Jorge Bustos: Política o verdad, una de dos

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A uno no deja de sorprenderle que, ofreciendo Rajoy tantos y tan suculentos flancos a la crítica, la oposición y los periodistas y hasta los tuiteros elijan mayoritariamente el flanco puramente formalista —con su punto de catecúmeno acusica— de que Rajoy miente a los españoles porque impone medidas que no estaban en su programa. Me sorprende aunque me lo explico, porque España está llena de gente febril a la que no le da la gana de conformarse a la paciencia jobiana prescrita por Pla:

«El hombre que cree que este es el mejor de los mundos posibles vivirá disgustado y frenético, mientras que el que cree que esto es un valle de lágrimas corregido por un sistema de propinas, vivirá resignado y tranquilo.»

Precisamente quizá el propio Rajoy sea el único planiano que quede hoy en España, un político escasamente sofisticado, sin ninguna fatuidad, que nos hace un efecto de modestia como de no querer problemas. Y sin embargo es el presidente de un país especialmente problemático, y debemos pedirle cuentas de su matrimonio con la insolvencia, pero no —por Dios— de sus escarceos con la mentira, incluso aunque cohabite con ella en bochornoso concubinato. No hablo solo desde el sano cinismo de que te recubre pronto el periodismo: es que pedir a los políticos que digan la verdad, a estas alturas digamos epigonales de la escolástica tomista, o que se mantengan fieles a un programa calculadamente cantarín que se fosiliza a las tres semanas de su redacción bajo los inasibles giros de rueda del engranaje global, pedirles eso viene a ser como juzgar a un actor porno por su destreza galante para la métrica petrarquista.

Pero la gente que demanda veracidad a Rajoy no es tonta de ninguna de las maneras, lo que ocurre es que tiene nostalgia de lo absoluto, que diría Steiner. Nostalgia de la época en que la verdad era unívoca y la vida de la comunidad se articulaba infaliblemente en torno a ella, y nadie perdía el tiempo lamentando la pública ejecución de los réprobos que desafiaban la unicidad de su criterio. La civilización, no obstante, fue añadiendo giros a su avance en espiral —que es como avanza la Historia— hasta que el señor Federico Nietzsche advirtió que las cosas habían cambiado y que ya no existían hechos, sino interpretaciones. El caballero Martín Heidegger —que quiso evaporar los recelos ante Hitler de Thomas Mann argumentando: “Sí, ya sé que es un demente. Pero… ¿¡has visto sus manos!?”— leyó aquello y se sintió súbitamente inspirado, hasta el punto de establecer que existían dos clases de verdad: una, clásica, que se definía por la adecuación de un enunciado a los hechos constatados; y otra, la posmoderna, que se parecía más bien a un horizonte que al aclararse configura las cosas bajo una luz nueva, particular y dependiente. Es decir, el relativismo. La ontología clásica que aloja el ser en la naturaleza objetiva queda superada; las cosas se revelan en su praxis histórica, cambiante y culturalmente condicionada, y eso de “naturaleza humana” no es más que un oxímoron como la copa de un pino; como “contabilidad creativa”, para ser más exactos.

Unos años más tarde, pacificada ya la consecuencia marcial que la lectura de Nietzsche y de Marx produjo respectivamente en cierta inflamable inteligencia alemana y rusa, llegó desde la bella Italia el astuto Gianni Vattimo, leyó a Heidegger y se sacó de la chistera los sintagmas mejor vendidos de la filosofía contemporánea, hábiles para justificar la existencia al mismo tiempo de elBulli y del septenio gubernamental de José Luis Rodríguez Zapatero. Los referidos conceptos eran “disolución del sujeto” y “pensamiento débil”. Vattimo, como intelectual honesto que es, apostilla la célebre frase de Nietzsche que instituye la posmodernidad —“No hay hechos, solo interpretaciones”— con el corolario exigido: “Y tu afirmación, Nietzsche, también es una interpretación”. Vattimo se da cuenta de que si el credo absolutista de una teocracia imposibilita la libertad, y con ella la felicidad, tampoco lo que Bueno ha bautizado como “fundamentalismo democrático” sirve para encontrar la verdad que hace libres a los hombres. Pero el del filósofo italiano es un relativismo profiláctico, sensato, político en el mejor sentido, que posterga la verdad sin olvidarla porque lo primero es tolerarse: “Si existe una verdad objetiva, siempre existirá alguien que esté más cerca de ella que yo y que se atribuirá el derecho-deber de imponérmela”. Por eso, añade campanudo pero congruente, “el adiós a la verdad es el inicio, y la base misma, de la democracia”. El que quiera verdades, que vaya a misa, le falta decir. Y tampoco descubre el Mediterráneo, por cierto. La política es una vía hacia el consenso terreno, no hacia la salvación eterna, y quien la ha pretendido en este mundo siempre ha terminado tirando de alambrada de espino.

Así las cosas, el político actual es alguien capaz de afirmar cosas por ejemplo como perdono pero no olvido, o creo en la participación ciudadana, o cualquier disparate por el estilo. Un político posmoderno es el muñeco de un ventrílocuo pero sin el ventrílocuo, porque si lo hubiera, aún quedaría bajo su discurso la sospecha de un residuo sólido de subjetividad humana.

Naturalmente, la debilidad mental no afecta solo a los políticos, sino también a los periodistas, a los catedráticos, a las bailarinas de cabaret y a los ejecutivos de cuentas de Telefónica. A los periodistas, como hablan más, se les nota más esa atormentada pugna interior entre iusnaturalismo e iuspositivismo, entre vestigios de conservadurismo epistémico y bulimias de legislador prodemocrático, entre derecha e izquierda, para resumir. Por ejemplo: un periodista de progreso encarnará a un diderotiano iuspositivista para oponerse a que el aborto retroceda al estatuto legal de los 80, sin aventurarse a rellenar ese cascarón jurídico de alguna tibia yema antropológica; pero en cambio se pasará al iusnaturalismo para defender al quincemista que afrenta a los agentes de la pasma en pretendida defensa a lo Antígona del derecho humano de libre reunión y expresión, y aun invocando la lícita rebelión contra el tirano que estipula la jurisprudencia cristiana. En esos tics se constata entrañablemente que al final todos somos de derechas y de izquierdas en función de la ocasión solo que algunos además son tontos, y los tontos equivocan siempre las ocasiones.

Vattimo tiene razón al opinar que pensar débil ayuda a construir el consenso político, entendido como “un amplio horizonte de amistad civil, que no depende de lo verdadero y lo falso de los enunciados”. Vattimo prefiere la caridad a la verdad, y en eso sigue a San Pablo. Ahora bien. Como apunta Ramón Rodríguez en una lúcida reseña publicada recientemente en ABC Cultural, el hombre soviético ya probó que no puede respirar en un régimen que sujete la verdad a la política. Porque todos los hombres, primera frase de la Metafísica de Aristóteles —que es como decir de la Civilización—, desean por naturaleza saber. Así que lleguemos a un acuerdo, señor Rajoy: usted saque al país de la ruina, que ya nos encargamos nosotros de contar cómo lo ha hecho, si es que lo hace.

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3 comentarios

  1. Noto ciertas reminiscencias de aquella periodista de La Razón que espetaba a los representantes del Sindicato de Estudiantes que el que ellos hubiesen o no hecho tal o cual carrera o tardado tantos años en completar sus estudios era «su verdad».

    Señor mío, confunde términos si atribuye a Nietzsche la creencia de que decir esto: http://www.youtube.com/watch?v=7N1OV60DFqg y hacer lo opuesto es interpretable.

    Coincido con usted en que pedir la aplicación de un programa electoral que pierde su vigencia en minutos es absurdo, no así en que la mentira denodada, continua e impune sea un defecto secundario.

  2. Después de leer repetidamente el artículo, no entiendo tanta profusión. Total, todo está en las tres últimas líneas.

  3. Cuando se habla del concepto de verdad y la interpretación no creo que sea para señalar puntos que son más objetivos, como la promesa electoral; sino para las situaciones históricas, como por ejemplo las colonizaciones de los países.
    El problema del pragmatismo de la última frase es primero que miente, por lo que ya no tiene credibilidad ninguna y será una sociedad más inestable, que es precisamente lo que una crisis no necesita. Por otro lado que…¿y si no nos saca? fácil, se caerán en los populismos, en una pérdida del tipo de democracia que se tenía y probablemente no para mejor.
    No hay discusión en que diga que no subirá las tasas de estudiantes y si lo haga. Hay no hay relativismo. Es un sí o un no.

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