Jorge Bustos: El suicidio como hábito fascista

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Los viejos hábitos tardan en morir, cantaba Jagger. Uno de los hábitos más viejos, a qué negarlo, es el de vivir, y de ahí que César González-Ruano consignara en su Diario íntimo —ese cuya última entrada, previa a la luz del túnel de la expiración, decía: “El terror es blanco. La soledad es blanca”— que morir no es otra cosa que ir perdiendo la costumbre de vivir. Pero entonces, ¿qué es el suicidio? ¿Cabe considerar la obstrucción del metro, el empacho de barbitúrico o el mordisco al frío cañón algo más que una manera drástica de combatir la rutina?

Para Camus, el suicidio es el primer problema de la filosofía. También lo era para Viktor Frankl, que empezaba sus terapias con otros reclusos de Auschwitz preguntándoles por qué no se quitaban la vida de una vez, qué promesa justificaba tan penosa resistencia. Y a partir de algún íntimo e incólume nudo vital que ellos le confesaban —el amor, una vocación artística, alguna forma futura de revancha política—, sistematizó un modelo psiquiátrico para reconstruir voluntades de vivir averiadas. Hoy el suicidio es la primera causa de muerte violenta en España, superando el siniestro vial: se matan cerca de nueve personas al día, número desproporcionado a la medrosa cobertura que merece la plaga en los medios. Un último temblor ético les insta a un piadoso silencio, salvo en el caso de la hermana de una princesa de Asturias.

No entonaremos aquí la jeremiada mojigata de la pérdida de los valores o aquella otra quincemista más sonrojante del capitalismo opresor que tira a los desahuciados por las ventanas. El suicida, a no ser que deje nota detallada, tiene derecho al misterio filosófico de su autodestrucción y vamos a hacer el favor de respetárselo. Nunca nos abandona del todo, sin embargo, una malsana curiosidad por el asunto, y agradecemos a numerosos y egregios escritores que acudan en nuestra ayuda a la hora de elucidar la naturaleza y el desarrollo de la pulsión autodestructiva humana, tan jugosa para la historia del arte. La obra más impresionante que uno ha leído últimamente sobre ese “círculo de soledad armado de púas internas” pertenece, congruentemente, a un suicida francés, escritor morboso, fascista atrabiliario, lector enfermizo de Nietzsche y Baudelaire que atendía por Pierre Drieu La Rochelle y que escribió El fuego fatuo en 1931 “de un solo tirón para librarme de un peso, siguiendo el camino por el que había pasado el hombre con su carga, que era también la mía”.

Todo escritor se encarna en sus trasuntos narrativos pero lo hace normalmente repartiéndose en pedazos; no se da de una vez a un solo personaje devorador con quien para colmo acaba compartiendo el más trágico de los destinos. Ahora bien, Alain, el hombre de la carga fatal en la novela, dista mucho de los sobrevalorados iconos trágicos de la cultura pop, drogadictos o sifilíticos o sencillamente amantes de las armas a los que tendemos —sobre todo los jóvenes— a conceder admiraciones inmerecidas desoyendo la irrefutable constatación de Kiko Veneno: “Detesto la cocaína, que tanto ha dañado a la música. Te fastidia las cuerdas vocales; te convence de que lo trivial es genial”.

Nada, ni una línea es trivial en la apretada novelita de Drieu La Rochelle, que recorre el tormento y el éxtasis de la droga con exigencia pericial y calado existencialista, con un estilo seco y elíptico, de una poética sobriedad que evoca a una mezcla de Céline y el propio autor de El extranjero. Es literatura seria, de la que pone una pena en observación y diagnostica que no hay salida y asume el sinsentido sin consuelo, sin conceder al lector ni un solo momento de felicidad. En su asfixia recuerda algo a El corazón de las tinieblas, pero al lector contemporáneo le toca más lejos la atmósfera colonial del río Congo que un bar de París donde se pincha un heroinómano asiduo a los salones de la más pudiente y amoral aristocracia, germen del actual pijoprogre o bo-bo francés (bourgeoisbohème). Hay que olvidarse de las letras lisérgicas, del colocón glamouroso, la poesía balbuciente del colgado que se cree Morrison a tiempo completo. El fuego fatuo es un infierno minucioso, un declive lineal y constante, un ahogo sucio serenamente retransmitido hasta el final. Ahora bien: la naturaleza de este clima narrativo estercolizado es estrictamente espiritual; no hay en el texto una sola escena escabrosa ni tacos en un diálogo, esto no es una esquina cutre de The Wire ni figuran botarates del Kronen. Esto es Francia: aquí la gente se mata filosofando, dandis y sabios con el éxito social y económico al alcance de la mano, pero igualmente sin redención posible. Lo cual es mucho más desalentador, porque no puedes echarle la culpa a la ineficiencia policial o a la educativa.

‘Me mato porque no me habéis querido, porque yo no os he querido. Me mato porque nuestros lazos fueron flojos, para apretar nuestros lazos. Dejaré en vosotros una marca indeleble. Sé muy bien que se vive mejor muerto que vivo en la memoria de los amigos. No os acordabais de mí, pues bueno, ¡no me olvidaréis jamás!’

Levantó el brazo y se pinchó”.

Alain lo tiene todo para elegir vivir. Es tan atractivo que las mujeres lo mantienen aun cuando saben que él destinará las dádivas a comprar droga. Goza de protectoras amistades entre la élite social parisina, en cuyas mansiones siempre tiene un plato preparado, pero él prefiere vivir en una clínica de desintoxicación rodeado de personajes de un grotesco patetismo. Se escapa de la clínica para viajar al fin de la noche, no cree en el propio concepto de desintoxicación. Elige morir porque se juzga demasiado mediocre; su feroz exigencia del ideal le va apagando la costumbre de vivir, porque no se puede vivir sin empeñarse en algo. Alain es un diletante obsesionado con el dinero pero persuadido de la bajeza que entraña tener que trabajar para ganarlo. Alain es un paralítico de la voluntad y un bulímico de la inteligencia.

El suicidio es el recurso de los hombres cuyos resortes ha corroído la herrumbre, la herrumbre de lo cotidiano. Nacieron para la acción; entonces, la acción se vuelve contra ellos, por carambola. El suicidio es un acto, el acto de los que no han podido llevar a cabo otros”.

En otro pasaje del libro, Drieu La Rochelle ahonda por boca de Alain en las causas de la fascinación moderna por el suicidio: el suicida contemporáneo es un nihilista, y el nihilista es aquel que no cree ya en la realidad ni en el deseo. El hombre cristiano cree en la naturaleza porque le presupone una trascendencia; el pagano cree también en ella porque es la fuente de su placer; ambos, pese a su antagonismo ideológico, comparten la premisa de lo real. El nihilista no alcanza siquiera esa premisa. Y si deja de actuar o se pregunta demasiado a menudo por qué hacerlo, solo puede suicidarse.

Pierre Drieu La Rochelle creía en la acción. Su búsqueda épica del heroísmo le llevó del comunismo primero al fascismo después. Participaba de la estética de otro escritor compatriota y correligionario de la camada de Céline: Henry de Montherlant, a quien citaba hacía poco en su blog Pedro Ampudia: “Es correcto, es saludable, sentir que mañana podemos o nos pueden matar. En las manos de la vida amenazada podemos encontrar un cuerno de la abundancia. Mirar, amar, poseer siempre como si fuese la última vez. ‘¡Más tarde!’ murmura la esperanza, que es la voluntad de los débiles. Pero no hay un más tarde y por ello se hacen las cosas. Hay un instante. ¡Que sea mío!” Tan febril disposición a la grandeza entraña, pese a la paradoja, una terrible fragilidad: a tono con la altura de la expectativa se cierne la amenaza permanente de un fracaso letal. Y así, Montherlant, que vivió durante los años de la ocupación nazi con una cápsula de cianuro colgada del cuello por temor a caer en desgracia a los ojos de la Gestapo —pese a sus conspicuas colaboraciones en la prensa fascista—, reconoció que había llegado el momento cuando notó que se estaba quedando completamente ciego. Un ciego no puede ser un hombre de acción, así que un día de septiembre de 1972 decidió tragarse una pastilla de cianuro al tiempo que se descerrajaba un tiro en la boca, para asegurar. Montherlant, como Mishima desde otra tradición, defendía la ética de la posesión radical de uno mismo frente a un mundo masificado y mecanicista, y prescribía el temple de carácter —“es preciso que las cosas exteriores lleguen enfriadas a nosotros, como si antes de alcanzarnos hubieran atravesado una vasta masa de agua”— frente al psicoanálisis, por lo que implica de reconocimiento de la propia debilidad. Y ciertamente esta ética la defendió hasta el final.

Drieu La Rochelle se quitó la vida mientras los aliados entraban en París. No había consagrado su vida a las más feroces rebeldías individuales para acabar siendo gobernado por una democracia.

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27 comentarios

  1. Alonso Fdez.

    Ya tiene usted una publicaciòn nueva en el curriculum. Ahora, espero que nadie, cuando lo vea, se ponga a leerla.

  2. No hace falta ser drogata, ni colaboracionista, fascista, ni siquiera nihilista… El suicidio puede perfectamente coronar una vida digna. Ahí están las que han recibido el homenaje de Antonio Priante en su «Del suicidio considerado como una de las bellas artes»:

    http://www.minotaurodigital.net/minobitia/suicidio/

  3. Comparto el fondo del mensaje del primer comentarista, pero añado, no ha hilado casi ninguna en consecuencia, ese ha sido mi apercibimiento sobre sus letras. No sé quien es usted ni qué dudas mentales morales o filosófico políticas pueden estar acribillándole, pero la raíz a-moral del fascismo se hace evidente al leerle. En el fondo Camus no era más que un gran fascista (esa fue su gran duda existencial). En ese sentido, es usted un gran articulista, y hasta sociólogo. Comparto la idea solo abstrayéndola: todo suicida de hoy es un gran (hdp) fascista.

    • Jeremías

      «En el fondo Camus no era más que un gran fascista». ¡Tócate los coj…! ¡Lo que hay que leer!

    • Camus, fascista; todo suicida, fascista… A pesar del «apercibimiento» y otras lindezas, esto debe ser lo que llaman analfabetismo funcional.

    • Manuel

      Camus era un gran fascista, porque en su juventud estuvo afiliado al partido comunista en Argel y como pensaba, lo echaron a patadas. Los sectarios no le perdonan eso y menos su independencia de pensamiento, ajeno a la dictadura de Sartre.

  4. Ultimabandera

    Un tanto líoso y dificil de leer, quiza para un no lector literario habitual como yo.

    Interesante tema, no entiendo bien porque hay que vincular el suicidio al fascismo (siempre vinculándole con oscuras paranoias) salvo por el personaje principal, pero agradable conocer mas sobre la historia de Europa reciente y tambien agradable ver como pierden fácilmente los nervios los adalides de la libertad y la «memocracia».

  5. Apodicto

    Acaba usted de perder un suicida.

  6. iñaki

    Interesante. Sugerente. Coherente.¿Lógico?

  7. Antonio

    Qué artículo penoso: dice incoherencias, no tiene investigación ni reflexión y acumula lugares comunes. Raro en un medio serio como Jot Down.

  8. Apendel

    Excelente artículo. Da gusto que alguien se atreva a analizar cosas como ésta, normalmente tan aparcadas en el último rincón del subconsciente. Y si está escrito con estilo y erudición, la fórmula me parece perfecta.

  9. Lógica!

    Que entre algunos ilustres fascistas haya una propensión al suicidio no significa que debamos buscar un fascista detrás de cada suicida! Por favor! Eso sería entender muy mal el artículo de Bustos. ¿Saben cuántas personas se suicidan cada día en España? ¿Y por qué lo hacen?

  10. iskander

    El artículo ganaría mucho con un estudio de campo riguroso y profundo, a cargo de su autor.

    • Lógica!

      Totalmente de acuerdo. Y menos sal y pimienta sobre temáticas picantes, señor Jot Down!

  11. Camus fascista…
    Jot Down medio serio…

    Ya no sé si la realidad aun sin razon es la verdad, y la verdad con toda su razón es nada al no hacerse practicamente nunca realidad

    Que mundo más loco

  12. ehgolam

    Le regalo un consejo: Lea los diarios de Sándor Márai y luego me cuenta si sigue pensando lo mismo sobre el suicidio. Salud.

  13. Petit Mechant

    Muchos no entienden el artículo como lo que realmente es. Una elucubración literaria sobre el suicida/suicidio. Una recensión sobre la novela de Drieu de la Rochelle como excusa para hablar del suicidio o viceversa. Camus fascista? Si os quedáis con la anécdota no sabéis leer, con todo el respeto, juntáis letras. Buen artículo, leeré la novela de Drieu de la Rochelle.

    • Manuel

      Merece la pena leerla, como recomienda Bustos y también la película de Louis Malle, recomendada por mí.

  14. Manuel

    Le Feu Follet es un gran libro y una gran película de Louis Malle. Y muchos hemos conocidos a alguien como Alain, quizás no tan sofisticado, y que terminó de la misma forma.

  15. Sawney Beane

    Por los rincones de la bañera,ronda un gatito de goma que al hacerse mis hijos mayores,ha caído en desuso.
    Por su expresión,parece haberse quedado congelado mientras hablaba,mientras decía;»yo no debería estar aquí» y con más fuerza «yo no debería ser de goma»,desesperado por expresar su estado.
    Vale,a ver,Jorge Bustos,yo…ahora le toca a otro decir lo que piensa mientras caga.

  16. Miguel

    ¡Por Dios!, a ver si no se va a poder hablar de fascistas y suicidios literariamente sin que alguien se escandalice. Tener abierta la mente no es sólo reirse de las beaterías de los católicos… Eso ya está muy visto.
    Un buen artículo el de Bustos.

  17. nofuturo

    Por si acaso se refiere a él, viva Kurt Kobain; él nunca habría querido convertirse en icono de nada, simplemente hizo lo posible por escapar del dolor.

  18. Estaría muy bien que fuese un hábito. En el PP no quedaría ni el apuntador.

  19. Pingback: El fuego fatuo, de Pierre Drieu La Rochelle | EN PRECARIO

  20. Pingback: A Muñoz no le gusta Ruano | ¡A los molinos!

  21. Pingback: Fundación Burke » Blog Archive » A Muñoz no le gusta Ruano

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