Jorge Bustos: Miedo y asco en el periodismo contemporáneo

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La cantinela de la muerte de la novela no me parece que contenga tanta verdad como la cantinela de la muerte del periodismo en estos tiempos decadentes donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Pero del estado terminal del periodismo no informa tanto la caída irreversible de las ventas del papel y el cierre anunciado de los quioscos, ni el auge tontorrón de las redes sociales, ni la victoria siniestra de los realities de cantores con jurado. La señal más elocuente de que todo esto de contar historias y cobrar por ello se va, amigos míos, a tomar profundamente por el culo es la parte del periodismo que por desgracia aún sobrevive y que, arropada en las cálidas placentas de la connivencia con el poder —cualquier poder—, expectora sus últimos clichés timoratos, expresados con mediocridad, pactados con venalidad y defendidos únicamente mientras el amo no mande lo contrario.

La independencia y el talento no son gratos al poder. Si algunos de sus benéficos frutos hemos conocido en este oficio se debe a que los pagaron los lectores; pero los lectores, como el Dios de Nietzsche, han muerto. Resucitarán dentro de algunos años, pero entre medias se habrá perdido una generación de vocaciones artesanas. Queridos muchachos que insensatamente persuadisteis a vuestros padres de que abonaran una matrícula en una facultad de periodismo: dejadlo si estáis a tiempo. Salid de ahí y pensad en vuestro futuro. Solo cuatro venturosos elegidos por cada promoción —las tres tías más monas y el hijo de un editor— lograrán trabajar de periodistas con beca de 300 euros, un año al menos, en todo caso tiempo quizá insuficiente para consumar un braguetazo o reconstituirse en consejero delegado, precisamente la pija estofa cancerígena de escuela de negocios que ha acabado con el periodismo. Los chicos y chicas brillantes que soñaron con emular a nombres inmortales se verán en la terrible disyuntiva de elegir entre la escribanía del poderoso —o gabinete de comunicación— y el reciclaje profesional como exportadores de aceite de oliva virgen a África, continente responsable del 30% de incremento de nuestro comercio exterior, para que no se diga que solo traigo malas noticias.

Yo creo, porque si no lo creyera me pegaría un tiro esta misma noche de cálido otoño con la Beretta semiautomática que guardo en casa con todos sus permisos en regla, que sobre la masa de vagos cerebrales que cualquier sociedad primermundista fomenta al objeto de su propia supervivencia se alzará siempre una élite resistente cuyas almas, una vez tocadas por la seducción espiritual de la buena lectura, ya no sabrán renunciar a ella. Pagarán por leer algo potente y hermoso como se paga por cualquier placer verdaderamente refinado. Así que el problema no es tanto de la demanda como de la oferta. Para describir la oferta contemporánea de periodismo, me vais a dejar que cite a uno de esos nombres inmortales que todo estudiante de periodismo debería leer —antes de enrolarse en el negocio del aceite— a los 21 años, edad que contaba Hunter Stockton Thompson cuando escribió esta carta al director del Vancouver Sun para pedirle trabajo:

“En mi tiempo libre he seguido algunos de redacción en Columbia, he aprendido muchísimo del mundo del periodismo y he adquirido un sano desprecio por la profesión. Por lo que a mí respecta, es una vergüenza que un terreno tan potencialmente dinámico y vital como el periodismo esté plagado de zoquetes, inútiles y cagatintas, dominado por la miopía, la apatía y la complacencia, y en términos generales estancado es un lodazal de mediocridad inmovilista. Si el Sun quiere apartarse de todo esto, creo que me gustará trabajar para usted”.

El gilipollas del director del Sun no contrató a Thompson inmediatamente por la misma razón por la que hoy tampoco lo contrataría nadie, a despecho de la historia de la literatura: “Soy poco tolerante con los farsantes, los cagatintas, los imbéciles y los incompetentes redomados, y me enorgullezco de caer mal por sistema a estos individuos. Admiro la perfección y todo esfuerzo tendente a ella, y jamás trabajaría para quien no estuviera de acuerdo conmigo en este punto. Esto no significa que me niegue a trabajar con personas a las que considere incompetentes. Significa simplemente que considero la incompetencia algo que hay que superar, en vez de aceptar”, explicaba un año después, 1959, al director del New York Times en otra carta de presentación.

A muchos otros directores no se les escapó la clase de talento indomeñable y vitriólico que tenían entre manos, pero acababan echándolo porque su tiempo, la era contracultural de los últimos beatniks y los primeros hippies, no había llegado todavía. Cuando llegó, ya no importó tanto que Hunter S. Thompson fuera todo lo que llegó a ser: politoxicómano confeso; amante de las armas y miembro de la Asociación Nacional del Rifle, pero execrador de la guerra de Vietnam —propuso en el periódico local quemar perros con gasolina gelatinosa en el centro de Aspen, Colorado, para protestar por los seres humanos quemados a diario con napalm por el ejército de Estados Unidos—; relaciones públicas de los Ángeles del Infierno (el libro-reportaje de su año de correrías con la banda lo lanzó al estrellato, aunque luego los moteros, celosos de su éxito, lo apalizaron casi hasta la muerte); kennedyano sacudido por el magnicidio de Dallas, y luego enemigo por igual de Lyndon Johnson y Richard Nixon; dipsómano insomne; putero en los peores burdeles de Sudamérica; pandillero de narcos y víctima de un gusto personal por los frentes policiales —“Recibí tantos gases antidisturbios que me volví adicto y aún siento cierta nostalgia en las noches apacibles”—; padre de familia siempre arruinado y casi siempre colocado; criador de dóbermans; cazador de alces; candidato a sheriff de su pueblo por el partido Poder Freak ( y no ganó por seis votos); reportero estrella de la Rolling Stone en su nacimiento y gloria; y, en suma, compañero de generación y amigo de los Norman Mailer, Tom Wolfe, Truman Capote o Gay Talese, pilares del Nuevo Periodismo de cuyo subgénero más exitoso para la cultura pop, el gonzo, fue Thompson padre fundador reconocido por todos. “El periodismo gonzo —definía su creador— es un estilo de información basado en la idea de William Faulkner de que la mejor ficción es mucho más verdadera que cualquier tipo de periodismo, cosa que saben de siempre los buenos periodistas”.

La fórmula, solo apta para escritores-periodistas, propugna la amplificación estética de los hechos mediante las poderosas herramientas de la literatura. Es decir, el uso y abuso de la primera persona, el apropiamiento de la técnica novelística en la estructuración de espacios y tiempos narrativos, los apuntes abocetados ofrecidos en bruto como aditivos de veracidad en la versión final, la mezcla indiscernible de objetividad y subjetividad, el protagonismo resuelto del autor en la historia contada, la información al servicio del impacto pero siempre detonado con una carga moral, la gloriosa emancipación de la prosa de teletipo todavía hoy presentada como modelo de veracidad periodística por los mismos profesores fracasados y redactores incapaces que han arruinado el atractivo de todos los géneros del oficio. Por todo esto hoy, que se sigue leyendo a Thompson, nadie sin embargo lo contrataría.

Por supuesto, un colgado no pasa a la historia por ser un colgado. Como apunta Douglas Brinkley, editor de las cartas de aprendizaje y madurez que acaba de publicar en castellano Anagrama bajo el título de El escritor gonzo, “Thompson era una mezcla rockera de Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, y H. L. Mencken, una especie de salvaje literario que se embriagaba con la velocidad y la insolencia, pero con gracia y precisión para comedir su prosa alucinada (….) Detrás de su compleja personalidad acecha un humorista cáustico con una aguda sensibilidad moral. Pues Thompson sabe que nada resiste el ariete de la carcajada”.

No se puede zarandear a ningún lector —y los lectores nos pagan, o pagaban, para que los zarandeemos, que no os engañen— aplicando las normas del manual de estilo de la agencia EFE. “Hasta donde se me alcanza, el deber, la obligación y ciertamente la única opción del escritor en el mundo ‘objetivo’ de nuestros días es morirse de hambre lo más honorable y desafiantemente que se pueda. Esto es lo que yo me propongo, aunque la población avícola de esta zona se verá notablemente reducida antes de irme”, confesaba un veinteañero Thompson a su ídolo Faulkner en un arranque de audacia programática. Un año y medio después de esta carta, nuestro díscolo Rimbaud californiano no pudo evitar contestar así a la solicitud de “redactores que aprecien lo hechos” que publicó el New York Times: “¡Si supiera, colega, cómo aprecio yo los hechos! Si es que casi duermo con ellos, oiga; me enloquecen de tal modo que alucino. Me pateo las calles de los negros al amanecer, arañando con rabia los hechos. Me paso el día rompiendo y rasgando la superficie de la tontería y la grandilocuencia, loco por llegar al núcleo maduro, jugoso y fáctico de todo”.

Con semejante carácter, Thompson jamás pudo vivir con cierto desahogo económico hasta el final de su madurez, en esa edad más amaestrable en que el Sistema suele condescender a los reconocimientos, como de hecho siempre acaba sucediendo. Estas cartas publicadas por Anagrama dan fe de su comprensible obsesión pecuniaria, de su constante búsqueda de temas y su habilidad para venderlos a mil publicaciones distintas. Lograría su consagración definitiva levantando enésima acta de defunción del sueño americano en Miedo y asco en Las Vegas; la expresión “miedo y asco” le pareció una síntesis tan acertada de su estética contestataria que en adelante la emplearía en el título de numerosos trabajos, concentrando en tan ácido sintagma su marca de estilo particular. Y el periodista continente de tanto miedo y tanto asco llegaría a ascender al olimpo de la contracultura de los setenta como definitivo icono iconoclasta del periodismo norteamericano.

Pero la fama nunca resulta tan instructiva como el hambre de fama, pulsión casi erótica del joven periodista de Kentucky y de cualquier periodista honesto que aún quede en nuestros días. Hay que pasar por esa etapa de duda y penuria, aunque solo sea por averiguar si uno es capaz de sobrevivir a ella o bien es cribado por el filtro despiadado de la insensibilidad familiar, social, empresarial o mediática. A veces, en los duros inicios, incluso se hace preciso trabajar de vigilante nocturno en una sauna frecuentada por grupos de homosexuales violentos venidos de San Francisco: “Estoy rodeado de lunáticos, la gente se pone a chillar cada vez que aprieto el gatillo, grita cuando me ve con la camisa empapada de sangre, cuadrillas de mariconas me esperan para liquidarme, tengo tantos acreedores que he perdido la cuenta, un dóberman gigantesco en la cama, una pistola en la mesa de trabajo, el tiempo pasa, se me cae el pelo, no tengo un centavo, tengo tanta sed que me bebería todo el whisky del mundo, la ropa se me pudre por culpa de la niebla, tengo una moto sin luces y una casera que está escribiendo una novela en papel encerado de carnicería, hay jabalíes en las colinas, mariconas en la carretera, cubas de cerveza casera en el armario, disparo a los gatos para desahogar la tensión, el salmodiar de los budistas en los árboles, las putas en los barrancos, solo Cristo sabe si podré sobrevivir a esto”, estalla un Thompson de 24 primaveras en carta a su amiga Ann.

Hunter S. Thompson, el Jim Morrison del periodismo universal, sobrevivió para contar cómo se iría destruyendo después reportaje a reportaje, con minucioso rigor literario. Y a los 67 años, cuando advirtió que ya no tenía mucho más de sí que destruir periodísticamente, emulando a su maestro Ernest escogió una pipa de su ingente colección y se voló la cabeza. Corría el año 2005 y se fraguaba el estallido de ciertas burbujas, pero el mal del oficio venía de dentro y se había desarrollado hasta la metástasis terminal, presentando hacia 2012 la apariencia de un cuerpo tumefacto de color gris, el color del triunfo del objetivismo a manos de los castrados de imaginación por las universidades o los eunucos intelectuales de nacimiento. Unos años después cerraron todos los periódicos.

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17 comentarios

  1. Pingback: “Dejadlo si estáis a tiempo. Salid de ahí y pensad en vuestro futuro” « Corresponsal en la Tierra

  2. Angelabsurdist

    Gracias, aprecio su palabras.

  3. Carlos Rodríguez

    De lo mejor que he leído en Jot Down, que ya es decir bastante… Bravo por el autor y un réquiem pagano por el fantasma de Thompson, que hoy debe estar pululando por los pasillos de los diarios como alma en pena.

  4. Laurel

    ¡Grande!

    PD: De las facultades de Ciencias de la Información siempre hay que salir por patas. Hoy, ayer y siempre.

  5. Antonio

    Muy passé todo esto. Imposible evitar el bostezo ya desde la primera línea de tanta rebeldía ortodoxa.
    A trabajar en algo productivo, coño.

    • Perengano de Tal

      Y tan passé… El Manantial se publicó en 1943, y desde entonces Occidente no ha dejado un solo momento de vivir prendido del mito de las individualidades geniales.

  6. Vaya, yo pasé por una facultad y de mi generación casi todos trabajamos en periodismo. Y ni somos hijos de editores (no todos) ni todas eran monas.
    Ese desprecio por las facultades y ese amor por la universidad de la vida, siempre es preocupante. Como decía Pulitzer, que de periodismo sabía un rato: «Para lo único para lo que no hay que estudiar es para ser estúpido».

  7. AlbertoNahum

    Yo tampoco entiendo este desprecio por la Universidad, Jorge. Y, sobre todo, me parece injusta la generalización, un tic de intelectual permanentemente cabreado, vamos. Y no, tú demuestras cada día que estás hecho de una pasta distinta al tópico, joer; recuerda la frase de Twain en tu bio de twitter…

    La carrera de Periodismo no es, ni mucho menos, la única forma de llegar a ser periodista. Creo que nadie (salvo alguna sección sindical) exige el carnet de periodista para ejercer en un periódico. Tú eres un ejemplo estupendo. Pero de ahí a cargar un porcentaje (que por tus palabras se deduce altísimo) de la culpa en todos los que forman a periodistas, hombre, hombre.

    Hay universidades y universidades. Hay facultades mejores que otras. Y la generalización es injusta. Injusta básicamente con la realidad (aunque, ejem, ya sabemos que a Thompson la realidad había días que le importaba un comino). Si yo tomo como ejemplo a 5 columnistas paquetes, que los hay, y saco las apocalípticas conclusiones de ahí, pues estaré siendo injusto con los Gistaus, Bustos, Jaboises y demás Santiagonzález.

    Simplificas un problema que resulta mucho más amplio, Jorge. Y, para que no me acuses de quedarme en lo general, te contaré qué estudié yo en las clases de Escritura Periodística (que, obviamente, eran solo un porcentaje de la formación universitaria que recibí). Si quieres «fact-checkers» lo tienes chupado: puedes preguntar en tu propia redacción a Anafer, Chema Olmo o Ciordia.

    En 1º en «Comunicación Escrita I» se abordaban técnicas básicas de escritura (descripción, narración, argumentación) y se aprendían a escribir noticias.

    En 2º en «Comunicación Escrita II» nos centrábamos en genéros periodísticos únicamente: noticias discursivas y entrevista.

    En 3º una cosa que se llamaba «Periodismo Especializado» que era básicamente Reporterismo (ahí se leían a los chicos del «Nuevo Periodismo»), aunque también se trabajaba el perfil y la crónica. En el segundo semestre también se cursaba «Creatividad Literaria», centrada en la escritura de relato corto.

    En 4º llegaba la conclusión, la más bonita para mi gusto: «Periodismo Literario»: crítica literaria y, sobre todo, columna periodística. Como ves, la pirámide invertida (paradigma de lo que llamarías «objetivismo castrador») queda bien lejos y, ejem, resulta hasta minoritaria en el currículo.

    Huelga decir que en muchas otras asignaturas nos hacían escribir, como es lógico, solo que no eran materias encaminadas específicamente a la enseñanza de la escritura. En todas las asignaturas citadas las prácticas eran semanales y los profesores eran periodistas en activo que se fajaban en los propios periódicos regionales; el titular o catedrático solo impartía las teóricas. Me parece muy sensato.

    Y no, la Universidad no puede ser una redacción. Es imposible. Por mucho que quiera ejercer un simulacro, siempre habrá cosas que se aprenden solo en la práctica, en la vida, con dilemas reales y no casos de estudio: le pasa lo mismo a los médicos, a los abogados, a los farmaceúticos… Dime tú si dejarías que te operara la rodilla un recién graduado de sexto de Medicina. Nadie sale de la Facultad ejerciendo, sino que necesita aprender los ritmos de la profesión (para eso está el MIR, las pasantías o, en nuestro caso, las prácticas de verano). La Universidad ha de enseñarte a pensar, a desarrollar el sentido crítico y ha de aportarte ciertas herramientas profesionales, pero no puede ser un periódico o una tele. Porque no lo es. La misión de la Universidad debería ser la «mentefactura», no la «manufactura».

    ¿Que hay Facultades que son un desastre? No las conozco todas, pero seguro que las habrá. ¿Que se pueden mejorar los estudios de Periodismo? Sin duda, la perfección no existe. ¿Que, como infiere tu texto, todas las Facultades son una mierda y no sirven más que para lobotomizar al alumno? Ni de coña.

    Abrazo.

  8. Enhorabuena, Jorge, por la brillante columna. Te recomiendo esta reflexión que va en la misma línea y que habla de los muchos periodismos que existen. «En los primeros días de carrera, uno aún cree en el periodismo objetivo. Pasados unos meses uno ve que existen todos menos éste».

    http://elideario.com/cuantos-periodismos-existen-y-cuantos-deberian-existir/

  9. Lo siento AlbertoNahum pero un servidor está en la Universidad y no sabe usted en lo que ha derivado esto. Trabajo en un periódico y estoy en el último año de carrera, te leo y probablemente describas una realidad más propia de los 70 que de la actual. Hoy las facultades de periodismo son un cultivo de pivones que quieren emular a Carboneros y Álvarez que alguna encontrará un trabajo o hijos de editores. Los de ideas brillantes que tienen talento, casualmente ninguno tiene trabajo más allá de una triste beca. Y, aunque no lo creas, las peores becas que otorgan. Las mejores poseen el monopolio de las guapas no del talento. Es más, contaré un anécdota. Hace poco en un diario de tirada nacional, no diré cual, para elegir una becaria (siempre mejor que un becario) lo hacían a través de la foto. Repito por si no queda claro, a través de una foto. Eso sí, de carnet, ni de cuerpo. Esto evidencia el argumento, así que la palabra ya os la cedo al resto de personas que queráis comentar.

  10. cottonette

    Si esa supuesta élite resistente, tocada por la seducción espiritual de la buena lectura, lo flipa a tan altisonante y flatulento nivel con una medianía como Thompson, es que todo, en efecto, se ha ido profundamente a tomar por culo.

  11. Ramon Gomà

    Qué manera de amontonar tópicos. Bustos es el nuevo Pérez-Reverte.

  12. Pelegrín

    Una tontada de artículo. Hay muchas más cosas que decir del periodismo actual y de Thompson de las aquí se comentan.

  13. Aunque dura y quizás apocalíptica, es la mejor columna escrita por Bustos. Pura realidad! De periodista a periodista…

  14. Muy bueno

  15. Gonzalo

    Bla, bla, bla…

    Esto de marcarse artículos y crónicas en base a la cita permanente, empieza a ser exasperante.
    Si este chico es el futuro del periodismo literario estamos apañados amigos.

  16. Tesaurismótico

    No estoy de acuerdo con quien juzga a Bustos como un nuevo Pérez Reverte. Sí con quien lo juzga como un nuevo González-Ruano, o un Camba, o un Fernández-Florez (a quienes me parece que admira, además), y con quien lo vez como una nueva gloria del periodismo español

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