Restaurante Shikku

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C/ Lagasca, 5
28001 Madrid – T. 914 319 308

Sacrificando mi línea por la causa y en el contexto del periodismo de investigación, me dispuse a probar la comida del restaurante y sushi bar Shikku. Situado justo al lado de  La Barbacoa de Alfredo, habré pasado mil veces por allí  y nunca había reparado en él. La fachada es minúscula y el cartel poco llamativo pero, una vez te fijas, resulta elegante. Al adentrarte, la impresión de elegancia termina cediendo ante lo chic. Porque es muy chic, sí. Lo cierto es que el decorador pudiera ser el mismo que monta los escenarios para clubes vampíricos de depravación sexual estilo True Blood: dominan los tonos púrpuras, rojos y morados. Hasta en las copas. Y cruzan el techo filamentos de fibra de vidrio imbricados de una manera que recuerdan venas cristalizadas. Como un antro goth pero con estilo, vaya.

El servicio es estupendo, solícito sin ser pesado, aunque el detalle de que un individuo se dedique a ayudar a las señoritas a quitarse y ponerse el abrigo siempre me ha dado mala espina. Esa gente oculta algo. El qué, no lo sé. Pero para mí el acto de poner y quitar ropa a las señoritas implica una serie de ideas perversas y supongo que a cualquier otro hombre que se vista por los pies le pasará igual, por mucho que forme parte de su trabajo. O más, por eso.

Como el objetivo era escribir una crítica gastronómica de altura, en lugar de pedir platos concretos preferimos que el grueso de la comida fuera todo tipo de sushi: makis, uramaki variado, nigiri, hot maki (makis en tempura)… todo variado. Probamos como entrante una tempura de langostinos y verduras, pero no resultó destacable. El sushi fue otra cosa: todo delicioso. La materia prima era buena. Me sorprendió el nigiri de anguila, pescado que en los malos japoneses siempre me supo muy fuerte, a río. En Shikku sirven uno mucho más suave e inmediatamente nació en mí una casi irrefrenable necesidad de llevarme unos cuantos a casa y hacerles el amor lindo y despacito. El temaki de pez mantequilla con trufa fue otra alegría. En los restaurante mediocres, de nuevo, el pez mantequilla suele ser un poco correoso e insípido. Aquí no.

Algo muy agradable del local es que no tenían música ambiente. Detesto la música en los restaurantes, independientemente de su volumen. Lo negativo de esto es que justo a nuestra espalda comía una familia pija, pero pija de las buenas, del barrio de Salamanca de toda la vida de Dios, y llegaron a irritarme con su conversación a grandes voces sobre relojes y Carolina Herrera. Por fortuna la cosa mejoró cuando la más mayor recibió una llamada que desencadenó una serie de acontecimientos desgarradores: se trataba de la hija, quien por lo visto había sufrido el robo o extravío del bolso en Sol y no sabía qué hacer. La madre tuvo que explicarle el arcano proceso de llamar para anular las tarjetas y el mucho más complicado de llegar andando desde Sol hasta Lagasca, calle Alcalá abajo. Por lo visto a ninguna se le pasó por la cabeza pedir un taxi y abonar la carrera una vez en el restaurante y con el dinero de mami. A mí sí, pero no quise intervenir en la historia. Preferí observar al ser humano evolucionando a su aire. Este interés antropológico mío sufrió una dura prueba cuando al final la chica se presentó en el comedor, emocionalmente rota, y con el rímel corrido. Gran espectáculo. La madre que se levanta y proclama: “¡Ay, mi Chuchi!” ¡Chuchi! ¡Qué clase de persona se llama Chuchi! Bueno, una vez conocí a otra pija que se llamaba Zuzu, pero supongo que hay cosas a las que uno no puede acostumbrarse. Chuchi: meditadlo.

Al final decidí abstraerme pidiendo el postre. Y he aquí un excelente postre en un restaurante japonés, cosa difícil de encontrar en mi opinión de occidental goloso y amante de los atascadores de arterías. Lo que pasa es que hay cierta trampa: el postre no era japonés. En realidad pedí un brownie, con la única diferencia de que lo habían tempurizado para darle el toque y ver si colaba. Para tener un orgasmo allí mismo desde luego estaba, porque todos sabemos que cualquier alimento mejora automáticamente si se embadurna en Nocilla o se reboza. Así que un brownie pasado por tempura no puede ser otra cosa que Dios en medio de un plato.

Al marcharnos reparé en un detalle que el hambre que traía al entrar no me dejó percibir: una estupenda barra de sushi donde un cocinero japonés de mirada turbia a través de sus gafas (más turbia que la común del japonés con gafas medio, para hacernos una idea) y la manera en que me manejaba los cuchillos me hizo imaginarlo protagonizando escenas de exquisitas torturas estilo Audition.

En resumen: excelente comida, pero diré que 140 euros para dos personas (sin vino, aunque con postre y sake) se me antoja un poco excesivo para lo que ofrece. En cuanto a cómputo general (comida-ambiente-servicio) lo sitúo entre los mejores restaurantes japoneses de Madrid. Le otorgo mi sello de calidad de zampón desesperado.

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3 comentarios

  1. Anthony

    Excelente imbécil. Después de degustarlo, me doy cuenta de que a los de jotdown les va a costar encontrar un mediocre más capacitado para esta sección. Un 5% de gastronomía y un 95% de opiniones personales cretinizadas hasta la saciedad, probablemente instigadas por una vida muy tonta. Así es la vida para algunos.

  2. Chuchi

    Chuchi es un apodo para Jesús, tal como pepe a José. A ver si tengo que sacar la pistola…

  3. dgpastor

    Probablemente, el mejor japonés de Madrid. Digo probablemente porque habría de repetir 5 o 6 veces para estar 100% segura. Admito ofertas. Yo sonrío y doy conversación como una geisha más del atrezzo.

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