Alberto Rojas: El segundo gol de Iniesta

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Nació en una tormentosa noche de verano, como son casi todas las noches de verano en el kilómetro cero de África. Tanto calor se acumuló durante el día 11 de julio de 2010 que el crepúsculo fue pura pirotecnia eléctrica. Andrés Iniesta recibía el balón ante el portero holandés en Johannesburgo mientras la matrona tiraba del niño. Fue gol. Su llanto llegó casi en la total oscuridad, en la pequeña maternidad de Batangafo, en República Centroafricana, casi frontera con Chad. Jean, que se confiesa madridista, estaba viendo el fútbol en la única tele del pueblo. Le llamaron porque su mujer había alumbrado a su bebé, así que salió corriendo al hospital. Cuando vio a la criatura, le puso el nombre del goleador de aquella noche. «Iniesta», le dijo a la madre. «Le llamaremos Iniesta». Iker Casillas levantaba la copa del mundo y en ese mismo instante, pero sin confeti, Jean levantaba a su hijo, a miles de kilómetros de allí. Fue bajo el cielo más estrellado que puedan disfrutar los hombres. Iniesta de mi vida.

Dos años después de aquello, el niño anda enfermo por una malaria de la que se recupera a pocos metros de la sala donde nació. A media tarde, entre un bullebulle de risas y saludos, las madres salen a preparar la cena, que constituye el único plato del día por estas tierras. No es que sean pobres. Se es pobre cuando se ha sido pudiente y tienes un listón para medir tu propia miseria. Pero aquí la pobreza es igual para todos y no hay más referencias que las del vecino, que cena a tu lado insípida mandioca, un simple quitahambres.

Al día siguiente Iniesta juega bajo la mosquitera, que dignifica el vulgar camastro como un velo blanco a una novia fea. Es señal de que se recupera, que las medicinas que le proporciona la gente de Médicos Sin Fronteras están haciendo efecto. Dentro de este hospital de los milagros la gente permanece ajena al último desarme del enésimo grupo rebelde, que entrega las armas a la ONU a 30 dólares por cada AK47 en una población y compra tres por ese precio en el pueblo de al lado. Pero de eso nadie parece saber nada y a nadie parece importarle. Hay pico de malaria y eso significa 600 niños ingresados en pediatría, unas camas junto a otras y dos tiendas supletorias en el exterior con olor a camarote de tercera clase. El perfume a tierra mojada vuelve a inundarlo todo. Y de nuevo el sonido de los truenos se mezcla con el llanto de un niño que abre sus ojos en este olvidado rincón del planeta mientras que otros padres siguen viendo el partido de fútbol en la única tele del pueblo.

Fotografía: Alberto Rojas

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3 comentarios

  1. Carlos

    Triste y magistral.

  2. Guillermo

    Felicidades Alberto. Muy buena forma de contar la dureza de este mundo. Es paradógico que los ‘descartes’ sean periodismo con todas las letas y lo que vemos en muchos periódicos sea… ejem.

  3. Alberto, he encontrado esta historia y ya no he podido evitar leérmelas todas de un tirón, y si hubieran sido cien, cien me hubiera leído hasta que se me cerraran los ojos de puro cansancio. Escribes y quien te lee puede casi palpar lo que cuentas. Y no solo palpar, puede, creo, sentir algo parecido a lo que tu sentiste y ahora nos narras. Gracias, es necesario individualizar las historias, poner nombre a las personas y los rostros, humanizar a los que peor lo pasan en esta mierda de mundo que hemos creado. Gracias otra vez.

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