Daniel Zamora: Chesterton o la eterna verdad suprema (II)

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En época de Chesterton, la Iglesia católica ya era una institución unánimemente vilipendiada en los medios intelectuales “a la última” y, por tanto, constituía una impensable osadía suicida o una mera excentricidad provocadora elaborar y publicar una defensa seria y decidida de todos y cada uno de sus rancios dogmas trasnochados, aun cuando se hiciera bajo la especie del relato autobiográfico de una conversión religiosa. Pero Chesterton no se limita tan sólo a la resistencia y al enroque en una débil posición de inferioridad en un búnker teórico asediado por los potentes ejércitos materialistas y nihilistas, sino que se atreve a abalanzarse a pecho descubierto contra el enemigo para afirmar con convicción absoluta la superioridad de la verdad católica sobre los más “avanzados” sistemas filosóficos del momento, sin arredrarse a la hora de presentar razones bien fundadas para creer en Dios, en Jesucristo y en la Inmaculada Concepción. No sólo la defensa de esta suprema verdad permanente hace de nuestro escritor un antimoderno prototípico sino también su querencia por el límite, por la finitud, por lo concreto, sin los cuales no hay razón, ni arte, ni, en suma, instalación humana en el mundo. O, dicho con más precisión, incluso la idea suprema presupone una idea “más” suprema todavía: la noción del límite de suyo, sin la cual no serían posibles los seres, las ideas y las verdades, y así es que incluso el mismo Dios ha de doblegarse a los límites racionales. La razón está por encima de Dios y, por ese motivo, la Iglesia es un artefacto consecuentemente racional. El combate de Chesterton contra las erróneas doctrinas modernas, como el racionalismo o el cientifismo, tiene lugar desde la fe católica, pero esta fe sobrenatural no es incompatible con la razón, la cual sería a su vez una cuestión de fe, sino que presupone la razón y los límites naturales puesto que Dios es racional y no permite que en ningún mundo del universo los círculos sean cuadrados, dos más dos dé cinco o al amanecer anochezca. Tal como Chesterton la entiende, su teología periodística sería buena teología porque no prescinde de la razón sino que tan sólo evita reducirla a las estrecheces racionales de sus enemigos espirituales, de aquellos que, al contrario de lo que cree la opinión general, no defienden la razón frente a la Iglesia sino que atacan el amparo que ésta le ofrece, puesto que la deriva escéptica del racionalismo le lleva a cuestionarse incluso su propio instrumento, a destruir racionalmente la razón, a demoler los límites incuestionables que fueron establecidos con el fin de proteger al pensamiento de sus tendencias autodestructivas. Chesterton constata que es necesaria una doctrina trascendente, inmutable, permanente, indestructible y obvia que afirme la sacralidad humana y blinde así a los hombres de las posibles justificaciones a las que recurren los autores de las violencias y abusos que se cometen constantemente sobre ellos. Y ese hombre ideal, ese ejemplar perfecto a salvo de los cambios, de los caprichos y las modas, ya lo ofrece la Iglesia desde hace cientos de años como modelo definitivo. Para Chesterton la religión cristiana es una doctrina cósmica superior al resto de creencias y ha de ser defendida por ser verdadera. Y es verdadera porque la Iglesia es, en su opinión, una lúcida institución perenne que recoge, cuida y difunde el tesoro de experiencias humanas de varios milenios y de millones de seres y que, por tanto, funciona como un gigantesco plano donde se señalan aciertos y errores mil veces comprobados, como una detallada y clara descripción de buenos caminos y de sendas fracasadas, como una sabia anticipación de situaciones ya profundamente pensadas y de las que se ofrece la mejor respuesta en virtud de ese ingente cúmulo de experiencias. La Iglesia sería, de este modo, un depósito ancestral de puro sentido común. Puesto que la Iglesia ha de corregir racionalmente al hombre en toda época y lugar, ha de considerar las características humanas inalterables y no ha de adaptarse a tiempo histórico alguno. La Iglesia no es conservadora en el sentido de que conserve determinadas ideas, leyes o costumbres del pasado, sino en el sentido de que se conserva a sí misma en tanto transmisora de un saber eterno, que no ha tenido lugar en ningún período del pasado y que, por eso mismo, nunca puede pasar ni desvanecerse como las efímeras palabras temporales. Por eso Chesterton defiende el carácter insuperable del utópico mensaje cristiano: el proyecto cristiano no puede ser rechazado por razón de su inviabilidad práctica porque jamás ha llegado a cumplirse. Permanece aún como una promesa pendiente, como meta de organización mundial, como una posibilidad suprema que ha de ser desarrollada en el mundo histórico. Además, gracias a su verdad justa, abstracta y trascendente impide que se considere al hombre como un ser evolutivo, es decir, como un no-ser que quedaría expuesto en todo momento a la conversión en objeto de cualquier abuso por parte de los más poderosos, puesto que si el hombre no posee una esencia fija e invariable entonces su naturaleza puede ser manipulada y deformada a la fuerza hasta transformarse en distintas especies desvalidas de criatura, y a su vez estas violentas alteraciones externas podrían ser justificadas y toleradas en nombre de la adaptación de lo indeterminado a determinadas condiciones tiránicas. De este modo, cualquier proyecto de nuevo hombre amenaza con inventar al nuevo esclavo. Y todo ser sostenidamente abierto a la posibilidad de ser cualquier otra cosa se abre también a la posibilidad de encajar en cualquier opresión, de soportar cualquier tormento y acomodarse a cualquier injusticia.

Por si tanto beneficio institucional fuera poco, la Iglesia se encarga también de equilibrar en su seno las fuerzas más soberbias con el fin de aplacarlas y sujetarlas, y lo hace enfrentando los sublimes extremos en su extrema pureza en lugar de mezclarlos para obtener el tibio término medio que propugnaban los moralistas clásicos. La contradictoria naturaleza del cristianismo, al que paradójicamente se le acusa de ser al mismo tiempo manso y belicoso, ascético y exuberante, humilde y orgulloso, sólo se explica porque la sabiduría cristiana comprende la diversidad humana mejor que ningún sistema reduccionista y, por consiguiente, se adapta a ella con más pertinencia. Asimismo, las sutiles complejidades del credo cristiano tienen su origen en el hecho de que su elaborado sistema no sólo se adapta a las sencillas verdades lógicas sino también a las absurdas irregularidades de lo que está torcido. La doctrina de la Iglesia sería, así, una ley sana que contiene en sí misma sus propias excepciones, las morbosidades y los errores a los que también hay que dar respuesta comprensiva, aceptándolos tal y como son y dándoles un cauce controlado para que se explayen en libertad y sin peligro. La Iglesia no impone un único y estrecho punto de vista, como por ejemplo el deber de concentrarse obsesivamente en un principio ascético fanático, que impediría la expresión de todo carácter suntuoso y expansivo, sino que concede vía libre, dentro de unos determinados términos seguros, a ambas naturalezas excesivas, contrarias e incompatibles con el fin de que se manifiesten en toda su grandeza y esplendor para admiración del mundo. Así como el cristianismo persigue a su manera un término medio, con el propósito de establecer un orden normal y cuerdo sustentado en el sentido común, pero renuncia al moderado equilibrio disolvente del antiguo mundo pagano y prefiere hacer entrar en furioso y épico conflicto los impulsos de los extremos aparentemente contrarios, que ha conducido a su vez al más exacerbado y poético grado de pureza, por ejemplo, el amor y la ira, la humildad y el orgullo, la santidad y la belicosidad, la mansedumbre y la fiereza, la piedad y la severidad, con el propósito de obtener un delicado equilibrio irregular que aproveche las virtudes de todos los grandes caracteres positivos sin que unos principios invadan de forma imperialista la esfera de los otros, así también hace lo propio con el hombre y con dios, de tal suerte que Cristo no es un híbrido formado por la insípida mezcla de ambos seres o una nueva especie ontológica que los supera, sino, al mismo tiempo, un hombre muy humano y un dios muy divino, con la peculiaridad de que se trata de un paradójico rey rebelde, de un creador sublevado contra sí mismo, de un seguro fiable que duda de su propia fiabilidad, en suma, de un dios que una vez fue ateo. Este equilibrio deforme logrado por la ortodoxia es peligroso y emocionante porque cualquier minúscula variación conceptual puede arrastrar al furioso predominio de una única idea, que se erigiría en falsa religión y exterminaría al resto de principios. Pero mientras esta catedral gótica doctrinal, mientras esta estricta organización liberal del espíritu se mantiene en pie, el resultado es la libertad, la igualdad, la pluralidad, la tolerancia y la sabia vigilancia de las más diversas, monstruosas, ardientes y terribles ideas. Así, la interpretación del sentido y la misión de la Iglesia por parte de Chesterton consiste en la trasposición de su fe absoluta en la organización política propia de la democracia liberal al terreno espiritual, donde su fe absoluta apunta a la organización religiosa propia del cristianismo católico.

El hombre, en opinión de Chesterton, tiene tres opciones esenciales ante sí: puede idolatrarse a sí mismo y, por tanto, sumergirse en un apático aislamiento, en la injustificada soberbia de un falso dios sin poderes divinos, para lo cual tanto da que ese ídolo venerado sea un solo individuo egoísta que no se diferencia del venerador o sea la indistinta comunión universal, que convierte al cosmos en un solo individuo egoísta que no se diferencia del venerador; puede adorar e imitar a la naturaleza y, por tanto, también a su terrible rostro negativo, a su despiadada locura sangrienta; o, para evitar este dilema, puede separar a Dios tanto del Yo como de la Naturaleza y situarlo más allá de éstos, como un sostén creador distinto e inalcanzable, como el artista o la madre que separa su identidad de la identidad de la obra que se desprende de sí, desplazando a la naturaleza de su antiguo puesto pagano como solemne autoridad materna que hay que emular y colocándola en una nueva posición jerárquica, en tanto bella hermana menor del hombre, que éste tiene el deber de admirar y elogiar sin obedecerla ni tomarla como ejemplo. La complejidad del orden del universo se explica de manera más racional suponiendo que el causante de tantas maravillas es un creador personal y no una azarosa disposición espontánea e impersonal que, de forma milagrosa, por una infinitud de increíbles coincidencias, configura y mantiene la complicadísima organización racional de todas las cosas. Gracias a esta tercera opción, que es la útil opción cristiana, porque todo el cristianismo consiste en un sistema de separación emancipadora de las confusas y opresivas nociones paganas y ateas, el hombre es capaz de enfrentarse al universo a la vez que conserva su amor por él, superando así los problemas de la conformista paz del optimista y de la amarga guerra del pesimista y dando sentido al cosmos, que deja de ser una vastísima cárcel inerte, gélida, monótona y vacía para convertirse en un ajustado lugar extravagante, intenso, libre, exótico y prodigioso, en el que el hombre se reconoce como un asombrado y feliz monstruo inadaptable que sobrevive en el sitio equivocado, adonde arribó tras un naufragio originario junto a un limitado número de precarias reliquias rescatadas.

La diferencia fundamental entre Chesterton y las doctrinas filosóficas y científicas que dominaban en su tiempo es que éstas renuncian a los complejos ideales fijos, a los modelos abstractos incuestionables y lo convierten todo, desde la noción de hombre a la de justicia, desde el concepto de libertad al de rebeldía, en mera variación, tránsito, tendencia, evolución, historicidad, desarrollo, instantaneidad, sucesión, indeterminación, devenir y precariedad, lo que, paradójicamente, impide no sólo la conservación y el mantenimiento del estado de cosas sino también el cambio súbito, la acción emancipadora, la reforma y la revolución porque anula la convicción del agente, lo vuelve conformista y lo deja sin nada a lo que apuntar ni nada desde lo que juzgar. La solución que da la Iglesia a este grave problema consiste en situar la compleja norma ejemplar en el Edén, en el “origen” atemporal y trascendente, de tal manera que hace posible que el hombre ortodoxo que ha sido arrojado a la tierra esté siempre dispuesto a la presta restauración de esa visión idílica, artística y proporcional que ha perdido desde antes de su nacimiento, pero que permanece a salvo de cualquier trastorno histórico de valores, puesto que ese bien previo a todo desarrollo temporal siempre será el Bien, por mucho que cierta época posterior lo considere malo o carente de interés o tenga por bueno lo que la norma fija denuncia como pecado. Junto a esta importante resolución, la Iglesia no deja de tener en cuenta que la mente gobierna la materia y que toda materia que se abandona a su suerte no tarda en decaer, en degenerar y en deteriorarse. Por tanto, se precisa una doctrina como la del pecado original y la consecuente caída y condenación del hombre, un credo que predique que todas las almas son débiles y se encuentran en un riesgo constante de perderse, con el propósito de que el hombre se mantenga siempre alerta y desconfiado y en una revolución permanente, como la que caracteriza a Cristo, ese dios de bondad que fue a contracorriente, evitando así que el bien se tergiverse y que las instituciones humanas se corrompan. Esta desconfianza vigilante frente a toda clase de poder y de riqueza a que obliga el dogma cristiano, por ser las organizaciones políticas y los ricos magnates propensos por naturaleza a los abusos y las injusticias, es la misma a la que obliga el liberalismo político clásico, aunque la justificación a la que remite cada doctrina se origine en cada caso en su peculiar fundamento. Aquí el fundamento democrático cristiano surge de las ideas que afirman que la maldad reside en la libre decisión del hombre, no en el ambiente en que está inmerso, y que ningún hombre vale más que ningún otro, ocupe la posición que ocupe en la jerarquía social de que se trate. Por tanto, ni el poder ni la riqueza que rodean a los principales dirigentes políticos y financieros de la tierra los hacen más incorruptibles, sino, al contrario, más amenazados de hundimiento moral porque ya se han dejado sobornar en numerosas ocasiones por las corruptoras seducciones mundanas.

Al considerar racionalmente multitud de pequeñas evidencias enmarañadas, Chesterton observó la coincidencia entre la manera en que se le presentaban estos hechos a su razón y la interpretación que de ellos daba la ortodoxia cristiana, mientras que las explicaciones que ofrecían las ciencias positivas y las sofisterías metafísicas no le satisfacían en absoluto porque no daban razón de toda la complejidad de cada hecho. La biología, por ejemplo, puede afirmar el parentesco entre el hombre y el animal porque ambos, ciertamente, comparten muchas características biológicas, pero la religión puede afirmar el hecho evidente de que, por muy parecidos que sean, media un abismo entre el excéntrico monstruo que es el hombre y el resto de los seres vivos, un salto ontológico inexplicable que los hace distintos e irreductibles y que pesa más que sus incontables similitudes. La historia, a su vez, pretende dar cuenta de lo que ella cree que fueron el ignorante terror y las costumbres crueles del hombre prehistórico, de los que supuestamente brotaron las religiones, pero ninguna ciencia histórica puede referir con pruebas el auténtico sentido de la existencia prehistórica, mientras que todas las antiguas leyendas de la humanidad coinciden en describir unas eras primigenias pacíficas y felices que decayeron antes de la aparición de las grandes civilizaciones, una primera y catastrófica caída original del hombre justo en el momento en que éste entró en la historia. También es corriente la acusación pro científica de que los sacerdotes han deprimido y oscurecido el ánimo de los hombres a lo largo de los siglos para manipular a los pueblos en su propio beneficio, cuando lo evidente es que donde aún los sacerdotes cristianos tienen cierta influencia es donde más alegre y lúdica se muestra la gente, puesto que ésta, a pesar de lo poco atractivo de la guardia profesional y de los deberes éticos que impone la Iglesia, cuenta con la muralla protectora de la religión, con el refugio racional del dogma, con la luz que despeja y organiza las tinieblas primitivas. En el interior de esta ciudadela defensiva se resguardan los viejos festejos paganos que han sido rescatados por el cristianismo y allí los hombres pueden vivir racionalmente porque, aunque sus muros los encierran y los limitan, al mismo tiempo los alejan del asedio de los terrores abisales del cosmos y de las angustiosas brumas ignotas al dar sentido a todos los detalles de la existencia, al poblar el mundo de maravillas controladas y previstas, al ofrecer extrañas verdades repelentes e impopulares que con el tiempo se van revelando como las más prudentes, sensatas y populares guías vitales. Así, la desesperación humana frente a un cosmos absurdo, mudo e indiferente es combatida y derrotada por esta autoridad delimitadora, la cual le da al hombre la posibilidad de aventurarse por mil asombrosos senderos trazados de antemano, por caminos que pasan por emocionantes estaciones significativas y conducen a determinados destinos cualificados, en lugar de vagar anárquica y melancólicamente por una desierta infinitud sin relevancias. Mientras que las despóticas divinidades paganas hacían al hombre capaz de gozar pública y concentradamente de las pequeñeces actuales de la vida, así como de espantarse y lamentarse colosalmente de la helada miseria del conjunto, el cristianismo lo capacita para combatir con reducida tristeza los hechos seculares y para apreciar en secreto y con expansiva alegría la totalidad del universo. Es decir, el dios cristiano, en opinión de Chesterton, pone del derecho al hombre que estaba del revés.

De la misma manera que Chesterton renueva la visión esclerotizada convencional sobre el cristianismo, mediante la aplicación de su moderno liberalismo revolucionario a las teorías cósmicas arcaicas, también persigue el redescubrimiento del sentido vital oculto del resto de instituciones, costumbres, ritos y tradiciones principales del hombre, especialmente de aquellos que a la mentalidad moderna se le antojan más rancios y anticuados. Así, entre los ideales eternos de los hombres normales Chesterton incluye, por ejemplo, el deseo casi universal de poseer un hogar modesto y acogedor, un cálido rincón doméstico, un pequeño reino en el que establecer las propias reglas, un lugar soberano y protector donde uno pueda ser libre de las numerosas reglamentaciones que se sufren en los espacios públicos y que se deje modelar como un objeto artístico según el gusto de cada propietario. Pero esta típica casa familiar ha de ser una verdadera casa, es decir, no deberíamos conformarnos, más que provisionalmente y debido a urgencias excepcionales, con esos sucedáneos de casa que son la colmena de pisos o las viviendas adosadas, puesto que nuestro hogar ha de estar aislado del resto y firmemente asentado en la tierra para que pueda hablarse de un auténtico hogar. Pero también lo que aparentemente es más indefendible, o sólo defendible desde un punto de vista retrógrado, es propuesto por nuestro orondo escritor con sensatez, racionalidad, gracia y persuasión. Quizá el ejemplo más extremo y paradigmático de tan osado procedimiento argumentativo sea su apología de la negación del voto femenino, idea escandalosa e infame que ningún intelectual se atrevería a expresar en público y menos aún basándola en serios razonamientos. Para entender lo que en el fondo dice Chesterton al pretender que las mujeres se mantengan alejadas de las urnas y, en general, de la esfera política, conviene reescribir su idea en forma condicional: Votar es, en último término, una imposición colectiva. Votar no es otra cosa que votar a favor de hacernos responsables de las cosas agradables y desagradables, duras, sucias y brutales, que los gobernantes de turno realizarán en nuestro nombre, como, por ejemplo, algo tan poco femenino como ejecutar una pena de muerte. En el interior de la capucha del verdugo público que le corta el cuello al reo se esconde el rostro de cada ciudadano con derecho a voto porque el voto no es algo limpio, etéreo y desvinculado. Si el voto ha de seguir implicando un serio y grave compromiso con todas y cada una de las decisiones gubernamentales de una democracia, siempre y cuando sean legales y justas, y si la mujer ha de seguir siendo femenina en el sentido tradicional del término, el cual no significa blandura, languidez o melindrería, entonces hay que proteger la amenazada feminidad de las mujeres alejándolas de la toma de decisiones desagradables. Ahora bien, y esto se encontraría implícito en el argumento de Chesterton para amortiguar el previsible escándalo, si ya ha dejado de importarnos la feminidad de las mujeres, y si a los hombres actuales les gusta el sexo opuesto aunque se haya vuelto tanto o más masculino que el varón, entonces no hay inconveniente en que las mujeres voten y se pringuen, es decir, en que se manchen de sangre, se embrutezcan y se responsabilicen en última instancia de los actos duros, agresivos e insensibles que ha de llevar a cabo el Estado. Pero cabe igualmente la posibilidad de que las mujeres votantes conserven sus virtudes femeninas sin rendirse a la triste emulación de la brutalidad masculina, siempre y cuando el sentido fuerte del voto del que habla Chesterton se desvirtúe y desnaturalice. Si el acto de votar se transforma en un gesto inocente y angelical que no conlleva auténticas consecuencias, si introducir la papeleta en una urna ya no nos ata a las ásperas resoluciones gubernamentales futuras y el votante puede olvidarse de su gesto en cuanto abandona el colegio electoral, como si con esa acción tan sencilla ya hubiera cumplido con sus deberes democráticos y no fuera entonces cuando en realidad comenzara el episodio más difícil, entonces qué más da a qué categorías de seres humanos se les permita votar, puesto que votar y no hacer nada significativo serían ya formas de decir lo mismo.

El personaje novelesco más conocido de Chesterton es el Padre Brown, protagonista de varios ciclos de relatos policiacos cuyo paisaje moral o trasfondo filosófico son los habituales en la obra del inglés, aunque aquí se encuentren algo atemperados y ligeramente camuflados por la intriga misteriosa. El Padre Brown, ese hombre insignificante de aspecto común que en no pocas ocasiones deviene un tipo vulgar, ese humilde sacerdote provinciano aparentemente despistado, manso y melindroso, ese cándido paleto desastrado con aficiones detectivescas, no es otra cosa que una encarnación humana ficticia de la mismísima Iglesia católica. Pues si esta institución imperecedera atesora provechosas experiencias milenarias, el cura detective atesora provechosas confidencias escuchadas a los fieles cristianos de su parroquia en sus muchos años de servicio clerical, es decir, numerosas y hondas experiencias ajenas respecto al mal y al crimen de las que aprendió el proceder psicológico de los malvados y que emplea hábilmente en la resolución de los casos policiales. El Padre Brown es un inteligente ministro del bien que, por el hecho de serlo, no sólo posee un conocimiento superior acerca del bien, como sería de esperar en un eclesiástico, sino también, gracias a la penitencia y a la confesión, un conocimiento acerca del mal, es decir, acerca de la completa naturaleza humana con todos sus abismos y negruras, mucho más profundo, crudo y verdadero que el de los cínicos y amorales que presumen de coquetear con las fronteras infernales, porque él sí que ha tratado frecuentemente con ellas y, gracias a esta familiaridad vicaria con el maligno, puede combatir el crimen armado con la astucia criminal del propio diablo. En las entretenidas historias del Padre Brown, sin embargo, la aplicación de estos saberes siniestros no suele llevarse a cabo a través de espectaculares y complejas deducciones lógicas que sólo están al alcance de aristocráticas mentes geniales, como acontece en muchas novelas policiacas de suspense, sino utilizando un ingenioso, modesto y democrático sentido común del que cualquiera dispone, con el fin de resolver, mediante una sencilla explicación natural, lo que hasta entonces se antojaba inexplicable y demoníaco. Pese a su condición clerical y a lo enigmático de los casos a los que suele enfrentarse, el Padre Brown no recurre a explicaciones milagrosas o sobrenaturales, es decir, a esas falsas explicaciones que son propias de los relatos de fantasmas pero impropias de los relatos de detectives, como cabría pensar de un autor tan militantemente cristiano como Chesterton, sino que se limita a hacer más amplio cierto contexto unilateral y angosto, que hasta el momento de su intervención se estaba considerando con la estrechez de la mirada racional convencional, o bien se dedica a variar la perspectiva desde la que se venía contemplando el problema, para iluminarlo con una nueva luz reveladora que respete escrupulosamente las exigencias de la realidad, pues éste es también el modo innato de pensar y razonar de su creador. Como la pasión de Chesterton por la paradoja y la reducción al absurdo es irrefrenable, también aquí hace expresar a su perspicaz protagonista desconcertantes asertos en apariencia contradictorios, imposibles o inverosímiles que causan el asombro de sus oyentes, al menos hasta que éstos advierten que la contradicción, la imposibilidad o la inverosimilitud sólo existen en la manera de expresarse del sacerdote, pero no en la verdad significada por los ingeniosos términos. Si Sherlock Holmes representa el triunfo de las deducciones científicas insensibles, fundadas en el rigor empirista y materialista, y Auguste Dupin simboliza el éxito analítico de la lógica pura, que en su caso se sostiene sobre una excepcional empatía poética, el Padre Brown encarna la lógica no impasible, ni fría, ni inhumana, ni restrictiva. El juicioso detective de Chesterton, que en el fondo es su alter ego novelesco, no se erige en el abanderado de una mal entendida lógica ilógica, elitista e idealizada, sino en el campeón popular de una lógica entusiasta, afable, humana y apasionada, así como en el promotor de un realismo en sentido amplio que toma en consideración todos los aspectos de la realidad, incluidos los poéticos y filosóficos, y no únicamente aquellos detalles prosaicos que un prejuicio irrealista subliminal aprueba como realmente reales.

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1 comentario

  1. adolfo

    Lean a Leonardo Castellani señores.

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