Daniel Zamora: Chesterton o la eterna verdad suprema (I)

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Existe un tipo de pensador que es de fácil acceso para el público no especializado y que no por ello ha de catalogarse como divulgador de saberes ajenos más profundos ni como polemista efímero e insustancial. Se trata de una especie intelectual que sólo se da en contadas ocasiones y que congrega en torno a su excepcional figura, con simpatía y entusiasmo, a un sinfín de lectores pertenecientes a los más distantes credos filosóficos y a las más enemistadas posturas políticas. Una de estas raras aves solitarias e insobornables es el orondo inglés G. K. Chesterton, escritor jovial y argumentador inteligente que empeñó su vida pública en llevar a cabo un honrado, iluminador, ingenioso y persuasivo proselitismo católico y que, a pesar de lo intempestivo de su empresa, encontró y sigue encontrando rendidos admiradores en todos los frentes religiosos, incluso entre las más combativas tropas ateas y las más feroces columnas anticlericales, gracias a su brillante estilo, a su gozosa ironía, a sus deliciosas imágenes, a su entusiasmo vigoroso, a su fina percepción, a su noble criterio, a su apreciación compasiva, a su viril audacia y a sus originales puntos de vista sobre las cuestiones más importantes, que son al mismo tiempo las más rutinariamente consideradas por la mayoría de los filósofos tardíos. Pero quizás la mayor virtud de Chesterton no estribe en su indiscutible capacidad crítica, competencia ésta que se encontrará fácilmente en todos los grandes pensadores de los siglos XIX y XX, sino en cierta voluntad de la que los intelectuales modernos andan faltos, o que no se atreven a permitirse, o frente a la cual fracasan estrepitosamente, por ser su objeto lo más difícil de perseguir y obtener en las condiciones espirituales globales en las que tienen lugar sus pensamientos. Esto es: la voluntad positiva de perfección, el proyecto de clara proposición de un contenido óptimo generalizable, la anacrónica pregunta por el bien ideal y su valiente respuesta en forma de eterna verdad suprema, pregunta y respuesta abocadas a la ridiculización, la indiferencia, la conmiseración o la incredulidad del público culto convencional y de la escéptica Intelligentsia historicista. Para ofrecer una rápida pintura de este genial artista pedagógico, que regresa una y otra vez en sus libros a sus principales preocupaciones espirituales, habrá que incidir también repetidas veces en el núcleo de su pensamiento, desplazando gradualmente la perspectiva desde la que se produce el examen y variando con sutileza los aspectos considerados, por ser este método explicativo el más conforme con el suyo.

Aunque a lo largo de su vida escribió multitud de novelas, relatos, dramas, poemas y ensayos, Chesterton es, en esencia, un ingenioso y profundo periodista teológico o articulista “teodiceico”. No cabe incluirlo en la ilustre estirpe de los filósofos porque Chesterton no se propone elaborar una nueva interpretación global del ser sino una nueva interpretación de un antiguo saber global y, en este sentido, sería semejante a los mal llamados “filósofos” del siglo pasado, que ya no discurrían sistemas cósmicos originales y compactos sino que volvían a pensar deshilvanadamente los pensamientos del pasado. El propio Chesterton ni siquiera se consideraba un novelista porque de lo que se ocupa en sus textos es de enfrentar entre sí las ideas desnudas y los conceptos explícitos, a la manera en que lo hacen los filósofos pero sin ir más allá de ese punto, mientras que los narradores tradicionales esconden o difuminan las tesis, los razonamientos y las teorías bajo ropajes anecdóticos y ficticios. Esto puede comprobarse tanto en su Autobiografía, colección de anécdotas autobiográficas que no son más que un pretexto para sintetizar y resumir su pensamiento acerca de sus temas favoritos, como en su libro más conocido, El hombre que fue Jueves, una extraña alegoría detectivesco-metafísica, un alucinado combate entre principios cosmogónicos disfrazado durante un buen número de capítulos con las ropas de una chocante intriga policial, pero que en todo momento deja traslucir las auténticas razones que mueven la historia. Esta novela que no es una novela es también un relato de detectives que no es un relato de detectives o que, en todo caso, es un relato de detectives paradójico, una resolución criminal a la inversa: en vez de partir de unos personajes aparentemente honrados de los que al final se destapa su condición de criminales, la historia se inicia con unos malvados conspiradores que al avanzar el enredo irán descubriendo su verdadera identidad de personas decentes. Al poner patas arriba el género policiaco, Chesterton pretendía hacer manifiesto, mediante una ridiculización con tintes de pesadilla, cómo a menudo la justicia combate formas disimuladas de justicia que están de su parte, aunque ocultas tras una engañosa máscara enemiga, en lugar de atacar a la auténtica maldad anómica. Por lo mismo, bajo la máscara detectivesca del relato se esconde una pesquisa más profunda, una alegoría metafísica del Armagedón con la que se retira a su vez otra máscara y se saca a la luz al mismísimo Dios, benevolente y justo ser supremo camuflado tras el disfraz, a veces terrible, mortífero o indiferente, de la Naturaleza.

Es costumbre de la crítica incluir a Chesterton entre los escritores conservadores o reaccionarios, pero no tanto para facilitar su adscripción en los manuales de historia de la literatura como para evitar tomarse en serio sus ideas, para esquivar el inquietante dilema ante el que sitúa a sus lectores, para no tener que tomar partido por esas cuestiones decisivas que nos configuran como individuos. Chesterton es uno de esos escritores de los que se puede decir sin sonrojo que son de nuestro gusto al tiempo que se afirma que no nos gustan sus ideas. Y ésta es una paradoja que exige en cada caso una peligrosa aclaración personal, peligrosa puesto que amenaza con conducirnos a una profunda crisis moral y a la consiguiente renovación a fondo de nuestros valores más enraizados. Ahora bien, dejando aparte este requerimiento de autognosis que cada cual ha de emprender por su cuenta y riesgo, conviene refutar las apresuradas etiquetas triviales que convierten a las más eminentes figuras del pensamiento, que son en último término inaprensibles, en simplificadas caricaturas que cualquiera puede abarcar sin la menor dificultad ni la menor perturbación de sus prejuicios. Chesterton no es un reaccionario si por tal cosa entendemos al retrógrado que busca la conservación del privilegiado estado de la élite, el impedimento de toda alteración innovadora o un retorno a un pasado idílico en el que no se trastornaban los órdenes aristocráticos o burgueses. Su meta no es una fase histórica pretérita en la que las condiciones sociales y políticas serían más propicias para él y los suyos, ni tampoco la permanencia definitiva en un presente invariable, sino un ideal ahistórico y revolucionario que aún está por realizar, aunque ya haya sido manifestado y propuesto durante algunos episodios del pasado. Chesterton sólo es reaccionario en el sentido de que reacciona contra el mundo racionalista moderno y cuestiona la validez de todos los productos mentales snobs de la Modernidad, que en su opinión se fundan en apreciaciones erróneas, ideológicas o directamente aberrantes de la condición humana, en malas comprensiones del hombre y de su correcta instalación en el mundo, de las que se derivan pervertidas guías existenciales, peligrosas devaluaciones del pensamiento o inhumanos proyectos colectivos que exigen el forzamiento violento del alma para encajarla en las más desquiciadas condiciones modernas, en vez de pretender la corrección de las condiciones modernas para adaptarlas al alma en buen estado. Así, por poner un ejemplo de este proceder antinatural, el abusivo y brutal Estado moderno se considera con el derecho de exigir coactivamente a los padres de una niña pobre que le corten el cabello con el higiénico propósito de evitar la proliferación de piojos, lo que para Chesterton constituiría una barbaridad ignominiosa, pues la única solución decente a ese problema ha de pasar por una completa y profunda revolución, por la reordenación juiciosa de todos los estratos de un innoble sistema tiránico que, por un lado, osa prohibir el pelo de los pobres en vez de eliminar los piojos y que, por otro, empuja a determinadas capas sociales a vivir en unas condiciones miserables que propician las plagas. Aunque hoy apenas quede consciencia de estas injusticias, aunque buena parte de esas irrenunciables certezas y derechos innatos se hayan sumido en el olvido o ya no exista predisposición para luchar por la conservación de la limpia dignidad del pueblo, el pelo es una verdad eterna e intocable que mide, juzga y pone a prueba las condiciones de vida de la gente. Si las nuevas condiciones de vida de los hombres exigen la desaparición de un bien sagrado y fundamental como es éste, lo que ha de erradicarse son esas salvajes condiciones afeitadoras, aunque ello implique terminar a la fuerza con los suburbios insanos, con los patronos explotadores y con la injusta distribución de la riqueza, es decir, aunque ello nos obligue a derribar los pilares de la civilización moderna. En la lista de estos falsos y difusos ídolos modernos que Chesterton reprueba por sus nefastas consecuencias, en la olla donde se cuecen estos cultos profanos nacidos del rechazo al auténtico dios intemporal y de la desestabilizadora confusión de ideas resultante, nuestro autor incluye el capitalismo, el socialismo, el feminismo, el darwinismo, el progresismo, el nihilismo, el vegetarianismo, el materialismo, el determinismo, el relativismo, el escepticismo y el imperialismo, entre muchos otros. Pero Chesterton no aboga por volver a un marco teórico apolillado ni por mantener el actual estado descreído de cosas, sino por perseguir con convicción el ideal ortodoxo cristiano porque lo considera un modelo jamás consumado y siempre pendiente, una guía infalible que permite hacer distinciones sanas, fundadas en verdades humanas ancestrales, con las que detener la epidemia de pseudoprincipios corruptores de todo pensamiento robusto y provechoso. Aparte del canon católico que él se ocupa de ensalzar y de expandir, Chesterton también nos recuerda que el pasado histórico está poblado de recios y grandiosos ideales cumplidos o incumplidos, comprendidos o traicionados, fracasados o todavía por probar, que considera preferibles a cualquier pusilánime ideal novedoso que no esté basado en una correcta interpretación del alma humana.

El estilo de Chesterton se apoya en la abundancia de paradojas impactantes y de sorprendentes símiles poéticos con los que ejemplifica sus ideas. Aquí conviene notar rectamente que lo que le erige en el rey de la paradoja no es el mero gusto por hacer chocar el entendimiento del lector contra pirotécnicas contradicciones efectistas, contra juegos espumosos de palabras o ingeniosos trucos de malabarista retórico, que no irían más allá del brillante y divertido manto de luz y sonido y que en el fondo no cobijarían ni verdad ni realidad algunas que pudieran defenderse de manera razonada, sin tener que fiarlo todo a los ornamentos y a las piruetas, sino que merece indiscutiblemente el título de campeón por su extraordinaria capacidad de iluminar y revelar cualquier cuestión compleja a través de una imposibilidad o inverosimilitud semánticas que sólo son absurdas en apariencia y a primera vista, mediante una sintética combinación de planos heterogéneos cuya enigmática contradicción, una vez despejada racionalmente, ahonda con agudeza y sensatez en el problema planteado. Pertrechado con tales armas lingüísticas y cabalgando sobre un recobrado pensamiento sano, Chesterton batalla quijotescamente contra gigantes ideológicos para curar las enfermedades del espíritu moderno: el descontento del optimista que confía en el progreso automático, pero que jamás se siente satisfecho porque nunca llega el día soñado, y el descontento del pesimista que sólo aprecia decadencia por doquier, y que jamás se siente satisfecho porque ya se ha esfumado para siempre el amanecer idílico. Es el suyo un combate alegre y desenfadado contra el amargo nihilismo cancerígeno, una batalla que trata de vencer esgrimiendo las desprestigiadas verdades cristianas, una lucha personal contra toda forma moderna de herejía, es decir, contra la loca proliferación de opiniones equivocadas, que entabla a partir de la ortodoxia más pura, de la opinión siempre y en todas partes correcta. Su obra en prosa se ocupa de buscar una concepción universal de la vida, búsqueda a la que las herejías intelectuales de su tiempo habían renunciado por haberse convertido en una misión imposible y excéntrica, o en una tarea que ellas creían imposible y excéntrica. Los principales representantes de estas corrientes heréticas consideraban, al contrario que Chesterton, que en una época fragmentaria e inconsistente carecía de sentido la fuerte afirmación de una unidad total de sentido y concluían que tan sólo restaba ofrecer ensayos frágiles y provisionales de carácter negativo, estudios detallados y especializados sobre banalidades descompuestas, amargas sugerencias pesimistas que están abocadas a la insignificancia, al balbuceo, al parche, al barullo, al morbo, a la ilusión, a la impostura, al fraude filosófico y al callejón sin salida. Chesterton no acepta ese diagnóstico fatalista ni esa rendición consentida porque, a su juicio, lo que es imposible en todo tiempo y lugar es la vida buena, racional y humana desvinculada de una explicación sensata, penetrante, significativa y útil de esa misma vida. Y lo mejor es que ya no es preciso inventar ni componer ese complejísimo trazado existencial sino tan sólo repensarlo a fondo y hacerlo de nuevo presentable, porque la Iglesia católica se ha encargado desde hace siglos de sistematizarlo y difundirlo, pero también de enturbiarlo y hacerlo repulsivo.

Chesterton equivale en la historia de la literatura moderna al redescubrimiento del cristianismo y a la osada defensa sin fisuras de la ortodoxia. En este punto uno podría desmerecer su pensamiento afirmando que nuestro escritor se limita a repetir la teología cristiana elaborando una desconcertante y forzada interpretación personal del dogma, pero en tal caso también habría que restar valor a buena parte del más meritorio pensamiento hermenéutico del siglo XX, que se “limita”, como si esto fuera poco, a reinterpretar a fondo el antiguo canon de textos filosóficos consagrados, puesto que la única diferencia entre unos y otros radica en que lo que Chesterton trata de entender en profundidad es un primitivo conjunto canónico de textos religiosos. El cristianismo es, para Chesterton, una teoría cósmica creada por Dios y por el hombre que se le presentó a su intelecto como una indescifrable paradoja: al llegar a entenderla de verdad, le produjo la fascinada admiración que una tierra ignota le causaría a un forastero que, al mismo tiempo, sintiera una enorme seguridad familiar al darse cuenta de que el terrible mundo exótico que creía estar descubriendo era su propia tierra natal, la segura y obvia patria del hombre. Porque la aspiración normal del hombre, aquella ambición innata a la que da respuesta el cristianismo, es el deseo de vivir una existencia rica y plena donde la extrañeza sea indesligable del acomodo, donde el asombro poético se combine con la certeza práctica, donde se dé, por tanto, un feliz bienestar maravillado e imaginativo o, en otras palabras, una especie de paradójica burguesía romántica. La razón lógica que carece de buenos principios vitales y que jamás duda de sí misma corre el riesgo de enloquecer, porque trata de explicarlo todo encerrándolo en el círculo de una única y obsesiva simplicidad maníaca que hace al cosmos más indigno que cada una de sus partes y lo vuelve todo confuso, extraño e incomprensible. En cambio, la cordura del hombre normal admite la existencia de ciertos misterios y de este modo puede explicar el resto del universo de una manera sensata, aclarando y facilitando las relaciones humanas, puesto que fija un dogma trascendental que tolera la paradoja, las contradicciones aparentes, el entendimiento del cosmos a partir de lo que no es posible entender, y de esta aceptación del misterio sagrado brota luego en todas direcciones una exuberante y salutífera libertad. El mundo contemplado como lo contempla Chesterton, como un excéntrico regalo inmotivado, como entrega gratuita de un legado, es decir, como gracia de un bienhechor, presupone la voluntad graciosa de alguien que ama al agraciado e implica la alegre sorpresa y la honda gratitud de quien hereda el obsequio, todo lo cual convierte la relación del hombre con el mundo en relación del hombre con lo divino. Por todo lo anterior, el mundo encantado es, en opinión de Chesterton, superior al universo desencantado, aunque esto no es contradictorio con su deseo de que el hombre permanezca anclado en la realidad y en la verdad. Asimismo, el cuento de hadas es superior al tratado científico y a la filosofía moderna, ya que es más razonable, más verdadero, más ético y más sensato. Del mismo modo que le sucede al Dios cristiano, que ha de someterse a las obligaciones lógicas pero puede esquivar las recomendaciones físicas, en el reino fantástico y maravilloso también se respeta escrupulosamente la ley de la razón, no se violentan jamás las necesidades deductivas, se imponen condiciones estrictas a los favorecidos por los dones y además no se cae en uno de los errores del racionalismo científico, que, al confundir las leyes inmutables de la razón con las alterables regularidades fenoménicas, considera de manera sentimental que la necesidad lógica puede extenderse ilógicamente a los hechos contingentes e indemostrables, al mágico y repetido juego de conexiones, asociaciones y transformaciones entre enigmas insolubles, a los arbitrarios y misteriosos fenómenos físicos, que siempre es posible concebir e imaginar de otra manera sin renunciar por ello a la lógica de las relaciones mentales y que en los cuentos parecen acabar de nacer súbitamente en cada instante. Por esa superioridad racional del reino de la imaginación popular, que remite al innato y placentero impulso de asombro del hombre ante la extraña atracción del mundo y a la impresión de que todas las cosas, que podían no haberse salvado del naufragio, están siempre a punto de perderse, Chesterton defiende el emocionante encantamiento de la fea trivialidad cotidiana, la admiración aventurera del entorno más próximo en el que vivimos y que debemos querer cordialmente por ser lo que es: nuestro entorno, nuestro marco, lo que nos limita y nos da libertad. Pero amar lo nuestro no significa caer en el inmovilismo chovinista ni en la exaltación patriotera de los que hacen de lo suyo una teoría inmutable, que defienden por razones pedantes y ponen por encima de todo sin percibir sus defectos, sino pararse precisamente en lo contrario: en un nacionalismo primario y trascendental, en un patriotismo no expansionista fundado en nuestra lealtad previa y precrítica a la familia, el país y el universo, a los que pertenecemos y por los que hemos luchado desde antes ya de ser capaces de aprobarlos o rechazarlos. Es decir, hay que estar dispuesto incluso a destruir y arrasar lo nuestro porque efectivamente es feo y trivial, porque no es como ha de ser, pero con el propósito final de reconstruirlo de forma hermosa y relevante. Chesterton nos impulsa a derivar un proyecto de mejora del abstracto y arbitrario amor sin razones a lo más querido. Amar lo nuestro es también amar lo concreto, querer sus limitaciones, apreciar su contorno. Poseer algo abstracto e indefinido, en constante expansión, no es poseer nada. Ésta es igualmente la supuesta posesión que caracteriza a la noción popular inglesa del imperialismo. El imperialista inglés no ama a su país, a su contorno, a sus fronteras, sino el dominio sobre otros pueblos distantes, así como una representación ilusoria de su patria en tanto nación juvenil, heroica y enérgica. Por eso, lo que el imperialista hace en realidad es destruir la forma de su propio país e impedir todo intento de mejora basado en la desprejuiciada constatación de la imperfecta realidad nacional. Además, en los lejanos territorios conquistados el imperialismo crea una pseudoEuropa cuyo sometimiento le llena de estúpido orgullo, aun cuando la manifiesta debilidad del esclavo y su fácil invasión sólo hacen patente la mengua de fuerza y de grandeza de sus ocupantes. Esta misma concepción absurda de la propiedad la comparte el imperialismo con el capitalismo, pues éste también se funda en la posesión ilimitada, abstracta e infinita, en la ávida invasión de los límites vecinos, en la redefinición de lo suyo y de lo ajeno y, por tanto, en la posesión de nada.

Si Chesterton emprendió una infatigable persecución espiritual, pasando por el agnosticismo, el escepticismo y el anglicanismo antes de convertirse definitivamente al catolicismo, fue por su íntima necesidad de encontrar la Verdad, una verdad sólida, clara, universal y probada. Pese a la empecinada apología de sus principios teológicos, el escritor inglés no era un obtuso fanático. No obstante, y aunque parezca contradictorio, podemos considerarlo una persona intolerante, intransigente y radical porque entre las notas de la verdad está el ser despótica e inconmovible. Una vez que uno se convence de haber hallado la verdad, y siempre y cuando el hallazgo resista las pruebas racionales más duras a las que se le someta y a las que siempre debe estar dispuesto a someterse, lo que viene implícito en su concepto es la necesaria y firme defensa del axioma. Sólo en el caso de que tanto valiera esa doctrina descubierta como aquella otra que difiere de ella, es decir, sólo en el caso de que esa doctrina descubierta fuera falsa, podría uno desinteresarse de su fuerte defensa frente a otras doctrinas competidoras y dejarse mecer en una turbia confusión condescendiente. Pero la verdad no tolera mentiras, ni transige con las falsedades, ni acepta útiles superficialidades fragmentarias de usar y tirar, sino que exige por sí misma su impositiva y elemental reafirmación frente a los credos hostiles que intentan refutarla. En lugar de las vaguedades éticas modernas y los ambiguos discursos metafísicos contemporáneos, en muchos casos religiosa y hasta moralmente neutrales por mor de un pretendido rigor científico, los cuales no permiten la discusión racional porque no presentan un frente claro contra el que impactar, Chesterton defiende la demarcación de una frontera inconfundible contra la que puedan chocar otros credos igual de definidos, puesto que esta separación precisa y rotunda es a la vez la que facilita el acercamiento, el acuerdo y el respeto de las posiciones. La misma línea que separa las posturas teóricas es la línea que las une, que las define y que hace posible la comprensión de las unas por las otras, comprensión de la que se deriva la aprobación o el rechazo, mientras que cuando falta esta nítida línea fronteriza entre las convicciones fundamentales del hombre falta todo lo demás. Esta no es, por tanto, la ciega postura enrocada del obtuso recalcitrante porque Chesterton siempre mantiene una actitud abierta y comprensiva, es decir, está siempre abierto al debate público y privado, a argumentar polémicamente por qué lo que él defiende es superior al resto, a rebatir uno por uno los argumentos contrarios, a explicar y aclarar una y otra vez su inamovible postura cerrada, y asimismo se encuentra siempre comprendiendo, englobando, subsumiendo las estrechas y falsas ideas ajenas en su más amplio, aclarador, consistente, explicativo y verdadero esquema conceptual, pues al ampliar el contexto teórico, hasta alcanzar las máximas dimensiones intensivas y extensivas, sucede que las supuestas verdades dejan en evidencia su auténtica falsedad, su incapacidad para dar cuenta con coherencia de todos los datos disponibles. La habitual asociación entre dogma y fanatismo es, así, rebatida por Chesterton y replanteada en el sentido de que lo auténticamente racional es la rígida doctrina definida, el plan determinado y resuelto, la rectitud limitada e integradora, mientras que lo irracional o poético sería la vaga orientación, la tendencia inconcreta y la curvatura infinita, es decir, las dudas decadentes y las atmósferas ficticias, que son las que en realidad arrojan a los hombres en brazos de esa caprichosa división fanática que produce sordas divergencias individualistas donde habrían de darse atentas colisiones colectivas.

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3 comentarios

  1. Encontrar un artículo tan chestertoniano sobre Chesterton me ha reconciliado con JotDown. Posiblemente, mi fe me ha salvado.

  2. Se dice en el texto que Dios se tiene que someter a las leyes de la lógica, o que no puede menos que sujetarse a ellas.

    Bueno, eso es al menos lo que intenta la teología. Otra cosa es que lo logre. Ahí, efectivamente, hay que seguir a Chesterton en la actitud, y prestarle atención al problema en, por decirlo así, el seno de uno mismo. No hay por qué, sin embargo, tirar por el camino de la fe, es decir, el de la aceptación sumisa de la cuadratura del círculo. Ese Dios-lógico tendrá que ser causa, primera, última, da igual; y por tanto Él mismo Todo. Y siendo Todo querrá ser infinito. Es ahí dónde se juega la batalla. Puede decirse de lo sin fin, de lo que no tiene fin, que es Todo?

    Esto lleva, claro, a la cuestión de la inutilidad del ateismo, que se limita torpemente a tener por no dado a Dios.

  3. Walden13

    Para BigEd:

    El análisis, como inútil, que del ateismo realiza en su comentario (in fine) es más bien pobre.

    Y es que, no se trata de que el ateismo entienda al ente «Dios» como no «dado», sino que, parte de tal corriente de pensamiento simplemente asesina a Dios, concurriendo legítima defensa como causa de justificación.

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