Nacho Carretero: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

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La lista de Schindler porta dos etiquetas: está dirigida por Steven Spielberg y triunfó en los Oscar. Por lo demás, es una obra maestra del cine. No es que relacione al director estadounidense y a la gala de Hollywood con el mal cine (al menos no como norma), pero ambas señas apartan a la película de cualquier circuito cinéfilo-esnob. Es imposible erigirse en gran conocedor del séptimo arte más profundo y alejado de lo comercial poniendo sobre la mesa este filme. Por suerte, no es el propósito de este texto.

La obra de Spielberg (estrenada en 1993) se sitúa en el selecto grupo de películas que logran representar con realismo palpable un episodio histórico, en este caso el exterminio de los judíos en Europa por parte de los nazis. Spielberg nos acerca una historia extraordinaria hasta convertirla en normal. Es esta normalidad la que distingue La lista de Schindler de cualquier otra película de su trillado género y hace que la narración nos golpee con la crudeza de la empatía.

Cuando estudiamos estos fragmentos extraordinarios de nuestra Historia, solemos asimilarlos como compartimentos estancos desvinculados del presente y de nuestra realidad. Solo a veces, pocas, saboreamos la punzante lucidez de comprender que aquello de lo que tanto hemos oído hablar no es solo un capítulo histórico, antiguo, en blanco y negro, con personajes que pululan entre lo real y lo imaginario, sino que es un suceso que tuvo lugar en sitios normales, con personas normales y que, en realidad, no están tan lejos ni en el espacio ni en el tiempo. Esta sensación suele llegar a través del cine. Hay películas que agarran estas historias de biblioteca, de museo, y las ponen en el suelo, permitiéndonos entrar en ellas y tocarlas. En esencia, las sacan de nuestra imaginación y las introducen en nuestra consciencia, una maniobra que normaliza lo extraordinario y nos hace comprender, por primera vez, lo terrorífico de lo que se nos cuenta.

Para lograrlo, La lista de Schindler (adaptación de la novela de Thomas Keneally, El arca de Schindler) normaliza personajes y situaciones. Los judíos salen de los libros que los representan como supersticiosos habitantes de la profunda Centroeuropa y pasan a ser vecinos cualesquiera: familias burguesas comiendo en su salón u obreros yendo en bicicleta a trabajar. Los campos de concentración abandonan su condición de lejanos y terroríficos escenarios y se convierten en barracones donde nadie se explica qué está pasando y los rumores circulan descontrolados. La tortura a los judíos ya no es una narración que los muestra vestidos a rayas trabajando como esclavos, sino un lento y progresivo proceso de leyes y normas que los van marginando hasta encontrarse, casi sin querer, en campos de exterminio. Preguntas como por qué no se defendieron o cómo pudo llegar a suceder algo así quedan respondidas en el filme a través de la normalidad, de la cercanía, que despiertan la empatía y hacen que todo sea aun más terrible.

Bajo este realismo La Lista de Schindler habla de la infinita búsqueda de la identidad judía. Y muestra cómo no fue sino el peor de sus enemigos quien reforzó la identidad de los judíos y les empujó de forma definitiva a la condición de pueblo. Ascendiéndoles al escalafón de raza, los alemanes lograron una comunión —el sionismo— hasta entonces casi marginal. Ciudadanos polacos, alemanes, ucranianos, holandeses e italianos; burgueses y obreros; laicos y ortodoxos, pasaron a ser un solo ente: judíos. La película consigue materializar este concepto, el concepto de que en Europa vivía un pueblo sin estado que fue liquidado, algo que, de nuevo, ayuda a acercar lo ocurrido aquellos años al día de hoy. El propio Steven Spielberg admite que fue durante la escritura y rodaje del filme cuando fue verdaderamente consciente de su condición de judío. Su historia es, tal vez, la de todo el judaísmo.

La película, en fin, te invita a coger un vuelo barato, plantarte en el centro de Europa y buscar qué queda de los millones de familias judías que vivían allí como cualquier otro vecino. El discurso del comandante de las SS Amon Goeth la noche antes del exterminio del gueto de Cracovia —con imágenes cotidianas de fondo de ciudadanos judíos comiendo, durmiendo o trabajando sin sospechar el horror que se les viene encima— condensa este mensaje y, de paso, recuerda que lo que nos encontraremos al aterrizar en el centro de Europa es nada, ni rastro. Que el exterminio salió bien.

Hoy es un día histórico. El día de hoy será recordado. En años venideros, los jóvenes preguntarán con asombro acerca de este día. El día de hoy hará historia y vosotros seréis parte de ella. Hace 600 años, cuando en todas partes les culpaban de la peste negra, Casimiro el Grande —así le llamaban— invitó a los judíos a venir a Cracovia. Vinieron, trajeron sus pertenencias a la ciudad, se instalaron en ella. Se afianzaron y prosperaron en los negocios, la ciencia, la educación, las artes. Llegaron sin nada. Sin nada. Y florecieron. Durante seis siglos ha habido una cracovia judía. Pensadlo bien: esta noche, esos seis siglos serán sólo un rumor. Nunca ocurrieron. Hoy es un día histórico”.

La secuencia final del filme nos muestra a los trabajadores de Schindler en el suelo, descansando, ya libres, tras haberse declarado la rendición de Alemania. Un solitario oficial ruso llega a caballo hasta ellos y los judíos, supervivientes gracias a Schindler, le preguntan a dónde pueden ir. El oficial les responde: “No vayan hacia el Este, eso seguro. Allí les odian. En su lugar yo tampoco iría al Oeste”. “Necesitamos comida”, le replican. “¿No hay un pueblo hacia allí?” El oficial señala hacia el sur. A continuación la secuencia muestra a los trabajadores caminar alineados en esa dirección, hacia ese pueblo señalado por el oficial ruso. La imagen se funde con otra igual, esta vez en color y con los supervivientes reales (ya no actores) de aquel episodio. De fondo suena Yerushalayim Shel Zahav (Jerusalén de oro), himno oficioso de Israel. No se trata de propaganda: la secuencia logra, una vez más, unir pasado y presente, sacar de la teoría aquel capítulo de la Historia y vincularlo a la práctica de nuestra realidad. Aquel pueblo señalado por el oficial es Israel y la realidad judía e israelí que leemos cada día en los periódicos tiene relación con lo sucedido entonces, como una secuencia en blanco y negro antigua que se convierte en otra en color actual.

El colofón de la película, además de su fotografía y la celebrada secuencia de la niña del abrigo rojo como representación del horror, es el actor Ben Kingsley. Interpreta a Itzhak Stern, el contable de Schindler. Como el propio Schindler, el personaje va completando un arco de transformación que arranca en el miedo y las dudas ante la frialdad de un Schindler que solo piensa en el dinero, y termina en la implicación total y absoluta por salvar cuantas más vidas judías mejor, ayudando a un Schindler ya altruista. Stern, siempre correcto y educado, culto y cortés, rechaza durante toda la película los tragos que le ofrece Oskar y solo cuando va a ser deportado a Auschwitz se decide a compartir un chupito con su patrono. Lo curioso es que la escena cumbre, en la que Schindler dicta los nombres de los judíos que formarán parte de su lista mientras Stern escribe apresuradamente a máquina, nunca tuvo lugar, al menos no así. Tampoco el memorable momento en el que la lista es terminada, Stern la alza y susurra: “Esta lista es el bien absoluto, es la vida. Más allá de sus márgenes se abre el abismo”. Kingsley no recibió el Oscar por su interpretación, lo que revaloriza un poco más su trabajo.

Sobre identidades —aunque en un tono de humor— también habla Nigel Barley en el libro que leería durante la emisión de La lista de Schindler. Se trata de El antropólogo inocente.

Nigel Barley es un antropólogo británico que en 1983 decidió compartir dos años de su vida con la tribu de los Dowayos, en Camerún. El hilarante resultado de su experiencia es un libro que golpea los cánones de la antropología de aquel tiempo mediante una ironía de maestro. Barley va destrozando todas las pautas con las que partía desde Londres para convivir con los dowayos: no logra encajar, no consigue aprender el idioma, sale de un malentendido para meterse en otro… “A las tres semanas de llegar lo único que sabía era que me había propuesto aprender una lengua imposible, que no había Dowayos en la aldea y que me encontraba débil y terriblemente solo”. El libro, incrustado permanentemente en la flema británica, huye de cualquier atisbo de superioridad, baja al antropólogo del atril desde el que observa a la tribu y se iguala para describir situaciones y desencuentros que, pese a la carcajada que provocan, reflejan descarnadamente el abismo que separa al autor británico del aldeano africano.

El antropólogo inocente habla de antropología, es antropología, pero no se parece en nada a un libro de antropología. Se trata, más bien, de un diario de abordo basado en una herramienta infalible: Nigel Barley se ríe permanentemente de sí mismo. Y lo hace sin rastro de burla, sin ni siquiera intención de hacer reír: él es antropológo, no humorista. La secuencias más hilarantes del libro pasan por ser meras descripciones de un observador aparentemente inocente, inconsciente del acierto irónico con en el que explica las cosas.

Lo que a continuación sigue es la descripción de una discusión entre una pasajera que quiere que su hija no pague billete y el revisor que trata de impedirlo en un tren que atraviesa Camerún, ante la mirada —inocente— del autor:

“… Seguidamente, y pese a las constantes protestas de la mujer, el empleado nos deleitó con una lectura detallada del reglamento. Continuaron dándole vueltas y más vueltas al asunto con la falta de pragmatismo que caracteriza todas las discusiones africanas.

—Conozco a un director de ferrocarril. Haré que lo despidan

—Mi hermano es inspector de inmigración. Haré que la deporten.

—¡Salvaje!

—¡Puta!

Se enzarzaron entonces en una indecorosa riña (…) Había llegado el momento del dogmatismo y, no sin dificultad, me levanté. Al parecer, la mujer temió que intentara asaltar a su hija y se interpuso entre nosotros de un salto blandiendo los puños. Aprovechando la distracción, el empleado la agarró por detrás y tiró de ella hacia el pasillo vociferando. Llegados a este punto, se congregó un numeroso público, formado principalmente por policías de viaje que lo observaban todo con serena indiferencia mientras otros espíritus más belicosos jaleaban a los combatientes.

En cuanto a mí, me alejé cojeando pasillo abajo, donde encontré casi todas las literas vacías y elegí una al azar. El empleado consideró mi acción un vil abandono y me castigó con una perorata sobre la opinión que le merecían los libaneses hasta que le di una propina para que se fuera. (…) A la mañana siguiente, mientras entrábamos en Yaoundé, el empleado se afanaba por impedir que la mujer encontrara un mozo en tanto ella pretendía echarle un vaso de agua por encima”.

Barley recibió (y recibe) críticas por, dicen, fijar estereotipos en su relato. Y aunque en ocasiones utiliza expresiones o términos algo impropios de su categoría académica, el resultado global es un profundo estudio del comportamiento humano. Aunque haga reír.

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3 comentarios

  1. Javi A.

    Una puntualización: La niña del abrigo rojo no representa el horror en sí mismo sino que es una metáfora de la esperanza. De hecho el momento más bajo y más oscuro de la película coincide con la imagen del cuerpo de la niña en un carro lleno de cadáveres. La muerte de la esperanza.

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