El obrero danés que se lamentaba de su melancólico ser-en-el-mundo (¡nui!)

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«Aceptaré a Lars Von Trier el día en que le den el alta médica» (en la primera parte) y «ésta puede ser una hermosa metáfora de una necedad de tamaño planetario» (en la segunda) fueron la clase de pensamientos que, en contra de mi políticamente correcta voluntad biempensante, repetía para mí todo el rato mientras el pasado fin de semana miraba Melancolía, visionado que afortunadamente hice en casa con amigos, y que por tanto ayudó a salvar el marronaco en la medida que permitía maliciosos comentarios en streaming y humorísticos doblajes sobre los torpes papeles de sus personajes. Me explicaré.

Si hay un detalle que como consumidor cultural detesto, ése es el discurso del poeta romántico, mucho más cuando aparece elaborado y trasladado de una manera inconscientemente hortera a nuestro tiempo, precisamente porque la subjetividad romántica constituye hoy la minoría de edad emocional en el arte, gracias a la cual se siguen justificando y perpetrando toda clase de atrocidades humanísticas. Para explicar esto siempre pienso en el gag que Eloy Fernández Porta cuenta en su libro Eros para narrar la progresiva devaluación del sentimiento de vacío. Definido como «emoción exclusiva y singular que denotaba profundas cualidades psicológicas y estéticas, decorando a sus portadores con un aura de marqués en bancarrota», el vacío comienza a popularizarse por los publicistas «Jean Paul Camus» y «Albert Sartre» como subjetividad de lujo —«el código sensitivo de las personas más refinadas»—, y da al traste como tal el día en que un obrero del barrio madrileño de Usera agarra un Don Balón a la hora del café y resopla: «¡Me siento vacío!», haciendo de este sentimiento la misma especie de falsificación de la marca que avergüenza a sus consumidores originales, obligándolos de algún modo a cambiar de indumentaria. Eso mismo es lo que ocurre con la melancolía de Von Trier, sólo que en su caso se apropia de una subjetividad que debería llevar varios siglos pasada de moda. (Esto, por lo demás, habla peor del aura de marqueses en bancarrota que aplaude semejante guarrería sentimental, antes que del propio publicitario de Lars, que, tocado o no, probablemente ya se haya dado cuenta de que su tristona cinta es la nueva amélie de las subjetividades de lujo para emos adultos y postadolescentes, si bien el público parece no haberse enterado aún, y él sigue rebozándose en reconocimientos.)

Melancolía, para entrar en detalles, es un despropósito a la altura del Cisne negro de Aronofsky, que además de volver a la archimanida idea del arte como experiencia trágica de salvación y sublimación de una psique incomprendida, encontraba a su espectador potencial (al igual que la cinta de Von Trier) en aquella especie animal descrita por Cristóbal Fortúnez —actualmente uno de los mejores sociólogos en activo con su blog Fauna Mongola— a partir del eslogan «Yo es que soy bipolar»: «La frase en sí ya es para ponerse en guardia: El 100% de las personas que la pronuncian no tienen la desgracia de padecer esta enfermedad mental, y según mi diccionario mongol-español significa «hazme caso a toda costa o te obligo», y suele utilizarse como coletilla para justificar o disculpar un comportamiento egocéntrico y desconsiderado. Otras acepciones pueden ser «a veces estoy triste, a veces [email protected]; pero más y mejor que tú», o «mamá, quiero ser artista».»

¿Y de qué va Melancolía? Pues efectivamente aquí se encuentra una reconstrucción del desencanto del mundo moderno como subjetividad a contracorriente, es decir, la melancolía en su versión de vieja neurosis dieciochesca, en bruto, antes de la llegada del psicoanálisis y de la psiquiatría, significada como expresión contracultural que denuncia los ardides de una sociedad pérfida y vacía —una sociedad que, por lo demás, aparece amenaza por ese mismo sentimiento en forma de [redoble de tambores] planeta a punto de colisionar contra la Tierra—. Por si fuera poco, el bipolar, egocéntrico y desconsiderado personaje protagonista es el único iluminado (otra vez, el romanticismo) preparado para la catástrofe. Si en Cisne negro la excusa era el arte, la aceptación del apocalipsis depresivo justifica aquí el comportamiento caprichoso de la protagonista, y así ambos personajes se convierten en rentistas del sufrimiento, seguramente la noción religiosa más detestable que, reconstruida de mil maneras, ha sobrevivido aún a nuestro tiempo. Ante tal panorama, uno de mis compañeros de visionado agrega que en Melancolía se encuentra la diferencia entre la representación de un apocalipsis en el cine americano y la tradición europea: mientras en un blockbuster monstro-hit made in USA sus personajes permanecerían enganchados a la corriente de información mediática, en Melancolía apenas encontramos una única referencia a lo que ocurre en el exterior de la mansión donde transcurre su narrativa, cosa que sucede cuando alguien teclea el nombre del planeta en un buscador llamado W Search (y esto me lleva a pensar que: a) Google se negó a publicitarse en la película, b) Google no es un referente lo suficientemente elevado para que Von Trier proponga publicitarlo en la película, o c) en realidad la gente de esta película vive en otro planeta que no es el nuestro y por eso busca la información en W Search); sin embargo, si la versión americana del apocalipsis produce rechazo por su agotamiento, la decimonónica mansión de la literatura victoriana a la que el danés recurre no es menos obsoleta. Todo lo contrario. Lars Von Trier: haciéndolo original desde 1774.

 

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13 comentarios

  1. Pues no te dejes bigotito, eso es sentimiento.

  2. Austratelopitecus

    Pues cuánto clasismo wannabe expide este texto. Te explico algo: cuando alguien habla de «nobles sentimientos» no se está refiriendo a ninguna sensación exclusiva de alguna oligarquía (pasada de moda, por cierto).
    Lo de encontrar hortera la peli del danés habla más de ti que de él -no encontré en tu texto ningún argumento más allá de esos coqueteos con esa elite imaginaria a la que ya rindes pleitesía. En realidad esperaba encontrarla pero no, más que texto esto es un mero desplante adolescente.

  3. Confeti de Musset.

    Me gustaría saber qué es lo que te lleva a escribir una novela, y la opinión que te merece la poesía como género, así como, en particular, el generar un poema y un ver el mundo a raíz de la vivencia completamente ombliguista.

    Un saludo, Eloy J. Rodríguez Lin.

  4. Tomzack

    ¿Qué se consume más rápido, un cigarro o una cultura? Está guay como quieres romper con la idea de que el el artista moderno sigue heredando de la modernidad del XIX. De hecho, mola como quieres romper diciendo que no hay artistas. Mola todo. Mola como moralizas. Mola todo. 2.0 3.0 4.0…¿2.1? Ha muerto el posmodernismo, hace falta algo nuevo, el fluir, yoquesé. Aunque lo mejor es que cualquier día parafrasearás «Yo sólo soy un puto intelectual europeo que encontró la nueva vanguardia en la superación crítica del pop. Conozco bastante gente que piensa igual. Los verdaderos poppys son algunos de nuestros mayores, que creen estar en los bosques de Heidegger cuando de hecho habitan las praderas de Disney». ¡Anda! ¡ Si ya lo has hecho!

  5. Ayquepesado

    La reflexión trascendental sobre «el buscador W» os dibuja a la perfección a ti y a «tus compañeros de visionado». :D («¡cómo!? No se ha enterado ése currantito que [colóquese aquí lo ‘off’] ya no es [sea lo que sea] ‘in’.

  6. Juan S. Ivars

    Mister, sin una sola mención a Wagner no hay por dónde coger una crítica a Melancholia. Hoy me toca a mí dármelas de pedante.

  7. Fresycoolo

    Una crítica absolutamente VACÍA, prescindible, insufrible y pedante, como todo lo que hacen estos cachorros de Mondadori y Alpha Decay (al menos la necedad de Exhumación era de tamaño Mini).

  8. Virada02

    No se que es mejor si el artículo en si, a mi me gustó, o la furibunda respuesta de la mayoría de los comentarios. Un poco más y lo denuncian al comité de actividades anti Trier. Le veo en la hoguera.

  9. Yoesquesoymumoderno

    Has visto la película en casa y en streaming. Una vez leido ese dato, pudiera haberme saltado el resto de la crítica.

    He dicho.

  10. Hola, Antonio, soy tu padre. Vengo a tu habitación para decirte que madures de una vez.

  11. Me ha gustado eso de “rentistas del sufrimiento”. A veces se adivina la presencia de un héroe/una heroína que se sacude de una vez por todas el polvo de la trascendencia romántica. Pero no acaba de asomar la nariz, por desgracia. O todo se queda en una jocosa broma posmoderna o todo es trágico-emocional de un modo profundo. Para cuándo la vitalidad (Tengo 40 y todavía creo que es posible una literatura de la vitalidad. Debo ser súcnor).

  12. A mi me ha gustado. Y la melancolía no es un sentimiento post-romántico, seguro que usted sabe bien eso…

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