Cómo enfrentarse a Ulises

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Eccles Street

Fue mi padre quien me aconsejó una y otra vez, con énfasis, la lectura del Ulises. Sus recomendaciones siempre eran certeras y su pasión por este libro más que evidente —él se lo había leído casi de tirón la primera vez y creyó, craso error, que a mí me iba a suceder lo mismo—, así que intenté sumergirme en su lectura dos o tres veces. Y dos o tres veces abandoné la novela después de leer, o mejor diría de tropezar entre renglones, durante un par de capítulos. Pensaba que mejor dedicaría mis esfuerzos a libros menos inhóspitos.

Hay algo en el inicio del Ulises que puede desinflar el ánimo incluso de lectores bien entrenados y dispuestos. Puedo decir es el único libro que tuve que abandonar no porque fuese un mal libro, sino porque me sentía sobrepasado. Esta es una sensación que muchos lectores experimentan con esta novela, aunque hay una minoría privilegiada, o afortunada, o quizá más evolucionada, que consigue sumergirse en la obra ya con un primer contacto. Pero si escribo estas líneas es precisamente porque no pertenezco a esa selecta minoría. Y aun así conseguí terminar amando el Ulises y me gustaría animar a otros para que lo consigan también. La curiosidad por descubrir los ignotos alicientes de esta monumental y abrupta novela —y, por qué no decirlo, el orgullo de “voy a ser capaz de leer este artefacto y no sólo de pasear los ojos por los renglones”— me impulsó a no dejarme vencer, a buscar los ratos indicados en que poder prestarle la debida atención, a centrar mi ímpetu en superar esos primeros capítulos. El esfuerzo fue recompensado. Aun así, hay que admitir que no se trata de un libro para todos los públicos y que su lectura es difícil, pero no es un callejón sin salida. Si yo pude, usted también puede.

Joyce quería que se hablase de su Ulises hasta hacer de la novela una obra inmortal , y logró su objetivo.

Qué es este libro y para qué sirve

Ulises es, ante todo, un experimento. Un juguete literario. El juguete de James Joyce; el escritor irlandés quiso crear una obra repleta de paralelismos encubiertos y significados ocultos, cuyo descubrimiento tuviese ocupados a los críticos durante generaciones. No cabe duda de que consiguió su objetivo: aún hoy, las innumerables referencias camufladas en el texto son objeto de estudio. No nos detendremos aquí en hacer un sesudo análisis de los significados del libro, pero es inevitable apuntar algún comentario al respecto. Ulises narra una jornada en la existencia de varios habitantes cualesquiera del Dublín de los años veinte. Lo hace a través de dieciocho capítulos muy diferentes entre sí, tanto en tono como en estilo. Según el propio Joyce indicó a algunos amigos, cada capítulo hace referencia a un personaje o episodio de la Odisea de Homero, y el título de la novela ya da una pista de ello. El Ulises de la Odisea era el personaje literario favorito de Joyce, así que lo convirtió en título y centro de su juguete literario, aunque en el libro no hay ningún personaje con ese nombre. El equivalente del griego Ulises en la novela es Leopold Bloom, y su particular odisea no transcurre a través del océano sino por las calles de la pintoresca capital irlandesa. Molly Bloom, su esposa, es una moderna encarnación de Penélope. Y Stephen Dedalus no solo refiere a Telémaco —el hijo de Ulises y Penélope—, sino que es una especie de alter ego del propio Joyce. Además, ciertos capítulos hacen alusiones veladas a los cíclopes, las sirenas, Calipso, Proteo y demás mitología homérica. No vamos a adentrarnos más en todos estos paralelismos y en otros secretos del texto. Cualquier lector puede recurrir a los esquemas que el propio James Joyce envió a sus amigos Carlo Linati y Stuart Gilbert. Ambos esquemas difieren un tanto entre sí, hay que decir, pero dan una muy buena idea de cuáles son todos los motivos ocultos en la novela.

Qué me va a ocurrir cuando lea esta novela

…si es que podemos llamarla novela. Ulises es como una de aquellas viejas radios de onda larga, en las cuales uno giraba la rueda intentando captar lejanas emisoras que hablaban en lenguas desconocidas. De la radio surgían ecos, silbidos y fragmentos de charla o música; parecían llegados de otro mundo, una aparente cacofonía sin sentido que podía aburrirte, exasperarte, hasta que comenzabas a acostumbrarte a ella. Al final, los extraños sonidos del cósmico vacío de la radio se transformaban en un nuevo tipo de música, cuya rareza formaba parte del encanto del acto mismo de intentar localizar nuevas emisiones. En Ulises, el lector está obligado a hacer el esfuerzo de sintonizar su radio para poder captar la emisora de Joyce. Es muy difícil estar en la misma onda justo al empezar la lectura, y eso produce aburrimiento o exasperación en muchos lectores; sufren lo que en términos ciclistas podríamos llamar la “pájara del Ulises”. Pero esa pájara esconde una recompensa. Si uno hace el esfuerzo de seguir pedaleando, la cuesta inicial del libro puede llegar a ser superada. Eso sí, hemos de volver a sintonizar nuestra radio al comenzar cada nuevo capítulo —tan diferentes son entre sí—, pero llega un momento en que comenzamos a entender las reglas del juego que plantea Joyce. Y es entonces cuando empezamos a disfrutar incluso de los pasajes más experimentales y estrafalarios.

El único error que nadie debería cometer al enfrentarse a Ulises es pretender encontrar un argumento convencional, bien expuesto a la vista del lector y que permita seguir leyendo por el mero interés de comprobar cómo se desarrollarán los acontecimientos. No existe tal cosa en este libro; el argumento es lo de menos. Ulises es un collage, una narración cubista, tan descompuesta en pedazos que deja de parecer una narración. Hay que leerlo sabiendo de antemano que resultará difícil empezar a disfrutarlo hasta no conseguir formarse cierta visión global de lo que el libro pretende. Y para ello es necesario leer unos cuantos capítulos que nos permitan tomar perspectiva sobre el conjunto, como cuando uno se aleja unos metros de un gran cuadro para poder contemplarlo —y entenderlo— mejor.

La Biblia de la vulgaridad

Un ejercicio literario interesante es el de comparar Ulises con otras de las dos grandes novelas de su tiempo: En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y La montaña mágica de Thomas Mann. Aparte de su importancia literaria y su contemporaneidad, la comparación entre las tres obras tiene ciertas razones de ser. Para empezar, tenemos tres sensibilidades distintas a la hora de describir la realidad. En busca del tiempo perdido es un libro pictórico que retrata el mundo con la atención al detalle y la profusión de pinceladas de un lienzo barroco. La montaña mágica es un libro musical, como una sinfonía en donde el ritmo y la duración son elementos fundamentales, herramientas para perfilar un concepto de la vida basado en la fugacidad de los años, en lo imparable del paso del tiempo. Ulises, en cambio, es un libro bíblico; distintos textos que, como en la Biblia, parecen provenir de diferentes autores y épocas, escritos con estilos de lo más variopinto, a veces incluso contradictorios. Es imposible atribuirle un estilo dominante. Cada capítulo tiene un narrador diferente, una forma de escribir (y de puntuar) distinta, un carácter ajeno al anterior.

Además, cabría hacer notar, los tres libros citados tienen la banalidad como uno de sus principales temas. En la vasta novela de Proust, la superficialidad burguesa de los entornos y los personajes que los habitan planea por todas las páginas. El propio Proust es partícipe de esta actitud frívola ante la vida, pero su sensibilidad, su aguda inteligencia y su talento literario le permiten convertirla en un complejo objeto de estudio formal; sabe justificarla hasta crear una verdadera Ciencia de lo Banal. Thomas Mann, en cambio, analiza esa superficialidad burguesa desde el exterior, como observador crítico. Aunque admite sus encantos y no niega sentirse atraído por ellos, también los censura y emite un juicio severo sobre una noción insustancial e improductiva de la existencia. Con esa categorización moral y su papel de juez, Mann eleva lo trivial no por sí mismo, sino como objeto —aunque sea negativo— de una reflexión filosófica profunda. James Joyce, sin embargo, ni justifica ni condena. Es la suya otra clase de materia superficial: la vulgaridad, es decir, la vacuidad sin refinamientos de las vidas del pueblo llano. Pero Ulises no reflexiona, por lo menos no de manera abierta, sobre esa vulgaridad. La utiliza como materia prima sin que nunca se perciba un intento de elevarla por sobre sí misma. De hecho, esa vulgaridad, unida a la relativa cualidad insustancial del argumento, sirve a Joyce para destacar la forma sobre el fondo yel continente sobre el contenido. Si Ulises narrase una tragedia o describiese un cuadro conmovedor, ya no sería el libro que es. La odisea vulgar que dura un día y cuyo pedestre escenario es la poco homérica Dublín, esa es la materia prima necesaria para la exaltación de la literatura misma, como artefacto y como arte. La novela está más allá de lo que cuenta y más allá de los personajes que la protagonizan, la novela como pieza artística es aquí lo primero y principal; no ha de importar cuál es el contenido de ese arte. Como en un bodegón donde la imagen de una humilde jarra y un par de ristras de ajos sirven para crear grandeza, lo innoble del tema carece de importancia en Ulises: es la creatividad y el sentido estético del artista que está retratando ese tema lo que debemos admirar.

Presuntuosidad, artificiosidad y esnobismo

Que Ulises es un libro pretencioso no lo negaba ni el propio autor. Como ya hemos comentado, sus intenciones estaban más allá de contar una historia; quería epatar, intrigar, dar que hablar a la crítica. Pero no deberíamos caer en la trampa de pensar que por ello el libro carece de corazón. Puede que se trate, en lo primario, de un artificio. Sí, lo es; pero es un artificio edificado sobre la base de un inconmensurable talento y una artesanía cuidada con pasión. Son su complejidad y lo enrevesado de su estructura, así como lo revolucionario de muchas de sus propuestas, los que hacen que el artificio se transforme en Arte con mayúsculas. Aunque Joyce juega al gato y el ratón con las innumerables referencias ocultas del libro, no es necesario conocerlas para disfrutar y juzgar Ulises como una lectura completa y redonda. Es un juego, pero como sucede en el ajedrez, su profundidad estética y filosófica va más allá del mero componente lúdico o competitivo. James Joyce creó una novela demasiado rica, demasiado innovadora y demasiado fascinante como para que no trascienda el divertimento formal.

Cuando se habla de Ulises y se comentan sus virtudes literarias, o las peculiaridades de su estructura y contenido, resulta quizá inevitable sonar algo pedante o dar la impresión de ser un snob. Como es obvio, no estamos hablando de un libro de iniciación a la lectura para preescolares, así que resulta imposible hablar de él en términos demasiado simples. Es un libro difícil, muy difícil; intrincado a varios niveles, retorcido, exigente. Pero, vuelvo a insistir, no se necesita un doctorado en joycelogía para llegar a apreciarlo. El único requisito es estar dispuesto a dar el paso y hacer el esfuerzo de superar los escollos iniciales. Incluso el lector que desconozca que se trata de un compendio de secretos puede llegar a sentirse fascinado por muchos de los momentos de la novela, incluso por varios de los pasajes de apariencia más inconexa, que con una atenta lectura cobran vida como esas láminas de efecto tridimensional a las que uno ha de mirar durante un rato para conseguir ver alguna forma reconocible.

Hay obras que están en boca de los snobs y que, en efecto, no contienen ninguna sustancia más allá de su naturaleza “vanguardista”, “experimental” o “referencial”. Pero ese no es el caso de Ulises. Es un libro que merece muy mucho la pena. El que algunos lo califiquen como obra maestra con la boca vacía y como parte de una pose intelectual no significa que no tengamos razón quienes lo citamos también como obra maestra simplemente porque creemos que derrocha maestría por los cuatro costados. No es una lectura entretenida, no pide llevársela a la playa y no todo el mundo conseguirá apreciarla, porque como sucede con todas las obras diseñadas como un experimento estilístico punzante, habrá paladares que no se adapten. Pero no hubiese escrito este artículo si no creyese que, al igual que me sucedió a mí, hay quienes se lo están perdiendo por no haber encontrado el momento adecuado, o por haberse desanimado demasiado pronto, y que terminarán enamorándose del libro si le conceden una voluntariosa oportunidad. No es para todos los públicos, pero sí hay un cierto público que aún no sabe que podría ser para ellos. Buena suerte, quizá seas uno, o una, de los afortunados. Y entonces podré decir: bienvenidos a uno de esos libros que no se olvidan jamás.

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31 comentarios

  1. Soporazo

    Muy buen artículo.

    Yo me leí Ulises de una forma un tanto sui generis. Hacía trampa, por así decirlo: me leía un capítulo intentando entenderlo al máximo (imposible, dada la cantidad de significados ocultos, ambiguos y referencias y sobre todo, lo oscuro de las mismas), luego repasaba el resumen de la edición que poseía y asimilaba todo lo que me había perdido. Y por último, releía todo el capitulo desde el principio, esta vez saboreándolo de otra manera, tranquilamente.
    Recuerdo que cuando pasé la última página, tras un rato, pensé que de lo que tenía ganas de verdad era de girar el libro y empezar de nuevo por la página 1. Con ningún otro libro me ha pasado.

  2. Yo estoy siguiendo el procedimiento que menciona Soporazo (lectura, resumen, relectura) y aseguro que es posible, sólo hace falta la convicción de estar ante un título clave de la literatura universal y saber compaginar su lectura con otras obras, a ser posible maestras también (creo que centrarse en un solo libro de lectura tan exigente produce cierto estrés que tienta al abandono: la sensación de no avanzar, de estar perdiendo el tiempo, de no estar a la altura, etc.; el lema es «no hay prisa»).

    Como comentas, es fundamental superar los primeros capítulos, hasta familiarizarse con la clave que utiliza Joyce para cifrar la narración (son varios estilos y narradores, pero un único autor); precisamente esa narración oculta que el lector va descubriendo y, en cierta forma, creando a su vez, es a mi juicio una de las grandezas del Ulises: cuando leo los resúmenes descubro muchas cosas que no había captado, pero también echo en falta otras que mi lectura descubrió y, pienso, quizás sean cosa mía (docenas de veces he exclamado: ¡cómo se parecen los irlandeses a los españoles!). Como insinúa Soporazo, estoy deseando terminarlo para volver a empezar, porque sé que será como leer un libro distinto y de más fácil comprensión.

    Enhorabuena E. J., es un artículo excelente (tomo nota del enlace para citarte en cuanto tenga ocasión). ¡Un saludo!

  3. jimbaco

    Bien, me habeis convencido y lo intentaré en breve. Sin embargo, las sensaciones que has descrito me resultan familiares: me ocurrieron cuando leí otra gran novela, «petersburgo» de andrei biely.
    Un saludo

  4. Heisenberg Dufresne

    Decía William Faulkner: «Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe».

    Así pienso entregarme a su lectura y también gracias a tu artículo.

    Tenéis una maravillosa web.

  5. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Miquel Barceló: “En nuestra sociedad mercantilista, si se consigue sacar beneficio de clonar humanos se hará”

  6. Sebastián Mateus

    La referencia entre la obra de Proust, Mann y Joyce es acertada en alguna medida. Sin embargo, no considero que la vulgaridad de los personajes de Ulises deba determinarse exclusivamente por los sitios que frecuentan, sino por las nubes que despejan constantemente. De tal forma, tanto Proust como Mann acuden, aunque de manera distinta, a la reinterpretación de la existencia, más allá de si las obras suceden en un sanatorio o en Combray. Qué buen artículo.

  7. Yo ando ahora por la mitad del libro, justo en el capítulo anterior al largo pasaje que parece concebido como una obra teatral. Y, bueno, hoy me he atascado. Frases herméticas, interminables… Me pregunto si llevaré la aventura a buen término. Lo estoy leyendo a pelo, sin resúmenes ni referencias, y en su versión original.

    Coincido con el autor del artículo en que lo importante en Ulises es el continente. No obstante, lo que a la postre trasluce es un completo fresco de la Irlanda de aquel entonces. En las conversaciones de sus personajes no queda un solo asunto en el tintero: desde el boxeo a la política – el yugo inglés-, pasando por la religión, la música, la identidad, la historia, la diáspora, etc. En ese sentido veo un paralelismo con En busca del tiempo perdido -aunque los enfoques varían en cuanto a las clases sociales de las que se ocupan-, pero no tanto con La montaña mágica.

    En fin, veremos si llego a la meta o me caigo antes del caballo.

  8. CarlosB

    Que gran libro el Ulises! Muchos de los paralelismos homericos son para mi irrelevantes, es decir, tuvieron muy poco efecto en mi espiritu, obviamente por culpa de mis carencias culturales. Esto no tuvo importancia porque la novela es autosuficiente y funciona como un reloj. Creo que uno de los temas principales es la soledad de los protagonistas. Cada uno de los detalles de la realidad tiene efectos muy diferentes en los cerebros de los protagonistas, y en la inmensa mayoria de los casos esos efectos se quedan en lo privado. Solo voy a poner un ejemplo. Camino del funeral de Dignam, uno de sus conocidos comenta con trsiteza que Dignam ha muerto de forma fulminante despues de una borrachera. Bloom comenta que esta bien que la muerte haya sido asi, rapida. Los demas personajes le miran (probablemente enojados, o eso creo yo). Bloom annade como disculpandose, «quiero decir, sin sufrimiento». Esta anecdota ilustra la enorme diferencia que hay entre el materialismo de Bloom (para el que la muerte es solo un episodio natural), y el catolicismo del resto de sus acompannantes para los que la muerte es un acto trascendente que requiere una debida preparacion sacramental. La novela esta llena de lineas (no digo «parrafos», sino «lineas») de este tipo y el lector tiene que irlas desubriendo. Y muchas veces, las claves estan dentro de la misma novela. Aunque tambien pueden estar en Homero o en la Biblia, o en el propio lector. Es una novela para disfrutar.

  9. Guille

    Pues yo lo que entiendo es que si el libro es un coñazo, es un coñazo y ya está. No entiendo la necesidad de leer un libro por mero esnobismo intelectual.
    Puedo entender que te pueda costar entrar en una determinada obra, pero es que lo que os estoy leyendo aquí, entre articulista y comentarios varios, se asemeja más a una tortura y a un infinito martitio auto impuesto que a un excitante viaje literario, que es lo que debería ser.
    Imagino que luego quedará la recompensa de poder decir que lo has leído… En fin.

    • Álvaro

      El problema del Ulises no es que sea un martirio que no se puede disfrutar, sino que disfrutarlo requiere una lectura más cuidadosa que cualquier otro libro. ¿Que se lee por mero esnobismo? Bueno, habrá quien sí, habrá quien no. Pero creo que alguien que lo lea por pura pose nunca se molestará en entender todo lo que el Ulises quiere contar.

      El Ulises sí puede ser un excitante viaje literario, pero hay que acercarse a él con la mente abierta y con paciencia; si lo haces así puedes disfrutar muchísimo leyendo la novela, que está llena de humor y
      momentos memorables. Hay vulgaridad, pero también hay belleza y escenas extremadamente poéticas, como ejemplifica la soberbia corriente de pensamiento de Molly Bloom, que cierra el libro y que justifica sobradamente su lectura.

  10. Daniel Romasanta

    Hace unos años lo compré, lo empecé y como dice ahí al leer unos pocos capítulos me desanimé, quizás estaba necesitando un artículo como este para volver a entusiasmarme, lo volveré a intentar Ulises.

    • @ Guille

      No niego que existe un cierto «esnobismo» en mi voluntad de atacar el ‘Ulises’, que cayó a mis manos hace poco y precisamente ahora estaba leyendo. Por eso me leí la ‘Divina Comedia’ (muy divertido el ‘Infierno’, pasable el ‘Purgatorio’, coñazo el ‘Paraíso’), ‘Hamlet’ o ‘Antígona’ (al ser obras de teatro, más ligeras) y me «forcé» a leer títulos como ‘Bouvard y Pécuchet’ (insufrible), entre otros.

      Sí, es esnob si quieres. Pero también son historia de la literatura y creo que vale la pena echarles un vistazo para saber al menos por qué son tan famosas. ¿Que a veces cogerías al autor y lo mandarías por el desagüe del WC? Pues sí. Pero al menos sabes por qué lo harías.

      Creo que en este caso merece la pena explorar antes que descartar sin más.

  11. Si creéis que «Ulises» es difícil, probad con «Finnegan’s wake»…

  12. Dios, lo mismo hay que probar otra vez

  13. María

    Cada vez que se menciona esta lectura , siempre encuentro rodeos y más rodeos .Nunca se hace un analisis formal , estilistico, lingüístico , antropológico del texo .
    Siempre el mismo pasteleo de que es lectura para privilegiados . Definitivamente pienso en que si el que lo ha leído no andará todavía dando vueltas a la noria porque en términos de comprensión lectora haceis más ardua la tarea de acercar al lector a la obra que la obra en si misma . D la impresion de que meteis la paja pero no encontrais la aguja .
    Por lo demás, me gusta leeros

  14. waj1Fum

    No sé si será que es agosto, pero dáis ganas de intentarlo. Y no, no es por esnobismo, pues si lo consigo leer no será para presumir, sino por pura salud intelectual. Igual que hago ejercicio y no es para mirarme en el espejo ni para presumir de palmito en la playita. Aunque igual lo que soy es un snob de autoconsumo, y solo quiero chulear delante mío, para sentirme todavía más privilegiado de haberme conocido y pasar conmigo mismo todo el día todos los días. En fin, que podemos psicoanalizar al gusto, pero por mi parte si me apetece y encuentro el momento empezaré a leerlo, y si veo que me entretiene seguiré.
    Gracias a cuántas personas habéis hecho comentarios por la ilusión que me habéis transmitido.

  15. Ulysses es el mayor juguete literario jamás escrito, revoluciona el género de la novela con la «voz interior» y además se disfruta y mucho. Para mí el mejor y más grande libro escrito nunca. Dicho esto he de decir que varias veces intenté sin exito acercarme a la novela, no siendo capaz de terminar el primer capítulo, hasta que un buen dia descubrí su peculiaridad: hay que pasar de las cincuenta primeras páginas, es decir su primer capítulo, que pareciera pertenecer a otra obra, y cuando te sumerjes en la lectura lo primero que se me viene a la cabeza es que no es prosa sino poesía en estado puro. Cuando iba llegando hacia el final de las más de 500 páginas, ya temía que se acabara porque Ulises es un universo en si mismo, pero el capítulo final es sin duda de apasionante reflexión interna de lo que sucede en el interior de un cerebro femenino. No es un libro fácil, eso es claro, puede que sea imprescindible para leerlo y disfrutarlo tener a las espaldas una gran cantidad de lecturas y estilos literarios.

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  17. likuta

    Estoy en el capítulo final y no tengo ganas de volver a empezar, por ahora.
    Lo que mas me gusta es la humanidad de los personajes, la mezcla de mezquindad/generosidad/sexualidad turbia, amor y asco, lo que viene siendo cualquier paisano/a que se sienta a nuestro lado en el autobús.
    Lo que menos quizás esos capítulos en los que el experimento literario de impone en exceso, se alarga y da vueltas sobre si mismo, como el que se desarrolla en el prostíbulo. Tampoco ayuda el localismo,y la erudición que me obligan a tirar de Wikipedia para no perderme.
    No me parece justo que un autor exija disponer de su vasto bagaje cultural para la comprensión de su obra.
    Y sin embargo… me da un poco de pena acabarlo, no se que me pasa…

  18. Andrés

    Empecé a leerlo como apuesta con mi novia para que dejara de fumar, porque habíamos oído hablar mal de él. Cual fue mi sorpresa cuando lo empecé y descubrí que me gustaba, especialmente cuando usaba el monológo interior. A partir de la pagína 350-400 cambia de estilo y empieza a innovar más. Desde ese momento se enreda y enreda a innovar y revolucionar el idioma de Shakespeare durante cientos de páginas que francamente, se me hicieron aburridas, incluso el capítulo 15 tan famoso. Hasta el fantástico monólogo de Molly Bloom, todo fue toro.

    Terminado con gran esfuerzo, me sentí insultado por momentos por la egolatría del tipo, y fascinado por momentos como el del entierro, la escena del vater, o la de la playa.

    Han pasado 8 meses desde que lo leí y la verdad es que conforme pasa el tiempo tengo mejor opinión de la obra, de la que ya opino que merece el esfuerzo.

    Previa a la lectura, en vez de leer la siempre recomendable Odisea para sacar parecidos, creo que el libro se disfruta más conociendo la obra entera de Shakespeare y especialmente Hamlet, pues la obra no es realmente sino un pulso que Joyce quiere plantearle al bardo. Además, creo que es también importante haber leído antes Madame Bovary.

  19. Pingback: Guía para leer Ulises – La Hacendera

  20. Pingback: La habitación propia de Virginia Woolf – litunivaldoteablog

  21. a mi lo que me frustra es que hay parrafos que los leo, los vuelvo a leer una y otra vez y no sé que esta diciendo, me gustaría que alguien me lo explicara

  22. EuitutoC

    Espero que no se me malinterpreten las palabras, pero adorable y enternecedor tu post. Muchas gracias por la tan cálida manera de empujar a alguien a una lectura

  23. Buenísimo.

  24. Yo he leído poco. He leído menos de lo que me gustaría haber leído. No me dará tiempo a leer todo lo que quiero leer antes de morir. Y me parece una mala idea pensar que las lecturas que me han conmovido a mí van a conmover a los demás del mismo modo; los dos elementos de esa ecuación, libros y cerebros, abarcan tal variabilidad que hacen poco probable (y poco deseable) el consenso. Así, no creo que tenga mucho sentido discutir su calidad o lo que nos hacen sentir; especialmente cuando los valoramos de forma negativa y NO recomendamos la lectura una obra concreta. Ulises es (en mi cerebro) lo mejor que se ha escrito hasta el día de hoy (estamos en el 2018). Lo mejor. Sí, lo mejor. Entre sus múltiples virtudes destaca la de que es un cuadro. No posee la materialidad física de un cuadro, pero, feliz y misteriosamente, es un cuadro. A veces voy yo a mí biblioteca y acaricio el lomo del libro… y me miro los dedos en busca de las manchas de pintura… y me río porque no están. Es una novela difícil; para mí la dificultad es una virtud, sin embargo comprendo perfectamente el rechazo que provoca en otros lectores. Has escrito un artículo magnífico sobre esta novela. Puede que con él convenzas a más de un lector para que dé el paso. Enhorabuena.

  25. Gran artículo, gracias.
    Leo rápido, muy rápido (hice una vez un test y me salía de la tabla), pero con Ulises solo conseguí leerlo cuando lo abordé con lectura hiperlenta.
    Y disfruté como un verderón. Era la traducción de Valverde. Una anterior, argentina, no me gustó. La posterior no la conozco, la usaré cuando relea.
    Comentario: Con Proust no pude. Con Mann, sin problemas. Y Moby Dick me parece de lectura casi tan compleja como Ulises.

  26. Lo intente un par de veces y también me vi superado. Me hace acordar a cuando encaré El ruido y la furia y después de varios intentos logré entenderlo y disfrutarlo. El Ulises no me dejó pasar mas de la mitad. Luego de leer este gran articulo creo que lo voy a lograr. Muchas gracias

  27. Antonio Manuel Guerrero

    LXVI.- NO PUEDO LEER EL ULISES DE JOYCE.

    -¿Cómo? Pero… ¿qué estoy oyendo? ¿Qué no puede usted leer el Ulises ese?
    -No señor. He empezado a leerlo un sinnúmero de veces y siempre lo he tenido que dejar. Unas veces, deprimido al estar convencido que mis alcances son inferiores en altura a la del estropajo tal como queda después de su refriega contra los restos digestivos adheridos a la porcelana del inodoro; otras, desfallecido tras los inútiles esfuerzos realizados en mis intentos de perforar el pétreo valladar levantado por el Joyce ese entre sus criptogramas y mi curiosidad; otras, presa del furor al no poder retorcerle el pescuezo (en inglés) al citado escritor; otras, engañado con un triste consuelo al recordar el mal de muchos; otras, desconsolado al saber que no podré dármelas de intelectual en los círculos donde mis conocidos desmenuzan los arcanos contenidos en sus páginas; otras, recurriendo a un precipitado disimulo cuando veo que mis allegados me sorprenden con el libro sobre las rodillas mirando al frente; otras…, otras…; bueno, sólo una vez, cubierto de oprobio y objeto de chanza, al ser despedido de la librería sin conseguir que me devolvieran el dinero. No, definitivamente no soy capaz de leerlo; no lo puedo leer.

    No lo puede leer…. Pues claro que no, inocente lectorzuelo, pues claro que no porque ese libro no fue escrito para solaz del bienintencionado lector que lee para evadirse de la realidad. No para ese, no para usted, que es el verdadero lector, el lector que sostiene con su peculio y su buena fe las dependencias vitales y sociales de los llamados escritores. Si ha comprado ese libro para leerlo –leerlo digo– ha sido usted –créame– víctima de un fraude. El Ulises ese no es un libro para la intimidad honesta del lector ese que entendemos que es; este libro es como un libro de texto, un libro escrito por el malvado y pícaro Joyce para burlarse de los alambicadores de las quintaesencias literarias. Y esto, en última instancia…, da la razón al sincero que afirma no poder con él. Este libro –abundo en lo mismo– es una cruda y cómica novela policíaca para catedráticos y profesionales de la literatura y de la filosofía, que disfrutarán –no me cabe duda– escudriñando y apostando sobre el saber, intenciones, formas y tendencias escondidas por el burlesco Joyce, el Gran Maestre de la Criptogafía, en cada página del texto. Y si no me cree mire y vea esto, señora mía…; y ustedes también si no tienen nada mejor que hacer. Es muy fácil e intervienen mucho los afectos familiares… sí; así de fácil… ¡Vean, vean, señoras y señores; vean al malquerido Ulises al alcance de todo entendimiento! ¡Pasen señores y señoras! ¡Adquieran sus localidades para acceder a nuestra sesión única de atracción intelectual! ¡Pasen señoras, pasen… y también ustedes, caballeros!¡Por el precio de una futesa, podrán poseer el conocimiento de la joya literaria por excelencia! ¡Nada de obras vulgares y adocenadas como las de esos escribientes de pacotilla! ¿Cervantes? ¿Dostoievski? ¿Goethe? ¿Gente así, pasados de moda? ¡Quiten, quiten de ahí! Esos son insignificancias para mentalidades infantiles. ¡Joyce, el de Ulises, el de Dublineses, el del Retrato ese, otra obra suya cuyo nombre no soy digno de pronunciar! ¡No dejen pasar esta oportunidad…!
    -Ya; ya sigo…. Pues estaba diciendo que para poder leer esta novela o lo que sea, no es necesario ser un iluminado ni tener un coeficiente intelectual muy elevado; lo único que se necesita, principalmente, es tiempo. Tiempo para desvelar lo que se oculta en sus intrincados recovecos. ¡Ah!, se me olvidaba. Tiempo y una forma de ser que pueda identificarse con la melancolía, el humor, la ironía y el sarcasmo que hay contenido entre sus hojas. Digo humor, refiriéndome a todas las facetas que este pueda abarcar excepto con el que promueve la risotada; y sarcasmo, usado debidamente, es decir cuando este recae sobre quien lo pide a gritos.
    Pues nada: primero, a aguantar; después, a indagar, y por último a leer, que lo demás que pueda quedar sale solo. Ya verán cómo. Cuando digo aguantar ya saben de sobra a lo que me refiero. La indagación se refiere a buscar todo lo que nos suene a chino o caiga bajo nuestras sospechas. Algo así:

    -Buenos días profesor Losetó, ¿qué tal van sus pesquisas para descubrir a qué alude el señor Joyce cuando nos descubre a Stephen al final del capítulo tercero pegando su moco en la roca de la playa?

    -Buenos días tenga usted, estimado colega. Pues me parece que he encontrado un paralelo entre Stephen y Dios.

    -No me diga.

    -Sí le digo. Al recibir del genial Joyce la imagen que nos dibuja de forma magistral a Stephen pegando su moco en la roca, he reflexionado profundamente sobre la acción del humano para lograr desprenderse de esa concreción de la mucosa nasal -un moco, ya sabe- y he concluido que, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, el citado humano emplea como instrumento extractor -estoy hablando del aspecto mecánico de la cuestión- el dedo índice para tal menester. Debido a la notable tenacidad con que la masa extraída -en parte viscosa- permanece adherida al instrumento citado -el dedo índice- es necesario efectuar una transferencia para lograr que el dedo esté nuevamente en condiciones de afrontar cualquier otra contingencia. He descubierto que esa transferencia se lleva a buen término gracias a las propiedades adhesivas de la parte viscosa de la citada concreción, y así, con un movimiento indicativo del sujeto agente -culminado en contacto con el sujeto paciente- la solución del problema se resuelve con éxito en el cien por cien de los casos.

    -¿Y…?

    -Pues que el movimiento indicativo del hombre es el ademán divino por excelencia.
    Cuando el hombre señala, adquiere tintes de divinidad. Es el Dios Creador de Miguel Ángel en del techo de la Capilla Sixtina. Su dedo extendido es la infinita expresión de Su Poder. Dios transfiere al hombre inerte la porción divina que lo anima mediante el contacto de su índice con el de la figura humana, que cobra vida al instante. El hombre pegando mocos es la afirmación sublime del poder recibido de Dios. Miren esa figura cenital que nos recuerda Dios dando la vida.

    -¿…?

    – Pues está claro, amigo mío. Joyce alude al poder creador del artista en ciernes que se esboza en Stephen, a la superioridad de su talento sobre sus paisanos que, tal pedruscos playeros, no son capaces de percibir el genio. Por eso Stephen, que los estima y repudia a la vez con la desesperación del alma atormentada del poeta olvidado, les transfiere su mensaje nacido de la química de su alma.

    -Pero… ¿no decía hace poco, mi querido Losetó, que estaba en el camino que le llevaría a encontrar ese paralelo entre el acto puro natural de Stephen y un movimiento ritual de cierta tribu aborigen de Madagascar?

    – Olvídese de eso. Fue una intuición que no cuajó.

    -Entonces ¿está seguro?

    -Podría asegurarlo, pero antes quiero descartar una posible alusión a Shamash en el momento de la entrega a Hammurabi de las doscientas ochenta y dos leyes que este compendió en su famoso Código.

    -Vaya…

    Por lo visto, algo como eso de más arriba, lo de buscar en la tribu, lo de investigar a Hammurabi y lo del dedo de Dios, es leer es para los que saben de todas estas cosas. ¿Quién puede hacer una lectura así? ¿Ellos, los sabios detectives? ¿Sí? Pues nosotros también podemos, qué demonios; nosotros, los curiosos aficionados que podemos disponer de todo el tiempo del mundo.

    Cuando la fase de investigación está cubierta, se puede leer. Y entonces ¡oh, milagro! estos personajes y sus cosas aparecen ante nosotros, los iletrados, como si fueran personas de nuestra familia. Sí, sí; y aún más: lo inimaginable. El Ulises de Joyce despierta nuestro cariño. Cariño, sí, eso he dicho. Cariño hacia los personajes y hacia su ambiente; cariño hacia Irlanda, hacia Dublín, e incluso hacia el mismísimo Joyce lo cual ya es decir. Sí, cariño. Pero, en realidad, no emanado sólo de su lectura en tanto que lectura, sino también de su estudio gratuito y sin compromiso, promovido por nuestra curiosidad.
    El amor que el ser humano profesa a la familia y a otros afines, no procede de una señal, sangre u obligación divina. Ese amor nace del apego que edifica el contacto constante con esas personas; nace por la repetición de sensaciones siempre que estas no arranquen de una mala experiencia, es decir: viendo, oyendo, oliendo, gustando…, tocando una y otra vez las personas y las cosas. Incluso produciéndonos estas, inicialmente, un poco de rechazo, se nos van acercando, nos acostumbramos a ellas, y muchas de ellas (más de la cuenta) se sellan con nuestro afecto.
    Con el Ulises de marras, pasa lo mismo. Solamente es necesaria curiosidad y tiempo libre suficiente para visitarlo una y otra vez. Quizás esto último sea más importante que el interés del curioso. A fuerza de curiosear metiendo las narices aquí y allá, de leer despacio; a fuerza de empezarlo y dejarlo cuantas veces haga falta y de importarnos un bledo si se entiende o no, se va desvelando el misterio. Y todo lo que del libro cuelga, va entrando en la familia. Y por llegar a algo familiar, se entiende más; y por entenderse más, se hace más familiar; y por más familiar, más claro y más familiar aún…, y entonces el empapelado cobra sentido y vida. Y ya está: el Ulises, como de la familia: ¡Hola Stephen! ¿Cómo estás? Deja ya esa cara de palo y vente con nosotros, ya verás como las cosas te irán mejor…. Señor Bloom, ¡qué alegría verlo!, ¿y la señora Bloom, sigue con sus cosas? No se aflija hombre, que en todas partes cuecen habas. La vida es como es y no puede uno morirse por cualquier cosa. Adiós, y salude a Molly de mi parte…. ¡Hola gordo Mulligan! ¿Cómo va eso? Estate quieto, hombre, ¡y no me hables de espaldas! Ay, que mocetón este; ¿cuándo vas a tener formalidad? Adiós, ¡y saluda a tu tía cuando vayas a visitarla!… Señora Dignam, he sabido lo de su esposo, y no sabe cuánto lo siento. Pero debe usted sobreponerse. Cuente conmigo para lo que necesite y esté en mi mano…. ¡Hombre, Benjamín! ¿Qué tal? Ya; ya me he enterado de tu éxito ayer en el hotel Ormond. Vamos, vamos, no seas modesto, que el padre Cowley me dijo que rayaste a la altura del viejo Dedalus… Señor Bloom, por favor, que en el tranvía viene gente… Sí, sí, ya; ya comprendo, pero…

    Sí; y entonces, el Ulises pasa a ser una unidad de apoyo para nuestros pesares. Tratándolo así, no tiene nada que no pueda ser entendido, por lo menos en teoría. El Ulises familiar es uno más. Si se ve como algo muy especial, es que no se ha entendido bien.
    Yo creo haber llegado a ver este aparente maremágnum como a alguien más de la familia. Y es porque además de que soy curioso, algo sensible y un poco aburrido, he tenido tiempo más que suficiente para ello.
    ¿Qué si lo he leído en inglés? No, traducido por alguien sensible e inteligente, me parece. Eso de la traba del idioma, o es una excusa para el que no quiere ni tiene tiempo, o es un ademán pretencioso del que cree en el destilado de las quintasesencias esas de las que se burla Joyce. Tampoco creo que un lector sin pretensiones de allá en la islas, tenga mucha menos dificultad para leerlo que nosotros.
    Por otra parte, babearlo como la salvación del mundo, es sospechoso o, por lo menos, señal de poca madurez. Las cosas, por mucho que nos lleguen, hay que aceptarlas con reservas.
    El Ulises de don Joyce goza de una notoriedad entre sus dudosos lectores que quizás no merezca. Su competitividad dentro del mundo de esa literatura sostenida por los lectores que compran libros para leer, no me parece leal. Presume de grande ante un colectivo de receptores que tienen las manos atadas; quiero decir que cualquiera lo entendería -apreciándolo o despreciándolo- si tuviera el deseo y el tiempo suficiente para ello.

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