Daniel Zamora: El giro engañoso

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Eta anunció hace unos años mediante la corrompida jerga militar de costumbre lo que incluso gobierno, oposición y prensa se empeñan, todavía y por desgracia, en designar erróneamente con una palabra tan cargada de resonancias positivas como «tregua», y que no era más que una detención oportunista de las actividades delictivas de esa banda criminal. Frente al automático alborozo general producido por la infundada ilusión de los benevolentes cierto sector político y cierta corriente ideológica se apresuraron a lanzar, también de forma automática, dos tipos de acusaciones contra el presidente y sus ministros que se excluían el uno al otro. Se les atacó por estar cayendo en la trampa etarra por simple inconsciencia o ingenuidad y por ser cómplices de los malhechores por pura malicia o mero interés partidista. La hipótesis conspirativa nunca tuvo la menor consistencia y no vale la pena examinarla. La primera suposición, en cambio, sí que merece discutirse. Lo propio de toda organización criminal es la mentira, el ardid, el encubrimiento, las malas artes y las conductas furtivas en general, por lo que la relación adecuada que debe establecer el Estado con ella es la desconfianza y la precaución permanentes y en todos los casos. Nunca es posible bajar la guardia, nunca es posible asegurarse por completo de las intenciones de unos  bandidos que no se sienten a gusto con su condición malhechora, de unos criminales que se presentan como otra cosa que criminales, como negociadores militares o embajadores políticos. Ningún Gobierno democrático español ha sido tan crédulo e irresponsable como para confiar ciegamente en los etarras, en sus representantes, en sus emisarios o en sus adeptos llevaran puesta la piel de cordero para despistar a la opinión pública o exhibieran su fiereza lobuna para asustar a sus enemigos. Cosa bien distinta es que en ciertos momentos esperanzadores, por conveniencia negociadora e invocando unos dudosos beneficios tácticos, se haya relajado interesadamente la presión política, policial o judicial que habitualmente se ejerce sobre la banda. La revelación probada de que en alguna ocasión se transmitieron directrices que ordenaban aflojar el estrangulamiento de la víbora tendría que provocar un gravísimo escándalo y habría de calificarse la decisión gubernamental que hubiera amparado, promovido u ordenado esos comportamientos como injustificable y perversa. La máxima represión permitida por la ley, máxima tanto en extensión como en intensidad, de una banda terrorista desplegada para causar todo el daño posible o replegada por simple impotencia y extenuación, es siempre la mejor política que cabe seguir en las relaciones oficiales con ella. Disminuir la represión por el motivo que sea equivale a debilitarse voluntariamente frente al fuera de la ley y, por tanto, a conducir a éste a la errónea conclusión de que por la constancia de sus delitos ha mermado la fuerza estatal y se ha doblegado la determinación del gobierno o, en otras palabras, que su insistencia en el mal le ha recompensado con una trabajada victoria parcial que avala su proyecto.

Puesto que una organización criminal que delinque sin escrúpulos para obtener ciertos fines políticos sean estos alcanzables o fabulosos, comprensibles o disparatados, inmediatos o a largo plazo, es una organización para-política clandestina que ha optado por perseguir un resultado político mediante ventajas ilícitas, saltándose a la torera y a escondidas las reglas del juego que todos los demás participantes aceptan y respetan, hay que establecer que su torcida naturaleza es ya y por definición esencialmente tramposa. Por el hecho de existir como un oculto y seductor jugador de ventaja ya está haciendo trampa en todo momento. Lo que se debe dilucidar, sin embargo, no es si Eta está obteniendo una ventaja suplementaria que se añade a su básica ventaja natural cuando anuncia una caprichosa detención, provisional o definitiva, de sus crímenes, puesto que todas sus decisiones organizativas tienden a la obtención de ventajas ilícitas y todos sus movimientos son ejecutados mediante el empleo de cartas marcadas, sino que ha de averiguarse si su verdadera intención es rendirse y disolverse, sin negociar otras condiciones que no sean ciertos tratamientos penales favorables a los suyos a cambio de su entrega fácil, rápida y sin resistencia o si sus propósitos son otros y, por tanto, innegociables. Por lo que se refiere a su penúltima demanda de negociación que la banda trató de reforzar comunicando al Gobierno sus intenciones de no asesinar ni secuestrar a nadie mientras no decidiera hacer lo contrario, sostengo que entonces no hubo ni podía darse trampa alguna en este sentido. Y añado el convencimiento demostrable de que este tipo de trucos arteros sólo son posibles ahora, cuando lo que se da en llamar eufemísticamente “la izquierda abertzale”, es decir, el separatismo fundamentalista mafioso cuya ideología no es más que una caricatura integrista del socialismo revolucionario tercermundista, y que abarca desde el seguidor más blando al militante más duro, del novato aprendiz al resabiado veterano, del menos comprometido en el proyecto general al más implicado en las acciones concretas, parece haber dado un giro radical y milagroso renunciando de la noche a la mañana a su perpetua estrategia de difusión social de un terrorismo no sanguinario camuflado de acto vandálico, de gestión municipal y de propaganda periodística. El Gobierno de Zapatero aceptó reunirse, impulsado principalmente por el obtuso optimismo a prueba de bombas y realidades que caracteriza a su presidente, con ciertos representantes reconocidos de la banda de asesinos cuando ya era del todo evidente, para cualquier espectador que fuera capaz de interpretar los mensajes públicos de Eta y sus cómplices sin prejuicios partidistas ni hipótesis indemostrables, que no había ningún terreno común donde pudieran encontrarse y entenderse unos y otros. Tanto la terminología como los deseos, tanto los planes como los objetivos, tanto los análisis de la situación como los límites autoimpuestos que pensaban llevar a la mesa de negociaciones los delegados del Gobierno y los emisarios de la banda, eran radicalmente distintos en una y otra orilla y, por tanto, no susceptibles de ser acordados tendiendo un puente entre ellos. No había posibilidad de engaño porque no había posibilidad de hablar un mismo idioma. Faltaba el sistema de traducción requerido que implica la existencia de una comunidad lingüística subyacente o de una convenida tergiversación tolerable.

Si durante un tiempo se creyó obstinadamente que la posibilidad de trato y comprensión existía pese a todas las evidencias en contra de esta fe ciega no fue sino porque los negociadores, tanto los legítimos representantes de la nación como los facultados por éstos, prefirieron aferrarse al escudo del autoengaño para evitar la frustración de sus infundadas ilusiones. Tomaron la frívola y temeraria decisión de concebir imaginariamente a su interlocutor tal y como deseaban que éste fuera en lugar de asumir los hechos incontestables y abortar unas improductivas conversaciones secretas que, sin duda, estaban condenadas desde el principio a finalizar en un enorme fracaso y en una infinita decepción. No tardó la ineludible realidad en hacer de intermediaria y en venir a abrirles forzosa y dolorosamente los ojos, como no podía ser de otra manera, cerrando de golpe toda vía factible para una negociación futura. El único efecto positivo de tal despropósito tuvo un carácter enteramente fortuito, a pesar de que ahora el Gobierno pretenda atribuirse el mérito alegando que se trató de una consecuencia ya prevista en sus planes iniciales, y consistió en que al fin los simpatizantes menos extremistas de la causa etarra advirtieron la penosa verdad. Los crédulos seguidores de las directrices de Eta, que se habían ido persuadiendo a lo largo del proceso de que el método terrorista estaba a punto de ser rechazado por la sola voluntad de los propios terroristas y, por tanto, con honor y agradecimiento patrióticos por los servicios prestados, comprobaron que los militantes del núcleo duro no estaban en absoluto por la labor de un desarme sin vuelta atrás ni por una rendición a las autoridades de la que no obtuvieran ganancias políticas, ni por un pacto de las condiciones penales de los presos actuales y futuros que no rebasara la ley vigente sino que planeaban eternizarse, aprovecharse y sobrepasarse desoyendo el deseo mayoritario de sus fieles y haciendo caso omiso del estado de agonía, acoso, aislamiento y recelo de los dirigentes.

Pero hoy la situación ha variado por completo y es ahora, por consiguiente, cuando se ha vuelto posible el temido engaño premeditado tanto por parte de los sanguinarios delincuentes, por suerte ya muy debilitados por la contundente acción del Estado, como por parte de sus diversas redes de apoyo compuestas por asociaciones e individuos superficialmente integrados en la sociedad que desde el último fiasco quedaron muy decepcionadas con sus heroicos bandidos encapuchados debido a la inaceptable cerrazón a ultranza de éstos. El antiguo discurso y las antiguas maneras de los rufianes, que tanta repugnancia e indignación provocaban en todo ciudadano antiterrorista, han sido sustituidos por una nueva terminología y unos inéditos modales que el Estado sí puede compartir y alentar o, al menos, permitir y tolerar. De repente ha surgido, en el sombrío horizonte de la lucha contra la organización lucrativa de la crueldad, un esperanzador y sorprendente terreno común. Este débil punto de encuentro sobrevenido no implica que, al mismo tiempo y junto a esta mínima base coincidente, haya brotado igualmente una recia confianza en ese tembloroso terreno sostenida en su solidez y autenticidad que lo descarte como un mero espejismo tras el cual se esconden unas amenazantes arenas movedizas,  ni que se haya certificado en absoluto la ruptura de todos los lazos inconfesables que las capas externas del terror mantenían con las capas internas de la bestia, es decir, que se haya probado indudablemente que las capas menos radicales han dejado de ser capas. Lo único que se constata por el momento es que ya es posible tratar precavidamente con quienes hasta hace cuatro días eran intratables. ¿Pero es esta una conversión sincera y casi mágica de los insensibles canallas a los principios más odiados por ellos, a las ideas que más han combatido durante decenios o, por el contrario, toda la operación civilizadora no es más que un giro engañoso, el eficaz maquillaje de una seductora pelandusca, una compleja actuación colectiva que, por su alcance, su persistencia, su coordinación y su disciplina sería digna de un Oscar al mejor vuelco democrático? Sólo el paso del tiempo y los hechos que se acaben conociendo gracias a las investigaciones policiales y a las torpezas y despistes de los conversos, si es que aún permanecen activas las latentes estructuras criminales que habrían de ser expuestas a la luz pública, nos dirán si el delirante movimiento de apoyo incondicional a Eta conserva todavía sus vínculos secretos con el terror fanático, si ha puesto condiciones a su abominable ayuda habitual o si al fin le ha retirado todo suministro vital dando por zanjados los contactos, sumisiones y favores. Poco a poco iremos sabiendo si se ha dejado a los más irreductibles de esos despiadados asesinos horteras sin su imprescindible oxígeno social, a solas con sus mullets garrulos, con sus boinas folklóricas y sus capuchas de supervillano o si tendremos que asumir con aflicción y rabia que prosigue la abyecta complicidad criminal de siempre, aunque ahora lo haga bajo una mansa e inofensiva fachada con el fin de optimizar su eficacia delictiva.

Parece, sin embargo, que las primeras decisiones de gobierno que han comenzado a tomar los simpatizantes de la causa separatista radical tras su exitosa participación en las últimas elecciones municipales, no marchan en la dirección correcta y deseada. La prioridad de los conversos no debería ser otra que volcarse en obtener la credibilidad general despejando las numerosas dudas que suscita su conversión convenciendo a la ciudadanía con sus actos y  palabras de lo sincero y veraz de su metamorfosis, pero es evidente que ahora otras prioridades sin importancia han pasado por encima de su tarea principal de gobierno, la que les obliga a demostrarnos que no se trata de un gobierno aliado con asesinos sino fiable y para todos, sin la cual las demás tareas gubernativas se vuelven absurdas, imposibles y banales mientras que regresan al escenario vasco algunas feas inclinaciones de antaño, como la actitud arrogante frente a los que no comulgan con sus ideas y el despacho insensible de los asuntos que les importan un bledo. Los que antes de las elecciones se presentaban ante la opinión pública debilitados y humildes han resurgido fortalecidos y soberbios, dispuestos como siempre a manipular y exprimir en su propio beneficio unas instituciones democráticas que consideran secuestradas por un poder extranjero o directamente espurias. Sin embargo, este aprovechamiento sectario que corrompe y socava las instituciones del Estado tiene también un aspecto ligeramente positivo puesto que, desde ese fantástico punto de vista ideológico que considera el País Vasco como una nación ocupada ilegítimamente por una fuerza invasora, esto equivaldría a una colaboración interesada y traidora del nativo rebelde con el enemigo extranjero, pero colaboración al fin y al cabo, así como a una renuncia a la oposición frontal violenta. El colaboracionista que desea ocupar los cargos directivos de la administración colonial y que lucha legalmente por conseguirlo, aunque sea con el objetivo a corto plazo de aligerar las cargas que sufren los autóctonos y con el objetivo a largo plazo de expulsar a los colonizadores sirviéndose de sus propios mecanismos de dominio, es alguien que de momento ayuda al ocupante extranjero, colabora en la opresión de su pueblo y quiere permanecer integrado en la administración enemiga. Por mucho que pretenda convencerse de que de esta forma está siendo de ayuda a los amigos, el separatista asimilado ayuda sobre todo a los enemigos. Por tanto, a pesar del mal uso que puedan hacer de las instituciones españolas del País Vasco -corrupción y debilitamiento que han de ser denunciados y castigados en caso de producirse-, el hecho de que los líderes separatistas deseen usarlas y sus seguidores deseen que ellos las usen es ya una buena noticia, o una noticia no tan mala, para los que las defienden.

No obstante, la excepcional situación del País Vasco es tan pródiga en pésimas noticias que a veces se olvida que la peor de todas ellas es su propia excepcionalidad. Es decir, que sobre gran parte de sus habitantes, incluidos representantes políticos y candidatos a cargos públicos, pende una amenaza verosímil de muerte y que, por tanto, toda elección política se ve distorsionada por una intolerable presión externa e ilegítima que adultera de raíz los resultados electorales. Gran parte de la población vasca difunde sus ideas y vota a sus candidatos preferidos con el cañón de una pistola apoyado en su nuca. A pesar de que ahora se nos diga que el poseedor del arma amenazante ha decidido por su solo capricho mantener puesto el seguro que impide que se dispare de manera accidental, no hay que perder de vista que mientras pueda volverlo a retirar cuando a él le dé la gana el peligro de recibir un tiro no habrá pasado ni habrá disminuido un ápice. La campaña de un partido cuyos miembros viven aterrorizados, porque en cualquier momento y en cualquier lugar pueden ser brutalmente asesinados, parte con una seria desventaja, por muchos que sean sus medios económicos, por poderosas que parezcan sus influencias y por inquebrantables que se demuestren la determinación y la valentía de sus militantes, respecto a la ventajosa campaña de los que se saben libres y seguros, a salvo de las balas y las bombas y respaldados por los matones que intimidan a sus propios vecinos y por los asesinos que envían bajo la tierra a sus contrincantes políticos. Poco importa que a este auténtico peligro se le objete la prolongada ausencia de atentados sangrientos, el aparente cese o la aparente disminución de la extorsión económica y la garantía que nos han dado los asesinos de que de momento no entra en sus planes inmediatos asesinar a nadie en concreto porque, mientras la organización criminal no haya sido desmantelada por completo, estas supuestas mejorías sólo serán ciertas hasta el instante siguiente, cuando la dirección etarra decida que ya está bien de esperar acontecimientos y los produzca ella misma dando muerte a cualquier presa fácil. El terror existe mientras existe alguna posibilidad de que el terrorista cumpla su amenaza y defina la indefinida destrucción que flota sobre las innúmeras víctimas a las que ha marcado con su signo, es decir, a las que en su delirio de juez y verdugo patriótico ya ha sentenciado a sufrir la pena máxima sin fijar el sitio ni la fecha de la ejecución anónima. Los que viven fuera de la ley, actuando a su absoluto antojo, contradiciéndose alegremente, sin respetar ningún acuerdo permanente, sin sujetarse a lo que se sujeta la mayoría, sin sentirse obligados a rendir cuentas a nadie, no pueden ser creídos, ni previstos, ni considerados personas de palabra. Por tanto, si los indicios que se observan acerca de los últimos movimientos del gobierno etarra nos llevan a pensar que los asesinos no han iniciado en modo alguno su disolución irreversible, lo más prudente sería certificar que la amenaza mortal sigue tan presente y acechante como siempre y no descuidar las medidas de protección ni las precauciones más básicas.

No es ésta, desde luego, la única perversión de los procesos democráticos vascos cuya clamorosa injusticia debería ser corregida si se pretende establecer unas condiciones políticas  saludables e igualitarias. Aunque ahora se hayan convertido en situaciones aparentemente obvias, normales y aceptadas por casi todos los ciudadanos, conviene cuestionar de tanto en tanto fenómenos tan extraordinarios e inadmisibles en situaciones de normalidad democrática como el hecho de que tanto la llamada “ikurriña”, adaptación vasquista de la bandera inglesa, como el nombre del imaginario país “Euzkadi”, que sólo existía en un principio en las fantasías de Sabino Arana, son inventos de este ingenio racista que han invadido espacios que jamás deberían haber conquistado. Pese a que a estas alturas ya parezca olvidado, después de haberse permitido como cosa natural e indiscutible, es bien sabido que esas creaciones ideológicas se convirtieron posteriormente en símbolos de una facción separatista y que ésta, un funesto día, los erigió en distintivos patrióticos oficiales con el irresponsable consentimiento del resto de partidos. De esta manera, y debido a esta increíble anormalidad estatal, a que unos símbolos partidistas o sectarios han sobrepasado su ámbito natural para ser al mismo tiempo los símbolos de una facción separada y los símbolos comunes e integradores, se está presuponiendo implícitamente que el Gobierno vasco está destinado a su propietario natural, al Partido Nacionalista Vasco, al dueño original y legítimo de esas señas racistas identitarias y que, consecuentemente, todo ocupante perteneciente a un partido distinto es, en el fondo, un usurpador del poder vasco y un secuestrador de unos símbolos ajenos, cuando en realidad son esos signos parciales los que han usurpado el lugar destinado a los signos de la totalidad y los que secuestran con su fuerza simbólica a todo partido no peneuvista o no vasquista o no patriotero vasco que ejerce legítimamente el poder. He aquí, junto a la tragedia vasca que salpica sangrientamente al resto de España el esperpéntico drama de los vascos, tan silenciado y asumido como ocurría hasta hace un par de décadas con los daños y dolores de las despreciadas víctimas del terror vasquista. Esto es: la normalización de las anormalidades, la tolerancia de lo intolerable, la obviedad de lo problemático. Toda propuesta de solución de los graves asuntos del País Vasco ha de empezar necesariamente por la corrección racional de esas pervertidas y anómalas condiciones políticas que ahora pasan por naturales, emprendiendo, por de pronto, un saneamiento lingüístico a fondo y a conciencia que reemplace cada tóxico y deformador eufemismo por su correspondiente palabra por la más precisa, bruta y verdadera, por esos términos robustos que se adecuan como un guante a la realidad de las cosas y que desde hace mucho tiempo se han borrado de los discursos y las mentes. De esta extraña situación antidemocrática brotan, como de una fuente de incomprensibles rarezas, los extraños comportamientos que observamos en esa flamante y sospechosa coalición de pacíficas gentes separatistas. Así ocurre que los acérrimos enemigos del Estado español persiguen la esquizofrénica integración en sus estructuras sin renunciar a la repugnancia y la hostilidad que sienten hacia ellas; así sucede que su declarada desvinculación de cierto grupo de criminales les da la oportunidad de ocupar numerosos puestos claves de una administración “extranjera”, pero nunca llega el momento de declarar conveniente la eliminación de la banda asesina a la que nada les vincula y cuya razón de ser es el ataque a la totalidad de ese poder foráneo del que ahora ellos forman parte.

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