Rubén Díaz Caviedes: Los e-books de Berlusconi

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Berlusconi_stencil cc Jacopo Werther
Fuente: CC / Jacopo Werther

Sin pretender ponerme a emitir sentencias cual si fuera yo aquí un Oscar Wilde de la vida, les diré que a fecha presente pienso —porque es posible y deseable que esto cambie con el tiempo— que el hombre más poderoso es el que consigue sobrevivir a sus propias contradicciones. Y me explico. Cuando en el futuro, si lo hubiera, los e-books de historia reseñen la figura de Silvio Berlusconi estoy seguro que lo harán como los nuestros analógicos suelen con Fernando VII, por ejemplo, o el papa Alejandro VI. Nos contarán que pese a monarca deseado entregó su país a los franceses, como hizo el rey Borbón, o que era un putero sin complejos que obraba con descaro y menos miedo que vergüenza, como el papa Borgia de Játiva. Pero no nos explican qué maña se dieron ni cómo coño lo hicieron para alzarse y triunfar en el mundo actuando precisamente así: mintiendo abiertamente.

No por constituir el ADN de la política la mentira deja de ser un tema muy simple. Tanto la clave de que funcione como su propio significado residen en hacerlo sin que se note; mentir y que se note no es mentir, sino ejercer la hipocresía. Que es un arma poderosa, sí, pero también muy peligrosa. Suele estar en el top ten de lo que las personas odiamos más y se vuelve con frecuencia contra quien la utiliza. No hay test de la Psychologies, quiero decir, ni televisiva encuesta a pie de calle sobre qué es lo que menos te gusta en una persona en la que la hipocresía no se acabe alzando en el primer lugar, sólo a veces desplazada por algún otro trending topic imperecedero como la injusticia. En la historia, no obstante, no abundan pero sí redundan los personajes que mintieron y lo hicieron no de baracalofi, sino abierta y alegremente. Ejerciendo sonora y públicamente la contradicción y lo que es más revelador; sobreviviéndola. Y Berlusconi, lo que les digo. Consiguió a finales del siglo XX y principios del XXI —parafraseando a esos futuribles e-books de historia de los que antes les hablaba— construir un emporio empresarial de ingentes proporciones y una fortuna personal casi igual de monstruosa en base a la corrupción política, preexistente en unos casos e inventada en otros por sí mismo, y a la elusión de sus responsabilidades con la ley mediante la perversión personalista e indisimulada del sistema judicial. Acuñó su poder en tantos poderes fácticos existieron en la época —políticos, económicos, mediáticos— y lo hizo, además, ante la estática indiferencia de una sociedad que por aquella época —finales del XX, principios del XXI— se significaba precisamente por su alto grado de sensibilización política y democrática. Y atentó, para acabar de rematarla, contra las dignidades aparentes e indispensables en el hombre de según qué clases sociales, apuntalándose la cara a liftings e implantes capilares de solvencia bastante dudosa que con frecuencia aderezaba con looks ibicencos con ascendente a Miami Vice y blancas bandanas con estampados de fantasía. Esto o algo parecido dirán los e-books de Il Cavaliere aunque, está claro; lo mismo que de Calígula se cuenta lo del caballo pero no los aburridos desmanes de su política fiscal, por ejemplo, los de Berlusconi incidirán no en lo importante, sino en lo mucho que le gustaban las menores de edad, por ejemplo, en sus happenings orgiásticos y en que se hacía rodear de una cohorte de hieródulas, modo filoclásico de decir putón desorejado, que se encaramaron al poder con tan solo pasarse al viejo por el arco de Trajano.

Pero, ¿cómo lo ha hecho? Misterio. Algunos apuntan a los endemismos propios de la política italiana y otros a la inexistencia de una réplica solvente por el lado izquierdo del dirigir. Yo ni idea, miren, aunque señalar a los abstractos nunca me ha parecido una gran manera de razonar. Me quedo, por quedarme con algo, con la noción de que la historiografía es seguramente menos perversa de lo que hasta ahora yo pensaba porque, no sé si se dan cuenta; Berlusconi ha demostrado que no es que la historia perdone los pecados olvidándolos, sino que en algunos casos esos pecados ocurrieron con la complacencia y el asentir de sus coetáneos. Lo que, siendo puristas, hace que no sean pecados. Le pasó a Fernando VII y le pasó a Alejandro VI. Y le pasará probablemente a Berlusconi. Se han granjeado el derecho a que lo más reseñable de sus villanías no sean las villanías en sí mismas, sino el enorme talento político y mérito innegable que requirió el poder acometerlas. Y eso, querida amiga, no se puede decir de cualquiera.

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5 comentarios

  1. Surcador

    ¿Nerón y caballo? Fue Caligula creo recordar el que hizo cónsul o senador a su caballo

  2. Muy cierto. Calígula era el del caballo y Nerón, el de la piromanía. Nos ha patinado el nombre. Corregido queda y apuntada la fe de erratas. Muchas gracias por el aviso.

  3. Manudo

    Bárbaro.

  4. Quizá (me encanta empezar las frases con «quizá» o «quizás», como más gusten, porque después no tengo que demostrar nada) le fue tan bien a Berlusconi porque no hay que esperar a los historiadores para que se hable más de lo menos importante (los pecados privados) y menos de lo más importante (los pecados públicos), sino que hoy mismo lo que da de hablar son las orgías con menores, la ostentación, el lujo hortera… Lo cual es más perdonable. Sobre todo para aquellos que sueñan con riquezas ingentes, orgías con menores, etc., y no concebirían otro lujo que no fuera el lujo hortera. Porque la gente en general es muy hortera. En fin, Berlusconi comprendió que todos llevamos dentro un Homer Simpson que, cuando le cuentan cómo un presidente se convierte en cacique de toda una nación poniendo a sus pies todos los poderes fácticos de la misma, dice «Me abuuuuuuuuurro» y, cuando le hablan de fiestorros con jovenzuelas y abundancia de «bunga bunga», dice «Jo, qué tío».

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