Rubén Díaz Caviedes: Vivan las cadenas

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Hoy hablamos de Francisco Camps, pero vamos a empezar por Fernando VII.

Cuando Fernando VII regresó del exilio no lo hizo en Easyjet, se podrán imaginar, sino en barco y por Valencia. Porque sabrán ustedes —rebobinamos por si hay víctimas de la ESO— que el rey Fernando no pasó la invasión napoleónica en España, sino en Francia. En un pueblito muy bonito que se llama Valençay, concretamente. Para ello sólo tuvo que asomarse a la puerta pirenaica cuando Napoleón dijo toc toc y entregar el país tranquilamente sin montar la pajarraca, o sea; en cómodos plazos. Lo hizo en secreto y a cambio de, lógicamente, poder seguir llevando en Valençay su fastuoso tren de vida. Al pueblo se le dijo que los franceses entraban, sí, pero que había que dejarles porque en realidad era para invadir Portugal. La guerra de independencia pilló así en bragas al común de los españoles y se hizo a sartenazos, malamente y casi sin ejército —al que Fernando VII mandó acuartelarse—, pero se hizo. Y mientras en Zaragoza corrían franceses a boinazos en Cádiz se proclamaba la Constitución de 1812, que auguraba un futuro prometedor para el país; ahora la nación no sólo tenía el régimen político más moderno de Europa sino que además había acabado con el absolutismo de Fernando VII. Yuju, gritaron los liberales. Restaba únicamente ponerse a trabajar, modernizar el país al uso francés que tanto lo empezó a petar por aquella época y acabar, o ponerse a ello, con la arrasadora ignorancia, la miseria y el total analfabetismo en los que el pueblo estaba sumido gracias a siglos de cerril absolutismo borbónico.

Fernando VII volvió, como todos sabemos. Fue restituido en el trono por Napoleón himself, que debió pensar que para lo que le quedaba en el convento, pues etcétera. Los liberales y afrancesados de la época emprendieron una campaña de concienciación para que el pueblo, que con tanta saña había combatido espontáneamente a Napoleón, no tragara ahora con el absolutismo anacrónico de Fernando VII y que éste se viera obligado a acatar la nueva Constitución, que por cierto lo reconocía como rey. Para ello hablaron mucho de las cadenas metafóricas con las que Fernando VII ataba al país. Pero cuando Fernando VII desembarcó en Valencia en 1814 lo primero que hizo, por supuesto, fue derogar la Constitución de Cádiz tal que así, plas, y emprender una campaña de limpieza entre ilustrados, liberales y afrancesados. Por campaña de limpieza entiéndase campaña de matarlos a todos uno detrás de otro. La sociedad española, que a Fernando VII llamaba el Deseado, desoyó categóricamente las proclamas ilustradas y participó feliz de esta limpieza. Tanto así que, cuando Fernando marchaba de Valencia a Madrid para volver a ocupar el trono, se comenta que el pueblo unánime salía a aclamarlo por tantos pueblos y ciudades pasase y, a falta de Twitter, le entonaba a voz en grito el célebre trending topic con el que, además de proclamarse sus orgullosos vasallos —ya no más, como decía la Pepa, pueblo soberano—, hacían escarnio y recochineo de los liberales. ¡Vivan las caenas! le gritaban al pasar. Incapaz aquel triste pueblo español, arrasado por siglos de la ignorancia, la miseria y la oscuridad que aquel rey venía a perpetuar, de pronunciar siquiera correctamente la palabra cadenas.

La filiación ciega del pueblo por el poder no me ha fascinado desde siempre, y les explico por qué; porque empecé por no creérmela. Sencillamente. Cosas de la educación que me dieron, digo yo, o de ser así de inocente, naif o tonto del culo. No me pregunten. El caso es que a uno, en su unidad, empezó cuando era joven por no entrarle en la cabeza que la gente, los pobres, el pueblo, la clase trabajadora, llámenlo como quieran, fuera capaz de profesar hacia sus poderosos la veneración ciega que luego, oh prodigios, resulta que sí que profesa. Y de qué manera. Mi primer contacto en este fenómeno fue de corte teórico y lo constituyó la anécdota histórica que les contaba un poco más arriba. Se la leí a Arturo Pérez-Reverte en un artículo titulado así, Vivan las caenas, siendo yo un crío. Y lo dicho, que no me lo creía mucho. Luego ya vino la edad adulta, me empaché de realidad y tuve que rendirme a la evidencia. Ahí están, por ejemplo, las mayorías absolutas. A ustedes no sé, pero a mí no se me ocurre una evidencia más gorda.

De la Pepa a hoy han pasado, exactamente, ciento noventa y nueve años. No es que quiera establecer paralelismos demasiado apasionados entre Fernando VII, que era un mezquino y triste anormal, con Francisco Camps. Ni entre regímenes, el de entonces o el de ahora, o entre yo mismo y los abnegados ilustrados de entonces. Seria falaz, hiperbólico y gilipollas. Pero ayer estuve echando un ojo en el espacio Todos con Paco Camps habilitado en la web del Partido Popular valenciano para que los ciudadanos que lo deseen le dejen mensajitos de apoyo y a mí, que soy muy simple, sólo se me ocurrió pensar en Fernando VII. De verdad que sí.

Sobre todo por la recurrencia en los mensajes de un revelador adjetivo: incondicional. En apoyo incondicional, por ejemplo, o presidente incondicional o incondicionalmente a tu lado. Entre unas y otras, incondicional aparece en los mensajes hasta un total de en treinta y ocho ocasiones primorosamente contadas una a una, se lo juro, por mi herramienta Control + F. Vale que una de ellas sea la que firma una tal Rita Barberá Nolla —creo absolutamente en su honestidad, le expreso mi afecto personal, mi admiración política y mi apoyo incondicional— y que además, en un ejercicio de pluralidad digno de Canal 9, en la web pepera sólo publiquen los testimonios elogiosos. Pero aun así, insisto; treinta y ocho paisanos y paisanas que dicen darle su apoyo sin condiciones. Así sea, por ejemplo, la condición choriza de Camps si de presunta, como es ahora, pasa a fáctica, que está por ver aunque se vea venir. Me permito la suspicacia del se ve venir no por Camps, entiéndanme, que yo a muerte con la presunción de inocencia, sino por la gürtelina y brugaliana tradición que le precede, ustedes saben, y el ejemplo edificante —y tan edificante— de grandes prohombres y promujeres de la zona como, se me ocurren, Jaume Matas, Sonia Castedo o Ricardo Costa. Y por supuesto el talle lustroso, glorioso y ejemplar de ese gran revolcadero de monos que es la clase política española en su conjunto. Que invita, como muy poco, a suspicacias. A suspicacias y a pocas incondicionalidades aunque, a las pruebas me remito; treinta y ocho sólo en esa web. A eso súmenle el millón doscientos mil votos de su mayoría absoluta.

Así que, lo que les digo: que #vivanlascadenas, trending topic perpetuo de este país. Lo propongo con un año de antelación para que el que viene, que la mandanga cumple doscientos y habrá hasta quien lo celebre, no nos vayamos a llevar una sorpresa. Todo sea, Dios no lo quiera, que en este país nos pongamos a repetir una y otra vez los errores del pasado. ¿Se lo imaginan? Qué ridículo que haríamos.

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11 comentarios

  1. Es curioso que ayer mismo tuve con Homo libris una conversación acerca no ya de la fascinación que tiene la masa por el poder como tal, el que tiene como solo fin «gobernarlos a todos» como si de un Anillo Único se tratara, sino por el aura de poder en general, la que parecen tener los miembros varios del famoseo y la farándula.

    A Camps le regalan unos trajes (ya me podrían dar a mí una tarjeta regalo del Zara, oiga), punta del iceberg de lo que parece haber sido un presunto untamiento de los que crean afición, y la gente le profesa y reitera su apoyo «incondicional». O sea, sin condiciones. Haga lo que haga. Lo cual me parece indescriptible.

    A Ortega Cano, que triplicaba la tasa de alcohol cuando le pegó el zurriagazo al pobre infeliz que se cruzó con él en la carretera y a quien mandó a criar malvas, Carlos Parra, el pueblo sin vergüenza torera y henchido de mitomanía patológica le aplaude a su salida hasta hacerse callos en las palmas de las manos.

    Yo, mientras tanto, me dirijo a la cocina en busca del cuchillo de cortar el queso para abrirme las venas o sacarme los ojos, ambas cosas me valen. ¿Por qué? Porque Fernando VII fue uno más. Camps, lo mismo. Otro que tal baila. Otro que (presuntamente) se aprovecha de su situación de privilegio. ¿Y nosotros, el pueblo masoquista adicto a las «caenas»? Los mismos borregos de siempre, por los siglos de los siglos.

  2. Precisamente comentaba hace poco que hay tres lacras en la política española. Por orden de mayor a menor gravedad: los chorizos, los trepas, y los «hinchas», que animan al equipo haga lo que haga. Les da igual que «los suyos» sean chorizos o trepas (o imbéciles, incluso) porque son «los suyos». Eso viene muy bien a los chorizos y a los trepas.

  3. Víctor Sánchez

    Pues ya van 48…

    Enhorabuena por sus artículos gentilhombre. Auténtico placer leerle oiga.

  4. Fernando León

    No sólo el poder. Ahí tenemos a Farruquito

    • Y a Ortega Cano, como decía Azote, y miles más… Como te vayas al mundo colorín, apaga y vámonos. Pero no deja de ser un entretenimiento más inocente, si se quiere, o menos peligroso a corto plazo.

  5. Pingback: Vivan las cadenas

  6. descalzoo

    Me encuentro en un aeropuerto black berry en mano, porque soy asin de cool, repasando todos sus textos jot ahora q ya he memorizado los de la mosca en el bote como quien memoriza el coran. Sigue ud. Sin defraudar a su publico, con la certeza d q cada vez es mayor en numero, y hablo sin el google zeithgeist en la mano, pero la pondria en el fuego. En serio que el mundo necesita de su elocuencia para transmitir los valores q ud. Defiende de forma clara y desde la honestidad y el sentido comun. Q encima me proporciones descojones varios en cada articulo ya le ha hecho ganarse me apoyo incondicional:)

  7. Kepa de Vigo

    He llegado aquí vía Twitter, en el 200 cumpleaños de la Pepa, y ha sido un placer leer este artículo: dentro de 199 años habría que organizar un aniversario a su publicación. A estas alturas Camps ya está fuera de juego, pero los hinchas, chorizos y trepas siguen hinchándonoslas, robando y trepanando los celebros de las masas…

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