Daniel Zamora: Los ángeles de Rilke

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Rainer Maria Rilke es considerado por la crítica especializada como el gran poeta en lengua alemana del siglo pasado. Su poesía no es en absoluto sencilla y su complejidad temática y estilística ha conducido en muchas ocasiones —sobre todo a cierta hermenéutica filosófica alemana— a tomar hasta el más irrelevante de sus versos como si se tratara de una iluminación profética procedente de la sagrada boca de la Verdad, relegando a un segundo plano sus extraordinarias virtudes poéticas. Sin desmerecer estas cualidades estrictamente literarias, me propongo centrarme en una de sus ideas capitales, la noción del ser angélico, poniendo sobre aviso al lector desprevenido acerca de los irresistibles efectos narcóticos de mi empresa y excusándome de antemano por el impropio forzamiento filosófico al que voy a someter la obra del poeta, sólo legitimado en cierto modo por la autocrítica epistolar llevada a cabo por el propio autor. Huya en este punto el alérgico a los ladrillos de tosca y pedante exégesis y mantenga sus reservas interpretativas el lector kamikaze que decida seguir adelante, puesto que intentaré dilucidar intelectualmente lo que en su origen posee un carácter ajeno a la declaración de tesis, una naturaleza cercana a la brumosa sugerencia y a la relampagueante intuición.

En 1912, durante su estancia como invitado en el castillo de Duino, el inspirado escritor praguense, conocido y temido por toda la aristocracia europea por el apodo de “El Vate Gorrón” asegura, a su regreso de un solitario paseo matutino, que una extraña voz amiga que resonaba en el viento le ha dictado una enigmática frase: ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los órdenes angélicos?”. Ante la perplejidad de sus anfitriones, afirma que tampoco es tan raro que los espíritus atmosféricos les transmitan mensajes a sus elegidos en un alemán tan cursi. Ni corto ni perezoso, y animado por este inexplicable empujoncito mágico, Rilke brinca alegremente hasta el cuarto que le han prestado sus admiradores, asienta sus divinas posaderas frente al escritorio que le han regalado unos amigos, blande con determinación la pluma que ha robado a algún despistado y hace de esta bella interrogación anónima el inicio de algo grande y perdurable: el primer verso de lo que se ha erigido en uno de los libros fundamentales de la poesía moderna, las Elegías de Duino, un solemne y delicado himno total, cordial y cosmovisionario, que no agota con el paso de los años la fascinación que produce en todo aquel que se abisma en sus páginas, a veces íntimas, a veces lapidarias, siempre penetrantes y sobrecogedoras. Gracias a aquella oportuna audición sobrenatural o a ciertas experiencias lisérgicas no anotadas en su diario que autorizaron las reacciones de burla y escepticismo de la Alemania cuerda de entonces, junto a la correlativa investigación de los euforizantes ingredientes con que se elaboraban los desayunos del poeta, Rilke inició una lenta y prolongada labor artística que daría como resultado —tras diversos arrebatos creativos, involuntarias interrupciones, reparadores viajes al extranjero y ociosos períodos estériles— las diez ambiciosas elegías escritas en un lenguaje alucinado, visionario y abrupto que componen ese libro irrepetible.

Durante su exaltado paso por la España atrasada y pintoresca de la época, que se presenta en su versión más mística y romántica a sus falsificadores ojos de turista-oráculo, el poeta que escuchaba voces de ultratumba visita Toledo y Ronda y queda fascinado por los cuadros de El Greco. Será en estos evocadores parajes españoles, hacia los que ha sido guiado por las ambiguas señales del más allá recibidas en el transcurso de una sesión espiritista, donde nuestro lírico inquieto y supersticioso hará un descubrimiento harto significativo; aunque conviene advertir que para este genio de la rima todo lo que es visto, oído y captado por sus sentidos, cualquier hecho insubstancial que le acaece accidentalmente a lo largo de la jornada, sin exceptuar siquiera el anecdótico y trivial cruce de miradas con el más piojoso chucho callejero, posee el más alto valor de destino personal, de experiencia decisiva, insólita, reveladora y providencial. Allí habrá de toparse este Rilke entusiástico y en permanente rapto con el ángel mortífero y temible que habita en las Elegías con esa criatura celestial que le atrae, le obsesiona y le persigue, y que tan distante se encuentra del gracioso y mofletudo querubín de la imaginería católica más ñoña. En opinión de nuestro hipersensible héroe, este extraordinario ser de naturaleza ignota, abisal y hermética estableció su sede mundana en Toledo por ser ésta —según la impresión del extasiado e idealizador poeta— una ciudad impregnada de un raro poder que intensifica las presencias, por tratarse en realidad de una intersección marcada donde vienen a diluirse las fronteras entre lo terreno y lo celeste, entre lo vivo y lo muerto. En algunas pinturas de El Greco cree reconocer estos entrevistos ángeles con alas de pájaro que ha concebido en sus poemas (casi mortíferos pájaros del alma) y que se le aparecen en esas telas como ríos que atraviesan fácilmente los reinos terrenal y celeste.

En 1922, mientras se hospeda gratuitamente y sin sentir remordimientos en el enésimo castillo de su parasitaria existencia para seguir disfrutando de unas envidiables vacaciones perpetuas y volver a vivir a expensas de otra impresionable e incauta princesa, pone punto y final a las diez heterogéneas elegías que lleva una década componiendo —al espectacular ritmo de una elegía por año— tras unos días de intensa actividad, de arrollador vendaval creativo, que lo aproximan a un estado de trance del que resurge felizmente aliviado.

En una importantísima y famosísima carta de 1925, dirigida a Witold Hulewicz, al comentario de la cual me ceñiré mientras dure mi intento de desentrañar el significado de los ángeles rilkeanos, Rilke explica con la mayor claridad posible que las Elegías de Duino —poemario que él contempla como una reelaboración más potente de los principios fundamentales de El libro de horas, e igualmente y por extensión los Sonetos a Orfeo, que han de ser leídos como el complemento no planificado de las Elegías— tienen por objeto revelar y celebrar que la afirmación de la vida y la afirmación de la muerte son una y la misma cosa. Ambos dominios ilimitados e inagotables, el uno visible y conocido, el otro invisible y, de momento, oculto, aportan vida a la vida total. La vida verdadera abarca y une en sí misma lo que llamamos vulgarmente «vida», y que no es en realidad sino una parte de la vida, y lo que llamamos «muerte», que no es en realidad sino la vida apartada y a oscuras. Esta reunión es lo que también denomina Rilke «lo abierto», el mundo más grande. La existencia auténticamente humana es la que se propone hacerse máximamente consciente de sí misma, es decir, reconocer plenamente esta unidad infinita en la que quedan borrados y abolidos los tradicionales conceptos de «más acá» y «más allá». Las Elegías son, por tanto, no otra cosa que vida verdadera.

En este orden inmenso en el que se unen lo visible y lo invisible, sin anularse como tales, encontramos a los ángeles, los habitantes de este infinito reino de reinos, que son los seres que nos superan porque su circulación es suprema, es decir, porque viven en este mundo completo, porque son capaces de pasar tanto de la vida a la muerte como de la muerte a la vida. Los ángeles están en contacto con los que nos precedieron, con los muertos, y con los que nos anteceden, con los seres futuros. Es lícito entonces que nos preguntemos si el mundo abierto en el que todo está a un tiempo presente, incluyendo los seres espacial y temporalmente ausentes, es el mundo del arte y si esos seres que circulan de lo sensible a lo suprasensible son los poetas, o si los poetas participan de este mundo únicamente por su relación con los ángeles y no por ser ellos mismos ángeles. La respuesta no es sencilla. Es evidente, en todo caso, que al comienzo de la primera elegía la voz poética se refiere a la posibilidad o imposibilidad de comunicarse con ese terrible orden angélico y, por tanto, de ahí parece seguirse que una cosa sería el poeta y otra cosa el ángel. En este punto conviene recordar que el principal deber humano, según Rilke, consiste en integrar nuestras transitorias experiencias terrenales en ese orden total que no se encuentra localizado ni más acá ni más allá, ni en la inmanencia mundana ni en la trascendencia divina. En la religión cristiana, que en su esencia es metafísica, el orden suprasensible es superior al orden sensible y acaba ahogando a su subordinado, anulándolo, degradándolo y despreciándolo. Rilke quiere ir más allá de la metafísica, como luego tratará de hacer Heidegger en el ámbito estrictamente filosófico, sin duda influenciado por la obra mayor del poeta. Para ello, ha de afirmar “lo terreno”, lo caduco, es decir, lo que vemos y tocamos en el “más acá”,  poniéndolo en igualdad con “lo celeste”, con lo imperecedero, con lo que no nos ha sido dado captar por los sentidos, y debe abarcarlos en un todo afirmativo que los mantenga diferenciados. Las cosas que están de paso en el mundo son transitorias, como transitorio es el hombre y, por tanto, el hombre mantiene con ellas una relación especial y substancial. Somos afines en tanto que seres efímeros, a todo lo que es efímero. Precisamente porque se perderá y olvidará todo lo que es como nosotros, “nuestra tarea es imprimir en nosotros esta tierra transitoria, caduca, de modo tan profundo, dolorido y apasionado, que su esencia resucite de nuevo en nosotros invisible. Somos las abejas de lo invisible”, en palabras de Rilke. Esto es las Elegías de Duino: la continua libación de lo visible, su transformación perdurable en lo invisible. O, como ya dijimos anteriormente: la toma de conciencia de la vida total.

En y a través del hombre, o del hombre como poeta, o del poeta como ser responsable de las cosas efímeras del mundo, se lleva a cabo esta extensión e intensificación de la vida. Y el hombre es el encargado de darles a las cosas su única salida porque el hombre es un ser visible  que, a diferencia de las efímeras cosas visibles, también participa de lo invisible. ¿Es, pues, el hombre, o el poeta, que sería el hombre consciente de su tarea humana, lo mismo que el ángel, puesto que también el hombre, como el ángel, participa de los dos órdenes de realidad? No nos precipitemos en afirmar esta atrevida identidad ontológica. En las Elegías, los ángeles aparecen como otra cosa que el hombre, como un ser modélico pero terrible, terrible para el hombre, más fuerte que nosotros o con una existencia más plena, como una criatura que puede llegar a herirnos y hasta a matarnos si nos aproximamos demasiado a ella. No podemos recurrir a los ángeles ni pretender su amparo. No nos aniquilan porque no somos tenidos en cuenta por estos sordos seres indiferentes, impasibles y ensimismados como las antiguas deidades, pero si les gritáramos para que se fundieran con nosotros nos destruirían fatalmente. Así que es mejor contenerse y callar nuestro clamor,  es preferible que nos limitemos a admirar su belleza sin olvidar que esa hermosura del ángel no es más que el grado soportable de lo terrible. Así se nos describe la insegura situación humana en relación al feliz orden angélico al principio de las Elegías. Porque el hombre participa de lo invisible, puede saber de los ángeles, pero ni él mismo es un ángel ni puede llegar a alcanzar un íntimo contacto con ese ser que le supera y le aniquila. Las Elegías, pese a lo que indica su nombre, no serían entonces un lamento por la pérdida de algo transitorio, sino una afirmación y una celebración de la conciencia de esta tarea transformadora del hombre.

Y entonces, ¿qué es exactamente el ángel a diferencia del hombre? En esta lúcida carta en la que el autor tiene la cortesía de descifrarle a su interlocutor tantas claves ocultas de su densa obra maestra, e inmediatamente después de prevenir sobre el riesgo de tergiversar la específica naturaleza del ángel si se lo piensa como ángel católico, como un mensajero que media entre la tierra y el cielo, entre el hombre y Dios, Rilke se atreve a definirlo mediante conceptos explícitos. Las categorías rilkeanas no son asimilables a las tradicionales ideas del cristianismo sobre la vida, la muerte y los emisarios divinos porque el ángel de las elegías es aquella criatura en que aparece ya cumplida la transformación de lo visible en lo invisible que nosotros realizamos”. Para el ángel todo es invisible, todo se ha esencializado, lo pasado de igual modo que lo presente y lo futuro. Así como el esclavo platónico abandona las sombras de la engañosa caverna en la que se halla preso y asciende al exterior, a lo abierto, a lo libre, a lo verdadero o, mejor dicho, a lo que es verdadero de otro modo, donde el sol ilumina el ser las cosas externas y permite, por contraste, ver las cosas internas bajo un criterio distinto, tan sólo para regresar de inmediato al mundo subterráneo del que escapó porque los hombres no soportan la terrible y cegadora luz de las esencias, el ángel sería el ser cuyo medio innato es ese insoportable afuera, ese “nivel más alto de la realidad” que sólo deja de ser terrible para aquellos fabulosos seres hipotéticos e hipostasiados que se han independizado por completo de lo sensible. Pero esta independencia no se cumple en el caso del hombre, que tiene un pie en cada mundo y que sólo así puede llevar a cabo su tarea esencial de transformar un mundo en el otro. En el ángel todo existe a la vez y desde siempre, tanto lo que para nosotros ya no es como lo que para nosotros aún no ha llegado a ser y existe en su máximo grado de destilación y potencia. El ángel transita por toda esa existencia ampliada sin preocuparse de nuestros pesares y alegrías. Las Elegías de Duino son este tránsito supremo por una máxima vida destilada y consciente, por el infinito mundo de esencias invisibles del arte poético.

Así pues, la conclusión a la que hemos llegado, después de interpretar las difíciles y a veces incoherentes ideas poéticas de Rilke, podría resumirse de esta manera: el hombre es el ser capaz de transfigurar laboriosamente su realidad en una realidad más profunda y esta tarea de interiorización y sedimento es su deber esencial en tanto hombre; mientras que el ángel es el ser omniabarcador que ya no depende de la realidad visible y transitoria y que circula con libertad, facilidad y seguridad por toda la existencia invisible, por ese orden más profundo donde todas las cosas, vivas y muertas, pasadas y futuras, grandiosas y triviales, luminosas y oscuras, reales y soñadas, próximas y lejanas, son reconocidas en su más poderosa y sutil imagen, en sus más reveladoras relaciones y en su total existencia depurada. Lo que Rilke lleva a cabo en las Elegías es, por tanto, el intento ascendente de contemplar y vivir el mundo desde el idealizador y eternizador punto de vista del ángel.

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1 comentario

  1. Magnífica interpretación de Rilke, realmente inspiradora.

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