Cómo ser un buen samurái e impresionar a las chicas

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El camino más largo es el camino más corto” Daidoji Yuzan

Hace ya cierto tiempo, cuando tuve el placer de ver por primera vez el clásico Los siete samuráis de Akira Kurosawa, hubo una escena que me dejó especialmente pensativo, qué coño, fue toda una revelación. Tras la discusión entre los campesinos sobre qué hacer ante la amenaza de los bandidos, acuden al anciano de la aldea en busca de consejo y este les dice que deben contratar samuráis para defenderse. Entonces, un campesino advierte con temor: “nuestras muchachas se vuelven locas por los samuráis…”. Y efectivamente más adelante vemos cómo su hija acaba dejando que le mancillen la honra repetidas veces. La conclusión apareció entonces deslumbrante ante mis ojos: si adoptaba las maneras de un samurái conseguiría seducir a alguna incauta. Dado que en Bilbao no había ningún otro, el éxito sería aún mayor.

Solo me faltaba conocer sus costumbres, sus valores y sus hazañas. Así que me enfrasqué en la lectura de grandes maestros como Daidoji Yuzan, Inazo Nitobe, Musashi Mjiyamoto o Hakuin Ekaku entre otros, aun a riesgo que del poco dormir y mucho leer se me secase el celebro¹ de manera que viniera a perder el juicio. Lo que sigue a continuación es lo que saqué en claro.

Los samuráis fueron una casta de guerreros profesionales al servicio de un señor feudal, de hecho  esa palabra significaba originalmente “asistente” —aunque algunos no tenían amo y eran conocidos como ronin— que perduró generación tras generación desde aproximadamente el siglo VIII hasta el XIX. El código de conducta por el que se guiaban se llamaba bushido (bu-shi-do: guerrero-caballero-camino) y tenía elementos de confucianismo, budismo y sintoismo. Como eran guerreros que tenían que cultivar tanto el cuerpo como la mente, a menudo además de ir por ahí cortando cabezas escribían poemas breves (haikus) o tratados más extensos: sobre estrategia militar, buen gobierno o en general el sentido de la vida y los deberes éticos que un samurái debía tener. El bushido no era por tanto un libro canónico o una tabla de mandamientos, sino un disperso conjunto de recomendaciones que los propios samuráis iban elaborando y transmitiendo con el paso de los siglos.

Sus antecedentes los encontramos en los monjes Shaolin de China, quienes aprendieron de un maestro budista procedente de la India, Bodhidharma, quien les enseñó meditación y gimnasia con tal acierto que, dice Nitobe, “los monjes que practicaron estos ejercicios se hicieron fuertes y lograron una gran capacidad de concentración y así pudieron aguantar sin dormirse durante las charlas de  Bodhidharma sobre budismo”. Lo cual sugiere que como orador no debía ser demasiado divertido. Posteriormente, esas enseñanzas fueron adaptadas y ampliadas dando el salto a Japón, cuyas interminables guerras feudales serían el caldo de cultivo del samurái.

Autoretrato de Hakuin Ekaku

Uno de ellos fue Hakuin Ekaku (1686-1769), heredero de un linaje de guerreros que se  convirtió desde muy joven en un monje zen para poder dedicarse a desentrañar koans. Los koans son paradojas irracionales en las que pensar durante largo tiempo ya que encierran el dilema de la vida. Hay cientos de ellos, como por ejemplo “imaginar el palmoteo de una mano”, “¿Quién lleva su propio cadáver?” o “sentir anhelo por la madre antes de ser uno concebido”. Pues bien, tan intensamente se dedicó a estas cavilaciones que con 20 años sufrió una grave crisis mental. Afortunadamente logró sanarse gracias a los consejos de un ermitaño y pudo dejarnos escritas grandes reflexiones. En primer lugar, nos dice, lo que toda persona debe aprender —y más aún si es un samurái— es el desapego hacia la vida, la valentía. Alguien que se asusta hasta del “ruido de una rata defecando”, señala, se alejará del camino de la iluminación y también de la verdad mundana. Concretamente, explica:

Si siempre tienes la esfera del ombligo, el océano de energía, el campo del elixir y el espacio entre la cintura y las piernas lleno de energía mental, y si no permites que mengüe un solo instante, aunque estés ocupado con tu trabajo o recibiendo a invitados, entonces la energía básica te llenará de manera natural el campo de elixir, y tendrás el bajo abdomen un poco redondeado, como una pelota a medio hinchar”.

Llegados a este punto, habrá lectores que dirán “bien, ¿y esto qué cojones significa?”. Una pista para comprenderlo es que el bajo abdomen es para la cultura japonesa el lugar que alberga los sentimientos. Aunque a lo mejor simplemente es que Hakuin nunca llegó a recuperarse del todo de esa crisis mental. Lo dejo a la interpretación de cada uno, como si fuera un koan.

Pero el autor que configuró con más nitidez el bushido sin duda fue Musashi Mjiyamoto (1587-1645) en El libro de los cinco anillos.  De él se dice que mató a su primer hombre a los 13 años y que nunca se peinó, tomó un baño, se casó, construyó una casa ni crió ningún hijo. Participó en más de 60 duelos y nunca perdió hasta que a los 29 años se retiró a una cueva, donde continuó perfeccionando su estilo durante las tres décadas siguientes y dejó escritos sus pensamientos. Sus principios fundamentales eran estos:

1. Gi: honradez y justicia en la acción.
2. Yu: valor heroico y bravura en la acción.
3. Jin: compasión o amor universal.
4. Rei: cortesía.
5. Melyo: honor.
6. Makoto: sinceridad absoluta.
7. Chugi: deber y lealtad.

Así mismo daba ciertos consejos sobre la compostura: hay que mirar siempre al frente alzando ligeramente la barbilla, formando un surco entre las cejas pero sin arrugar la frente, procurando no parpadear y cerrando ligeramente los ojos. Yo creo que esto hará a cualquiera irresistible ante las mujeres, habrá que practicarlo ante el espejo. También describe algunas posturas para el momento de entrar en combate, como la de  “El cuerpo del mono de brazos cortos” que consiste en que al estar cerca de un adversario, se le dé alcance pero no estirando los brazos sino acercando todo el cuerpo. Otra por ejemplo se denomina “Sujetar la almohada» —no con los dientes, ojo, ya que entonces estaríamos hablando de un “muerdealmohadas” y nos iríamos a otro ámbito—, un movimiento que consiste en prever la acción  que va a realizar el adversario e interrumpirla antes de que actúe, es decir, detener el ataque desde el inicio. De Mjiyamoto se dice que en cierta ocasión entró a una taberna y debido al mal olor que despedía y las moscas que revoloteaban a su alrededor (como decíamos la higiene no era una prioridad para él),  los lugareños le preguntaron dónde había robado las espadas de gran calidad que portaba, impropias de lo que parecía un mendigo. Entonces cogió unos palillos y realizó tres rápidos y certeros movimientos, que provocaron que tres moscas cayeran muertas sobre la mesa ante la estupefacción de los presentes. Era un peligroso samurái, no cabía duda.

Aunque este es un caso extremo, a menudo los samuráis no contaban con grandes riquezas ni lujos, ya que dedicarse al comercio era deshonroso y la avaricia estaba muy mal considerada. No obstante, aunque estuviera muriéndose de hambre debía aparentar suficiencia y fingir que se hurgaba los dientes con un palillo como si acabara de comer. A la manera de los personajes descritos por Quevedo en El Buscón, que se echaban migas de pan en la barba y ropas para aparentar que acababan de darse un festín.

Otro autor destacable es Daidoji Yuzan (1639-1730) cuyo libro El código del samurái comienza con estas palabras: “un samurai debe ante todo tener constantemente en mente, día y noche, desde la mañana de Año Nuevo, cuando toma sus palillos para desayunar, hasta la noche del último día del año, en que paga sus facturas, el hecho de que un día ha de morir. Esa es su principal tarea”. Otra exigencia ética esencial es la de honrar a sus padres, si no cumple este propósito difícilmente podrá posteriormente honrar a su señor. Debe tener una conducta recta, siendo consciente de que “hacer el mal es fácil y divertido” tal como nos dijo también Savater. Aconseja evitar el exceso de sexo, al que define como el gran engaño de la Humanidad. Los dedos de los pies nunca deben apuntar en dirección al señor —Yuzan lo considera un gesto de mala educación— y si oye hablar de él en cualquier conversación por informal que resulte debe ponerse en pie inmediatamente. El buen samurái ha de tener cuidado en la elección de los amigos y en el trato con ellos, ya que una excesiva familiaridad puede dar lugar a disputas. Debe evitar la fanfarronería y la maledicencia y preocuparse en no molestar a los vecinos con música o risotadas. Nunca dejará las cosas para el día siguiente y procurará ser puntual, estudioso y practicar la ceremonia del té. Por último: “también hay que evitar los haikus. Si te aficionas demasiado a esos versos cortos haiku que ahora están tan de moda, puedes fácilmente caer en la palabrería, el ingenio y la brillantez, incluso en compañía de colegas serios y reservados, y aunque esto pueda ser actualmente divertido en sociedad es una actitud que un samurái debe evitar.” Y quien dice haikus dice Twitter.

Los valores japoneses

Además de moscas Miyamoto también mataba nues, las quimeras japonesas

Bushido: el alma de Japón de Inazo Nitobe, es un libro de lectura amena muy recomendable, su autor demuestra una inteligencia aguda y una cultura muy amplia, aunque a veces resulta un tanto enervante su patriotismo tan exacerbado y carente de autocrítica. Pues bien, como el propio título da a entender, el bushido habría trascendido el ámbito de los guerreros y a la manera del sol que primero alumbra las cumbres y luego el resto del paisaje llegó a conformar los valores y el comportamiento de todos los japoneses. La antropóloga Ruth Benedict incidía en esta misma idea en El crisantemo y la espada, un libro que inicialmente fue un informe que le encargó el ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial para conocer mejor al enemigo. Por lo tanto, si invertimos los términos entonces al desentrañar la mentalidad japonesa tradicional también comprenderemos la específicamente samurái. Y bien, ¿cómo se comportan los japoneses? O se comportaban, mejor dicho, teniendo en cuenta su fuerte occidentalización desde hace unas décadas.

En Japón la vergüenza era el fundamento de la moral. Es decir, uno ha de portarse bien no porque se lo dicte su conciencia o para ganarse un lugar en el Cielo, sino para evitar la desaprobación de su entorno. También es fundamental para comprender la ética japonesa el giri, que podría traducirse como deber o “recta razón”. Que se subdivide en giri-hacia-el-mundo y giri-hacia-el-nombre-de-uno. El primero es el pago rigurosamente proporcional y equivalente de la deuda (on) hacia la familia o el señor, todos y cada uno de los favores. De esa manera, dice Benedict, recibir un regalo para un japonés era un compromiso incómodo, ya que exigía realizar otro equivalente al emisor (una idea que no nos es ajena tampoco y que Sheldon Cooper teorizó en un episodio de The Big Bang Theory).

El giri-hacia-el-nombre-de-uno está vinculado con el honor y la reputación, la necesidad de repara cualquier agravio sufrido (por eso evitaban maniáticamente cualquier situación que pudiera suponer una ofensa a los demás, como decir “no” a un ofrecimiento) y, en último término, lleva a reprimir todo lo posible la expresión de emociones. De esa manera, un padre podía pasarse varias noches escuchando la respiración de su hijo enfermo, pero eso sí, ocultándose tras una puerta para no revelar esa debilidad paternal.  A los niños se les educaba desde muy pequeños en el autocontrol, amonestándolos para que no llorasen por pequeños que fueran y si lo hacían las madres decían en su presencia frases a otros adultos como “¿Quieren llevarse a este niño? Nosotros no lo queremos” o bien les decían “¡qué niño tan cobarde, llora por un dolor insignificante!, ¿qué harás entonces cuando te corten un brazo en una batalla?”. Resulta muy ilustrativa al respecto la historia del conde Katsu, descendiente de una familia de samuráis, a quien cuando era niño un perro le desgarró los testículos. Mientras era operado su padre le amenazaba mientras tanto con una espada puesta contra su nariz: “si gritas morirás de una manera que al menos no será vergonzosa”. Pero pese a todo esto, la exigencia sobre los niños era mucho menor que sobre los adultos, según una idea extendida: “los niños no conocen la vergüenza, por eso son felices”. Una vez llegan a la adolescencia deben hacerse cargo plenamente del giri-hacia-el-nombre-de-uno, el honor.

Pero no nos desviemos del propósito inicial de este artículo, lo que es el fornicio propiamente dicho. En las zonas rurales un joven podía visitar a una chica por la noche, cuando su familia ya estaba durmiendo y ella estaba acostada, aunque para ello el pretendiente debía llevar una toalla en la cara cubriéndole el rostro. De esa manera, si era rechazado al día siguiente no se sentiría avergonzado. Aunque ella supiera perfectamente quién es, de una forma simbólica permanecía oculto e impedía así la humillación. Igualmente cuando se concertaba un matrimonio se debía hacer lo posible por presentar a la futura pareja de forma casual, de forma que un posible rechazo no fuera un deshonor para alguna de las familias. Así que se les hacía coincidir en algún parque, durante una visita a los cerezos en flor o en una exhibición de crisantemos, a ver si surgía la chispa o quedaban como amigos. En los matrimonios de clase alta el hombre podía tener posteriormente una querida que, en caso de tratarse de una gheisa, debía convertirse en su patrón y firmar un contrato. Por otra parte, si una virgen japonesa veía su virtud amenazada por algún asaltante entonces la única salida honrosa era el suicidio. Pero, una vez más, la vergüenza llegaba hasta tal punto que antes de cortarse el cuello, se ataba las piernas con un cinturón para evitar que encontrasen su cadáver en una postura impúdica.

El seppuku

Y ya que mencionamos el suicidio por honor, no podemos concluir este artículo sin aludir a la que quizá sea la costumbre más conocida y característica del samurái, el harakiri o seppuku. Si un samurái estaba en desacuerdo con una orden dada por su señor, en un primer lugar debía expresarse ese desacuerdo. Si el señor no cambiaba de parecer entonces, dado que el samurái no debía rectificar el suyo por una cuestión de honor pero tampoco podía continuar discrepando de su amo, entonces la solución era el suicidio. La comisión de un delito era castigada ofreciéndole al culpable ejecutarse a sí mismo de esta forma. Incluso según Kaibara Ekken (1630-1714) hasta un incidente tan aparentemente nimio como pelearte con una persona que ha perdido el control, debía pagarse con el seppuku. Era, en definitiva, la forma más honorable de morir, junto con la que sobrevenía en el campo de batalla.

La ceremonia que tenía lugar era calculada hasta el último detalle. El protagonista bebía sake y componía un último poema de despedida. A continuación, acudía al salón principal de un templo a presentarse ante los testigos. Una vez sentado en el centro, con un ayudante denominado kaishaku a su izquierda, se le entregaba una espada corta llamada wakizashi. Según la descripción de Richard Gordon Smith en Cuentos del antiguo Japón de un caso que presenció:

Con una voz que mostraba la emoción y la vacilación que es de esperar en un hombre que hace una revelación penosa, pero sin ningún otro signo revelador ni en su rostro, ni en sus movimientos, habló de la siguiente forma: “yo y y solo yo, fui quien dio injustamente la orden de abrir fuego contra los extranjeros en Kobe cuando trataron de huir. Por este crimen me abro el vientre y os suplico que estéis presentes para ser testigos del acto”. Se inclinó una vez más y dejó caer la parte superior de su ropa hasta la cintura, dejando su tórax al desnudo. Luego, con mucho cuidado, según la costumbre, colocó las mangas arrolladas por debajo de las rodillas, para impedir que su cuerpo cayese hacia atrás, puesto que un caballero noble japonés debe morir cayendo hacia delante. A continuación, lentamente, pero con mano firme, tomó la daga y la miró atentamente, casi con afecto. Durante un momento parecía recapacitar por última vez, pero enseguida se clavó el arma profundamente por debajo del pecho en el lado izquierdo y la movió lentamente hacia el derecho, luego la hizo girar dentro de la herida e hizo un ligero corte hacia arriba. Durante todo este proceso, no movió ni un sólo músculo de su rostro, solo cuando hubo sacado la daga, se inclinó hacia adelante y alargó el cuello, entonces una expresión de dolor cruzó por primera vez su cara, pero no profirió ni un sonido. En ese momento el kaishaku, que había permanecido sentado a su lado, se puso en pie de un salto y blandió su espada en el aire por un instante. Entonces hubo como un relámpago, un ruido sordo, horrible, como el sonido de algo que cae. Con un solo corte, de un tajo, había separado la cabeza del cuerpo”.

¹ Tal que así se escribió en El Quijote, aunque hoy esté en desuso y se prefiera el término selebro.

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28 comentarios

  1. Quizá no estaría de más recordar que «Bushido» de Nitobe se escribió en el siglo XX, en el ambiente belicista y ultranacionalista que llevó a Japón a la II Guerra Mundial, por lo que, no solo no es una obra estrictamente tradicional, sino que busca orientar el espíritu del bushido hacia los objetivos imperialistas de la época.

    Puede considerarse una lectura amena, si, pero nunca está de más recordar su intención originaria, en la que el mensaje del samurai tradicional se tergiversa ante los intereses políticos.

    Más recomendable y fiel al bushido, en mi opinión, es el «Hagakure» de Josho Yamamoto.

  2. entonces… ¿cómo se hace para ligar a lo samurai? te has ido por las ramas y nos hemos quedado sin saberlo.

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  4. Sobre ¨Bushido, the soul of Japan. 1899, de Nitobe y escrito originalmente en ingles- esto puede decir algo sobre el público al que iba destinado- H. Oshima lo califica en su prólogo de ¨La vía del samurai¨: un compendio de El libro de los cinco anillos y el Hagakure como ¨una distorsión de la verdadera esencia del camino del samurai, embellecida, idealizada, que no logra transmitir algo esencial: la puesta en práctica de ese camino¨. El libro de Nitobe parece fué la vía para el conocimiento en occidente de su visión sobre dicho mundo.

    Y me parece cierto; aunque tengo algo lejano la lectura del mismo, recuerdo ¨los cinco anillos¨, en contraposición al hagakure: mas centrado en la devocion al señor, como una guía de perfeccionamiento en el mundo para el que eligió ese camino aunque, eso sí, principalmente prosaica, puesto que no deja de recordar la importancia de la práctica y que el objetivo siempre debe ser ¨cortar al enemigo¨, ..uff!.

    Un artículo interesante.

  5. Querido amigo

    Usted se quedó con los siete samuráis, pero si hubiera visto completa la serie Samurai 1, 2 y 3, habría visto que Toshiro Mifune, cuando liga, no consuma, y se pasa las tres películas despidiéndose de su amada. La aldeana de los siete samuráis se hubiera ido con cualquiera y, además, con el que finalmente se lía, se queda de labriego por no ser ni un gran samurái ni un conquistador.

    Resulta mucho más banal e intracendente, pero para ligar, me temo que el modelo va a ser Bond

  6. Leticia

    » hay que mirar siempre al frente alzando ligeramente la barbilla, formando un surco entre las cejas pero sin arrugar la frente, procurando no parpadear y cerrando ligeramente los ojos. Yo creo que esto hará a cualquiera irresistible ante las mujeres, habrá que practicarlo ante el espejo.» Creo que lo mismo debieron de pensar los vaqueros del Lejano Oeste, pues esta descripción me ha recordado a ellos …
    En cuanto al artículo, tengo que decir que me ha parecido genial, muy ilustrativo. Las comparaciones con situaciones actuales como la mención a Twitter o a The Big Bang Theory han estado muy acertadas, informando siempre al lector distraído, de que todo lo que nos rodea, aunque se disfrace de nuevo, no es creación de hoy ni de ayer, sino fruto de una «intertextualidad» o digamos «intersituacionalidad» de la que nos alimentamos continuamente.

    Saludos.

  7. Y la aplicación de todas estas enseñanzas milenarias a la conquista sexual del género opuesto vascuence, ¿dónde está? Me siento estafado, oiga ya XD

  8. A lo que se tiene que recurrir ya en Bilbao para intentar ligar!!!

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  10. Monsignore

    No hay que irse tan lejos para encontrar el equivalente de la toalla en el rostro.

    ¿Cuántos de nosotros, al entrar en una tienda, no decimos «querría tal cosa» o «quisiera tal cosa», en lugar del directo «quiero tal cosa»?

    El objetivo, al igual que en caso japonés, es evitar nada que pueda parecerse a un desaire.

  11. Me ha gustado el artículo, sobre todo el principio: en Bilbao siempre ha sido un poco complicado ligar.. incluso a pesar del Guga. Echo de menos la mención a Mishima: por su poético libro ‘Lecciones para un joven samurai’, y por ser el último samurai-escritor en hacerse un seppuku con las cámaras de televisión no muy lejos de donde se lo perpetró (con ayuda de otro).

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  13. asdfasdf

    Hay otra versión que dice que los samuráis no eran más que una casta de nobles con mucha jeta y muy poca vergüenza. Poco más o menos como los Borbón en Pandereta SA.

    Dicha versión sí que esclarece su aparentemente ilógico éxito con las mujeres. Mucho dinero, poca vergüenza… ¡Mujeres!

  14. El Ninga

    Yo he puesto en practica algunas cosas, como correr estilo Ninga por la oficina donde trabajaba! pero lo unico que consegui fue que me golpearan! :( Tambien llevaba con orgullo una sombrilla y la utilizaba como si fuera mi katana samurai, pero por poco quebraba una lampara! :S

    Bueno, de todo se aprende! como diria Kitaro Oe! aprendo, aprendo, aprendo!!

  15. El Ninga

    Yo he puesto en practica varias cosas aprendidas de los Samurai y Ninjas! De hecho no se que me gusta ser mas, si un Ninja o un Samurai.

    Por ejemplo, me he puesto a correr por la oficina al estilo samurai, pero solo logre que alguien mas fuerte que yo me alzara por el aire y me hiciera girar, y me golpeara!

    Tambien me gustaba cargar mi sombrilla o paraguas y usarla como Katana, con un corte al aire, casi perfecto, digno de las enseñanzas de AVAN (Dragon Knight) pero por poco y quiebro un foco o lampara!:S

    En fin, todo es parte de aprender no?

    Como el buen Kitaron Oe! Aprendo, aprendo, aprendo!!

  16. Masterziggy

    Hagukure coincido contigo,

  17. No consideraría a Mushashi el mejor ejemplo de bushido, pues el camino del buen samurai era primordialmente servir a su señor, y casualmente Miyamoto era un ronin sin señor ninguno.
    Por otro lado, también dudaría de la condición de sucio y contrario al baño, pues era famoso por retar a los dojos de kendo que se encontraba, los cuales no dejarían pasar a cualquier zarrapastroso (muchas artes marciales, pero siguen siendo japoneses).

    En cuanto al artículo, me ha gustado mucho, aunque no creo que sirviera para ligar demasiado, viendo sobre todo los ejemplos de Joseba en Basauri y de Vaya Semanita, en la que todos tienen claro que en el País Vasco no se pilla ni un resfriado. Aunque a modo de pega, hubiera hecho más hincapié en la idiosincrasia de los japoneses, lleno de apariencias que nos parecerían estúpidas (como el ejemplo del regalo), siendo el samurai el cúlmen de una sociedad cerrada a lo exterior y orgullosa de ello en muchos casos.

  18. ¿Y tiene que venir un japo a decir lo del vientre cuando Platón ya hablaba de ello?

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  22. Fulgencio Barrado

    Me ha gustado mucho el artículo, con el tono coloquial del mismo y sin pretensiones de estilo.
    Además, el tema de las dificultades en la busqueda de los afectos femeninos es universal e intemporal (salvo contadas miniépocas históricas).
    En los tiempos que corren, para lo que interesa, ser un samurai no se si ayuda mucho, pero tener una buena «catana»…
    Que tengas suerte en tu intento. El gran problema va a ser encontrar un buen señor del que hacerte vasallo, como el Mio Cid.
    A ver si nos escribes algo sobre los ninjas y sus furtivos ataques (en el ámbito del ligoteo creo que se asemejarían a los que «atacan» en los puticlubs, todo más directo y efectivo, pero menos romántico y «honorable»).

  23. Tengo cierto conocimiento del mundo samurai, y desde mi conocimiento, el sepuku no se realizaba con un wakizashi, sino con un » tanto » que era una daga ritual para tales ocasiones. Si bien, también podía usarse la propia katana sujetandola por el centro con una tela.
    El samurai llevaba dos espadas, la katana y el wakizashi ( más corto). El conjunto se llama «daisho».
    Sólo esa puntualización.

  24. O sea, son estúpidos o se hacen? Comportense como hombres! No como mariquitas! Lo dijo durante TODO el texto! Acaso creyeron que les iba a decir las palabras que tienen que usar para ligar? En ese caso, consignase una vida. Y hay otro poco se creen samurai por haber leido mucho… Les recomiendo visitar mas un dojo de algun arte marcial tradicional (no deportivo) antes de llenarse la boca con palabras falsas. Nosotros les decimos «Karatekas teoricos» Jaja XD

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