Roberto Bolaño, el último perro romántico (y II)

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En una de esas extrañas muestras de sincronía que a veces tiene la vida, un amable lector de Jot Down me avisó a través de Twitter de que el día siguiente a la publicación de la primera parte de este artículo se iba a presentar en la Casa América de Barcelona un documental del mexicano Ricardo House sobre Roberto Bolaño. Así que ahí me presenté, en una sala de proyecciones llena a rebosar, y pude ver la segunda parte de la trilogía documental La batalla futura, un ambicioso proyecto que pretende recoger los años mexicanos de Bolaño en la primera película, la etapa catalana en la segunda y los años chilenos (básicamente su infancia) en la tercera.

El documental recoge cálidos testimonios de sus amigos y vecinos en Blanes y de Carmen Pérez de Vega, cuya triste descripción de los últimos días de Roberto resulta desoladora. En la charla posterior, el crítico literario y amigo personal de Bolaño Ignacio Echevarría hizo notar que faltaban muchas voces en el documental, como A.G.Porta, Vila-Matas, la viuda Carolina López y sus hijos Lautaro y Alexandra (testimonios que recoge otro documental complementario y muy tierno, Bolaño cercano de Eric Haasnoot). Tal vez por la escasa iluminación, House tenía un aire al David Carradine de Kill Bill, pero en lugar de desenvainar una katana para destripar a Ignacio le dio la razón, lamentando la imposibilidad de reunir a todos los cercanos a Bolaño en un mismo proyecto debido a ciertas desavenencias que el lector avispado podrá adivinar. Sólo el ubicuo Rodrigo Fresán repite en ambos documentales.

En cualquier caso, la imagen que ofrecen de Bolaño los entrevistados (en un tono espectralmente similar al de los narradores de Los detectives salvajes al hablar de Belano) muestra a una persona tan encantadora que sólo puedo pensar que si existiera la máquina del tiempo viajaría al 2003 para darle un trozo de mi hígado. Pero mientras se inventa la tecnología adecuada, tendré que conformarme con reemprender el artículo desplazándome mentalmente a 1977, cuando un joven Roberto desembarcó en Barcelona…

Vida de perro (romántico)

Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Roberto Bolaño

Los primeros tiempos de Bolaño en Barcelona fueron durísimos: en su piso de la calle Tallers vivía en la pobreza y encadenando mil trabajos eventuales. Su preferido fue el de vigilante nocturno en el camping Estrella de Mar, de Castelldefels, que pasó a ocupar un lugar central en el mito bolañiano: «nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión)”. Tal vez allí empezó su costumbre de escribir de madrugada (“era muy lechuzo”, recuerda Echevarría), casi siempre poemas garabateados con hambre y frío.

(Abro un paréntesis para comentar un hecho poco conocido: Bolaño escribió obras teatrales en su juventud mexicana, antes incluso que poemas. El infrarrealista Bruno Montané, Felipe Müller en Los detectives salvajes, recuerda cómo Roberto quemó quinientas páginas con dos o tres obras de teatro juzgadas pésimas por su autor y que desgraciadamente nunca leeremos).

Bolaño recuerda cómo conoció a su amigo A.G. Porta (alias “Kithoue”) en 1978: “en las oficinas de una editorial marginal de Barcelona, que sólo publicaba poesía y que, resignadamente, se llamaba La Cloaca. No era un buen principio, pero para nosotros, que entonces escribíamos poesía y éramos los campeones de los futbolines del distrito quinto de Barcelona, era un principio al menos prometedor”.

Cuando mi hermano Juan Nicho (que sería Mycroft si yo fuera Sherlock Holmes) se enteró de que estaba escribiendo sobre Bolaño, me hizo venir a su casa para prestarme una joya de su biblioteca: el librito de la editorial Cloaca asépticamente titulado Algunos poetas en Barcelona, prologado por Carlos Edmundo de Ory, y que recoge poemas de Bruno Montané, A.G. Porta… Y Roberto Bolaño. Cuatro poemas bolañianos de los que mi favorito es el llamado Untergehen (“Se dirá de mí vagabundo, poeta aficionado? / ¿Consumido por el amor / a una mexicana loca?”).

En realidad la poesía de Bolaño es tan narrativa que no hay una separación clara en su obra (ni temática ni, en el fondo, estilística) entre su poesía y su prosa. Esto ha llevado más de una vez a confusiones: Amberes (escrito en 1980, publicado en 2002) es un libro de poesía o como mucho de prosa poética confusa y agitada, pero al presentarse como novela recogió pésimas críticas probablemente injustas. Dijo Bolaño: “la única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado”

No soy un gran lector de poesía, pero siempre me han fascinado los versos de Bolaño, especialmente los sueños metaliterarios de Tres (“soñé que leía a Stendhal en la Estación Nuclear de Civitavecchia”) y los poemas que años más tarde se recogerían en el libro Los perros románticos, especialmente el apocalíptico y significativo Entre las moscas:

Poetas troyanos Ya nada de lo que podía ser vuestro Existe

Ni templos ni jardines Ni poesía

Sois libres Admirables poetas troyanos.

Yogures y cigarrillos

Nunca olvidaré que en épocas en que yo no tenía ni un duro mi amigo [Porta] aparecía por mi casa de la calle Tallers con yogures y cigarrillos, regalos razonables y prácticos”. Roberto Bolaño

Bolaño se estrenó en la narrativa escribiendo a cuatro manos con Porta la novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, título basado en un poema de Mario Santiago llamado Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger. Angel Ros, el narrador protagonista, es un atracador atípico, que durante el asalto a la mansión de una poetisa puede detenerse a evaluar los libros de su biblioteca. En un momento de la novela, Ros medita: “pronto cumpliré treinta años pero eso no es ser viejo, podría aún, si me esfuerzo, empezar algo, un auténtico intento de escritura”.

En 1980 Bolaño se traslada a Girona, ofreciéndose a cuidar el piso (y la perra) de su hermana, que volvió a Mexico. Allí la situación económica de Roberto no mejora: una amiga de esa época le recuerda compartiendo el pienso con la perra.

A Bolaño siempre le fascinó la descripción de Blanes escrita por Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa, así que decidió al cabo de un tiempo mudarse allí, abriendo sin excesivo éxito una tienda de abalorios para turistas. Años más tarde, ya escritor consagrado, Bolaño escribirá el pregón de la fiesta mayor de Blanes recordando así sus primeros meses en el pueblo: “Los primeros amigos que tuve en Blanes eran casi todos drogadictos. (…) Hoy la mayoría están muertos. Algunos murieron de sobredosis, otros de SIDA. No fueron buenos estudiantes, ninguno fue a la universidad, pero vivieron sus vidas que resultaron tan cortas como si formaran parte de una vasta tragedia griega”. Más tarde Bolaño trabó amistad con sus vecinos y con amables botiguers “salidos directamente de El Lazarillo de Tormes”.

Bolaño tuvo pronto un importante acicate para ganar dinero con la literatura: en 1982 se casó con Carolina y poco después nació su primer hijo, Lautaro.

El cazador de búfalos

Resistid, queridos libros, atravesad los días como caballeros medievales, y cuidad a mi hijo en los años venideros”. Roberto Bolaño

En el recopilatorio Llamadas telefónicas puede encontrarse el mejor cuento de Bolaño y uno de mis favoritos de cualquier autor: una joya de apariencia sencilla llamada Sensini que contiene la quintaesencia de Bolaño, especialmente su respetuosa y empática ternura por la gente que lo ha pasado mal. El protagonista del cuento, un trasunto de Bolaño, traba contacto con el escritor Sensini (espejo de Antonio di Benedetto), que le introduce en el arte de ganarse la vida presentándose a decenas de concursos literarios de provincias. Los cuentos de Sensini, a menudo los mismos disfrazados con títulos distintos, salen a pelear como boxeadores a sueldo por Ayuntamientos y centros cívicos, pagando uno la factura del gas, otro la de la luz, otro un billete de avión…

Sensini retrata perfectamente los años en que Roberto sobrevivió gracias a los más oscuros premios literarios, a los que llamaba «búfalos que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. Tras el éxito de sus últimos años, Roberto recordaba esa época de forma ambivalente: «nunca como entonces me sentí más orgulloso y más desdichado de ser escritor”. Dos novelas cortas destacan de entre las que le permitieron sobrevivir en esa época: una era un texto críptico y alucinado que usaba como centro la lenta agonía del poeta César Vallejo en París. Se llamó en principio La senda de los elefantes (y algún otro título cortesía de las tretas a lo Sensini) y acabaría siendo reeditada por Anagrama años más tarde como Monsieur Pain. La segunda era La pista de hielo, una novela negra ambientada en Blanes cuya narración a tres voces me ha parecido siempre un ensayo o un concierto en miniatura de la orquesta sinfónica que sería Los detectives salvajes.

Bolaño dio un salto cualitativo con La literatura nazi en América, que más que novela era un conjunto de cuentos, biografías imaginarias y profundamente cínicas de escritores ultraderechistas, un poco en la línea borgiana de Historia universal de la infamia. Editado por Seix Barral en 1996, fue un éxito rotundo de crítica pero vendió poquísimos ejemplares, así que la mayor parte de la edición fue guillotinada. El lógico malestar de Bolaño terminó echándole en brazos de Jorge Herralde, editor de Anagrama, con quien publicaría hasta el día de su muerte, abandonando la caza del bisonte para dedicarse a perseguir un tipo muy diferente de bestia.

Última transmisión desde el planeta de los monstruos

Un poeta lo puede soportar todo. (…) Con esta convicción crecimos. El enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte”. Roberto Bolaño

Bolaño decidió convertir el último capítulo de La literatura nazi en América en una historia independiente llamada Estrella distante: mi novela corta preferida de Bolaño. En ella se sigue el rastro del poeta y piloto ultraderechista Carlos Wieder, que combina asesinatos y torturas en la era de Pinochet con sublimes actos poéticos de vanguardia.

Wieder escribe en el cielo ominosos versos con el humo negro de su avión, en un acto poético que es el reflejo tenebroso del que en la vida real realizó Raúl Zurita en 1982 con cinco aviones y humo blanco, escribiendo sus versos sobre ocho kilómetros de los cielos de Nueva York. El rastro de Wieder atraviesa películas snuff, excéntricas revistas de tercera y talleres de poesía, siempre a través de una poética del mal que recuerda al Segundo Manifiesto Surrealista: “El más simple acto surrealista consiste en precipitarse calle abajo, pistola en mano, y disparar a ciegas sobre la multitud tan rápido como se pueda apretar el gatillo”.

 Al leer Estrella distante me asaltó una sensación de dejà vu en el capítulo en que los protagonistas siguen el rastro del poeta guerrillero Juan Stein… Y al cabo de un rato caí en la cuenta de que tanto el estilo como la temática y el tono general del libro (entre melancólico y combativo) me recordaban a Soldados de Salamina, de Javier Cercas, en donde aparece como personaje un escritor llamado Roberto Bolaño que ayuda al personaje Cercas a localizar al miliciano Miralles. Un juego de espejos en el que puede verse un homenaje y algunos (no yo) han intuido el inicio de un plagio. Obviamente Cercas está en deuda con Bolaño, pero en cierto modo todo escritor en castellano que publique tras él lo está.

Incluir a Bolaño como personaje-guía en Soldados de Salamina es un gesto de honestidad intelectual por parte de Cercas, y así debió entenderlo Roberto a juzgar por las palabras amables que le dedicó en muchas ocasiones, colocándoloen el “reducido grupo de cabeza de la narrativa española”. Ambos ganaron el premio Salambó, otorgado por un jurado de quince escritores: Cercas en 2001 por Soldados de Salamina, Bolaño en 2004, póstumamente, por 2666.

No es el de Cercas el único homenaje que se ha rendido a Estrella Distante: hace pocos días leí una variante de la lapidaria frase inicial del capítulo nueve (“esta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos”) apareciendo inopinadamente en un guiño bolañiano hacia el final de El fondo del cielo, de Fresán… Que por cierto también incluyó un divertidísimo cameo de Bolaño (“¿se llamaba Arturo o Roberto?”) en Mantra.


Diez mil poetas rumbo al matadero

Auxilio es como la testigo amnésica de un crimen que intenta recobrar la memoria, así que en ese sentido actúa también como una metáfora: los latinoamericanos hemos presenciado crímenes que luego hemos olvidado”. Roberto Bolaño

Una de las mil voces retratadas en Los detectives salvajes es la de Auxilio Lacouture, personaje cuya historia Roberto decide ampliar en Amuleto, publicada en 1999. El libro es un monólogo interior alucinado y onírico, casi teatral, narrado con saltos temporales inconexos que por momentos recuerdan al tiempo fracturado de Kurt Vonnegut en Matadero 5.

En un artículo publicado en el diario uruguayo Brecha, Ignacio Bajter da detalles sobre la mujer que sirvió de armazón para el personaje de Auxilio. Se llamaba Alcira Soust Scaffo, y era una maestra y poeta uruguaya, “vagabunda y bellamente desolada”, que viajó a Mexico y conoció a Bolaño y su troupe de infrarrealistas en los setenta. Al ser casi treinta años mayor que ellos, se convirtió en cierto modo en su protectora: de ahí que Bolaño convierta a Auxilio en «la madre de la poesía mexicana». Carmen Boullosa la recuerda medio loca («se le había zafado la chaveta«) desde la ocupación militar de la Facultad de Filosofía en 1968, cuando recibió al ejército recitando poemas de León Felipe por megafonía y luego se escondió durante más de diez días en los lavabos… Punto focal y pivote del monólogo de Auxilio en Amuleto.

En la novela aparece una prefiguración de 2666, o al menos de su título y su aire apocalíptico. Auxilio describe así la Avenida Guerrero de México DF de madrugada: “se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado bajo un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”.

Lo que Auxilio no olvida es el sacrificio de una generación entera de jóvenes idealistas que acabaron en el matadero a manos de las dictaduras latinoamericanas o víctimas de sus propios demonios, una “inacabable legión que camina cantando hacia el abismo” en la visión que cierra la novela. Jóvenes bautizados con diferentes nombres que Fresán recopila en uno de sus ensayos: “los sudacas voladores”, “los niños más lindos de Latinoamérica”, “los jóvenes envejecidos”, “los perros románticos”, “los monstruos”, “los detectives”, “los detectives helados”, “los detectives perdidos” y, por fin, el definitivo “los detectives salvajes”.

En el discurso de aceptación del Premio Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes, Bolaño los recuerda así: “luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados (…) fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia, murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador”.


Tormentas de mierda

Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.” Roberto Bolaño

 

Un jovencísimo Bolaño volvió a Chile en el 73, poco antes del golpe de Pinochet, y apenas unos días tras el fatídico 11 de septiembre fue arrestado, presentado como un «peligroso revolucionario mexicano» por un funcionario ansioso de inflar su captura, y pasó ocho días en prisión. Salió de allí gracias a dos policías que habían sido compañeros de clase, un suceso que dramatizaría años más tarde en el cuento Detectives y en un largo poema inédito que conserva Bruno Montané. Bolaño detestaba que se exagerara sobre este episodio de su vida: “es el típico tango latinoamericano. En el primer libro que me editan en Alemania me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; en el tercer libro, a cuatro meses y, como siga, todavía voy a estar preso”.

En cualquier caso, está claro que Roberto tenía una espina chilena clavada, que pudo sacarse finalmente con el tormentoso retorno a su país natal en 1998 (donde no dejó títere con cabeza, lo que aún no le ha perdonado el establishment chileno) y la escritura posterior de la soberbia Nocturno de Chile, un monólogo febril publicado en 2000 por Anagrama y escrito en el mismo estilo teatral de Amuleto. La novela es una mirada retrospectiva a la vida del jesuita Sebastián Urrutia Lacroix, crítico literario chileno y uno de los personajes más contradictorios de Bolaño. Hay escenas inolvidables en el libro: las clases de marxismo que recibe el mismísimo Pinochet; los talleres literarios en casa de la intelectual de izquierdas cuyo esposo, miembro de la DINA, tortura estudiantes en el sótano; el viaje por Europa durante el que Urrutia ve a los sacerdotes entrenando halcones para matar a las palomas que ensucian las iglesias (y aquí hay que comentar que «los Halcones» fueron el grupo paramilitar que participó en la masacre de Tlateloco en el 68, durante los disturbios que enloquecieron a Alcira / Auxilio Lacouture).

En uno de sus arrebatos de samurai kamikaze, Bolaño quiso llamar a esta novela Tormentas de mierda, y sólo un ímprobo esfuerzo de Juan Villoro y Jorge Herralde consiguió evitarlo… Tal vez por desgracia.

El arte del incordio

Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”. Roberto Bolaño en Los detectives salvajes

Los amigos de Bolaño le recuerdan como alguien sencillo, divertido y cultísimo sin caer en la pedantería. Se podía charlar con él durante horas de cualquier tema (“asesinos seriales, estrellas porno, trovadores merovingios”, enumera Villoro). Fresán le recuerda cantando con grandes gestos de loco canciones absurdas de rock mexicano, Vila-Matas rememora irónicamente sus paseos junto a Lautaro… En lo que todos están de acuerdo es en su vocación de polemista: le encantaba discutir e intercambiar opiniones como única forma de abordar todos los ángulos de un problema; “dominaba el arte del incordio”, como recuerda Carolina sonriendo. En su última entrevista contestó la pregunta “¿por qué te gusta llevar siempre la contraria?” con la veloz respuesta: “yo nunca llevo la contraria”.

El entretenidísimo libro Entre paréntesis, compilado póstumamente por Echevarría a partir de conferencias, artículos y ensayos, permite una mirada única a las filias y fobias bolañesas, especialmente como lector atento y atinado (“la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros, estoy mucho más interesado en los libros de los demás)”.

Sus críticas negativas eran demoledoras, pero no iban acompañadas de la rabia de críticos como los de La Fiera Literaria de García Viñó. Simplemente exponía su opinión sin aspavientos ni amarga bilis, sino con la naturalidad irónica de quien emite un juicio obvio.

Es famosa su manía por la obra de Isabel Allende: “llamarla escritora es darle cancha: es una escribidora”. O “La literatura de Allende es mala, pero está viva. (…) Y siempre cabe la posibilidad de un milagro. No sé, el fantasma de Juana Inés de la Cruz se le puede aparecer un día y le puede dar una lista de lecturas”. Allende contraatacó en una entrevista en El País: “No me dolió porque él hablaba mal de todo el mundo. Es una persona que nunca dijo nada bueno de nadie. El hecho de que esté muerto no lo hace a mi juicio mejor persona: era un señor bien desagradable”.

Como bien observa Herralde, “Bolaño la ataca como escritora mientras que Allende ataca a la persona, faltando objetivamente a la verdad”. Y es que un breve repaso a Entre paréntesis nos permite leer palabras amables y elogiosas dirigidas tanto a autores consagrados (Borges, Cortázar) como a jóvenes contemporáneos como Cercas o Fresán. He descubierto gracias a los entusiasmos de Bolaño a escritores que ahora me encantan: Rodolfo Wilcock, Rodrigo Rey Rosa, Enrique Lihn, Nicanor Parra… Con los autores del boom latinamericano (que en su mayor parte lo ningunearon hasta que fue demasiado tarde) su relación fue de admiración, crítica y reto: Vargas Llosa comenta en una lúcida entrevista que Bolaño era muy parricida y criticaba mucho a las generaciones anteriores… Lo que es siempre sano, la única forma de alcanzar personalidad propia.

Hacer ganar a Napoleón en Waterloo

Póstumo suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.” Roberto Bolaño

El 30 de junio de 2003 Bolaño ingresa en la Vall d’Hebrón y poco después cae en coma.

EL 8 de julio, a las 2:45 de la mañana, se incendia el camping Estrella de Mar. Al día siguiente, una portavoz declara que no ha habido víctimas, pero lamenta la muerte de un perro y la desaparición de otro.

El 14 de julio, Roberto Bolaño muere.

Poco antes de su muerte dejó a Herralde el manuscrito del brillante libro de cuentos El gaucho insufrible y cinco disquetes con las cinco partes de 2666. En 2004, bajo la supervisión de Ignacio Echevarría (designado por Bolaño como la persona a quien deberían consultarse asuntos literarios) se publicó el ya comentado Entre paréntesis… Y a partir de aquí, ya con el gladiador Póstumo en la arena, empieza la eterna polémica sobre qué debería publicarse y qué no de entre los papeles dejados atrás por Roberto: autores como Jorge Volpi se hubieran detenido ahí, poniendo en duda que Bolaño quisiera ver publicadas «sus listas de lavandería».

Bolaño nunca tuvo un agente, tal vez por la buena amistad que mantenía con Herralde («una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador»). La viuda de Roberto, Carolina López, acudió a la poderosa agente Carmen Balcells, que gestionó su legado durante cinco años en los que se publicaron el recopilatorio de cuentos fragmentarios El secreto del mal y el libro de poemas y borradores La Universidad Desconocida, ambos libros notables aunque forzosamente incompletos.

Durante esos años se fue produciendo un cierto distanciamiento entre Carolina y parte del entorno de Roberto… Y en 2008, la viuda entregó los derechos de Bolaño a Andrew Wylie, El Chacal, dueño de una de las mayores agencias literarias del mundo y agente de los herederos de Borges, Roth, Burroughs o Tabucchi, entre otros. Wylie se estrenó anunciando en la Feria del Libro de Frankfurt la próxima publicación de El Tercer Reich, una novela inédita de Bolaño «mecanografiada y meticulosamente corregida a mano».

 Confieso que mi primera reacción fue de escepticismo, y pronto empecé a fantasear con una historia metaliteraria a lo Vila-Matas en que un escritor sigue el rastro del «negro» de Bolaño a través de sutiles pistas dejadas en sus presuntos libros póstumos. Sin embargo, este artículo menciona una carta de Bolaño enviada a Bruno Montané en 1986, en la que se habla de una novela llamada Estrategia mediterránea (un elemento de la trama de El Tercer Reich) demasiado larga para concursos literarios. Más adelante comentó que lo consideraba un proyecto fallido, pero añadió: «el día en que no pueda escribir por mi enfermedad, iré sacando todo este material que tengo»… Y en el documental Bolaño cercano, su viuda Carolina enseña los cuadernos de Roberto, llenos de correcciones añadidas a mano con la caligrafía apresurada de sus últimos meses.

Tras leer El Tercer Reich no pude estar de acuerdo con Bolaño: no me pareció una novela fallida sino un libro apasionante que prefigura muchas de sus obsesiones. Además, aparece por primera vez en la narrativa de Bolaño una de sus pasiones más curiosas: era adicto a los juegos de estrategia o wargames, y pasaba largas horas reproduciendo minuciosamente batallas de la Segunda Guerra Mundial o haciendo ganar a Napoleón en Waterloo.

No me convenció tanto Los sinsabores del verdadero policía, prefiguración de 2666 aparecida en 2010 y que salvo un par de capítulos realmente notables no deja buen sabor de boca. O sinsabor.

Bolaño, icono pop

«Es muy molesta toda esa glotonería alrededor de la figura de Roberto. Casi da miedo. Lo que hay que hacer es leerle». Carmen Pérez de Vega

Y con esta cita lapidaria deberíamos clausurar el artículo, pero me permito contraatacar y disculparme con una frase de Fresán: “leer a Bolaño hace entrar ganas de escribir”… Y antes de terminar me gustaría responder a las objeciones que suelen ponerse a Bolaño por haber sido mitificado tras su muerte. Una vida dramática y radicalmente libre, una última novela escrita febrilmente en plena enfermedad, un espejo en el que puede reflejarse una generación entera: ¿cómo no se va a forjar un mito con estos ingredientes? Sin embargo, quien admira a Bolaño lo admira por lo que escribió, como en mi caso: antes de saber nada del mito, ya me había deslumbrado con las epifanías de 2666 y Los detectives salvajes.

Por supuesto que alrededor de Bolaño hay promociones y campañas de marketing, como alrededor de cualquier escritor importante, pero la mayoría nacen de un auténtico amor por el autor y su obra (la calle con su nombre inaugurada en Girona; el recital de su fan Patti Smith, tan poetisa como cantante). La mejor actitud ante sus libros, especialmente los póstumos, es el mismo saludable escepticismo que debería adoptarse ante cualquier lanzamiento editorial, sometido por definición a leyes de mercado. Sin embargo, el fantasma del gafapastismo acecha tras las esquinas: «se leía mejor a Bolaño cuando no era nadie», leo a un comentarista en un blog carne de Cultureta Watch: el estúpido prejuicio propio de los happy few de que cuanto más conocido es algo menos calidad alcanza. ¿No es más lógico alegrarse de que el mito Bolaño permita a más gente acceder a su escritura?

Carlos Franz da un aviso más inteligente en Una tristeza insoportable, al advertir del riesgo de que los jóvenes escritores se dejen atrapar demasiado por su ídolo (“el estilo de B., peculiarmente rítmico, pegajoso, hipnótico, parece especialmente diseñado para ser imitado sin que el copión lo note”) en lugar de hacer lo que Bolaño hizo con sus propios ídolos: leerlos para después asaltarlos, desmenuzarlos, buscar caminos propios.

Echevarría avisa de otro peligro: que la carga romántica alrededor de Bolaño diluya su compromiso político y su utopía revolucionaria (hoy en día política y romanticismo están enfrentadas, mientras que para la generación Bolaño la política era romántica). Roberto se hubiera horrorizado con la lectura conservadora que algunos han hecho en Estados Unidos de sus libros, presentando al autor de Los detectives salvajes como un exyonqui redimido que ha sentado cabeza y se arrepiente de sus pecadillos de juventud… Pero Bolaño nunca se arrepintió de nada, y siempre tuvo claro que la “respetabilidad” era peligrosa para un escritor. Mientras que Mario Santiago / Ulises Lima optó por vivir “sin timón y en el delirio”, como reza uno de sus mejores versos, Bolaño/Belano llegó a compromisos con la industria editorial para asegurar un futuro a su familia, pero siempre le importó bien poco el reconocimiento público.

Como analizan Andrea Cobas y Verónica Garibotto en Un epitafio en el desierto, un escritor contemporáneo tiene tres posibilidades: rendirse a las reglas del mercado (los autores «inteligibles y folletinescos» a lo Pérez-Reverte atacados por Bolaño en Los mitos de Cthulhu), escribir de forma subterránea e inédita (como el protagonista del cuento Enrique Martín) o entrar en la industria editorial pero «sin aceptar del todo sus reglas, coqueteando con ella, quebrando alguno de sus códigos» (el Arturo Belano de Los detectives salvajes que se burla de la Feria del Libro o reta a duelo al crítico literario Echavarne / Echevarría).

Bolaño siempre sintió cierta ternura por los autores jóvenes: en un congreso sevillano de 2003 le preguntaron qué consejo podría dar a un escritor primerizo, y el Bolaño a quien quedaban pocas semanas de vida contestó: «les recomiendo que vivan, que vivan y sean felices». Años antes, en una divertida entrevista, afinó más el consejo: “vivir mucho, leer mucho y follar mucho”. En un papel escrito a mano por Bolaño y encontrado por Echevarría, se podía leer, bajo el epígrafe «para el final de 2666» esta frase con la que, ahora sí, cerraré el artículo: «Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano».

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19 comentarios

  1. bolaño

    muchas gracias
    magnífico compendio: ‘lapidario’
    …y habiendo leído Estrella distante y Soldados, nunca me ‘acerqué’ a la verdad…eso sí que ha sido una sorpresa (digna de ser glosada por quién yo me sé)

    saludos

    • Yo no me di cuenta cabal de las similitudes hasta releer «Estrella distante»… En el documental «Bolaño cercano» aparecen Cercas y Bolaño lanzándose mutuos piropos, y se hace evidente que había un aprecio tanto personal como literario. Como digo en el artículo, en «Soldados de Salamina» veo más una inevitable influencia positiva de Bolaño en la escritura de Cercas que otra cosa.

      Leí hace poco a Cercas comentando con una cierta ternura melancólica la época en que compartía mesa y tertulia alcoholizada con Vila-Matas y un semidesconocido Bolaño antes de Los Detectives Salvajes…

      Saludos y gracias por tus amables palabras. :-)

  2. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Roberto Bolaño, el último perro romántico (I)

  3. Gracias por estos dos artículos. Las sombra enorme de Bolaño sigue cubriéndolo todo… Hace un par de años cazé uno de esos bufalos de los que hablaba Bolaño con un relato muy relacionado con él… si alguien quiere echar un vistazo está por aquí

    http://www.portaljovenclm.com/documentos/artistas/384/limitesficcion.pdf

  4. Heisenberg Dufresne

    Respecto a «el estúpido prejuicio propio de los happy few de que cuanto más conocido es algo menos calidad alcanza» no es actitud propia solo de los gafapastas.
    Hace poco en el artículo «Un secreto de dioses» para El País, José Carlos Llop escribe: «Todos hemos tenido nuestros autores secretos. (…) Cuando alguno (…) empezaba a ser más conocido por los lectores (…) el hecho de compartirlo no producía felicidad alguna, sino cierta incomodidad. Una de las consecuencias (…) era la expulsión de aquel autor de nuestro paraíso privado».

    P.D. Sería interesante saber su opinión concreta (o mismamente un artículo) sobre La Fiera Literaria, ya que en su momento me produzco una impresión clandestina ante la empresa cultural elitista, pero con el tiempo detecté esa bilis que comentas.

    • La verdad es que cada vez aguanto menos esa especie de esnobismo egoísta que pretende reservar los mejores autores para el consumo secreto de una presunta elite ilustrada.

      También leí ese artículo de Leila Guerrero en El País, y me chirrió mucho la frase de Llop que citas, porque a mí me ocurre exactamente lo contrario: a mí me divierte y apasiona compartir, difundir y popularizar un autor brillante pero poco conocido… Vale que la frase de Llop aparece en el prólogo de «Diccionario de literatura para esnobs», lo que ya es una declaración de intenciones, pero en fin. Imaginemos por un momento que Llop retrocede en el tiempo y lee a Bolaño justo después de publicar «La literatura nazi en América», que tuvo éxito de crítica pero no de ventas. Llop lo lee, queda fascinado, y lo incluye en su lista de autores secretos que comparte sólo con los happy few, porque al fin y al cabo «compartirlo no le produciría felicidad alguna sino una cierta incomodidad». ¿Qué le hubiera parecido esa actitud al Bolaño que se alimentaba de «yogures y cigarrillos» y sufría por el bienestar de su familia?

      El éxito de ventas de un autor de culto, por otro lado, proporciona un arma sencilla para criticar a un escritor sin que sea necesario tomarse la molestia de leerlo… «Bah, este es puro marketing, un fenómeno editorial nada más». Vale, ¿pero lo has leído, piltrafilla?

      Resumiendo: me fascina la gente que se queja de que el mainstream es cutre y falto de calidad y AL MISMO TIEMPO lamenta que las obras de calidad se vuelvan conocidas y entren en el mainstream. ¿En qué quedamos, por el amor de Cthulhu?

      En cuanto a «La fiera literaria»: tengo la impresión de que han acabado devorados por su propio personaje y por su obsesión con Marías. La crítica corrosiva y asesina tiene su lugar, sin duda, y sirve como ejercicio de esgrima, pasatiempo y control de calidad… Pero por querer hacer una enmienda a la totalidad a Javier Marías acaban cargándose el sacrosanto derecho de cualquier escritor a torturar el lenguaje si con eso consigue sus objetivos artísticos. Los de la fiera han publicado páginas y páginas de «crítica acompasada» dedicadas a criticar que Marías use «ambos» en una frase cuando lo correcto hubiera sido emplear «sendos». Es ponerse a disertar sobre la manicura del dedo que te señala la luna, y lo que es peor, es pretender que un autor deba escribir con la corrección de un estudiante aplicado en su redacción de fin de curso, y no tal y como buenamente le salga de los cojones mientras produzca el efecto que busca en el lector.

      Con Marías tengo una relación ambivalente. Me encantan especialmente «Corazón tan blanco» y «Todas las almas», pero dos de cada tres veces en que le oigo hacer declaraciones me chirrían los dientes. Demasiada autocomplacencia, tal vez. En cierta ocasión le leí hablando sobre Bolaño con una cierta condescendencia estomagante, más teniendo en cuenta las muchísimas ocasiones en que Bolaño puso por las nubes el talento de Marías como prosista…

  5. Como ‘bolañista’ acérrimo agradezco su artículo. Equilibrado, informado y con cariño. Gracias.

  6. Carlos

    Excelente artículo del inmenso Roberto Bolaño. Gracias por descubrir la relación con Cercas. Gracias por traer de vuelta a mi cabeza a tantos inolvidables personajes.

  7. Enhorabuena por el artículo. Me ha gustado aunque esperaba otra cosa, ya decidirás tú si eso es bueno, malo o regular.

    Bolaño fue un poeta que tuvo que dejar de serlo por las circunstancias. Tener mujer e hijos le salvó (le alargó) la vida, pero ahogó a Arturito Belano. Todos damos gracias por que se decidiera a ser Bolaño y no Belano, pero a lo mejor él habría preferido ser más Papasquiaro, leer libros bajo la ducha en vez de escribirlos bajo el flexo. Al menos no se sometió del todo al establishment.

    Quizá por eso su melancolía latente en cada libro. Quizá por eso habla tanto de la derrota, de la cuesta abajo sin frenos que nos lleva a todos a donde queremos, de cómo nos acojonamos y apoyamos la suela en la calzada.

    A mí, que vivo un poco obsesionado con la muerte (aunque no lo quiera reconocer), me fascina la carrera de Bolaño, esa contrarreloj frenética que le llevaba a escribir mientras la parca le adelantaba por la derecha, esa agonía que imagino le suponía saber que no iba a tener tiempo para plasmar todo lo que quería contar, que no viviría hasta 2666.

    Estoy convencido de que 2666 habría salido bastantes años más tarde y que habría tenido bastantes más de mil páginas. Habría sido el moscardón enorme que justificaría toda esa telaraña que empezó a tejer y tuvo que dejar a medias.

    Qué perra es la vida, Arturito, que le diría Auxilio Lacouture mientras le mesaba los cabellos con la mano derecha y le llenaba el vaso con la izquierda. Al menos tú no acabaste en el manicomio. O sí.

  8. me gusteria recibir copia de esos poemas que le mostrò su hermano de montane y bolano.
    fuera posible ?
    gracias

  9. Jose Rivarola

    jueves, 19 de junio de 2008

    Te agradezco el articulo, Josep, y te envío este artículo que escirbí en mi blog «sed de camino» en el que cuento mi encuentro con Bolaño al principios de los ochenta y la impresión sobre sus obras maestras

    El animal escritor

    A principios de la década de los ochenta después de vender bisutería con un tapete en la universidad de Nanterre pasé la frontera de Port Bou con un contrabando de chales horteras comprados en la Rue de Temple que, según parece, se vendían como agua.
    Conseguí un puesto en el mercadillo de Girona, hasta el seis de enero, día de reyes.
    Hoy para vender el mercadillo de Girona hay que presentar hasta el análisis de orina y colocarse en una lista de espera de 634 desesperados.
    En ese entonces, ¡que tiempos!, pagué 300 pesetas a un francés que se encargaba de los puestos y expuse los chales que sí, salían uno detrás del otro.
    Contento con el éxito de mi venta, lo festejé en un recorrido de vinos por los bares de la judería hasta terminar en una taberna romántica, de muro medieval, fogón, vinos, humos, voces y una diana para tirar los dardos, pero mis dardos apenas rozaban el perímetro y otros daban en la pared “¡por la rechucha no pego una sola de esta huevada!” exclamé con fuerte acento chileno.
    Se me acercó un tipo despeinado con cara de dormido simpático.
    ¿Tú eres chileno?, preguntó con el mismo acento.
    No, yo soy argentino pero por culpa de mis amigos chilenos y de una polola que una vez me cayó del cielo, cuando me coloco hablo chileno pueh.
    Le dio mucha risa ese hibrido, y me invitó a unos vinos. Se llamaba Roberto, dijo ser poeta, había huido de Pinochet y había vivido un tiempo en Méjico, y pensaba afincarse en Cataluña. Dijo que con la poesía no comía y tenía pensado pasarse a prosista, que por el momento practicaba recortando las noticias más diabólicas e inverosímiles de los periódicos para sacar una prosa mas real y viva, (entre las noticias estaba el caso de aquel desgraciado que murió aplastado por una roca cuando estaba enculando una gallina) (la gallina murió antes)

    Durante esa semana con Roberto tomamos distintos cafés por todas partes hablando de libros y autores, Malcolm Lowry, Kafka, Cortázar, Borges, Nicanor Parra, Allen Ginsberg Jack Keruac, Corso, Burroughs, Faulkner, Jack London, Joseph Conrad, Jonathan Swift., Macedonio Fernandez. Él fue sacando del bolso de la memoria autores que ni bien nombrarlos se desvanecían en el sonido de las cafeteras, en el resplandor de la barra, y en la estúpida música de los tragamonedas.

    Una mañana me dijo, estoy perdidamente enamorado de una uruguaya que vende frente a tu puesto, pero el gallo de su marido con pañuelo de Krishna al cuello se queda ahí dando vueltas como guardia de presidio, entonces hago media hora de árbol. ¿Qué es eso? La miro desde el árbol durante media hora y después me voy con el corazón compungido.
    Roberto tenía fuertes dolores de estomago, y un artesano peruano, con forma de indio gigante que dijo ser digitopuntirista, le aplicó un apretón entre el dedo índice y el pulgar. Cuando soltó Roberto le dijo, creo que me has curado pero ya no voy a poder acariciar a nadie.

    Lo que hemos hablado en esos días encaja en un mes del tiempo corriente, y las imágenes y situaciones de las novelas que se presentaron en esas mesas encajan en años de literatura

    No lo volví a ver, y en los años que pasaron no tuve ningún encuentro con un tipo como ese que siente el escribir desde ese abismo en el que sondea. Me faltaba alguien que pueda ver lo que hago y la nostalgia me recluía en una soledad con algo de protesta y esa falsa impresión que estoy escribiendo en secreto.
    Y un día, hojeando una librería vi un titulo «Llamadas telefonicas» lo recogí y al abrir la primera pagina lo encontré al amigo Roberto en la foto de la solapa.
    ¡Bien! ¡Publicó el huevón! Pasó el tiempo, otro libro “La Pista de Hielo» y otro; “Estrella Distante”
    Muchas veces imaginé encontrarlo en una feria del libro y recordarle los dardos, la diana, la uruguaya, las conversaciones en el café, la inyección de vitamina que le daba al hablar de obras tan dispares como “El Castillo” de “La Sinagoga de los Iconoclastas” de «Bomarzo» «El Almuerzo Desnudo» y una serie que mejor obviarla para no llenar la pagina.

    Y siguieron rodando los días hasta ese 2 de noviembre de 1998 cuando vi en la Babélia del País que Roberto había ganado el premio Herralde con “Los Detectives Salvajes”
    La foto era simpática, el finalista era un tipo elegante de chaqueta y corbata. El ganador se sentaba encorvado con un cigarrillo en los dedos, grandes gafas y el mismo pelo revuelto de cuando me preguntó si yo era chileno.

    Sin embargo no lo compré, leí algunos párrafos en una librería y me parecieron tan auténticos que podían influir en lo que yo estaba escribiendo. Cuando termine lo mío, me dije.
    Un mañana del 2003 en esa misma Babélia leí la noticia de su muerte por un cáncer al hígado.
    Entonces compré “Los Detectives Salvajes” y me lo llevé a la India y lo leí en el ashram de Ramana Maharshi al pie de la montaña sagrada de Arunachala.

    Cuando el resto de los huéspedes leían las iluminaciones y los ejemplos de los santos y los yoguis, yo leía hasta las cuatro de la mañana las benditas bestialidades de Arturo Belano y Ulises Lima, y no sé si fue por la vibración de la montaña o vaya uno a saber, el temblor que me dio al verme frente a una obra maestra. Entonces encontré el amigo que buscaba.

    Volviendo a 1981 en uno de esos cafés, yo le digo que me impresiona la prodigiosa memoria de Keruac porque escribió On the Road mucho tiempo después sin tomar apuntes de nada y sin embargo los detalles están como si lo hubiese vivido unos minutos antes.
    ¿Sabes por qué?, dijo Roberto, porque Keruac tenía incorporado el animal escritor. Mientras tú viajas el animal escritor registra tomado nota de todo lo que ve y lo que siente, luego está en ti la capacidad de despertarlo y algo muy importante, hay que dejarlo que escriba, no se te ocurra interrumpirlo o darle un consejo porque te mata de un mordisco.

    Años después lo entendí mejor:
    El animal escritor es un animal salvaje que trota en la inmensidad plagada de espejismos, devora los papeles y escupe personajes, furias, vinos, trenes, carreteras, lagrimas, el desequilibrio de un cerebro como ropa de lavadora, amores en la penumbra, gritos, fuegos en las ventanas, sabanas retorcidas, caballos con locura en los ojos, maremotos que arrasan las palmeras, puntitos lejanos en una playa solitaria, y escupe todo un universo de colores y de blanco y negro y de sepia y salta por encima del lenguaje, trota solitario rumiante de palabras y preposiciones que puede repetirlas hasta el cansancio por orden de su propia naturaleza.
    Huye de las poblaciones intelectuales. Se larga a toda carrera sorteando abismos, lejos siempre de los escritores ovejas de los escritores camello de los escritores cabra de los escritores bueyes, o los escritores gatitos o gatas o perros falderos.

    El animal escritor suelta la baba delante del océano y tiene un olor fuerte a vida curda y salvaje. Olor que algunos lectores rechazan y otros enloquecen y deciden romper sus casillas y salir a la llanura y ponerse a escribir.
    Y ese olor que se siente en algunas librerías viene de aquellos estantes donde están “Los Detectives Salvajes” y “2666” de Roberto Bolaño.

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