «desierto estratégico del Duero» y que ha servido para que generaciones de medievalistas españoles se menten la madre sin cesar.

Al parecer, el valle del río Duero era deliberadamente evitado por los musulmanes —y por los cristianos— a la hora de planificar sus campañas de hostigamiento, dado que lo consideraban tierra «desértica», en el sentido de que era imposible que un ejército se aprovisionara cruzando por aquella zona. Los motivos y el grado de abandono se desconocen: Albornoz parte de varias crónicas cristianas que indican que el rey Alfonso I de Asturias «se llevó» a la población a las montañas. Según el categórico erudito, esto implicaría un despoblamiento completo y deliberado. Sin embargo, hoy se cree que era imposible que Alfonso contara con recursos como para despoblar una zona tan grande. Se trataría más bien de un amplio territorio de clima no muy agradable con población escasa y dispersa, sin ciudades grandes ni lugares donde un ejército de miles de jinetes pudiera hacer una parada en boxes.

Restos de la fortaleza de Clavijo, donde se cree que se libró la batalla de Albelda. Imagen: DP.

Así pues, el alineamiento político de los Banu Qasi y sus relaciones con Córdoba eran esenciales para el mantenimiento de una paz precaria en la Península, dado su control de las zonas de alicatamiento de cara. En la época en que irrumpen nuestros nórdicos muchachos, sin embargo, algún movimiento de fondo indica que las firmes alianzas del pasado comenzaban a flaquear: Ordoño I de Asturias había creado el condado de Castilla posiblemente como precaución ante el poder acumulado por Musa, quien en 852 le derrotó en la primera batalla de Albelda, acompañado de sus fieles aliados vascones (es decir, el reino de Pamplona), haciéndose con el control de la zona riojana.

Y en estas estamos cuando ocurre el episodio del secuestro exprés del rey navarro. El cómo, cuándo y quién fue el responsable del incidente no está tampoco nada claro, ya que a falta de datos solo podemos especular con el asunto. La opinión tradicional es que la expedición de Björn y Hastein, una vez en el Mediterráneo, remontó el Ebro hasta Pamplona y capturó a García en un espectacular golpe de mano. Esta es la interpretación de Albornoz y de un nutrido grupo de medievalistas hispanos, aunque las revisiones modernas apuntan a una opción mucho más factible como sería acceder a Pamplona desde la costa vasca remontando el Bidasoa o desde la ría de Mundaka-Gernika. En este caso, algunos autores han atribuido la acción a las dinastías vikingas de Dublín, lo que significa que el responsable último habría sido Ivar el Deshuesado (otro ilustre hijo de Ragnar). Los motivos para desechar la ruta del Ebro son obvios: es mucho más largo y complicado, y además implica cruzar ciudades grandes como Zaragoza o Tortosa por territorio Banu Qasi, lo cual significaría ser avistados por los musulmanes, de lo cual no hay registro ninguno. Tampoco están claras las fechas, pues a pesar de la datación islámica, se sigue sosteniendo en algunos casos que el secuestro tuvo lugar a la vuelta de la expedición de Björn/Hastein, que sería difícil hacer coincidir con 859.

A pesar de la mayor sencillez y parsimonia de la opción vasca, no se puede descartar el remonte del Ebro tan fácilmente. Que no se haya consignado en una crónica no implica necesariamente que los vikingos no pudieran haber subido un río mucho más navegable, por un lado, sobre todo si no interesa dejar rastro escrito. Por el otro, está la curiosa coincidencia de que en el mismo año de 859, probablemente recién liberado García Íñiguez, se libró la segunda batalla de Albelda donde se registra un sorprendente cambio de alianzas, ya que los pamploneses se alinean por primera vez con el reino astur para destruir la nueva fortaleza Banu Qasi. La causa de esta espantá navarra se desconoce, pero… ¿y si Musa Ibn Musa hubiera dejado pasar a los vikingos hasta alcanzar a su pequeño aliado? ¿Quizá acariciaba la idea de someter a los cristianos y extender su poder para rivalizar con Córdoba? Una incursión desde el Cantábrico dejaría esta inversión de alianzas sin explicar. Lo cierto es que desde la incursión vikinga los navarros pasan a formar bando con los asturianos y el papel de Castilla como baluarte defensivo toma una dimensión importantísima. Desde la segunda Albelda, el poder de los Banu Qasi va en continuo retroceso hasta desaparecer al mismo ritmo que el crecimiento del condado de Castilla. De hecho, dada la trayectoria posterior de dicho territorio uno podría preguntarse qué habría ocurrido de no mediar el azaroso incidente vikingo. ¿Habría consolidado Ibn Musa un nuevo reino? ¿Existiría Castilla tal y como la conocemos? ¿Podríamos extender la pregunta a España como proyecto mayoritariamente castellano? Por este camino hasta podríamos preguntarnos si no fueron los hijos de Ragnar Lothbrock las famosas mariposas que agitan espadas en Pamplona y provocan un huracán en la historia. O no, pero al menos para un episodio de la quinta temporada daba.

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American Gods: los muñecos de Neil Gaiman se dirigen al portal http://www.jotdown.es/2017/06/american-gods-los-munecos-neil-gaiman-se-dirigen-al-portal/ http://www.jotdown.es/2017/06/american-gods-los-munecos-neil-gaiman-se-dirigen-al-portal/#comments Wed, 21 Jun 2017 09:02:21 +0000 http://www.jotdown.es/?p=133110 Hay productos televisivos que son cuidadosamente diseñados para atraer a determinado tipo de público. En este caso, supongo, el público primario en el que pensaban son los muchos lectores que durante los últimos quince años ha tenido la novela American Gods, del famoso escritor y guionista de cómics Neil Gaiman. Bien, primera en la frente, aunque no pasa nada; tampoco […]

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Imagen: Starz.

Hay productos televisivos que son cuidadosamente diseñados para atraer a determinado tipo de público. En este caso, supongo, el público primario en el que pensaban son los muchos lectores que durante los últimos quince años ha tenido la novela American Gods, del famoso escritor y guionista de cómics Neil Gaiman. Bien, primera en la frente, aunque no pasa nada; tampoco había leído The Handmaid’s Tale y la serie me está gustando. American Gods también parece estar dirigida a aquel público dispuesto a apreciar un universo repleto de imaginería pop, cosa que queda clara ya con el diseño de los títulos de crédito —muy buen diseño, todo sea dicho—, lo cual en sí no tiene nada de malo. Todo depende del enfoque con el que cada cual disfrute de las series. A mí, en concreto, no me aporta nada la imaginería por sí misma; una serie no me parecerá mejor o peor en función de que las referencias culturales me toquen más de cerca. Dicho de otro modo: no me va a gustar más The Get Down porque hable de los inicios del hip hop, época musical que me interesa muchísimo, y aunque en cada episodio se hiciera alusión a personajes y situaciones que estaban muy dentro de mi rango de gustos personales. Lo cierto es que, pese a la imaginería con la que sí conectaba, la serie en sí no me pareció particularmente destacable.

En cualquier caso, los productores de televisión recurren a las referencias culturales o estéticas como herramienta para fidelizar a determinadas audiencias por la vía fácil, así que supongo que mucha gente tendrá una actitud distinta a la mía y apreciará cosas que yo no consigo apreciar. Un ejemplo reciente fue la primera temporada de True Detective, ensalzada por mucha gente pero que me dejó frío. Pues bien, lo mismo, pero aún peor, me está sucediendo con American Gods. Seguro que es mi problema. Soy un ser humano falible. Aunque me consuelo pensando que las series de televisión son productos también falibles, así que existe una pequeña posibilidad, aunque solamente sea muy pequeña, de que el problema sea de la propia serie.

La primera pregunta que usted podría hacer es: ¿de qué va la serie American Gods? No es fácil deducirlo de los primeros episodios, y lo más probable es que se entere antes del tema central por algún comentario de terceros o por algo que lea en las redes. Aun así, una vez conoce ese tema central, convendrá conmigo en que es interesante: la existencia de antiguos dioses paganos en los actuales Estados Unidos, y la guerra que al parecer mantienen con los nuevos dioses de la sociedad moderna (el dinero, los medios de comunicación, etc.). Como idea, insisto, es muy interesante. Y como idea, está casi completamente ausente en el desarrollo de buena parte de los capítulos. Es una lástima, aunque el concepto de que los viejos dioses pierden su poder a medida que la gente deja de creer en ellos no es nada nuevo. Lo vimos en el cine, por ejemplo; si recuerdan la magnífica y tristemente infravalorada película Excalibur, de 1981, la cuestión es mencionada de pasada, con mucho refinamiento y elegancia, durante una única secuencia. Vemos a los magos Merlín y Morgana, que asisten a una boda celebrada según el rito cristiano. La ambiciosa Morgana solo está pensando en que Merlín le enseñe sus conjuros, pero Merlín, viendo cómo se invoca a Cristo, acaba de comprender que su tiempo, marcado por los poderes que proceden de las creencias paganas, está llegando a su fin: «Nuestros días están contados. El Díos Único viene para desplazar a los muchos dioses. Los espíritus de la madera y el arroyo han quedado en silencio». De hecho, todo el argumento de Excalibur, puramente mitológico, era el trasunto de un trasfondo histórico verdadero: la transición entre los tiempos bárbaros y paganos de los celtas y sajones, y la llegada de una cultura latinizada, representada en la religión cristiana, que imponía nuevos valores. Esto le confería coherencia al argumento legendario y hacía que el espectador pudiese entender la simbología de la película, que en ocasiones era bastante extraña, pero que tenía una interpretación metafórica bastante evidente cuando se ataban cabos.

En American Gods el enfoque parece ser similar en espíritu, pero desde luego no se parece nada en cuanto al desarrollo de esa misma idea. Más que nada, porque no la desarrolla. Pese a contar con mucho más tiempo que un largometraje, los primeros cinco capítulos no bastaron para plantear el tema central con claridad, y los siguientes solo lo han hecho con cuentagotas. ¿Por qué? Porque se prima, y mucho, el estilo sobre la sustancia. El problema llega cuando a uno no le llega ese estilo y trata de agarrarse a la narración; como resulta que casi no se está narrando nada, al menos de momento, la sensación que queda es de vacío. Ya supongo que los seguidores de la serie disfrutan con la imaginería y con el establecimiento de una mitología posmoderna, pero si lo que usted busca es un relato estructurado, con un ritmo asequible y un desarrollo coherente de personajes, le aviso desde ya que esta no va a ser su serie.

El protagonista es un hombre llamado Shadow Moon (Ricky Whittle), que parece nombre de princesita de manga japonés, pero no. Es un tipo enorme que ha salido de la cárcel pocos días después de que su esposa (Emily Browning) haya fallecido en un accidente de coche. Este suceso, devastador para cualquiera pero sobre todo para alguien que ha estado años en una celda soñando con volver a ver a su mujer, parece tener sobre él el mismo efecto que una noticia sobre avestruces en la tele. Y en vez de un duelo o de algún tipo de reacción de bloqueo o de shock que sustituya al duelo, tenemos al protagonista firmando un pacto fáustico con un misterioso personaje (Ian McShane) al que acompaña un tipo que se parece al futbolista Sergio Ramos pero que afirma ser un leprechaun. Vamos, que la serie empieza castrando las emociones del personaje principal desde el minuto uno y sustituyéndolas por parafernalia poco y mal explicada, que encantará a quienes gozan cuando no se les aclara nada, porque así todo les parece más enigmático, pero que dejará fuera de juego —y como se descuiden, fuera de la serie— a quienes pretendan tener cierta idea de qué se les está mostrando. Aunque parte del mencionado bloqueo emocional es culpa del actor, Whittle, inexpresivo como él solo; para que se hagan una idea, es como la aparición de Lenny Kravitz en Los juegos del hambre, pero con más músculos y, aunque parezca mentira, todavía menos dotes interpretativas. Bastante mejor, y no era nada difícil, lo hacen sus compañeros de reparto, o algunos de ellos al menos. Como curiosidad —que de momento no ha pasado de ser eso, una curiosidad—, veremos otras apariciones en el reparto que por lo menos añaden algo de salsa al asunto, como el siempre estrafalario Crispin Glover o una Gillian Anderson que se ha merendado cada secuencia en la que ha aparecido, caracterizada como Lucille Ball, David Bowie o Marilyn Monroe. La intervención de nuestra querida Scully en American Gods ha sido muy elogiada y con razón, pero es casi anecdótica, poca cosa (en cantidad, que no calidad) como para convertirse en un verdadero aliciente.

Imagen: Starz.

El bloqueo emocional del protagonista y el bloqueo narrativo a la hora de avanzar en la historia persisten. Los tres primeros episodios están compuestos de sketches, cuya relación con la trama principal es variable, y que aportan más iconografía que contenido. La sucesión de secuencias oníricas o simbólicas, a veces llamativas y a veces un mero puente visual entre una secuencia levemente argumental y otra secuencia levemente argumental, es completada con diálogos repletos de metafísica facilona (vamos, como en True Detective, pero con muchísimo menos argumento). Eso sí, en el cuarto episodio uno llega a echar de menos la estructura a base de sketches, porque está enteramente dedicado a recordar el pasado del protagonista con su esposa, un melodrama entre dos personajes poco interesantes por separado que no mejoran mucho juntos; por lo menos a mí se me hizo tan eterno que, de no ser porque tenía previsto escribir sobre la serie, ni me hubiese molestado en pasar al episodio siguiente. El quinto, donde como digo por fin empieza a desperezarse un poco la narración, y aunque en los siguientes (¡por fin!) se nos van revelando algunos elementos importantes de la trama, a uno no se le quita la sensación de haber estado contemplando un interminable anuncio de perfumes, mezclado con alguna que otra secuencia de violencia ortopédica (lo de la violencia ortopédica, muy de videojuego, lo comprobará ya en la introducción del primer episodio, con aquello de las flechitas).

Debido al tenor fantasioso y onírico de la narración se han hecho muchas comparaciones con David Lynch, pero eso sería como decir que cualquier película en la que salgan muchos escenarios oscuros puede ser comparada con El tercer hombre, o que cualquier película en la que hay un narrador en primera persona es como Uno de los nuestros. Lo que los creadores de la serie, Brian Fuller y Michael Green, están haciendo aquí no tiene tanto que ver con Lynch como con lo que harían, mano a mano, Luc Besson y J. J. Abrams. Todo es bastante artificioso; desde la propia fotografía, hasta uno de los usos de la banda sonora musical más ortopédicos que recuerdo haber visto en tiempos recientes, pasando por diálogos rimbombantes que con frecuencia no llevan a ninguna parte. ¿Recuerdan cuando en El séptimo sello un personaje juega una partida de ajedrez contra la muerte? Pues la mejor metáfora de American Gods es que aquí dos personajes se juegan una apuesta de vida o muerte no jugando al ajedrez, sino… ¡a las damas! Supongo que esta fabulosa metáfora ha sido involuntaria, pero como símbolo no tiene precio. En American Gods casi todo está tratado en la superficie, en las referencias. Lo de menos es que el festival de iconos deje una impresión confusa porque nunca sabemos cuándo se juega al homenaje y cuándo a la mera apropiación. ¿La aparición de una Marilyn flotante es un homenaje a la película Tommy, o es que se han limitado a copiar la idea? ¿Lo de que una canción empiece como «The Beautiful People» es otro homenaje? Da igual, la verdad, porque aparte de servir para distraernos cazando easter eggs, el caso es que esas referencias son lanzadas a manera de cebo para distraernos del hecho fundamental de que detrás de tanto suvenir no parece haber una gran historia que contar. Incluso las secuencias de violencia o sexo (y no me opongo a la inclusión de las mismas si sirven para expresar algo que favorezca la comprensión de la historia) parecen concebidas para épater le bourgeois, o más bien épater le spectateur, o como se diga en francés, añadiendo sensaciones de parque de atracciones visual a un argumento que apenas avanza. ¿A dónde van los personajes? ¿Quiénes son? ¿Qué les pasa? Muy buenas preguntas sobre la serie, que quizá no vaya a responder. A veces parece que estemos viendo una larga película de superhéroes sin conflictos, lo cual nos deja una mera colección de estampas protagonizadas por muñecos automáticos que casi nunca reaccionan.

En resumen, American Gods es como un disco de Mecano; si a usted le interesa Mecano, le gustará todo el disco, supongo. Pero si no, lo mejor es que no confíe en quien compare a Mecano con Mozart, o por lo menos que también nos otorgue nuestro humilde y diminuto voto de confianza a quienes decimos que no, que American Gods no será recordada como una narración modélica. Quién sabe, quizá usted sea de quienes disfrutan con el despliegue de soldaditos de plomo conceptuales de esta serie, y en ese caso, enhorabuena, porque la disfrutará a niveles que yo no alcanzo. Pero si lo que está buscando es una narración firme y sólida, o una interesante galería de personajes tridimensionales, no será en American Gods donde la va a encontrar.

Imagen: Starz.

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Kim Stanley Robinson: «La ciencia debe verse más a sí misma como un humanismo y una utopía política» http://www.jotdown.es/2017/06/kim-stanley-robinson-la-ciencia-verse-mas-misma-humanismo-una-utopia-politica/ http://www.jotdown.es/2017/06/kim-stanley-robinson-la-ciencia-verse-mas-misma-humanismo-una-utopia-politica/#comments Tue, 20 Jun 2017 10:45:48 +0000 http://www.jotdown.es/?p=132535 Fotografía: Jorge Quiñoa (English version) Charlamos con Kim Stanley Robinson (Waukegan, 1952) durante el encuentro literario anual Kosmopolis, celebrado en Barcelona. Robinson es uno de los escritores de ciencia ficción hard más conocidos y respetados, especialmente gracias a su trilogía sobre la colonización y terraformación marcianas (Marte rojo, Marte verde, Marte azul). Después de Marte, imaginó a la humanidad expandiéndose […]

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Fotografía: Jorge Quiñoa

(English version)

Charlamos con Kim Stanley Robinson (Waukegan, 1952) durante el encuentro literario anual Kosmopolis, celebrado en Barcelona. Robinson es uno de los escritores de ciencia ficción hard más conocidos y respetados, especialmente gracias a su trilogía sobre la colonización y terraformación marcianas (Marte rojo, Marte verde, Marte azul). Después de Marte, imaginó a la humanidad expandiéndose por el sistema solar (2312) y tratando con gran dificultad de atravesar el espacio interestelar (Aurora). Varias de sus novelas se centran en los efectos del cambio climático, especialmente la trilogía Ciencia en la capital y la recientemente publicada New York 2140. Y a veces mira al pasado en lugar de al futuro, describiendo la vida durante una Edad de Hielo (Chamán) o imaginando cómo hubiera cambiado la historia si todos los europeos hubieran muerto en la peste negra (Los años de arroz y sal). La mayor parte de historias de Robinson, a pesar de incluir revoluciones, asesinatos y catástrofes, son en el fondo utópicas y optimistas. Habla con seriedad, corrección y sobriedad, excepto en los momentos en que súbitos destellos de entusiasmo contagioso iluminan su discurso, al subrayar el poder transformador de la ciencia o la necesidad urgente de cambiar el actual régimen socioeconómico.

Se te conoce como novelista utópico. A menudo la utopía se ve como algo inalcanzable, una idea teórica de perfección, pero en tus novelas parece algo más práctico…

Sigo la definición de utopía que esbozó H. G. Wells: un tipo dinámico de historia sin un punto final; no es un estado perfecto sino un proceso continuo en el que cada avance es amenazado y debe ser defendido, a riesgo de que se pierda y se vuelva hacia atrás. Joanna Russ, una gran escritora americana de ciencia ficción, solía hablar de optopía: dadas ciertas condiciones iniciales, se intenta llegar a una situación política óptima. Este enfoque es mejor para contar historias: esquivas así el tropo del «paseo por un zoo» típico de las narraciones sobre utopías: la Utopía de Tomás Moro tiene un poco de historia, pero es sobre todo la descripción de una sociedad estable. Desde Los desposeídos de Ursula K. LeGuin, e incluso antes, se han contado de un modo un otro historias de utopías dinámicas.

El personaje Arkady Bogdanov de la Trilogía marciana es descendiente de Alexander Bogdanov, autor de la novela utópica Estrella roja. ¿Cómo ayudó Estrella roja a dar forma a tu Marte rojo, y qué te atrae de Alexander Bogdanov?

Me encanta Bogdanov. Cuando Percival Lowell describió lo que había visto de Marte a través de su telescopio, hablando de la posibilidad de canales y marcianos, hubo una gran respuesta internacional. Para Wells fue La guerra de los mundos y la idea de una antigua civilización agresiva, para Kurd Lasswitz en Auf Zwei Planeten Marte era una avanzada utopía tecnológica; para Bogdanov Marte fue un espacio en el que especular sobre el futuro de una utopía comunista en la que los marcianos eran rojos en el sentido de izquierdistas políticos, avanzados. Estrella roja es una gran novela utópica, y anticipa muchos de los problemas que tuvo la Unión Soviética, un país socialista rodeado de países capitalistas. Bogdanov fue un pensador muy interesante en teoría de sistemas, y sus obras se usan como referencia en diferentes contextos por su tectología y sus estudios sobre la red de la vida. Quería asegurarme de que mi Trilogía marciana recogiera todos los hilos lanzados por las novelas previas sobre Marte.

Uno de los puntos clave de Marte azul es la escritura de la Constitución Marciana. En esos capítulos se proponen muchas medidas, y me gustaría examinar alguna de ellas y preguntar si las ves aplicables en nuestra Tierra. Por ejemplo: cuidado y administración común de los recursos naturales: aire, tierra, agua… ¿Cómo podría llevarse a cabo esa administración de los bienes comunes en la Tierra?   

Es una buena pregunta. Hay ciertos lugares considerados bienes comunes: los océanos y la Antártida, pero son espacios más o menos vacíos e inhabitables. Esa frase de la Constitución Marciana es un ataque a la ley de la propiedad, es anticapitalista, marxismo fundamental: la Tierra pertenece a todo el mundo como un bien común. Es una visión similar a la de los nativos americanos, en la que no se puede poseer tierra… Un concepto inconcebible en nuestro sistema capitalista. Se está hablando un poco del retorno de los bienes comunes en relación con quién posee internet, que no deja de ser un tipo de tierra virtual: veo discusiones legales sobre los nuevos regímenes y posibilidades creados por la tecnología. Y en cuanto a la tierra real: aproximadamente el 30% de la superficie de los Estados Unidos pertenece al Gobierno federal, y otras partes más pequeñas son de los Gobiernos estatales, así que toda esa tierra pertenece al pueblo como bien común.

Los bienes comunes nunca fueron tierras sin ley, siempre estuvieron regulados en un sistema organizado, aunque fuera informal. El aire es para todos. El agua también debe ser un bien común: ¿puede privatizarse el agua si la gente la necesita para sobrevivir? La tierra sigue el mismo principio. La tierra es un bien común: su propiedad debería desaparecer y convertirse en derechos de tenencia: cuidar de un terreno para el pueblo proporcionaría cierta cantidad de derechos, pero no los derechos completos de propiedad. Eso es muy chocante en el régimen legal actual. Definitivamente es hablar de forma utópica, pero ya se ven algunos indicios en internet y otros ámbitos. Puede convertirse pronto en una discusión relevante en relación con la Luna: el Tratado del Espacio Exterior se basa en el Tratado de la Antártida, así que ahora mismo nadie puede reclamar la propiedad de ninguna parcela de terreno en la Luna.    

Otro artículo de la Constitución Marciana retira del libre mercado las necesidades básicas (vivienda, salud o educación) para dejarlas en manos de cooperativas sin ánimo de lucro. Esto suena difícil en una sociedad capitalista: en España estamos en plena crisis inmobiliaria, en los EE. UU. la sanidad es notoriamente irregular… ¿Cómo podría lograrse algo así?  

Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI defiende que los impuestos progresivos no deberían basarse solo en los ingresos anuales, que se pueden ocultar fácilmente bajo el sistema, sino en el capital en sí mismo, los activos capitalizados. Eso pondría límites legales a la fortuna: más allá de cierta cantidad de riqueza, el exceso se devolvería al bien común. Es una idea transformadora, una horizontalización del dinero y el poder. Con impuestos progresivos de este tipo los Gobiernos no estarían empobrecidos: se harían con la plusvalía y la emplearían para proporcionar sanidad universal y educación universitaria gratuita, y podrían garantizar las necesidades básicas como refugio, ropa, necesidades humanas que todo el mundo cubriría. También pleno empleo: si el Gobierno pudiera garantizar que todo el que quiera trabajar puede hacerlo, desaparecería el paro masivo que tenéis por ejemplo en el sur de Europa.

Todo esto hay que pagarlo, claro, pero los Gobiernos se lo podrían permitir perfectamente apropiándose de la plusvalía mediante impuestos progresivos al capital. Tras la II Guerra Mundial hubo impuestos progresivos muy extremos, incluso en los EE. UU. bajo Eisenhower, un presidente republicano. Si ganabas más de cuatrocientos mil dólares al año, lo que hoy en día serían unos cuatro millones de dólares anuales, la tasa de impuesto era el 91%. Básicamente pusieron límite a la riqueza, y no podías ser un multimillonario como los que se ven hoy en día, porque todo lo que ganabas por encima de cierta cantidad iba a financiar programas del Gobierno. Y pueden defenderse este tipo de medidas sin ser comunista o un marciano utópico: basta con estudiar medidas que ya se han aplicado antes y podrían volver a aplicarse, hay un precedente legal.

Pero hemos permitido que una contrarrevolución conquistara el mundo. Es horrible. Sufrimos los resultados del giro neoliberal de los años ochenta de Reagan y Thatcher: capitalismo global tardío, apropiación de la plusvalía por parte de los ricos a costa del empobrecimiento del resto del mundo… Que al empobrecerse se convierten en el precariado, sus vidas se vuelven precarias. El empleo y la salud son precarios, las pensiones disminuyen o desaparecen… Todo mediante el empobrecimiento del Gobierno y la repetición de las tres frases infames: «El Gobierno no es la solución, es el problema», «No existe la sociedad» y «No hay alternativa». Necesitamos que el péndulo keynesiano entre el Gobierno y los negocios se incline de nuevo hacia el Gobierno, porque la gente está sufriendo. Es el argumento izquierdista más débil, simple keynesianismo, pero es todo lo que tenemos en este punto. No es buena idea entrar en una situación revolucionaria de todo o nada, en que si no se cambia absolutamente todo estamos jodidos. Es más bien una simple batalla política: necesitamos más izquierda y menos derecha. Antiausteridad, keynesianismo, socialdemocracia… Esa es una secuencia por la que se puede luchar. Podría ocurrir en la UE: los países PIIGS, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España, agrupados en una liga antiausteridad. Pero el mundo se ha vuelto tan neoliberal… El espacio cultural ha sido muy estúpido e inoperante. Pero, en fin, esto es lo que intento hacer como izquierdista, contar la misma historia una y otra y otra vez.

En el poscapitalismo que describes en 2123 y Marte azul, otro elemento clave es la sustitución de las grandes empresas por cooperativas de tamaño medio, siguiendo el modelo vasco de Mondragón…

Hace poco se puso en contacto conmigo un profesor de la Universidad de Mondragón y me envió la historia de cómo empezó Mondragón. Es muy interesante… Cómo un único sacerdote católico organizó a la gente para que hablara, hablara y hablara, quince años de educación política sobre una base industrial preexistente. Así que ahora sé más de Mondragón y aún me interesa mucho, porque es una alternativa ya existente al capitalismo dentro del orden capitalista actual. Un paso intermedio que puede aplicarse ya mismo: todo el mundo podría organizarse en cooperativas propiedad de los trabajadores al estilo Mondragón, con un sistema de valores mejor, sin la habitual explotación de la mano de obra y apropiación de la naturaleza que abunda en el resto del sistema. Dentro del actual orden capitalista hay órdenes alternativos legales, no hace falta que sean revolucionarios, no es necesario meterse en el caos de Barcelona en 1936, cuando anarquistas y comunistas luchaban entre sí sobre cómo crear una sociedad completamente nueva… En lugar de eso, tenemos algo como Mondragón, donde el cambio procede del interior de la sociedad actual.

¿Por qué crees que el modelo de Mondragón no se ha reproducido más ampliamente?

Probablemente porque aplana el gradiente de poder y no genera suficientes beneficios para la clase propietaria, así que no es popular con la gente que controla el capital móvil actualmente existente… Capital que está actualmente a buen recaudo, secuestrado en los bancos y defendido por las armas. La clase dirigente no quiere que el modelo Mondragón de cooperativas triunfe porque es una horizontalización del poder. En el sistema actual vertical, los que manipulan el dinero no cederán ese poder fácilmente, así que es necesario derrotarlos políticamente. Las leyes deben apropiar ese capital para el pueblo. Debemos presentar una argumentación lo suficientemente plausible y persuasiva como para que la gente actúe en consecuencia, tanto en su comportamiento político como dirigiendo sus votos a partidos que apoyen este modelo. Me sorprende que el modelo Mondragón no sea más popular, efectivo y rápido de lo que es ahora. Supongo que a eso se refería Gramsci al hablar de hegemonía, la cualidad mental que lleva a la gente a aceptar su propia subyugación porque la sienten natural, porque aceptan el mantra de «no hay alternativa». Es triste, creo que la gente debería tener algo más de chispa…  

La Administración Trump presentó un presupuesto que incluía grandes recortes en la mayoría de agencias gubernamentales, como un recorte del 31% en la EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente). ¿Cómo crees que estos cortes afectarán a los EE. UU. si se confirman?

Es un ataque particularmente horrendo contra todo lo bueno y valioso. No son más que matones y payasos gritando «que os jodan» a los valores americanos. En las encuestas los americanos contestan que quieren aire puro y agua limpia, ¡les gusta la EPA! Es como si hubiéramos experimentado una extraña apropiación de nuestro Gobierno por parte de una tropa deliberadamente destructiva. Esos presupuestos no se aplicarán tal como se han descrito, pero la sensación que produce la Administración Trump es la de un bruto cogiendo un bate de béisbol para destrozarlo todo. Hasta que alguien no les detenga y les saque del escenario es difícil hacer nada más que defender lo que ya existe, sin hacer mejoras. Aunque están sufriendo grandes derrotas. No pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en cómo destruir las cosas, así que dinamitan sus propias posibilidades. Espero que ocurra algo que les frene en cuatro años, o dos años, o incluso algo menos que eso. No están ni siquiera gobernando, solo haciendo gestos de cara a la galería. Está siendo irritante, horrendo y doloroso…

Con el presupuesto de la NASA descendiendo, hay quien piensa que la exploración privada del espacio ganará importancia, con empresas como SpaceX o Moon Express liderando el camino. ¿Qué peligros ves en la privatización de la exploración espacial?

No me gusta para nada la privatización del espacio, prefiero pensar en él como un bien común. Por otro lado, los Gobiernos mundiales siempre han pagado a empresas privadas para la construcción de cohetes. SpaceX no tiene suficiente dinero como para financiar un programa espacial propio, así que debe venderle a alguien sus cohetes. Tengo la impresión de que algunos multimillonarios podrían construir como legado algún tipo de pequeña base en la Luna… Pero no puede sacarse beneficio del espacio, no hay nada allí afuera que necesitemos lo suficiente. Es posible enviar satélites de comunicaciones al espacio, así que hay industria en la órbita terrestre, pero no hay industria posible en la Luna. Por ahora el Tratado del Espacio Exterior controlaría cualquier disputa sobre propiedad o explotación, pero no hay nada que explotar. En la Luna hay simplemente rocas: silicatos, hierro, aluminio, magnesio… De todo eso ya tenemos suficiente en la Tierra. El peligro de la privatización no es muy grande, pues. En cierto modo es como la Antártida: es vulnerable a la explotación, pero no hay nada que explotar ahí.

El impulso privatizador podría no limitarse a la exploración espacial… Ahora mismo Calico (de Google) y otras empresas similares están investigando la senescencia, dejando en manos de corporaciones con ánimo de lucro potenciales tratamientos de longevidad como los que aparecen en tus novelas. ¿Terminará extendiéndose la vida solo para los ricos?  

Tampoco es una situación demasiado peligrosa, porque la longevidad no se nos da demasiado bien. Todo avance médico es bueno, y siempre será controlado por organizaciones como el Instituto Nacional de Salud. Sí es un peligro que si compañías farmacéuticas desarrollan lo que podría llamarse tratamientos de longevidad, serán probablemente muy caros al principio, y solo estarían al alcance de los extremadamente ricos. Es una posibilidad aterradora, pero en cualquier caso es bueno que existan avances sanitarios, porque tarde o temprano todo el mundo se beneficiará de ellos. Esa situación podría crear las condiciones para una gran lucha en que finalmente la desigualdad sea desafiada por gente defendiendo el derecho universal a la longevidad y la buena salud. Hay una posibilidad revolucionaria ahí… Pero por ahora no hay nada que hacer excepto seguir investigando. El progreso es muy lento: la duración media de la vida no es mucho mayor que la de hace unos años, parece ser una curva asintótica.

Un proverbio aparece a menudo en tus libros, en boca de un anciano en Chamán, de algunos personajes de Ciencia en la capital o incluso en el título de un cuento de Los marcianos… «Lo suficiente es tan bueno como un banquete». ¿Qué importancia le ves a esa frase?

Es una cita para escapar del capitalismo. La economía, que es el estudio cuantitativo del capitalismo, siempre afirma «cuanto más, mejor». Y ya que estamos en una crisis ecológica causada por el exceso de consumo, y destrozamos el planeta para obtener «cuanto más mejor», es importante insistir en el proverbio contrario, «lo suficiente es tan bueno como un banquete».

Parece haber cierta desconfianza en el mundo científico y en el de la ciencia ficción hard hacia la política: por ejemplo en Seveneves de Neal Stephenson los personajes políticos son en su mayoría malvados o egoístas, la Constitución del Arca Espacial es vista como un estorbo… ¿Por qué crees que existe esa desconfianza en la política?

Porque hacen una dicotomía entre lo sagrado y lo profano, entre la pureza y la corrupción. A Stephenson no se le dan bien los temas políticos, es un poco reaccionario y propenso al cliché. Es propio de la fantasía de mala calidad sugerir que la política es solamente trapicheo y parasitismo, frente a una ciencia pura y sagrada. En realidad, la ciencia es intensamente política y necesita una buena parte de los presupuestos gubernamentales. Necesita gobierno y regulación, porque no puede ser realizada por individuos o corporaciones individuales. La ciencia es un gigantesco trabajo en equipo, y por lo tanto requiere gobierno. Tal vez lo que Stephenson pretendía era reflejar cómo los políticos no tienen ni idea de política, del mismo modo que los políticos no tienen educación científica. Pero eso sería caritativo: yo diría que juega el cliché gastado de los científicos bondadosos contra los malvados políticos. Es un escritor muy popular, así que sería fantástico que afinara el tiro en estos temas, incluso que los usara como educación política… Pero, desgraciadamente, creo que una de las razones de su popularidad es que juega con prejuicios ya existentes.

En Marte verde un personaje opina que la síntesis de un científico y un místico debería ser llamado alquimista. ¿Qué terreno común pueden alcanzar un místico y un científico?

Mi personaje Michel siempre intenta recuperar o inventar una psicología de la ciencia que permita a los científicos ser un poco místicos, tener un sistema de valores que no sea solo un empirismo mal entendido. Muchos científicos son bastante ingenuos y no se han preguntado en profundidad acerca de sus proyectos. No van demasiado lejos en lo que a teoría se refiere… La ciencia debe verse a sí misma más como un humanismo y una utopía política que ya está realizándose en el mundo. Eso tratan de sugerir mis libros. Hago lo que puedo contando historias sobre lo que es la ciencia, cómo funciona y qué deberían hacer los científicos como actores políticos. Me siento como un niño jugando con sus muñecas, sería presuntuoso pensar que estoy haciendo algo significativo. Sin embargo, mucha gente lee historias, y algunos científicos leen ciencia ficción para tratar de comprender lo que hacen, así que… Hago lo que puedo.

El budismo aparece en tu obra, especialmente en Ciencia en la capital y Los años de arroz y sal. ¿Qué te atrae del budismo y cómo llegó a interesarte?

Soy de California, y allí se presta mucha atención al Asia Oriental, a diferencia de la Costa Este de los EE. UU., que se fija más en Europa. Durante el siglo XX, los inmigrantes chinos y japoneses venían a América pasando primero por California. El poeta Gary Snyder, que fue profesor mío, pasó diez años en Japón estudiando y practicando el budismo zen. Una vez de vuelta, junto a otros californianos de origen europeo, dio cuerpo a lo que podría llamarse budismo californiano, muy influenciado por el zen japonés y el dalái lama tibetano, pero también por ideas hippies o de la Nueva Era. Algo muy difuso, secular y poco serio en comparación con las tradiciones budistas más estrictas… Así que en la cultura californiana el budismo es una faceta importante, como en China: los chinos hablan de la triple enseñanza, un entramado de creencias compuesta a partes iguales de budismo, confucianismo y taoísmo. Pues bien: para los intelectuales californianos el budismo es tan importante como el cristianismo o cualquier influencia europea.

En cuanto a mí, no pretendo ser un experto. Es algo completamente casual, tanto un interés literario como una práctica espiritual. Ayuda en la vida cotidiana: las sugerencias del zen sobre cómo prestar atención al momento presente, cómo vivir la vida, qué es importante en un sistema de valores… El budismo ha sido útil para mí como persona. En Ciencia en la capital me pareció interesante presentar la ciencia como un tipo de práctica budista. Tanto el budismo zen como la ciencia sugieren una cierta devoción hacia la realidad; quizá la ciencia es como un budismo cuantificado. En Los años de arroz y sal describí un mundo en el que todos los europeos murieron tras la peste negra, así que el budismo podría ganar importancia como tradición intelectual. Son dos modos diferentes de usar el budismo en dos de mis libros; en el resto no es demasiado importante. El budismo quiere resultar útil en este mundo, así que creo que es más una forma de vida o una práctica que una religión per se. Muchos budistas no creen en un más allá. Algunos lo hacen, porque hablan de la reencarnación y un alma eterna. Y para quien sea materialista, como yo, y no crea en almas eternas, esa parte del budismo le resulta inútil. Así que tiene claroscuros.

El sufismo aparece bastante en Marte rojo, junto a bailarines derviches y algunos poemas de Rumi. ¿Qué te interesa de los sufíes?

En Marte quería que apareciera la cultura islámica, y en Los años de arroz y sal necesitaba describirla con mucho detalle, ya que sería una de las culturas mundiales dominantes si todos los europeos hubieran muerto. Así que aparece en algunas novelas y no en otras, como el budismo. Investigué la tradición mística, humanista y liberal del islam, en oposición a las partes conservadoras, salafistas, wahabitas, controladoras y totalitarias del Islam. Todas las grandes religiones parecen tener un ala liberal y otra conservadora, y en el islam me interesé por la tradición sufí porque me parecieron en cierto modo hippies místicos del siglo XII… Y Rumi es un poeta magnífico.

En tu obra hay muchas referencias a epifanías místicas ante la naturaleza, como contemplar la vista desde el pico de una montaña. ¿Has experimentado tú también satoris similares?

En efecto. Para mí es increíblemente importante ir a la montaña. Me crié siendo niño en las playas, así que lo primero fue el océano. Ante la estúpida cultura blanca y suburbana de clase media de los años cincuenta, hubiera sido una locura no refugiarme en el océano. Ya a cien metros de la costa entras de lleno en una realidad primaria en que el agua puede matarte, pero también te hace flotar y es bastante benigna si sabes seguir ciertas reglas. El océano resultó crucial para mantenerme cuerdo de niño. ¡Y entonces descubrí Sierra Nevada, las montañas de California! Mi realidad suburbana californiana como americano ordinario de clase media fue aumentada por mi experiencia en ese espacio natural. Ir a la montaña y vivir experiencias atléticas que requerían esfuerzo, pero también simplemente pasear al aire libre observando las rocas… Es montañismo de perfil bajo, nada peligroso y sin escalar caras verticales, pero es una parte crucial de mi vida. Más o menos un mes de cada año lo paso arriba, en la montaña, caminando y explorando.

Imagino que algunas escenas de Chamán, tu novela ambientada en la Edad de Hielo, se habrán inspirado de forma bastante directa en tu experiencia…  

Eso me encantó. Nadie sabe realmente cómo vivía la gente del Paleolítico, así que escribir sobre ello fue un ejercicio de imaginación. Pero sí sabía acerca de acampar en la nieve, porque lo hago yo mismo, así que pude escribir sobre zapatos para la nieve, cómo se trabajan el hielo y la nieve… Como Chamán está ambientada en una Edad de Hielo, podía hablar de este tipo de cosas con un grado extra de autenticidad muy importante para las novelas. Me lo pasé genial y probablemente insistí demasiado en ello en la novela, pero no pude resistirme.

¿En qué se parecen y en qué se diferencian una persona del Paleolítico y una contemporánea?

Para empezar, el material genético es el mismo: tenemos exactamente los mismos genes. De forma similar, estamos en contacto permanente con un grupo de personas de más o menos el mismo tamaño que ellos… Lo que yo llamo la manada o la tribu, un grupo de treinta a cincuenta personas reales con las que se interactúa, cara a cara y día a día. Eso son similitudes. También tenían una cosmología, una cierta idea de lo que ocurría en el mundo. Sobre algunas cosas no sabían tanto como nosotros, como qué son las estrellas, y sobre otras sabían bastante más que nosotros, como qué plantas son comestibles o cómo manipular el entorno natural. La diferencia principal es que nosotros somos conscientes de la sociedad global: sabemos que existen ocho mil millones de personas, mientras que los paleolíticos tenían un conocimiento intensamente localizado, muy limitado en lo que se refería a otros pueblos. Ser conscientes de la situación global nos impone obligaciones extra.

En 1995 visitaste la Antártida como parte del Programa para Artistas y Escritores de la Fundación Nacional de la Ciencia. Ya que la Antártida aparece frecuentemente en tus obras, parece que la visita tuvo una influencia profunda. ¿Qué recuerdas de la Antártida y cómo crees que te afectó conocerla?

¡Me encantó! Hace poco volví a McMurdo y permanecí allí once días de otoño, por primera vez desde 1995. Hay bastante gente que va y viene, organizando su carrera para poder seguir bajando ahí. La Antártida es como Sierra Nevada convertida en un supersueño surrealista, es como volver a la Edad de Hielo. La gente ahí es muy amable, y se interesan el uno por el otro. Tienden a ser científicos y gente que da soporte a los científicos, así que hay una gran simpatía por lo que representa la ciencia. Es una sociedad pequeña y sencilla, pero me encanta y fui muy feliz volviendo a visitarla. Se parece al espacio, en cierto modo: McMurdo es como una estación espacial operando en la Antártida, lo que resulta útil si escribes, como yo, sobre estaciones espaciales esparcidas por el sistema solar. La visita fue tan hermosa… No me gustaba la idea de permanecer en McMurdo los once días, saliendo a campo abierto solo en breves viajes en motonieve o helicóptero. Pensaba que iba a ser una experiencia menor, ¡pero no lo fue en absoluto! Ya simplemente estar en McMurdo fue fascinante y espectacular.

Cuando fui en el 95, McMurdo era solo una estación de paso donde te lavabas la ropa y salías rumbo al siguiente espacio natural. Pero ahora es interesante, y ahora sé que lo es. Tal vez sea también un pequeño espacio utópico: el continente para la ciencia. No hay dinero. A todo el mundo se le proporciona comida y ropa, y no hay propiedad: el mundo entero es dueño de McMurdo. Sugiere un buen número de aspectos utópicos. Orwell escribió sobre el momento en que los anarquistas tomaron el control de Barcelona y todo pareció diferente. Creo que McMurdo era como la Barcelona de 1936, en ese momento en que las reglas políticas y el orden habitual de capital, propiedad y clase desaparecieron y simplemente se veía a personas, todas en igualdad y simplemente haciendo sus trabajos. Acabo de releer Homenaje a Cataluña, de Orwell, porque Ian Watson me ha enseñado las partes de la ciudad sobre las que escribió.

Hay un recurso narrativo que aparece en diferentes formas en varias de tus novelas: el Padre Fundador (o Madre) muriendo al principio de la historia. John Boone asesinado en el prólogo de Marte rojo, Alex en 2312, también sucede en Aurora… ¿Por qué empleas este recurso narrativo de «estar a la altura de un gran predecesor»?

Retomar la sabiduría del pasado y darle un uso es un gran desafío en la adolescencia, o cuando se requiere continuidad en una sociedad. En ocasiones aparecen personas excepcionales capaces de liderar, mantener unida a la gente y sugerir nuevas formas de hacer las cosas… Pero después siempre viene gente normal, sin experiencia y con menos talento, pero que deben mantener vivos los avances. Es una historia interesante: la sensación de sentirse sobrepasado, de meterse en los zapatos de alguien y hacerlo lo mejor posible… En realidad siempre estamos en esa situación: no es automático aprovechar todos los avances sociales logrados en las generaciones anteriores. Esta idea aparece también en Chamán, ahora que lo pienso, porque los paleolíticos transmitían el conocimiento solo de forma oral. Sabemos que lo hacían porque las pinturas rupestres de hace treinta mil años y diecisiete mil años tienen la misma técnica, comparten la misma visión. ¡Son diez mil años de transmisión continua de cultura sin lenguaje escrito! Puede incluso que la escritura se interponga. Pero lograron hacerlo, así que algo estaba ocurriendo ahí. Es una historia que sigue contándose a sí misma con éxito.

En Aurora hablas de las limitaciones éticas y ecológicas del viaje y colonización interestelares, y la sensación general del libro que es que esos problemas pueden no ser superados; la visión sobre la colonización espacial parece algo más sombría que en la Trilogía marciana. ¿Ha cambiado tu actitud hacia la exploración del espacio entre Marte azul y Aurora?

No, la diferencia está entre el sistema solar y el espacio interestelar. Aurora trata de establecer un límite más allá del cual la colonización sencillamente no funciona. A pesar del modo en que habla habitualmente la ciencia ficción, el espacio interestelar es demasiado grande para que lo crucen los humanos. Este es un nuevo e importante hallazgo que llega de una mejor comprensión de la biología, ecología y de la psicología humana. La idea de que estamos destinados a las estrellas es una fantasía, una idea errónea incrustada en la cultura humana según la cual la Tierra es solo nuestra cuna y por tanto no es importante, del mismo modo que una cuna ya no es necesaria para un adulto. Esa idea es completamente falsa, y eso tenía que subrayarse en Aurora. Aún me gusta la idea de colonizar el sistema solar como en la Trilogía marciana: Marte sería un gran lugar para habitar, y el resto del sistema solar podría convertirse en algo parecido a la Antártida, con estaciones científicas que visitamos para volver luego a la Tierra, porque siempre puedes permanecer sano en tu hogar.

Había que machacar el sueño interestelar, y eso es lo que hice con Aurora. Creo que mi razonamiento es sólido. La ciencia ficción ha mentido en este tema. ¿A qué distancia está Tau Ceti? A doce años luz. Doce es un número pequeño, pero cuando te paras a pensar que es diez mil millones de veces más lejos que la Luna, diez mil millones… Entonces empiezas a darte cuenta de la escala. Y la mayor parte de estrellas están mucho más lejos que Tau Ceti. Siendo honestos, está claro que el universo que podemos ver por la noche es muy interesante, pero no podemos llegar hasta él. Debemos permanecer aquí. Y en ese momento entendemos que no hay un Planeta B. La Tierra es y será siempre nuestro único hogar, así que tenemos que mantenerla sana. Es importante que la ciencia ficción cuente esa historia, así que sentí que era necesario escribir Aurora. Aunque un montón de gente se enfadó muchísimo…

Has criticado el enfoque de Elon Musk respecto a la colonización de Marte. ¿Qué reticencias tienes sobre sus planes?

No me gusta que una sola persona lo controle, es una cierta privatización o incluso trivialización que puede convertir Marte en una atracción turística. Tampoco creo que Marte sirva como un segundo hogar para la humanidad. ¿No pasaría nada si hubiera una extinción masiva en la Tierra mientras en Marte sobrevivieran cinco mil o un millón de personas? El propósito declarado de la colonia marciana de Elon Musk es estúpido y trivial. Y tampoco queda nada claro cómo planean el aterrizaje en Marte. Gran parte del plan técnico no ha sido puesto a prueba todavía y no hay siquiera protocolos preparados, así que todo es más bien un plan de ciencia ficción fingiendo ser un plan auténtico. Solo tenemos una tasa de éxito del 50% al aterrizar pequeños robots en Marte, pero para que aterricen humanos necesitaríamos mucho más que eso. Es un poco extraño anunciar al mundo que en pocos años irán a Marte cuando tanto la metodología como el propósito declarado son débiles… Así que empieza a parecer simple narcisismo.  

Dicho esto, Elon Musk es muchísimo más interesante que la mayoría de multimillonarios, tanto en lo que hace como en lo que quiere conseguir. El Tesla es un gran coche eléctrico y necesitamos coches eléctricos, y el Falcon es un gran cohete y necesitamos cohetes. Temo que mis críticas hacia Musk puedan verse como una condena absoluta, cuando en realidad simplemente tenemos pequeñas diferencias. No quiero parecer demasiado crítico. Ni siquiera aparecería en las conversaciones si no estuviera haciendo un trabajo realmente importante… Lo adecuado es enfatizar que SpaceX es una gran empresa y mis discrepancias son más bien filosóficas, los cómos y los porqués sobre el viaje a Marte. Cada marciano prefiere sus propios métodos. Él es un marciano igual que yo, tenemos algunos desencuentros… Pero debería subrayar que está haciendo cosas interesantes.

En tus últimos libros las inteligencias artificiales y los ordenadores cuánticos cobran importancia: 2312 tiene a los qubos, y en Aurora el narrador es una IA cuántica, y un gran personaje por derecho propio. ¿Podría la conciencia ser un fenómeno cuántico, y por tanto podríamos llegar a crear una criatura autoconsciente con computación cuántica?

No sé nada con seguridad sobre este tema, porque al fin y al cabo soy filólogo… Así que tengo que basarme en opiniones de expertos en este campo. La creación de un auténtico ordenador cuántico tiene aún muchos problemas cruciales sin resolver, como la estabilización del qubit. Pero si se pudiera técnicamente construir un buen ordenador cuántico y programarlo, obtendríamos un computador extraordinariamente rápido, mucho más que los actuales. En este punto tendríamos una capacidad de procesamiento casi tan rápida como la del cerebro humano, pero no estaría organizada igual que en un cerebro humano. Por otro lado, nunca sabremos qué es la conciencia o cómo el cerebro la alcanza. No puede investigarse sin matar el cerebro, y una vez lo has matado no hay conciencia. Hay una barrera invisible pero permanente en nuestra comprensión del funcionamiento del cerebro. Esto es algo que los fanáticos de las inteligencias artificiales tratan de ignorar, y especialmente los autores de ciencia ficción que quieren descargar cerebros en ordenadores… Son fantasías en que se ignoran esas barreras permanentes. Nuestra comprensión de la conciencia siempre será aproximada y vaga, así que nunca podremos recrearla.  

Pero lo que quise explorar en 2312 y Aurora es que, si tenemos un ordenador cuántico en funcionamiento, tal vez no importe que no funcione como un cerebro humano, y quizá no importe que no sea consciente como nosotros: sería igualmente muy rápido y expresaría algo similar al pensamiento. Podría pasar fácilmente el test de Turing, que no es demasiado difícil. Lo que obtendríamos no sería otra mente humana, sino algo que podría hablar como un ser humano sin que supiéramos del todo qué está ocurriendo en su interior…

Los capítulos cuánticos de 2312 funcionan casi como poemas en prosa, cadenas de pensamiento disperso tratando de expresar cómo pensaría esa conciencia cuántica…

[Ríe] Con esos capítulos me divertí como nunca en mi carrera de escritor. Le estuve dando vueltas al monólogo interior, la técnica literaria del siglo XX que escritores como Joyce, Woolf y algunos más exploraron para expresar cómo ordenamos las ideas. Pero siempre lo he encontrado un poco artificial, porque muchos pensamos interiormente más bien como Proust, con frases mentales proustianas de gramática articulada… No como en el batiburrillo roto de frases e impresiones sensoriales que se usa en la técnica del monólogo interior. Pero para simular a mi ordenador cuántico encajaba como un guante. Fue muy divertido, porque normalmente soy un estilista bastante conservador.

En 2312 hay referencias a Marina Abramovic y Andy Goldsworthy. ¿Te interesan el performance y el Land Art?  

La verdad es que sí. Acabo de ver a Abramovic en Nueva York. Su amigo Hans Ulrich Obrist, un curador de arte, nos puso en contacto para colaborar en un proyecto. No tuvo éxito: ella quería poner a la audiencia en trance y yo contar una historia… Discutimos. Hubo un tercer colaborador, un ingeniero de audio que logró sacar algo en claro de nuestra pelea. Pero adoro a Marina; es una gran artista llena de ideas, le falta tiempo para desencadenarlas sobre el mundo. Creo que sus performance lentas de larga duración son una forma de autoterapia. Cuando está realizando su arte disminuye el ritmo y se concentra, mientras que en su vida diaria es como una persona con TDAH, con pensamiento rápido y cambiante. Goldsworthy es muy ermitaño. Traté de enviarle mis libros, diciéndole que me encanta su trabajo y que le había mencionado en mis historias, pero nunca logré contactar con él. Probablemente le llegaron los libros, pero no quiso contestar… Me gusta hacer esculturas al aire libre similares a las de Goldsworthy. En las sierras construimos Goldsworthys, como los llamamos, pequeñas obras efímeras que destruimos tras fotografiarlas, para que no molesten a nadie. Abramovic y Goldsworthy son ambos muy importantes, porque extienden el arte a nuestras vidas cotidianas y cambian nuestras concepciones sobre qué son la vida y el arte.

¿Cuál ha sido tu sorpresa agradable más reciente en lectura, tanto de ciencia ficción como en general?

Acabo de leer las cuatro novelas napolitanas de Elena Ferrante, sobre dos mujeres que crecieron en Nápoles y tienen más o menos mi misma edad. En ciencia ficción he estado leyendo The Dervish House de Ian McDonald, una fantástica novela sobre el Estambul del futuro cercano.  

¿Qué opinas sobre la geoingeniería, terraformar la Tierra, por decirlo de algún modo? Hubo un experimento no autorizado de geoingeniería hace unos años en Canadá, fertilización del mar con hierro para estimular el plancton y capturar CO2 del aire…

La geoingeniería me interesa mucho, porque no creo que haya nada intrínsecamente malo en ella. No creo que la fertilización del océano sea técnicamente una buena idea para capturar dióxido de carbono de la atmósfera… Pero creo que debería haber Gobiernos y grandes grupos de estudio  hablando de estos temas, y quizá preparando experimentos para ver cómo resulta. Puede que acabemos necesitando la geoingeniería… Si la crisis climática empeora, si pasamos el punto sin retorno en que el metano bajo el permafrost empieza a ser liberado a la atmósfera, si nos dirigimos a un evento de extinción masiva… En esos casos la geoingeniería es una herramienta que querríamos utilizar. Estoy a favor de hablar de geoingeniería sin ningún pánico moral al respecto, aunque no creo que vayamos a ser particularmente eficaces en ella. Hay muchos procesos a escala geológica que son realmente demasiado grandes como para influir en ellos.  

Uno de los temas de la Trilogía marciana es la reconciliación de modos de vida aparentemente opuestos, como la actitud conservacionista de la naturaleza de la facción roja frente al poder transformador de la facción verde. ¿Crees que es posible hallar un equilibrio entre el mantenimiento de la naturaleza en su estado primigenio y su adaptación a las necesidades humanas?

Sí, cada vez me estoy convenciendo más de que es un error pretender mantenerse puro, la pureza no nos sirve para nada. Los espacios de naturaleza salvaje son una buena idea, pero una vez hemos alterado la atmósfera y los océanos ya no hay en realidad ningún espacio natural, vivimos en un planeta mestizo. Lo que deberíamos conseguir entonces es evitar las extinciones. Y eso implica transformar el entorno y el paisaje, quizá con granjas que también puedan albergar vida salvaje, o zoos, o reservas… He leído acerca de las partes de Europa que van siendo progresivamente abandonadas, como la Polonia central, parte de la España central, el centro de los EE. UU., Montana o Dakota del Norte… En los terrenos en que la agricultura no es fácil o económica la gente se marcha hacia las ciudades, así que grandes porciones del campo están ahora libres de humanos. Eso es extremadamente interesante, porque lo necesitamos. No son espacios naturales, sino tierra poshumana en la que los seres humanos construyeron pueblos o carreteras y luego los abandonaron. Puede que tengamos un mundo que incluya áreas semisalvajes, o tierra vacía que aún es parcialmente humana, incluso levemente agrícola… Todo excepto la pureza. Ya no me preocupa la pureza.

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Kim Stanley Robinson: “Science needs to think of itself more as a humanism and as an utopian politics” http://www.jotdown.es/2017/06/kim-stanley-robinson-science-needs-to-think-of-itself-more-as-humanism-and-as-an-utopian-politics/ http://www.jotdown.es/2017/06/kim-stanley-robinson-science-needs-to-think-of-itself-more-as-humanism-and-as-an-utopian-politics/#respond Tue, 20 Jun 2017 10:45:32 +0000 http://www.jotdown.es/?p=132540 Photo: Jorge Quiñoa (Versión en español) We meet with Kim Stanley Robinson (Waukegan, 1952) in Barcelona, during the annual literary convention Kosmopolis. Robinson is a respected and popular hard science fiction writer, especially known for his trilogy dealing with martian colonization and terraformation (Red Mars, Green Mars, Blue Mars). After Mars, he imagined humanity expanding through the whole Solar System […]

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Photo: Jorge Quiñoa

(Versión en español)

We meet with Kim Stanley Robinson (Waukegan, 1952) in Barcelona, during the annual literary convention Kosmopolis. Robinson is a respected and popular hard science fiction writer, especially known for his trilogy dealing with martian colonization and terraformation (Red Mars, Green Mars, Blue Mars). After Mars, he imagined humanity expanding through the whole Solar System (2312) or trying with enormous difficulties to reach for interstellar space (Aurora). In some of his novels climate change issues take a central role, particularly in the Science in the Capital trilogy and the recently published New York 2140. And sometimes he looks into the past instead of the future, describing  life during an Ice Age (Shaman) or imagining how world history would have changed if all Europeans died during the Black Plague (The years of rice and salt). Most of Robinson’s stories, although peppered with revolutions, murders and catastrophes, are utopian and optimistic in their core. He speaks with restraint, correction and seriousness, but sudden flares of contagious enthusiasm light up his speech when discussing the transformative power of science or the urgent necessity of changing the current socio economic regime.

You are known as an utopian novelist. Frequently utopia is seen as something unattainable, a theoretical ideal of perfection, but in your novels it seems something more practical…

I’ve been following the definition of utopia sketched out by H.G. Wells: a dynamic kind of history without an end point; it’s not a perfect state, it’s a continuous process where every advance has to be defended against falling apart or going backwards. Joanna Russ, a great american science fiction writer, used to talk about optopia: given the conditions that you’ve been handed, you get to the optimum best situation politically. This is better for storytelling: you don’t have the “walk to the zoo” feel of standard utopia: even Thomas More’s Utopia has a little bit of story, but it’s really the description of an achieved society. Since Ursula K. Le Guin’s The Dispossessed and even before, the story of dynamic utopias has been told one way or another.

The character Arkady Bogdanov of The Martian Trilogy is a descendant of Alexander Bogdanov, the author of the utopian novel Red Star. How did Red Star help to shape your Red Mars, and what do you find appealing about Alexander Bogdanov?

I love Bogdanov. When Percival Lowell made his reports on what he had seen of Mars through his telescope and talked about the possibility of canals and martians, there was an international response. For Wells it was War of the Worlds and the idea of an aggressive ancient civilization, for Kurd Lasswitz in Auf Zwei Planeten Mars is an advanced technological utopia; for Bogdanov Mars was a space used to discuss the future of a communist utopia where the martians were red in the sense of being political leftists, ahead of us, advanced. Red Star is a really good utopian novel, and it  anticipates many of the problems the Soviet Union had, a socialist country surrounded by capitalist countries. Bogdanov was a really interesting thinker in systems theory, and his writing is being remembered in different contexts because of his Tektology and his web of life studies. I wanted to make sure that my Mars trilogy picked up all the strands of all the previous Mars novels.

One of the highlights of The Martian Trilogy is the writing of the Mars Constitution. Many measures are proposed in those chapters, and I would like to take a closer look at some of them and ask if you see them to be feasible on our Earth. For instance: common stewardship of natural resources: air, land, water… How could such a “management of the commons” be implemented on Earth?

That’s a good question. We do have certain commons, the oceans and Antarctica, but these are somewhat empty and uninhabitable spaces. That phrase of the Martian Constitution is an attack on the law of property. It’s anticapitalist, fundamental marxism: land itself belongs to everybody as a commons. This is similar to the native american view that you can’t own land, a concept shocking in our capitalist system. There’s a little bit of talk of the return of the commons in regards to who owns the Internet. That is kind of virtual land: I see legal discussions about all the new regimes and possibilities created by technologies. And as for real land itself: about 30% of the surface of the US is owned by the federal government, and some smaller parts owned by state governments, so this is owned by the people as commons. The commons was never just free space, it was always regulated, an organized system, even if it was informally. The air is for everybody. Could water be privatized when people need it to stay alive? Land is part of that. Property needs to be shifted over effectively to tenure rights: you have the rights to take care of the land for the people in certain ways, and that procures you a certain amount of rights that don’t extend to the fullness of property rights. This is kind of shocking in the current legal regime. It’s definitely speaking in an utopian way, but you see strands with the Internet. It may become relevant pretty soon in discussing the Moon: the Outer Space Treaty is based on the Antarctic Treaty, so right now nobody can claim property of the land on the Moon.

Another article in the Martian Constitution takes out from free market and into non-profit co-ops the bare necessities of life like housing, health or education. This sounds difficult in a capitalist society: in Spain we have an ongoing housing crisis, in the US health care is notoriously irregular… How could we make this happen?

Thomas Piketty in Capital in the Twenty-First Century talks about how progressive taxation should not be just on the annual income, because that can be buried under the system and hidden, but on capitalized assets themselves. That would legislate caps on how wealthy can you be: beyond a certain amount of wealth, the excess goes back to the public good. That is a  transformative thing, a horizontalization of wealth and power. With progressive taxation like that, governments would not be impoverished, they would seize the surplus value and afford universal healthcare, free public education through college, and guarantee the necessities like shelter, clothing, human basic needs that everybody gets. And also full employment: if government can afford to make sure that everybody who wants a job has one, you don’t get massive unemployment like in the bottom of Europe. These things need to be paid for, but governments can easily be made much wealthier by a seizure of surplus value by way of progressive taxation. After World War II there was quite extreme progressive taxation, even in the US under Eisenhower, a Republican president. After you made four hundred thousand dollars a year, that in our days will be like four million dollars a year, the tax rate was 91%. So essentially they capped the wealth, and you could not be a multibillionaire like we’ve got today, because everything you made after a certain amount went to support government programs. And you can advocate these kind of things without being a complete communist or a completely utopian person like a martian. You can talk about policies that used to be enacted and could be enacted again, there’s legal and precedent base.

But we allowed a counterrevolution to take over the world, and it sucks. We are suffering the results of the Reagan-Thatcher neoliberal turn of the eighties, late global capitalism, the seizure by the rich of the surplus value and the impoverishment of everybody else becoming the precariat, in that their lives are precarious. Employment and health is precarious, pensions gone away… All by impoverishing government and repeating the three infamous lines  “The government is not the solution, it is the problem”, “There is no thing as society” and “There is no alternative”. We need the keynesian pendulum between government and business to swing back, because people is suffering. It’s the weakest leftist argument possible, just keynesianism, but it’s all we got at this point. You don’t want to get into an either/or apocalyptic revolutionary situation in which unless we change everything we’re completely screwed. But if it’s just a simple political battle: more left and less right, anti-austerity, keynesianism, social democracy… This is a sequence that can be fought for. It could happen in the EU: the PIIGS countries, Portugal, Italy, Ireland and Spain, banded together into an anti-austerity league. But the world has gotten so neoliberal… The cultural space has been stupid. This is what I’ve been doing as a leftist, telling the same story over and over again.

In the post-capitalism you describe in 2123 and Blue Mars, another key element is the substitution of big companies by medium-sized co-operatives in the model of the basque Mondragon.

I have been recently contacted by a professor at Mondragon university who sent me his history of how Mondragon came about. It’s very interesting, how a single catholic priest organized people to talk and talk and talk, fifteen years of political education in itself within a pre-existing industrial base. So now I know more and I’m still very interested, because it’s an already existing alternative to capitalism within the working capitalist order. An interim step that can be enacted right now: everybody could organize around employee-owned Mondragon-type cooperatives and start working with a better value system, ownership without the usual exploitation of labour and appropriation of nature that you see in the rest of the system. Within the already existing capitalist order you have alternative orders that are legal, they don’t need to be revolutionary, you don’t need to get into the chaos of Barcelona 1936 where anarchists and communists were fighting against each other over how to make a completely new society… Instead you have something like Mondragon where in the already existing society there is a change coming from inside.

Why do you think that the Mondragon model has not been reproduced more widely?

Probably because it flattens the power gradient and it doesn’t make enough of a profit for the ownership class, so it’s unpopular with the people that actually control the already existing mobile capital, captured as it is, sequestered in banks and defended by guns. They don’t want it to succeed because it’s a horizontalization of power. In the current vertical system, people who manipulate most of the money will not give up that power voluntarily, so they need to be politically whipped and the the laws need to appropriate it for the people. We need to tell a story that’s plausible enough and persuasive enough that people will act on it in terms of political behaviours and votes going towards political parties that support this model. It surprises me that it is not more popular and effective and quick than it is now. I guess this is what Gramsci was talking about with hegemony, the mental quality people have of accepting their own subjugation because it’s natural, because people agree with the “there is no alternative” mantra. It’s sad, it strikes me that people should be a little bit sparkier.

The Trump Administration presented a budget including huge cuts in most of government agencies, and a 31% cut on the EPA (Enviromental Protection Agency). How do you think that these cuts will affect the US if they come to pass?

It’s a particularly ugly attack on everything valuable and right. These people are thugs and clowns and they are saying “fuck you” to American values. In the polls people like having clean air, clean water, they like the EPA! In effect we’ve had a weird little seizure of our government by a crew of people who are being deliberately destructive. The budget proposed will not be enacted the way it is described, but it feels like somebody taking a crowbar and smashing things, so until you subdue these people, until you tie them down and get them out of the room, it’s hard to do anything but defend what’s already existing. You can’t make improvements, you can only defend what you’ve got. But they are suffering massive defeats. They can’t even agree whether to destroy things in one way or another, so they’re wrecking their own possibilities. I’m hoping that in four years, or two years, or even something shorter than that, something will occur to slow them down. They’re not really governing, just gesturing. It has been irritating and ugly and painful…

With NASA funding going down, some think that private exploration of space will become more important, with companies like SpaceX or Moon Express leading the way. What dangers do you see in the privatization of space exploration?

I don’t like the privatization of space at all, I like to think of it as commons and public. On the other hand, the governments of the world have always paid private companies to build rockets. SpaceX doesn’t have the money to fund a space program of its own, so it has to sell its rockets to somebody. I have the feeling that some billionaires could indeed build some small base as kind of a legacy project on the Moon… But you can’t make a profit in space, there is nothing up there that we want badly enough. You can send communication satellites, so there’s industry on Earth orbit, but   there’s no possible industry on the Moon. Right now the Outer Space Treaty would control questions of ownership and exploitation, and there’s nothing to exploit. The Moon it’s simply rock: silica, iron, aluminum, magnesium: we already have lots of that on Earth. The danger of privatization isn’t very extreme. It’s something like Antarctica, it’s vulnerable to exploitation, but there’s nothing there to exploit…

This privatization trend may extend not only to space exploration… Right now Google’s Calico and similar companies are investigating senescence, leaving potential longevity treatments in the hands of for-profit corporations. Will life end up being extended just for the wealthy?

Again, it’s not very much of a danger, but because we’re not really very good at it. All medical advancing is good, and I think it will always remain organized by organizations like National Institute of Health. But it is a danger that if pharmacology companies develop what you may call longevity treatments, they might end up very expensive at first, only affordable by people having lots of money. That’s a frightening possibility, but it’s good to have health advances, because eventually everybody will benefit. It might create the conditions of a big fight, when finally income inequality will be challenged fundamentally by people saying that everybody has equal right to longevity and health. There’s a revolutionary possibility there, but for now there’s nothing to be done but continue to keep ahead in the game. It’s a very slow progress: average lifetimes are not very much longer that they were, it’s an asymptotic curve.

There’s a proverb often appearing in your books, from an elder in Shaman to some characters in Science in the Capital or even a story title in The Martians: “enough is as good as a feast”. Why does this sentence resonate so much in you?  

It’s a quote to get out of capitalism. Economics, which is the quantitative study of capitalism, it’s always saying “more is better”. And since we’re in an ecological crisis of over consumption and wrecking the planet in order to get “more is better”, it’s important to keep insisting on its contrary, “enough is as good as a feast”.

There seems to be distrust in the scientific world and the hard science fiction community against politics: for instance in Neal Stephenson’s Seveneves the political characters are mostly evil, and the Space Ark Constitution is seen like a burden… Why do you think this distrust or lack of interest for politics exists?

They’re making a dichotomy between the sacred and the profane, between purity and corruption. Stephenson’s not good on these issues, he’s a bit reactionary and cliched. It plays into bad fantasy to suggest that politics is just grubby and parasitic, and science is some kind of pure, holy thing. In fact, science is intensely political and needs a big part of the money allocations of governments, and it needs government and regulation, because it can’t be done by individuals or individual corporations. Science is a gigantic team effort, and requires, therefore, government. At its best, I guess that what Stephenson’s saying is that politicians are scientifically uneducated just as scientists are politically uneducated. But that’s being generous, because he mostly plays the mannequin cliches of good scientists and bad politicians. He is very popular, so it would  be great if he was a little bit better on this issues, even using them as political education… But unfortunately, I think one of the reasons for his popularity is that he plays into already existing prejudices.

In Green Mars one character thinks that the synthesis of a scientist and a mystic would be called an alchemist. Which kind of common ground can a mystic and a scientist reach?

This is my character Michel, who is always trying to recover or invent a psychology of the scientist that allows them to be a little mystical and have a value system that is not some kind of poorly theorized empiricism. A lot of scientists are fairly naive and underdeveloped about what is their project. They don’t have much in the way of theory. Science needs to think of itself more as a humanism and more as an utopian politics that’s already enacting itself in the real world. This is what my books are trying to suggest. I’m doing what I can by telling stories about what science is, how science works and what scientists should do in terms of being political actors. Time after time, story after story, trying to take a different angle on the problem. It’s a little bit like a kid playing with his dolls, it’s presumptuous to think that I’m doing anything, but people read stories, and some scientists read science fiction to try to think about what they’re doing, so… I do what I can.

Buddhism appears in your work, specially in Science in the Capital and The years of rice and salt. What do you find appealing in buddhism and how did you become interested in it?

I’m from California, and California pays close attention to East Asia, more so than the Eastern part of the US, which looks back to Europe. All through the XXth Century, Chinese and Japanese immigrants were coming to America and heading California first. The poet Gary Snyder, who was my teacher, went to Japan and spent ten years studying and practicing Zen buddhism. He came back along with a lot of other Californian of European origin, and began to to make what you could call a California buddhism, heavily influenced by Zen and the Dalai Lama, but also by New Age or hippy California ideas. It’s very diffuse, secular and unserious, compared to the more strict Buddhist traditions. So in Californian culture buddhism is an important strand, like in China: the chinese talk about the triple strand, a braid of beliefs composed almost equally of buddhism, confucianism and taoism. For the Californian intellectuals buddhism is about as important as Christianity or any other European influence. As for me, I wouldn’t claim much. It’s completely casual, a literary interest as much as it is a spiritual practice. It helps in daily life: the suggestions of Zen on how to pay attention to the present, how to be in the moment, how to live life, what’s important as a value system… It’s been helpful to me as a person. It stroke me as interesting in Science in the Capital to think of science as a kind of buddhist practice. A devotion to the real is suggested by both Zen buddhism and science; maybe science is like a quantified buddhism. In The Years of Rice and Salt I described a world in which all Europeans were gone after the Black Plague, so buddhism might become much more important as an intellectual tradition. Those are two different ways of using buddhism, and in my other books it’s not so important. Buddhism wants to be useful in this world, so I think it’s more a way of life or a practice than a religion per se. Lots of buddhists don’t speak about an afterlife. Some do, because they talk about reincarnation and an eternal soul.  If you’re a materialist, which I am, and you don’t believe in an eternal souls, then that part of Buddhism is kind of useless. So it’s a mixed picture.

Sufism is heavily represented in Red Mars, along with some Rumi poems. How does Sufism appeal to you?

In Mars I wanted Islamic culture to appear, and in The Years of Rice and Salt I needed to discuss in great detail Islamic culture as one of the world culture that would be prominent if all the europeans died. So in both cases it’s sort of similar to buddhism, that appears in some novels and not in others. I looked for the mystical humanist liberal tradition in Islam, as opposed to the conservative salafist wahhabist controlling totalitarian parts of Islam. All the great religions seem to have a liberal and a conservative wing, and in Islam I got interested in the Sufi tradition because it did look like a kind of mystical hippies of the XII Century… And Rumi is a beautiful poet.  

There are references to mystic epiphanies in your work, like nature contemplation in the peak of a mountain. Have you experienced these kind of satoris yourself?

I have, it’s hugely important to me to go to the mountains. I grew up as a kid in the beaches, so first it was the ocean. In this stupid middle american suburban 1950s white culture, it was almost obviously crazy not to go out into the ocean. Just a hundred meters offshore you are back in a primal reality of water that can kill you, but it’s also floating you and it’s quite benign if you know how to be there. The ocean was crucial to me for staying sane when I was a kid. And then I discovered the Sierra Nevada, the mountains of California! My suburban Californian reality as an ordinary middle-class american was augmented by this wilderness experience. Going out to the mountains, having athletic hard working experiences, but also spending a lot of time outdoors just walking, dealing with rock. It’s very low-key mountaineering, we’re not doing anything dangerous and we stay out of vertical faces, but it’s been a crucial part of my life. Close to a month a year I’m up in the mountains, doing walking expeditions.

I guess that many scenes in Shaman, a story set in an Ice Age, are drawn quite directly from your experience…

That was a beautiful thing, because we don’t really know how the Paleolithics lived like, and to write about that was an imagining exercise. But I knew about snow-camping, because I’ve done it myself and I could write about snowshoes and what was it like  to work in the snow. Since Shaman is about an Ice Age I could write about it with that little extra degree of lived reality which is important for novels. It was a joy and I probably put too much of it, but I couldn’t stop myself.

What do you think that is similar and what is different between a Paleolithic person and a contemporary one?

Similar, for sure, is the genetic material: we have exactly the same genes as them. Similarly, we are in close contact with a group of people about the same size that we know socially well.  We have what I call your pack or your tribe, thirty or fifty actual people that you interact with, face to face and day to day. Those are similarities. They also had a cosmology, a sense of what was going on in the world. In some ways the didn’t know as much as us, like what are the stars, and in other ways they did know a lot more than us, like which plants can you eat and not, and how can you manipulate the landscape. The main difference is that we are dealing with a sense of global society: we know that eight billion people exist, while Paleolithics were very limited in what they knew about other people, they had intensely localized knowledge. Knowing the global picture we have extra obligations.

In 1995 you stayed in Antarctica as part of the National Science Foundation’s Antarctic Artists and Writers Program. Given the frequent appearance of Antarctica in your books, it seems that the visit had a profound influence. What do you remember most about that time and how do you think it affected you?

I loved it! I just went back to McMurdo during eleven days in the last fall for the first time since 1995. Quite a few people are coming back and forth, arranging their entire career to keep going down there. It’s like the Sierras turned into a surrealistic superdream, it’s like going back into the Ice Age. The people are very kind and interested in each other. They tend to be scientists and people who support scientists, so there’s a huge sympathy for what science is about. It’s a small, simple society relative to the world at large, but I love it and I was very happy to go back. It resembles space: Antarctica is like a space station operating down there, and that’s useful if you’re writing about stations gathered across the Solar system. The visit was so beautiful… I didn’t like the idea of staying in McMurdo the eleven days, leaving for the wilderness only in brief trips in snowmobiles or helicopters. I thought it would be lesser, but it wasn’t lesser at all! It was fascinating and spectacular even just to be in McMurdo. When I went in 95, McMurdo was just a transfer station where you went to wash your clothes and get to the next wilderness. But now it’s interesting, and now I know it’s interesting. Maybe it’s also a little utopian space: the continent for science. There’s no money. The food and the clothing is all provided, and there is no property, the world owns McMurdo. It has all kind of suggested aspects of utopia. Orwell wrote about the day in Barcelona when anarchists took charge and everything felt different. I think McMurdo was like Barcelona in 1936, that moment when the political rules and the customary order of capital, property and class are gone, and you see just people, everybody equal and just doing their jobs. I just reread Homage to Catalonia by Orwell, because Ian Watson showed me the parts of the city he writes about.

There’s a narrative device that appears in different forms in some of your books: the Founding Father (or Mother) dying at the very beginning of the story. John Boone murdered in the prologue of Red Mars, Alex in 2312, it happens also in Aurora… How does this “having to fill the shoes of a great predecessor” trope appeal to you narratively speaking?

It is a huge challenge to properly take up the wisdom of the past and put it to use when you start up as an adolescent, or you have a society that needs continuity. Occasionally you have exceptional characters who manage to lead, hold things together and suggest new ways, but then always afterwards comes inexperienced ordinary people who might be less talented but need keep the advances alive. It’s an interesting story to tell: the feeling of being overwhelmed, of stepping into someone’s shoes and do a proper job with it. We’re always in that situation, right? Whatever advances we’ve made in the previous centuries or in the generation before you, it’s not automatically that you can hold to them. That’s in Shaman too, now that I think of it, because Paleolithics held on to knowledge by oral transmission alone. We know they did it because the cave paintings thirty thousand years old and seventeen thousand years old have the same same skillset, the same vision. It’s ten thousand years of continuous transmission of culture without written language! Perhaps even written language gets in the way. But they managed to do it, so something was going on there. It’s a story that keeps getting told succesfully.

In Aurora you talk about the ethical and ecological limitations of interstellar travel and colonization, and the general feeling of the book is that these problems may not be overcome; the view on space colonization seems grimmer than in The Martian Trilogy. Has your attitude towards space exploration changed between Blue Mars and Aurora?

No, it’s the difference between the Solar System and the interstellar space. Aurora was trying to set a limit beyond which colonization does not work. Despite the way that science fiction usually talks, interstellar space is just too big for humans to cross. This is an important new story, a new finding coming out from the better understanding of biology, ecology and human psychology. That’s a fantasy space, an idea cast in human culture that we were destined for the stars, that the Earth was just our cradle, and so it is unimportant in the same way that a cradle is unimportant to an adult. That’s completely wrong, and that needed to be shown in Aurora. In the Mars trilogy I still like the idea of the Solar System, and I think that Mars is a great place to inhabit and the rest of the Solar System can be turned into something like Antarctica: we have scientific stations out there, so you visit them and you come back home, because you can always stay healthy on Earth. But the interstellar dream needed to be smashed, and that’s what Aurora did. If you read the book I think my reasoning is sound. Science fiction has lied on this issue. How far away is Tau Ceti? It’s twelve light years. Twelve is a little number, but then you think it’s actually ten billion times further away than the Moon, ten billion times, you start to get a sense of the scale… And much of the stars are much farther away than Tau Ceti . If you’re being honest, you’d see that this universe that we can see at night it’s very interesting, but we cannot get to it. We have to stay here. And then you understand that there is no Planet B. Earth is our one and only home and that’s a permanent situation, so we have to keep it healthy. That’s a very important story for science fiction to tell, so I felt it was really necessary to do Aurora… Although a lot of people got really angry at it.  

You have criticized Elon Musk’s approach to Mars colonization. Which are your main concerns about his plans?  

I don’t like this notion of one person doing and controlling it, it’s like privatization, or trivialization to turn it into a tourist attraction.  I also don’t think that Mars functions as a second home for humanity. Having a mass extinction event will be OK as long as there’s five thousand or a million people surviving on Mars? The stated purpose of a Mars colony is stupid and trivializing. And also they’re waving their hands when it comes to talk about landing in Mars. A lot of the technical plan hasn’t been tested and we don’t have protocols yet in place, so it’s very much of a science fiction plan pretending to be a real plan. We only have 50% success rates landing these little robots on Mars, but landing humans would take a lot more than that. It’s a little weird to say to the world that they’re going to Mars when both the methodology and stated purpose are weak… And so it begins to look like narcissism. That being said, Elon Musk is way more interesting than most billionaires in terms of what he wants to achieve. Tesla is a great car and we need electric cars, and the Falcon is a great rocket and we need  great rockets. I’m afraid that my criticism of Musk might sound like a complete condemnation, while it’s closer to small differences. I don’t want to be too critical. He wouldn’t really come up if it he wasn’t doing really important work. It’s best for me to emphasize that SpaceX is a great company and the rest is kind of philosophic, like why and how would you go to Mars. Every martian has their own favored methods. He’s a martian, I’m a martian, we have some disagreements there… But I probably should emphasize the way that he’s doing interesting things.  

In your later books quantum computers and artificial intelligences take a big role: 2312 has the qubes, and a quantum AI is the narrator of Aurora and a great character in its own right. Do you think that consciousness may be a quantum-related phenomena, and hence we may end up creating a sentient entity with quantum computing?

I don’t know for real about this, because I am an English major and I have to take the opinions of the experts who are involved with that… Making a quantum computer is still an open question, there are some crucial problems like stabilizing the qubit. But if you can make a quantum computer, both technically and system-wise, you would have an extraordinarily fast computer, way beyond what our computers are now. At that point you get processing power almost as fast as the human brain, but it won’t be organized like a human brain. And we will never know what sentience is or how the brain achieves it. You can’t investigate the brain without killing it, and once you kill it you don’t have sentience, so there is an invisible but permanent barrier in our understanding of how brains work. And this is something that the AI crowd try to ignore, and specially the science fiction crowd who want to download brains into  computers… These are fantasies in which people ignore the permanent barriers in our understanding of brain and consciousness. It’s always going to be approximated and vague, so we will not be able to recreate it. But what I explored in 2312 and Aurora is that if we got a working quantum computer, maybe it wouldn’t matter that it didn’t operate like a human brain, and maybe it wouldn’t matter that it is not sentient as we are: it might still be extraordinarily fast and expressive of something like thought. It could easily pass the Turing test, as that test  is not really very hard. So what you get is not just another human mind, but something that might talk like a human without you knowing what is really going on inside… Whatever it is,  it will be extremely fast, but emitting a string of sentences like ours.

Actually the quantum sections in 2312 work like a prose poems almost, all these strands of thought trying to express how a quantum consciousness would be…

That was amongst the most fun I’ve ever had as a writer. I tried to think about stream of consciousness, the literary technique of the XXth Century that Joyce, Woolf, and a few other writers explored as a way of expressing how we go through our days. But I’ve always thought it was a little artificial, because a lot of us go through our days like Proust, with mental proustian sentences of incredibly articulated grammar, and not this broken jumble full of sensory impressions. But for my computer it worked. [Laughs] it was so much fun, because I’m normally a fairly conservative stylist.

2312 has some references to Marina Abramovic and Andy Goldsworthy. Are you interested in performance art and land art?

I definitely am. I just saw Abramovic in New York. Her friend Hans Ulrich Obrist, who is a curator, put us in contact with each other to do a collaboration together. It wasn’t successful: she wanted to put audience into a trance and I wanted to tell a story… We had a big argument. There was a third collaborator, an audio engineer who managed to make something out of our fight. But I do love her, she’s a great artist full of ideas, more ideas than she has time to unleash on the world. I think her duration performance art  is a kind of self-therapy: when she’s doing her art she slows down and focuses, while in her daily life she is like an ADHD person, with bouncy rapid thinking. Goldsworthy is very reclusive. I’ve tried to send him books and say that I love his work and I’ve put it into my stories, but I never managed to contact him. Probably the books arrived to him, but he’s not interested in replying… I like to do Goldsworthy’s type work. Up in the Sierras we build Goldworthys, as we call them, and then photograph them and knock them down at the end of the day, to avoid bothering other people. Abramovic and Goldsworthy are both very important, for extending art to our daily lives and then change your sense of what life and art are.

What was your most recent pleasant surprise in science fiction and non-science fiction reading?

I just read the Neapolitan Novels by Elena Ferrante, a four volume novel about two women who grew up in Naples and are about the same age as me. In science fiction I’ve been reading The Dervish House by Ian McDonald, a fantastic novel about Istanbul in the near future.

What is your opinion on geoengineering, terraforming Earth, so to speak? There was a rogue geoengineering effort some years ago of ocean fertilisation in Canada…

I’m very interested in geoengineering, because I don’t think there’s anything intrinsically wrong with it. I don’t think that ocean seeding is technically a good idea for capturing carbon, but I think bigger groups and governments ought to be discussing these things, and possibly make some experiments to see what works. We might end up needing geoengineering… We might end up in a climate crisis, if we pass a tipping point where the methane under the permafrost starts to get released to the atmosphere, and we go  into a jungle planet mode or a mass extinction event. Then geoengineering is a tool that we might want to use. I’m in favor of discussing it without any moral horror at the idea of interference, even though I don’t think we’ll be good at it. There are lots of processes in a geological scale that are really too big for us to influence in any useful way.

One of the themes I see in The Martian Trilogy is the reconciliation of apparently opposite ways of life, like the conservationist attitude of the Reds and the transformative power of the Greens. Do you think that it is possible to find an equilibrium between keeping the nature in its primeval state and adapting it to human needs?

Yes, more and more I become convinced that the bad thing is trying to be pure, purity is useless to us. Wilderness is a nice idea, but once you alter the atmosphere and the oceans there is no wilderness anymore, all the planet is a mongrel planet, and what you want to do then is to avoid extinctions. That takes working landscapes, like farms that also support some wildlife, or zoos, or landscape enclosures. I’ve read about these parts of Europe that are being almost abandoned, like central Spain, central Poland, the center of the US, Montana or North Dakota… Where is not easy or economical to do agriculture, people leave for the cities, and so big places of the countryside are empty now of humans. This is extremely interesting, because we need that. It’s not wilderness, but ex-human land where humans built towns or roads and abandoned them. We might have a world that includes some semi-wilderness, or empty land that is still human land or even lightly agricultural… Everything except for purity, I don’t really worry about purity anymore.

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De lo espiritual en el ajedrez http://www.jotdown.es/2017/06/lo-espiritual-ajedrez/ http://www.jotdown.es/2017/06/lo-espiritual-ajedrez/#comments Tue, 20 Jun 2017 08:51:45 +0000 http://www.jotdown.es/?p=133137 Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esta frase tan escépticamente clara hace poca justicia a los canes. Suena y resuena en los confines del hastío cuando uno levanta la cabeza y solo ve muerte, miseria, podredumbre, gente hueca y miserable en un mundo que todavía se asemeja a aquélla metáfora del medioevo, con los reyes […]

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Kárpov y Kaspárov. (DP)

Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esta frase tan escépticamente clara hace poca justicia a los canes. Suena y resuena en los confines del hastío cuando uno levanta la cabeza y solo ve muerte, miseria, podredumbre, gente hueca y miserable en un mundo que todavía se asemeja a aquélla metáfora del medioevo, con los reyes como mensajeros de Dios y los peones como carne humana sin más destino que la salvaguarda de la corte. Escribo esto y los trogloditas vuelven a salir de la cueva, esta vez en Manchester y en Londres, y se han puesto a deglutir niños vivos, enteros, para estimular su escasa imaginación australopithecina.

Pero aún hay esperanza y hete aquí que el peoncillo cruza el tablero sigilosamente, como si no fuera la cosa con él y a medida que avanza casilla a casilla, su poder se acrecienta. En la fila cuatro es una gran herramienta, un punto excelente de apoyo para las piezas, sobre todo para el caballo que encuentra donde parapetarse, ayudado y protegido por el paria que ha subido en la escala social desde el ostracismo de la fila dos, donde era un desposeído sin techo, uno más del lumpen proletariat. En la fila cinco, su presencia empieza a preocupar al ejército contrario, es como una cuña que abre el campo enemigo y se adentra entre sus huestes con malas intenciones. Cuando llega a la fila seis suenan todas las alarmas, el ejército contrario intenta emplear todas sus fuerzas para bloquear su avance: se vislumbra la metamorfosis. En la fila siete el peón es más fuerte que la amenaza, cuya consecución ocurrirá en la fila ocho, cuando haya por fin pasado por toda la trama de la vida y elija su nuevo destino: la poderosa dama, la majestuosa torre, el intrépido alfil o la figura ecuestre. Se ha realizado el milagro, el final feliz anhelado, la trascendencia a un destino oscuro y pobre, la gran transformación.

La metamorfosis del peón.

Esta secuencia que ocurre en cada partida (para ser precisos, en aquellas en las que el peón logra promocionar en la última fila) forma parte del uso y abuso del ajedrez por aquellos que, como nosotros, escribimos y nos apasionamos por la cantidad desmesurada de imágenes y metáforas que encontramos en el juego, que se nos antoja arte y se nos antoja ciencia. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo transmitir a un lector que nunca ha jugado al ajedrez la pasión por los trebejos? ¿Cómo explicármela a mí mismo? Cuanto más me relaciono con ajedrecistas profesionales más comprendo que existen diferencias fundamentales en la manera en que estos encaran el propio juego. Estas diferencias vienen dadas por actitudes vitales que reflejan el hecho de que han elegido el ajedrez como profesión, por lo que toda mística o resplandor metafórico ajenos al juego, a la competición y a la imperiosa necesidad de ganar, se convierte en parafernalia superflua. Bonita, sí, pero superflua; el reino de la parafernalia innecesaria es un ámbito en donde, en cambio, se mueven (nos movemos) a sus anchas, los aficionados.

Se me ocurre que nada menos que Vasili Kandinski, el padre del arte abstracto, nos puede ayudar en esta empresa. Kandinski nos dejó un legado impresionante como impulsor del arte moderno, de la abstracción y de la racionalización tanto del arte como del carácter del artista. Hablaba de una «necesidad interior» en el arte. Un impulso que lleva a las personas (a los artistas más concretamente) a llevar a cabo la locura del arte, es decir, la locura de plasmar una acción de búsqueda personal para someterla al escrutinio de los demás. Suena familiar a los ajedrecistas, debería serlo: la partida de ajedrez es un acto público, es un desnudar la mente frente al implacable espectador en el presente y en el futuro. Sin duda el ajedrez es un acto de calculada locura. Mi éxito, mi fracaso, mi concepto acertado, mi jugada brillante, mi ceguera absoluta, mi error de bulto. La agonía de la creación en un marco competitivo, desnuda, para escarnio de cualquiera que quiera, que se atreva, que sepa verlo; abierta de par en par para ser criticada sin remisión: «A ver, dime ¿cómo pudo jugar ese plan tan descabellado? ¡pero si hasta un niño puede ver que está equivocado!». Y el implacable aficionado larga su retahíla de epítetos y adjetivos para dar coherencia a su comentario… y no se da cuenta de la tortura interior del jugador, de sus anhelos, de sus frustraciones, de la voluntad de ganar y del miedo a perder, de su preparación de esa fracción de segundo en que decidió quizás de manera inconsciente que atacaría por el ala de dama y todo comenzó a ir de mal en peor.

Izquierda. Portada de la traducción española de De lo espiritual en el arte. Derecha. Sobre blanco II obra de Kandinski de 1923. Se intuye el centro y las diagonales. ¡No pasen por alto los tableros!

Kandinski lo intuyó, en lo que se refiere a la creación artística, en su libro clásico de 1912: De lo espiritual en el arte. Tres principios rigen según él todo acto creativo, toda necesidad de crear. Son necesidades místicas, es decir, que no se alimentan directamente de la razón sino que se apoyan en un impulso personal de encuentro con uno mismo (y, sin embargo, me consta que la mayoría de los ajedrecistas no son conscientes de ello) pero veamos qué son esos tres impulsos, esas tres necesidades:

1. La personalidad: el artista, como creador, ha de expresar lo que le es propio.

Nosotros leemos: la personalidad del ajedrecista que elegirá unas estructuras y no otras; propondrá unos planes y no otros; hará jugadas más arriesgadas y no otras… y tendremos a un Kárpov que someterá al rival con jugadas calculadamente fuertes pero no espectaculares frente a un Kásparov que destrozará la resistencia del otro jugando con la potencia de lo espectacular. Personalidades distintas, juegos distantes; expresiones dispares de un mismo elemento. El «gélido Tolia» frente al «oso de Bakú»: ¿qué más decir?

2. El estilo: el artista ha de expresar lo que es propio de su época.

Y el ajedrecista sucumbirá a la moda de una apertura y no otra y será romántico o será hipermoderno o dinámico o ecléctico… o no será… Y el jugador romántico ensayará gambito tras gambito y sacrificará sus piezas una y otra vez y no dejará que nadie le diga que su ajedrez no es sólido; y el jugador hipermoderno será más cauto y no abrirá el centro sino que lo controlará desde atrás con sus alfiles situados en las grandes diagonales; y el jugador dinámico dará un impulso a sus piezas fruto de la coordinación excepcional que someterán al valor material; y el ajedrez ecléctico de hoy en día, ayudado por el análisis de las máquinas sabrá utilizar cualquier recurso ganador en el momento adecuado y para cada posición precisa.

Y la tercera necesidad une el arte con el artista, la transcribiré en su totalidad:

3. «El artista, como servidor del arte, ha de expresar lo que es propio del arte en general (elemento de lo pura y eternamente artístico que pervive en todos los hombres, pueblos y épocas, se manifiesta en las obras de arte de cada artista, de cualquier nación y época, y que, como elemento principal del arte, es ajeno al espacio y al tiempo)».

¡Ah! lo puro y eternamente propio del ajedrez, las verdades que se esconden tras las estructuras de peones; el alma del ajedrez, el espiritu de Philidor, la estrategia de Steinitz, la lógica de Capablanca, el empuje de Lasker, el dinamismo de Alekhine y la magia de Tal, la voluntad de Fischer y el rigor de Kárpov, la potencia de Kásparov y la increíble visión de Carlsen….

Sigue Kandinski: «Es suficiente con penetrar en los dos primeros elementos con los ojos del espíritu para que se nos haga patente el tercero. Entonces comprenderemos que una columna toscamente labrada de un templo indio está animada por el mismo espíritu que cualquier obra viva moderna».

Comunión de tiempos; amalgama de espacios; el ritmo y la palabra: las partidas de Ruy López animadas por el mismo espíritu de una partida moderna.

El ajedrez mueve el espíritu; quien nunca haya caído presa de la belleza de sus movimientos, de la armonía que desprende la justa coordinación de las piezas, de la fuerza de un sacrificio inexpugnable, de la inexplicable quietud de una jugada intermedia no podrá entender la pasión que mueve al aficionado. Mientras tanto, los jugadores profesionales nos siguen mirando con cierta condescendencia; ellos son los poseedores del verdadero conocimiento, pero nos dejan que exploremos este otro mundo: el de las metáforas que poco, o quizás nada, tienen que ver con el verdadero ajedrez. Sigamos jugando, antes de que los trogloditas vuelvan a salir de sus cuevas.

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La última vez que Dylan tomó partido: historia de un concierto http://www.jotdown.es/2017/06/la-ultima-vez-dylan-tomo-partido-historia-concierto/ http://www.jotdown.es/2017/06/la-ultima-vez-dylan-tomo-partido-historia-concierto/#comments Mon, 19 Jun 2017 06:47:23 +0000 http://www.jotdown.es/?p=132715 9 de mayo de 1974. Un Dylan visiblemente borracho sube al escenario del Felt Forum, la sala más pequeña del Madison Square Garden de Nueva York. Escoltado por su odiado/amado Phil Ochs y por otros viejos compinches de la escena folk de Greenwich Village, apenas consigue entonar «North Country Blues», «Spanish is the Loving Tongue» y una final, obvia, «Blowin’ […]

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Joan Baez y Bob Dylan durante la Marcha sobre Washington de 1963. Foto: National Archive / Newsmakers.

9 de mayo de 1974. Un Dylan visiblemente borracho sube al escenario del Felt Forum, la sala más pequeña del Madison Square Garden de Nueva York. Escoltado por su odiado/amado Phil Ochs y por otros viejos compinches de la escena folk de Greenwich Village, apenas consigue entonar «North Country Blues», «Spanish is the Loving Tongue» y una final, obvia, «Blowin’ in the Wind». Son canciones antiguas, casi prehistóricas para el cantante que se había desprendido con estruendo de su aura redentora. Pero son las que eligió ante los cinco mil espectadores que habían acudido a la llamada de la solidaridad con los perseguidos, desaparecidos y exiliados chilenos. Una tarde con Salvador Allende. Concierto benéfico de amigos de Chile fue, tal vez, la última ocasión en que Bob Dylan tomó partido. Políticamente hablando, claro, y por la izquierda.

En aquel año, Dylan vivía sus particulares días sin huella, como los calificó el crítico Paul Williams. Separado de Sara Lowndes —tardarían todavía algún tiempo en formalizar su divorcio—, el 14 de febrero había rematado la gira que, acompañado por The Band, testimonia el volcánico doble elepé Before the Flood. Entre ese momento y las sesiones de septiembre en que iniciaría Blood on the Tracks, se borró del mapa. La única pista registrada de aquellos meses fue, precisamente, la de su participación en An Evening with Salvador Allende. Según Williams, autor de análisis fundamentales sobre la obra del músico, «uno de los casos mejor documentados y más extremos en él de embriaguez». Según Clinton Heylin, biógrafo, «probablemente la más enloquecedora de sus numerosas apariciones como invitado». Según cierto tópico que circula entre dylanólogos y dylanitas, la peor grabación existente de Bob Dylan.

«Aunque existía una gran solidaridad, vimos que había mucha gente bebiendo detrás del escenario, con groupies, lo que era muy llamativo», relataba al periódico chileno La Nación, muchos años despúes, Joan Turner, la viuda de Víctor Jara, «porque nosotros no sabíamos de fans ni de shows. En un momento hasta me robaron la cartera. Creo que nadie de los presentes, ni siquiera nosotros, intuíamos la terrible tragedia que ocurría en Chile». Intuyeran o no lo que intuyeran, aquella tarde desfilaron por el escenario pequeño del Madison Square Garden no solo un Dylan extrañamente recuperado para la causa izquierdista, sino también sospechosos habituales —Phil Ochs, Pete Seeger; Arlo Guthrie, hijo de Woody—, actores del ala rebelde de Hollywood —Dennis Hopper recitó a Neruda y leyó el legendario último discurso de Allende—, un veterano y secundario de honor del Village —Dave Van Ronk—, cantautoras menores —Melanie— e incluso chicos de la playa: Dennis Wilson y Mike Love, de los Beach Boys, entregaron su «California Girls» en defensa de los caídos por la revolución socialista de Allende. Joan Baez y Joni Mitchell se cayeron a última hora del cartel.

De organizar musicalmente aquella peculiar colisión entre el sistema de estrellas del pop estadounidense y la canción de intervención se encargó Phil Ochs. Quería replicar el célebre Concierto por Bangladesh que en 1971 había montado George Harrison. Incluso logró la implicación de Amnistía Internacional. Y fue quien convenció a Dylan para participar, después de haberlo encontrado en la calle de Nueva York y haberle explicado lo que acontecía en Chile. Aquel Dylan aislado, narcisista, no estaba informado. Pero Ochs sí. Había visitado el país, revolucionado bajo el Gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, y había conocido a Víctor Jara, autor de «Te recuerdo Amanda», una de esas figuras totémicas en las que teoría (musical) y práctica (política) convergían con coherencia. De hecho, llegaron a compartir escenario en un acto de reivindicación laboral de los mineros del cobre. «No te imaginas, aquí no somos nada comparado con él», contaba un impresionado Phil Ochs a su hermano, «Bob Dylan, Pete Seeger y yo somos una farsa al lado de Víctor. Él es el verdadero activista político».

Y eso que había roto con su amigo Dylan en 1965 debido a diferencias de táctica lírica. Ochs le había afeado las «derivas» de sus letras a propósito de lo que iba conociendo del disco Blonde on Blonde, que un año después iba a sacudir la música moderna con su poesía visionaria y su sonido asalvajado. En concreto, a propósito de «One of Us Must Know (Sooner or Later)». Aquel día, asegura la leyenda, Bob Dylan echó a Phil Ochs del coche en que viajaban. «Tú no eres un cantante folk. Tú eres un periodista», le espetó. Lo curioso es que ni Dylan era ya un cantante folk —por lo menos no en la acepción en que lo había sido— ni «periodista» era un insulto para Ochs. Su primer elepé se había titulado, de hecho, All the News that’s Fit to Sing [Todas las noticias que vale la pena cantar], una parodia de la cabecera del New York Times: «Todas las noticias que vale la pena imprimir» [«All the news that’s fit to print»]. Y no dudaba en presentarse como «periodista cantante». Tampoco en asegurar que «cada titular es una canción potencial». Porque de eso trataba su música y su escritura, y composiciones tan reconocidas como la antimilitarista «Ain’t no marching anymore», su particular «La mala reputación». De lo que sucedía y de un mundo colapsado. De las derrotas y las victorias de los menesterosos. De la otra historia de los Estados Unidos. No por casualidad, el FBI poseía un expediente de 450 páginas referidas a sus actividades.

En 1974 los tiempos estaban cambiando, sí. Pero en sentido contrario al que había predicho el último premio Nobel de Literatura. Ochs había conseguido que Dylan se volviera a oponer en público al Gobierno de su país. El papel de los Estados Unidos había sido central en la instauración de la dictadura de Pinochet.  Al cierre de An Evening with Salvador Allende, susurraba al oído del de Minessota —además de bebido, notablemente desafinado, incluso para sus estándares— las letras de sus propias canciones combatientes. Se preocupó de los treinta mil dólares que se recaudaron esa noche. Al día siguiente, un resacoso Bob Dylan acompañó a Joan Turner a visitar el Guernica de Picasso, entonces un refugiado más expuesto en el Moma neoyorquino. «Estamos con ustedes», se despidió de la compañera de Víctor Jara. Y las declaraciones políticas explícitas, públicas, desparecieron de su modo de operar. Phil Ochs aguantaría dos años más sobre la Tierra. Desencantado, harto, paranoico, se suicidó en abril de 1976.

El registro sonoro del concierto, incluidos beodos berridos en la coreada, palmeada «Blowin’ in the Wind», se llegó a editar como An Evening with Salvador Allende. Pero, un poco al igual que esta historia, se encuentra descatalogado.

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