Nuevos infantilismos: el mundo como alegoría de sí mismo

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No ayuda el dato, pues nada dice, sino que sugiere. Sin embargo, el hacinamiento diario, promiscuo e inabarcable de los datos de la economía y la política en el periódico y los informativos trae como consecuencia que su quejido de auxilio se transforme en un run-rún que acaba siendo conocidísimo y ya no sorprende, sino que fascina, pero en su sentido de dejarnos sin habla y, al final, nos adormece.

Por ello ha de fijarse uno en el lenguaje, en su radical insolencia.

Dice Juan Malpartida en sus diarios Al vuelo de la página: Diarios 1990-2000 (Fórcola, 2011), acordándose del poeta Manuel Ulacia que “el poeta ve con palabras: el poeta lo es por las palabras, y lo que dice está más allá de la significación porque la realidad que hace posible el poema está antes del sentido. Si el poema fuese sólo un querer decir, lo que dice lo agotaría”.

Se entiende pues que nuestra sociedad no es —ni debe ser— poética, puesto que el poeta es autónomo y está afuera de ella, de sus convenciones y los significados de sus ritos y normas. Sin embargo, sí deberíamos recuperar ese “no comprender” del poeta —previo a la construcción del poema— para atajar la significación del mundo y utilizarla en la sociedad civil, para poder defendernos bien. O dicho de otro modo: toda realidad se halla esbozada antes de que le demos sentido. El lenguaje, así, no es sino uno de sus posibles anclajes, el modo con el que los hombres se explican el mundo en cada momento de su existencia.

Y aquí se halla probablemente la razón de lo que podríamos llamar el nuevo infantilismo, pues la realidad se nos describe hoy en los medios al modo de la parábola, de una fábula singular que es apropiada (o sea, discernible y de fácil entendimiento, a pesar de su comportamiento azaroso) para todo tipo de públicos, pues se explica en base al juicio de supuestas instancias superiores. Preferentemente, como enseguida veremos, se utiliza para tal fin la alegoría.

La alegoría supone que bajo lo escrito se ocultan otros sentidos. El texto no quiere decir lo que dice: quiere decir lo que no dice”, asegura Antoine Compagnon en su libro Gato encerrado: Montaigne y la alegoría (Acantilado, 2011). Si miramos así al mundo como escritura de sí mismo podemos encontrar su sentido alegórico: el de una gigantesca escuela para niños adultos.

Supongo que usted habrá sentido alguna vez esa sensación vejatoria de ver cómo uno de sus exámenes ha sido puntuado de manera —a todas luces— injusta por ese profesor o esa profesora cuyos métodos y criterios le resultaban siempre incomprensibles y arbitrarios. Le habrá sucedido esto en la escuela, cuando era adolescente, ya digo; pero, sin embargo, seguro recuerda usted con inquina aquel trato condescendiente e injusto, encima. No obstante, esto es lo que está sucediéndonos cada día, en tanto que ciudadanos examinados por ese profesor autoritario e intratable que es la comunidad europea y esa profesora pizpireta, de veleidosos juicios y criterios etéreos que son las agencias de rating.

Sin que nos demos cuenta y permitiéndolo por anuencia, se nos está tratando hoy igual en la edad adulta que antaño cuando estábamos sometidos a la vigilancia tutelar de la escuela. En resumidas cuentas, se nos ha impuesto el rol de puer senex, de niño viejo, y de él parece que no seamos capaces de salir (o no nos dejen, para mantenernos bajo el yugo de su servicia).

Pero vayamos por partes. Para entender cabalmente las implicaciones alegóricas se ha de saber que, como dice Compagnon, “la duplicidad, la oscuridad, y la oblicuidad son los atributos indisolubles de la expresión alegórica”. Y esto trabajaría en dos niveles, pues en dos vertientes se disgrega la alegoría: de un lado queda la alegoría expresiva y del otro la interpretativa. La primera es la que expresan los políticos y periodistas en sus arengas, discursos y conferencias de prensa. Se nos habla con una insidia fatal de “hacer los deberes”, como si la economía nacional fuese alumna de una clase cuyo profesor es la Unión Europea y nosotros sus compañeros de pupitre. De otro lado, son constantes las “notas” que otorgan periódicamente las agencias de rating. Pero, ¿qué esconden tales formulaciones? Muy sencillo: la incompetencia, la desconfianza y, consecuentemente, el desamparo.

Los políticos son como los animales de una fábula, animales arquetípicos que sufren una personificación en un intento de trasladar un mensaje de índole moral pero a la manera de la antífrasis, es decir, diciendo lo contrario de lo que debería ser y, en realidad, es. Este mensaje es muy sencillo: que el individuo no está capacitado para hacer uso de su libertad y, por lo tanto, esta supuesta libertad que viene asegurada por la democracia debe ser tutelada. Lo irónico del caso es que es justamente al revés: son los políticos quienes están incapacitados para ejercer su función. Así, lo que esconde la alegoría, y aquí hacemos uso del nivel interpretativo (desde fuera, a la manera del poeta), es que el individuo se ha dejado dominar por lo que el filósofo José Luís Molinuevo llama la “corrupción ciudadana de la política. No se trata de que la corrupción económica sea la causante de la incompetencia, sino justo lo contrario: que la incompetencia sostenida es la causa garante de las diferentes corruptelas. En su querer decir, las manifestaciones de los políticos, como decía Malpartida de Ulacia, se agotan, y esta es la razón que demuestra que los políticos y los economistas no lo son por las palabras, sino a su pesar. De ahí que recurran a una sinonimia exasperante: cumplir los objetivos del déficit, hacer los deberes, ponerse a la faena, tomar medidas impopulares, etc. Todo es parte de lo mismo: la elocución de un querer decir que esconde un no decir nada.

En estas mismas páginas, Juan Marsé, a quien entrevistaba Enric González, daba una respuesta bien juiciosa al respecto de la infantilización de la que venimos hablando. En su opinión, esta se daría “probablemente porque hoy en día la juventud tiene acceso al mercado, cuando antes no lo tenía”. Una de las consecuencias de tal estado pueril es que se vive o en el futuro o en el pasado; es decir, en la imaginación. Y, así, en una expectativa constante (¿serán correctas mis respuestas en mis deberes? ¿sacaré buena nota la próxima vez?). Y es que aquí está la clave: el hecho de que la política ha entrado en el juego del mercado y por ello nos hace saber constantemente de su invalidez a través de incesantes tautologías, en una repetición ad nauseam de sus precariedades que, por supuesto, son siempre causa de un profesor malvado, cruel y de criterios incomprensibles; o sea, justamente el modo en el que estos mismo políticos se comportan con nosotros, los pobres ciudadanos, perdón, los empobrecidos ciudadanos, para ser más justos.

El mal de nuestra época no es, pues, un mal económico como nos quieren hacer creer, sino un mal retórico, y así es mucho peor, pues ese sobrevenido nuevo infantilismo permite que la economía se juegue y decida en lugares que nos son ajenos (los despachos de la junta de profesores; verbigracia: en los consejos de administración de los bancos, en Bruselas y en la sede de las agencias de calificación de riesgo), aunque la ira codiciosa de sus resoluciones nos toque pagarla a todos. Por supuesto, nos la explican con razones bellamente alegóricas para que todo el mundo no sólo sea capaz de entenderla, sino que las vea como un designio fatal del destino, como algo ineludible, igual que la asignatura de aquel profesor hueso que bien sabíamos, de niños, que jamás aprobaríamos, a no ser que intercediera algún milagro (nuestros padres, por ejemplo). La diferencia es que ahora, enfrascados y adormilados por este juego infantil de la economía, somos nosotros hijos de nosotros mismos y nos hemos quedado sin padre que nos defienda y le pegue un grito bien pegado al típico profesor hueso de turno.

 

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