Con los indios z’oé del Amazonas

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El 22 de julio de 1998 salí para Brasil enviado por la revista Planeta Humano con un objetivo fascinante: convivir 20 días con los indios z’oé, descubiertos muy poco antes por Sydney Possuelo, director  del Departamento de Tribus Desconocidas en la FUNAI (Fundación Nacional del Indio). Desde Río de Janeiro, camino del estado de Pará donde se encuentran los z’oé, volé con el gran Sydney Possuelo a Brasilia. Possuelo (Sao Paolo, 1940), explorador, activista social y experto en sociedades indígenas, es discípulo avanzado de los míticos hermanos Villas Boas (Orlando, Claudio y Leonardo), exploradores y activistas de los derechos de los indígenas, que habían establecido contacto con 18 tribus que hasta 1943 apenas habían visto gente del mundo exterior. Sydney Possuelo es un personaje excepcional, sabio y muy comunicativo. Entre otros premios, ha recibido honores de la National Geographic Society, el Bartolomé de las Casas, y el título de “Héroe del Planeta” por la revista Time. Es un privilegio viajar y pasar muchas horas con él.

Brasilia es capital federal y sede del Gobierno desde 1960. Dos días allí fueron suficientes para comprobar que se trata de una ciudad postiza, árida y gris, a pesar de que el presidente Kubitschek había querido que fuese una urbe utópica. Magníficamente diseñada por tres grandes profesionales (el urbanista Lúcio Costa, el renombrado arquitecto Óscar Nyemeyer y el paisajista Robert Burle Marx), poco a poco dejó de ser la ciudad ejemplar soñada. Diseñada para medio millón de habitantes, con amplias avenidas, espectaculares monumentos y un gran lago artificial, pronto se convirtió en una capital con más de dos millones y medio de almas y un deterioro evidente. A pesar de ello, fue nombrada por la Unesco en 1987 Patrimonio Cultural de la Humanidad. Es la única ciudad construida en el siglo XX que tiene ese honor. Pero, lejos de la idea inicial, tiene todos los problemas de una gran ciudad, con el añadido de que se ha quedado en un conglomerado funcional, hierático, tibio.

La siguiente etapa nos lleva hasta Manaus, donde permanecemos unas cinco horas. Aquí es donde el imponente río Negro se funde con el Amazonas. Únicamente nos da tiempo a admirar el suntuoso Teatro Amazonas, erigido en 1896 y único coliseo del mundo dedicado a la ópera en plena selva tropical. Se inauguró al año siguiente con La Gioconda, de Ponchinelli, que se había estrenado en 1876 en la Scala de Milán con uno de los mejores tenores de todos los tiempos, el español Julián Gayarre. En Manaus eran tiempos de extraordinaria bonanza económica y se hicieron grandes fortunas con la llamada Fiebre del caucho (1897-1912). Esta fiebre ha dado lugar a muchos ensayos y novelas, entre ellas Manaos (1975), de Alberto Vázquez Figueroa, que se transformó en película cuatro años más tarde con guión y dirección del propio escritor. Posteriormente la recolección del caucho forjó la figura del famoso sindicalista y activista ambiental Chico Mendes (1944-1988), que murió asesinado. El español Javier Moro escribió en 1995 Senderos de libertad, la lucha por la defensa de la selva, basada en la vida del líder brasileño al que también dedicaron canciones el argentino León Gieco (La memoria), Paul McCartney (How many people) o el grupo mexicano de rock Maná (Cuando los ángeles lloran).

Nos quedamos con ganas de adentrarnos en la ciudad, pero los z’oé nos esperan y no hay tiempo que perder. En dos horas nos presentamos en Santarém, en el estado de Pará, desde donde volaremos en avioneta al día siguiente para llegar al poblado. El estado de Pará limita al norte con Surinam y al noroeste con el Atlántico y Guyana. Santarém, segunda ciudad más poblada del estado después de Belém,  está localizada en la confluencia del río Tapajós con el Amazonas formando una extensión de agua que parece más un océano que la unión de dos ríos, un espectáculo semejante a la confluencia en Manaus de los ríos Negro y Amazonas. Desde la avioneta el panorama es majestuoso. El Tapajós, largo y caudaloso, tiene 810 kilómetros de longitud y  es el principal afluente de la margen derecha del Amazonas. La ciudad es un bullicio permanente en torno al puerto, a donde llegan día y noche numerosas embarcaciones de transporte humano y de productos hortícolas y cárnicos desde Manaus y otras  poblaciones de los contornos. En ese puerto me quedé alucinado contemplando el trasiego de gentes de diferentes tribus y lenguas, además del portugués.

Por fin salimos en la avioneta al encuentro con los z’oé. Están a 250 kilómetros de Santarém por vía aérea. Damos un pequeño rodeo para ver un poco más el magnífico Amazonas, que cerca de su desembocadura tiene unos 300 kilómetros de ancho. El piloto es un señor muy experto en su oficio, aunque perdió a su mujer y sus dos hijos en uno de sus periplos. Eso no le ha impedido seguir con su trabajo. Permanece sereno y estoico; es un ameno conversador que conoce todos los secretos de sus trayectos. Solamente en atravesar la unión del Tapajós y el Amazonas empleamos más de tres cuartos de hora atónitos, a pesar de que Sydney Possuelo conocía sobradamente esa travesía magnífica y nos la iba describiendo. Durante el trayecto Possuelo va señalando los asentamientos de distintas tribus, que se reconocen en medio del inmenso y tupido arbolado del Pulmón del Planeta por el humo que sale de sus aldeas, que él conoce bien. De hecho, dice, “la mayoría de los poblados indígenas se han descubierto sobrevolando la selva y detectando el humo”. Contemplamos desde arriba la red fluvial más extensa y caudalosa del mundo. Al fin, Possuelo señala la aldea de los zóé. En un rudimentario y mínimo aeropuerto están ellos, la mayoría del poblado, esperando ansiosos y dándonos señales de bienvenida. Al aterrizar nos contemplan con la boca abierta. “Todavía piensan que la avioneta es un pájaro grande lleno de blancos”, nos dice Possuelo. Toda la tribu va rigurosamente desnuda. Los hombres llevan un minúsculo nudo de cuerda sujetando el pene y los testículos. A uno se le cae, lo cual le da mucha vergüenza y provoca la hilaridad de los demás hombres y mujeres. Al bajar de la avioneta se acercan a nosotros y lo primero que hacen los hombres, las mujeres y los niños es palparnos la entrepierna con absoluta naturalidad. No saben todavía si nosotros tenemos en esa zona del cuerpo el órgano que ellos tienen. El rubor nos invade y solo desaparece cuando vemos que Possuelo permanece impávido. Él ya lo sabía, pero se le había olvidado comentárnoslo. Se justifica: “Es que a ellos les resulta muy extraño que vayamos vestidos; no comprenden cuál es la causa”. Observamos que son personas muy amables, esbeltas y bien formadas. No se ven personas gordas. Es decir, tienen una dieta muy equilibrada y hacen mucho ejercicio. Nos tocan los relojes, las gafas, el sombrero, los bolígrafos. Meten con inocencia la mano en nuestros bolsillos, nos miran de arriba abajo, se ríen y comentan entre ellos no sé qué cosas. Además de su desnudez, llama mucho la atención en hombres y mujeres el puturu, pieza de madera que atraviesa el labio inferior y llega hasta el pecho. Preguntamos a Possuelo, que es muy querido por todos ellos, y nos aclara: “No saben de dónde viene esa tradición, pero es lo que les distingue de otras tribus. Desde que tienen 6 años, niñas y niños llevan el puturu. Es pequeño al principio, pero llega hasta las 7 pulgadas al llegar a la edad adulta”.

Junto con tres enviados de la BBC, soy el primer periodista que visita a los z’oé. Ni siquiera llegaron a Cuminapenema (así se llama este territorio) los conquistadores españoles y portugueses. También se ha desplazado hasta aquí con nosotros un eminente dentista alemán que viene para estudiar la significación del puturu y sus repercusiones en la dentadura de los indígenas. El alemán es un hombre encantador y perplejo que se pasa el día analizando la boca de los nativos, que se dejan auscultar dócilmente con una sonrisa. Los z’oé están como viendo visiones y ríen mucho con nosotros, les parecemos extraterrestres. Nos comunicamos con ellos con señas y gestos que comprenden perfectamente, y viceversa. Incluso podemos mantener conversaciones por medio de un indio de una tribu contactada hace años que pertenece como ellos a la rama de las lenguas tupíes, que se compone de al menos 80 familias lingüísticas, de las que unas 76 todavía tienen algún hablante. Se ha encontrado cierto parentesco entre los tupíes con las lenguas yê y caribes. Este parentesco implica que los idiomas yê-tupí-caribe constituyen la mayor familia en número de lenguas de Suramérica, y la que ha alcanzado mayor extensión geográfica en el subcontinente.

El indio citado nos traduce al portugués lo que dicen los z’oé. Y así nos vamos enterando de muchas cosas de la tribu. Son pacífistas y consideran que no merece la pena una matanza cuando les invaden otras tribus. Simplemente recogen sus bártulos y se buscan asentamiento en otro lugar de la selva. Creen en un ser superior que está “en lo alto”, pero este ser no tiene representantes en la tierra ni sacerdotes ni intermediario alguno. Organizan en ocasiones especiales rituales nocturnos dedicados a ese ser superior. Nos obsequiaron como signo de bienvenida a ese ritual: hombres, niños y mujeres (algunas con los bebés de pecho en sus brazos) danzan en  corro en torno a una pira continuamente avivada con troncos de árboles. Unas mujeres elaboran en barriles de madera cierto brebaje sicodélico cuyos componentes solo la tribu conoce. De vez en cuando van saliendo del corro algunos danzantes y beben la poción con cucharas hechas de cerebros mondos de mono. Poco después vomitan la pócima tranquilamente dentro del corro. Así permanecen toda la noche cantando y danzando sin cesar con ritmo uniforme. Ya con las primeras luces del día concluyen la ceremonia deshaciendoel corro y agitando repetidas veces mantas al aire. Parece que lo hacen para espantar a los espíritus esquivos.

Los z’oé, como los indígenas africanos de Livingstone, carecen de pudor, tal como nosotros entendemos esa palabra. Tanto hombres como mujeres evacuan en cualquier lugar y delante de quien sea mientras hablan con sus interlocutores. Viven en espaciosos barracones sin paredes cubiertos con hojas de la floresta sostenidas por troncos. En sus casas circulan con fluidez distintas clases de monos y loros. También suele haber un jabalí atado al lado de las hamacas donde descansan, duermen y pasan gran parte del día. Cocinan al raso o en un fuego en la parte central del habitáculo. Como dato curioso, a los perros los tienen algo alejados de la choza, al igual que a las gallinas.

Practican la poligamia y la poliandria. Los jefes de la casa pueden ser hombres o mujeres, todo depende quién tenga más esposos o esposas. La jefatura consiste únicamente en la organización del trabajo de la familia. Las mujeres se encargan de la agricultura; los hombres de la caza y pesca. Desde muy niños, los varones disponen cada uno de ellos de su propio arco y sus flechas. Los niños reciben adiestramiento y educación ejemplares. Van todos siempre muy limpios y aseados. Fabrican un jabón con la resina de un árbol, de cuyo nombre no me acuerdo, y cada día se dan varios baños en los igarapés cercanos (riachuelos que van a dar al Amazonas), esquivando caimanes que acechan taimadamente. Su sanidad, aunque rudimentaria, es bastante completa para sus necesidades. Las hierbas (hay en la cuenca amazónica más de 60.000 mil especies de plantas) les proporcionan medicamentos que utilizan sabiamente. Incluso, nos dice Sydney Possuelo, están quirúrgicamente preparados y hay constancia de su capacidad para realizar operaciones de cráneo. Hace unos años, el doctor Mark Plotkin, etnobotánico estadounidense rastreó minuciosamente las cualidades medicinales de las especies amazónicas: una de cada cuatro plantas del planeta se encuentra en la cuenca de ese río. Plotkin, junto con exploradores, científicos y antropólogos de todo el mundo, participó en el documental de 40 minutos Amazonas, dirigido por el cineasta Kieth Merril (Óscar por Grand Canyon), con la narración de la actriz Linda Hunt (nominada por El año que vivimos peligrosamente) y la música de Alllan Williams. A lo largo del filme, además de las plantas, se nos presenta un maravilloso retablo de animales como el jaguar, el tapir, el sapo pipa o el perezoso, y varias especies acuáticas, como delfines rosa, anguilas eléctricas, pirañas fura o el piracú, un pez que puede sobrepasar los 3 metros de largo y pesar hasta 150 kilos.

Al llegar nosotros en 1998, la tribu estaba compuesta por 75 individuos. En la actualidad hay 225 personas, la mitad de ellos de menos de 20 años. ¿Cómo se está llevando a cabo la colonización? Responde Sydney Possuelo: “En un principio, incluir a los indios en nuestra sociedad parecía necesario. Yo también suscribí esa idea: penetré en la selva y contacté con indígenas. Prueba de la ingenuidad de mi postura y de mis compañeros de la FUNAI, es que hablábamos de pacificación, como si ellos estuvieran en guerra y nosotros tuviéramos como misión salvarlos. Después de siete contactos con cinco pueblos distintos, y de comprobar cómo muchos indígenas habían huido a otras tierras, enfermado e incluso muerto, nos rendimos a la evidencia: teníamos que cambiar nuestro enfoque y cesar todo intento de contacto. Me llevó once años de esfuerzo y dedicación modificar la visión del Gobierno e implantar la metodología que hoy prevalece. En la actualidad tenemos una actitud más respetuosa con las poblaciones indias: estamos involucrados en la preservación del medio natural, pero sobre todo en la defensa de las personas”.

Los z´oé tienen plantaciones de plátanos, yuca, patatas dulces y urucú, bixa orellana, especie botánica arborescente y perenne de propiedades medicinales y culinarias (condimento y colorante). Los padres evitan dar demasiados consejos a sus hijos para que aprendan más rápido sobre sus propios errores. Nunca les castigan, excepto en muy raras circunstancias. La vida sexual de esta tribu suele ser nocturna y abierta, sin importarles la presencia de otras personas. Según nos dicen los médicos y enfermeras que les atienden, hasta el momento no se han detectado casos de homosexualidad. Los contactos con nuestra civilización han sido normalmente perjudiciales para ellos, provocando enfermedades y creando nuevas necesidades que originan comportamientos egoístas y envidias. La misión religiosa Nuevas Tribus de Brasil, que se asentó en 1987 para evangelizar a los z´oé, ha provocado al menos 37 muertes por enfermedades para las que los indios carecen de resistencias. En cuanto a lo evangelización, “esta acción supone que somos superiores”, dice Possuelo. Costumbres como la poligamia y poliandria y la desnudez intentaron ser eliminadas por los misioneros. Estos replicaron que no intentaban introducir otra cultura y que “el Evangelio del Señor Jesucristo es para todas las culturas”. También se defendieron diciendo que la FUNAI tiene secuestrados a los indios. Por fin, en 1991, el Gobierno ordenó su desalojo, pero ellos siguen queriendo volver y “se les ha visto merodear por aquí”, asegura Possuelo. Pero ellos siguen erre que erre. Un tal Gallois, el fotógrafo francés Serge Giraud y uno de aquellos misioneros, lograron infiltrarse de nuevo en Cuminapanema y rodar un vídeo, El arca de z’oé, en 1993 (dos años después de su salida forzosa. Ese vídeo sigue comercializándose y exhibiéndose en Internet.

De las pocas cosas que se les puede regalar, hay principalmente dos que son bienvenidas por los indígenas y los que se encargan de protegerlos: linternas y arpones. Las linternas les son de gran utilidad, sobre todo para que las cobras no les ataquen. Estas serpientes venenosas no atacan si no son atacadas. Pero por la noche, como no se las puede ver en el suelo, son muy peligrosas cuando se las pisa. Por eso los z’oé llevan siempre nuestras linternas cuando se pone el sol. No han vuelto a sufrir sus mortales picaduras. Los arpones metálicos son mucho más seguros y eficaces que los utilizados por los z´oé hechos de madera o huesos de diversos animales. Para ellos la caza y la pesca son fundamentales para su manutención.

Los z’oé se levantan muy temprano para ejercitar sus labores. A esas horas ya hay unos cuantos mirando por las ventanas de nuestros barracones para comprobar si los hombres que llegaron en el pájaro metálico duermen como ellos. Nos saludan alegres y nos invitan a acompañarles en la caza y la pesca. Yo lo hacía casi todas las mañanas y me quedaba boquiabierto al observar el arte y la astucia con que ejecutan estas labores los hombres y los niños.

En ocasiones, cuando se acercan por allí madereros y buscadores de oro, miembros de la FUNAI armados ahuyentan a los intrusos. La madera y algunas plantas son muy apreciadas por la industria farmacéutica. Los madereros talan principalmente maderas exóticas de gran precio en el mercado, al tiempo que deforestan la selva (el 60 por ciento de los árboles de la cuenca son de maderas exóticas). La protección de los indígenas obliga a sus cuidadores a utilizar estos métodos extremos.

Los z’oé, nos asegura Possuelo, “no son querubines, tienen los mismos defectos que cualquier hombre. Eso del buen salvaje de Rousseau es una falacia utópica”.

Tenemos que marchar. Nuestro visado no da para más tiempo. De los z’oé aprendí muchas cosas. Jamás los olvidaré.

 

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3 comentarios

  1. Vaya, qué casualidad, precisamente acabo de ver el documental en La 2 sobre esta tribu. Fascinante.

  2. Hay que seguir demostrando a todo el mundo que las civilizaciones primitivas somos nosotros y no ellos. Qué hay que protegerlos de la peor epidemia que ha dado la historia: el hombre blanco.
    Magnífico aprender cada día cosas tan trascendentales para el día día. Muchas gracias, de verdad.
    Lástima que el Gobierno brasileiro de Dilma haya aprobado la ley para la deforestación de la selva del Amazonas. Y cada segundo nos carguemos millones de terreno virgen que, en definitiva, son el espacio de tribus como los z’oé.
    Seguiremos luchando.

  3. David Martínez minguez

    Me gustaría saber cómo llegar y estar allí.me ayudas??

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