Abocados a la parodia: Teoría y pragmática del carnaval

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“Bueno, nadie es perfecto”
Billy Wilder, Con faldas y a lo loco


Mofarse del vecino contribuye a la cultura y al arte popular. Parodia no es solo imitación burlesca: parodia es revisión, recreación, caricaturización e interpretación de un texto, hecho o personaje de forma irónica, humorística, más o menos hiriente o transgresora. Independientemente de que nos haga gracia. Pero…

¿De dónde nos viene tan vil afición?

Oscuridad, miedo, simbolismo y aislamiento. La caída del Imperio Romano en el año 476 d.C. puso un punto y aparte en la historia de occidente para dar paso a un nuevo periodo donde el sistema del feudalismo y la iglesia regirían el funcionamiento de la sociedad. Lejos de abandonarse al estancamiento y a la incomunicación, la vida diaria siguió su curso, y aunque el espacio y el tiempo abocaban a una lentitud tediosa, la chispa de la oralidad mantuvo los motores encendidos.

En la Edad Media la Iglesia lo abarcaba todo. En comunión con el feudalismo, poder terrenal, económico y cultural quedaban resumidos en un ora et labora que el campesino acataba a sabiendas de que, en aquel mundo rural, reinaba el principio de autarquía, y no había escalera que permitiera movilidad en la rígida sociedad atomizada.

Si el discurso imperante era básicamente el religioso, el imaginario popular aparentemente no se alejaba demasiado. La familiaridad entre iglesia —a través de la parroquia— y campesinado era tal que el temor formaba parte de la cotidianidad, y se expresada en una serie de iconos (horca, castillo, hoguera…) que ilustraban una comunicación esencialmente simbólica. Bien pudieran tener hoy su emoticono correspondiente. Claro que, la herejía, por un lado, y los intentos exacerbados del poder religioso por inculcar la Palabra a través de sermones, la Biblia, etc. por otro, agudizaban el silencio impuesto. Pero este pacto entre palabra y silencio dejaba traslucir “una extraña y contradictoria mezcla de fe y violencia, piedad y libertinaje, espiritualidad y sensualidad”, en palabras del estudioso García de Cortázar, que caracterizaría la época. Así, los grupos analfabetos desarrollarían formas propias de esa cultura oral, de una expresividad enorme.

Quizá el pueblo, el campesinado, tuviera un acceso muy restringido a los sistemas de producción y recepción de la cultura, pero tenían su propia vía de escape que en realidad era mucho más: la expresión festiva en forma de representaciones de tradición romana, canciones, músicas y danzas rituales de origen germánico definían la oralidad y determinaron crucialmente la transmisión de la cultura popular, cuya riqueza será el sustrato de gran parte de la literatura hasta hoy en día. ¿Comunicación al margen de la cultura dominante? No exactamente. La dualidad de la cosmovisión del mundo parece evidente (nobleza y populacho), pero en realidad los intercambios constantes creaban un flujo de circularidad, como teorizó el formalista ruso Mijaíl Bajtín. Sus estudios sobre la comunicación en la Ediad Media nos proporcionaría la Teoría del Carnaval y la definición del concepto de “parodia”; la Pragmática —ese cajón de sastre de la lingüítica—, las claves de su funcionamiento.

A partir de la filosofía del lenguaje sabemos que la lengua y la comunicación confieren el pensamiento y conforman un conjunto de saberes que a lo largo de la historia suponen el legado cultural, que observamos, por ejemplo, plasmado en la escritura. En ese proceso, interviene de forma crucial la Pragmática, pues la comunicación no consiste en una mera relación emisor-receptor, sino en un conjunto de condicionantes contextuales que se escapan de la lingüística en su sentido chomskiano, tales como la situación, los distintos significados, las normas sociales, etc. y que imprimen numerosos matices a los que no somos ajenos, pero que a veces no sabemos muy bien cómo explicar. Más concretamente: “el uso de la lengua trae consigo procesos cognitivos que tienen lugar en un mundo social con una variedad de restricciones culturales, por lo que la Pragmática constituye una perspectiva general cognitiva, social y cultural de los fenómenos lingüísticos en relación con su uso y formas de comportamiento” (Verschueren). La Pragmática, por tanto, se ocupa de lo que ocurre más allá de la Gramática: de la relación entre lenguaje y uso, lenguaje y pensamiento y, en definitiva, lenguaje y mundo. No hace falta irnos muy lejos para darnos cuenta de que la mayoría de los choques diplomáticos tienen que ver con cuestiones de esta índole. Todo esto Cervantes, ese Ser, supo contenerlo en una sola obra.

Graham Green decía: “el acto comunicativo es un acto de fe”, y así lo sienten narrador y lector/espectador. Ambos asisten al ritual de las palabras persiguiendo un mismo fin: dejarse atrapar por las palabras y las imágenes, introducirse en ellas, vivirlas y crecer en ellas. Escapar de la realidad para penetrar en otra erigida verbalmente –pragmáticamente– en su presencia, y sólo gracias a ella. Este es el trance creativo del mundo mágico del carnaval.

Color y burla en la edad Media. Los orígenes

M. Chagall, Moi et le village, 1911 o un poco de color para sobrellevar la guadaña.

Bajtin, crítico literario y filósofo ruso, llamó “carnavalización” de la literatura a la transposición del lenguaje del carnaval al lenguaje de la literatura, que se refleja en varias formas simbólicas unificadas por la visión común del mundo que todas ellas expresan. En definitiva, una cosmovisión. Entre estos dos lenguajes —el carnavalesco, y el artístico— intercorre una relación de afinidad que ha permitido históricamente el paso del primero al segundo. Por ello se dice que el modelo de Bajtin es un modelo semiótico: es un modelo del mundo.

A Bajtin, amigo de otro ruso encargado en este artículo de poner el color a estas teorías, Marc Chagall (pintor de costumbres y temas bíblicos conectado con diferentes corrientes de arte moderno), la iglesia ortodoxa rusa le complicó los estudios, pero ello no impidió que su obra fuera por fin leída 50 años después. A su intuición debemos una gran apertura de miras en lo que a la relación con el otro y con el imaginario cultural se refiere “la palabra en el lenguaje es en parte del otro. Se convierte en ‘propiedad de uno’ sólo cuando el hablante la puebla con su propia intención, su propio acento, adaptándola a su propia semántica. Antes de este momento de apropiación, la palabra no existe en un lenguaje neutral, sino en la boca de otras personas y en sus contextos propios, sirviendo a sus intenciones”

Bajtin inició sus estudios en la comunicación popular en el medioevo a partir de la obra de Rabelais, quien recogió la sabiduría de la corriente popular de los antiguos dialectos, refranes, proverbios y farsas estudiantiles, de la burla de la gente común y los bufones. Una “cultura cómica”, donde la risa popular jugaba un papel de capital importancia: le imprimía el carácter lúdico y paródico como bálsamo ante las directrices que el mundo religioso imponía, y formaba un mundo infinito de formas y manifestaciones, esto es, la cultura carnavalesca. A partir de aquí desarrollaría su idea de novela, como rechazo de la norma unívoca y de la rigidez de los patrones y estilos literarios, como celebración de la ambivalencia.

Pragmática del Carnaval

El carnaval entonces se desenvolvía en dos niveles: uno sagrado y otro más vulgar y pragmático, muestra de la interconexión de código religioso y popular y de la intensificación del simbolismo, esencial de la parodia.

Sin duda sabían cómo pasárselo bien riéndose hasta del último monaguillo. Si los ritos sagrados en esta fiesta tenían que ver con el Caos primigenio, la Muerte o la Resurrección, en su versión más popular gozaba de protagonismo todo el pueblo, que, de forma multitudinaria, personificaban ese caos mediante la completa alteración de los órdenes de la convivencia: social, mediante la elección del “rey por un día”, del “rey de tontos” o “rey de locos”, y el trato igualitario; sexual, a partir del desenfreno mitificado en la fuerza de la Primavera, de antigua tradición latina (Lupercales y Saturnales romanas); y moral, a través de la subversión de todo principio discerniente entre Bien y Mal, lo que remite de nuevo al Caos, al mito del Tiempo y al misterio de la Vida.

Algunas formas y rituales de este espectáculo eran las fiestas de carnaval, pero también la “fiesta de los bobos”, la “fiesta del asno”, la “risa pascual”. En realidad, casi todas las fiestas religiosas poseían una versión cómica popular, donde estaba permitido el regodeo. Espectáculo teatral puro, disfraces, máscaras… todo valía para la representación. La versión oficial dice que no era más que una vía de escape, pero las licencias que se tomaba el pueblo fueron la nota predominante en un mundo casi asfixiante. Tanto es así que la iglesia acabó asumiendo parte de estas con el fin de reconvertirlas. El caso es que no eran un acontecimiento puntual, sino toda una cultura paralela e imbricada a la vez en la vida diaria.

Pero en este espectáculo teatral lo que se representaba era la vida misma, aunque fuera de un modo distorsionado. El carnaval ignora la distinción actor-espectador porque todos participaban y observaban a la vez; ignora la escena porque es la vida la que interpreta, de lo contrario se destruiría. Nuestra imaginación no puede sino volar por delante: ¿orgías? ¿bacanales? Dios quisiera que el orden y la mesura acotaran el espectáculo, pero nuestro asunto es el lenguaje. ¿No eran un caos, entonces, estas fiestas? Por supuesto que no. Siguiendo las acertadas propuestas de Sperber y Wilson, dos de los más célebres estudiosos de la ciencia cognitiva y de la Pragmática, existe un principio natural que guía la comunicación humana, esto es, que encamina nuestra mente a hallar la máxima información a partir de los estímulos que recibe, al que llamaron Principio de Pertinencia, concepto clave para los estudios pragmáticos posteriores, que dio lugar a una “Teoría de la Pertinencia”.

Una explicación teórica para los usos de la parodia

Partiendo del famoso esquema de la comunicación que elaboró Jackobson (1896- 1982), —previamente apuntado por lingüista Saussure (1857- 1913)— el “abc” de la comunicación verbal consta de: un hablante que transmite un mensaje a un oyente mediante un código (compartido), en un contexto determinado y a través de un canal (la conexión psicológica, en este caso), lo que en Pragmática se tradujo en el la idea de que la comunicación era necesariamente ostensiva e inferencial, es decir, el reconocimiento de la intencionalidad del hablante, y la aparición de cierto efecto psíquico.

Frente a la ley de libertad que imperaba en el carnaval, reinaba, ante todo, el Principio de Pertinencia, y este funcionaba gracias a la competencia comunicativa de los hablantes/oyentes (que en realidad lo eran todos) según la lógica del famoso esquema de Jackobson. Aquello era mucho más que transmisión de información, y mucho más que un juego: era la transmisión de las formas de una cultura, de una forma de ver la vida, y nadie era ajeno a esto.

A pesar de la apariencia de una vida paralela popular, los elementos provenientes del mundo del espíritu y de las ideas determinaban su clima, expresado en los temas de muerte y resurrección, sucesiones y renovaciones o su ligazón a periodos de crisis. Efectivamente, los muertos vivientes, zombies y demás preocupaciones ya estaban de moda por aquellos tiempos.

La Teoría de la Pertinencia considera que los enunciados y los pensamientos poseen un contenido: representan, en primer término, estados de cosas, ya sean reales o imaginarios, es decir, un mundo posible, como lo era el mundo del carnaval en la Edad Media. Nos interesa en este caso no tanto los pensamientos, que darían lugar a representaciones mentales, sino los signos, los enunciados dichos o escritos y las imágenes, que son representaciones públicas. Al realizar un enunciado que representa cierto estado de cosas (un determinado gesto con una máscara hecho a otra persona), el hablante invita al oyente a interpretar el enunciado formando un pensamiento que también representa este estado de cosas.

Rabelais muestra, además, cómo de la tradición del carnaval y de su evolución se crea –o mejor dicho, se identifica– un lenguaje carnavalesco típico. Dentro de la interacción, el hablante elige una formulación determinada que se adecua a su interlocutor porque es capaz de representarse lo que éste tiene en su mente, gracias a su capacidad de metarrepresentación, la misma que posee el oyente y que le permite comprender lo que el hablante le quiere comunicar, en un constante intercambio de papeles. Si esto no se adecua correctamente, da lugar a malentendidos, o a cabreos, directamente.

Según la Pragmática, en la interacción interviene además el lenguaje no verbal; distinguimos: el paralenguaje, que abarca el timbre, la intensidad, la velocidad, los tipos de voz, la risa, el llanto, el suspiro…, la kinesia, que serían los gestos (mirada, movimientos de brazos, piernas cabeza, cara…) maneras y posturas, y la proxemia, que se refiere a la manera en que se sitúan los hablantes en una interacción (distancia y posición).

El Dormilón, Woody Allen

Sin duda la parodia merece un punto y a parte en su reflexión. Su uso e influencia traza una sutil pero larguísima línea hasta nuestros días, de forma que muchos movimientos la han utilizado como bandera. Medio ideal para la elegante transmisión del pensamiento, que requiere de una inteligencia y técnica humorística afinada para saber plasmarla con acierto, el mismo Bajtin le dedica estudios aparte y elabora sus teorías sobre dialogismo y polifonía textual a partir de esta. La literatura y el cine encuentran aquí un filón para hacernos desternillar de risa mediante guiños a otras obras. Woody Allen nos lo enseñó con El Dormilón, con homenaje a cintas como Metrópolis (Fritz Lang) o 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick), o en Manhattan, donde se transluce en algunas escenas el homenaje a su admirado Billy Wilder (El apartamento).

Ciertamente, el humor en el lenguaje carnavalesco es condición indispensable para el éxito de la comunicación, y es la esencia de su origen. Muestra, una vez más y de manera aún más aguda, el carácter ostensivo e inferencial de la comunicación que definíamos antes.

Una de las características de la risa es su carácter ambivalente, que la lleva a ser alegre pero burlona y sarcástica, que afirma y niega a la vez y que resucita pero amortaja a la propia vida. Es la ironía la que tinta de utopía a la risa popular, frente al concepto de superioridad. Prueba de ello es su influencia en varios tratados y obras religiosas escritos en latín primero, y más tarde en lengua vulgar (Coena Cypriani o El elogio de la locura de Erasmo, entre otros), y si el latín se atraganta, escoja un capítulo al azar de Los Simpsons, de South Park o de Padre de Familia, y apréciese su carácter universal y de continuidad en el tiempo.

A estas alturas no es posible pensar que semejante acto de cultura fuera una simple vía de escape ante el código religioso y la dura vida diaria en la Edad Media. El pueblo era plenamente consciente de la trascendencia inmediata de sus actos. Las personas se hablan unas a otras y cada vez que lo hacen, actúan. El lenguaje no sólo consiste en oraciones y proposiciones, como diría Chomsky, es adicionalmente una forma de comportamiento colectivo que está mediado por la dinámica de las interacciones de habla, que perviven en los contextos interpersonales. El lenguaje funciona a través de actos cotidianos de significación —no es, recalcamos, un hecho aislado— que se basan en las presuposiciones nacidas en las posiciones que ocupan y los papeles que tienen los hablantes, y que otorgan valores a lo que dicen.

¿Qué hay detrás de la máscara?

Oswald Ducrot, en una adaptación de la teoría polifónica de Bajtin, afirmó que los enunciados son acciones que pueden interferir en la situación de los sujetos hasta el punto en que determinan sus conductas y sus posiciones, y por tanto eran los “enunciadores” los responsables de esas distintas voces. Sperber y Wilson, más adelante, hablarían refiriéndose a este mismo concepto con la noción de “eco” para las representaciones de estados mentales o enunciados atribuidos a otros, siempre con el límite del Principio de Pertinencia que garantiza la interpretación más o menos adecuada dentro de un contexto. Qué mejor ejemplo para estas “voces como ecos” de los otros que el disfraz: la máscara del carnaval.

En este contexto, la ironía se presenta como un caso especial de representación del otro. En los mismos enunciados ecoicos es frecuente que se transmitan actitudes del hablante. En la ironía se expresa con un distanciamiento/desaprobación ante lo que se presenta como eco. Algo similar le sucede a la hipérbole o exageración, también característica del lenguaje del carnaval.

Por otra parte, este distanciamiento que imponía la ironía o la parodia lo salvaba la cercanía del lenguaje familiar con el que se fundía: las formas de tuteo, los diminutivos, epítetos injuriosos con sentido afectuoso, la burla, el palmoteo o la inexistencia de tabúes es una buena muestra de ello. Además, el uso de groserías y expresiones blasfematorias tenían en la antigüedad un carácter mágico y encantatorio, a menudo ambivalentes.

Profundizando un poco más, y desde un punto de vista psicológico/cognostivista, esa capacidad metapragmática del hablante, que consigue que se comprenda lo que se desea comunicar, supone una capacidad de interpretar, predecir y explicar el comportamiento de los demás seres humanos que es innata; es lo que ellos llamaron nuestros teóricos Sperber y Wilson una Teoría de la mente.

En cualquier caso, valga la retahíla teórica para explicar que la comunicación nace de una necesidad inherente al ser humano, que, paradójicamente, toma forma en la oscuridad imperante en la Edad Media. En esta fusión de códigos, de voces, latían las categorías carnavalescas que, conservadas durante millones de años en la humanidad europea han formado los géneros literarios, tal y como explica Vladimir Propp (otro ruso) a propósito de las raíces históricas recurrentes de los cuentos de hadas populares. Ello, junto a lo que vibre más poéticamente en su enunciado será la emoción que indique su auténtica fuerza ilocucionaria: desafiar al poder, y así, frente al silencio de la creación, el que aguarda a la muerte, el que precede a la música y donde las palabras brotan y suenan como una vocación, se alza este carnavalesco silencio que es grito y fiesta, estruendo y diversión que susurran las calles. El que hace callar y deja sin palabras, el que resuena como una provocación. Es, en el fondo, la parodia de nosotros mismos.

Woody Allen, Annie Hall (1977). Cómo hacernos reír mientras nos sueltan la verdad a la cara.


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3 comentarios

  1. Hace un tiempo adapté un apartado sobre el carnaval de un ensayo que realicé sobre el humor y la risa: http://humodelector.wordpress.com/2011/07/04/sobre-el-humor-y-la-risa-iv-el-carnaval/

    Sin embargo, es esta entrada la que me hubiese gustado escribir al respecto. Un excelente y detallado trabajo, con conexiones tangenciales y profundas con aspectos de la cultura occidental que trascienden hasta hoy mismo. Gracias por el placer de esta lectura.

    • María Ramiro Martín

      Gracias por tu comentario. Lo realmente gratificante de la escritura es saber que interesa a quien te lee, a pesar de ser, en este caso, un texto complicado y con conceptos lingüísticos un poco enrevesados…

      @emecarewal

  2. Pingback: Todo queda en familia - Jot Down Cultural Magazine

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