Alberto Rojas: Ulises nació en Camerún

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«Si quieres conocer mi historia, vas a necesitar muchas libretas como esa». Bertin apoya la cabeza sobre el respaldo y suspira. Cierra los ojos durante unos instantes, como si necesitara todas sus fuerzas para palpar en la oscuridad de su memoria. Y comienza como comienzan las grandes novelas: «Ya era adulto para buscar una vida mejor». Se acerca una tormenta eléctrica por el horizonte de Batangafo, República Centroafricana, y Bertin sube su radio con la que escucha las noticias de Camerún, aunque de su multibandas solo sale un chisporroteo inaudible y, de vez en cuando, una voz telefónica en francés que va y viene como una psicofonía. «¿En serio quieres que te lo cuente todo?» Si, claro que quiero que me lo cuentes todo. Estamos en el corazón de África, es de noche, ya no hay luz ahí fuera, tenemos tiempo.   

«Salí de mi casa en Yaundé hace ya más de ocho años. Era miércoles. Viajé hasta el norte de Camerún en tren y desde allí pasé en autobús hasta el sur de Nigeria. Del sur de Nigeria hasta la ciudad de Kano fui en coche. De allí también por carretera a Níger. Pasé la noche en Maradí y luego fuimos hasta Agadez. Todo eso en una semana. Y en Agadez empieza la auténtica aventura». No le gusta contar lo que viene a continuación. Por eso lleva tres días esquivándome en el hospital, porque no quiere revivirlo.  

«Agadez es un cruce de caminos para la inmigración subsahariana, el tráfico de drogas y armas y las mafias de la prostitución, que usan esa ruta para llevar a grupos de mujeres desde Nigeria. En ese viaje te cruzas con mucha gente. A algunos vuelves a verlos, a otros ya no los verás jamás». Y vuelve a cerrar los ojos. «Subimos a un camión grande lleno de gente y mercancías hacia Durku, en el macizo del Teneré, bajo un calor del infierno». ¿Cuál era el destino? «El destino siempre fue Libia, pero el camión nos dejó tirados en el desierto, en medio de ninguna parte, y se dio la vuelta. Una condena a muerte en un lugar sin agua, sin pozos, sin sombra. Tuvimos que caminar nueve días hasta la primera población más allá de la frontera Libia».

¿Cómo se sobrevive a nueve días caminando por el desierto? «Tienes que beberte tu propia orina. La mayoría no sobrevive.  Comenzamos a caminar 34 personas pero no sé cuántos llegamos. El guía dejaba atrás al que no podía caminar porque ponía en peligro al resto. El que queda atrás muere». ¿Por qué te cuesta tanto recordar todo esto? Tu historia acaba bien… «No, puede que mi historia acabe bien, pero no la de muchos que viajaron conmigo. Esas mujeres, las que iban destinadas a la prostitución, por ejemplo, sufrían graves maltratos de sus captores, las violaban, las dejaban embarazadas y, cuando nacía el niño, se lo quitaban de sus narices, le retorcían el cuello y lo mataban. Sí, eso es lo que hacían. Yo lo vi». 

Tilleri, la primera ciudad Libia, escondía como un tesoro un vaso de agua para cada uno de los viajeros. Y a seguir la ruta: «Una de las mafias nos metió en un coche hasta Saba. De los 34 que salimos de Agadez, llegamos a ese punto dos ghaneses y yo mismo». Bertin, explícame dónde dormías… «En la ruta vas encontrándote comunidades de viajeros de tu país. Hay redes de apoyo para cameruneses en toda la ruta. Duermes allí. Ellos te proporcionan pequeños trabajos para ahorrar algo y seguir viaje. Yo, por ejemplo, estuve trabajando de ayudante de fontanero en Trípoli durante dos meses. Después seguí en coche hasta Gadamez, luego un día caminando por el desierto argelino hasta Depdep, donde la mafia que nos llevaba de nuevo nos dejó tirados. Imagínate, avanzando a ciegas por el desierto, con las luces del coche apagadas para que no te vean los agentes de la frontera, en una noche sin luna, sin saber hacia dónde vas, sin brújula, sin nada».      

Bertin habla español afrancesado con aroma africano. A veces para, se deleita en las palabras, casi las paladea: «Vendí el pasaporte para sacar unos dólares y llegué a Orán ya indocumentado. A partir de ahí, todos los movimientos ya eran de noche, en la oscuridad, y siempre fuera de las ciudades». 

La noche ya ha caído sobre las chozas de Batangafo y los mosquitos se quedan a vivir en nuestra piel. Los truenos están cerca. La tormenta amplifica la sensación de bochorno. «En Marruecos, la parte más dura del viaje, dependes de tu capacidad física y mental. Tras dos semanas caminando a oscuras llegamos a una montaña cerca de Nador y de la deseada valla de Melilla. Íbamos 15 personas sin zapatos, sin abrigo, en pleno invierno de 2003, bajo el acoso de la policía marroquí. Cuando llegamos al bosque, un lugar en el que se escondían más de 1.000 personas de diferentes países, descubrí mi verdadera vocación».

Bertin estudió biología en Camerún y tiene conocimientos de medicina. Previamente a esta conversación, sus compañeros de Médicos Sin Fronteras ya me habían contado su historia. Pero yo quería que él mismo me la contara. «Nada más llegar construyes tu tienda, te buscas un grupo de tres o cuatro para saltar, afinas la estrategia y montas una escala con maderas. A partir de ahí, cada día que te levantes, creerás que el día para saltar al primer mundo ha llegado. Cada día es el elegido. En aquel bosque que yo dejé hace años aún hay amigos míos que cada día lo intentan». 

Lo que pasa es que ese día perfecto que es cada día que amanece al final no es, y no es el siguiente, ni el siguiente tampoco. En el bosque hay que comer y dormir. «Sacábamos la comida de lo que nosotros llamábamos el supermercado, que no era otra cosa que un vertedero. Con las sobras nos alimentábamos más de 1.000 personas. Allí empecé a encontrar también medicinas caducadas y a intentar, en la medida de lo posible, curar a aquellos que padecían enfermedades, o cortes al saltar la valla, o disparos de la policía marroquí. Las circunstancias me convirtieron en un cirujano de urgencias».

Médicos Sin Fronteras apareció por aquel desastre humano y conocieron a Bertin, que les avisó de que había un chico muy grave, con convulsiones de malaria. A partir de entonces, Bertin descubrió que ese debía ser su destino y la ONG, que podía contar con aquel camerunés que ejercía de médico sin consulta, de cirujano sin quirófano, de psicólogo sin diván. «Después me cansé de ir de bosque en bosque y me refugié en Rabat. Allí trabajé de mediador comunitario con MSF y para Cáritas ya con un salario. Pero no me olvidé de mi primer objetivo. Saltar la valla. Fue en 2007, cuatro años después de salir de casa. Nunca lo olvidaré». 

Ya en España, después de tres meses en un centro de acogida, «trabajé de vigilante de obras, de limpiador en las fiestas del Rocío y saqué el carnet de manipulador de alimentos y un título de educador social. Gracias a eso, conseguí trabajo en un centro para menores en Oviedo. Es entonces cuando me llama MSF, aquellos tipos que me habían ayudado en el bosque, para formar parte de su misión en Irak. Les dije que sí, claro. Cuando llamé a aquellos que se quedaron en el bosque, no podían creérselo. Me llamaron loco. ¿Cómo alguien puede preferir Irak a los bosques de Marruecos?». 

Bertin volvió a Camerún ocho años después de su diáspora, ya con su propio relato por fin iniciado, por mucho que empezarlo costara cuatro años de viaje. Su sueño es volver algún día a su país, a ayudar a su gente. No queda lejos ahora, en República Centroafricana, donde puede escuchar las noticias de su país cada noche. 

En todo este tiempo, cada vez que salvaba una vida, Bertin agrandaba la suya. «He asistido a muchos partos, he cosido muchos balazos, he intentado ayudar a todas aquellas mujeres que las mafias traían a Europa para prostituirlas. Ellas me confiaban sus historias, que pesan en mi memoria. Antes lo hacía gratis. Hoy me pagan por ello. He sido afortunado». 

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6 comentarios

  1. Guillermo

    Fantástico desde la primera línea. Periodismo por el que pagaría: JotDown y los periodistas a los que da ‘cobijo’

  2. Hoy se me ha acercado un inmigrante por la Puerta del Sol a pedirme dinero. Era de color, como Bertín. Ni idea de su procedencia. No le he dado nada, me acabo de arrepentir.

  3. He cruzado el Sahara en autostop varias veces, durmiendo alguna vez al raso. Siempre que lo hago encuentro personas procedentes del África subsahariana, que caminan desierto a través hasta Marruecos.

    Hay dos vías importantes de entrada a Europa desde esta zona, la primera a través del desierto del Teneré, como la que empleó Bertín, y la segunda a través de Mauritania.

    En esta segunda, varias veces se me ha caído la cara de vergüenza al hacer noche con grupos de personas como los que relata Bertín, y escuchar sus testimonios. Siempre hablo de ellos de las personas más inspiradoras de mi vida, por la entereza, más mental que física, que desprenden.

    Otras tantas veces, sea en Mali, Senegal, Guinea o sus vecinos, al notar mi acento español al hablar francés, inmigrantes que llegaron a España y fueron deportados me han invitado a sus chabolas, donde he compartido bandejas de arroz con sus familias. La pregunta más difícil de responder, mientras te miran a los ojos, es «¿Por qué en Europa la gente no se comporta así?»…

  4. Cuando uno se encuentra apesadumbrado por el futuro de esta profesión, una historia así le anima a continuar. Pero no por el hecho en sí, que hay muchos y es desgarrador, sino por la forma de contarlo como has hecho tú, trasladando la realidad. No he estado en muchos lugare he vivido con s aquí citados (salvo la valla de Melilla y Nador) pero loBertin. Gracias por hacer digna a esta profesión, también gracias a Javier Gómez y a todos los que hacéis posible Jotdown.

  5. Me gusto mucho como escribiste la historia, ciñéndote a ella y no a los detelles tristes que otros aprovechan para hacer amarillismo. Excelente.

  6. Quería leer este relato en este momento tan especial y doloroso para mi; hace 10 días perdí a uno de mis mejores amigos gambianos en una patera que se hundió frente a Libia.
    Ni sus amigos españoles ni yo, pudimos disuadirlo.

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